VIDA CAMPESTRE
Todas las semanas tenía yo que ir a Ambalema, siquiera una vez,
por atender a los muchos negocios de don Pastor, ya interviniendo
en sus contratos para redactarlos, y en las entregas de tabacos
contratados, ya activando los asuntos judiciales pendientes; pero
sufría mucho cada vez que iba a la ciudad, sobre todo al pasar por
delante de la casa donde había fallecido Elvira, y nunca dejaba de
visitar su tumba...
En el Chorrillo mis trabajos eran múltiples. Durante el día,
salvo algunos ratos de variadas lecturas, los que daba al baño,
muy matinal, y una hora de siesta que me imponía frecuentemente el
ardor del clima, todo mi tiempo pertenecía al despacho de los
negocios de don Pastor, que siempre tuve al corriente con el día.
Jamás, desde mi primera juventud, he dejado nada atrasado, porque
nunca he pospuesto para el siguiente lo que debía o podía hacer en
cada día. Como madrugaba siempre a levantarme, entre las cinco y
media y seis de la mañana, y ordinariamente me acostaba a las once,
adquirí el hábito, que he conservado, de no dormir nunca más de
seis horas. Tal vez la única cosa para la cual he tenido pereza es
para acostarme, sobre todo cuando he tenido entre manos algún
trabajo importante.
En el Chorrillo comíamos entre seis y siete de la tarde. Yo
hacía en seguida ejercicio de una hora, ya fuese al rayo de la
luna, ya en la oscuridad, paseándome lentamente por la limpia y
extensa llanura, cubierta de fina grama, que se dilataba casi en
torno de la casa; llanura muy poblada, pues donde quiera la
salpicaban las casitas campestres de multitud de arrendatarios.
Estos, entre siete y ocho de la noche, habían regresado ya de sus
caneyes o establecimientos de cultivo de tabaco, y descansando de
sus faenas, frecuentemente se ponían a cantar, por pequeños grupos,
en los patios o a las puertas de sus casitas, al son de tiples y
bandolas. Aquellos cantos, melancólicos o alegres, y aquella música
popular y sencilla, tenían siempre un sabor de originalidad y
poesía rústica que me impresionaba. Mientras que aquellas poesías
rudimentarias herían los aires, yo, buscando algo en la sombra con
los ojos del alma, o en lo infinito de los cielos iluminados por la
luna, iba siempre componiendo algo en prosa o en verso; y al
regresar a la casa me apresuraba a escribir aquello de que llevaba
llena el alma.
Si la poesía me ocupaba por momentos, y sus inspiraciones
quedaban consignadas en composiciones líricas y fragmentos de un
poema a
|Marquetá
|
[1]
que después publiqué en
parte, mi tiempo era dedicado en la noche principalmente a escribir
mis "Apuntamientos para la historia". Yo había buscado en la
continuación de esta obra un refugio contra la amargura de mis
dolores y pensamientos, y escribía con tesón. Por desgracia, esta
considerable obra adoleció de un defecto capital: el de no contener
citas de los documentos históricos en que yo apoyaba mis
afirmaciones. Dependió esto de un desagradable percance que me
ocurrió. Yo había reunido, hasta agosto de 1851, un considerable y
precioso archivo histórico, compuesto de libros, opúsculos,
periódicos, hojas sueltas y muy importantes manuscritos, y
esperando salvar a Elvira y regresar luego a Bogotá, dejé todos mis
papeles en dos grandes cajas, confiadas a un deudo para que me las
guardase como un tesoro. Pero un día tuvo apuros de dinero, y en
vez de ocurrir a mí para que le auxiliase, hizo lo que yo había
hecho en 1844 con las gacetas inglesas de la Biblioteca Nacional:
vendió al peso mis documentos de consulta... Como yo los había
leído todos y tenía muy frescos los recuerdos, hube de escribir
toda mi obra de memoria, y por lo mismo; con el gravísimo defecto
de carecer de citas, siendo un libro histórico.
Otros dos defectos graves tuvo mi citada obra. Yo era muy joven
y bastante apasionado y ligero en mis juicios, bien que de buena fe
en todo caso; y como mis principales lecturas habían sido de libros
y periódicos franceses, estaba en cierto modo empapado en el estilo
y la fraseología de los franceses, así enciclopedistas como
contemporáneos. Quedó, por tanto, mi obra, plagada de galicismos, y
en no pocas apreciaciones se resentía de parcialidad, de espíritu
sistemático en el sentido liberal y de vehemencia excesiva.
