FORO Y COMERCIO
Raro es el hombre entre nosotros que vive o puede vivir
exclusivamente de una profesión liberal. No hay suficientes
elementos sociales para que el abogado se sostenga y haga fortuna
solamente con la abogacía, ni el médico cirujano con la medicina y
cirugía, ni el ingeniero con los trabajos de ingeniería. El
profesorado, el comercio, la agricultura y aun los puestos
públicos son por lo común auxiliares casi necesarios de aquellas
otras profesiones; y poco medraría el que se atuviera a la
especialidad de la profesión adquirida mediante el estudio
universitario. A esta ley de la necesidad hube de someterme en
Honda, dedicándome en mucha parte al comercio, profesión que yo no
repugnaba, y a la cual estaban dedicados mis tres hermanos mayores,
y en parte mi padre.
Si yo pasaba la mayor parte del día en el almacén, trabajando
con mi hermano Manuel (manejaba la caja y su libro, y ayudaba en
las ventas y otras operaciones laboriosas), en otras horas, las
mañanas sobre todo, estudiaba mis expedientes y cuestiones
forenses, que marchaban al par con los negocios. La prima noche era
para las visitas, y las demás horas, hasta la de acostarme, para la
literatura y la política; con lo que mi vida era sumamente
laboriosa. Así lo fue constantemente, desde mediados de 1847 hasta
junio de 1849, época en que cambié de posición.
Al llegar a Honda tuve el placer y el honor de conocer a uno de
los más dignos y estimables jefes que ha tenido nuestro ejército en
las cuatro últimas décadas: era el coronel (después general)
Francisco de Paula Diago, gobernador en 1847 de a provincia de mi
nacimiento. Encontré desde luego en él un cumplido caballero y
patriota, hombre franco, independiente, íntegro a carta cabal,
progresista entusiasta, hábil militar, de mucha iniciativa en los
asuntos públicos y muy aficionado a escribir para la prensa. Hoy
día es un venerable anciano, inválido, y vive tranquilo con su
familia y con la satisfacción de haber honrado siempre sus
charreteras. Precisamente al escribir estas páginas le oía yo todas
las noches, desde mi gabinete (abierto a todos los vientos para que
no me abrumase un calor de 30 grados del centígrado), cuando él,
sentado en su balcón, en frente al mío, departía jovialmente con
los amigos que le visitaban
|
[1]
. En 1847 y 1848 nos
veíamos todos los días y recíprocamente nos consultábamos nuestros
escritos, así oficiales como destinados a la prensa, y siempre
nuestras relaciones fueron tan cordiales como francas. El general
Diago ha sido entre nosotros un militar modelo: soldado de la ley y
solamente de la ley.
Tan llena de humo de liberalismo exagerado tenía yo la cabeza en
aquel tiempo, que hice de muy buena fe una grandísima diablura.
Subsistían entonces las leyes que requerían el tener título de
abogado para poder ejercer todas las funciones (sobre todo la de
sentenciar) de juez letrado de circuito o magistrado de algún
tribunal; y hallándose vacante en Honda la judicatura "de letras",
la ejercía en interinidad un suplente. No siendo éste letrado,
tenía que
|asesorarse para pronunciar cualquier fallo, ya
fuese civil o criminal; apenas sí hube llegado a Honda cuando el
juez comenzó a pedirme asesorías.
El primer negocio que me consultó fue una causa seguida a un
pobre diablo por contrabando de tabaco. Como en estos negocios de
fraude a las rentas no había excarcelación, el infeliz reo llevaba
siete u ocho meses de horrible prisión (la cárcel de Honda es una
de las más espantosas que se conocen en este país), bien que toda
la cuestión se reducía a la venta clandestina de unas pocas libras
de tabaco, y que en realidad la pena legal era menor que el
terrible sufrimiento de una larga prisión preventiva. En el punto
de vista puramente legal, la cuestión era sencillísima: el hecho
estaba probado, el reo convicto y confeso, y había que condenarle
sin tener en cuenta ninguna consideración filosófica.
