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EN FAMILIA
Al cabo, después de tantos años de estudios universitarios y
casi constante alejamiento de mi vieja ciudad y mi hogar solariego,
había tornado yo a la vida de familia, combinando con ella, como
era natural, cierta independencia de acción, propia de mi título y
carrera de abogado.
Mi posición era curiosamente extraña. Yo no tenía ni un real de
capital propio, pero estaba asociado a mi padre y mis hermanos
mayores, en calidad de socio industrial y copartícipe futuro de la
modesta fortuna de mi padre. Era doctor en jurisprudencia y
abogado, y al propio tiempo hijo de familia, pues teniendo apenas
diecinueve años cumplidos dependía, conforme a las leyes, de la
autoridad de mis padres. En fin, tenía ya alguna reputación de
poeta y publicista, y sin embargo, ni siquiera podía obrar como
ciudadano, por no tener la edad requerida para ejercer funciones
públicas.
A estas anomalías es ocasionada la precocidad con que en
Colombia se desarrolla la juventud y comienzan su carrera muchos
jóvenes, y yo no había de sustraerme a las consecuencias de mis
tempranos estudios y mi precoz intervención en las cosas
públicas.
Al hallarme otra vez en Honda volví a sentir aquel inefable goce
de todos los momentos que acompaña al hombre sensible y amoroso
cuando habita su propio hogar, en el seno de su familia, amando y
venerando de cerca a sus padres, y reposándose de una lucha de no
pocos años en medio de los mil queridos objetos que hacen tan
preciosa la tierra natal. Cuando pienso en estas cosas me persuado
más y más de esta verdad: que el hombre no tiene en realidad una
patria, sino tres, que corresponden a sus tres elementos de
vida.
Y en efecto, hay una patria corporal o del corazón, que es el
querido, inolvidable rincón del mundo donde uno ha nacido,
compuesta de mil pequeñeces, de mil nadas adorables, de mil objetos
e incidentes, insignificantes para los demás, entre los cuales se
alcanzan a ver siempre tres cosas de incomparable grandeza para la
vida personal del individuo que las ama: su propia cuna, el
campanario de la primera iglesia que conoció y en cuyo recinto oró
sencillamente, y el cementerio donde reposan sus padres...
Hay otra patria moral, que solo reside propiamente en la
inteligencia y la memoria, y se compone de todas las relaciones
sociales, de las impresiones que uno ha recibido como hombre, no
como niño, de las instituciones que le caracterizan su
nacionalidad, de la literatura que ha creado junto con sus
compañeros en la común obra del progreso nacional, de la historia
del pabellón que ha mirado como símbolo de su país político, y en
fin, de los derechos y deberes que ha tenido que defender o cumplir
como ciudadano.
Y hay, por último, una patria misteriosa, invisible, la patria
del alma... aquella que nuestra esperanza nos hace imaginar, desear
y solicitar con insaciable anhelo; que jamás hallamos en el mundo
porque no está en él; que creemos haber conocido, sin saber cuándo
ni cómo, cual si hubiéramos sido proscritos de ella al nacer, para
tornar a su seno algún día, pero llevándola en cierta manera como
entrañada en nuestra alma... Esa patria de la esperanza, llámela
cada cual como quiera, para mí es la INMORTALIDAD, patria del
alma...
Al tornar a vivir de lleno con mi familia se me ofrecía la
ocasión de estudiarla y conocerla a fondo, con la sagacidad de la
razón, pues hasta entonces yo no la había conocido sino con el
corazón, amándola desde niño. Durante mis ocho años de estudios en
Bogotá yo había vivido más o menos junto con algunos de mis
hermanos, ya con Manuel, Miguel y Rafael, en 1838; ya con el
primero y tercero en 1839 y 1840; ora con Rafael y Antonio, de 1841
a 1842; ora, en fin, con Miguel solamente, en 1845.
Todos teníamos muy marcados el aire y carácter de familia, si
bien se notaba que el tipo de mi padre predominaba en Miguel,
Rafael, Antonio y Silvestre, el de mi madre en Manuel, en mí y en
Rodulfo, y el de los dos -Samper y Agudelo juntos- muy bien
combinado, en Agripina.
Nada particular añadiré en lo tocante a mis padres, porque todas
mis observaciones hechas en intimidad de hijo hecho hombre, me
confirmaron en mis sentimientos de la niñez y de la adolescencia.
