NUEVOS HORIZONTES
Mi familia había continuado residiendo en Honda, bien que
algunos de mis hermanos, trabajando todos en compañía, tenían sus
establecimientos de comercio en Ambalema, Guaduas y Santamarta,
sucursales del de Honda. Pero en julio de 1853 ni madre,
indispuesta, necesitó mudar de clima por algún tiempo, y se fue a
Guaduas con mi hermana "¿No vendrás, hijo mío, a hacerme una visita
y solazarte algo por unos días?" me había escrito m buena madre; y
yo la prometí ir a verla. Algunos amigos me instaron para que los
aguardase hasta el 14 de agosto, a fin de irnos juntos y aprovechar
ellos unas fiestas populares muy sonadas que habían de comenzar en
Guaduas el 15, día de la fiesta de la patrona, es decir, del
Tránsito de Nuestra Señora; y en ello quedamos convenidos.
Yo me preparaba entonces para poner por obra muy en breve un
proyecto que me halagaba mucho. Quería recorrer y conocer todas las
provincias (en lo más importante y civilizado) que actualmente
componen los Estados de Antioquia, el Cauca y el Tolima, y me
proponía hacer una famosa correría de tres años, bajando por Honda
a Nare para entrar por allí y Marinilla y Rionegro a Medellín;
recorrer todo el valle del río Cauca desde la ciudad de Antioquia
hasta la de Popayán, pasando por Salamina, Manizales, Cartago,
Toro, Buga, Cali, Palmira, etc.; bajar al sur de la provincia de
Neiva por la vía de Guanacas, explorarla toda y particularmente las
famosas y extraordinarias ruinas americanas de
|San
Agustín, y regresar a mi domicilio por Neiva, Purificación, el
Espinal, etc. Yo me prometía sacar mucho fruto, así literario como
político, de mi correría, y esperaba que ella me proporcionaría
materia para dos o tres novelas de costumbres, y tres o cuatro
volúmenes sobre geografía, estadística e historia nacional.
Pero si tales eran mis proyectos, porque contaba con
independencia, salud, libertad de acción y recursos, no había
contado con la huéspeda. En breve recibí una prueba más de aquella
gran verdad de todos los momentos: el hombre propone y Dios
dispone.
Diecisiete individuos íbamos de Ambalema para Guaduas el 14 de
agosto. Nos embarcamos muy de madrugada, enviando por tierra
nuestros criados con las caballerías y maletas, y en el puerto del
|Remolino de Olaya las hallamos listas. Allí montamos,
trepamos a poco la ruda y prolongada cuesta de
|Chapaima, y
por el alto de
|Agua-clara descendimos al pintoresco y
amenísimo valle de Guaduas, uno de los más bellos de Colombia.
A las cinco de la tarde atravesábamos en gran pelotón la plaza
principal de la ciudad, y como en una de sus casas vivía una
familia con quien yo tenía antiguas relaciones, volví la vista, al
pasar, hacia las ventanas. A una de éstas estaban asomadas dos
señoritas de tipos muy diferentes: la una era mi amiga
|
[1]
; la otra me era enteramente
desconocida. Las miré con mucha atención, las saludé, y seguí
andando para ir a apearme en la acera del frente, a la puerta de la
casa que habitaba mi madre.
Pocos instantes después de haber abrazado a mi madre y mi
hermana y despojádome de los arreos de viaje, notó la segunda que
yo miraba con mucha fijeza hacia la casa mencionada, distante como
cien varas.
-¿Qué miras allá con tanto interés? -me preguntó Agripina.
-¿Quién es aquella señorita que está allí en frente con Soledad?
-dije a manera de respuesta.
-¡Ah! Es una joven muy interesante. ¿Por qué me preguntas por
ella?
-Porque estoy enamorado.
-¡Cómo! ¿De quién?
-De ella misma.
-¡Bah! No te burles de mi.
-No me burlo.
-¿Pero no acabas de llegar?
