RECUERDOS LITERARIOS Y
OTROS
Mis conversaciones con Salvador Camacho Roldán eran de todos los
momentos y siempre íntimas y cordiales, y nuestra vida común
subsistió en 1844 y 1846. Aun en nuestras camas seguíamos charlando
después de acostarnos. El trabajaba en una tienda de ferretería y
especería, con lo que a duras penas podía sostener a su padre
desterrado y su familia; y al propio tiempo seguía los mismos
cursos que yo en la universidad. Estudiaba, pues, de noche con suma
asiduidad, no pudiendo hacerlo de día, y por esta causa contrajo
una irritación crónica en los párpados, de la que nunca se ha
curado por completo, porque nunca ha dejado de estudiar. Mostraba
Camacho desde entonces clarísima y fuerte inteligencia, mucho
espíritu de análisis, memoria asombrosa para todo, un profundo
sentimiento de probidad y dignidad, mucha viveza de imaginación, un
carácter tan impresionable para el optimismo como para el
pesimismo, y una marcada inclinación a las ideas absolutas. Tanto
le encantaba la lectura de los buenos poetas como se aplicaba al
estudio del derecho; y tenía mucho de soñador generoso, con fuerte
afición a las investigaciones estadísticas. Sin embargo de su gusto
por la poesía, me hacía constantemente burla por mi furor literario
y poético, seguramente porque lo que le gustaba en poesía era lo
bueno y sublime. Casi todas las mañanas me preguntaba:
"
|Tostado ¿cuántas centenas de versos has confeccionado
anoche? ¿Qué tal de novelas dramáticas y dramas novelescos?"
Y en realidad yo comenzaba con furor esta vida de
|Tostado que no ha cesado para mí en treinta y ocho años.
Escribía discursos para tribunas imaginarias; componía versos en
todos los metros posibles y aun imposibles; borrajeaba dramas,
comedias y novelas cuyo menor defecto era una inverosimilitud
fabulosa; y en todo aquello dominaba un romanticismo
|corrilesco que me hacía ver cadáveres entre las flores,
escombros en lo más ameno, tempestades en el silencio de mi
tranquilo cuarto de estudiante, y sombras y tinieblas en torno de
la risueña luz de mi juventud. De los quince a los diecinueve años
produje una increíble cantidad de versos, y los menos malos y
detestables (como la décima parte del inmenso fárrago) los di a la
estampa en 1849, en un malhadado tomo de 200 páginas, que ojalá no
hubiera contenido más de ocho o diez! Allí estaban la expresión de
mis candorosas pasiones, mis ensueños y esperanzas de los días del
comienzo de la vida, y sin embargo, aquel
|factum juvenil
se intitulaba:
|Flores marchitas, como para significar que
a los 19 años de edad ya todo había muerto para mí!...
El romanticismo me asfixiaba, falseando la sencilla
manifestación de mis sentimientos, y haciéndome escribir mil
dislates. Y con todo, no deploro mis
|Flores marchitas ni
me avergüenzo de ellas como poeta: fueron mis ensayos y estrenos,
mis primeros esfuerzos para formarme sin maestro ni guía, y por
algo había de comenzar. Acaso no he pasado nunca de ser un mediano
poeta; pero... cuán grande no es la distancia que hay de los
|Ecos de los Andes a las Flores marchitas y de los Ultimos
cantares a los Ecos de los Andes mismos! He aprendido a pensar
y progresar a fuerza de amar, sufrir y trabajar, y para obtener
algunos triunfos he tenido que pasar por muchas derrotas,
infligidas.., por mí mismo en su mayor parte.
Algo de vanidad muy tonta (por distinguirme entre mis
condiscípulos), y el deseo de ser leído por... aquel par de grandes
ojos que en el certamen del Colegio de la Merced se habían
enseñoreado de mi mente, todavía como en estado plástico, me
movieron a publicar algunas poesías en los periódicos, desde 1844.
Muchas inepcias y rapsodias literarias publicaba la prensa en aquel
tiempo, sin que nadie parara mientes en ellas; y sin embargo,
apenas publicaba yo algo, cuando caían sobre mí, sin compasión,
ciertos criticastros, entre ellos dos de mis condiscípulos, que
fingían estimular mis ensayos y luego, a manosalva, por medio de
publicaciones anónimas, me atacaban. Confieso que sus burlas me
hacían saltar; pero me aprovecharon, no por lo que ellas me
enseñaran, pues solo las inspiraba un propósito maligno y nada
valían, sino porque me hicieron comprender que el modo seguro de
premunirme contra censuras respetables era estudiar, pensar bien lo
que escribía, limar mis escritos y reprimir el apetito desordenado
de publicidad.
