|
EL 7 DE MARZO Y SUS
CONSECUENCIAS
Comenzaba el año de 1849 cuando, con aquella impaciencia por la
publicidad que es propia de la juventud, porque la animan
juntamente el anhelo de servir a las letras y no poca vanidad o
presunción, publiqué mi primer libro. Era un volumen de poesías
líricas de 200 páginas en octavo, fruto de mis románticas
lucubraciones de los 15 a los 19 años. Ya he dicho lo que pienso de
aquel primer libro. De todo él solo dejaría subsistir unas veinte
páginas, con incorrecciones y todo, si me fuera dado revocar lo
pasado: todas las demás las condenaría al fuego sin misericordia,
pues solo para extirpar el mal gusto me parecen buenos, siquiera
sean en gran parte ineficaces, los auto de fe. ¡Quién pudiera
borrar con el codo mucho de lo que ha escrito con la mano! Como
quiera, al ser autor de mi primer libro, o darlo a luz, cual una
mujer que alumbra un niño antes de tiempo, me sentí dichoso, no
tanto por la obra misma, cuanto por ser ella el comienzo de una
prolongadísima serie de trabajos que mi incansable laboriosidad
había de producir. Bien que había publicado ya con mi firma un
centenar por lo menos de artículos y poesías, en los periódicos, no
dejaba de sentir algún encogimiento, como poeta y escritor, delante
del público; pero las Flores marchitas (verdes, o marchitas o
descoloridas) me hicieron perder el miedo al público para emprender
trabajos serios. Creía yo, y en ello me ha confirmado la
experiencia, que un hombre de letras o de ciencia no es
verdaderamente escritor público mientras no ha patentizado su
aptitud y habilidad para escribir un libro; y que si la tarea del
periodista puede ser muy importante, benéfica y aun decisiva, su
obra no deja por lo común huellas profundas en el campo de las
letras, ni verdaderos monumentos para la historia nacional, las
ciencias y la literatura.
Recuerdo que Manuel Pombo, al ver que yo escribía tanto cuando
éramos condiscípulos, me hacía de broma una predicción: "Tú serás
-me decía-, el Tostado de esta tierra; y no pasarán muchos años sin
que se vean en las bibliotecas muchos volúmenes con estos títulos:
|Obras de Samper; Oeuvres de Samper; Samper´s works, etc.".
Antojábaseme que había de cumplirse, siquiera en la parte
española, la predicción de Pombo; y no poco influyó esta idea para
inducirme a ser tan laborioso como he sido.
Si la publicación de mi primer libro (del cual no hicieron caso
los literatos titulados, bien que fue leído por la juventud y las
mujeres, no sin agrado, por lo que había cundido el romanticismo),
fue el principio de algo serio y formal de mi carrera literaria, el
7 de marzo me abrió el camino para la carrera política. Mi padre
era amigo del general López y le había dado su voto para
presidente, como senador que era, en la sesión que se volvió
histórica en alto grado con aquella memorable fecha. Además, el
presidente había leído algunos de mis escritos, y me estimaba y
quería que yo hiciera carrera política y contribuyese a sostener su
administración. Por otra parte, yo era amigo entusiasta, desde
cuatro o cinco años antes, del doctor Murillo, el más joven y
emprendedor de los secretarios del general López, y él también
procuraba, y con mayor empeño por la completa identidad de ideas
que entonces nos ligaba, ayudar espontáneamente en el propósito de
llevarme a ocupar un puesto público importante.
Fui, pues, nombrado jefe de la sección de contabilidad de la
secretaría de hacienda, donde precisamente iba a ser colaborador de
Murillo, y en junio de 1849 me trasladé a Bogotá y me posesioné de
mi empleo. Muy pocas semanas después fui nombrado también
catedrático de Ciencia y derecho constitucional y Ciencia y Derecho
administrativo de la universidad central, y entré en ejercicio
teniendo un número considerable de alumnos. Cosa bien curiosa:
muchos de estos alumnos vinieron a ser mis contradictorios en ideas
y adversarios políticos, llegando no pocos a figurar como
personajes. Entre los doctores que fueron mis discípulos en la
universidad he contado después cuatro o cinco generales, hijos de
nuestras guerras civiles: Sergio Camargo, el más brillante de
todos; José María Louis Herrera, Daniel Aldana, Peregrino
Santacoloma y quizás algún otro...; de los demás, han hecho notable
papel, bueno o malo, pero a veces en filas opuestas a las mías,
Aníbal Galindo, Nicolás Pardo y muchos otros. Así como las madres
jamás saben lo que crían, nunca los profesores pueden contar con
que la semilla que riegan en el corazón de sus discípulos
fructifique después como ellos lo desean.
