PRINCIPIO DE VIDA
PUBLICA
Los años de 1844 y 1845 hicieron época en mi vida. Durante
ellos, en cuanto esto era compatible con mi humilde condición de
estudiante, comencé mi vida pública. Sin embargo, el 1844 no
comenzó bien para mí, porque sufrí mucho a causa de un accidente
inesperado. En los últimos días de Diciembre del año anterior hubo
fiestas populares con corridas de toros. Todos los días, para poner
algún orden y evitar desgracias, un batallón del ejército nacional
hacía un
|despejo, poco antes de comenzar la corrida de
toros, y en seguida solo podían entrar en la liza, dentro de las
barreras, los toreadores y jinetes de ordenanza. Los soldados
formaban filas al pié de las barreras y expulsaban a todos los
intrusos. En una de aquellas tardes, yo estaba sentado sobre la más
alta vara de una barrera, cuando un empellón de los vecinos allí
amontonados como racimos me hizo caer a la orilla de la liza. Al
punto un soldado brutal se abalanzó sobre mí y me dio un tremendo
culatazo en partes muy delicadas del cuerpo. Caí al suelo de
espaldas, y me sacaron fuera de la barrera sin sentido. De tan
violento golpe me provino al punto una grande y dolorosa hinchazón,
con mucha fiebre, que me redujo a la cama.
Durante cerca de un mes estuve condenado a la quietud, sufriendo
así doble pena; pero esto me indujo a estudiar mucho para no perder
el primer mes de mis nuevos cursos (Derecho constitucional,
administrativo y penal), de tal suerte, que cuando puede concurrir
a las clases, en Febrero de 1844, sabía más que casi todos mis
condiscípulos, porque había estudiado mucho más que ellos. Yo
estaba alojado en casa de don José María Duque, -hombre larguísimo,
flaquísimo seco, moreno, y muy honrado y laborioso, viejo solterón,
que desempeñaba el cargo de maestro de escuela pública de varones,
en el barrio de las Nieves-. El piso alto y delantero de la casa
(cascarón antiquísimo y horrible) estaba ocupado por la escuela, y
hacia atrás, en la planta baja, con un extenso patio cuadrado de
por medio, estaban las habitaciones del maestro y su señora madre.
Allí tenía yo mi cuarto, tan desmedrado y triste que daba
grima.
Sin embargo, si el cuarto era triste, la casa horrible y los
escolares muy gritones, en compensación había algunas cosas que me
gustaban: había mucha luz y muchas flores, y en uno de los costados
un cuarto donde tenía mi hospedero una famosa cría de
|curíes, con cuya vista me divertía yo frecuentemente. Qué
prodigiosa fecundidad de animalitos! Las hembras ofrecían su fruto
cada quince días, dando a luz una multitud de lechoncitos, y el
señor Duque enviaba a vender a la plaza de mercado todos los
viernes dos, tres o más docenas. Aquel animal, que es muy bonito,
como una especie de cerdo en miniatura y de conejito de orejas
cortas, me pareció por extremo simpático, y al ver yo las manadas
me decía: "Si así nacieran los hombres buenos en mi tierra, cuán
feliz no sería ésta!".
El patio estaba colmado de tazas de barro y estas repletas de
flores, que exhalaban a toda hora la más rica ambrosía. Pero lo
mejor era el inmenso solar que había en el interior de la casa. Lo
tenía el señor Duque literalmente cubierto de flores y legumbres
finas, que vendía profusamente, procurándose una buena renta, y
sabía cultivar sus plantas con inteligencia y asiduidad. Allí comí
por primera vez varias legumbres que en 1844 eran muy nuevas y casi
desconocidas en Bogotá, como los apios y espárragos, las remolachas
y zanahorias de especie delicada, las escaloras y las lechugas
romanas, el salsafí y otras muy sabrosas.
El señor Duque me enseñó los nombres de la infinidad de
preciosas flores que cultivaba, nativas del país unas, españolas o
francesas de origen otras, que daban a nuestros jardines aspecto
nacional, pintoresco, amenísimo y cierta originalidad encantadora.
Entonces eran estimadas unas cuantas flores graciosas, como
|el
ridículo, la espuela de caballero, el doncenón, el farolillo, las
amapolas de gran tamaño, etc., que luego han ido
desapareciendo de nuestros jardines, expulsadas por las flores
exóticas. Ya nuestros jardines están arreglados a la francesa, como
nuestra política y tantas otras cosas, y a decir verdad, no sé lo
que hayamos ganado con la reforma.
