EL DOLOR Y EL TRABAJO
El influjo benéfico del aire puro de los campos; los baños
tomados todos los días a la luz del alba; el ejercicio muy
frecuente; la contemplación libre y constante de las bellezas de la
Naturaleza; los desahogos que procuré a mí dolor escribiendo
algunas poesías y páginas de historia íntima, en el silencio de las
serenas noches de febrero; el misterioso influjo de la soledad, que
por sí sola tiene mil atractivos para las almas entristecidas y
acongojadas; y la observación atenta de la vida y las costumbres de
los campesinos: todo esto, con la falta de los objetos que me
habían rodeado al sorprenderme la desgracia, contribuyó a calmar mi
exaltación nerviosa. Yo lloraba frecuente y abundantemente, pero a
través de mis lágrimas me parecía ver como una sombra de
esperanza... no en la felicidad terrestre, sino en algo
inexplicable y vago, pero consolador. Yo sufría profundamente, pero
sufría sin desesperación y comenzaba a resignarme, no por
reflexiones de filosofía religiosa, ni menos por fe, sino porque
reconocía las leyes de la necesidad de la vida y de la inevitable
fatalidad de la muerte.
Sin embargo, había en el fondo de mi alma una lucha incesante de
tendencias opuestas. El tierno cariño que había tenido a Elvira y
la fidelidad con que mi memoria la solicitaba entre las tinieblas
de aquel terrible misterio de la vida llamado la muerte, me
inclinaban o predisponían a dar cabida en mi mente a este
pensamiento: "Ella no ha muerto para siempre; solamente ha pasado a
otra vida, de dulzura, tranquilidad y beatitud inefables, dejándome
sujeto aun a las pruebas de la existencia terrenal, y tarde o
temprano volveremos a juntarnos ¿Pero dónde y cómo?, preguntaba en
mi espíritu el demonio de la duda. ¿Será por voluntad directa de
Dios que volveremos a juntarnos? Pero entonces ¿por qué nos ha
separado violentamente? Si su voluntad interviene en todo y El es
justo ¿por qué ha cometido o permitido la injusticia de condenarme
a sufrir, así como a todos los que amaban a Elvira? ¿Dónde está,
pues, la justicia de Dios? ¿En qué consisten su misericordia y su
bondad, sí nos abandona a las miserias del dolor y del infortunio?
¿Para qué dotarnos de alma inmortal, si ha de ser mortal y pasajero
todo lo que ella necesita para su dicha en este mundo? ¿Para qué la
engañosa esperanza, si a su lado está siempre la realidad
desesperante? ¿Acaso la inteligencia del alma ha de servirnos
solamente para vivir sondeando terribles e inescrutables misterios,
y al cabo reconocer siempre su propia impotencia? ¿A qué fin
acariciar y solicitar incesantemente un ideal de belleza, de verdad
y bien, si él huye siempre de nosotros, se esconde entre tinieblas
y nos deja en la mitad del camino, desalentados y agobiados por el
peso de la tristeza, del desengaño y de la duda?
Yo me hacía todas estas y muchas otras reflexiones, y todas
conducían a producir en mí la incredulidad, dejándome como
suspendido en una especie de deísmo nebuloso o de vaga religiosidad
que se desvanecía en cavilaciones sobre lo infinito y eterno. Me
sucedía una cosa extraña, que no acerté a explicarme sino muchos
años después: cada vez que yo pensaba y escribía en verso, que
sentía como poeta, abría mi espíritu a la fe y mis pensamientos
eran ingenuamente religiosos; yo sentía una especie de inclinación
espontánea, instintiva y como de mi propia naturaleza a buscar a
Dios, recibirle en mi alma, amarle y adorarle en espíritu y verdad,
y esperar en El con absoluta confianza. Y al contrario, todo me
alejaba de Dios, todo me encubría los infinitos horizontes de la fe
y la esperanza, cada vez que me entregaba a meditaciones puramente
filosóficas, es decir, cada vez que pensaba y escribía en prosa, y
que concebía las cosas de la vida a la luz de lo que yo llamaba,
como tantos otros, la
|ciencia!