Pero yo veía las cosas más con ojos de reformador liberal que de
abogado y juez. Mi sentencia, en sustancia, fue la siguiente:
"Considerando, que el contrabando es un delito puramente
artificial, inventado por la ley misma, en fuerza del
establecimiento del monopolio.
"Considerando, que es inicuo y monstruoso no admitir la
excarcelación del reo, durante el seguimiento del juicio, por un
delito que nada tiene de. atroz ni filosóficamente es inmoral.
"Considerando que el reo ha sufrido, como simple preso, una pena
mucho mayor y más cruel que la que la ley asigna a su delito...
"Administrando justicia, etc.
"Se absuelve de todo cargo etc., y póngase al reo en
libertad".
El juez, al leer mí sentencia, se quedó pasmado. Corrió luego a
buscarme y me dijo:
-¿Bien seriamente me aconseja usted fallar así?
-Muy seriamente -le contesté.
-¿Y si me conformo con la sentencia?
-Quedaré muy contento.
-¿Y no seré responsable?
-Lo será usted, y yo también; pero yo más que usted.
-Las ideas de usted me gustan, señor doctor.
-Tanto mejor, señor juez.
-Pues me conformo con la sentencia.
-Está bien.
-¿Pero tendré que consultarla?
-Sin duda.
-¡Ah! Esto es lo grave, porque el tribunal superior...
-¿Pensará de otro modo?
-Seguramente.
-Entonces vea usted lo que hace.
El juez resolvió una cosa muy sencilla: conformarse con la
sentencia, ejecutarla sin confirmación superior, y callarse la
boca, con lo que se ponía a cubierto de responsabilidad, siempre
que el agente del ministerio público se callara también. Ambos
empleados estaban sumamente fastidiados con cosa de cuarenta y ocho
a cincuenta causas pendientes por contrabando de tabaco y
aguardiente, cuyos respectivos reos hormigueaban llenos de miseria
en una cárcel infecta y horrorosa. Mi sistema de sentencias
filosóficas agradó mucho al juez y su secretario, al fiscal y al
alcalde de la cárcel; se me pasaron en asesoría todas las causas
pendientes sobre contrabando, muchas de ellas demoradas por seis,
ocho y diez meses y hasta un año, y a virtud de mis asesorías en
poco tiempo quedó la cárcel casi vacía. Muy caro me pudo haber
costado mi filosofía filantrópica, de todo punto ilegal y que
aparejaba seria responsabilidad; pero nunca me arrepentí de haber
sido así caritativo y moralmente justo.
Fue una fortuna que hubiese poco después revocado el tribunal
el nombramiento que espontáneamente hizo en mí para el importante
empleo de juez de circuito de Ambalema; revocatoria proveniente de
haberse caído en la cuenta de que yo no era aun ciudadano, por
falta de edad, y que por lo mismo no podía ser juez. Yo, si por mi
rectitud de Conciencia podía ser buen juez, hubiera hecho más
disparates acaso, con la mejor intención, dejándome dominar de unas
teorías filosóficas que no se compadecían con la estricta
legalidad.
Como dejo insinuado, fue extraordinaria mi actividad y variedad
en el trabajo, durante los primeros años, después de la conclusión
de mis estudios, y estas mismas condiciones me han caracterizado en
todos los posteriores años de mi vida. Yo abusaba de mi robustez y
vigor, y no consultaba, al trabajar tan asiduamente, las reglas de
la higiene. Jamás me fatigaba, o mejor dicho, descansaba siempre de
un trabajo con otro. Adquirí el hábito de dormir solamente seis
horas (rara vez siete) sin que me hiciera falta mayor reposo, y
siempre de un solo sueño, sin que siquiera se me percibiese el
ruido de la respiración. Despierto, nadie era más inquieto que yo;
dormido, mi tranquilidad física era absoluta, bien que muy
frecuentemente soñaba. Muchas veces hablaba dormido, y si me
preguntaban algo con cautela, sostenía la conversación durante
algunos minutos sin despertar. Mi sueño era ligero, y siempre
recordaba por completo lo que había soñado.