-Sí. ¿Y qué importa eso?
-¿Y puedes haberte enamorado sin conocerla?
-¿Por qué no?
-¿Así... a la pasada?
-Así. La he visto, su mirada se ha encontrado con la mía, y
tengo el presentimiento de que esa mirada ha decidido de mi
suerte.
-¿Sería posible?
-Como te lo digo.
-Pues serías muy dichoso si esa señorita te amara.
Mi hermana me dijo entonces quién era. Yo había ignorado hasta
entonces su existencia, bien que conocía y admiraba mucho a su
padre (ya muerto), hombre eminente y verdaderamente ilustre: el
general Joaquín Acosta.
Dos años después supe que en la consabida ventana, cuando yo
pasaba a caballo delante de ella con mis amigos, había tenido lugar
este breve diálogo:
-¿Quién es aquel joven que te saludó? -preguntó la señorita
prima y compañera de mi amiga.
-¿Cuál? Todos nos han saludado.
-Aquel que tiene patillas y bigotes, que viste ruana negra y
sombrero de ancha cinta y que monta un caballo grande,
castaño...
-¿No te imaginas quien sea?
-No, pero me ha llamado la atención.
-Ese es... Samper.
-¿Samper, el poeta?
-Sí; el mismo de quien hemos hablado muchas veces y cuyos
artículos y poesías hemos leído. ¿Te gusta?
-No lo sé -contestó la señorita, que era muy reservada,
guardando después un extraño silencio.
La explicación de este silencio y del diálogo que lo precedió la
obtuve andando el tiempo: el alma profundamente seria de aquella
señorita (se llamaba también Soledad, y por abreviación cariñosa le
llamaban
|Solita), predispuesta en mi favor sin conocerme,
se había juntado para siempre con la mía en una mirada...
Al día siguiente de mi llegada a Guaduas fui a presentar mis
respetos a la estimable familia del señor Gutiérrez, cuyo jefe se
había apresurado a visitarme, como de costumbre. Estando en la casa
fui presentado a la señora viuda del general Acosta, dama inglesa
de las más bellas prendas y el más delicado trato. Aunque tenía los
cabellos ya casi blancos y cumplidos los treinta y nueve años,
estaba en el esplendor de su hermosura de matrona llena de vida y
de frescura (había sido muy bella mujer), y su conversación era
digna de una cultísima dama al propio tiempo ilustrada y muy
sencilla y candorosa. Algo prevenida estaba ella contra mí, sin
conocerme, a causa de mis opiniones políticas; pero creo que gané
sus simpatías y consideración desde que empezamos a tratarnos.
A poco de estar yo de visita salieron a la sala las dos
señoritas del día anterior. Eran primas hermanas y en la casa las
distinguían llamando con el diminutivo solamente a la hija del
general. Al vernos, ella se mostró muy culta pero excesivamente
reservada, y solo vi asomar en sus pálidas mejillas un ligerísimo
sonrosado. Me sentí algo turbado, y mí turbación no solo fue un
principio de revelación para la familia entera que me recibía, sino
que me confirmó en mi sentimiento de la víspera.
Solita no era lo que comúnmente se llama una mujer
|bonita, ni tampoco
|hermosa, porque ni tenía los
ojos grandes, ni las mejillas rosadas y llenas, ni el seno
turgente, ni sonrisa amable y seductiva, ni cuerpo verdaderamente
lozano. Pero tenía ciertos rasgos de
|belleza que a mis
ojos eran de mucho precio. Désde luego, en nada había heredado el
tipo británico-griego de su madre, sino el español valenciano de su
padre, a quien se parecía mucho. Tenía el talle elegante, los ojos
muy vivos, de mirada profunda y expresiva, la frente amplia y
magnífica, el andar digno y mesurado, un aire que tenía no sé qué
de arábigo, con manifiestos signos de fuerte voluntad, energía y
reserva, y en toda la fisonomía una gran cosa que se revelaba
patentemente: el alma, movida y agitada por el sentimiento del
|ideal... En esto consistía la belleza de Solita: tenía en
el semblante aquella luz que nunca ven los ojos vulgares,
indicativa de la ardiente vitalidad de una grande alma...
