PRIMERA EDUCACION DE MI
ALMA
La educación del alma es muy análoga a la del cuerpo: si la
segunda es asunto de ejercicio, la primera lo es de impresiones. Si
para el cuerpo hay una gimnástica de los músculos y de todos los
sentidos, para el alma hay otra de todas las facultades de la
sensibilidad moral y del pensamiento. Así todo aquello que nos
impresiona y sirve de ejemplo, que nos induce a formar ideas y
adquirir nociones de la vida y de las cosas que nos rodean, nos va
educando el alma que viene de Dios completa en su esencia y
perfecta en sus elementos o facultades de acción, y estas
facultades se desarrollan más o menos, se perfeccionan, pervierten
o deprimen, según la dirección que se les imprime con la educación
y el influjo de la herencia.
Todo lo que se ve y oye, lo que se siente y palpa educa, bien o
mal. Pero acaso lo que más contribuye a educar el cuerpo, así como
el alma, es el medio físico, el domicilio en que uno vive,
principalmente durante la infancia; esta verdad la he comprendido
al recordar y analizar, después de ser adulto, el influjo que sobre
mí ejercieron ciertas circunstancias del hogar paterno y de los
primeros años de mi niñez, y las localidades donde los pase.
Todo hombre es más o menos un reflejo de la tierra en que ha
nacido y vivido. La infancia ha subsistido en mí en gran parte, y
ella recibió fuertemente el sello de las impresiones que la
acompañaron. Honda es una ciudad extraña, asiento de curiosos
contrastes, su suelo es profundo y fértil, y las montañas que lo
encierran son elevadas y estériles. Desde la gran catástrofe de
1805 aquella ciudad, esencialmente mercantil, quedó siendo mitad
bodega o almacén y mitad cementerio. Cada ruina, cada muralla
destrozada es una tumba sobre la cual crecen con frondosidad
numerosos árboles y arbustos. La parte baja de la ciudad, casi toda
compuesta de edificios de sólida mampostería y techos de teja,
contrasta con la parte alta, formada en general por humildes
ranchos de bahareque y palma. Abajo, el pequeño movimiento de los
negocios; arriba, el silencio y la inanición. La prosa y la poesía
se disputan el campo en aquella ciudad, donde centenares de
cocoteros y miles de otros árboles frutales, cultivados entre
escombros, mecen su follaje sobre una población híbrida de
negociantes y transeúntes.
El río Magdalena, haciendo allí un codo repentino, se precipita
turbulento a la vera de la ciudad, por una sucesión de raudales
estruendosos. El lindo río Gualí, que divide la ciudad en dos
partes, como una línea perpendicular tirada sobre el Magdalena,
encanta con el rumor de sus ondas, antes diáfanas, que se estrellan
contra grandes pedriscos y escombros hacinados sobre una y otra
margen y sombreados por árboles corpulentos. Aquel estruendo de los
ríos; aquella magnificencia de la vegetación; aquel silencio de
tantas ruinas solitarias; lo escampado de las vecinas montañas y de
la hermosa llanura que se extiende entre Honda y su rival en
ruinas, Mariquita; el contraste permanente de bullicio y silencio,
de actividad y soledad, de cosas poéticas y cosas prosaicas, de
goces y tristezas: todo eso que componía el medio físico y moral
en que yo había nacido y debía pasar mi infancia, imprimió en mi
mente un sinnúmero de ideas y reminiscencias perdurables. Por
tanto, mi vida hubo de ser un reflejo de la turbulencia de los ríos
que arrullaron mi cuna con su ruido, y de la tristeza grabada en
los solitarios escombros de la ciudad; mezcla de aspiraciones
poéticas e inquietudes y preocupaciones sociales; permanente
antítesis de pensamientos tumultuarios que sólo el tiempo y la
experiencia del mundo podían sosegar.
