SITUACION POLITICA DE
1851
Si por su lado los artesanos se agitaban constantemente
produciéndose entre los de uno y otro batido frecuentes conflictos,
y en todo caso un marcadísimo antagonismo, no era menos ardiente la
lucha moral en el seno de la juventud. Más de una centena de
jóvenes, entre catedráticos y alumnos de la universidad y otros,
organizamos una sociedad denominada
|Escuela Republicana,
que vino a ser entre la juventud liberal como el zarcillo compañero
o cuerpo equivalente de la
|Democrática. A su vez los
conservadores organizaron sociedades para oponerlas a las nuestras:
a
|las Democráticas, las Populares, y a la Escuela Republicana,
la Sociedad Filotémica. Vinieron así estos cuerpos permanentes
de pública discusión, petición y propaganda de espectáculo, a ser
elementos poderosos de gobierno, por un lado, y de oposición
revolucionaria, por el otro; y lo más curioso era que por oponer
sociedad a sociedad, tribuna a tribuna y periódico a periódico, el
partido conservador se modificaba, sin caer en la cuenta, se
liberalizaba adoptando los medios de acción empleados por los
liberales, e iba habituando a su juventud y sus masas a discutirlo
todo y cambiar por completo la antigua táctica del conservatismo.
Con el tiempo los prohombres conservadores tuvieron que contar con
aquellas nuevas fuerzas y nuevas costumbres políticas, y se halla
ron en serias dificultades que les aparejaron la división en sus
filas.
La
|Escuela Republicana se ocupaba en política,
literatura, filosofía y aun bellas artes, sobre todo en la política
de club, y no solo tenía frecuentes sesiones ordinarias, sino que a
las veces las tenía muy solemnes o de grande espectáculo, que eran
muy concurridas. En ellas se recitaban poesías y pronunciaban
discursos político-filosóficos; y si bien podían producirse perlas
y diamantes, porque la mayor parte de los socios eran jóvenes de
mucho talento, también solían pronunciarse los más grandes y
escandalosos dislates, ya contra las ideas de orden social
generalmente aceptadas, ya contra los principios y reglas del buen
gusto literario. El romanticismo, en política y literatura, estaba
allí en su fuerza y vigor, y puede decirse que casi todos nos
emborrachábamos con nuestros pensamientos y palabras y nos
desvanecíamos al ocupar la tribuna.
Con todo, la
|Escuela Republicana se distinguió
constantemente por la altísima nobleza y generosidad de sus
sentimientos, por la sinceridad de sus aspiraciones filantrópicas y
por su tendencia a formar escuela de doctrinas, a fin de que el
liberalismo no se dejase arrastrar por pasiones malsanas. Muchas
veces censuró los actos de la
|Democrática y de varios
funcionarios públicos; protestó enérgicamente contra los horrendos
desórdenes del Cauca, y aun pidió al gobierno (por medio de una
comisión que fue confiada a Camacho Roldán y a mí) la destitución,
o por lo menos la inmediata suspensión de los gobernadores Mateus y
Mercado, a quienes se acusaba generalmente como a responsables de
lo que acontecía en las provincias del Cauca y Buenaventura.
Puede decirse que la
|Escuela Republicana fue la
crisálida del partido radical, fracción toda juvenil del viejo
partido liberal, que, moralmente encabezada por el doctor Murillo,
fue con el tiempo uno de los más poderosos elementos de nuestra
política. Aun el sobrenombre que se les dio a los radicales por sus
adversarios nació de la
|Escuela
|Republicana.
Todos éramos en ella socialistas, sin haber estudiado el socialismo
ni comprenderlo, enamorados de la palabra, de la novedad política y
de todas las generosas extravagancias de los escritores franceses
(lo que también acontecía al doctor Murillo); y hablábamos como
socialistas con un entusiasmo que alarmaba mucho al general López y
a todos los viejos liberales. En uno de mis discursos pronunciados
en la tribuna de la Republicana, invoqué en favor de las ideas
socialistas e igualadoras al mártir del Gólgota, y hablé de este
lugar como del Sinaí de la nueva ley social. Pusiéronme en la
prensa de oposición el sobrenombre de gólgota, y luego, por
ampliación, nos los acomodaron a todos los que, también por
espíritu de imitación, nos llamábamos radicales. En puridad de
verdad, no éramos sino unos candorosos y honrados demagogos.
Los jesuitas expulsados del sur de la república se habían
asilado en el Ecuador, y se les acusaba de ser promotores de la
insurrección que estaba a punto de estallar en Pasto. Con este
motivo, y otros de queja que teñía nuestro gobierno contra el
ecuatoriano, se resolvió dirigirle una extensa y enérgica nota de
reclamaciones, con el
|ultimatum del caso, por medio de un
correo de gabinete confiado a Jacobo Sánchez
|
[1]
. Un día
me llamó el señor Paredes y me dijo: "Aquí tiene usted este
voluminoso expediente de documentos. Es indispensable que usted los
estudie prontamente, y que en seguida redacte la nota del caso, de
modo que a la mayor brevedad podamos despachar un correo de
gabinete que es de apremiante urgencia". Recibí el expediente,
retiréme de la secretaría para encerrarme a trabajar, y puse manos
a la obra.
