NUEVA SITUACION
Como si yo estuviera condenado por un destino ciego a no poderme
desprender completamente de la política, tan luego como me hube
domiciliado en Ambalema el gobernador de la provincia me envió de
Ibagué el nombramiento de jefe político del cantón, suplicándome
como amigo que lo aceptase. Contestéle al punto que había para mí
una dificultad que solo él podía allanar. "Andan ocultos por los
campos de este cantón, le escribí, varios individuos de los más
comprometidos en la rebelión que acaba de ser debelada. Es natural
exigir de la autoridad política que persiga y aprehenda a tales
"facciosos insumisos" y sobre estos vendrán seguramente órdenes. Yo
no podría cumplirlas, porque no he nacido para semejante oficio, y
creo que a nada conduce la persecución, sino que todo se debe
cubrir con una pronta y completa amnistía. Por tanto, solo aceptaré
la jefatura si usted me autoriza para proceder con lenidad y
procurar solamente la paz y confianza de los ciudadanos".
"Cubra usted las apariencias y obre como mejor le parezca, pero
acépteme el nombramiento", me contestó el gobernador", que lo era
el doctor Francisco Useche; "yo pienso lo mismo que usted y no me
disgustaré porque usted se haga de la vista gorda". Con esto hube
de ceder y entrar en funciones.
La jefatura tenía el menguado sueldo de cuarenta pesos
mensuales, y el que la ejercía tenía que ser al propio tiempo
agente del gobernador, jefe político del cantón y poder ejecutivo
municipal del distrito cabecera. Comencé por renunciar el sueldo y
agregarlo al muy mezquino que tenía el secretario, a fin de poderme
proporcionar para este empleo un colaborador inteligente y de
alguna ilustración, para que la oficina estuviese muy bien servida,
y lo conseguí.
Cinco órdenes de actos distinguieron particularmente el
desempeño que hice de la jefatura. Desde luego quise despejar el
campo, poniendo en paz a los ciudadanos, pues había pendientes más
de cincuenta procesos civiles y criminales, obra del antagonismo
privado de muchísimos vecinos, y con ellos habían llegado a tal
punto las enemistades, en grado extremo de violencia, que la ciudad
de Ambalema era inhabitable. Invité a una reunión a todos los
enemistados, les dirigí un discurso afectuoso, vehemente y
patriótico, acompañado de un servicio de colaciones y refrescos;
hubo muchos brindis; se ajustó la reconciliación de todos y todos
se abrazaron; y en los ocho días siguientes quedaron arregladas en
debida forma todas las desistencias y transacciones judiciales; con
lo que se acabaron por entonces los pleitos y reinaron en Ambalema
la paz y la concordia.
A poco de estar yo sirviendo la jefatura empezaron a llegar
órdenes apremiantes para hacer aprehender al coronel Mateo Viana
(vencido en agosto del mismo año en el campo de Garrapata) y a
otros "facciosos" que andaban ocultos por los distritos de
Ambalema, Lérida y Guayabal. Al punto andaba yo tocar llamada de
milicianos y tronaba por las calles el tambor. En veinticuatro
horas se organizaba media compañía, y luego iba un oficial con ella
a buscar a don Mateo y demás "facciosos"; pero antes algún
copartidario habla sido indirectamente informado del objeto de la
expedición. Resultaba, pues, que primero se iba el propio enviado
para avisar a los "facciosos" que se les iba a buscar, y muchas
horas después iba el piquete de milicias a dar palos en el nido
después del conejo ido. Tuve así la satisfacción de no atrapar a
nadie, bien que en apariencia mandaba a buscar facciosos, hasta que
al fin todos fueron amnistiados y quedaron tranquilos.
Con mi actividad y laboriosidad habituales me apliqué a promover
la mejora de las vías de comunicación, de los edificios públicos y
de la instrucción popular; a fomentar mejoras materiales y hacer
efectivo el servicio de la policía, y a elaborar numerosos
proyectos de acuerdos que diesen método, unidad, claridad y
eficacia a la legislación del distrito. Poco apoyo, o más bien
oposición e inercia, hallé de parte del cabildo o corporación
municipal, y de esta incuria provinieron mis únicos disgustos.
Estaba pendiente la distribución de los
|Resguardos de
indígenas, decretada por una ley reciente, y era menester calificar
los verdaderos indígenas para adjudicarles por suertes las tierras
a que tenían derecho. Pero en esto había trabajado mucho la
codicia. Se habían formado muchos expedientes con falsas
declaraciones de testigos, y figuraban en la lista del Resguardo
una multitud de individuos que nada tenían de indígenas y habían
vendido sus falsos derechos de tierras a unos cuantos
especuladores. Era menester, para poner remedio al mal y conjurar
el fraude, armarse de mucha independencia, energía y firmeza, aun
estrellándose con amigos personales o políticos, o personas de
influjo. No titubeé en hacerlo, rechazando gran número de
pretensiones injustas, y defendiendo así los derechos de los
legítimos partícipes, a riesgo de granjearme enemistades o la
malquerencia de muchos codiciosos.