¿ Por qué este contraste en mi sér moral e intelectual? No diré
que mi corazón era creyente, puesto que esta víscera no es sino un
centro sensibilísimo de repercusión de lo que pasa en el cerebro,
y que este órgano supremo es el verdadero asiento y foco de toda
sensibilidad, como de todo pensamiento. Pero para expresar
claramente la situación en que me hallaba diré que, así como el
elemento sensible y afectivo o moral de mi alma era creyente (y yo
tenía mucho de crédulo y confiado, casi optimista), y me elevaba
hacia las más puras y consoladoras concepciones religiosas, al
propio tiempo el elemento pensante y consciente o intelectual de mi
espíritu (ya educado por el orgullo de la duda) me arrastraba a la
incredulidad: jamás a negar a Dios ni rechazar la idea de la
inmortalidad; pero sí a desconocer la personalidad de Dios y su
directa intervención en los sucesos humanos, así como las
condiciones de vitalidad sobrenatural atribuidas al alma por los
dogmas del catolicismo.
Y diré más. Si los libros que había devorado en Bogotá y el
comercio con algunos "libres pensadores" me habían puesto desde
años atrás en el camino de la incredulidad, casi del ateísmo, mi
súbita desgracia, que me parecía ser del todo inmerecida, aumentó
la intensidad de mis tendencias sin antirreligiosas, dándoles como
una tinta de rebelión y amargura.... Por momentos, al pensar en el
tristísimo cambiamiento que se había operado en mi situación,
sentía algo como una especie de rencor contra la Providencia; y
para no hacerla objeto de amarguísimas quejas, prefería negarla en
mi conciencia, y reconocer las fatalidades del destino y de la
muerte como inexorables leyes que regirían simpre la vida del sér
humano!
En suma, y dicho sea con toda ingenuidad para poner de
manifiesto en mí mismo las tristes contradicciones del espíritu
humano, había en mi sér moral como dos almas mal soldadas la una a
la otra. Cuando yo me escapaba de mi refugio campestre para ir
hasta las afueras de Ambalema a visitar furtivamente el cementerio,
y allí, a solas, de rodillas, llorar sobre la tumba de mi esposa y
mi hija, lejos de ocurrirme ningún pensamiento filosófico,
solicitaba a Dios, creía en todo lo que se deriva de la idea de la
inmortalidad; y en el olvido de todo lo terrestre, en que me sumía
el dolor, ponía el oído atentamente contra el tibio calicanto del
sepulcro, creyendo percibir voces misteriosas que se escapaban de
su invisible seno... Asimismo, al desahogar mí dolor en himnos
fúnebres, tales como
|La soledad del sepulcro, Lágrimas y Tu
sombra, todos mis acentos, bien que profundamente dolorosos,
eran de fe religiosa, de esperanza en una vida mejor, de confianza
en la inmortalidad... Pero todo esto se desvanecía en gran parte
cuando yo me entregaba, movido por la amargura del dolor, a
cavilaciones puramente filosóficas. Me rebelaba mentalmente contra
el Dios que me había privado de mi felicidad, o protestaba contra
su Providencia interventora en las vicisitudes de la vida humana, y
solo reconocía el ciego, fatal e inexorable poder creador y
modificador del dios Pan o la Naturaleza... En aquellos momentos yo
me burlaba de mí mismo o de la credulidad del amante y poeta que
había en mi. Tal era el filósofo!
Un incidente muy extraño me ocurrió en la hacienda del
|Chorrillo, que servía de refugio a mi tristeza y mis
congojas. Lo he referido por extenso en mis Coincidencias y mejor
aun en un escrito intitulado: La mano de Dios; por lo que
solamente narraré aquí lo más sustancial.
Varias circunstancias que debo omitir, por no serme
exclusivamente personales, exacerbaron mi dolor en cierto día en
que mi cuñado Emilio me hizo una visita y fui luego a llorar con
él sobre la tumba de Elvira. Regresé al Chorrillo, ya entrada la
noche, lleno de desesperación y con la monstruosa resolución de
suicidarme. Todo lo preparé durante dos horas, escribiendo cuanto
era menester, encerrado en un salón muy retirado, y al fin,
cómodamente sentado, tomé las pistolas de don Pastor (el bondadoso
hacendado que me favorecía con su generosa y cordial hospitalidad)
y las monté para dispararme la una sobre el corazón y la otra sobre
la frente... Tres veces, al levantar las pistolas, oí que don
Pastor me llamaba desde lejos, y hube de suspender la ejecución de
mi horrible designio. En la tercera, tuve que ocultar las terribles
armas, que me fascinaban, porque alguien se acercaba en solicitud
mía. Era don Pastor que me llamaba con urgencia.
