MI SEGUNDO DUELO
Yo he publicado, con epígrafe distinto del de este capítulo, una
curiosa narración del duelo que tuve en Ambalema en 1853. Nada
mejor puedo hacer que reproducir aquí aquel relato, modificando
solamente algo de la redacción, para que mi exposición sea hecha
hablando en primera persona. En cuanto a los nombres de los
individuos que figuraron en el episodio, he creído que la
generosidad exigía reducir a pseudónimos los de aquellos que hacen
en la historia un papel indigno y vergonzoso. En lo demás, no creo
ser indiscreto al publicar bajo una forma personal este episodio:
ya porque el hecho fue un lance muy importante de mi vida, ya
porque es interesante como rasgo típico de las costumbres de una
época y de un grupo social.
Por los años de 1852 a 1859 la ciudad de Ambalema era centro de
un considerable movimiento agrícola y comercial. Con tal motivo
afluían allí, ávidos de especulaciones y riquezas que fácilmente se
improvisaban, muchos hombres laboriosos, hijos de lejanas comarcas,
y con ellos no escaso número de tunantes o individuos de poca o
ninguna moralidad, cuyo propósito era enriquecerse de cualquier
modo, sin escrúpulo alguno.
Entre los
|inmigrantes que procedían de una de las
provincias limítrofes figuraba en Ambalema el doctor Fídolo Pinto,
joven abogado, desterrado de su suelo natal por más de una
fechoría, pero tan activo, habilidoso y artero en los negocios y en
las relaciones sociales, que a poco de llegar a la ciudad
marquetana se había procurado una posición importante, mal grado la
pobreza en que poco antes se hallaba.
Difícil hubiera sido hallar un hombre más aparentemente
simpático, más seductivo, sobre todo para los hombres, que el
doctor Pinto. Apenas si frisaba en los veinticinco años, y era de
buena talla, delgado, de rostro casi lampiño, sombreado solamente
por un gracioso y fino bigote. Como éste, sus cejas y cabello eran
muy negros; su rostro, bien ovalado, tenía no sé qué de suave y
femenino, con una blancura mate muy simpática. Mostraba siempre las
manos limpias y delicadas; la sonrisa de sus delgados labios era
casi perpetua y en todo caso amable; y sus ojos, bajo unas cejas
finamente delineadas, eran grandes, muy negros, hermosísimos por
sus largas y sedosas pestañas, y singularmente acariciadores, por
que de ordinario seducían. Añádase a todo esto que Pinto tenía la
voz de timbre suave, el andar mesurado y silencioso, y las maneras
corteses, y se comprenderá la facilidad con que se ganaba simpatías
y se había creado en pocos meses una posición ventajosa.
Inspiraba confianza a los hombres de negocios y particularmente
a las gentes sencillas, y en breve, inquiriendo todo lo que podía
ser materia de pleitos, principalmente por la propiedad y posesión
de tierras cultivables, se había granjeado, como abogado, numerosa
y bien lucrativa clientela. A poco se fue mezclando también en
todos los asuntos municipales y políticos, y no tardó en ejercer
sobre los jueces y concejales de la ciudad influencia
irresistible.
La Naturaleza y el Diablo le habían favorecido a porfía: la
Naturaleza, dándole facciones, voz y modales instintivos sumamente
propios para seducir; y el Diablo, enseñándole el consumado arte de
disimular y fingir, o sea de mentir con suavidad y decoro, e
inspirándole la más calculadora codicia y la más refinada
hipocresía. En su amabilidad todo era mentira y falsedad, y dentro
de su belleza física no había sino fealdad moral. Pinto era una
especie de pantera sin garras, que ocultaba su carácter felino bajo
una suave piel de cordero: hombre capaz de toda indignidad con tal
de poder disimularla, y que habría hecho uso del veneno
inmediatamente después de sobarse las manos con aire
compungido.
Un tío de Pinto, don Sebastián Escobar, se había establecido
también en Ambalema, fundando una casa comercial, y su sobrino era
su hombre de confianza y en mucha parte el gerente de sus negocios,
amén de su abogado y consejero; y así tenía que ser, porque don
Sebastián, si bien era trabajador y activo para los tratos, no
tenía la instrucción y cultura necesarias para trabajos de
escritorio.