Como no tenía pereza para nada, y escribía rápidamente y me
gustaba hacer las cosas con prontitud, me alcanzaba el tiempo para
todo. Desde temprano contraje ciertos hábitos de escribir no poco
favorables a la fecundidad y claridad del pensamiento. Por una
parte, escribía en letra muy clara y abierta, y cuando tenía que
poner en limpio algún borrador, lo hacía yo mismo a fin de corregir
mejor mis escritos y fijar más las ideas en la memoria.
Acostumbraba escribir todos los pensamientos importantes que me
ocurrían; y la experiencia de muchos años me ha probado que nada se
aprende tanto como aquello que se escribe. Gran parte de lo muy
poco que sé lo he adquirido escribiendo, porque así he pensado más
lo adquirido por la lectura o la conversación; y el simple trabajo
lógico de la extensión, la comparación, la deducción y la inducción
ha multiplicado mis nociones.
Desde 1847 he acostumbrado tener sobre mi escritorio unos
cuantos pliegos de papel en blanco, con sus encabezamientos de
artículos de periódicos, poesías, capítulos de obras, cartas
importantes, etc. y junto al tintero media docena de plumas
preparadas en sus mangos, para escribir. Cuando un artículo me ha
fatigado el cerebro (lo que percibo al sentir que se me detiene la
pluma por momentos o que mi pensamiento titubea), cambio de asunto,
papel y pluma, y sigo trabajando, con lo cual descanso. Si al cabo
me fatigo de escribir, inmediatamente tomo un libro y me pongo a
leer; y si luego una lectura me causa, la cambio por otra y también
así descanso. Jamás he descansado de un trabajo con la ociosidad,
sino con un trabajo distinto.
Cuando voy de paseo, enteramente solo, o me acuesto y tarda el
sueño en venir, estoy siempre componiendo mentalmente: preparo así
la armazón y las principales ideas de mi asunto, y después, al
escribir, improviso con tanta facilidad como al hablar, quedando
mis borradores como copias en limpio. Si al tratar de conciliar el
sueño me ocurren pensamientos muy importantes, salto de la cama,
enciendo luz y los escribo en sustancia. Con este sistema, seguido
en todas sus partes desde 1847, los días han sido para mí como de
cuarenta y ocho horas, le cultivado lo más posible mi espíritu, he
vivido con el pensamiento el doble de mi edad, y he podido producir
hasta los cincuenta y tres años, lo que muchos hombres laboriosos
no alcanzarían a producir (uno solo, se entiende) en un siglo.
Al propio tiempo que yo ejercía mi profesión de abogado, que
trabajaba asiduamente en el comercio, y que solía divertirme según
mi carácter y mi edad, colaboraba activamente en muchos periódicos,
enviando artículos (en diversas épocas de los dos años)
|al Día,
la Prensa, el Duende, el Aviso y la América, de Bogotá; a la Gaceta
Mercantil, que publicaba el doctor M. Murillo en Santa Marta;
|al Fanal, de Cartagena, que redactaban varios escritores,
entre ellos Lázaro María Pérez;
|al Brujo, publicado en
Medellín por el malogrado y valeroso Justo Pabón, y
|al
Cabrión, que el mismo Pérez estableció después en Ocaña. Y
esto no me bastaba: escribía versos sin tener misericordia a las
musas, y ensayaba mis fuerzas en multitud de asuntos políticos y
literarios.