Aquel mismo día resolvimos los de Ambalema improvisar un baile,
a reserva de otro espléndido que dimos en obsequio de las señoras
guadueras, y me encargué de la comisión de invitar personalmente a
las familias, como se acostumbraba en nuestros pueblos. Torné,
pues, a eso de las siete de la noche a casa de doña Ana María,
madre de Soledad y tía de Solita, lo que me dio ocasión para
ganarme nuevas simpatías, e hice la invitación.
En el baile, Solita me impresionó mucho más, y tuvimos gratos
momentos de conversación, bien que ella se mostraba tímida y
reservada y yo sumamente respetuoso. Yo era apasionadísimo por la
danza, como he tenido ocasión de decirlo, y no desconocía ninguna
de las que bailaba la gente decente, y sin embargo, me propuse en
todos los bailes, durante las fiestas, bailar solamente dos piezas,
y ambas con Solita: el primer valse y una contradanza española.
Cumplí mi propósito y surtió el mejor efecto, porque ella
comprendió la significación de mi conducta.
En suma, pasé en Guaduas ocho días de platónica felicidad, y
cuando me alejé de allí, sin haber hecho ni la mínima declaración a
Solita, ambos tuvimos la persuasión íntima, invencible, de que
algún día uniríamos nuestro destino. En mi alma se había abierto un
nuevo horizonte, más bello y vasto que nunca, y con la esperanza de
la felicidad renacían mis más fecundos y encantadores ensueños.
Regresé a Ambalema, y excusado es decir que renuncié a mi
proyecto de excursión por Antioquia, el Cauca y las provincias de
Neiva y Mariquita. El hombre había propuesto, pero Dios había
dispuesto.
Pocos días después tuve que volver a Ibagué, por asuntos
judiciales, y más tarde (en octubre y noviembre otra vez) por
concurrir como diputado a la Legislatura Constituyente de la
provincia. Aquellos meses fueron para mi de muy gratas impresiones,
y durante ellos me ocurrieron ciertos incidentes bien dignos de
mención.
Yo había sufrido en Ambalema, en 1848, tremendas pruebas
ocasionadas por dos incendios de barrios enteros de la ciudad, en
uno de los cuales, que ocurrió a las dos de la mañana,
sorprendiéndme el fuego en mi cama, sufrí muchísimo en mi persona
e intereses, y estuve en gran peligro de claudicar por salvar
aquestos, que pertenecían a toda mi familia. En Ibagué hube de
exponerme mucho con otro accidente de igual clase. Hallábame un
día, a eso de las doce, de visita en casa de la inmejorable familia
Montalvo, cuando echaron las campanas de la iglesia a vuelo,
tocando a rebato. Se había incendiado una cocina contigua a la casa
de la escuela de niños, y ésta comenzaba a arder; y como la mayor
parte de las casas de aquel barrio eran de bahareque y cubiertas de
palma, todos corrimos a impedir que se propagase tan terrible
catástrofe.
Apenas si llegué al sitio del siniestro y por una escalera de
mano me trepé, para dar ejemplo, sobre la casa de la escuela, con
el propósito de arrancarle la cubierta y aislar y cortar el fuego;
pero por más que trabajamos varios con increíble energía, el fuego
nos venció. Venían ya las llamas sobre nosotros, y todos mis
compañeros se echaron abajo por la escalera, botándola al suelo de
la calle inadvertidamente, a tiempo que yo me había hundido en el
techo de la casa, que estaba cerrada, atajado por los brazos para
no caer adentro y sufrir una muerte inevitable y espantosa. El
peligro me dio fuerza y agilidad para zafarme de la especie de
trampa en que había quedado, y no teniendo escala para bajar hube
de tirarme de un salto a la calle. Al caer me disloqué un pie y
tuve que huir, porque las llamas casi me abrasaban entre las dos
aceras de la calle. Andando a brincos fui prontamente a una casa
vecina que habitaba una familia de mi parentela, y la libré del
incendio que la amenazaba.
