SITUACIONES CRITICAS
Comencé el año de 1845 matriculándome para seguir los cursos de
economía política y derecho internacional, después de haber hecho
los de derechos romano y civil y derechos constitucional,
admnistrativo y penal. Al ganar estos cursos había obtenido, como
llevo dicho, el grado de bachiller en jurisprudencia; y a decir
verdad, en lo tocante política, asunto sobre el cual hablaba yo
hasta por los codos con el más vivo interés, bien merecía que me
llamaran
|bachiller.., en sentido irónico y burlesco.
Un viejo liberal, abogado, hombre de espíritu muy
revolucionario, escritor mediano, de genio zumbón y epigramático,
austeramente honrado, pero de muy fuertes pasiones -el doctor Juan
Nepomuceno Vargas-, alto, flaco y bilioso, había fundado un
periódico de oposición, intitulado
|La Noche, como para
contrastar con
|El Día, que era ministerial. Curioso era
que
|El Día fuese órgano de los conservadores, llamados
"retrógrados", y
|La Noche lo fuese de los liberales o
"progresistas,. Desde que comenzó a salir a luz "
|La
Noche", fui a casa del redactor y le dije: "Soy José María
Samper, y deseo colaborar en el periódico de usted, aceptando todo
riesgo,. El doctor Vargas me admitió de mil amores, mayormente
cuando tenía mucho aprecio por mi familia y había sido amigo de mi
tío Juan Antonio.
Comencé, pues, a escribir artículos para
|La Noche,
suscribiéndolos con pseudónimos, y rompí la marcha con una serie
metódica de ataques dirigidos a los jesuitas. El periódico hizo
mucho ruido, y yo senté plaza de periodista en la universidad; sin
perjuicio, eso sí, de la poesía, que en mucha parte dominaba mí
corazón y absorbía mí pensamiento.
La llamada "cuestión jesuitas, había venido a ser asunto de
capital importancia para el país. Fuese movido por miras políticas,
si por suerte los jesuítas podían servir a ellas directa o
indirectamente; fuese por corregir en las costumbres y la educación
social los defectos y vicios que no había podido corregir el clero
nacional, el doctor Mariano Ospina había creído necesario traer
misioneros al país en número considerable. Así, en su calidad de
secretario del interior, había propuesto y obtenido en 1842 una ley
que autorizaba al gobierno para hacer venir aquellos
misioneros.
He oído afirmar a sujetos respetables que, habiendo sido
interpelado el doctor Ospina acerca de sus intenciones, había
prometido que los dichos misioneros no serían jesuitas, y que a
mérito de esta promesa fue otorgada la autorización; pero nunca he
podido verificar con documento oficial alguno la exactitud de
aquella afirmación.
Sea esto como fuere, es lo cierto que el gobierno se apresuró a
traer jesuítas y a establecerlos con colegios seminarios en los
principales centros de la república: Bogotá, Medellín y Popayán; y
tal fue la pasión que a poco se apoderó de todos los ánimos, así en
favor como en contra de la Compañía de Jesús, que en breve hombres
y mujeres, ancianos y niños nos distinguíamos más por los
calificativos de jesuita y antijesuita, que por los de retrógrados
y progresistas, o ministeriales y oposicionistas. Hubo luego
fanáticos del odio a los jesuítas, lo mismo que fanáticos en la
admiración e idolatría; y ellos supieron despertar el entusiasmo
religioso y apoderarse en gran parte de la enseñanza pública, sin
ofrecer por esto motivo ni pretexto para que se les tachara con
justicia.
Lo que en ellos, excelentes sacerdotes españoles, se miraba mal,
era la institución; y los liberales de entonces la detestábamos con
una intolerancia que llegaba hasta el odio, y no pocas veces hasta
la diatriba, la injuria y la calumnia; con lo cual se patentizaba
que en nuestro país el espíritu liberal andaba reñido con el de
tolerancia. Los contrarios no eran menos intolerantes, y llamaban
impío y enemigo de la religión a todo el que se mostraba adverso a
los jesuítas.
Ello es que aquellos buenos sacerdotes, que enseñaban mucho y
bien y se distinguían por sus intachables costumbres y su habilidad
de predicadores, vinieron a servir como de bandera política. La
religión quedó así complicada con la política, y ésta con la
religión, y nuestros partidos tomaron desde entonces un aspecto
como de sectas enemigas. Era una gloria fructuosa el defender con
calor a los jesuítas, y el atacarles un acto de valor y audacia; de
suerte que la prensa tomó el más apasionado giro y áspero lenguaje,
en pro y en contra de la Compañía de Jesús. Nada podía ser más
pernicioso que esta situación de la política, así para la causa de
la libertad republicana como para la del catolicismo.
