INDICE





PRIMERA PARTE
A mis hijas
El Angelus
Mi Familia
El primer cadaver
Primera educación de mi alma
Otras impresiones
Fiestas y diversiones
Educación moral y primaria
Lo que era yo entonces
El colegio
Bogotá y la universidad
Un año de conflictos
Varios episodios
Aventuras de un coronel
Otra vez en el colegio
Dos hombres raros
Mercurio y Themis
La universidad en 1843
Grandes sucesos y emociones
Un impresor famoso
Un hombre desgraciado
La Biblioteca Nacional
Principio de vida pública
La casa de un hombre justo
Recuerdos literarios y otros
Situaciones críticas
Estado psicológico
Último tiempo de prueba
Vida libre

SEGUNDA PARTE
En familia
Foro y comercio
El 7 de marzo y sus consecuencias
Varios episodios graves o curiosos
Incidentes interesantes
Situación política de 1851
Nueva situación
El dolor y el trabajo
Vida campestre
Nuevas tareas y luchas
Mi segundo duelo
Nuevos horizontes
El año de 1854
En campaña
Continua la campaña
Operaciones y batallas
La toma de Bogotá y sus consecuencias
Luchas políticas y literarias
Episodios críticos

TERCERA PARTE
El primer viaje
La vida parisiense
La sociedad francesa
Mi viaje a España
Observaciones y anécdotas en España
Otros viajes por el continente
Varias excursiones
Mis trabajos literarios, científicos y políticos
Residencia en Londres y excursiones en la Gran Bretaña
Nueva residencia en París
Observaciones políticas y literarias
Viaje al Perú
Mi residencia en Lima
Mi regreso a Colombia
Epílogo
UN HOMBRE DESGRACIADO


 

Entre los empleados de la Universidad llamaban particularmente la atención el Rector y el primer Pasante. El doctor Ospina quiso resucitar la tradición de mantener sacerdotes en el rectorado: nuestro rector era el doctor Pablo Agustín Calderón, presbítero entonces y después canónigo, que en paz descanse. Era muy rígido en todo, y tenía cierto aire aterrador, voz estridente y carácter franco y minucioso. Por lo demás, creo que ignoraba casi todo lo que no fuese teología, y decía con mucha seriedad |dotor, medecina, y otras liviandades contra la gramática.

Yo imitaba perfectamente muchas voces distintas, y entre otras la del Rector. En cierta ocasión, fingiéndola, oculto detrás de un pilar, desde uno de los claustros di orden al primer pasante de conceder asueto a los estudiantes; colegialada que costó una reconvención y no pocos disgustos con sus subordinados, al pobre subalterno. Sí era rígido de suyo, se volvió más severo en la vigilancia, a fin de conjurar otras colegialadas. Su severidad nos provocó a odiarle, y aún algo peor: a ridiculizarle, Oh! Qué injusticia! Aquel hombre desgraciado fue uno de los más nobles, más justos y heroicos que yo haya conocido.

Si no hubiera sido feo, pobre y desventurado, habría podido ser un hombre muy distinguido, pues tenía admirable corazón y temple de alma antiguo: se llamaba JOSE MARIA OSORIO.

Era el deber encarnado en un hombre: para él no había más principios que el deber, el honor y la delicadeza, y de éstos derivaba todas sus convicciones, todas sus palabras y todos sus actos. Era no solamente feo, como he dicho, sino demasiado feo, muy pecoso y de estatura diminuta y tiesa, la que, agravada con su original vestido permanente, le daba cierto aire de estiramiento muy marcado. Había sido militar, lo que no le impedía ser doctor en jurisprudencia, y conservaba en su apostura tal rigidez marcial, en contraste con su desgraciada fisonomía, que constantemente provocaba a la burla de los estudiantes. Vestía siempre frac con las puntas de los faldones muy agudas, en forma de pluma de escribir; al pararse o al ponerse de píe, infaliblemente se cuadraba como un soldado en formación, y llevaba la mano izquierda cruzada sobre el pecho, debajo la solapa del frac, como si estuviese dando voces de mando. De ahí el terrible sobrenombre que le habían puesto, alusivo al mismo tiempo a su apostura y al color oscuro de su cutis: le llamaban |Napoleón de panela [1].