Pero al llegar a la plaza, a unos cien metros del incendio, el
cual se había extendido mucho, no pude dar un paso más y sentí
agudísimos dolores. Por fortuna se halló pronto un afamado
sobandero, quien allí mismo, en una acera de la plaza, me hizo la
operación, volviendo a quedar en su lugar el hueso del tobillo.
Tuve que retirarme del teatro del incendio, a donde volví muerto de
cansancio, pero ya el fuego había sido localizado y dominado.
Hallábame en mi cama a eso de las once de la noche cuando tocaron
otra vez a rebato: vestíme a toda priesa y corrí al lugar del
incendio, que se había reanimado entre los escombros. Entre muchos
lo apagamos, pero en la siniestra oscuridad rojiza me cayeron
encima muchos cántaros de los de agua que mis compañeros arrojaban
sobre los ardientes escombros... A las tres de la mañana se repitió
el caso de alarma, volví a salir de mi alojamiento y apagar el
fuego, y me acosté a las cuatro muerto de cansancio y con
fiebre.
Yo habitaba una tienda y trastienda, con su patiecito de
desahogo, que hacía parte de la casa de don Nicolás Esponda
(antiguo y excelente amigo) situada en una esquina de la plaza.
Eran las diez de la mañana del día siguiente al del incendio, y yo
no parecía por ninguna parte. Mi puerta estaba cerrada, habían
golpeado a ella, llamándome para ir a almorzar, y yo no respondía.
Por fin alguien tuvo la curiosidad de mirar por el ojo de la
cerradura, y vieron que la llave estaba prendida por dentro. Dieron
entonces tan tremendos golpes, que al ruido desperté del letargo en
que estaba, pero no pude abrir la puerta. Estaba abrasado de
fiebre, y ésta era tan violenta que me había quitado el
conocimiento. Así, tuvieron que saltar por encima de una tapia y
entrar en mi habitación por la puerta interior. Lleváronme a casa
del gobernador, donde yo comía
|
[2]
, y me salvaron la vida
merced a un tratamiento muy enérgico.
La conducta que observé en el incendio y los sufrimientos que
ella me acarreó, aumentaron el cariño con que me estimaban y
trataban los ibaguereños, con lo cual me sentí sobradamente
recompensado...
El doctor Madiedo había tenido muy desagradables lances con dos
de mis hermanos, muy ofendidos, en Guaduas y Ambalema, y él se
había refugiado con su familia en Ibagué. Con tal motivo, al llegar
yo poco después a la ciudad, muchos se imaginaron que podría
ocurrir un conflicto entre aquel sujeto y yo, puesto que yo le
miraba como enemigo, bien que sin hostilizarle ni provocarle en
manera alguna. Hubo inquietud en los ánimos, y el doctor Uricoechea
y el señor Esponda me hablaron para que entrase en un avenimiento.
Díjeles que mi cuenta personal había sido cancelada con un par de
pistoletazos; pero que yo nada podía hacer en lo tocante a los
agravios inferidos a toda mi familia, ni podía tratar como amigo al
doctor Madiedo. Insistieron, sin embargo, en que hubiese un
avenimiento, y declaré que éste era imposible, en lo tocante a mi
familia, si el doctor Madiedo no firmaba una pública retractación.
A ello accedió él sin dificultad, pero exigiendo otra de mi parte
que dejase bien puesto su honor. Reconocí la justicia de esta
exigencia, y no vacilé en hacer este sacrificio en obsequio de la
honra y tranquilidad de mi familia.