Fundándome en la
|Mónita secreta, libro que yo tenía por
auténtico, califiqué de "infames", en uno de mis artículos de
|La Noche, ciertas doctrinas de los jesuitas, y traté muy
rudamente a San Ignacio de Loyola. El artículo en que tal cosa hice
fue asunto de queja oficial del Nuncio, y el general Mosquera, a la
sazón presidente de la república, mandó inmediatamente, por medio
de su secretario de relaciones exteriores, general Eusebio Borrero,
que se promoviese acusación de oficio contra mis artículos. Cumplió
la orden el agente fiscal, que lo era entonces el doctor Alejo
Morales, y mis escritos fueron denunciados ante el juez; con lo que
me vi amenazado, tan luego como se diese a luz mi firma de autor,
de ser sometido a un ruidoso juicio de imprenta. Pero esto, lejos
de asustarme, me causó placer, pues, fuese por patriotismo, fuese
por vanidad, gozábame con la idea de ser perseguido y sufrir,
cuando era un mozuelo de 17 años, por servir a lo que llamaba "la
causa de la libertad"; y no poco me halagaba la esperanza de meter
mucho ruido con mi defensa, hacerme conocer como periodista y ganar
aplausos de los liberales y antijesuítas.
Reunióse el jurado de acusación, consideró mis artículos, que el
agente fiscal había denunciado por los delitos de "blasfemia y
herejía" -blasfemia contra un santo de la Iglesia, y herejía contra
una máxima de Jesucristo-, máxima que yo había vituperado sin saber
que estaba en los Evangelios, y halló que no había lo uno ni lo
otro, sino declamaciones sin consecuencia; por lo que aquel jurado,
de cuyos siete miembros tres eran beatos calificados y solo dos
liberales (uno de éstos el doctor Zaldúa) declaró, por
|unanimidad de votos, no haber lugar a formación de causa.
Algo chasqueado quedo yo, por cuanto se me escapaba una ocasión "de
lucirme", según creía; pero sí saqué en limpio del incidente, que
por entonces eran más liberales o mas respetuosos por la libertad
del pensamiento y de la prensa los conservadores y beatos, que el
general Mosquera y el general Borrero, éste, candidato presidencial
de los liberales, adoptado y sostenido en 1844 y 1845.
¡Y cómo cambian los tiempos y los hombres! ¡Quién me dijera
entonces que habían de llegar épocas en que el doctor Morales
figuraría como un valeroso general liberal, y que desde 1861
Mosquera sería el más terrible enemigo de los jesuítas y de la
Iglesia católica. En cuanto a mí, ya se verá por este libro a qué
circunstancias políticas y personales hube de llegar.
El año de 1844 había sido de alguna agitación política. Agobiado
y desorganizado como estaba el partido liberal, ni aun pudo tener
candidato propio en la elección de presidente de la república; pero
queriendo tomar parte en ella, escogió entre los candidatos
"ministeriales" (que entonces no existía la denominación de
"conservadores") el que le pareció menos adicto a los principios
del gobiernos Eran candidatos los generales Mosquera y Borrero y el
doctor Cuervo, y los liberales, como dije, optaron por el segundo.
La lucha fue pacífica y casi toda de periódicos, y yo fui un
|borrerista entusiasta por extremo. Escribí mucho contra
Mosquera, et candidato temible, por ser hombre de espada y por las
influencias oficiales y de familia que tenía a su favor, y ya que
no podía votar por falta de edad, hice en las elecciones primarias
toda la bulla posible.
Mosquera fue elegido, y llegó al gobierno, el 1º de abril de
1845, con algunas veleidades de reformador, bien que en un
principio solo se rodeó de sus copartidarios. Algún tiempo después,
hallando entre estos resistencias, metió la cabeza por el camino de
las reformas y liberalizó mucho su política.
Un incidente curioso pondrá aquí de manifiesto el exceso de
llaneza de nuestras costumbres y el poco respeto que se tiene aquí
por la autoridad, sobre todo cuando ella no se hace respetar.
Sabiendo Mosquera que no era popular en Bogotá, promovió unas
ruidosas fiestas, en julio del 45, para celebrar el trigésimo
quinto aniversario de la independencia nacional, y todos los días
presidió las cabalgatas, los encierros y las corridas de toros,
gastando dinero con profusión. Queriendo hacerse popular
principalmente entre la juventud, en uno de los días de fiestas
hizo servir en plena plaza un gran refresco y mandó que invitasen a
todos los jóvenes decentes a tomar con él una copa de champaña.
¡Quién dijo tal! En pocos momentos el general presidente, que ya
tenía en la cabeza algunos humos, se vio rodeado de cachacos y
estudiantes, y en su gozo se puso a perorar y beber con todos
nosotros. En breve se achispó en regla.