Mi padre me pareció un sujeto muy respetable, hombre de bien,
patriota sencillo, caballero, generoso y muy desinteresado, y yo le
quería con mucho respeto, estimación y gratitud. Mi madre era una
mujer adorable por su candor, su dulzura y bondad, nos quería a
todos entrañablemente, sin hacer la menor distinción, era muy
piadosa, modelo de esposas fieles y madres abnegadas, y yo la
adoraba con ternura y entusiasmo, gozándome mucho en acariciarla
con frecuencia. Como ellas llamaba Tomasa, yo vivía protestando y
he protestado constantemente contra el gracioso adagio español que
dice no ser bueno tener "hombre Pedro en casa, ni mujer que se
llame Tomasa".
Mi hermano Manuel era joven muy buen mozo y gallardo, insigne
bailador y nadador, cantaba muy bien, con dulce voz de tenor,
tocaba con destreza la guitarra, era muy zumbón o amigo de burlas y
chascarrillos, tenía muy clara inteligencia sobre todo para el
comercio, mucho valor personal y aunque era no poco irascible, por
su temperamento sanguíneo, se distinguía también por su generosidad
y su grande espíritu de familia. Frecuentemente se burlaba de mí
por mis versos, y sin embargo, se complacía mucho cuando alguien le
hablaba de mis escritos con elogio, y siempre me dio muy buenos
consejos.
Miguel, que había sido muy bonito muchacho antes de que le
atacase la epidemia de las viruelas, tenía magnífica frente,
reveladora de su clarísima inteligencia, y se distinguía por su
moderación, su espíritu seriamente metódico y analítico, sus
modales suaves, simpáticos y urbanos, su gran laboriosidad en todo
lo que emprendía o le ocupaba, su rectitud de sentimientos y de
juicio, y el aplomo y circunspección con que hacía todas las
cosas.
Rafael, el tercero de la familia, muy rubio, gallardo y
seductivo, parecía una dama por sus maneras, las mujeres le querían
con predilección. Era muy hacendoso y minucioso en todo, tímido y
circunspecto, irascible y dado a la contradicción, sumamente
desconfiado de los demás, porque en el fondo desconfiaba de sí
mismo, y al propio tiempo sumamente benéfico y generoso, constante
y fino en sus relaciones de amistad, que no en las amorosas, pues
no creía en el amor sincero del sexo contrario.
Antonio ofrecía un curioso contraste. Como sabía dominarse mucho
y tenía cierto aire como socarrón, parecía que fuese miedoso o
disimulado; y sin embargo, era capaz de portarse con el coraje de
un león, cuando se le forzaba a salir de su afectuosa mansedumbre,
y si de ordinario era reservado, jamás dejaba de ser absolutamente
sincero. Nadaba como un pez, con singular gallardía, montaba a
caballo con agilidad, bailaba primorosamente, y se perecía por las
tertulias íntimas y la guitarra; era muy amigo de chuscadas y
dichos agudos, sobre todo en conversación con las mujeres; se
encantaba haciendo, con la mayor seriedad, graciosas e inofensivas
pilatunas; tenía gran talento natural y mucha inclinación al foro;
mostraba optimismo en los negocios y gran disposición a iniciar
especulaciones nuevas; y era generoso con sumo desprendimiento y
muy leal en sus amistades, sobre todo con las gentes pobres. Para
complemento de todo, prodigiosamente aficionado a comer golosinas,
lo que costó, con el tiempo, muy caro a su salud.
Agripina era muy tímida y de carácter dulce, pero algo retraído;
una linda niña del genio más inofensivo, y con una alma tiernamente
soñadora que la inclinaba mucho a la poesía. Puede decir que si
ella, por su amante corazón y espíritu reflexivo, nació para ser
poetisa, y por grande amor al estudio había de ser mujer instruida
y seria, yo la hice poetisa y escritora, porque, al descubrir su
vocación, la estimulé constantemente a que ensayara sus fuerzas y
diera vuelo a su fantasía. Ella se recataba mucho de hacerlo, por
temor al desagrado de mí padre, que detestaba de los versos y de
casi todo trabajo literario.