Hubo, pues, recíprocas explicaciones, y el doctor Madiedo
reconoció la honradez y pureza de mi familia paterna, retractando
todo agravio, así como yo reconocí la honorabilidad de mi ilustre
adversario; y de todo esto se extendió una carta que todos firmamos
y fue publicada por la prensa. Con ocasión de este satisfactorio
incidentenos dieron un baile, que fue muy concurrido, elegante y
aleare.
y en el ambigú improvisamos muchos versos humorísticos los dos
antiguos contendientes. Así concluyó una desavenencia que había
sido muy amarga para mí por el sufrimiento moral que había causado
a mi familia.
Yo pasaba el tiempo deliciosamente en Ibagué (sin descuidar por
eso mis negocios, que fueron llevados a buen término), ya en
alegres tertulias muy frecuentes, en las que reinaba la mayor
cordialidad, ya en variados paseos por las pintorescas y risueñas
campiñas del
|Chipalo y del
|Combeima y de los
demás campos circunvecinos. Ibagué ha sido siempre un paraíso de
aguas bulliciosas, jardines, huertos y vergeles, tanto más
placenteros cuanto su clima es delicioso, y muy amable y franco el
comercio de su sociedad. A tal punto llegaba mi buena disposición
de ánimo en Ibagué, que no pocas veces (¡yo, que tengo una voz de
trueno o de estrombón!) consentí en cantar, haciendo el bajo a
varias señoritas, canciones sentimentales con acompañamiento de
guitarra... Seguramente cantaba muy mal, bien que, si hubiese
educado mi voz, habría tenido un famoso acento de bajo
profundo.
A propósito de mi voz de trueno (producto de privilegiados
pulmones), y de la suma facilidad que he tenido para imitar gran
variedad de voces humanas y animales, puedo decir que me ha sido
muy ventajosa en ciertos sentidos, así como también en otros
aspectos me ha perjudicado mucho. En circunstancias apuradas me ha
procurado ventajas el poder imitar muchas voces distintas, o el
saber ladrar y maullar con perfección, cantar como gallo, bramar,
mugir, balar, etc.; y mis hijas aprendieron, a hablar en tres
idiomas, dichosas con mis juegos y pantomimas y montando a caballo
sobre mis espaldas. En muchas ocasiones he pronunciado dicursos en
plazas públicas, que en todo el ámbito de éstas han sido oídos por
miles de personas, sin perder una palabra. He mandado paradas
militares en campo abierto, haciéndome oír de divisiones enteras
perfectamente. En la vasta extensión de los campos y las montañas,
ha sido muy útil la poderosa resonancia de mi voz; y siempre en la
tribuna be sido afortunado, acaso principalmente por la fuerza y
energía de mi acento.
Pero ¡ay! cuántos desagrados, por otra parte, no me ha
proporcionado el poder de mis pulmones! Mi voz estentórea debe de
haber disgustado, en los salones o las conversaciones íntimas, a
muchos oídos delicados muchísimos oídos indiscretos se han
aprovechado de mi indiscreta voz, percibiendo de lejos lo que yo
hubiera querido decir en reserva o
|sotto voce; mil veces
he parecido irritado o agresivo estando del mejor humor y sin tener
la mínima intención de ofender a nadie, solo porque mi voz ha
sonado con excesiva fuerza; y no pocas personas han concebido
injustas antipatías respecto de mí, solo porque mi voz las ha
chocado con su ruda sonoridad. ¿Y qué remedio? Todo en este mundo
tiene su aspecto bueno y malo; y lo que en un sentido puede ser
notable cualidad, en otro es grave defecto.
Mi posición en la legislatura provincial de Ibagué fue
desventajosa y difícil, en cuanto a mis colegas, pero mi actitud me
hizo ganar entre los ciudadanos mucha popularidad. Eramos seis
diputados liberales contra diecisiete conservadores, y casi todos
éstos se mostraron desde el primer día muy hostiles y excluyentes.