El congreso de 1851 había decretado la completa abolición de la
esclavitud, mediante una indemnización moderada, y a tan glorioso
acto había contribuido yo mucho como periodista. Tocábame ejecutar
la ley en el cantón el día 1º de enero de 1852, dando libertad
efectiva a todos los esclavos residentes en él, y en efecto les
hice reunir en Ambalema con todas las formalidades legales. Eran
setenta o setenta y uno, entre hombres y mujeres, casi todos ya
ancianos o por lo menos mayores de cincuenta años, empleados por
sus amos en servicios domésticos, y en general muy bien
tratados.
Levanté una suscripción voluntaria para los gastos de la fiesta,
comprendiendo en estos un vestido nuevo y una gratificación para
cada esclavo, y el día 1º de enero les reuní a todos delante del
pueblo, en la plaza pública, sobre un vasto estrado, a son de
música y detonaciones de cohetes. Les dirigí un sencillo y patético
discurso sobre la filantropía de la república, que les devolvía su
libertad y dignidad naturales, y sobre los derechos que adquirían y
deberes que contraían respecto de la sociedad por el hecho de
quedar emancipados y entrar en la categoría de ciudadanos. A todos
les di un abrazo al entregarles sus cartas de libertad y los
regalos en dinero que les correspondían, y casi todos lloraron,
llenos de gratitud, con enternecimiento.
Cuando bajé del estrado me asió por las piernas una persona
arrodillada que me abrazaba con efusión, me besaba las manos con
transportes de gozo íntimo y me decía: "Oh! Mi amito, mi amito...
Qué bien hice en salvarle la vida a su merced!... Quien con tales
caricias premiaba mi filantropía era la mulata
|Chepa,
aquella valerosa y fiel mujer que, siendo esclava de mi padre, me
había salvado la vida en 1828... Comenzaba ya a encanecer, y había
vivido de su trabajo, contenta y satisfecha, sin dejar nunca de
quererme como a un hijo y querer a mis padres y a toda mi
familia.
Mi vida fue en Ambalema sumamente laboriosa, no obstante el
ardor casi irresistible del clima. Durante el día trabajaba,
distribuyendo las horas entre mi oficina y mi almacén de comercio,
y de noche estudiaba expedientes y asuntos jurídicos y me ocupaba
en trabajos literarios. Con un asunto muy serio me había preocupado
particularmente desde tiempo atrás, formando el proyecto de
escribir un extenso libro que podía ser muy interesante. Tenía la
idea de condensar en esta obra la historia filosófica y muy animada
(con bocetos de los principales personajes) del movimiento político
y social de la república, tal como se había verificado desde 1810,
época del comienzo de nuestra revolución de la Independencia hasta
el momento mismo en que yo hacía la narración, época de reformas o
revolución en las ideas, las costumbres y las instituciones.
La idea era vasta, noble y fecunda, y era inseparable, en mi
espíritu, del método moderno adoptado para la historia; pero yo no
tenía ni todos los datos, documentos y conocimientos necesarios, ni
todas las aptitudes de que había menester para escribir una
|historia formal de los cuarenta y un años que deseaba
abarcar, después de resumir los principales antecedentes. Juzgué
que debía reducirme a una serie de cuadros históricos enlazados con
método, y darles un título modesto, indicativo de su objeto.
Comencé a escribir mi obra en Ambalema el 19 de enero de 1852, y la
intitulé "Apuntamientos para la historia política y social de la
Nueva Granada". Fue este el segundo libro (muy voluminoso y
costoso, por cierto) que di a la estampa, publicándolo en 1853.
Obvía es mi incompetencia para juzgar mis propias obras; sin
embargo, no se llevará a mal el que yo mismo, a vueltas de señalar
algún mérito en mis
|Apuntamientos para la historia, haga
notar sus gravísimos defectos. En mejor oportunidad ejecutaré
conmigo mismo este acto de justicia.
Hostigado el general López con las acusaciones que le hacían los
conservadores por los sucesos del Cauca, y ardientemente anheloso
de ponerles fin, resolvió hacer un viaje por las provincias del
centro y sur con el fin de conocer la verdad por sí mismo.
Regresaba del Cauca por la vía del Quindío, y tanto por conocer la
ciudad de Ambalema (casi toda renovada y muy notablemente
ensanchada y mejorada) como por hacerme una visita, resolvió bajar
de Ibagué por aquella vía, y el 13 de enero recibí un aviso
anticipado que me enviaba del camino anunciándome su llegada para
el día siguiente. Hícele preparar el mejor alojamiento posible en
la ciudad, en casa de un amigo, pues la mía era muy estrecha para
recibirle, sin perjuicio de hacerle con mi familia los honores de
mi mesa.
Pero ¡ay! en qué circunstancias tenía yo que recibir al ilustre
huésped! Elvira, contenta en Ambalema, acompañada por mi madre y mi
hermana y al parecer muy restablecida en su salud, se había
tranquilizado bastante y esperaba ya que su alumbramiento fuera
feliz. Con todo, la presencia, en los días anteriores, del hermano
de Elisa, la inolvidable Elisa, había renovado las tristezas
íntimas de Elvira, tristezas que ella, tan buena y amante como era,
había procurado ocultarme. Ello fue que desde el día 12 comenzaron
sus más agudos sufrimientos, síntomas de un próximo
alumbramiento.