Rodulfo y Silvestre, los dos hermanos menores, eran muy
diferentes: el primero, alto, elegante, buen mozo; los ojos negros,
grandes, aterciopelados y sumamente acariciadores; el andar lento,
la salud delicada y el temperamento algo linfático; no poco
inclinado a vestirse con distinción, crecía para tener el aire de
un andaluz, pero de fisonomía melancólica; y era muy tímido y
vergonzoso y poco espontáneo y comunicativo. Silvestre, pequeño de
talla, ancho de espaldas, bastante rubio, luchador muy ágil y de
carácter resuelto y muy valeroso, tenía el aire "de un boticario
alemán", como decía mi señor Lequerica (cubano); y desde temprano
fue muy inteligente para los negocios, aficionado a escribir sobre
asuntos económicos, desdeñoso, por sistema, de toda elegancia, poco
expansivo en su lenguaje, pero afectuoso en el trato, y buen
calculador y positivista en todo.
Por lo demás, todos teníamos profundo espíritu de familia, y
siempre fuimos muy hermanables, muy unidos, prontos a servirnos,
defendernos y auxiliamos recíprocamente, con desinterés y
benevolencia inalterables.
Así yo quería mucho a mis hermanos, y todos ellos me querían y
consideraban, llegando, por cariño, hasta enorgullecerse un tanto,
con anticipación, de lo que aguardaban de mí capacidad, que
seguramente apreciaban en más de la que era y prometía; y jamás
hubo entre nosotros ningún disgusto serio, ningún resentimiento ni
rivalidad, ninguna de aquellas discordancias que dividen las
familias, afligen a los padres y preparan amargas competencias.
Al tornar yo a vivir a Honda, tornaron a ser mis mayores
encantos, -amén de la lectura asidua y el mucho escribir a que
tanto me había habituado en Bogotá-, el espectáculo y los grandes
rumores del Magdalena y el Gualí, los melancólicos paisajes
formados por las ruinas y arboledas de la ciudad, los frecuentes
bailes y tertulias que promovíamos los jóvenes, los paseos a
caballo, la natación y la caza.
Yo había comprado en Bogotá una linda perra perdiguera, de color
muy simpático (tenía toda la piel salpicada de menudas pintas
blancas y negras), y este inteligente y gracioso animal me quería
mucho y me acompañaba en todos mis paseos. Muchas tardes iba yo,
sin más compañero que Tisbe, mi fiel perra, a vagar por las
llanuras del poniente y perderme en los bosques, más entregado a
poéticas lucubraciones que al placer de la caza; y siempre hacía
mis excursiones pie, ya por hacer un ejercicio que me vigorizase
más, ya por andar con entera libertad, tirándome al fondo de los
barrancos montuosos o hundiéndome en lo más espeso de los bosques,
cosas que no hubiera podido hacer al andar a caballo. Muchas veces
me sucedió que Tisbe tuviera, inquieta e impaciente, que sacarme de
mis cavilaciones cuando una gran manada de perdices, algún par de
conejos o un venado se ofrecían a la vista. Yo, que desde muy lejos
distinguía las formas de cualquier pájaro, a las veces no veía un
venado que estuviera a veinte pasos, porque solía distraerme
contemplando un bello celaje, un árbol coposo y elegante, o los
círculos que trazaba en el aire, a grande altura, el vuelo de un
buitre solitario.
Mi mayor gusto, como cazador, era matar con alguna destreza y de
modo que mis tiros -así lo pensaba engañándome con un sofisma-, no
fueran aleves. Así, cuando veía alguna manada de perdices, enviaba
a Tisbe a levantarlas, y no tiraba sobre ellas sino al vuelo.
Cuando se presentaba un venado, hacía que aquella lo espantase, y
no le soltaba el tiro sino cuando ya iba corriendo. Mi método
consistía en apuntar adelante del animal, y oprimir el gatillo de
uno de los dos cañones de mi escopeta cuando veía acercarse delante
de la línea visual la sombra de la cabeza del cuadrúpedo. Así yo
era un cazador muy diestro.
Había en la ciudad una familia muy honrada y estimable, y muy
pobre, cuyas relaciones cultivábamos mis hermanos y yo con mucho
aprecio; la de un señor Cortabarría, expendedor de papel sellado.
Uno de sus hijos (
|Josecito le llamábamos) cazaba mucho en
las tierras de mi padre, y lo hacía por contribuir con la caza al
mantenimiento de su familia. Una tarde, hallándome en el borde de
un montuoso barranco que dominaba el vallecito de Chirirí, vi un
hermoso venado: le hice fuego y le deje muerto, pero noté que otro
tiro de escopeta había estallado al mismo tiempo que el mío. Corrí
hacia el venado muerto, y le hallé las señales patentes de dos
tiros que habían partido de distintas direcciones. Un instante
después vi a Josecito, en una quiebra del barranco, inmóvil al pie
de un árbol.