Yo soportaba con filosofía las tristezas de mi precoz viudez,
entregándome exclusivamente al trabajo intelectual, al estudio y
aun al servicio del público gratuitamente, con verdadera entereza
de alma. En el año a que me refiero servía sin sueldo alguno la
jefatura política del cantón otra vez, como llevo dicho, y hacía
todo el bien posible, aun con detrimento de mis intereses.
El doctor Pinto se había constituido en mi antagonista, y no
solamente procuraba hacerme oposición en el Cabildo de la ciudad,
sino que, apelando a intrigas de muy baja ley y a fraudes
electorales, había logrado establecer su dominio sobre los jueces,
y por medio de éstos hacía la guerra, no tan solo al abogado de
quien era émulo envidioso, sino también al magistrado. Pero yo
miraba con desdén las intrigas y maniobras de Pinto, y pensando
apenas en cumplir con mi deber me cuidaba poco de los manejos de mi
adversario.
Acaso este desdén había estimulado a Pinto a llevar adelante sus
hostilidades hasta lo personal, a tal punto, que no tardó en
promover por mano tercera un pleito contra mis intereses
particulares y los de mi hermano Silvestre. Pero si yo tenía que
respetar mi posición de magistrado, y por lo mismo tolerar la
hostilidad de Pinto, Silvestre no estaba en el mismo caso. Era éste
un joven puntilloso, ágil, esforzado y que aguantaba pocas pulgas,
y se había jurado a sí mismo darle algún día su merecido al
intrigante y codicioso Pinto, si éste se propasaba en sus
hostilidades.
Llegó la oportunidad de ejecutar esta resolución, proporcionada
por un lance repentino. Un día que Pinto pasaba por una de las
calles mercantiles de la ciudad, tropezó con Silvestre y éste se le
plantó delante diciéndole:
-iEh, doctor codicia, a un lado!
-La acera es mía -dijo Pinto.
-¿Y qué importa? La cortesía no habla con los bribones.
-¿Usted me insulta!
-¡Ya, así parece!
-¡Pues me la pagará!
-¡Vaya! Podemos arreglar la cuenta ahora mismo.
-¿En dónde?
-Donde usted quiera.
-Pues vamos... ¡al cementerio!
-Sobre la marcha.
Y al punto los dos jóvenes se encaminaron, por dos calles
diferentes; hacia el norte de la ciudad, en cuyas afueras estaba
situado el cementerio.
¿De qué modo o con qué armas iban a batirse? Según toda
probabilidad, el combate había de ser un rudo pugilato a usanza de
la tierra, del cual solo resultarían magulladuras y bocas y narices
reventadas; y en semejante lucha, la ventaja aparente estaba
delante de Pinto, mucho más corpulento y robusto que mi hermano.
Pero éste, que, como he dicho, era muy ágil, sabía luchar desde
niño a la manera de los neivanos, y entendía mucho de echar
zancadillas.
Hallábame en mi despacho de la jefatura, cuando me avisaron lo
ocurrido momentos antes con mi hermano, y al punto corrí a buscar a
don Sebastián, el tío del doctor Pinto.
-Señor don Sebastián -díjele al verle-, su sobrino de usted y mi
hermano acaban de tener una reyerta, y se han ido a combatir, no sé
de qué manera. Puede ocurrir una desgracia, y en todo caso esto es
un escándalo. Yo no puedo interponer mi autoridad simplemente, por
delicadeza; pero si voy junto con usted la cosa es diferente.
¿Quiere usted acompañarme a impedir la riña?
-Con mucho gusto, señor doctor, y agradezco su delicado proceder
-contestó don Sebastián.
-¡Pues vamos corriendo!
-¡Vamos!
Fuímonos lo más aprisa posible, y en pocos minutos recorrimos
las siete u ocho cuadras que habla de distancia del centro de la
ciudad al cementerio.