Al día siguiente, la pobre Elvira se impacientó con sus dolores
y cometió la imprudencia de tomar, sin saberlo yo ni consultar al
médico, un medicamento heroico que Raimundo (el hermano de Elisa),
profesor novel, le había dejado como muy eficaz, sin advertirle de
las circunstancias en que podía tomarlo. Tal grado de violencia
adquirieron los sufrimientos de Elvira, que fueron corriendo a
llamarme a mi escritorio donde estaba momentáneamente. Traído el
médico, reconoció con grande alarma que lo que mi esposa había
tomado era centeno negro, con deplorable precipitación.
Tres días pasamos de supremas angustias: Elvira sufriendo
horriblemente, y mi madre y yo alarmados por extremo. Al cabo, el
14 por la tarde vino la crisis, y mi hijita, el esperado fruto de
mi unión, nació muerta, quedando su madre en la más alarmante
situación... Medía hora después llegaba el general López, y fue
grande su pena al saber que yo me hallaba en tan apurado conflicto.
El médico que le acompañaba se unió a los dos que asistían a mi
esposa, y todos tres hicieron supremos esfuerzos por salvarla...
Mientras que en la sala, momentáneamente convertida en comedor,
hacían mi madre y dos hermanos los honores de la mesa al general
López y su comitiva, en el interior de la casa sufría yo todos los
tormentos del terror, al ver que mí pobre Elvira sufría cruelmente
y estaba en inminente peligro de morir... Y al mismo tiempo, ¡oh
contraste de la vida! el pueblo, que nada sabía de mi situación,
festejaba en las calles y la cercana plaza al presidente con
música, iluminación, cohetes y ruidosas aclamaciones.
Por fin, a las siete y medía de la noche, los tres profesores me
declararon que no quedaba sino una posibilidad de salvar a Elvira,
de cuyos brazos me desprendieron para decírmelo: una pronta
operación. No había que titubear y consentí en que la practicasen.
Yo sostenía en mis brazos a la pobre Elvira, exánime, en tanto que
los tres médicos ejercían su ministerio. El momento fue corto, y
sentí en la frente el soplo de un suspiro de mi esposa, al propio
tiempo que el cirujano, concluyendo la operación, dijo: "Ya
está".
¡Oh! él no pensó que "ya está, significaba en realidad el más
terrible final: el suspiro de Elvira había sido el último y yo
tenía en los brazos su cadáver! ... Lo que aconteció fue indecible:
mi desesperación no tuvo medida; en el exceso del dolor perdí el
juicio, y hubieron de alejarme de casa por fuerza.
Durante catorce horas estuve demente y gritando sin llorar,
exhalando quejas violentamente nerviosas. ¿De qué suerte volví a la
razón? El dolor que me había privado de ella, al tener desahogo me
la devolvió. En efecto, el 15 a eso de las diez de la mañana, oí
desde la casa donde me tenían encerrado y con los mayores cuidados,
los dobles fúnebres que anunciaban las exequias de Elvira: un
relámpago iluminó las tinieblas de mi mente, y súbito salí
corriendo por la plaza y calle adyacente, apenas medio vestido,
como había pasado la noche, y no me detuve hasta no llegar a mi
casa. En la sala, toda enlutada, estaba sobre una mesa, amortajado
y pálido como una antigua estatua de mármol, el cadáver de Elvira,
que tenía a su lado el de nuestra hija... Caí abrumado encima,
gritando como un insensato, y todos los presentes quisieron
alejarme de allí. Mi madre me salvó de la locura diciendo: "No;
déjenle desahogarse y retírense todos".
En efecto, dejáronme solo, y me puse a besar los dos cadáveres,
gimiendo con infinito dolor. Un torrente de lágrimas se desató
sobre mis mejillas, y a poco recobré el sentido y tuve conciencia
de mi situación. Desde que lloré, mi dolor fue más profundo pero
menos violento y sin resignarme comprendí, sin embargo, la terrible
necesidad que la muerte misma me imponía: vivir para sufrir!
Tornaron mis amigos a alejarme de casa, y desde lejos escuchaba yo
los dobles que con espantosa elocuencia me decían: "Ella no existe!
Todo lo has perdido!"
¿Pero a qué continuar esta dolorosa narración? Baste decir que
mi madre y hermana agotaron la ternura de sus palabras y bondades
para consolarme, y que durante un mes sufrí con indecible
intensidad, en silencio, abrumado al propio tiempo por el dolor
moral y el insomnio; sin que contra este me valiera el haber tomado
todos los días fuertes dosis de morfina. Al cabo un excelente
amigo, propietario de valiosas tierras, me invitó a pasar una
temporada en su hacienda, cuya casa estaba situada a dos leguas de
Ambalema. Acepté la oferta, instado para ello por mi buena madre, y
fui a refugiar mi dolor en las campestres soledades.