Con todo, tomando en cuenta el modo y la edad en que escribí mis
"Apuntamientos para la historia", he podido enorgullecerme algo de
ella. Era un audaz y valeroso esfuerzo, y el primero que se hacía
entre nosotros, de historia nacional
|filosófica; estaba
escrita con sinceridad y vigor, con mucha soltura y método;
contenía una multitud de retratos de personajes importantes, en los
que estos aparecían poco menos que fotografiados, la mayor parte
como por adivinación; y había en todas sus páginas un soplo de
vida y libertad y una gran prueba de laboriosidad, propios para
estimular a la juventud neogranadina a emprender trabajos
intelectuales de importancia, en lugar de meras poesías líricas y
artículos de costumbres o de polémica de partido.
Por la naturaleza misma de mis quehaceres y por espíritu de
observación, me propuse hacer un estudio completo del tabaco, como
elemento social e industrial; es decir, de las condiciones propias
de la planta, la composición de los terrenos, los modos de cultivo,
las operaciones de aliño y comercio, las costumbres y condición
social de los cosecheros, la estadística del tabaco, y los medios
que debían adoptarse para obtener los mejores resultados. A más de
algunos artículos sueltos que publiqué en varios periódicos, el
fruto de mis estudios salió a luz principalmente en 1853, en una
serie completa y metódica de artículos publicados en
|El
Vapor de Honda, y años después en un extenso escrito
humorístico intitulado:
|Viajes y aventuras de dos
cigarros.
A las veces, cuando me sentía muy cansado de trabajo mental y no
había cosa que hacer en el Chorrillo, tomaba mi escopeta y me iba a
cazar a pie durante dos, tres o cuatro horas. Casi siempre volvía a
la casa cargado de torcaces y perdices, conejos y
|guacharacas, y en ocasiones con algún venado porque
aquellos campos, sobre todo las hoyada montuosas, eran muy
abundantes en buena caza muchas veces, en lugar de perseguirla, me
detenía sobre algún peñasco, en algunas de las mesetas gramosas y
cubiertas de olorosos bosquecillos que había en medio de muchas
hondonadas, convertidas en dehesas artificiales para la ceba de
ganados, regadas por el tortuoso arroyo llamado "quebrada de la
Joya" (la Hoya). Había por allí muchos grupos de palmeras
colosales, en medio de verdes, tupidos y olorosos pastales, donde
se perdían de vista aun las más hermosas reses, hundidas entre la
suculenta verdura; sobre las orillas de las barrancas que dominaban
el húmedo vallecito, crecía una vegetación florida y espléndida, de
cuyo seno se escapaban con frecuencia ráfagas cargadas del
exquisito aroma de la vainilla; y por todas partes, sobre un
horizonte vastísimo y enteramente abierto, se ostentaba el cielo
admirablemente azul y despejado. Yo me gozaba particularmente
contemplando, ya las roadas ondas luminosas que en las madrugadas
se desarrollaban a tres leguas de distancia, al oriente, sobre la
azulosa serranía de Pulí y San Juan, la más occidental de la
inmensa y poderosa cordillera oriental de nuestros Andes; ya los
encantadores arreboles del poniente, que coronaban por la tarde, en
la hora deliciosamente melancólica del crepúsculo, las encumbradas
cimas nevadas de la cordillera central, sobre cuyos helados
desiertos descuellan los sublimes lomos o cúpulas del
|Huila y el
|Tolima, del
|Santa Isabel y
|el Ruiz.
La contemplación constante de la Naturaleza elevaba mi alma,
encaminándola siempre hacía un ideal de inefable belleza; y al
propio tiempo la vida noblemente libre, sana y laboriosa que vivía
en el Chorrillo robustecía y vigorizaba todos mis miembros. Así mi
envidiable salud física contrastaba con la profunda melancolía y
los íntimos pesares que afligían mi alma...