Había entre ellos, sin embargo, tres hombres muy importantes, de
cuya moderación se podía sacar gran partido: el coronel Diago y los
doctores Francisco y Domingo Caicedo Jurado. De parte de ellos
estaba principalmente el número:
de la nuestra, el vigor y facilidad de la palabra, pues los
doctores Eugenio Castilla y Manuel A. Villorla y yo éramos
inquebrantables en la defensa de nuestra causa. Además, la barra y
toda la sociedad de Ibagué estaban siempre de nuestro lado.
Con todo, comprendí que al cabo seríamos derrotados en toda
cuestión, por la masa numérica de los contrarios, casi todos
cruelmente silenciosos, y me pareció que manejando las cosas con
maña y suavidad daríamos mejor giro a los debates y satisfactoria
resolución a las cuestiones pendientes. Así sucedió, merced al
carácter accesible y el influjo de los señores Diago y Caicedo; y
al cabo conjuramos muchas medidas apasionadas, sugeridas por el
espíritu de partido y los intereses lugareños, y obtuvimos que
saliese de la legislatura una buena, Constitución de la provincia
de Marquetá (así la llamamos restableciendo el sonoro nombre
indígena y tradicional) y algunas leyes muy aceptables sobre
impuestos, elecciones y régimen político y administrativo. Me
ejercité mucho en la oratoria parlamentaria, y adquirí gran
facilidad para expresarme en público, improvisando siempre mis
discursos.
A própósito de la Constitución que dimos a la provincia, es
digno de consideración un hecho político que se pudo observar al
fin de 1853. Todas las provincias (que entonces eran cosa de
cuarenta y cuatro, porque el partido liberal tuvo furor al dividir
la República en el mayor número posible de fracciones) hubieron de
darse sus particulares constituciones político municipales, de
conformidad con lo dispuesto por la Constitución nacional de 21 de
mayo, la más liberal que hasta entonces hubiera tenido el país; y
en todos aquellos actos se reflejó fielmente el espíritu de los
tres partidos existentes. Tuve interés en estudiarlas todas en 1854
y 1855, y veintidós años después, cuando todas habían sido
sustituidas por las constituciones de los nueve Estados en que se
refundieron las antiguas provincias, he repetido el estudio, con un
doble propósito de investigación histórica y del carácter de
nuestro derecho público interno. Expreso, pues, mi opinión con
entero conocimiento de causa.
En 1853 los radicales triunfaron por completo en unas cuantas
provincias, tales como las de Neiva, Sabanilla, Santamarta, Socorro
y Vélez; en otras se hicieron dueños de la situación los
conservadores, como aconteció en Bogotá, Marquetá, Pasto, Riohacha,
etc.; y en el mayor número, como en las del Cauca, Buenaventura,
Antioquia, Medellín y Soto, obtuvieron la mayoría los viejos
liberales, llamados entonces obandistas o draconianos. Y cada
partido, por decirlo así, dio sus constituciones, Las de los
radicales, que exageraban el principio democrático, y en economía
política el dejad hacer, organizaron en cierto modo la anarquía y
poco menos que la supresión del gobierno. Las de los conservadores,
sin dejar de ser republicanas ni de mantener el régimen municipal,
tendían a centralizar el gobierno en cada provincia, a dar fuerza a
la autoridad y a someter los abusos de los cuerpos municipales a la
fiscalización y revisión de las entidades superiores. Por último,
las de los liberales obandistas se mantenían en una especie de
término medio entre el radicalismo y el conservatismo. De este modo
los hechos ponían de manifiesto que entre nosotros no había lucha
por los
|principios fundamentales de la república y del
gobierno representativo en todas sus escalas, ni por los axiomas
económicos, sino por los
|grados de desarrollo de aquellos
principios y estos axiomas, y más aún -fuerza es reconocerlo-, por
intereses personales y tradicionales pasiones de bandería.
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[1]
|
La interesante señorita Soledad Gutierrez, que años después
casó con el señor Joaquín Alvarez y es al presente muy respetable
matrona.
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[2]
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Lo era a sazón el doctor Juan Agustín Uricoechea
|