El general López me acogió y trató con particular benevolencia
el día que fui a saludarle y darle las gracias por el honroso
nombramiento con que me había favorecido; y desde entonces fue para
mí un fino, inalterable amigo, al propio tiempo paternal y muy
considerado en su trato, a quien siempre debí, hasta el día de su
muerte, las más cordiales muestras de estimación y aprecio. En
varias épocas mantuvimos posteriormente activa y franca
correspondencia, y conservo de él, como preciosas reliquias,
muchísimas cartas que le ponen de manifiesto tal cual era: ingenuo
como un niño, desinteresado y patriota en supremo grado, hombre
leal y de conciencia honrada, modesto en el fondo, con algunas
apariencias de vanidad, valeroso y abnegado en todo, y ardoroso
amigo y defensor de la libertad y la justicia. Tengo la absoluta
convicción de que las faltas políticas que cometiera el general
López durante su noble vida, solo provinieron de falta de luz
mental en algunos casos, en otros, de la presión o los consejos de
sus amigos y copartidarios, o del exceso de hostilidad de sus
contrarios, y en algunos también, del fervor y desinterés de un
patriotismo que solo podía extraviarse en su
|modus
operandi, jamás en su intención.
Por primera vez, al hallarme en Bogotá sirviendo empleos
públicos, viví enteramente solo y como dueño de casa, en absoluta
libertad. Había tomado para mi vivienda una casita en la calle de
San Miguel, tenía mi cocinera y mi criado, con mi moblaje y modesto
servicio propios, y vivía a mí gusto.
Jamás fue más pura ni arreglada mi conducta privada que en aquel
tiempo de entera libertad; y si después renuncié a este modo de
vivir y me mudé a una respetable fonda, fue solamente porque una
dolorosa enfermedad que sufrí del estómago me hizo comprender que
la soledad de domicilio no convenía ni a mi carácter esencialmente
comunicativo y sociable, ni a la seguridad de mi salud.
Fue curioso el modo como me curé. Llevaba ya veinte días de
fuerte disentería, sufriendo mucho; y después de diez de tomar
inútilmente glóbulos homeopáticos de don Víctor San Miguel (padre
del célebre y raro don Peregrino, digno de su nombre bautismal), y
de otros diez de atormentarme con los fomentos, menjurjes y otras
cosas de la medicina alopática, iba a peor la enfermedad. Yo
comenzaba ya a graduarme de esqueleto, citando un día me llevaron
una plancha de invitación para un banquete masónico. "Pues iré -me
dije-, suceda lo que suceda, que ya estoy fastidiado de mi mal y
los remedios". Me vestí trabajosamente, porque estaba muy débil,
fui al banquete nocturno, comí de casi todo lo que podía matarme,
bien que principalmente me atuve al jamón y los salchichones, y
bebí únicamente vino Burdeos. Aquella noche dormí larga y
deliciosamente, y al siguiente día me levanté sintiéndome fuerte,
de buen humor y enteramente curado. A nadie aconsejaré un régimen
terapéutico banquetero, tal como el que me curó por completo; pero
es lo cierto que me curé.