Don Pastor se mostró rebelde a todo aprendizaje. No hubo forma
de que recibiese ninguna lección con seriedad ni quisiese aplicarse
a trabajar con el lápiz y la pluma. Decía con frecuencia: "Lora
vieja no aprende a hablar" y estaba convencido de la imposibilidad
de aprender. Le cité el ejemplo de mi madre, de 1838, y me propuse
demostrarle su error de un modo patente. Entre los arrendatarios
vecinos de la casa se hacía notar por su buena conducta un mozo
llamado Tiburcio Peña, como de veinticinco años, hombre rudo al
parecer y excelente peón. Propúsele enseñarle a escribir y leer y
se encantó con la idea. Todas las noches, a eso de las ocho,
llegaba Tiburcio con sus planas, trabajadas en sus momentos de
descanso, y yo le hacía las explicaciones del caso y le iba dando
nuevas muestras sucesivamente, -de palotes diversos, partes o
rasgos de letras, signos ortográficos, números, letras enteras,
sílabas, palabras y frases-, que él traslucía primero y copiaba
después, tomando por modelos sus propios calcados. Cuando ya fue
haciendo letras, sílabas, palabras, etc., le iba yo diciendo cómo
se pronunciaba y qué significaba cada una de ellas; con lo que, al
propio tiempo que aprendía a escribir dibujando caracteres,
insensiblemente y sin disgusto ni fatiga aprendía a leer lo que
escribía. Ello fue que el mozo aprendió a escribir en poco menos de
seis meses, bien que solo podía disponer para ello de algunos ratos
cada día; y se creyó dichoso con tan ventajosa adquisición. Pero
nada valió esta prueba para don Pastor: admiró el hecho, pero
persistió en mantenerse en su ignorancia, lo que me fue muy
sensible, pues yo le estimaba mucho por sus excelentes cualidades y
le quería con verdadero cariño.
Mis sentimientos de filantropía, tanto como las tendencias de mi
espíritu, que siempre me inclinaban a la universalidad, y la
afición que desde muy joven había tenido a ciertos ramos de la
medicina, me movieron a ser en cierto modo el médico del Chorrillo
y sus contornos. Las pobres gentes de por allí sufrían mucho, por
falta de médico y medicamentos, cuando padecían algunas dolencias,
por. que éstas se agravaban, por incuria, hasta volverse
incurables. Además, al saber que yo había curado al hombre mordido
por la serpiente, y después a un muchacho de la casa que padecía de
una grande y vieja úlcera en una pierna, los
|chorrillunos
dieron en creer que yo era médico; y en esto se confirmaban, no
obstante mis protestas, porque sabían que yo era doctor. Si
|doctor era, tenía que serlo de medicina y no de otra cosa,
pensaban ellos. Ello fue que hube de volverme médico, por caridad y
|malgré moi.
Aconsejé a don Pastor que comprara un botiquín con los
medicamentos más indispensables, a fin de socorrer en lo posible a
los pobres labriegos y sus familias, y lo hizo con aquella
generosidad que le era genial, de la que no pocos tunantes
abusaban. Yo conocía recetas muy eficaces, y el tratamiento
conveniente, según las circunstancias, para las enfermedades más
frecuentes o dominantes en el Chorrillo y sus contornos, a saber:
las fiebres intermitentes y disenterías, las úlceras y las
mordeduras de serpientes y picaduras de animales venenosos; y
valiéndome del aguardiente, el amoníaco y el calomel, de la quina,
el cedrón y la ipecacuana, de la corteza de granada y la naranja
agria, del limón, el ruibarbo, el aceite de almendras y el de
|palmacristi y otras pocas sustancias, lograba excelentes
resultados. Ello fue que en año y medio curé cosa de trescientas
dolencias, gratuitamente y mereciendo la gratitud de aquella pobre
gente.
Año y medio pasé de aquella vida sana, laboriosa y apacible que
reconfortó mi amor al trabajo, apaciguó mi alma, antes tan turbada,
y me dio fuerzas y brío para seguir mi camino por el mundo. Pero al
cabo comencé a fastidiarme. Me hacía falta el trato frecuente de la
gente culta, y me fatigaba la lucha constante con la ignorancia, la
rutina y las costumbres viciosas de los cosecheros, aun como con
las mil dificultades puramente materiales de la vida campestre. Yo
necesitaba otro campo de acción y otro horizonte, y sentía ya como
una especie de nostalgia social. Así, acabé por proponer a don
Pastor una reforma considerable de nuestro contrato, y reduciéndome
a prestarle mis servicios en Ambalema, como abogado, con un sueldo
fijo.
Un pleito muy valioso que le habían promovido a don Pastor por
la principal de sus propiedades (que llegaron a valer $ 500.000),
me obligó a trasladarme a Ibagué, capital de la provincia, donde
residía el tribunal de apelaciones. Gané el pleito, y los intereses
de mi cliente quedaron asegurados, teniendo yo además la ventaja de
conocer aquella antigua ciudad, una de las más apacibles,
pintorescas y simpáticas localidades de la república. Fui allí muy
bien acogido y querido, concebí cordial afecto por toda la sociedad
ibaguereña y particularmente por algunas familias, y siempre he
conservado muy gratos recuerdos de aquella tierra privilegiada,
ciudad huerto, jardín y vergel, donde todo es suave y pintoresco,
todo risueño, perfumado y poético...
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[1]
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Nombre indígena de la antigua provincia de Mariquita.
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