En la Universidad hacíamos gala, cuál más, cuál menos, de burlarnos del honrado comandante Osorio, cuya formalidad rigurosa nos irritaba. El estudiante es de suyo maligno, porque su edad es de transición, entre la infancia, que de ordinario es amorosa y tierna, y la juventud vigorosa y casi siempre noble y gallarda. Durante la transición, es decir, en la adolescencia, el carácter humano jamás está bien definido: en este período, que es de modificación fisiológica y vaguedad o indecisión psicológica, es en el que más se despiertan y agitan los malos instintos, las pasiones que pueden ser características de cada temperamento, y sobre todo, la malignidad, traviesa e inconsciente, pero muy activa e ingeniosa, de que es susceptible la criatura humana. De ahí la tendencia del adolescente a burlarse de todo lo que ofrece algún asidero al sarcasmo y la mofa, sin piedad por ninguna de aquellas almas nobles y humildes que, por su humildad y nobleza mismas, soportan con paciencia los tiros, voluntarios o involuntarios, de la malignidad. Yo que, años después, estimé de todo corazón al comandante Osorio, y le admiré por su virtud y me condolí de su mala suerte, en San Bartolomé me mofaba de él como el que más, y lo confieso con remordimiento...

Aquel hombre tan mofado era en su vida privada la virtud misma, la austeridad y la pureza: era casto y pudibundo como una monja. En las cosas públicas, patriota y entusiasta, republicano sincero, filósofo y creyente al propio tiempo. Amó con delirio: amó hasta el heroísmo de la humildad y la constancia, y su amor fue verdadera pasión siendo por muchos años su cruz y su martirio. Vivía soñando, y frecuentemente conversaba consigo mismo, preocupado, y distraído de lo demás. Tenía la honrada intolerancia de la virtud, que es siempre respetuosa pero inflexible: no consentía que se dijera ni hiciese cosa alguna que no fuera conforme con la razón y la justicia, y hacía con la mayor severidad las cosas más extrañas. Recuerdo que un día nos convocó a varios estudiantes para leemos un discurso de dos pliegos, escrito por él en taquigrafía, cuyo objeto era demostrar que él |no era Napoleón, y que en caso de serlo, no lo sería de panela. Nos reímos a carcajadas y no se mostró ofendido:

su tolerancia llegaba, en cuanto a las ofensas que le hacían, hasta lo sublime de la magnanimidad.

Su vida fue humildad resignada, de honradez, de estudio, de trabajo incesante y de amarguras. La revolución de 1860 le sometió a la última prueba. Su deber de buen ciudadano le señaló su bandera en la lucha fratricida: peleó con increíble bizarría, en defensa del Gobierno constitucional, volvió gravemente herido de la batalla del |Oratorno, no desmayó un momento, dio ejemplos de virtud civil y militar, siendo su tropa la más moral de todo el ejército, y el 18 de julio de 1861 se hizo alzar y atar sobre un caballo, inválido y casi sin fuerzas, para combatir y morir heroicamente. Su brazo fue el último de los vencidos que mantuvo la espada en alto, y su alma, de seguro, las más pura que aquel día se elevó hacia Dios entre el fragor de la batalla...

La muerte de este hidalgo ciudadano fue horrible: no la refiero por honor de mi país; pero sí recordaré una circunstancia que completó dignamente la vida del bravo comandante Osorio. Al recibir, en la primera calle de Florián, la última lanzada, exclamó: "No me maten!"; pero cuando pocos momentos después iba a expirar, sus únicas palabras fueron éstas, que dirigió a los que le auxiliaban:

"Tuve un momento de debilidad pidiendo que no me mataran; pero me arrepiento y pido a ustedes perdón de esa debilidad". Aquel hombre tan cruelmente tratado por la sociedad, fue gallardo hasta en el momento de despedirse de ella para siempre...

Al día siguiente conducían su cadáver, sobre una tabla, al cementerio; el conductor, que iba solo, era Ricardo Carrasquilla. Se encontró en una calle con el doctor Ancízar, y éste le acompañó en su piadosa peregrinación. El séquito era, pues, muy escaso y silencioso, pero se componía de un publicista hombre de Estado y un poeta institutor, ambos hombres de bien: esto era suficiente para el honrado Osorio...

Que el lector no lleve a mal este recuerdo, dedicado a un hombre oscuro y sin importancia histórica; sería grave injusticia, sería un acto de crueldad póstuma para con aquel mártir del amor y del patriotismo, esclavo del deber, el dejar su nombre en el olvido. Hay figuras humildes que en su aparente pequeñez tienen grandeza colosal: la de la virtud!

[1]  La panela es llamada papelón en Venezuela y chancaca en el Perú.

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