LA CASA DE UN HOMBRE
JUSTO
En la época de mi estreno en la oratoria vivía yo en una honrada
casa, como en familia, merced al favor con que en ella me había
recibido, en calidad de pensionista, la madre de uno de mis más
queridos condiscípulos. Su digno esposo se hallaba en Venezuela, y
si ella tenía el gobierno de la familia, su hijo mayor, aun
haciendo sus cursos en la Universidad, contribuía con su trabajo a
sostenerla. Meses después de hallarme instalado en aquella casa,
tomó al hogar el venerable anciano que de ella había faltado. Era
éste el doctor Salvador Camacho, antiguo servidor de la patria.
Estuvo desterrado de la república, únicamente por sus opiniones
políticas, a
|virtud de la inicua ley "sobre medidas de
seguridad, fruto del exceso de autoridad del partido vencedor en
1841; ley que servía para proscribir a los reos de pensamiento o
ideas liberales.
Entonces era el partido conservador (aunque sin este nombre,
pues simplemente se llamaba "ministerial") el que practicaba tan
deplorable política, o al menos la dejaba practicar por sus
servidores oficiales. Después, mutatis mutandis, hizo lo propio el
viejo partido liberal, cuando conquistó el poder; y a su vez,
cuando le tocó gobernar, el radical, durante muchos años, estuvo
persiguiendo y proscribiendo a obispos, clérigos y conservadores,
en tambre de la idea, de "la doctrina pura" y de los principios de
progreso... Así ha vivido nuestra pobre
|República
democrática, más o menos hasta principios de 1880, gobernada
con injusticia o violencia por las pasiones de partido. Pero,
tiranía por tiranía, paréceme más odiosa, por su hipocresía o su
cinismo, -que los extremos se tocan-, aquella que se ejerce en
nombre de la libertad e invocando las doctrinas más aparentemente
favorables al derecho.
El tiempo que pasé en la honrada casa a que me refiero fue el
más feliz y fecundo de mi primera juventud. La compañía de
Salvador, mi condiscípulo, me era tan grata como provechosa, porque
hablábamos de todo con intimidad, discutíamos cuanto lográbamos
leer, y nuestras almas, en cierto modo, se desarrollaban en
armonía. Yo trabajaba entonces con actividad febril, llenando
numerosos cuadernos y resmas de papel con mis precoces y
desordenados ensayos de literatura. Mi espíritu, como la mano del
niño que anda a tientas, buscaba el camino que le convenía, y no
pudiéndolo encontrar aún, erraba por diversos senderos y se diluía
en la exuberancia de una vitalidad casi monstruosa. Mis malos
versos y peores artículos de costumbres, mis discursos y ensayos
informes de novelas, dramas y romances, eran, respecto de la
literatura amena, lo que pudiera ser un campo húmedo, cubierto de
espesos matorrales, malvas y ortigas, comparado con un jardín de
bellas flores y esbeltos arbustos plantados con regularidad y buen
gusto.
El doctor Camacho pensaba, hablaba y se conducía como filósofo,
y sus costumbres domésticas eran patriarcales. Por ejemplo,
recuerdo una circunstancia que le era habitual: todos los días, al
tornar a su casa, compraba en una tienda cercana un voluminoso pan
de dulce que guardaba debajo de su capa; su mayor placer era
sentarse en medio de sus siete hijos y repartirles aquel pan. El
buen anciano hacía siempre ocho partes, y la octava era para "el
bachiller", como me llamaba familiarmente, no sé si aludiendo a mi
grado universitario o a mí charla. Aquella escena íntima,
diariamente repetida, era conmovedora por su sencillez y su
saludable significación. El digno anciano representaba su corazón
con el pan que repartía, y sus hijos aprendían a vivir y trabajar
unidos y a comprender el alto mérito que tiene la dignidad de la
pobreza. Yo, por mi parte, quería con gratitud y veneración al
honrado patriarca, y sus hijos eran para mí como hermanos. He sido
fiel a estos recuerdos, y espero que siempre lo seré.
Tenía el doctor Camacho temple de romano antiguo, ideas de joven
y corazón muy americano: su fe en la libertad y el progreso era
incontrastable, y nunca transigía con cosa alguna que le pareciese
contraria a la probidad de las ideas. Su credo político era una
religión, y la patria le parecía tan grande, como pequeño todo
sacrificio que se le hiciera. Era católico filósofo; jamás se
apartaba del amor a Dios y a la humanidad, ni del horror a la
superstición, la mentira, el dolor y la hipocresía, y nunca se
mostró intolerante. Pobre como era, se distinguía por el ejercicio
de la caridad. En sus últimos años acostumbraba caminar mucho a
píe, a tal punto que todos los días daba la vuelta alrededor de
Bogotá. Antes de comenzar sus largos paseos se llenaba los
bolsillos de pan, dulces secos y bizcochos, que repartía entre los
pobres muchachos que encontraba cerca de las chozas de los
alrededores, regañándoles dulcemente con palabras como estas:
"Toma, y no seas llorón"; "Toma, y lávate la cara"; "Lleva este pan
a tu madre, y no te estés ocioso por las calles".
