INDICE





PRIMERA PARTE
A mis hijas
El Angelus
Mi Familia
El primer cadaver
Primera educación de mi alma
Otras impresiones
Fiestas y diversiones
Educación moral y primaria
Lo que era yo entonces
El colegio
Bogotá y la universidad
Un año de conflictos
Varios episodios
Aventuras de un coronel
Otra vez en el colegio
Dos hombres raros
Mercurio y Themis
La universidad en 1843
Grandes sucesos y emociones
Un impresor famoso
Un hombre desgraciado
La Biblioteca Nacional
Principio de vida pública
La casa de un hombre justo
Recuerdos literarios y otros
Situaciones críticas
Estado psicológico
Último tiempo de prueba
Vida libre

SEGUNDA PARTE
En familia
Foro y comercio
El 7 de marzo y sus consecuencias
Varios episodios graves o curiosos
Incidentes interesantes
Situación política de 1851
Nueva situación
El dolor y el trabajo
Vida campestre
Nuevas tareas y luchas
Mi segundo duelo
Nuevos horizontes
El año de 1854
En campaña
Continua la campaña
Operaciones y batallas
La toma de Bogotá y sus consecuencias
Luchas políticas y literarias
Episodios críticos

TERCERA PARTE
El primer viaje
La vida parisiense
La sociedad francesa
Mi viaje a España
Observaciones y anécdotas en España
Otros viajes por el continente
Varias excursiones
Mis trabajos literarios, científicos y políticos
Residencia en Londres y excursiones en la Gran Bretaña
Nueva residencia en París
Observaciones políticas y literarias
Viaje al Perú
Mi residencia en Lima
Mi regreso a Colombia
Epílogo
LA BIBLIOTECA NACIONAL

 


 

En diciembre de 1844, a los pocos días de vacaciones comencé a fastidiarme: me hacía falta San Bartolomé, que era ya como mi segunda patria, y mi espíritu inquieto no se conformaba con carecer del bullicio y la confraternidad retozona de los claustros del colegio. Por otra parte, diciembre es el gran mes de los bogotanos: la época del frío sabroso, de las diversiones más populares y del buen humor general; y yo tenía el bolsillo muy enjuto, mejor di­cho, no tenía bolsillo para gastar y divertirme algo. Y nada es tan fastidioso como la carencia de dinero, cuando se ama el placer.

Un día me ocurrió la idea de ir a matar el tedio en la Biblioteca Nacional: entré, y me llamó la atención don Vicente Nariño, bibliotecario entonces, hijo del ilustre revolucionario y prócer bogotano que reveló en Colombia los " |Derechos del Hombre". Don Vicente parecía haberse petrificado en la Biblioteca, formando masa común con los pergaminos en folio: era como un estante viviente, pero sin libros; una especie de biblioteca muda y sin índice, y vegetaba allí como hubiera podido vegetar en una vasta botica un hombre extraño de la farmacia. Nadie entre nosotros había manejado más libros que él, pero nadie era menos literato ni erudito. Conservaba los libros en buen estado; tenía sus índices reducidos a lo estrictamente necesario para buscar lo que se le pedía; jamás faltaba en la biblioteca, y suministraba con inalterable condescendencia y bondad los libros que se le exigían.

El diálogo con el Bibliotecario se reducía ordinariamente a estas pocas palabras:

-Buenos días, señor don Vicente.

-Buenos los tenga usted, caballero.

-Yo desearía saber sí tal libro se halla en la Biblioteca.

-Debe estar: busquemos en el índice.

-Por lo visto, sí está. ¿Tendrá usted la bondad de prestármelo?

-Sin duda: búsquelo usted en aquel rincón del estante. Allí tiene usted una silla en qué sentarse a leer.

-Mil gracias.

El día que entré en la Biblioteca por primera vez, tuvimos esta conversación:

-Señor don Vicente, yo quisiera leer algún libro bien entretenido.

-Lea usted Los Viajes de Antenor.

-Fue la segunda obra que leí siendo muchacho.

-Pues, Gil Blas de Santillana.

-Esa fue la tercera.

-Entonces el Quijote.

-Esa fue la cuarta.

-Válgame Dios! ¿Le gustaría a usted La Casandra?

