ESTADO PSICOLOGICO
Por aquel tiempo, -quiero decir, de mediados de 1844 a fines de
1846-, mi espíritu se hallaba, sin caer yo en la cuenta, en
situación muy crítica. El demonio de la curiosidad, que parece ser
exclusivo tentador de las mujeres, pero lo es de todos y en todo
tiempo, se había apoderado de mi alma; yo sentía la sed de lo
desconocido y una constante inquietud mental y moral que me inducía
a un trabajo incesante de investigación de cuanto me rodeaba, para
ir descubriendo cada día algo más entre lo mucho que ignoraba. Por
lo mismo que el amor, la poesía, las letras y la inclinación a las
cosas políticas me preservaban de caer en ciertas debilidades que
corrompen el corazón del joven y aun le degradan a las veces, yo
estaba en gran peligro de exagerar el trabajo de mi mente y
llevarlo demasiado lejos.
Con motivo de mis estudios de Economía política y Derecho
internacional (materias que, con la ciencia de la legislación y las
ciencias constitucional y administrativa eran mis predilectas), yo
compraba cuantos libros podía, unos sobre literatura y otros sobre
derecho y ciencias sociales, porque deseaba tener conocimientos
mucho más extensos que los que podía derivar de los textos
universitarios. La tienda donde se encontraban mejores libros era
la del doctor Andrés Aguilar, y yo iba con frecuencia a comprarle
los que necesitaba.
El doctor Aguilar era un solterón raro y curioso, poco amigo del
ruido mundanal y al propio tiempo muy sociable. Era conservador en
política y en religión completamente ateo (quizás el único sincero,
convencido y modesto que yo haya conocido); leía mucho, y su
conversación era siempre un extraño tejido de circunloquios,
agudezas dichas con seriedad y paradojas increíbles. Un día que le
compré no sé qué obra nueva me dijo, con aquel acento sacudido y
como soltado por fracciones, que le era propio:
-He notado, amiguito, que usted es muy aplicado a leer buenos
libros.
-Así es, señor doctor, -le respondí.
-Me intereso mucho por la sólida instrucción de usted.
-Mil y mil gracias, señor doctor.
-Deseo que usted eduque su espíritu con método, porque en la
universidad no hay libertad ni método para enseñar.
-¿Y cómo cree usted, señor doctor, que debo estudiar?
-Yo voy a suministrar a usted una serie de obras muy
interesantes que le proporcionarán mucha luz y mucha fuerza de
espíritu. Y para comenzar, tome usted este librito, que es
precioso.
Me dio al punto un tomito que tenía este título: "
|Ensayo
sobre las preocupaciones", por Dumarsais.
Este libro tan pequeñito contenía ... una enorme cantidad de
veneno. El inició positivamente la modificación de mi alma,
conduciéndola a la incredulidad de un estéril deísmo!
En breve el doctor Aguilar, con la mejor buena fe del mundo,
según creo y lo creí siempre, me proporcionó sucesivamente todas
estas obras:
|Deontología y Legislación, de Bentham.
|Ideología, de Destut de Tracy.
Las Ruinas, de Volney.
|Moral universal, de Holbach.
|El Emilio y el Contrato social, de Rousseau.
|Diccionario filosófico, de Voltaire.
Varias obras de Diderot y D'Alembert.
|Historia de la decadencia del imperio romano, por
Gibbon;
Y otras que he olvidado.
Con absoluta ingenuidad diré que hasta entonces mis creencias
religiosas no habían sufrido alteración. Yo era creyente sin
ninguna ciencia religiosa, tal como mi madre me había formado: con
frecuencia rezaba al acostarme; oía misa con puntualidad y alguna
devoción; cada año me confesaba y comulgaba, y no había procurado
embrollar mi espíritu con investigaciones metafísicas ni
cavilaciones relativas a lo sobrenatural. Yo aceptaba y amaba a
Dios y creía en El como católico, sin entusiasmo y sin darme cuenta
de ningún problema religioso, es decir, por fidelidad a mi madre y
a mi infancia y por costumbre, y no poco por sentimiento, pues el
amor y la poesía mantenían en mi alma el instinto religioso. Pero,
en realidad, yo no tenía entonces ninguna convicción religiosa.
