ULTIMO TIEMPO DE PRUEBA
La política había tomado nueva dirección en el país, bajo el
influjo de Mosquera. Por una parte, este presidente se mostraba
resuelto a promover muchas reformas administrativas,
particularmente en los departamentos fiscales, y ellas eran objeto
de muy animadas discusiones, así en las Cámaras como en la prensa,
y al propio tiempo un elemento de división en el partido
ministerial,
que empezaba a desorientarse y no tener rumbo bien determinado,
una vez que le faltaba la fuerte dirección oficial del doctor
Ospina. Por otra, el general Mosquera, -fuese porque tuviese
realmente mucho de liberal, sin caer en la cuenta de ello, o porque
quisiese vencer las resistencias de sus amigos y dar brillo a su
administración con cierto barniz de tolerancia-, iba llamando
algunos liberales muy notables a ocupar puestos públicos
importantes, y el espíritu de muchos de sus actos era de progreso y
mejoras materiales. Con esto, el liberalismo cobró aliento y
fuerza, comenzó a contar sus falanges y ensayar nuevamente sus
recursos, y no tardó en resolverse a emprender gran campaña
electoral, reorganizado y con bandera propia, para proporcionarse
la victoria.
Si las ardientes discusiones relativas a los jesuítas eran causa
de división en el clero y de marcado antagonismo de los dos grandes
partidos (bien que muchos conservadores no eran adictos a la
Compañía de Jesús), y si la prensa iba recobrando su actividad,
merced al interés que despertaban las cuestiones de hacienda y de
mejoras materiales, por otro lado, la juventud iniciaba o en su
seno se producía un gran movimiento literario. Mucho tuvo este
movimiento de novelero y descaminado, por el espíritu que lo animó
y por falta de carácter propio o nacional, es decir, de
originalidad; pero así y todo, fue el comienzo de una especie de
renacimiento, y dio ocasión a que se pusiesen de manifiesto muchos
talentos juveniles.
Dos corrientes literarias, una española y otra francesa obraban
sobre los espíritus: por un lado, las obras de Víctor Hugo y
Alejandro Dumas, de Lamartine y Eugenio Sué, movían los ánimos en
el sentido de la novela social, de la poesía grandiosa y atrevida y
de los estudios de historia política; y esta tendencia era
caracterizada por dos obras, a cual más ruidosa y apasionada: la
|Historia de los Girondinos, de Lamartine, y el
|Judío
|errante, novela revolucionaria de Sué. Por
el otro, los libros de poesías españolas modernas, empapadas en
romanticismo, entre los que principalmente llamaban la atención los
de Espronceda y Zorrilla: obras que despertaron en la juventud un
fuerte sentimiento poético, desarreglado y de imitación en mucha
parte, pero siempre fecundo para las imaginaciones ricas y los
talentos bien dotados.
Por aquel tiempo conocí a un joven que fue mi amigo en breve, de
quien luego me apartaron algo las luchas políticas, con quien hoy
día me liga la comunidad de ideas, y cuya lealtad y franqueza de
carácter he estimado siempre y aprecio mucho. Era un oficial de
artillería recién venido a Bogotá, que apenas contaba unos cuatro
años más que yo, corpulento y robusto, de poderosísimos pulmones,
poco simpático al parecer, por causa de su ruidosa voz y algún
estrabismo en la mirada, pero de trato muy jovial, instintos
generosos, claro talento, valor personal muy notable y espíritu
caballeroso. La poesía, más que las armas, era su encanto, y más
escribía versos en su cuartel que cosa alguna militar. Llevóme
muchas veces a su cuarto de oficiales de la artillería y me leyó su
|Maga, y otros romances y muchas poesías líricas. Parecióme
que tenía gran facilidad para versificar y que su versificación era
robusta, rica y de alta entonación, siquier algo incorrecta; que su
estilo abundaba en imágenes, con marcada tendencia al romanticismo,
y que él era hombre de sentimiento ingenuo y vigoroso; pero no le
hallé entonces suficiente cantidad de ideal, ni espíritu
fuertemente investigador y verdaderamente filosófico. Este amigo,
este poeta, futuro periodista y hombre político, era Lázaro María
Pérez.
