INCIDENTES INTERESANTES
A fines de julio de 1850, al día siguiente de un gran baile
donde yo había podido apreciar mejor que nunca el bello carácter y
la modestia y donosura de Elvira, le hice súbitamente una
declaración formal y le ofrecí mi mano. Quedé desde entonces
comprometido formalmente, desposándonos los dos por palabra
recíprocamente dada, y en lo sucesivo nos tratamos con la intimidad
de dos novios que se prometen hallar la felicidad en la unión. Yo
iba todas las noches a casa de Elvira, y allí pasaba dos o tres
horas muy agradables. Unas veces hacíamos lecturas literarias,
otras nos entreteníamos en afectuosos coloquios, o nos ocupábamos,
Elvira en hacer lindos tejidos de
|crochet, y yo en cortar
grabados de periódicos ilustrados y acomodarlos y pegarlos con
arte, según su tamaño y forma y sus armonías de asunto, en un
enorme
|álbum formado con papel de imprenta empastado. Don
Juan, el padre de Elvira, que era muy pobre, colocaba después en
rifas, entre sus buenos amigos, aquellos curiosos
|álbumes,
cada uno de los cuales le producía ciento o más pesos, sin más
costo que el del libro en blanco, pues las ilustraciones se las
regalaban.
Elvira se admiraba de la paciencia con que yo ejecutaba aquel
trabajo de tijera, combinación de láminas y brocha, que parecía no
compadecerse con mí natural inquietud, propia de un temperamento
nervioso sanguíneo que era verdaderamente "motor". Gustábame mucho
aquel entretenimiento, así porque con él contribuía indirectamente
al sostenimiento de la familia de don Juan, cuya pobreza me
contristaba, como porque, a más de adquirir con la
|Illustration de París y el
|Illustrated London
News muchas nociones de arte y de geografía, desarrollaba con
la observación y las combinaciones de los grabados que pegaba en
los
|álbumes el profundo sentimiento artístico que bullía
en mi alma. Nada eleva tanto el espíritu ni lo educa para la acción
y la meditación, como el sentimiento y culto de lo bello; y ya que
yo no era ni podía ser artista sino en el campo de la poesía,
gozábame con suma delicia al descubrir en mí el instinto de la
admiración por toda obra de arte y toda reproducción de las grandes
bellezas de, la naturaleza.
Solían acompañarnos en nuestras íntimas conversaciones dos
jóvenes muy interesantes: Elisa A. y Martín M.
|
[1]
. Elisa,
prima de Elvira y su amiga íntima desde la niñez, era una
espléndida señorita, amable, antojadiza, mimada por su padre y por
lo mismo caprichosa, cuya única ocupación era... ser hermosa y
adorable. Martín, poeta y muy joven también, la adoraba, y ellos
vivían entregados al encanto de un eterno idilio... Al verles
entonces, tan gentiles y gallardos, llenos de vida y de toda la
graciosa petulancia de la juventud, nadie hubiera imaginado que,
antes de un año, a los veintiocho días de casados, ella moriría,
víctima de un balazo casual dado por su propio amante y marido, y
éste se hallaría condenado por la suerte a arrastrar una
desventurada existencia que había de acabar de la manera más
lamentable! Oh! Cuánto no difiere frecuentemente de los locos
ensueños de la juventud, la realidad de lo que se alcanza en la
vida después de mil afanes!
Hacia fines de 1850 mi posición personal había cambiado y
mejorado mucho, A virtud de renuncia presentada por el doctor José
Antonio Plaza, fui promovido en su lugar al empleo de redactor y
editor oficial, encargado de la publicación de todos los documentos
oficiales y de su corrección, así como de redactar la parte no
oficial de la
|Gaceta, que era muy considerable. Este
empleo era mucho más delicado y laborioso que el anterior, pero
tenía para mí la doble ventaja de estar mucho mejor dotado y
armonizar enteramente con mis estudios y actividad de publicista y
literato, en lugar de unos trabajos de contabilidad fiscal que
cuadraban poco a mis gustos intelectuales. Yo trabajaba sin
descanso, día y noche, para llenar cumplidamente mis deberes, pero
tenía estímulos para ello y estaba contento.