Sin embargo, tres cosas me movían a irritación o a ciertos
arranques de burla volteriana: el rigor con que en la universidad
nos habían pretendido
|imponer unas prácticas religiosas
que debían ser voluntarias; la presencia y los progresos de los
jesuítas en el país, a quienes yo detestaba, no como a sacerdotes,
sino por espíritu de partido, considerándoles como auxiliadores
políticos del partido conservador; y las costumbres del clero de
Bogotá, que me parecían en mucha parte grotescas.
pero a medida que fui leyendo los libros comprados al doctor
Aguilar y que éste me había recomendado, fue poco a poco
apoderándose de mi alma un doble sentimiento: una gran desconfianza
dé todo lo que tradicionalmente había tenido por verdades, -que
empecé a mirar como a fruto de inveteradas preocupaciones-, y una
ardiente curiosidad, ya confundida con mi ideal poético, de sondear
los misterios del pensamiento, de la conciencia y del mundo
sobrenatural. No tardé mucho tiempo el pasar de estos sentimientos
a una cosa indefinible y amarga que contrariaba mis más bellas
ilusiones: la
|duda, especie de claro-oscuro formado en el
alma, de vacilación y vaguedad de pensamiento, que a las veces me
exasperaba interiormente.
Ello fue que al cabo de tres años de aquellas lecturas y
cavilaciones, de aquella desconfianza respecto de lo conocido antes
y aquel continuo dudar, teniendo un carácter entusiasta y
comunicativo, franco e ingenuo, emprendedor y resuelto, no hallé
otro camino para salir (así lo imaginaba) de mi difícil situación
psicológica, sino este: la incredulidad, y por lo mismo, el
alejamiento moral y material de la comunión católica y de toda
práctica religiosa. Aun no era ciudadano de la república, en 1848,
cuando ya repudiaba yo la autoridad de Jesucristo, refugiándome en
un deísmo contradictorio y confuso que yo mismo no acertaba a
explicarme.
Pobre doctor Aguilar! Quién le hubiera dicho, cuando de buena fe
trataba de inocular su ateísmo, que diez y seis años después el que
era en aquel tiempo presidente, Mosquera, hecho jefe del partido
liberal y dictador, le había de enviar al patíbulo por sorpresa,
sin darle tiempo para pensar en Dios, acusándole del delito de
servidor de la causa de los "clericales y fanáticos!, Confío en que
el doctor Aguilar salvaría su alma, por dos razones: primera,
porque fue un hombre veraz, caritativo y honrado; segundo, porque
su martirio, el horrendo asesinato político de que fue víctima, le
haría implorar silenciosamente, por un minuto siquiera en el
momento supremo, la misericordia divina, y Dios no se la negaría...
Cuántas veces toda una vida de incredulidad puede ser rescatada en
un minuto de arrepentimiento, de oración y fe!
Para mayor desgracia mía, algún amigo me prestó dos libros que
causaron en mi a
|lma grande estrago: el
|Fausto y
el
|Werter de Goethe. El primero me hizo sentir más que
ninguna otra lectura el terrible aguijón de la curiosidad, y al
propio tiempo que me la excitó me causó amargo desencanto. El
segundo exaltó en mi alma el romanticismo suscitado por Zorrilla,
Espronceda y Víctor Hugo, pero me llenó de melancolía, y melancolía
tanto más dañosa, por ser artificial, cuanto estaba en
contradicción con mi genio alegre y confiado, expansivo, optimista
y resuelto. Mis poesías de aquel tiempo daban idea de un absurdo
desencanto de la vida, que era puramente obra de la imaginación,
excitada por imprudentes lecturas y locas cavilaciones.
Rarísimo era en mi época de estudios el estudiante que tenía
comodidades y gastaba lujo. Por acomodados que fueran nuestros
padres, nunca nos suministraban, según las ideas de su generación
(la generación libertadora que conquistó la Independencia y creó la
república), sino lo estrictamente necesario para nuestro
alojamiento y vestido, así como para comprar los textos de
enseñanza, los útiles de escritorio, etc. Jamás (y perdóneseme que
repita estas cosas) usamos (salvo casos muy excepcionales de
estudiantes ricos y bien dotados) bastón ni casaca, ni reloj, ni
joyas de ninguna clase, ni mucho menos caballos, binóculos u otras
superfluidades. Vivíamos contentos con nuestra pobreza o medianía,
que la capa encubría en la calle (cuando no el tradicional capote
de tartán de lana, muy ligero, a cuadros rojos, verdes, azules y
amarillos muy vivos); y cuando teníamos una peseta que gastar nos
sentíamos dichosos. No pocas veces yo (que por consideración a mi
padre vivía muy modestamente) hube de vender algún libro literario
para procurarme los cuatro, seis u ocho reales indispensables para
ir al teatro, entretenimiento que me encantaba sobremanera.