Hacia fines de 1845 fundamos entre unos cuantos jóvenes, casi
todos estudiantes de derecho, una sociedad denominada Literaria.
Sus objetos eran: promover el progreso general de la literatura,
hacer estudios metódicos en la materia, criticarnos y corregimos
recíprocamente, por medio de comisiones, los trabajos literarios
que ejecutásemos, y publiciar y sostener un periódico quincenal,
bien nutrido, dedicado a servir a las ciencias, la literatura y las
bellas artes. Lo dimos a luz bajo el título de 731 albor literario,
y en un principio casi todos fuimos asiduos en la asistencia a las
sesiones, que eran semanales, y en los trabajos de colaboración
periodística. Entre los miembros recuerdo los nombres de Salvador
Camacho R. y Manuel Pombo, Lázaro María Pérez y Próspero Péreira
Gamba, José María Rojas G. y Scipión García Herreros, Carlos Martín
y José Eusebio Ricaurte, Gregorío Gutiérrez G. y Antonio María
Pradilla. El más notable por sus aptitudes literarias, y de mayor
edad, era don José Caicedo Rojas. Por junto éramos como veinte, y
ya de ellos han fallecido cinco o seis.
Pero aconteció con nuestra sociedad lo que con casi todas las
literarias, en cuyo seno se agitan por lo común muchas rivalidades
de vanidad y se pagan pocas cotizaciones mensuales. Los más asiduos
trabajábamos bastante, suministrando principal mente artículos de
costumbres, poesías y breves estudios históricos, con lo que
sosteníamos el periódico; y los haraganes se entretenían casi todos
en intrigas para obtener la presidencia, la vicepresidencia y demás
puestos de honor. Ello fue que no tardó en haber desagrados, que el
|Albor sólo alcanzó a vivir hasta su número 8º y que a los
seis meses se disolvió la sociedad, minada por tontas rivalidades,
fruto de una más tonta vanidad.
Llegó el mes de noviembre de 1846 y yo concluí mis estudios
propiamente universitarios. Era ya licenciado, y previo un examen
general de dos horas sobre los últimos cursos (Derecho canónico
Procedimientos, Práctica civil y criminal, etc.) se me confirió el
grado y diploma de doctor en jurisprudencia. Faltábanme aun otras
pruebas para ser recibido abogado, pero aproveché las vacaciones
para volver a mi ciudad natal y pasar algunas semanas con mi
familia. Cuánto más grata y amable no fue entonces para mí la vida
de familia, al amor del hogar paterno!
Un incidente me ocurrió en aquel año, que pudo haberme costado
muy caro.
Una tarde, en el atrio de la Catedral, nos hallábamos cinco o
seis estudiantes formando coro, cuando acertaron a pasar por el pie
de la gradería, del lado de la plaza, un hombre y una mujer, gente
plebeya, que iban disputando y diciéndose malas palabras. Debían de
ser marido y mujer, según su aspecto y modo de tratarse, y el
hombre parecía estar ebrio. Súbitamente el bárbaro le dio a la
mujer tan fuerte puñetazo que la tiró al suelo, y en seguida cayó
sobre ella a darle golpes, llamándola "gran puerca", "
|condenada
guaricha", etc., conforme al ameno diccionario de nuestra
gente más soez.
Sin pensar yo en lo que hacía, dominado por la indignación, de
dos saltos bajé del atrio a la plaza, y cayendo sobre el brutal
marido le dí un violento puntapié que le hizo rodar por el
empedrado, al propio tiempo que le decía:
"Miserable! Cómo se atreve usted a estropear así a una débil
mujer!"
Y mientras que tendí los brazos a esta para levantarla del
suelo, el hombre se incorporó y se fue sobre mí, sacando de la
vaina un cuchillo de carnicero que llevaba al cinto. Tan
rápidamente se movió el hombre y me tiró la cuchillada al pecho,
que apenas tuve tiempo para quitarme el sombrero y defenderme con
este, sacando el cuerpo ileso. Entre tanto, la guaricha me
insultaba llamándome "
|cachaco, pati-aforrao, entremetido",
y diciéndome que su marido era libre para aporrearla como
quisiera.