¿Para qué me necesitaba? Para ver sí yo podía salvar a un
hombre, un pobre labriego a quien acababa de morder una culebra muy
venenosa. El hombre se azotaba en el suelo, sobre un cuero de res,
sufriendo atroces dolores... Inmediatamente me puse a curarle con
el mayor interés, valiéndome del amoníaco, el ron y otros recursos,
y a las dos horas el enfermo estuvo enteramente fuera de cuidado y
durmiendo tranquilamente...
Creí entonces, sin vacilación alguna, con toda mi alma, en la
Providencia, viendo en el accidente ocurrido lo que llamé "la mano
de Dios" -mano invisible pero misericordiosa, que con un solo
movimiento me había salvado del horrendo y cobarde crimen del
suicidio, me había hecho salvar la vida del pobre labriego, y me
hacía deducir esta consoladora conclusión que envolvía la más
sencilla doctrina del deber:
"Jamás, en ninguna circunstancia, debe el hombre desesperar, ni
menos atentar contra su existencia, porque en todo momento, por
desgraciado que sea, puede hacer algún bien a sus semejantes y
servir a Dios...".
Este acontecimiento me hizo volver a la plenitud del
|sentimiento religioso; sin que, por otra parte, mi
espíritu aceptase los dogmas particulares de ninguna religión
positiva, pues para esto era necesario que yo tuviera nociones
claras sobre la materia, y todas las que había bebido en los
enciclopedistas franceses me mantenían en la mayor perplejidad.
Durante un mes de residencia en el Chorrillo volvió a mi
espíritu la calma con la resignación. Pero la vida en la ciudad me
era odiosa, sobre todo en Ambalema, donde se había consumado mi
desgracia, y yo meditaba mucho sobre lo que me convendría hacer
para reconstituir mí posición social. La política me fascinaba y
atraía siempre como una especie de fatalidad o de vocación
inevitable; pero yo quería mantenerme a todo trance independiente,
sin volver a ningún puesto público, tanto por independencia de
carácter (que en todo el curso de mi vida ha sido indomable cuando
quiera que no se ha empleado conmigo la persuasión y la dulzura),
como porque comprendía que el hombre que vive de empleos públicos
se vuelve una especie de parásito de la sociedad, inepto para todo
lo demás, y siempre pobre, angustiado y sujeto a humillaciones de
conciencia. Pensaba, pues, en dedicarme definitivamente al
comercio, si hallaba una plaza conveniente para trabajar, o en
buscar un centro social muy importante dónde poder ejercer con
provecho y lucimiento mí profesión de abogado y cultivar mucho mi
espíritu como literato.
Don Pastor Lezama, el bondadoso propietario del Chorrillo, me
sacó de dudas con una proposición muy aceptable. Era don Pastor
hombre sencillo, pero muy entendido en los negocios, y, aunque no
sabia leer ni escribir, manejaba con bastante habilidad su
considerable fortuna. Rabia quedado huérfano y sin amparo alguno a
la edad de 13 años, y reduciendo a dinero, para comprar
herramientas, la miserable herencia que le quedara (cosa de
diecisiete pesos), se había puesto desde entonces a desmontar
tierra ajena y cultivar tabaco, en calidad de "arrimado" al caney
de un arrendatario o "cosechero". A fuerza de trabajo, economía y
buenos negocios fue prosperando, y ya en 1852 tenía en tierras,
ganados, casas, mercaderías, tabaco y otros valores un capital de
más de $170.000.
Sin embargo, reinaba el mayor desorden en la hacienda de don
Pastor, así por no haber método en los trabajos ni contabilidad
racional, como por las dificultades inherentes a la falta absoluta
de ilustración del propietario y la supina ignorancia de sus
dependientes. Tanto por distraerme con el trabajo como por
corresponder con algunos servicios a las finas atenciones de mi
buen amigo don Pastor, durante las semanas en que él me dio la
hospitalidad me apliqué a organizarle su contabilidad, comenzando
por hacerle un riguroso inventarío de sus bienes, y a procurar que
hubiese método y división acertada del trabajo, economía y
regularidad en todas las operaciones de la hacienda. Don Pastor se
sorprendió al saber cuán rico era y podía ser (no tenía familia,
sino apenas su esposa) con solo tener orden en sus negocios, y
comprendió que estos marcharían incomparablemente mejor al ser
dirigidos con inteligencia, sustituyendo la rutina bárbara y el
empirismo con trabajos enteramente metodizados.