Conviene señalar aquí un rasgo que caracterizó mucho a la
juventud de mi tiempo, y con el cual ha contrastado la índole de la
moderna juventud colombiana. Sin desconocer que la regla tiene
muchas excepciones, no puede negarse que la juventud actual se
distingue por la frivolidad, y la impaciencia en la ambición: la
frivolidad, entre los hijos de familias conservadoras, seguramente
por falta de horizontes y de medios políticos para elevarse; y la
ambición, entre los jóvenes liberales, acaso porque estos han
contado o cuentan demasiado con el favor de las instituciones, del
poder que han tenido los partidos liberales y del espíritu del
tiempo.
La juventud conservadora, educada con ejemplos piadosos y
enseñanzas cristianas, no ha caído en las miserias de la
incredulidad ni en el envilecimiento del sensualismo; pero teniendo
cerrados todos los caminos, y principalmente el de la política, que
entre nosotros abre y complica todas las carreras, se ha estancado
en su desarrollo moral e intelectual, cayendo en la frivolidad, así
en sus costumbres, inclinadas al lujo vano, como en sus ideas.
La juventud liberal, al contrario, -mejor dicho, radical-, no es
frívola, sino intelectualmente inepta, no obstante su audacia y
presunción, y en lo moral muy poco escrupulosa, sin ideal alguno ni
elevación ni delicadeza de sentimientos. Educada con ejemplos
patentes de desprecio por toda religión, de violencia en el
gobierno y desdén por el deber y el derecho, y con enseñanzas
sensualistas y de un utilitarismo que envilece las almas y degrada
los caracteres, se ha habituado desde temprano a despreciar todo lo
grande y noble, a solicitar únicamente el goce, a no estimar otro
ideal que la satisfacción del deseo ambicioso, sin tener la menor
idea de la grandeza y la gloria del sacrificio. Además, ha tenido
abierto desde temprano el camino de la política, y viendo que todo
le es fácil, su precoz ambición se ha dejado llevar de la
impaciencia hasta escandalizar con su audacia en las aspiraciones,
sin escrúpulo mostradas.
Nunca en la universidad, de 1843 a 1847, fuimos ambiciosos, ni
participamos de ningún acto de corrupción política. Ninguno de
nosotros pretendió ser diputado ni obtener otro empleo, ni vivir a
expensas de la nación, y en las elecciones populares nunca
intervinimos en fraude alguno ni en motines o tumultos que
violentasen el sufragio. Por instinto y por educación éramos casi
todos muy galantes para con las damas y muy corteses delante de las
personas respetables. Jamás se nos vela en los billares, ni
frecuentando las tiendas donde otros practicaban la intemperancia;
pero siempre vivíamos alegres y de buen humor, contentos con
nuestra suerte y sin mostrarnos pretensiosos, pedantes ni
egoístas.
Por diciembre de 1845 estuvo muy de moda la vecina aldea de
Chapinero, donde muchas familias distinguidas pasaban una
temporada, tratándose con franqueza y cordialidad y divirtiéndose
mucho. Con frecuencia hacían allí deliciosos bailes a escote, cuyos
|alfereces los costeaban por turno. Los jóvenes de pocos
recursos iban a pie. Varios estudiantes entusiastas por el baile,
que ni teníamos caballos ni queríamos andar a pie por entre el
polvo o el barro en un trayecto de una legua, resolvíamos el
problema adoptando un término medio. Hacíamos recoger en la
plazuela de San Diego cuantas burras de alfareros andaban sueltas,
las atábamos con cuerdas y nos servíamos de nuestros viejos capotes
o de nuestras ruanas de viaje como de sillas o aperos de montar. Al
llegar cerca de Chapinero, encerrábamos las burras en un solar, nos
acepillábamos la ropa, nos presentábamos muy frescos y acicalados
en el baile, bailábamos hasta las cuatro de la mañana, y en San
Diego, de regreso, dejábamos en libertad las burras. Qué mala idea
no habrían tenido de sus amorosos estudiantes las señoritas que
eran objeto de nuestros galanteos, si hubieran sabido que el amor o
la galantería nos hacían ir a verlas
|caballeros en burras!
Cuántas veces la causa más poética no es servida por los más
prosaicos medios!