Yo era ya bachiller en jurisprudencia (en 1845), grado que había
obtenido en noviembre del año anterior previo examen general de
hora y medía sobre los cinco primeros cursos. En aquel tiempo no
había habilitaciones ni condescendencias, y los grados eran bien
merecidos, porque había sumo rigor en todo. La disciplina diaria de
estudios y clases jamás se relajaba, y era muy rigurosa, sobre todo
por la frecuencia y seriedad de los exámenes y certámenes a que
éramos sometidos todos los alumnos para optar sucesivamente los
grados de bachiller, licenciado y doctor en cada facultad. Tuve la
buena suerte de salir con lucimiento en mis exámenes y grados, y
sobre todo, en los necesarios para la licenciatura y el doctorado,
así como para ser recibido abogado con diploma nacional.
Considero como un deber el consignar aquí un recuerdo, siquiera
muy somero, de los catedráticos que regentaron mis clases en los
nueve cursos de jurisprudencia que seguí para llegar al doctorado.
Eran los siguientes:
En derecho romano, el ilustre y benemérito doctor José Ignacio
de Márquez, jurisconsulto insigne que había brillado en todos los
campos de la vida pública, desde 1821, había sido presidente de la
república de 1837 a 1841. y sobresalía por su variado saber, su
elocuencia de grande orador y su piedad religiosa.
En derecho constitucional y administrativo, el doctor Manuel
María Pardo: bastante joven a la sazón, y que durante casi toda su
vida ha estado dedicado al comercio; hombre piadoso y de mucha
conciencia, muy honrado y estudioso, y siempre severo en el
cumplimiento de su deber y austero en sus costumbres, lo que no le
impedía ser muy sociable.
En derecho civil, el doctor Francisco J. Zaldúa, abogado
integérrimo, de conciencia incorruptible prodigiosamente aplicado
al estudio de la jurisprudencia, dotado de maravillosa memoria, y
que, habiendo sido pobrísimo, no obstante su procedencia de muy
notables familias, se había elevado en el foro y en la sociedad con
sus perseverantes esfuerzos, hasta muy alta posición, y era ya un
profesor de gran nota.
En derecho internacional y diplomacia, el doctor Rufino Cuervo,
personaje muy notable en el mundo político, y hombre de variada
ilustración, galante, agudo y florido en su lenguaje, perspicaz y
de mucho mundo, que igualmente brillaba en los salones y en los
gabinetes.
En derecho canónico y derecho penal, el doctor Estanislao
Vergara, un pozo de ciencia, la memoria hecha hombre, inmensamente
erudito, hasta ser como una biblioteca ambulante. Había sido
ministro de los gobiernos de Bolívar y Urdaneta, y ocupado altos
puestos en la magistratura; conocía a fondo, como pocos, todos los
incidentes y secretos de la historia nacional; trataba con paternal
cariño y suma benevolencia a los jóvenes de la universidad; gustaba
mucho de sazonar sus enseñanzas con anécdotas de crónica y de
historia en sus diversos ramos; y era el catedrático más popular
entre los estudiantes, por ser el menos puntual en su
asistencia.
En procedimiento y práctica forense, el doctor Ezequiel Rojas,
abogado muy notable y de rica clientela, perpetuo miembro de la
cámara de representantes, orador puramente dialéctico, y en este
género muy hábil y fuerte; economista y utilitarista insigne, que
con la mayor constancia y de muy buena fe había inoculado en la
juventud las doctrinas de Jeremías Bentham, y tenía el mérito de
ser en el país el más decidido y constante propagador de la
economía política. Con el tiempo su nombre tuvo más celebridad, con
motivo de ardientes y apasionadas discusiones relativas al
utilitarismo, tan funesto para Colombia.
En economía política tuve tres catedráticos sucesivos, por causa
de circunstancias personales que los hicieron alternarse: los
doctores Manuel Cañarete, Bernardo Herrera y Cerbeleón Pinzón.
El doctor Cañarete era hombre muy original: siempre estaba de
buen humor; se perecía por contar chascarrillos y anécdotas
chistosas, no obstante la disentería que le minaba; era la
integridad misma, como hombre y como magistrado, y se distinguía
por su agudeza picante y zumbona y su modo extraño de considerar la
filosofía de la vida.
El doctor Herrera, abogado y sujeto de muy clara capacidad, se
había dedicado principalmente a los negocios y servía la cátedra de
un modo ocasional. Era notable por su severa probidad, su genio
entre burlón y brusco, su liberalismo muy marcado, y su gran talla
y gallarda figura.
Por último, el doctor Pinzón era amable como una dama, humilde
como un cartujo, florido en su lenguaje como un jardín viviente,
honradote con sencillez, y aunaba a su talento flamante y su
patriotismo ajeno a la ambición, una palabra fácil y elegante, una
exquisita benevolencia y una robustez llena de lozanía que hacía
amar en él la vida y la dulzura.
De estos nueve catedráticos de jurisprudencia a cuyas clases
asistí, solo viven los doctores Pardo, Zaldúa y Herrera. A muertos
y a vivos tributo el homenaje de mi respeto y agradecimiento, por
lo que me enseñaron y los favores que me hicieron.