Trabajé durante toda la noche, al lado de Elvira que dormía en
un canapé, por no separarse de mí, y a las cinco de la mañana tuve
leído todo el expediente y tomadas todas las notas necesarias. Tomé
luego un baño, di un paseo de una hora, y volví a casa a trabajar
en la redacción de la nota. A las cuatro de la tarde la tuve
concluida, bien que se componía de cerca de cuarenta páginas en
papel de carta. Es este el más grande esfuerzo de laboriosidad y de
atención y vigor mental que yo haya ejecutado en mi vida. Al punto
fui a casa del señor Paredes y le presenté el expediente con el
borrador de la nota.
-Ya está hecho -le dije- lo que usted me ordenó ayer.
-Cómo! -exclamó-. ¿Pero entonces usted no ha estudiado los
documentos?
-Los he estudiado sin descuidar una sola palabra.
-¿Y escribió también la nota?
-También; véala usted.
-Eso es imposible!
-Durante treinta horas no he cesado de trabajar sino en unas dos
y media. Por lo demás, usted verá el trabajo.
Don Victoriano se quedó asombrado y me felicitó muy satisfecho.
Al día siguiente se leyó la nota en consejo de gobierno y la
aprobaron y mandaron poner en limpio, corrigiéndole solamente tres
o cuatro frases. Dos días después partió Sánchez con ella para
Quito.
Estalló la insurrección conservadora, encabezada en Pasto por
Arboleda y en Antioquia por el general Borrero, y el gobierno tomó
una actitud de vigorosa defensa. Pero la insurrección iba a ser
general, estallando simultáneamente en las provincias de Bogotá,
Neiva y Mariquita y otras más, y por fortuna para el liberalismo
fue frustrada. Una noche se presentaron con sigilo en la casa
presidencial dos acaudalados conservadores y le dijeron al general
López:
"Sabemos de un modo positivo que el día 20 de este mes (era el
de julio) estallará una revolución general, en Bogotá y en otros
muchos puntos; y lo sabemos, porque nos han pedido dinero, como a
muchos otros, para los gastos de la revolución. No denunciaremos a
persona alguna, porque esto sería una bajeza cruel; pero siendo,
como somos, amigos del orden, ponemos el asunto en conocimiento de
usted para que no sea sorprendido".
El gobierno tomó inmediatamente todas las medidas de precaución
necesarias; descubrió quiénes eran los principales comprometidos y
dónde tenían las armas; hizo arrestar a todos aquellos individuos,
y cuando todo se hizo público el 19, ya la revolución estaba
frustrada. Así en breve quedó ella sofocada en la provincia de
Bogotá, y solo hubo que emprender campañas formales en las del sur,
y en las de Mariquita, Neiva y Antioquia. Donde quiera la
insurrección fue vencida en pocos meses, y el gobierno pudo,
algunas semanas después del movimiento, poner en libertad a todos
los individuos arrestados. Tuve ocasión de solicitar del general
López indulto para los señores Caicedos, y lo conseguí.
Mientras que tres de mis hermanos tomaban las armas para
sostener al gobierno en la campaña de Mariquita, a mí me tocó
tomarlas en Bogotá. La
|Escuela Republicana formó una
lucida compañía de cosa de 140 miembros, cuyo capitán fue don
Antonio de Narváez, joven militar de muy bellas prendas, y Camacho
Roldán y yo fuimos elegidos por ella tenientes 1º y 2º
respectivamente.
Así estuve en servicio activo durante un mes, montando guardia
cada tercer día y haciendo todos los días el ejercicio; sin que
esto me impidiera despachar cumplidamente mi oficina y acompañar en
lo posible a mi esposa. Un día nos hicieron salir a la busca del
enemigo por los cerros de Monserrate y Guadalupe, y a nadie
encontramos. La única víctima fue una novilla que matamos en el
páramo, movidos por el hambre, y que nos comimos medio cruda y sin
sal, sazonada con brandy.
Otro episodio curioso aconteció, en el que la
|Republicana y la
|Filotémica figuraron por activa
y pasiva respectivamente. Súpose una noche, desde muy temprano, que
los filotémicos estaban ocultos en una casa, provistos de armas y
municiones, y que aquella misma noche iban a salir de Bogotá, en
cuerpo militar, para incorporarse en las guerrillas que se habían
levantado por los lados de Guasca; y el gobierno mandó que les
aprehendieran, con todas las precauciones convenientes,
considerándoles más que como a enemigos, como a unos muchachos
locos a quienes se les debía impedir que fueran a perderse. Pero el
arresto iban a verificarlo los democráticos (que detestaban a los
filotémicos) junto con una compañía de tropa veterana.