Si el doctor Camacho me daba los más saludables ejemplos y
elevaba mi espíritu con sus consejos y estimulantes palabras, el
círculo de sus relaciones íntimas me abría en cierto modo un vasto
horizonte. Nada predispone tanto el ánimo de un adolescente a los
esfuerzos del patriotismo, como la vista frecuente y la
conversación de hombres que han dado a la patria páginas de gloria,
haciéndole servicios importantes. En las modestas tertulias del
doctor Camacho, siempre íntimas, se hablaba mucho de historia
nacional y de política; y aquellas conversaciones de hombres de
avanzada edad, liberales de temple muy probado y que tenían notable
papel en la escena política, me instruían sbre muchas cosas
importantes y contribuían a formar mi carácter y mis ideas.
La casa del viejo patriota, visitada siempre por hombres
ilustres, estaba llena de recuerdos. Dos cosas me impresionaban
particularmente: un excelente retrato de Santander, y un estrecho
corredor alto donde este gran ciudadano estuvo paseándose, en la
noche del 25 de septiembre de 1828, lleno de tristeza y angustia,
en tanto que se oían los tiros del combate trabado por los
conspiradores. El doctor Camacho tenía la convicción de que
Santander, no solo no tuvo parte alguna en aquella terrible
conspiración, sino que la desaprobó resueltamente, al sospecharla
no más, y la consideró como calamitosa aun antes de su sangriento y
doloroso desenlace.
Entre los tertulios de la casa recuerdo a tres como los más
notables: el general José María Mantilla, el general Antonio
Obando, y el doctor Romualdo Liévano. Una o dos veces ví también al
doctor Diego Fernando Gómez, republicano impetuoso, hombre de gran
capacidad, de integridad inflexible, de mucho saber, de carácter
áspero, y sin embargo locuaz, chistoso en su conversación y muchas
veces jovial en su trato y su lenguaje.
Oir al general Mantilla en tertulia familiar, era lo mismo que
oírle discurriendo en el Senado, donde había figurado
constantemente en representación de la antigua provincia de
Pamplona. Nunca peroraba: conversaba siempre, y consideraba la
tribuna como una silla poltrona, en la que se arrellanaba a sus
anchas para platicar con sus colegas y los secretarios de Estado.
Sus reflexiones eran siempre dichos, proverbios, fábulas y
cuentecitos, y sus recursos oratorios, sarcasmos llenos de
oportunidad y de agudeza bonachona. Así, cuando él pedía la palabra
todo su auditorio se preparaba a reír. Tenía el don de picar mucho
a sus adversarios o contrincantes, sin que éstos pudieran
desquitarse del mismo modo, porque él conservaba inalterable calma,
o si acaso la perdía por momentos, rara vez dejaba conocer su
irritación.
Alto, grueso, aventajado de abdomen y notable por su fisonomía
amable y maliciosa, (algo semejante a la del célebre don Andrés
Bello) y su aire de bondad y tolerancia geniales, tenía la apostura
menos marcial que se puede imaginar. No se notaba su categoría
militar, sino por la serenidad y la independencia franca y ruda con
que expresaba sus opiniones, desafiando toda contrariedad u
oposición. Era hombre verdaderamente civil, aunque mucho más
hombre de partido que de ideas elevadas, y no consideraba sus
servicios militares, sino como actos ejecutados por un ciudadano en
el pleno ejercicio de su libertad republicana y en cumplimiento de
su deber como patriota.
Tuvo larga vida y por mucho tiempo intervino en la política del
país, en circunstancias graves y sirviendo altos empleos; y sin
embargo murió muy pobre y casi olvidado, y al bajar a oscuro
sepulcro no obtuvo su nombre, ni ha obtenido después, los honores
que merecía. Esto prueba que fue hombre de bien y que no cortejó la
popularidad. Era liberal a la antigua, y sus ideas políticas se
habían aferrado al programa de 1832. Así, ni aceptó ni pudo
comprender el radicalismo de 1852 a 1854, que le pareció peligroso
y funesto. A fuer de hombre de partido, y por lo mismo poco
doctrinario, su patriotismo suspicaz se alarmó con un movimiento
reformador que, en su concepto, se extraviaba por exceso de
liberalismo y preparaba la ruina del partido liberal. Ello fue que,
apartándose por primera y única vez del camino del deber, tuvo la
desgracia de apoyar el movimiento reaccionario encabezado en 1853
por el general Obando, y luego la insurrección de Melo, en 1854, y
estas faltas le acarrearon su muerte moral.