Intervinieron en el lance mis camaradas y otras personas,
protegiéndome; la policía se llevó al hombre para la cárcel, y la
verdadera víctima fue mi sombrero cubilete, abierto medio a medio
por la cuchillada del patán. De estos percances acontecen cuando
uno se mete a defender a gente zafia y bruta.
Al fin de diciembre regresé a Bogotá, y pasé los tres primeros
meses de 1847 practicando en los juzgados y entregado asiduamente
al estudio. Tenía que refrescar muchas lecturas, preparándome para
someterme a los grandes exámenes de jurisprudencia. En abril
solicité ante la Corte Suprema mi recepción de abogado, y al punto
ella designó los tres profesores que, durante dos horas y media o
tres, habían de examinarme sobre la parte teórica de todos los
cursos. Salí de esta prueba con toda felicidad, y en seguida
sostuve en la Corte, por dos horas, el examen sobre la práctica,
con no menor lucimiento, según las calificaciones que me dieron. En
breve se me expidió mi título de abogado, y me sentí dichoso, libre
y aliviado, habiendo, después de doce años de estudios desde la
escuela, completado mi carrera para adquirir una profesión y poder
ser útil a mi familia y a mi patria. A la edad de diez y ocho años
y ocho meses fuí doctor, bajo todo el rigor del plan de estudios y
a los pocos días de cumplir los diez y nueve era abogado. Faltábame
ahora comenzar a vivir realmente, es decir a trabajar y luchar,
siendo responsable de mis actos.
Pero no hice mis últimos estudios ni obtuve mi último grado para
coronar mi carrera universitaria, sin pasar por pruebas de otro
linaje. Un episodio enteramente inesperado me puso en muy
desagradables diligencias y apuros, y a esto contribuyó mucho la
prevención que contra mí existía por causa de mis opiniones
contrarias a los jesuítas, ruidosamente manifestadas.
Había llegado el mes de febrero de 1846, y con el domingo
anterior al miércoles de ceniza empezaban las carnestolendas,
fiesta que convida a nuestras muchedumbres al paseo y a la huelga.
Si en mi ciudad natal y en casi todos los pueblos de nuestras
tierras calientes (particularmente los de la, costa del Atlántico)
subsistía la costumbre de celebrar los tres días de carnaval o
carnestolendas de una manera borrascosa y sobrado libre, a la
usanza italiana, en Bogotá la fiesta se reducía a un paseo de todas
las tardes, durante los tres días sacramentales, subiendo más o
menos por la falda del cerro de Guadalupe hasta la altura de la
capilla de la
|Peña. Había allí un pequeño caserío, y este,
y las casas situadas a las dos veras de la cuesta (todas pobres y
de techo de paja), así como los numerosísimos toldos que
dondequiera se levantaban, servían de fondas y tiendas de licores,
dulces, frutas y otros refrescos y colaciones para la inmensa
concurrencia. Veíanse en esta, aparentemente mezcladas, todas las
clases sociales, y eran curiosas las mil escenas de costumbres a
que era ocasionado aquel alegre y variadísimo hormiguero de gente
que subía y bajaba a pie y a caballo.
Hallábanse muchos estudiantes en la elevada plazuela de la
|Peña, formando bulliciosos corrillos, cuando llegó por
allí, a la entrada de un toldo, un italiano (cocinero de monseñor
Sayo, nuncio de Su Santidad) en compañía de dos o tres hombres de
ruana, todos caballeros en corredores jacos. Allegáronse, por en
medio de los apiñados grupos, al frente de muchas señoras y
señoritas que ocupaban los corredores exteriores de dos casas,
pidieron de beber, y se echaron sendos tragos a la vista de toda la
gente, con lo que se achisparon más de lo que estaban. Algunos
estudiantes les hicieron burla por su pública intemperancia, y el
cocinero, montado en cólera más que en su cabalgadura, se abalanzó
encima de los grupos de estudiantes atropellándoles a todos con su
caballo.