-Tiene fama de ser un libro muy majadero.

-¿Y el Amadís de Gaula?

-Es rococó.

-Vamos! ¿Los Viajes de Wanton?

-¿Viajes por dónde, o a dónde?

-Al |País de las monas.

-El título es curioso; veámoslo..

-Verá usted que le gusta esta obra.

-¿Es muy divertida?

-Pues cómo no! Imagínese usted que todos los monos tienen nombres muy raros, todos gastronómicos, y que viven y hablan como los hombres y Las mujeres.

-¿Ni más ni menos?

-Pero no tome usted las cosas a la letra, pues sospecho que el libro es una sátira no más.

-Ya caigo: ¿Y los monos representan a los hombres y las monas a las mujeres?

-Cabal.

Indudablemente el digno bibliotecario era hombre perspicaz.

A fin de leer cómodamente los Viajes de Enrique Wanton, me instalé en un rincón de la Biblioteca, cuyos estantes y vericuetos escudriñaba de cuando en cuando por curiosidad. Un día noté que detrás de algunos de aquellos estantes yacían en el suelo enormes pilas de viejos periódicos llenos de polvo y telarañas.

-¿Qué papeles son esos, señor don Vicente?

-pregunté.

-Papeles inútiles; verdadera basura -me respondió.

-¿Por qué?

-¿Pues no ve usted que están en inglés?

Yo, que en aquella época aún no sabía palabra de la lengua inglesa, apenas pude ver que los papeles tenían por título |The Times, que habían sido publicados en |London y que databan de 1823 a 1830.

Al día siguiente de mi conversación con el bibliotecario entré en una tienda de la plaza principal de Bogotá, que según los tiempos ha ido cambiando de nombre, llamada primero |Mayor, después, de la |Catedral, luego, de la |Constitución, y últimamente, de |Bolívar. Aquella tienda era de un amigo y condiscípulo mío de quien luego hablaré. En el momento en que yo entraba a saludarle, alguien ofrecía en venta, al peso, papeles impresos para cucuruchos y envoltorios.

-¿Tú compras papel de esta clase? -pregunté a mí condiscípulo.

-Sí; lo pago a tres pesos arroba.

-¿Todo el que te traigan a vender?

-Todo, porque es buen negocio la reventa.

Tuve entonces una idea luminosa: recordé que mi bolsillo estaba enteramente vacío, y pensé que al conseguir dinero podía pasar mis vacaciones muy divertido.

Los |Aguinaldos se acercaban, y yo no podía resolverme a pasarlos en seco. Fuíme derechamente a la Biblioteca Nacional.

-Señor don Vicente -dije al entrar, con el acento más meloso de que era capaz mi voz-. ¿Me haría usted el favor de regalarme algunas de aquellas gacetas inútiles?

-Hombre!

-¿No le hacen, pues, estorbo?

-Sí, pero...

-Pero usted quiere guardar para recreo unos papeles que de nada sirven... Papeles ingleses!

Don Vicente, que no entendía palabra de inglés (y en esto no tenía culpa) sintió halagado su amor propio, es decir, su desdén por lo que no entendía.

-Es verdad que no sirven -repuso-. ¿Y para qué quiere usted papeles?

-Para hacer un globo y echarlo a volar.

-Oiga! ¿Conque usted echa globos?

-No; pero echaré, si usted me ayuda.

-Bueno: lleve usted papeles; pero que nadie lo sepa.

-Oh! No tenga usted cuidado.

-Y no hay que llevar ni uno francés ni español!

-Cuente usted con ello.

Don Vicente, que leía en español, esto se comprende, y en latín y en francés, sintió que mi promesa tranquilizaba su conciencia.

Mi primer saqueo fue moderado: apenas me llevé, bien ocultas debajo de mi capa (ya tenía el honor de usar capa de paño en vez de capote de tartán) unas cincuenta libras de papel. Al cabo de un cuarto de hora tenía en mi bolsillo cosa de cinco pesos, honrado fruto de mí industria; de mi empleo, diré, puesto que me había constituido en agente de policía de la Biblioteca Nacional. Me apresuré a gastar aquellos realítos en la fonda de Francois (después café de la |Rosa Blanca), en compañía de dos íntimos amigos: Juan Emilio Levy y Guillerrno Pereira Gamba.