Así desde muy temprano mostré toda la inquietud de un genio
activo, audaz, borrascoso y pronto a la lucha, al propio tiempo que
una inclinación marcada hacia la poesía y cuanto da pábulo al
sentimiento y la imaginación. Todo me divertía, y lloraba por
cualquier cosa: me rebelaba contra la injusticia, y una palabra
cariñosa me enternecía: era comunicativo y fácilmente afectuoso con
todos, pero también pronto a reñir con todos: tenía el diablo en el
cuerpo y no descansaba ni dejaba descansar a nadie, y manifestaba
la exquisita sensibilidad de una niña ingenua y la travesura dañina
de un muchacho al parecer incorregible: había en mí, al propio
tiempo, algo de las turbias ondas del Magdalena y de las linfas
puras y transparentes del Gualí. En una palabra, por mis
disposiciones podía llegar a ser un hombre de provecho, al recibir
buena educación; así como al ser abandonado a mis impulsos
entusiásticos, habría podido ser un insigne calavera. Mi padre, mi
madre y algunos de mis hermanos me libraron de caer en el
despeñadero.
Cuando yo era niño, la esclavitud subsistía en Colombia, bien
que la ley redentora de 1821 había puesto remedio al mal, en lo
posible. Los esclavos eran los mejores obreros en las fincas
rurales y los mejores sirvientes en las casas. Servían a sus amos
con fidelidad y aun con afectuosa adhesión, y eran muy bien
tratados en mi vieja provincia, así como en casi toda la República.
La domesticidad esclava hacía parte de la familia, y las mujeres,
sobre todo, envejecían en los hogares, sirviendo como de madres o
nodrizas a los niños. Así éstos las querían con ternura, creciendo
al lado de ellas de tal modo que miraban poco menos que como amigos
y parientes a los negritos o mulaticos libertos.
Mi padre era no sólo patriota sino filántropo. Le gustaba hacer
un negocio poco lucrativo pero de buenos resultados morales: cuando
le ofrecían buenos esclavos les compraba para el servicio de su
casa o de su hacienda, les trataba muy bien, y les daba su carta de
libertad gratuitamente, al cabo de tres, cuatro o cinco años, si le
habían servido con cariño, fidelidad y esmero. Una vez libres, los
esclavos, ya habituados a la casa o la hacienda, habían cobrado
amor a la familia y al relativo bienestar de que gozaban, y en vez
de irse a otra parte preferían quedarse con mi padre, trabajando
como asalariados. Aquellos sirvientes o trabajadores eran por lo
común preferidos por mi padre a los primitivamente libres, porque
eran menos perezosos, tenían costumbres más morales y servían con
una fidelidad a toda prueba.
Dos de las esclavas que tuvo mi padre en casa fueron mis
predilectas: llamábase la una Nicolasa, enteramente negra, y la
otra (una gallarda mulata) Josefa. La primera tenía un hijo con los
pies torcidos y valetudinario, y la segunda apenas estaba recién
casada cuando nací. Hacía poco que mi madre me había dado a luz
cuando enfermó, no pudiendo alimentarme durante dos o tres meses.
Nicolasa, que tenía abundante y rica leche, fue mi nodriza mientras
que mi madre estuvo enferma, y la cobré un tierno cariño que jamás
se entibió.
A la sazón estaban construyendo un puente sobre el torrentoso y
pintoresco río Gualí, y no había modo de pasar de un lado al otro
sino en canoa. Como la familia solariega de mi madre vivía en el
barrio de San José o del Remolino (que de ambos modos llaman al más
bajo) con alguna frecuencia tenían las dos familias que ocurrir,
para comunicarse, al paso en canoa. Una tarde... (tenía yo cosa de
cinco meses de edad), pasaba mi madre el río, llevándome consigo en
brazos de Josefa, la hermosa mulata, que a la sazón servía de
niñera. Entróse en la canoa un hombre ebrio y la agitó de tal
manera que la hizo volcar, por fortuna a corta distancia de la
orilla. Cayó mi madre de cabeza al agua, quedando toda envuelta en
su ropa, y cuando logro desembarazarse, hacer fondo y descubrirse
el rostro.. vio que su hijo iba ya lejos llevado por las ondas.
Con la violencia del vuelco, Josefa me había soltado de los brazos
quedando yo en peligro inminente, y ella también toda embrollada
con su paño de muselina y sus enaguas...