En 1848 tomó mi padre a Bogotá, debiendo concurrir al congreso,
y llevó la familia consigo. Durante la temporada ocurrió un
incidente de familia que hizo necesaria mi repentina traslación a
la capital, y pasé en esta cosa de tres semanas. En la vecindad de
nuestro domicilio, tocándose los solares o patios interiores de las
dos casas, vivía uno de mis íntimos amigos y compañeros de colegio,
el más antiguo de todos. Con ocasión de visitarle, vi varias veces
a su preciosa hermana Elvira, joven que era muy estimada y querida
en Bogotá, tan pobre en bienes de fortuna y comodidades como rica
en dotes personales. Era apenas año y medio menor que yo, y nos
habíamos tratado hasta entonces con mucha cordialidad, bien que sin
intimidad alguna, a causa de mis relaciones con su hermano; pero
como yo había tenido, hasta principios de 1846, ocupado el
pensamiento con mis amores de adolescente, que en nada pararon a la
postre, nunca había fijado la atención suficientemente en Elvira;
por notorios que fuesen su mérito y sus gracias. La vecindad en que
vivíamos ocasionó en 1848 la frecuencia de mis visitas, con ellas
nació la intimidad, y de esta un grande acrecentamiento de
estimación y simpatía. Ello fue que, sin ligarme con declaración
alguna ni el menor compromiso, al regresar de Bogotá salí creyendo
que estaba prendado de Elvira, pero sin tener seguridad de ello.
Tocóme entonces reemplazar a uno de mis hermanos en Ambalema (pues
todos trabajábamos formando con nuestro padre una sola compañía), y
allí continué ocupado en el comercio y ejerciendo la abogacía.
A la sazón se agitaban mucho los ánimos con la próxima elección
de presidente de la república, para la cual eran candidatos: el
general José Hilario López, del partido liberal, y los doctores
José Joaquín Gori y Rufino Cuervo, de dos fuertes fracciones del
partido conservador. El general Mosquera, enemigo mortal de Gori
por cuestiones baladíes, fingía apoyar a Cuervo con el prestigio
del gobierno, aunque le gustaba la candidatura del doctor
Florentino González, muy poco popular; los conservadores, que se
llamaban "independientes" o moderados, sostenían a Gori, y el
partido liberal en masa, con un programa claramente formulado, en
el sentido de las más trascendentales reformas, sostenía con
entusiasmo a López y esperaba triunfar.
Naturalmente, como que era liberal, fui lopista, y trabajé y
escribí cuanto pude en favor de mi candidato. Y sin embargo, al
verificarse las votaciones primarias no pudieron hacerme elector,
porque no tenía la edad necesaria, y solo pude ser sufragante (en
la votación de primer grado), por cuanto había entrado en los 21
años, sin tenerlos cumplidos, lo que la ley no exigía. Tal fue mi
primer acto verdaderamente político, y acaso ningún otro voto he
dado en mi vida con tanta satisfacción como aquel, ni con mayor
entusiasmo.
La lucha de los partidos en aquel año fue franca, leal y
decente, sin que ocurrieran en parte alguna disturbios ni
violencias; y los votos de los electores se distribuyeron (si mí
memoria no me es infiel) poco más o menos así:
735 por el general López;
410 por el doctor Gori;
304 por el doctor Cuervo; y
70 por el doctor Florentino González, candidato de un círculo
semi-liberal y semi-mosquerista.
En realidad, el partido liberal había obtenido la mayoría; pero
como la constitución la exigía absoluta y no relativa, había que
perfeccionar la elección, escogiendo el congreso entre los tres
principales candidatos. Grandes fueron entonces la exaltación y
expectativa de los ánimos y las intrigas adelantadas por los jefes
de los partidos; mayormente cuando el programa adoptado por los
liberales y aceptado por López aparejaba reformas que, al ser
ejecutadas, traerían consigo una profunda transformación política,
social y administrativa de la república. En breve iban a
presentarse días de solemne prueba y muy graves
acontecimientos.