Al regresar a Bogotá, mi primera visita, como era natural, había
sido para Elvira, y al verla sentí un gozo profundo, un verdadero
estremecimiento de placer; y sin embargo, pude analizar y
comprender la naturaleza del sentimiento que había en mí. ¿Me amaba
ella con ardor o con ternura? Más de un año después me confesó que
me amaba con toda el alma desde 1848; pero eran tales su
compostura y recato y me trataba con tal cordialidad de amiga, que
antes de aquella confesión, hecha a su tiempo, no pude discernir lo
que ella sentía. En cuanto a mí, evidentemente a los ojos de mi
alma yo no estaba enamorado: no me agitaba aquel apasionado
sentimiento de abandono personal, de adoración íntima y de
aspiración a un ideal, solicitado y hallado en una mujer, que
constituye el verdadero amor. Lo que yo sentía por Elvira era una
deliciosa y tranquila combinación de simpatía contenta, casi
fraternal, y de profunda estimación por las preciosas cualidades
que la adornaban. El verdadero amor, el grande amor, aquel que
señorea el alma en absoluto y arrastra a la suprema dicha o la
suprema desgracia, no se insinúa lentamente ni se va formando y
educando: nace súbitamente y se impone, se apodera del alma, sin
que ésta tenga conciencia de su dulce o dolorosa esclavitud, y no
deja tiempo a la reflexión. Mi cariño por Elvira era en mucha parte
un afecto pensado, analizado, discutido conmigo mismo, porque yo
había tenido muchos años para conocerla e irla queriendo. Así mi
amor no era, si se me permite la expresión, un bloque entero de
gran roca moral, sino algo como un conglomerado que se había ido
formando por aluviones sucesivos, en sedimentos sólidos pero
compuestos de varias piezas.
Después de reanudar mis gratas relaciones con Elvira y su
familia y de posesionarme de mi empleo, mis primeros empeños habían
sido tres: incorporarme en la
|Sociedad Democrática, fundar
un periódico y hacerme iniciar en la francmasonería. ¡A cuántos
prodigios de actividad y laboriosidad no me obligaron estas tres
cosas, y cuántos desengaños, conflictos y amarguras no me
ocasionaron! Puesto que escribo la historia de mi alma, bueno es
que yo hable con ingenuidad de todas estas cosas, mayormente
cuando no hay motivo para guardar secreto sobre ellas.
La
|Sociedad Democrática de Bogotá, creada en 1848, fue
invención de varios lopistas, entre ellos José María Vergara
Tenorio (joven de gran capacidad, considerable instrucción y mucho
valor moral) y Fernando Conde, que redactaban el Aviso; Ricardo
Vanegas, redactor de la
|América, y otros liberales
entusiastas, a quienes pareció conveniente mover las masas
populares por medio de los artesanos, con el fin de hacer triunfar
la candidatura del general López. Los artesanos de Bogotá, en su
gran mayoría, habían sido hasta entonces gobiernistas, mejor dicho,
materia disponible para servir como soldados y sufragantes al
gobierno, bajo la influencia de los jefes y capitalistas
conservadores y del clero. ¿Cómo sustraerles a esta influencia y
ponerles del lado del liberalismo? Se creyó que lo más eficaz para
el logro de este fin era halagar sus pasiones (porque ideas no
tenían), hablándoles de
|emancipación, igualdad y derechos
(jamás de deberes), y su amor propio, con la perspectiva de
convertirse ellos, a su vez, en una potencia política y social,
mediante la asociación permanente de sus unidades dispersas. Por
eso la sociedad fue llamada Democrática de
|Artesanos.
Así ellos, bien que en realidad eran dirigidos como unos
instrumentos por los jefes de la Sociedad, todos hombres políticos,
se creían dueños del campo y de su voluntad, con, el poder bastante
para decidir de todas las elecciones y pensar sobre el gobierno. Se
comprendió en breve que esta creencia se les convertía en
sustancia, y que, por tanto, siendo ellos fuertes por el número,
convenía neutralizar su fuerza material con otra más inteligente; y
tanto por esta conveniencia como por entusiasmo democrático,
centenares de jóvenes e individuos que no eran artesanos se
hicieron recibir miembros de la Democrática. Yo fui de este número
y entré con todo el calor de un liberal sincero, ardoroso en la
lucha y entusiasta por todo lo que aparejase
|reformas.
Reformas! esta era la palabra sacramental, la voz de orden, la
expresión de todas las pasiones, todos los intereses y todas las
ideas del liberalismo; y como entonces estaba de moda la república
francesa (Francia influye tanto sobre el mundo con sus ideas como
con sus pomadas), por todas partes, entre nosotros, se veía la
misma divisa de la revolución francesa: Libertad, Igualdad,
Fraternidad.