Mi madre, al ver que yo me ahogaba, dio los más lamentables
gritos y, sin saber nadar, quiso arrojarse a la corriente; pero
Josefa no la dio tiempo, y diciendo: "no tenga sumerced cuidado!,
se arrojó a las ondas. Nadaba muy bien, a brazo tendido, y a las
pocas braceadas logró darme alcance y sacarme sano y salvo. Los
pañales que me envolvían y todo el ajuar me habían mantenido a
flote en la rápida corriente.
Al día siguiente por la mañana, mi padre hizo llamar a Josefa a
su presencia, y dándola un papel y cincuenta pesos, en dinero, le
dijo:
"Me has salvado mi hijo y mereces mi gratitud y una recompensa.
Tóma tu carta de libertad y esta gratificación para que
trabajes".
Josefa aceptó lo uno y lo otro, llorando de gratitud; pero se
quedó en la casa en clase de sirvienta libre, y destinó los
cincuenta pesos para contribuir al rescate de su marido. Este fue
elevado en la hacienda a la categoría de mayordomo.
Cuando tenía yo cosa de seis a siete años oí a mi madre referir
estos sucesos a un compadre suyo. Así vine a saber que una negra
esclava había sido mi nodriza durante cerca de tres meses, y que yo
debía la vida, después de Dios y mis padres, a una mulata esclava
también... No sé en qué grado la rica leche de la buena negra
influiría en mi organización y mi vida física y moral; pero sí
recuerdo bien que desde mi infancia sentí tierna conmiseración por
los esclavos, gratitud por Nicolasa y Josefa, y una simpatía por su
raza que se puso después de manifiesto en muchos de mis escritos,
discursos y actos, y me indujo a ser ardiente filántropo y
demócrata decidido.
Otra circunstancia influyó mucho en mi ánimo desde la infancia.
Estaba yo en la escuela primaria y tenía cosa de ocho años, cuando
tuve la desgracia, por travesura, de treparme a un enorme ciruelo a
coger las amarillas y rojas frutas que tanto incitaban a mis
condiscípulos, como a mí mismo. Un chicuelo, hijo de pobres gentes
y alumno de la escuela, llamado Dionisio Varela, me recogía las
ciruelas que yo arrojaba a manotadas desde lo más alto del frágil
ramaje. De súbito se quebró la rama en que me apoyaba, y descendí
como una bola, cayendo sobre los hombros del pobre muchacho...
Quedé sin sentido, y durante un mes me tuvieron entablillado de la
cabeza a los pies, todo dislocado; pero el chico Varela quedó peor,
casi desbaratado; y tuvo para seis meses de cama.
Bien que no había culpa de mi parte, mi padre costeó la curación
del muchacho, y durante mucho tiempo estuvo socorriendo a su pobre
familia.
Este ejemplo de caridad y de justicia moral produjo en mi alma
una impresión tan saludable, que por muchos años me hizo ver en
Dionisio Varela una especie de hermano para quien yo me sentía
obligado.
Las iglesias, las ruinas, los huertos y arboledas de la ciudad,
y los ríos Magdalena y Gualí, fueron, con mi familia, la hacienda
de mi padre y ciertas costumbres populares, los elementos decisivos
de mi primera educación. Que el lector me permita, por ahora,
describirle mi ciudad y las costumbres religiosas que en ella
primaban, a contentamiento de todas las clases sociales.
La ciudad, como he dicho antes, se compone de tres barrios
diferentes. Cuatro formaciones de serranías, que aparecen en
completa solución de continuidad e independencia recíprocas, bien
que se acercan unas a otras, arrojan sus ásperos contrafuertes o
estribos sobre la honda cuenca de la ciudad, formándole un cerco
roto por cuatro aberturas. De éstas, dos corresponden al Magdalena,
hacia arriba y hacia abajo, otra a la llanura -antiguo valle o
lecho del río Gualí, hoy día de cauce profundo-, y otra al estrecho
valle de un riachuelo llamado la Quebrada-seca. Así la ciudad suele
ser batida por brisas que soplan en todas direcciones y temperan,
en las mañanas y las noches, el ardor del clima, tan cálido que su
temperatura media es como de 30 a 32 grados del centígrado.
