LA BIBLIOTECA NACIONAL
En diciembre de 1844, a los pocos días de vacaciones comencé a
fastidiarme: me hacía falta San Bartolomé, que era ya como mi
segunda patria, y mi espíritu inquieto no se conformaba con carecer
del bullicio y la confraternidad retozona de los claustros del
colegio. Por otra parte, diciembre es el gran mes de los bogotanos:
la época del frío sabroso, de las diversiones más populares y del
buen humor general; y yo tenía el bolsillo muy enjuto, mejor
dicho, no tenía bolsillo para gastar y divertirme algo. Y nada es
tan fastidioso como la carencia de dinero, cuando se ama el
placer.
Un día me ocurrió la idea de ir a matar el tedio en la
Biblioteca Nacional: entré, y me llamó la atención don Vicente
Nariño, bibliotecario entonces, hijo del ilustre revolucionario y
prócer bogotano que reveló en Colombia los "
|Derechos del
Hombre". Don Vicente parecía haberse petrificado en la
Biblioteca, formando masa común con los pergaminos en folio: era
como un estante viviente, pero sin libros; una especie de
biblioteca muda y sin índice, y vegetaba allí como hubiera podido
vegetar en una vasta botica un hombre extraño de la farmacia. Nadie
entre nosotros había manejado más libros que él, pero nadie era
menos literato ni erudito. Conservaba los libros en buen estado;
tenía sus índices reducidos a lo estrictamente necesario para
buscar lo que se le pedía; jamás faltaba en la biblioteca, y
suministraba con inalterable condescendencia y bondad los libros
que se le exigían.
El diálogo con el Bibliotecario se reducía ordinariamente a
estas pocas palabras:
-Buenos días, señor don Vicente.
-Buenos los tenga usted, caballero.
-Yo desearía saber sí tal libro se halla en la Biblioteca.
-Debe estar: busquemos en el índice.
-Por lo visto, sí está. ¿Tendrá usted la bondad de
prestármelo?
-Sin duda: búsquelo usted en aquel rincón del estante. Allí
tiene usted una silla en qué sentarse a leer.
-Mil gracias.
El día que entré en la Biblioteca por primera vez, tuvimos esta
conversación:
-Señor don Vicente, yo quisiera leer algún libro bien
entretenido.
-Lea usted Los Viajes de Antenor.
-Fue la segunda obra que leí siendo muchacho.
-Pues, Gil Blas de Santillana.
-Esa fue la tercera.
-Entonces el Quijote.
-Esa fue la cuarta.
-Válgame Dios! ¿Le gustaría a usted La Casandra?
-Tiene fama de ser un libro muy majadero.
-¿Y el Amadís de Gaula?
-Es rococó.
-Vamos! ¿Los Viajes de Wanton?
-¿Viajes por dónde, o a dónde?
-Al
|País de las monas.
-El título es curioso; veámoslo..
-Verá usted que le gusta esta obra.
-¿Es muy divertida?
-Pues cómo no! Imagínese usted que todos los monos tienen
nombres muy raros, todos gastronómicos, y que viven y hablan como
los hombres y Las mujeres.
-¿Ni más ni menos?
-Pero no tome usted las cosas a la letra, pues sospecho que el
libro es una sátira no más.
-Ya caigo: ¿Y los monos representan a los hombres y las monas a
las mujeres?
-Cabal.
Indudablemente el digno bibliotecario era hombre perspicaz.
A fin de leer cómodamente los Viajes de Enrique Wanton, me
instalé en un rincón de la Biblioteca, cuyos estantes y vericuetos
escudriñaba de cuando en cuando por curiosidad. Un día noté que
detrás de algunos de aquellos estantes yacían en el suelo enormes
pilas de viejos periódicos llenos de polvo y telarañas.
-¿Qué papeles son esos, señor don Vicente?
-pregunté.
-Papeles inútiles; verdadera basura -me respondió.
-¿Por qué?
-¿Pues no ve usted que están en inglés?
Yo, que en aquella época aún no sabía palabra de la lengua
inglesa, apenas pude ver que los papeles tenían por título
|The
Times, que habían sido publicados en
|London y que
databan de 1823 a 1830.
Al día siguiente de mi conversación con el bibliotecario entré
en una tienda de la plaza principal de Bogotá, que según los
tiempos ha ido cambiando de nombre, llamada primero
|Mayor,
después, de la
|Catedral, luego, de la
|Constitución, y últimamente, de
|Bolívar. Aquella
tienda era de un amigo y condiscípulo mío de quien luego hablaré.
En el momento en que yo entraba a saludarle, alguien ofrecía en
venta, al peso, papeles impresos para cucuruchos y envoltorios.
-¿Tú compras papel de esta clase? -pregunté a mí
condiscípulo.
-Sí; lo pago a tres pesos arroba.
-¿Todo el que te traigan a vender?
-Todo, porque es buen negocio la reventa.
Tuve entonces una idea luminosa: recordé que mi bolsillo estaba
enteramente vacío, y pensé que al conseguir dinero podía pasar mis
vacaciones muy divertido.
Los
|Aguinaldos se acercaban, y yo no podía resolverme a
pasarlos en seco. Fuíme derechamente a la Biblioteca Nacional.
-Señor don Vicente -dije al entrar, con el acento más meloso de
que era capaz mi voz-. ¿Me haría usted el favor de regalarme
algunas de aquellas gacetas inútiles?
-Hombre!
-¿No le hacen, pues, estorbo?
-Sí, pero...
-Pero usted quiere guardar para recreo unos papeles que de nada
sirven... Papeles ingleses!