Sin embargo, no permanecí por más de seis meses en aquella
posición. El congreso de 1851 estimó, y con razón, que la
|Gaceta debía ser un órgano puramente
|oficial, sin
ningún espíritu de propaganda ni tendencias literarias ni
científicas, y resolvió reducirla a la condición neutral que había
tenido antes. Desde aquel momento yo nó podía permanecer en un
puesto que se reducía a la corrección de pruebas y edición de
documentos oficiales; por lo que al punto renuncié mi empleo.
Aceptó el gobierno mí renuncia, nombrándome al mismo tiempo
subsecretario del ministerio de relaciones exteriores y mejoras
internas, y jefe del primero de estos departamentos o secciones.
Allí desplegué la misma o mayor laboriosidad que antes, y hallando
muy atrasado el despacho general y más aun el de relaciones
exteriores, en breve los tuve al corriente. Hube entonces de
aplicarme al estudio de la lengua inglesa, y aprendí en pocos días
a traducir el portugués, con motivo de las notas que se recibían de
Portugal, del Brasil y de la isla de Madera. El portugués me
pareció desde entonces ser simplemente un castellano corrompido y
mal escrito, sí bien muy rico en elementos latinos y arábigos, así
como siempre he tenido a los portugueses por españoles
modificados... en bien y en mal.
Desde la exaltación del general López a la presidencia de la
república, la situación política había adquirido todos los
caracteres de una lucha intensa y vehemente. Al día siguiente del 7
de marzo no más, el partido hasta entonces ministerial había
declarado la guerra a la administración que debía inaugurarse el 1º
de abril, comenzando por calificarla de inconstitucional e
inmoral, nacida de la violencia y el crimen; de suerte que, al
comenzar el general López a gobernar, no solamente se hallaba
atacado por una oposición ardiente y apasionada de la prensa y de
gran parte de los ciudadanos, sino también en las cámaras. En una
de éstas esa oposición estaba en mayoría, lo que paralizaba
necesariamente la acción del nuevo gobierno.
Uno de los síntomas notables de la política, desde abril de
1849, era la condensación de las fuerzas contendientes. El espíritu
de partido lo señoreaba todo, de tal suerte que en cada bando se
compactaban las filas para sostener la lucha con ardor, sin que de
ningún lado hubiera asomo de tolerancia o de algún espíritu de
conciliación. Todo o nada! decía cada cual, como si únicamente los
hombres de los dos partidos compusieran la patria. Si así pensaban
los hombres de edad madura y de experiencia, ¿qué mucho que los
jóvenes de uno y otro partido fuéramos exaltados, exagerados en
opiniones y vehementes en todo? Yo lo era como el que más, bien
que, fiel a mis sentimientos, rechazaba toda violencia de
hecho.
Los partidos se habían caracterizado ya con nombres bien
determinados, llamándose decididamente conservadores" (acaso por un
error de aplicación de un término de la política europea) los
mismos que se habían denominado simplemente ministeriales, durante
sus doce años de gobierno. El partido contrario, el que había
elevado al general López, se llamaba lisa y llanamente partido
"liberal".
Los opuestos programas caracterizaban aun más que los nombres a
los dos únicos y grandes partidos: el uno apellidaba la religión y
la moral; y el otro el progreso y la libertad. El conservador se
aferraba a todas las instituciones antiguas, y buscaba sus
principales puntos de apoyo en el clero y entre los propietarios de
fincas raíces; y el liberal mostraba una especie de apetito
desordenado de reformas y procuraba fincar su mayor fuerza en la
juventud y las masas populares.
De este antagonismo provenía el de dos potencias que en épocas
anteriores habían sido nulas. La Compañía de Jesús era el baluarte
conservador, así como las Democráticas eran, en una vasta
organización, la gran palanca liberal. Del desarrollo y de la
acción desordenada de las Democráticas emanaron muchos desórdenes,
de los cuales los más escandalosos, intensos, durables y funestos
fueron los de las provincias del Cauca. Allí se volvieron
habituales la vapulación, la destrucción de cercos de las heredades
y muchos otros crímenes de mayor monta; atentados que el doctor
Murillo, bien conocedor del mal carácter que tenían, denominé en
1843, en conversación privada, "retozos democráticos".