Propúsome, en consecuencia, que me quedase en el Chorrillo para
encargarme: en primer lugar, de su contabilidad, correspondencia y
caja; en segundo, de la redacción de todos sus contratos y el
manejo de sus asuntos jurídicos (a la sazón muy importantes y
valiosos); y en tercero, de ayudarle en las compras y ventas de
mercaderías y de tabacos y en otras operaciones. En compensación me
ofrecía: la habitación, los alimentos y los caballos necesarios
para montar, y un sueldo eventual, calculado sobre las ventas de
tabaco que ordinariamente hacía de los producidos en sus tierras,
que no bajaría probablemente de $ 2.400 anuales. Pareciéronme muy
equitativos estos términos, pero puse una condición
|sine qua
non: que don Pastor aprendiese conmigo a leer y escribir y a
calcular conforme a los principios de la aritmética.
-Estoy ya muy viejo para aprender esas cosas -me dijo don
Pastor.
-Nunca es uno viejo para adquirir conocimientos -le observé.
-Pero para mí sería dificilísimo, porque soy muy rudo.
-Le respondo a usted de que, sin dificultad, por un sencillo
método de calcar y copiar, en seis meses aprenderá a escribir, y al
mismo tiempo, sin caer en la cuenta, a leer. En otros seis meses
aprenderá lo elemental de la aritmética.
-Sin embargo... tengo mucha pereza de aplicarme a esos trabajos.
-Entonces no hay contrato posible.
-¿Por qué?
-Porque para mí es cuestión de dignidad, delicadeza y aun
reputación. Yo necesito que usted fiscalice todos mis actos de
correspondencia, contabilidad, etc.
-¿Para qué?
-Para estar menos expuesto a errores y poder mostrar, como
garantía de mi honradez, la aprobación
|concienciosa de
usted.
-Usted gozará siempre de mi absoluta confianza.
-Lo creo; pero además necesito contar con la confianza
justificada de la sociedad, que ha de verme manejando los muy
considerables intereses y negocios de usted.
Don Pastor hubo de claudicar, porque fui inflexible en mi
exigencia. Celebramos, pues, el contrato con la cláusula exigida
por mí, y en consecuencia fui a Ambalema a despedirme de mi familia
y recoger mis libros, papeles y demás efectos de uso personal, así
como a liquidar mis cuentas de asociación con mis hermanos y dejar
en completo orden mis asuntos y los de la jefatura política. Desde
principios de marzo me instalé definitivamente en el Chorrillo, y
me entregué asiduamente a todos los trabajos que me imponía mí
nueva situación.
Un gratísimo incidente sobrevino en aquellos días. Manuel Pombo,
que había andado en negocios por las provincias que hoy componen el
estado de Antioquia, regresaba a Bogotá por la vía de Manizales y
el páramo de Ruiz; me avisó de Lérida su llegada y fui a
encontrarle en las llanuras del camino. ¡Cuán dulce desahogo no
tuvo mi dolor al abrazar a Pombo, uno de mis mejores y más queridos
amigos, y conversar largamente con él en mi nuevo domicilio y los
campos circunvecinos! Pombo me llevaba, además de su querida
persona, una preciosa carta de pésame de Gregorio Gutiérrez
González, llena de tierna efusión y condolencia. Así, conversando
los dos, Pombo y yo, y hablando de Gutiérrez, éramos como los tres
juntos, y evocabamos todos los recuerdos amables de nuestra primera
juventud. Pombo me hizo leerle unas cuantas de mis últimas poesías
inéditas, entre otras la que acababa de escribir: El
|corazón
humano; y al separarse de mí, dos o tres días después, me dejó
más resignado que antes. ¡Cuánto no vale en el infortunio escuchar
una voz amiga y hallar un corazón generoso que nos ayude a
desahogar el dolor que nos atormenta!
Lo propio me aconteció con las numerosas cartas de pésame, de
mis parientes y amigos, que por entonces recibí. Cada una de ellas
me aliviaba, porque hacía surgir en lágrimas gran parte de la
amargura que se había concentrado en mi corazón, y en su lugar iban
quedando la resignación y la calma....