Me alcanzó a ver, y como a él nada se le escapaba y sabía que yo
le había combatido por la prensa y le hacía alguna oposición,
llamándome por mi nombre en diminutivo y dándome una copa llena, me
dijo:
-Sampercito, venga usted a beber con "el temible general", como
usted me ha llamado. Quiero que seamos amigos y vea usted de cerca
que no soy temible, sino muy franco, republicano y amable.
-Bueno, señor general -repuse con desembarazo-. Si usted no es
ya "el temible", sino "el amable", beberé por usted personalmente,
pero no por su gobierno.
-Corriente! -gritó un
|cachaco.
-Viva
|Mascachochas! gruñó
otro.
|(1)
-Vamos! Un brindis en alta voz por
|Mascachochas!
-añadió un tercero.
-Lo acepto, con sobrenombre y todo, -contestó el general
presidente.
Entonces, entre varios cachacos me subieron sobre la mesa del
refresco. Todos estábamos más que alegrones, y yo brindé así:
-Señores, porque el presidente lleve adelante su programa de
reformas, fomentando el progreso de la república y su emancipación
liberal, para que un día, en vez de darle el apodo de
|Mascachochas, le llamemos con justicia: el Regenerador de
la Patria!
Estallaron los aplausos, y el general Mosquera anduvo loco de
placer en medio de la inmensa turba de estudiantes y cachacos, más
o menos achispados como él.
¿No era esta escena tan propia de la índole del general Mosquera
como característica de nuestras costumbres?
Al día siguiente del de la escena que acabo de narrar me ocurrió
un incidente que puso en peligro mi vida y me dio cierta
notoriedad. Estábamos en la corrida de toros, y en cierto momento,
yendo yo de paseo por el interior de la liza con un compañero de
colegio, Juan de Dios Ortiz, tuvo este joven el loco antojo de
lanzarse a torear súbitamente y provocar al toro, que era un
grande, tosco, rugoso y feroz animal de crespo pelaje, de la
renombrada raza de la "Conejera". Apenas sí Ortiz había llamado al
toro, muy cerca de mí y a considerable distancia de la barrera,
cuando la fiera se abalanzó violentamente sobre nosotros, y como
aquel no acertó a defender el cuerpo, el toro le cogió enmedio de
los cuernos y le dio tan rudo golpe que le hizo volar alto y caer
por tierra como una masa inerte. Mas quiso el animal cebarse en su
víctima y se lanzó a despedazarla en el suelo No pensé lo que
hice, y considerando el peligro de mi amigo, envolví mi pañuelo en
mi varita o bastoncito y me arrojé sobre el toro para apartarlo de
Ortiz.
La horrible fiera partió entonces sobre mí como un rayo, cuyo
relámpago ví en sus ojos de fuego. No perdí la serenidad ni el
terrible punto de vista, y como era ágil y había toreado cuando era
muchacho, saqué bien el lance. Un ruidoso palmoteo estalló en toda
la plaza. que me animó mucho, y la escena fue interesante, porque
el toro se empecinó en embestirme sin darme tiempo para huir. Si
había hecho el primer lance por salvar a Ortiz, tenía que hacer
otros por salvarme yo mismo. Once o doce veces me embistió el toro,
y siempre me defendí con agilidad, en tanto que todos me aplaudían
y que sacaban de la plaza a Ortiz como muerto. Al cabo llegaron en
mi auxilio varios toreadores, y uno de ellos muy renombrado,
llamado el negro
|Justo, llamó la atención al toro y me
libró de sus ataques. A Ortiz, a quien llevaron a la casa más
cercana, -la quinta de don Mariano Calvo-, le administraron una
sangría copiosa, un baño y otros remedios, le volvieron a la vida,
y dos semanas después estuvo bueno y sano.
Al día siguiente jugaba yo a la pelota en uno de los claustros
de San Bartolomé, cuando me avisaron que una señora preguntaba por
mí en la portería: salí al punto a verla, y ella, al saber que yo
era el joven a quien solicitaba, se arrojó a mis brazos llorando...
Era la madre o la abuela de Juan de Dios Ortiz (no estoy seguro
sobre la persona) que iba a darme las gracias por haberle salvado
su hijo... Aquel abrazo y aquellas lágrimas recompensaron con usura
mi acto de abnegación impremeditado. Pobre Juan de Dios! En vano le
salvé entonces la vida: rindióla después gloriosa. mente, por
defender su causa política, en 1861, en la sangrienta batalla de
Subachoque, donde tantas preciosas vidas pagaron su tributo al
furor de la guerra civil, hija de la ambición y el despecho de unos
y de la obstinación política de otros.
|
(1)
|
Tenía Mosquera ete apodo popular, a causa de su modo de hablar,
motivado por la fractura de una quijada.
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