A pesar de la violencia con que el general López fue atacado
desde antes de posesionarse del gobierno ejecutivo, su buen corazón
y patriotismo y su carácter conciliador le inclinaron a dar prendas
de moderación al partido conservador. Por una parte, tuvo el
propósito de no separar de sus empleos a los empleados que tuviesen
período fijo y careciesen de carácter político. Por otra, tuvo
empeño en que uno de sus secretarios fuese conservador, a fin de
que la oposición viese en ello una garantía que le daba el
gobierno. Pero el primer ministerio fue íntegramente liberal, tal
como lo designaron los
|lopistas de las cámaras. Lo
compusieron los señores:
Doctor Francisco Javier Záldúa, jurisconsulto eminente, de
gobierno;
Doctor Manuel Murillo, de relaciones exteriores;
Don Ezequiel Rojas, insigne economista y abogado, de hacienda;
y
Coronel Tomás Herrera, de guerra y marina.
Pero no tardó en ocurrir una modificación ministerial. El doctor
Rojas, economista y todo se opuso a la abolición del monopolio del
tabaco y otras reformas fiscales, por cuanto con ellas se privaba
de valiosos recursos a la administración; y no queriendo asumir
responsabilidad ni hacer frente a la nueva situación, dejó el
puesto. Le sucedió en la secretaría de hacienda el doctor Murillo,
cuyas tendencias eran notoriamente radicales, y el general López
aprovechó la ocasión para nombrar secretario de relaciones
exteriores a un conservador moderado, hombre muy digno y
caballeroso, inteligente, sincero y leal y justamente estimado aun
por los liberales: el general José Acevedo Tejada.
Con no menos modestia que desinterés resistió Acevedo aceptar el
nombramiento. Hizo presente al general López que el partido liberal
clamaba por un gobierno
|de partido, y que, por lo tanto,
al no ser homogéneo el gabinete, el mismo presidente perdería mucho
de su prestigio entre los liberales, sin ganar cosa mayor entre los
conservadores, cuya oposición era demasiado apasionada. Pero el
general López insistió, rogó y Acevedo tuvo que aceptar el
puesto.
En breve comenzó la desconfianza entre los liberales y
destemplada grita contra la presencia de un conservador en el
gabinete; en tanto que los conservadores seguían atacando rudamente
a la administración. Hubo activísimas intrigas, y muchos liberales
hablaron vehementemente al general López exigiéndole la separación
de Acevedo, no obstante la intachable conducta de este digno
ciudadano. Ello fue que al cabo el presidente incurrió en la
debilidad de ceder, sacrificando injustamente a su secretario en
aras del espíritu de partido y cometiendo una verdadera falta
política. Exigió su renuncia al general Acevedo, quien comenzó por
decir lo que debía: "Usted me llamó con instancia y me hizo aceptar
a pesar de mis objeciones; ahora no debo renunciar, sino dejarme
destituir,; pero luego tuvo la generosa condescendencia de
renunciar su cartera, y en su lugar fue nombrado el señor
Victoriano de Diego Paredes.
Desde aquel momento se vio claramente que no había sino gobierno
de partido, y que el general López no tendría la entereza
suficiente para resistir a las exigencias de sus copartidarios. Por
su parte los conservadores, que no habían sabido apreciar la
garantía dada con el nombramiento de Acevedo, pusieron el grito en
el cielo, lo que solo podía servir para irritar más al general
López y a sus amigos. Pero lo más curioso del episodio fue el
chasco de los liberales que más habían intrigado contra Acevedo
esperando sucederle. El nombrado fue el que menos se esperaba, pues
ni aun era conocido como hombre político. De estas carambolas
suelen ocurrir en el juego de la política y de los partidos. Tocóme
luego estar bajo las órdenes del señor Paredes, al servir mi
segundo y tercer empleo, y siempre me trató con la mayor
consideración y cordialidad.
Acercábase el promedio de 1851 cuando ocurro un terrible
episodio que consternó a Bogotá y ejerció un influjo decisivo sobre
mi vida privada y mi carrera pública, Pero antes de narrarlo
brevemente, hablaré de mi situación doméstica. Satisfaciendo tanto
a mi corazón como a mi espíritu, celebré mi matrimonio el 19 de
marzo, cuando me faltaba un mes para cumplir mis veintitrés años.