Es curioso notar, como rasgo tal vez único en la orografía de
Colombia, que si dos de los grupos de cerros (los del Sur y el
Sudoeste) son formaciones aisladas del norte del Tolima, las
serranías que giran por el Oriente y el Noroeste pertenecen a las
cordilleras oriental y central de los Andes, y después de encerrar
la vieja ciudad, corren paralelas hacia el Norte, encajonando, por
decirlo así, el Magdalena. De esta suerte, dos serranías que son
como prolongaciones indirectas de tan distantes y poderosas
formaciones (la oriental, donde predominan las heladas cumbres de
Sumapaz, y la central, donde ostentan sus nevadas cimas el Tolima,
el Santa Isabel y el Ruiz), vienen casi a juntarse, a darse los
brazos sobre las dos orillas del bajo Magdalena, cual si dieran la
muestra con una especie de fraternidad de las montañas, de la
fraternidad que Dios ha querido hacer reinar entre los pueblos
colombianos, hijos de esas montanas y de los valles
intermedios.
El tremendo terremoto de 1805 (época en que había nacido mi
madre) arruinó la ciudad casi por completo. Pocas casas resistieron
a la violencia de la catástrofe, sobre todo las de pisos altos;
talvez ninguna había sido reedificada hasta 1834, y la mayor parte
de las nuevas eran de bahareque y techo pajizo. Si en la parte baja
central, residencia del tráfico, subsistía el aspecto
hispanomorisco de las construcciones, y casi todas las casas tenían
un no sé qué de árido, severo y desapacible, en el barrio del Alto
todo era risueño y pintoresco, y en el de San José los huertos y
los escombros se confundían formando una extraña armonía de lo
melancólico y lo ameno, lo fúnebre y lo florido. Donde quiera
hermosos grupos de cocoteros alzaban sus empinados penachos, y los
patios estaban sembrados de nísperos y mangos, naranjos y
limoneros, guanábanos, guayabos y multitud de otros árboles
frutales, amén de mil graciosos arbustos y plantas de jardín. Por
en medio de aquellos barrios repletos de ruinas de templos y
conventos y de grandes casas, salpicados de verdes arboledas y
cubiertos de arenas reverberantes, corría o saltaba el Gualí, río
encantador de ondas azules y orillas pedregosas; y a la vera de la
ciudad se precipitaba turbio y magnífico el Magdalena,
ensordeciendo a los hondanos con el eterno rumor de sus tumultuosas
ondas...
Raro día dejaba yo de bañarme en el Gualí, deliciosa escuela de
natación, donde todos los muchachos, sin otro maestro que el
arrojo, aprendíamos a nadar como peces. Recuerdo que en mi afición
a la natación era tan incansable, que una vez aposté doce reales
con un camarada de la escuela al que pasara el río mayor número de
veces, de seguida y sin detenerse después al hacer pie en cada
orilla. Gané la apuesta, alcanzando a pasar siete veces, en un
trayecto como de trescientos metros, a través de grandes piedras
graníticas; pero en la última vez, al llegar a la orilla me quedé
exánime y sin sentido. Tan escasa idea tenía yo del peligro, que a
la edad de nueve años, por travesura, me arrojé varias veces,
montado en un trozo de balso, a los formidables chorros del Salto,
bajando el Magdalena desde el sitio del Estanquillo hasta la
confluencia del Gualí.
Probablemente estos ejercicios de natación, y los que hice en la
hacienda de mi padre, ya toreando becerros bravos, ya corriendo a
caballo por los pastales, ya dándome a la caza en montañas espesas
donde había culebras y tigres; ora invigilando a los peones en las
rocerías o en los cortes de cañas, y quitándoles a ratos los
machetes para ponerme a tumbar yo mismo árboles delgados o cortar
las matas del cañaveral, me inspiraron insensiblemente afición a la
lucha, y me prepararon para desafiar después con resolución todos
los peligros de la vida política, que en nuestro país se agravan
mucho con la violencia de las pasiones. Tengo para mí que todo
aquello que familiariza con el peligro, siquiera sean impensados
los actos de valor, constituye una excelente escuela para las almas
que han de sufrir grandes dolores y pasar por muy amargas
pruebas.