Me incorporaba yo en aquel momento al grupo más atropellado, y
por evitar que el caballo del italiano me pisara o echara a tierra,
eché mano a las riendas y le contuve. Encabritóse el animal,
aguijoneado furiosamente por su jinete, y al propio tiempo un
camarada mío le dio un golpe con la cabeza de su bastón al
desacordado bebedor; de lo cual resultó herido en la mitad de la
nariz y chorreando sangre. El bastón tenía a modo de empuñadura una
cabeza de caballo, y como esta era de bronce el golpe debió de ser
algo fuerte... Alejóse el cocinero muy corrido, y concluyó el
incidente; pero al siguiente día el Nuncio puso la queja por la vía
diplomática, el cocinero dio su denuncio jurado, y sus tres
compañeros sus declaraciones, y a poco, el día menos pensado, se me
notificó auto del juez, por el cual se declaraba con lugar a
formación de causa contra mí, por el delito, de herida, como
culpable del bastonazo. Al mismo tiempo enjuiciaban a mi camarada
como cómplice o auxiliador, "por haber cogido las riendas al
caballo del cocinero y facilitado así la herida...".
Evidentemente el cocinero y sus testigos habían trocado los
frenos (sin duda a causa de los humos de la chispa), acusando a mi
camarada por lo que yo había hecho, y a mí por lo que él había
ejecutado. Nada ventajoso era para nosotros el vernos encausados,
siquiera fuese por un hecho involuntario y sin gravedad moral; pero
ya que el caso ocurría era necesario defendernos, y nuestros
contrarios nos ofrecían, sin quererlo, un medio seguro. Mi
"cómplice" era Santiago Izquierdo,
|cachaco desde sus
tiernos años y conocido después en la república bajo el nombre
popular de "el
|chato Izquierdo", (chato por ser muy
aventajado de nariz!), y yo, a más de tenerle cariño, era incapaz
de cometer un acto de egoísmo. Mí defensa hubiera sido muy
sencilla, pues me habría bastado decir toda la verdad; pero con
esto habría hecho condenar al simpático Chato. Así, al rendir mi
confesión (que entonces era de regla en los juicios criminales)
referí lo que había pasado, y al llegar a lo más crítico dije: "Es
absolutamente falso que Izquierdo haya tomado las riendas al
caballo del italiano, así como es absolutamente falso que yo le
haya golpeado ni herido, pues ni siquiera llevaba bastón".
Sobre esta base levantamos numerosísimas y muy respetables
pruebas, resultando contestes en nuestro favor todas las
declaraciones. Uno de los declarantes acertó a ser José Manuel
Marroquín (después insigne filólogo, poeta satírico y jocoso muy
notable, y académico), y con tal motivo trabamos cordial amistad,
que en treinta y cinco años ha sido inalterable y es una de las que
tengo en mayor estima y agrado.
Dicho declarante, que había sido testigo presencial del suceso
de la Peña, llevó el juego de palabras hasta decir en su
declaración: "Yo lo vi todo perfectamente muy de cerca, y no solo
me consta y aseguro que ni Izquierdo detuvo el caballo del italiano
cogiéndole las riendas, ni Samper le dio golpe alguno, pues ni
tenía bastón, sino que estoy cierto que el golpe y la herida fueron
solamente obra de la
|cabeza del caballo". El testigo
aludía mentalmente a la cabeza del caballo de bronce que tenía el
bastón de Izquierdo, pero ostensiblemente parecía aludir a la
cabeza del caballo encabritado del cocinero... Por la cuenta, el
hombre de ingenio se revelaba ya en una simple declaración
judicial.
Ello fue que el juez nos absolvió de la instancia, y que aquel
percance de 1846 no tuvo consecuencias, bien que me sirvió para
practicar algo la abogacía, antes de ser recibido de abogado. No
deja de ser el foro en todas partes, y especialmente entre
nosotros, una cuestión de trocatintas y confusiones, voluntarias o
involuntarias, de nombres, hechos o cosas.