¿Qué hacíamos todos en la Democrática? Perorar, diciendo casi
todos los más estupendos dislates, agitar las pasiones, practicar
la política tumultuaria y organizar las fuerzas brutas del
liberalismo. Jóvenes y artesanos proponíamos y proclamábamos las
cosas más estrafalarias, dejando el herrero su yunque y el joven
elegante los salones de la alta sociedad para ir a ensayarnos en la
oratoria populachera y declamadora, alzándonos sobre una tribuna
que olía a cuero curtido, en medio de cofrades vestidos de ruana en
su mayor número, que a las voces inspiraban sus peroratas en la
tradicional totuma de licor amarillo. En breve las democráticas se
multiplicaron en toda la república, estrechamente relacionadas y
organizadas en una inmensa falange de batallones, sin armas ni
disciplina, pero prontas a la lucha; y llegaron a ser, no solo una
gran potencia política, una especie de estado voluntarioso y
engreído, dentro del estado legal, sino un grande estorbo y
dificultad permanente para los gobernantes y un serio peligro para
la sociedad entera.
La experiencia me ha probado que, si las sociedades permanentes
son excelente cosa para suscitar y conducir los progresos de la
ciencia y la literatura, del crédito y de la industria, son en
absoluto funestas para la política. Sí el
|meeting o junta
ocasional produce muy buenos resultados, como medio de acción
transitoria y
|ad hoc de la opinión pública el
|club político no es sino un tumulto organizado, un
elemento permanente de perturbación y violencia. Todo club político
se engríe, se apasiona en un sentido, aspira a la dirección de la
política, a formar una fuerza militante y temible, y acaba por
quererse imponer y se impone al gobierno que le deja obrar como
potencia directiva. Comienza todo
|club por manifestar su
espíritu, después pide, luego exige y al cabo ordena y hace lo que
quiere; y como siempre bajo las apariencias del número hay unos
pocos espíritus ocultos que le dirigen, resulta así que la potencia
de un club es la fuerza anónima de los que quieren triunfar,
dominar u oprimir sin responsabilidad, por medio de ciegas
muchedumbres. Esta es la demagogia organizada, la más temible de
todas las tiranías.
Bien que yo tenía la cabeza muy montada al aire en 1849, a poco
de figurar como uno de los más activos tribunos de la Democrática
de Bogotá comprendí que aquel juego de peroraciones desarregladas
sería estéril, si no pernicioso para casi todos, a menos que se
procurase la educación moral y política de los artesanos, casi
todos ignorantes e incultos por extremo. Tomé interés, por tanto,
en que se organizase, cumpliendo con uno de los objetos
reglamentarios de la sociedad, un sistema de enseñanzas gratuitas;
y dando el ejemplo, establecí dos clases por mi parte, dictando
lecciones orales de Moral y Derecho constitucional en dos noches de
cada semana. Mis lecciones eran escuchadas con placer por más de
300 artesanos, y muchos de ellos, en las demás noches en que no
había sesiones, asistían a clase de escritura, de historia patria,
etc. Pude notar que los artesanos de Bogotá eran muy inteligentes y
tenían verdadero deseo de instruirse y adelantar en civilidad y
cultura.
Una compañía dramática, compuesta de españoles, que llegó por
aquel tiempo a Bogotá, y era una de las mejores que yo haya
conocido en los teatros hispanoamericanos (la de Fournier, Belaval
y González), puso de moda entre nosotros la francmasonería, que
desde 1830 había perdido todo su auge en el interior, quedando
relegada a dos o tres ciudades de nuestras costas. Entre los
comediantes, casi todos francmasones, el
|caraqueño Torres
(célebre entre los
|cachacos por el cigarrillo, el tresillo
y las cenas suculentas), don José Vallarino, Ancízar, algunos
venezolanos, y otros viejos
|hijos de la luz, fundaron en
Bogotá la logia
|Estrella del Tequendama, poniéndola bajo
la suprema autoridad del Grande Oriente de París, conforme al
antiguo rito escocés. En breve fueron entrando en la logia muchos
jóvenes de la capital, y se tomó particular empeño en catequizar a
unos cuantos sacerdotes y a todos los hombres políticos que
ejercían altos empleos. Habláronme de la francmasonería como de una
institución altamente humanitaria que trabajaba solamente por la
fraternidad, la libertad, la caridad y la ilustración universal, y
la acepté con entusiasmo. La idea de formar una asociación que se
extendía a través de los siglos por el mundo entero para hacer el
bien, sin distinción de razas, religiones ni gobiernos, halagaba
mucho mis sentimientos de filantropía y cosmopolitismo; y solo me
desplacía la obligación de ligarme con juramentos y obrar en
secreto, lo que pugnaba con mi carácter independiente, franco y
transparente.