No omitiré decir que desde mi infancia me gustó el pugilato como
que era inquieto, belicoso y nada paciente, y que muchas veces
ejercité los puños con mis condiscípulos en la escuela, en los
colegios y en la Universidad. Agréguese a esto que yo tenía suma
agilidad y cabeza naturalmente fuerte para trepar a los árboles y
cercados, a los altos murallones arruinados y los campanarios, sin
desvanecerme nunca; así como me perecía por hacer maroma en
columpio y en cuerda tesa. Recuerdo que una vez, a la edad de trece
años por juego, me tiré de un alto balcón a la calle; y muchas
veces me arrojé de cabeza en profundos pozos del Gualí, desde los
estribos de sus puentes. Todavía ahora, ya casi viejo y achacoso,
cuando estoy de humor en algún campo o algún huerto trepo con
agilidad a muy altos árboles, sin que para ello me estorben los
vestidos ni las botas.
Dos objetos me llamaban particularmente la atención: los
jardines y los ríos. No obstante la inquietud borrascosa de mi
genio, gozábame todos los días durante horas enteras contemplando
en casa los arbustos y las flores de los jardines. Casi estoy
seguro de recordar que la primera redondilla o cuarteta que
compuse, cuando me dio por hacer versos de memoria, fue inspirada
por el florido jazmín que había en el patio principal de la casa
paterna.
Cuando me iba a bañar, trabajo costaba hacerme salir de entre
las ondas del Gualí; pero siempre, al vestirme me ponía
involuntariamente a contemplar los árboles de las orillas, los
grandes escombros hacinados en ellas o entre el agua, el cielo, de
un azul brillante y purísimo y las ondas que se atropellaban en
tumbos azulosos y de ópalo admirable... Todo aquello me
impresionaba por extremo y me hacía cavilar vagamente... Un día
que, sentado sobre una piedra, contemplaba yo todo aquello, don
Mariano Escobar (padrino de uno de mis hermanos) que cerca de mí
salía del baño, me dijo súbitamente:
-¿En qué piensas, Pepillo?
-¿A dónde va a morir este río? -le repuse a modo de respuesta,
siguiendo en mi cavilación.
-¿Pues no ves que muere allí cerca en el Magdalena? -me
contestó.
-¿Y el Magdalena a dónde va?
-Al mar.
-¿Y el mar?
-El mar... a todas partes, y a ninguna.
No pude comprender esta expresión y seguí cavilando por
explicarme de algún modo el problema, que me parecía ser un
misterio... Sólo el estudio de las matemáticas, la física, la
cosmografía y la geografía había de darme, con el tiempo, la
explicación que mi débil inteligencia de niño era incapaz de hallar
por sí sola.
No dudo que, si llegué a ser poeta, no fue por herencia; pues mí
padre, si bien era muy entusiasta y patriota, tenía mucho de
positivista, y mi madre no tenía más ideal que Dios, la familia y
el cumplimiento del deber. Lo que hizo brotar en mi alma la poesía,
como una flor cuyo germen está en todo corazón humano, fue la
educación; educación determinada por el conjunto de admirables
objetos que me rodeaban: el Magdalena, que contenía lo formidable;
el Gualí, que era una risa líquida y azul de la naturaleza; las
arboledas y los huertos y jardines de la ciudad, que eran lo ameno
y encantador prodigado bajo un sol de fuego; los cerros
circunvecinos, que contenían la majestad y aspereza de lo fuerte y
eterno; los innumerables escombros de la ciudad, en cuyo seno se
abrigaba toda la elocuente melancolía de lo pasado; la hacienda de
mi padre, donde yo encontraba la rudeza del trabajo, y el peligro y
la lucha; y aquel cielo incomparable, ya de un azul y una limpieza
prodigiosamente bellos, ya repleto de terribles tempestades.
No he sido ingrato para con aquellas admirables bellezas que
educaron mi alma; pues mi lira ha cantado de diversos modos y en
distintas ocasiones las bellezas del Magdalena y del Gualí, las
minas y memorias de Honda y Mariquita, y todas las magnificencias
de la poética Marquetá de nuestros extinguidos Panches y Gualíes,
nuestros Yaporaies y Pantágoros.