A principios de Octubre de 1844 tuvieron los liberales la más
dolorosa sorpresa: el doctor Vicente Azuero acababa de morir casi
súbitamente el 28 de Septiembre, en la Mesa, y su cadáver fue
trasladado a Bogotá. La muerte de este ciudadano debía impresionar
fuertemente tanto a sus amigos como a sus adversarios. Era él el
más ilustre miembro de una familia de patriotas ardorosos; había
sido uno de los republicanos de temple más enérgico, hombre de
pensamiento audaz y de acción, de concepciones vastas, carácter muy
resuelto y ambición política sostenida. Sus tendencias le habían
hecho aparecer como doctrinario de lógica inflexible y
revolucionario ardiente a quien no arredraban dificultades. Era el
verdadero creador de nuestras instituciones municipales más
avanzadas, y su agresiva pluma y varonil palabra habían iniciado en
cierto modo, desde 1827, la escuela radical que se organizó en
1852.
La grande epopeya de la Independencia colombiana produjo tan
eminentes escritores, tribunos hombres de Estado como heroicos
soldados; por entre tantos patriotas ilustres de esa gloriosa
época, en que la grandeza de los caracteres armonizó con la del
teatro y la de los acontecimientos, principios e intereses que
estuvieron en acción, poco se mostraron, desde que la primera
Colombia se constituyó, tan notables por su audacia y valentía
civil como el doctor Azuero. A su laboriosidad debemos
principalmente el Código penal de la República, expedido desde
1837, que luego ha subsistído en la Unión y servido de modelo al
Código penal de cada uno de los Estados.
Nunca he olvidado la impresión que me causa ron la figura y
palabra del doctor Azuero, al verle por primera vez, en 1840,
discurriendo en la Cámara de Representantes. Era yo casi un niño,
cuando la curiosidad me llevó a la barra de aquella Cámara, donde
sobresalían hombres de la talla de Santander y Azuero y otros
ciudadanos importantes, Cuando entré en el recinto de la barra,
precisamente estaba Azuero discurriendo acerca de la revolución que
agitaba entonces al país, y su expresión vigorosa y su voz llena de
energía me dominaron. Azuero era un pensador, en todo caso, pero
mucho más fuerte como escritor que como orador: no tenía elocuencia
de imágenes ni de dicción, ni gesto, ni aún su acento era
verdaderamente robusto; pero en las chispeantes miradas que
despedía se patentizaba la energía de su carácter, la audacia de
sus convicciones y la vivacidad de sus pasiones, que le movían a la
lucha.
Algunas veces empleaba un lenguaje acerado y agresivo, es
verdad, y con razón le calificaban como a hombre de fuertes
pasiones; pero más que todo era un pensador convencido,
esencialmente doctrinario, enemigo de la fuerza brutal, valeroso en
sus opiniones y que iba siempre adelante en la política. Talvez de
los liberales de su tiempo era el que mejor comprendía las verdades
de las ciencias
¡políticas, la lógica de la República y las necesidades de
nuestra joven democracia. Por lo demás, aunque de mediana estatura,
tenía gallarda presencia y una fisonomía hermosa, expresiva y que
imponía respeto. Yo le tenía entonces por un grande hombre, casi
sin tacha. Con el tiempo, al conocer la historia nacional,
modifiqué algo el concepto que había formado de la elevación de su
carácter y de la bondad de sus actos públicos; pero siempre le tuve
por el más notable de los antiguos radicales de Colombia y Nueva
Granada.
Al tener noticia del fallecimiento de Azuero, los estudiantes de
San Bartolomé que nos hallábamos en los claustros resolvimos, por
aclamación, designar a uno de nosotros para que representase al
Colegio, como orador, en los honores fúnebres que se iban a
tributar al gran ciudadano. El había sido uno de los más eminentes
alumnos de San Bartolomé, semillero de patriotas, cuyo personal se
mostró en otro tiempo fiel a las tradiciones del Colegio, y el
homenaje era muy justo de nuestra parte.
Pero la dificultad estaba en hallar un estudiante que, siendo
capaz de componer una buena oración fúnebre, tuviera el arrojo
bastante para subir sin miedo a la tribuna mortuoria y
pronunciarla. Muchos había de aventajada capacidad, pero sin
audacia: mi desparpajo me hizo obtener tan delicada comisión, que
acepté sin vacilar, y al punto me retiré a componer mi oración, y a
aprendérmela de memoria; y Dios sabe cuáles fueron mis angustias
por salir dignamente del aprieto.