Al volver un recodo del camino, alcanzamos a ver, detrás de un
grupo de hobos y ciruelos, las figuras de los contendientes, y por
cierto que el momento era crítico. El doctor Pinto se acababa de
levantar del polvo del camino, todo cubierto de tierra,
desmelenado, sin sombrero, con los vestidos rotos y en lamentable
situación, y lleno de ira y de humillación se abalanzaba, armado de
un agudísimo puñal, sobre Silvestre. Este, que no tenía más armas
que sus brazos, al ver brillar el puñal de su adversario había
desgajado prontamente una rama de ciruelo, árbol muy frágil, y en
actitud de un
combatiente armado de maza aguardaba a su enemigo, situado en
la mitad del camino, para descargarle un golpe formidable
preservarse de una puñalada mortal.
He aquí lo que había sucedido pocos minutos antes:
Silvestre, a medida que marchaba hacia el sitio de la lucha, se
había ido despojando de su levita y chaleco de dril de lino, y al
detenerse su enemigo los había arrojado al suelo con su sombrero.
Pinto, al verle así medio desnudo, le halló más delgado y pequeño,
y como él era alto, fuerte y de vigorosa musculatura, y además
tenía en el bolsillo un puñal de que jamás se deshacía, mantuvo
sobre sí todos sus vestidos, desdeñó a Silvestre y creyó poderle
demoler el pecho y las espaldas a puñetazos. Situóse, pues,
sólidamente, aguardando el ataque de mi hermano, y éste hubo de
tomar la ofensiva.
Pero el jactancioso doctor no contaba con la agilidad y el
arrojo de Silvestre. Este saltó encima de aquel como un gato, y al
caer sobre su enemigo, en vez de presentarle el cuerpo en toda su
longitud, se abalanzó de bruces sobre la piernas de Pinto, le echó
una violenta zancadilla y le arrojó a tierra; y teniéndole así
tendido largo a largo, le dio tan descomunal trilla de puntapiés
que le dejó todo estropeado.
Vestido como estaba, Pinto no había podido ni moverse siquiera
con alguna libertad para defenderse, y aunque pensaba en su puñal
para dar desde el suelo una puñalada a Silvestre, no topaba con el
arma. Con la caída y la subsiguiente trilla, el puñal se había
salido del bolsillo, dentro de su vaina, y yacía invisible entre la
arena amontonada en la refriega.
Al cabo Silvestre satisfizo su cólera, y poniendo fin a la
contradanza de puntapiés que bailaba encima del falso discípulo de
Témis, se apartó de éste y le dejó resollar. Incorporóse Pinto con
dificultad, bramando de humillación, con los labios crispados, la
mirada vidriosa, casi lívido el rostro, el cabello y los vestidos
cubiertos de tierra y todo el cuerpo magullado, y al ir a ponerse
en pie alcanzó a ver su puñal en el suelo. Cogiólo al punto, y
enderezándose con rapidez, movido por la ira más que por sus
embotados músculos, se abalanzó sobre Silvestre. Dio éste dos o
tres saltos hacia la orilla del camino, y tuvo la feliz inspiración
de desgajar la rama de ciruelo para defenderse.
En aquel momento llegamos, como he dicho, don Sebastián y
yo.
-¡Ah! -exclamó Pinto al vernos-. Ya viene el jefe político a
proteger con su autoridad a su hermano y llevarme a la cárcel!
-Se equívoca usted, doctor Pinto -respondí, profundamente herido
en mi dignidad-. No soy capaz de semejante bajeza.
-¿Y entonces a qué viene usted?
-Su tío de usted podrá explicárselo.
-Efectivamente -dijo don Sebastián-, hemos venido por iniciativa
muy delicada y noble del señor doctor Samper, a impedir una riña
desgraciada entre ustedes y un escándalo para la ciudad.
-¡Pero llegaron demasiado tarde! -observó Pinto con acento de
cólera reconcentrada.
-O acaso antes de tiempo -añadió Silvestre, con tono burlón,
mostrando su gajo de ciruelo y el puñal de Pinto.
-¡Esto es una alevosía! -exclamó el magullado-buscapleitos.
-¿Alevosía de quién? -pregunté.
-De los que hacen gavilla contra mí.
-¿Y quiénes son los gavilleros? -torné a decir, seriamente
indignado.
-¡Usted y su hermano! -repuso Pinto.
-¡Ah, eso no lo tolero! -exclamé-. ¡Si usted no retira esa
palabra, la cuestión será conmigo!
