UN HOMBRE DESGRACIADO
Entre los empleados de la Universidad llamaban particularmente
la atención el Rector y el primer Pasante. El doctor Ospina quiso
resucitar la tradición de mantener sacerdotes en el rectorado:
nuestro rector era el doctor Pablo Agustín Calderón, presbítero
entonces y después canónigo, que en paz descanse. Era muy rígido en
todo, y tenía cierto aire aterrador, voz estridente y carácter
franco y minucioso. Por lo demás, creo que ignoraba casi todo lo
que no fuese teología, y decía con mucha seriedad
|dotor,
medecina, y otras liviandades contra la gramática.
Yo imitaba perfectamente muchas voces distintas, y entre otras
la del Rector. En cierta ocasión, fingiéndola, oculto detrás de un
pilar, desde uno de los claustros di orden al primer pasante de
conceder asueto a los estudiantes; colegialada que costó una
reconvención y no pocos disgustos con sus subordinados, al pobre
subalterno. Sí era rígido de suyo, se volvió más severo en la
vigilancia, a fin de conjurar otras colegialadas. Su severidad nos
provocó a odiarle, y aún algo peor: a ridiculizarle, Oh! Qué
injusticia! Aquel hombre desgraciado fue uno de los más nobles, más
justos y heroicos que yo haya conocido.
Si no hubiera sido feo, pobre y desventurado, habría podido ser
un hombre muy distinguido, pues tenía admirable corazón y temple de
alma antiguo: se llamaba JOSE MARIA OSORIO.
Era el deber encarnado en un hombre: para él no había más
principios que el deber, el honor y la delicadeza, y de éstos
derivaba todas sus convicciones, todas sus palabras y todos sus
actos. Era no solamente feo, como he dicho, sino demasiado feo, muy
pecoso y de estatura diminuta y tiesa, la que, agravada con su
original vestido permanente, le daba cierto aire de estiramiento
muy marcado. Había sido militar, lo que no le impedía ser doctor en
jurisprudencia, y conservaba en su apostura tal rigidez marcial, en
contraste con su desgraciada fisonomía, que constantemente
provocaba a la burla de los estudiantes. Vestía siempre frac con
las puntas de los faldones muy agudas, en forma de pluma de
escribir; al pararse o al ponerse de píe, infaliblemente se
cuadraba como un soldado en formación, y llevaba la mano izquierda
cruzada sobre el pecho, debajo la solapa del frac, como si
estuviese dando voces de mando. De ahí el terrible sobrenombre que
le habían puesto, alusivo al mismo tiempo a su apostura y al color
oscuro de su cutis: le llamaban
|Napoleón de panela
[1].
En la Universidad hacíamos gala, cuál más, cuál menos, de
burlarnos del honrado comandante Osorio, cuya formalidad rigurosa
nos irritaba. El estudiante es de suyo maligno, porque su edad es
de transición, entre la infancia, que de ordinario es amorosa y
tierna, y la juventud vigorosa y casi siempre noble y gallarda.
Durante la transición, es decir, en la adolescencia, el carácter
humano jamás está bien definido: en este período, que es de
modificación fisiológica y vaguedad o indecisión psicológica, es en
el que más se despiertan y agitan los malos instintos, las pasiones
que pueden ser características de cada temperamento, y sobre todo,
la malignidad, traviesa e inconsciente, pero muy activa e
ingeniosa, de que es susceptible la criatura humana. De ahí la
tendencia del adolescente a burlarse de todo lo que ofrece algún
asidero al sarcasmo y la mofa, sin piedad por ninguna de aquellas
almas nobles y humildes que, por su humildad y nobleza mismas,
soportan con paciencia los tiros, voluntarios o involuntarios, de
la malignidad. Yo que, años después, estimé de todo corazón al
comandante Osorio, y le admiré por su virtud y me condolí de su
mala suerte, en San Bartolomé me mofaba de él como el que más, y lo
confieso con remordimiento...
Aquel hombre tan mofado era en su vida privada la virtud misma,
la austeridad y la pureza: era casto y pudibundo como una monja. En
las cosas públicas, patriota y entusiasta, republicano sincero,
filósofo y creyente al propio tiempo. Amó con delirio: amó hasta el
heroísmo de la humildad y la constancia, y su amor fue verdadera
pasión siendo por muchos años su cruz y su martirio. Vivía soñando,
y frecuentemente conversaba consigo mismo, preocupado, y distraído
de lo demás. Tenía la honrada intolerancia de la virtud, que es
siempre respetuosa pero inflexible: no consentía que se dijera ni
hiciese cosa alguna que no fuera conforme con la razón y la
justicia, y hacía con la mayor severidad las cosas más extrañas.
Recuerdo que un día nos convocó a varios estudiantes para leemos un
discurso de dos pliegos, escrito por él en taquigrafía, cuyo objeto
era demostrar que él
|no era Napoleón, y que en caso de
serlo, no lo sería de panela. Nos reímos a carcajadas y no se
mostró ofendido:
su tolerancia llegaba, en cuanto a las ofensas que le hacían,
hasta lo sublime de la magnanimidad.
Su vida fue humildad resignada, de honradez, de estudio, de
trabajo incesante y de amarguras. La revolución de 1860 le sometió
a la última prueba. Su deber de buen ciudadano le señaló su bandera
en la lucha fratricida: peleó con increíble bizarría, en defensa
del Gobierno constitucional, volvió gravemente herido de la batalla
del
|Oratorno, no desmayó un momento, dio ejemplos de
virtud civil y militar, siendo su tropa la más moral de todo el
ejército, y el 18 de julio de 1861 se hizo alzar y atar sobre un
caballo, inválido y casi sin fuerzas, para combatir y morir
heroicamente. Su brazo fue el último de los vencidos que mantuvo la
espada en alto, y su alma, de seguro, las más pura que aquel día se
elevó hacia Dios entre el fragor de la batalla...
La muerte de este hidalgo ciudadano fue horrible: no la refiero
por honor de mi país; pero sí recordaré una circunstancia que
completó dignamente la vida del bravo comandante Osorio. Al
recibir, en la primera calle de Florián, la última lanzada,
exclamó: "No me maten!"; pero cuando pocos momentos después iba a
expirar, sus únicas palabras fueron éstas, que dirigió a los que le
auxiliaban:
"Tuve un momento de debilidad pidiendo que no me mataran; pero
me arrepiento y pido a ustedes perdón de esa debilidad". Aquel
hombre tan cruelmente tratado por la sociedad, fue gallardo hasta
en el momento de despedirse de ella para siempre...
Al día siguiente conducían su cadáver, sobre una tabla, al
cementerio; el conductor, que iba solo, era Ricardo Carrasquilla.
Se encontró en una calle con el doctor Ancízar, y éste le acompañó
en su piadosa peregrinación. El séquito era, pues, muy escaso y
silencioso, pero se componía de un publicista hombre de Estado y un
poeta institutor, ambos hombres de bien: esto era suficiente para
el honrado Osorio...
Que el lector no lleve a mal este recuerdo, dedicado a un hombre
oscuro y sin importancia histórica; sería grave injusticia, sería
un acto de crueldad póstuma para con aquel mártir del amor y del
patriotismo, esclavo del deber, el dejar su nombre en el olvido.
Hay figuras humildes que en su aparente pequeñez tienen grandeza
colosal: la de la virtud!