-Diantre! -exclamó el segundo al beberse el primer vaso de cerveza-. ¿De dónde has sacado tanto dinero?

-He descubierto una mina.

-Conversación!

-Como lo oyes.

-¿Has dado con el tesoro del |Pico de la guacamaya?

-No tan lejos; no hay que subir por el cerro de Monserrate.

-¿En dónde, pues?

-En |el país de las monas.

-No te comprendo.

-Este dinero -repuse- es el fruto de mis estudios y observaciones en la Biblioteca Nacional. Allí preparan un beefsteak exquisito, añadí (aludiendo al que comíamos en la fonda), y muy buena cerveza.

-Explícate, por fin -dijo Levy.

Entonces revelé a mis amigos lo de las gacetas inglesas, y les invité a explotar conmigo la mina, en grande escala. Al punto organizamos, sin capital fijo ni gastos de instalación ni escritura, una com­pañía para realizar tan proficua empresa. Trazamos nuestro plan, y al día siguiente lo pusimos en obra.

Llegué primero a la Biblioteca y formulé mi petición. Don Vicente no puso dificultad, y comencé a formar mi montón de gacetas. Un rato después llegó Pereira y se sentó a fingir que leía cualquier libro, sin reparar en mí. A poco entró Levy, saludó con mucho cariño a don Vicente, pidió el Quijote y se puso a leer con un ojo, mientras que con el otro me miraba de soslayo.

De pronto me miró Pereira y dijo:

-Hola! ¿Tú por aquí? ¿Qué haces en ese rincón?

-Estoy apartando los papeles inútiles.

-¿Para qué?

Fingí que me azoraba, miré a don Vicente y le dije:

-¿Le digo para qué?

-Hombre! Qué curiosidad!

-Estos papeles son para hacer un globo.

-¿Y te los regala don Vicente? -preguntó Levy, tomando parte en el diálogo.

-Sí; por tal de limpiar estos rincones, cuyas telarañas son un descrédito.

-¿Quiere usted que ayudemos a limpiar, señor don Vicente? -dijo Pereira.

-Diantre! -respondió aquel-. ¿Ustedes quieren saquear la Biblioteca?

-¿Un saqueo de telarañas? -repuso Levy entre risueño y desdeñoso.

-¿Y qué quiere hacer usted con esa basura de papeles viejos e inútiles? -añadí.

-Es verdad que solo sirven de estorbo.

-Y luego -observó Levy- nosotros pondremos en orden los papeles españoles y franceses y dejaremos el campo limpio.

-Bueno: pero... ¿para qué tánto papel?

-Haremos un globo inmenso, -respondí-. Y esto divertirá, sin duda, al pueblo.

Don Vicente, a fuer de hijo de un gran prócer de la patria, era filántropo, y además, le gustaba el aseo; razones muy buenas para limpiar la Biblioteca, convirtiendo sus empolvadas gacetas en globos útiles para el pueblo de Bogotá, a menos que se quemasen al echarlos a volar. Ello fue que aquel día nos llevamos cerca de ocho arrobas de números del |Times y otros papeles ingleses, que al punto nos compró, no sin mucha admiración y curiosidad, mi condiscípulo comerciante de la plaza de Bolívar.

Don Vicente Nariño no tuvo la satisfacción de ver elevarse bajo el hermoso cielo de Bogotá ninguno de los globos monstruos que le prometíamos fabricar, porque si no se quemaban", los echábamos "en San Victorino" o en "San Diego". El saqueo nos produjo más de setenta pesos, sin que nuestra conciencia se turbase, ya porque a los quince años tiene uno escasa conciencia, sobre todo si es estudiante, ya porque casi creíamos servir a la patria, contribuyendo a la buena policía de la Biblioteca Nacional.

Ello fue también que pasamos el Diciembre deliciosamente; aquel fue acaso el más divertido de mi vida. Mas, sea dicho en honor de nuestro hon­rado sentimiento de gratitud, que cuando cenábamos opíparamente en la fonda, todos nuestros brindis, hechos con cerveza, eran entusiásticos homenajes tributados a la munificencia filantrópica del Bibliotecario.

anterior | índice | siguiente