-¿Y qué hay con eso? No la retiro.
-¡Es usted un miserable!
-¿Yo miserable?
-Y villano y cobarde, puesto que vino armado de puñal.
-Y usted es...
-¡Silencio! No hay más qué hablar. ¿Será usted capaz de aceptar
un lance como caballero?
-Nada temo.
-¡Pero lo quiero a muerte!
-Estoy pronto.
-Prepárese usted, pues, y hasta luego.
Mi hermano y yo nos despedimos cortésmente de don Sebastián,
volvimos la espalda a Pinto sin mirarle, y nos encaminamos hacia
nuestra casa de habitación.
Inmediatamente hice llamar al ciudadano que era mi suplente en
la jefatura política y le dije:
-Mi amigo, tengo imperiosa necesidad de separarme por tres
días, o acaso más, de la jefatura; hágame usted el favor de
encargarse de ella.
-Como usted mande -contestó el suplente, y recibió la nota
oficial del llamamiento.
Una vez desprendido de mi autoridad, me fui a casa del
comandante don Antonio Rubio Frade, amigo mío y muy hidalgo. le
referí lo ocurrido y le pedí el servicio de manejar el asunto como
testigo.
-Está bien -dijo el comandante-. Usted tiene la razón y está en
su derecho; cuidaré del honor de usted como del mío propio-. Y se
fue al punto a proponer el duelo.
Media hora después el comandante entraba en casa y al sentarse
me dijo:
-Está aceptado el duelo y escogida la pistola como arma.
-Muy bien. ¿Y para cuándo?
-Para mañana, porque ya hoy es tarde.
-Bueno; tendré tiempo de hacer mi testamento y escribir algunas
cartas.
-¿Quiere usted también ensayarse algo en el tiro?
-No. A propósito: ¿A qué distancia debemos tirar?
-Será a quince pasos por la primera vez, a doce en la segunda y
a diez en la tercera.
-Bueno. Pero... olvidaba preguntar a usted...
-¿Por las pistolas? Mr. Crostwhaite tiene unas excelentes que
nos prestará: ni usted ni Pinto las conocen.
-Bueno; pero mi pregunta era otra.
-Diga usted.
-¿Quién es el padrino de Pinto?
-El doctor Dussan.
-iDussan! ¡Oh, pero ese mozo es mi enemigo personal y es un
canalla!
-Así lo creo -repuso el comandante-. Y justamente observé a
Pinto que, siendo su padrino enemigo notorio de usted, por causa de
aquella multa... no podría ser testigo o padrino imparcial.
-¿Y qué respondió?
-Que no se batiría si no tenía por padrino a Dussan.
-Está bien. El padrino y el ahijado son de la misma ralea; mas
yo acepto al uno, como sí fuera hombre de honor, con tal de poder
matar al otro.
Al día siguiente yo estaba enteramente listo; había pasado la
noche escribiendo, pero después había dormido en mi hamaca muy
tranquilamente durante el día.
El comandante Rubio me halló durmiendo, a eso de la una de la
tarde.
-Doctor -me dijo-. Pinto ha pasado el día tirando al blanco, y
esto puede ser grave.
-En efecto, él tira al blanco porque lo negro y
|
lo blanco
se excluyen.
-¿Y está usted para equívocos?
-¿Por qué no? Saldré bien del lance: mi confianza es absoluta, y
solo me apena la idea de matar a un hombre, siquiera sea un
bribón
|
[1]
.
-La confianza es una gran ventaja, porque da sangre fría, pulso
firme y buen ojo.
- ¿qué hora partiremos?
-A las cuatro.
-¿A qué sitio?
-He sospechado mucho de la lealtad de nuestros adversarios
-respondió el comandante-, y temiendo una celada no he querido que
designásemos el sitio del combate.
-¿Y entonces?
-iremos, por distintas vías, a reunirnos en el corral de piedra
del Alto, y allí se designará el lugar.
-Muy bien pensado.
Dos horas después el comandante y yo montábamos a caballo y
tomábamos, como de paseo, una calle enteramente opuesta a la que
conducía hacia el Alto; dimos un hábil rodeo y a poco llegamos al
corral.