-¡Ah! Mi amigo -exclamé-. Creo que hemos muerto el venado en
compañía.
-No tal; usted se equívoca -contestó.
-Y en todo caso -añadió- usted tiene mayor derecho.
-¿Por qué?
-Porque usted es dueño de la tierra.
Comprendí la delicadeza de Josecito, y formando instantáneamente
mi resolución, le dije:
-Está bien; el venado es mío. Después será usted más
afortunado.
Me llevé el venado sobre el anca de mi caballo, y atravesé muy
orondo todo el barrio del Rosario hasta llegar a casa. Cuando cerró
la noche le envié el venado, de regalo, a la familia Cortabarría;
con lo cual dejé conciliada mi vanidad de cazador con mis
sentimientos generosos.
Una tarde me aconteció en la caza, en la Sabana Alta, casi al
pié de la meseta de los Mamones, un caso muy curioso. Yo iba a pie,
y desde lo limpio hice fuego sobre una multitud de palomas torcaces
que revoloteaban sobre un bosquecillo de altos arrayanes. Vi caer
cosa de cuatro o cinco, y me interné a buscarlas en el bosquecillo.
Las recogí y las guardé en mi maleta, y cuando ya me retiraba vi en
el suelo una especie de nido de hojas secas, en cuyo fondo estaba
un objeto que a primera vista me pareció ser una gran serpiente
enroscada, con pintas blancas y de un rojo castaña. Era una
venadita que tendría dos o tres días de nacida... ¡Qué hallazgo
para hacerle el regalo a mí hermana Agripina!
Comprendí al punto que la madre podría estar muy cerca; preparé
bien mi escopeta, le puse el pie con suavidad al lindo animalito
para hacerlo chillar, y aguardé con ansiedad, mirando hacia todos
lados... Un instante después se presentó la hermosa venada, a diez
o doce pasos de mí, le hice fuego y quedó muerta. Con mil trabajos
logré salir del bosquecillo, llevando en un brazo la escopeta y la
venadita, y arrastrando con la otra mano la venada.
Pero fue el caso que no hubo en toda la llanura alma viviente;
no hallé ni una leñadora que pudiera ayudarme a llevar el rico y
variado botín de mi caza. ¿Qué hacer? Lo que pude: me tercié la
escopeta a la espalda, me eché la venada sobre la nuca (que he
tenido siempre sólida y fuerte), y tomé con el brazo izquierdo la
venadita.
Iba caminando lentamente por el llano en tan estrambótica
apostura, cuando se me presentó, atravesada en el camino, una
enorme serpiente. Era una talla equis (así llaman a las serpientes
que tienen en el dorso una serie de equis negras y rojas) de cerca
de dos metros de largo y casi medio de circunferencia en el
vientre; y según toda, probabilidad era la misma serpiente que, ya
muy cebada en aquel llano, le había matado a mi padre cosa de ocho
a diez reses de cría.
Yo no podía perder la oportunidad de matar aquel monstruo, e
hice lo siguiente: me alejé algunos pasos a reculones y con
lentitud para no espantar la serpiente, dejé caer al suelo la
venada, puse una rodilla en tierra para mantener debajo la
venadita, con mucho cuidado, y al punto disparé mi escopeta. La
equis se azotó contra el suelo durante unos momentos,
retorciéndose en su agonía, y en breve quedó muerta.
Pensar dejarla allí era absurdo para la vanidad de un cazador,
pues aquel monstruo merecía ser exhibido en la ciudad; y además, yo
quería darme el placer de mostrársela a mi padre, diciéndole:
"Ya claudicó el demonio que mataba las novillas del llano". Así,
amarré la equis con una cuerda, me até la punta de ésta a la
cintura, y eché a andar como antes pero adornado con el nuevo
aditamento. De este modo, si visto en la parte alta del cuerpo
tenía yo aspecto como de Buen Pastor, y de cazador en el centro, en
la parte baja parecía un gran mono por el enorme rabo que iba
arrastrando. Yo iba riéndome de mí mismo, y diciendo para mis
adentros: "Vaya una estampa de poeta y doctor!"
Al cabo di con un grupo de leñadoras a quienes pagué para que me
aliviaran del rabo serpentino y del peso de la venada, y a eso de
las seis de la tarde hice mi entrada triunfal en la ciudad.