Yo sentí verdadera satisfacción al sustraer a Elvira, si no a la
medianía de condición -pues yo era pobre individualmente, y solo
contaba y quería contar con mi trabajo-, al menos a la escasez y
las angustias domésticas de una vida trabajosa. Elvira iba a
deberme toda fruición y toda comodidad, todo goce y toda felicidad,
y me era muy grato considerar que todo había de provenir de mi
trabajo, estimulado por el tierno amor, la virtud y los hacendosos
cuidados de mi esposa. Yo veía colmados mis deseos; pues, por una
parte, había sido muy adicto al matrimonio desde mi adolescencia,
persuadiéndome después la reflexión que la vida del hombre jamás
puede ser suficientemente honrada y llevadera, si le falta un hogar
permanente, asegurado con la garantía de afectos nobles y de la
unión conyugal indisoluble, resumen de lo más fecundo y benéfico
que hay en la sociabilidad humana; y por otra, no ambicionaba
riquezas, sino simplemente el bienestar y la dignidad en la vida
privada, sin deber mi posición a la dote de una mujer rica ni menos
a la protección de un suegro acaudalado.
Con toda ingenuidad digo que, ni entonces, ni en época alguna de
mí vida he ambicionado riquezas. Me ha parecido siempre que una
considerable riqueza, no solamente priva o amengua al alma de mucha
parte de su generosidad de sentimientos y la aleja o distrae del
bello ideal que ella haya podido formarse, sino que impone una
verdadera esclavitud. He sufrido cruelmente en muchas
circunstancias de mi vida, al tener que estar cuidando de grandes
valores ajenos de cuyo manejo era responsable, y nunca he tenido
tranquilidad ni verdadera libertad moral, sino cuando he quedado
libre de aquella responsabilidad. Si así acontece con lo ajeno ¿qué
no sucederá con la posesión de una fortuna considerable, cuya vista
incesante va engendrando en el alma ciertos hábitos de avaricia, y
cuyo manejo despierta cada día instintos codiciosos? La grandeza
moral, el goce intelectual, la dicha en el amor infinito y la
suprema fuerza de la luz y la gloría, componían mi ideal, sin
cuidarme de solicitar la riqueza. Reconozco que, al ser conocido mi
ideal, yo tenía que pasar a los ojos del común de los hombres por
loco o majadero; pero nunca he tenido miedo a estos calificativos,
si he de merecerlos por una conducta noble y desinteresada.
Yo fui feliz, enteramente feliz durante los dos primeros meses
de mí matrimonio y la mayor parte del tercero; pero un espantoso
drama de familia vino a perturbar mi dicha, y más aun, a condenarla
a pasar por las más terribles y dolorosas pruebas.
Tanto por consideraciones de otro orden como por completar el
contentamiento de Elvira, tomé interés en que se allanaran las
dificultades que había para el casamiento de Martín y Elisa, y al
cabo éste se verificó el 20 de abril. Tenía Elisa extravagante
afición, enteramente impropia de un mujer, al tiro de pistola, en
el cual había adquirido mucha destreza, lo que no obstó para que
tan tarde hubiese estado a punto de matarme, a la vista de Elvira y
Martín, disparando inoportunamente su pistola, en el huerto de su
casa. Casáronse los dos enamorados jóvenes, y no obstante su dicha
cometieron la imprudencia de tirar al blanco, operación que una
amiga les hizo suspender. Fuéronse al campo a pasar la luna de
miel, y al completarla estaban de regreso en Bogotá. Tornaron a la
insensata manía de tirar pistola, por exigencia de Elisa y cuando
Martín preparaba las pistolas poniendo 3 apretando los fulminantes,
sin recordar que las había cargado veinte días antes, partió el
tiro de las manos del imprudente esposo y Elisa quedó
instantáneamente muerta...
Las consecuencias de este trágico suceso fueron terribles para
mí. Elvira, que estaba encinta y algo indispuesta, recibió
súbitamente la noticia de lo ocurrido mientras yo andaba por la
calle; corrió enloquecida de nuestra casa a la de Elisa, en un
trayecto de 12 cuadras, y cuando llegó y encontró muerta a su cara
prima y amiga íntima, cayó sobre el cadáver abrumada y perdió el
sentido por algunas horas. Una completa dislocación interior y una
grave y peligrosa afección histérica, a más de profundísimas penas
morales, fueron para Elvira las consecuencias inmediatas de la
trágica muerte de Elisa, y nuestro porvenir quedó muy seriamente
amenazado...
Aquel terrible acontecimiento y sus consecuencias y
antecedentes, así como mis relaciones con Elvira, combinados con
cuadros de costumbres nacionales, fueron asunto de la primera de
mis novelas, que di a la estampa años después, intitulada:
|Las
coincidencias. Absténgome, por tanto, de narrar aquellos
episodios que tanta importancia tuvieron en mi juventud.