Al saber yo lo que ocurría, atravesé la calle (pues estaba de
guardia en el cuartel de las
|Aulas, que era el de la
Republicana) y entré en el palacio a yerme con el general López. Le
hice presente que los filotémicos eran jóvenes de talento,
delicados y de la mejor sociedad, y que no era justo ni prudente el
exponerlos a ultrajes de parte de sus aprehensores. En
consecuencia, le pedí concediera a la Republicana la comisión de
arrestar a los filotémicos y llevarlos luego a su mismo cuartel
para tratarles como a camaradas. Accedió con mucho gusto el general
López a mi súplica, y dio las órdenes del caso.
La casa donde estaban ocultos los filotémicos es la misma
(entonces desmedrada y fea) que hoy día habita, en la calle 4º al
norte, el doctor Ancízar, con salida sobre esta calle y sobre el
riachuelo de San Francisco. Hacía las nueve de la noche tuvimos
situada una compañía de tropa veterana en la salida que daba sobre
aquel riachuelo, y otra dispersa en torno de la manzana, y yo me
situé, con la mitad de mi compañía, delante de la puerta
principal. Un momento después llamé a la puerta. Nadie contestó.
Volví a llamar, y al cabo se allegó alguien al portón, sin abrir, y
fingiendo la voz de una vieja preguntó por qué golpeábamos. Dijele
en voz baja:
"Soy Samper; he recibido la comisión de arrestar a los amigos
filotémicos, que están ahí dentro armados y listos para salir a
campaña. Llame usted en mí nombre al señor Zamarra, que es el
capitán de ustedes, y dígale que abra una ventana para hablar
conmigo. Queremos impedirles que hagan una locura y que otros les
ultrajen y hagan daño. Es inútil que resistan. Aquí están conmigo
sesenta de la Republicana; detrás de la casa les acecha una
compañía veterana, y toda la manzana está cercada de tropa. Lo
mejor es, pues, que ustedes se den por arrestados, depongan las
armas y se vengan a dormir con nosotros en las
|Aulas".
Pasaron algunos minutos, que los filotémicos gastaron en
cercíorarse de la verdad, conferenciar y persuadirse de que todas
las salidas estaban tomadas y era inútil resistir, siendo ellos
unos cuarenta contra más de ciento cincuenta, sin contar toda la
guarnición de la ciudad, que nos podía auxiliar. Al cabo se abrió
una ventana y asomó la cabeza el joven Juan Esteban Zamarra, uno de
los hombres más feos y de más clara y poderosa capacidad que había
en la república. Nos cruzamos algunas palabras y quedó ajustada la
capitulación. Pocos instantes después salieron desarmados todos los
filotémicos, les metimos entre nuestras filas, y mientras que la
tropa rondaba la casa y recogía las armas y municiones, nosotros
nos llevábamos nuestros prisioneros a cenar, hacer versos y dormir
con nosotros en el salón de grados y otros del edificio de las
|Aulas. Allí les tratamos como a hermanos, estuvieron
sueltos y pocos días después el general López les hizo poner en
libertad.
He ahí lo que fue mí primera campaña militar, con el grado de
teniente 2º; campaña en que no faltó la oratoria, puesto que casi
todos los días teníamos sesiones de la Republicana, y nuestro
cuartel era el mismo local donde nos habíamos reunido antes de
estar acuartelados. El fusil no estorbaba a la poesía ni a la
literatura, ni la política militante a la filosófica o de mera
teoría.
La situación de mi esposa iba entretanto a peor, a tal punto que
una junta de cuatro o cinco médicos me hizo un día esta alarmante
declaración: "La señora de usted corre inminente riesgo de morir el
día de su alumbramiento, sí permanece en Bogotá, y su salvación
será un milagro. No aseguramos que se salve yéndose a residir en un
país cálido, donde viva con la mayor tranquilidad posible y sujeta
a un régimen de grandes precauciones higiénicas; pero es posible
que así se salve, y no vemos otra cosa que sea racional hacer".
La impresión que me causó este horrible pronóstico fue terrible.
¿Pero qué había de hacer sino someterme a la necesidad y aceptar
todo sacrificio por salvar a Elvira? El mayor de estos era el de mi
carrera pública, que había de cortar precisamente en los momentos
en que iba a ser brillante mi posición. Cuando presenté al general
López la renuncia de mis empleos me hizo saber que precisamente
había resuelto nombrarme secretario de relaciones exteriores
interino, por licencia que se iba a conceder por cuatro meses al
señor Paredes, quien había indicado que yo desempeñaría con acierto
la secretaría. No podía haber mejor perspectiva para mí, cuando
apenas era mayor de veintitrés años y tenía toda la vida por
delante.
Pero yo no podía titubear. Lo sacrifiqué todo, pues antes que
todo estaban Elvira y mí deber; me alejé de Bogotá en agosto del
mismo año, y con ella fui a establecerme en Ambalema, tornando a
más anteriores ocupaciones de comercio y foro y dedicándome
principalmente a cuidar de la salud de mi esposa. Así concluyó la
primera época de mi vida pública, muy temprana, por cierto.