Nuestros partidos, intolerantes por extremo, a las veces
envidiosos, juzgan a los hombres políticos del propio modo que el
vulgo juzga sobre la virtud de las mujeres. ¡Ay del que llegue a
tener un desliz, en momentos de pasión o arrebato, aunque toda su
vida anterior haya sido de pureza, virtud y abnegación! El general
Mantilla había llamado la atención y merecido el respeto de todos,
amigos y adversarios, gracias a su larga vida llena de integridad y
patriotismo, de desinterés y constante lealtad a la república; pero
un día incurrió en la falta a que he aludido, y eso no como autor
principal, sino aceptando el hecho, y las turbas de Catones a la
|violeta en que abundan nuestros partidos se apresuraron a
llenarle de contumelia. Y sin embargo, ¡cuánta tolerancia no han
mostrado muchos de esos Catones respecto de algunos hombres audaces
y corrompidos, pero afortunados, que, teniendo habilidad para
mentir, intrigar, corromper e intimidar, han logrado imponer su
voluntad a la nación! Pero ¡ay! el general Mantilla era modesto, y
lo fue en su virtud como en su falta; y solo los que delinquen con
insolencia se hacen perdonar fácilmente!
Pero la posteridad debe hacer justicia al honrado patriota,
soldado de nuestra Independencia: su nombre debe ser venerado como
el de uno de los militares más puros, más generosos en sus
intenciones y sus actos, y más incontrastables en sus ideas
republicanas, que produjo nuestra gran revolución de 1810.
El general Antonio Obando había sido militar valiente y sufrido,
hombre útil en la administración, como secretario de guerra y
marina principalmente, y era patriota de inflexible firmeza en el
cumplimiento de su deber, y sobre todo hombre honrado. En su
semblante rudo pero respetable y digno; en su voz áspera y de
franca entonación; en la seriedad de sus maneras, y en la
austeridad de sus costumbres, tenía un no sé qué de antiguo y
patriarcal. Su modestia y filosofía en la vida privada, eran
conformes con la serenidad que había mostrado en los combates y la
entereza de su vida pública. El buen viejo Obando era uno de los
más valientes vencedores de
|Boyacá, fiel a la escuela
política de Santander y entusiasta admirador de la
|vieja
patria. Vivió y murió pobre, y supo siempre sobrellevar con digna
sencillez su pobreza; género de virtud que ya es raro en nuestra
sociedad.
Bien que liberal de antigua fecha y muy probado, el doctor
Liévano era casi de otra escuela: se inclinaba mucho más que
Mantilla y Obando a las innovaciones, y en esto pensaba como el
doctor Camacho, viejo de ideas juveniles. Hase notado entre
nosotros generalmente, y esto es natural si se hace cuenta del
medio moral en que cada cual vive, que nuestros militares, con
rarísimas excepciones, aun los más liberales, han tenido miedo a
las reformas; en tanto que los abogados siempre han procurado ir
más lejos en su liberalismo. De ahí la especie dé dualidad de
escuelas en que han aparecido nuestros liberales, presentando dos
grupos: uno en que sucesivamente se ha visto a Santander, Obando
(José María), Mantilla, etc.; otro en que han figurado hombres como
Azuero, Gómez y Murillo. ¿Será que el manejo de la espada y el
hábito del mando predispone al liberalismo estrecho, mientras que
el estudio de las leyes y el hábito de escribir inclinan el
espíritu hacia una concepción más amplia, pero a las veces errónea,
del derecho?
Las ideas del doctor Liévano eran en 1846 como un guión entre el
viejo liberalismo revolucionario de 1828 a 1832 y el radicalismo
doctrinario que reinó del 51 al 57. Hombre de modesta condición,
como tantos personajes entre nosotros, se había elevado a muy
notable posición social, merced a su clara capacidad, su
instrucción, su firmeza de carácter y su integridad. Era uno de los
más respetables abogados del país, y aunque no tenía dotes
oratorias particulares, hablaba en el foro y en las cámaras con
claridad, precisión, buena lógica y sólido criterio. En la
conversación era poco ameno y carecía de agudeza, pero sus
observaciones nunca dejaban de ser oportunas, y su lenguaje, aunque
seco, era incisivo y nada desaliñado. Joven por su corazón y de
espíritu despreocupado, no mostraba prevención contra ninguna idea
nueva que contuviese el germen de un progreso; fue hombre poco
popular, pero mereció y obtuvo siempre dos cosas que, valen mucho
más que la popularidad: la estimación de sus amigos y el respeto de
sus adversarios.