El subsiguiente fue el día de los funerales. EL séquito era
inmenso y todos íbamos con recogimiento en pos del cadáver, porque
en éste se veía la ruina terrenal de una de las más ilustres
glorias civiles de la patria. Nombrar al doctor Vicente Azuero era
evocar todos los recuerdos de la gran Colombia y de Nueva Granada.
El había sido, por decirlo así, la juventud de la Revolución y la
energía de la política: su muerte dejaba como huérfano a un gran
partido, puesto que Santander estaba en la tumba y Obando en el
destierro, y enlutaba la historia de nuestro periodismo, de
nuestra magistratura, de nuestra tribuna parlamentaría y nuestra
legislación republicana.
Mi padre fue entusiasta admirador de Azuero, a quien prefería
entre todos los hombres de Estado de la República, y yo había
heredado su entusiasmo; así, la muerte de tan eminente ciudadano me
afligía mucho. Yo caminaba a corta distancia del féretro, muy
conmovido y agitado: tenía miedo y temblaba, porque tenía
conciencia de la grandeza del objeto, de mi pequeñez o nulidad, de
la responsabilidad que mis palabras podían hacer redundar sobre la
juventud de la Universidad, y de las consecuencias que tendrían en
lo tocante a mi porvenir personal.
Llegó el momento solemne y creció mi emoción: detuvieron el
cadáver al pie de la alta cruz exterior del cementerio, cuyo
pedestal servía de tribuna en las grandes ocasiones. Bien que, al
discurrir en pos de otros oradores, corría el riesgo de quedar
enteramente anulado aún antes de comenzar, juzgué que lo más
respetuoso y acertado era dejar que otros perorasen primero, y no
hacerlo por mi parte sino en caso de que mi oración pudiese tener
algún interés y originalidad.
En efecto, tres oradores hablaron sucesivamente, y recuerdo que
uno de ellos fue el doctor Lorenzo María Lleras. Cuando éste
descendió del pedestal de la cruz, algunos amigos me alzaron de
súbito y me plantaron encima. Al sentir que me levantaban temblé
como un delincuente; pero luego enderecé la cabeza, tendí una
mirada por todo el ámbito circunvecino y, como por encanto,
instantáneamente recobré todo el ánimo. Todos me miraban con
simpática curiosidad que me alentaba, y creí leer en todas las
miradas esta pregunta: "¿Qué vendrá a decirnos este adolescente
desconocido? Oigámosle con benevolencia y atención".
Yo veía a mis pies, en derredor, un mar de cabezas descubiertas,
de cuerpos enlutados, de semblantes tristes y objetos que
expresaban dolor; estaba al pie y bajo el amparo de la cruz, e iba
a evocar la memoria de un gran ciudadano, en nombre de la juventud
liberal, que era casi su obra y comenzaba a ser su posteridad.
Pequeño y humilde, yo era sin embargo instrumento de la Historia.
Hablé primero con calma y vigor, y luego con mucha emoción, y ésta
fue tal, que mi acento vibró de verdadero dolor y los ojos se me
llenaron de lágrimas... Ello fue que todo el auditorio me aplaudió,
aún olvidando la severidad de tan fúnebre acto, y que recibí luego
muchos abrazos y felicitaciones.
Desde aquel día fui talvez el más conocido de los estudiantes de
la Universidad: puedo decir que nací políticamente al pie de la
tumba de Azuero! Desde ese momento comprendí que tenía abierto mi
porvenir: me sentí estimulado, y todas mis facultades de actividad
se sobreexcitaron. Si no vislumbré la gloría en lontananza (ay! por
desgracia me ha sido tan esquiva!) a lo menos la adiviné y comencé
a tributarle culto: sobre todo, me sentí capaz de llegar a ser buen
ciudadano, puesto que había llorado libre y sinceramente sobre el
sepulcro de un eminente compatriota!
Una ventaja obtuve, sin saberlo entonces, sino al cabo de muchos
años, que he estimado en mucho. Al oírme discurrir en el
cementerio, me cobró gran cariño, que después ha sido una
nobilísima amistad, un niño de alma entusiasta y generosa y muy
clara inteligencia. Con el tiempo ha venido a ser un hábil
farmaceuta y profesor de medicina, un escritor patriota y muy
estimable, y sobre todo, un perfecto caballero que brilla por su
ardiente caridad y otras muchas virtudes. Me refiero a mi buen
amigo el señor doctor Pedro Pablo Cervantes.