Don Vicente, que no entendía palabra de inglés (y en esto no
tenía culpa) sintió halagado su amor propio, es decir, su desdén
por lo que no entendía.
-Es verdad que no sirven -repuso-. ¿Y para qué quiere usted
papeles?
-Para hacer un globo y echarlo a volar.
-Oiga! ¿Conque usted echa globos?
-No; pero echaré, si usted me ayuda.
-Bueno: lleve usted papeles; pero que nadie lo sepa.
-Oh! No tenga usted cuidado.
-Y no hay que llevar ni uno francés ni español!
-Cuente usted con ello.
Don Vicente, que leía en español, esto se comprende, y en latín
y en francés, sintió que mi promesa tranquilizaba su
conciencia.
Mi primer saqueo fue moderado: apenas me llevé, bien ocultas
debajo de mi capa (ya tenía el honor de usar capa de paño en vez de
capote de tartán) unas cincuenta libras de papel. Al cabo de un
cuarto de hora tenía en mi bolsillo cosa de cinco pesos, honrado
fruto de mí industria; de mi empleo, diré, puesto que me había
constituido en agente de policía de la Biblioteca Nacional. Me
apresuré a gastar aquellos realítos en la fonda de Francois
(después café de la
|Rosa Blanca), en compañía de dos
íntimos amigos: Juan Emilio Levy y Guillerrno Pereira Gamba.
-Diantre! -exclamó el segundo al beberse el primer vaso de
cerveza-. ¿De dónde has sacado tanto dinero?
-He descubierto una mina.
-Conversación!
-Como lo oyes.
-¿Has dado con el tesoro del
|Pico de la guacamaya?
-No tan lejos; no hay que subir por el cerro de Monserrate.
-¿En dónde, pues?
-En
|el país de las monas.
-No te comprendo.
-Este dinero -repuse- es el fruto de mis estudios y
observaciones en la Biblioteca Nacional. Allí preparan un beefsteak
exquisito, añadí (aludiendo al que comíamos en la fonda), y muy
buena cerveza.
-Explícate, por fin -dijo Levy.
Entonces revelé a mis amigos lo de las gacetas inglesas, y les
invité a explotar conmigo la mina, en grande escala. Al punto
organizamos, sin capital fijo ni gastos de instalación ni
escritura, una compañía para realizar tan proficua empresa.
Trazamos nuestro plan, y al día siguiente lo pusimos en obra.
Llegué primero a la Biblioteca y formulé mi petición. Don
Vicente no puso dificultad, y comencé a formar mi montón de
gacetas. Un rato después llegó Pereira y se sentó a fingir que leía
cualquier libro, sin reparar en mí. A poco entró Levy, saludó con
mucho cariño a don Vicente, pidió el Quijote y se puso a leer con
un ojo, mientras que con el otro me miraba de soslayo.
De pronto me miró Pereira y dijo:
-Hola! ¿Tú por aquí? ¿Qué haces en ese rincón?
-Estoy apartando los papeles inútiles.
-¿Para qué?
Fingí que me azoraba, miré a don Vicente y le dije:
-¿Le digo para qué?
-Hombre! Qué curiosidad!
-Estos papeles son para hacer un globo.
-¿Y te los regala don Vicente? -preguntó Levy, tomando parte en
el diálogo.
-Sí; por tal de limpiar estos rincones, cuyas telarañas son un
descrédito.
-¿Quiere usted que ayudemos a limpiar, señor don Vicente? -dijo
Pereira.
-Diantre! -respondió aquel-. ¿Ustedes quieren saquear la
Biblioteca?
-¿Un saqueo de telarañas? -repuso Levy entre risueño y
desdeñoso.
-¿Y qué quiere hacer usted con esa basura de papeles viejos e
inútiles? -añadí.
-Es verdad que solo sirven de estorbo.
-Y luego -observó Levy- nosotros pondremos en orden los papeles
españoles y franceses y dejaremos el campo limpio.
-Bueno: pero... ¿para qué tánto papel?
-Haremos un globo inmenso, -respondí-. Y esto divertirá, sin
duda, al pueblo.
Don Vicente, a fuer de hijo de un gran prócer de la patria, era
filántropo, y además, le gustaba el aseo; razones muy buenas para
limpiar la Biblioteca, convirtiendo sus empolvadas gacetas en
globos útiles para el pueblo de Bogotá, a menos que se quemasen al
echarlos a volar. Ello fue que aquel día nos llevamos cerca de ocho
arrobas de números del
|Times y otros papeles ingleses, que
al punto nos compró, no sin mucha admiración y curiosidad, mi
condiscípulo comerciante de la plaza de Bolívar.
Don Vicente Nariño no tuvo la satisfacción de ver elevarse bajo
el hermoso cielo de Bogotá ninguno de los globos monstruos que le
prometíamos fabricar, porque si no se quemaban", los echábamos "en
San Victorino" o en "San Diego". El saqueo nos produjo más de
setenta pesos, sin que nuestra conciencia se turbase, ya porque a
los quince años tiene uno escasa conciencia, sobre todo si es
estudiante, ya porque casi creíamos servir a la patria,
contribuyendo a la buena policía de la Biblioteca Nacional.
Ello fue también que pasamos el Diciembre deliciosamente; aquel
fue acaso el más divertido de mi vida. Mas, sea dicho en honor de
nuestro honrado sentimiento de gratitud, que cuando cenábamos
opíparamente en la fonda, todos nuestros brindis, hechos con
cerveza, eran entusiásticos homenajes tributados a la munificencia
filantrópica del Bibliotecario.