A pesar de estos defectos de la institución, entré en la logia
con entusiasmo. Me recibieron con placer, dispensándome casi todas
las pruebas físicas, por cuanto no era un palurdo, y no tardaron
mucho en darme ascensos de grados o "aumentos de salario" para no
trabajar como aprendiz en "la piedra bruta", según las expresiones
consagradas en la jerga de la comunidad. Me gustó el templo, por
sus símbolos, pero me disgustaron mucho dos cosas: primera, la
absoluta incapacidad reglamentaria de los aprendices y compañeros
para hablar por boca propia (tenían que hacerlo por boca de los
vigilantes) por lo que mi forzado silencio me impacientaba;
segunda, la multitud y variedad de ceremonias, casi todas risibles,
propias solo para convertir en mito la palabra humana y crear una
ciencia artificial de majaderías, fundamento y estímulo de los
aumentos de salario; y tercero, la ridícula importancia que se
daban, a título de altos grados o personajes masónicos, unos
cuantos hombres enteramente nulos o insignificantes que nada valían
ni podían valer en el mundo profano. Nada era más contrario a la
justicia, en mi sentir, que aquellas preeminencias de nulidades,
fundadas en ceremonias y no en verdaderos méritos, y realzadas con
suntuosas bandas, cruces, collares, mandiles y otros relumbrones; y
nada me pareció más semejante que la francmasonería a una de
aquellas tristes aristocracias de títulos comprados, que siempre
han dado la preeminencia a los ineptos, ricos o intrigantes sobre
los hombres capaces e ilustrados, pero pobres.
A los cuatro o cinco meses de ser miembro de la "Estrella" me
eligieron orador, y entonces estuve en mi elemento. Como tal, no
solo tracé muchas planchas y columnas (que de ordenanza eran
aplaudidas), sino que me tocó examinar o interrogar en su
iniciación a unos cuantos personajes políticos. Llegóme a tocar, en
algunos casos excepcionales, presidir la logia en calidad de
|Venerable pro témpore, y en 1864, siendo desde muchos años
antes
|Past master, Caballero de Oriente y Occidente y Soberano
príncipe Rosa-cruz, fui elegido presidente del capítulo de
Rosacruces, y como tal me llamaban en las tenidas el muy Sabio.
¿No era soberanamente grotesco que un joven como yo, inexperto,
novicio en mil cosas y sin ninguna respetabilidad fuese llamado
maestro, venerable y muy sabio, solo porque ocupaba ciertos
puestos? ¿No era risible a mis propios ojo que yo, republicano
demócrata, tuviera títulos de caballero y príncipe soberano, así
como unos cuantos alcornoques tenían los de príncipes del real
secreto, grandes inquisidores, etc.? Esta me pareció ser una de las
grandes flaquezas de la institución, la menos adecuada, por su
origen, su ritual y su carácter secreto y de perpetuas
obligaciones, para unos hombres de alma libre y digno proceder,
como deben ser todos los ciudadanos republicanos.
En la época en que figuré en la francmasonería, ésta no tenía,
lo afirmo con absoluta seguridad, ningún propósito antireligioso.
Los objetos principales eran, para el mayor número: pasar el
tiempo cultivando gratas relaciones sociales, y cenar sabrosamente
con alguna frecuencia. Para unos pocos era una especulación, pues
con los derechos por iniciaciones y aumentos de salario, los
productos del tronco de los pobres y las frecuentes suscripciones
voluntarias "para socorrer a hijos de viudas" y a "hermanos pobres
en desgracia", medraban algunos, cosechando el fruto de su celo
masónico. Sin embargo de la absoluta tolerancia religiosa que había
en la logia y de una aparente abstención política, ella trabajaba
activamente contra los jesuitas. Este era su principal objetivo, y
tanto, que todas las noches, al cerrar las tiendas, el venerable
nos hacía jurar a todos solemnemente: "Odio eterno a la tiranía y a
los tiranos" (lo que era de regla universal), y "Guerra a la
Compañía de Jesús", lo que era un aditamento particular de nuestra
logia. Ya se verá adelante lo que la logia y los francmasones
hicimos para lograr en 1850 la expulsión oficial de los jesuítas, a
quienes alguien ha llamado "los francmasones de la iglesia
romana".