MI FAMILIA
Por los años de 1788 a 1790 llegaron a la costa del Nuevo Reino
de Granada, en el Atlántico, tres hermanos, hijos de Zaragoza y
miembros de una antigua familia española, de origen francés, que
había ocupado alta posición en la extinguida corte de los Alfonsos
de Aragón. Llamábanse don Joaquín, don Antonio y don Manuel Sanz de
Samper
|
[1]
. El primero, que era capitán de
fragata de la Marina real, tomó a España, donde tuvo familia y
falleció; el segundo venía con el carácter de Gobernador de Santa
Marta, y allí dejó descendencia; y el tercero, que traía
nombramiento de Recaudador de las Rentas reales, vivió
sucesivamente en Mompox y Neiva y en la villa de Guaduas, donde
acabó sus días. Este último fue mí abuelo paterno.
De primeras nupcias, contraídas en Mompox con una señora Mudarra
(de quien era pariente el después General Rafael Mendoza) tuvo dos
hijos: don Joaquín, que hacia 1812 sentó plaza de soldado cadete,
en servicio de la Independencia, y llegó hasta obtener el grado de
Teniente Coronel, peleando en Venezuela y Nueva Granada; y don
Manuel Francisco, que, como Diputado por Guaduas, fue uno de los
miembros del "Serenísimo Colegio constituyente y Electoral" que dio
a nuestro país su primera constitución de Estado independiente el
30 de marzo de 1811.
Casó mi abuelo en segundas nupcias en Guaduas, con doña Josefa
Blanco y Milán, de origen castellano, y tuvo de este matrimonio
ocho hijos, varones los cinco, siendo el segundo de éstos mi padre,
don José María, y el tercero don Juan Antonio. Bien que hijos de
español realista (godo o chapetón, como llamaban en Colombia a los
peninsulares), todos fueron patriotas en sus sentimientos y
republicanos decididos, y mi tío Juan Antonio, que en Enero de
1814, a la edad de quince años, sentó también plaza de soldado
cadete, llegó hasta ser Teniente Coronel efectivo, con grado de
Coronel, combatiendo con mucho valor en las campañas de Venezuela,
hasta 1826, y prestando sus servicios hasta 1829.
Mi abuelo, que era hombre incontrastable en sus ideas, a fuer de
español y empleado real, creía estar obligado personalmente a una
indeclinable fidelidad a la causa del Rey, contra la
Independencia, y siempre consideró la revolución de 1810 como
desacordada y perniciosa. Pero también reconocía que sus hijos,
nacidos en este país, tenían el deber de ser patriotas, y nunca
llevó a mal que sirvieran a la República. Mi padre, nacido en
septiembre de 1797, no alcanzó el honor de combatir por la Patria;
pero fue al menos miliciano, y como tal prestó sus servicios, y en
todo el curso de su vida nunca escaseó los que, en su modesta
condición de hombre poco ilustrado, pero buen ciudadano, tuvo
ocasión de prestar a la ciudad y provincia de su domicilio y a la
Nación entera.
Al morir mi abuelo paterno, reunió a todos sus hijos en torno de
su lecho y les dijo: "Aquí tenéis todos los papeles que establecen
mi procedencia y prueban que sois bien nacidos; leedlos para que
estiméis a vuestros mayores. Pero os aconsejo que no hagáis ningún
uso de ellos. Esta tierra es y ha de ser una República, y cada día
será más democrática. Tratad de crearos nuevas ejecutorias con la
honradez, el trabajo y el patriotismo, que han de valeros más que
estos papeles".
Mis tíos y mi padre, siguiendo tan discreto consejo, continuaron
siendo patriotas y republicanos, y mantuvieron la costumbre que ya
tenían de firmar con sólo su segundo apellido, suprimiendo la
partícula y el primero. Por mí sé decir que, si me ha causado
siempre gran satisfacción íntima la idea de ser "bien nacido",
según las antiguas tradiciones, mucho más me ha enorgullecido la
ejecutoría que me dejaron, con su patriotismo republicano, mi padre
y mis tíos. Esta nobleza generosa, a cuya clase pueden elevarse
todos los ciudadanos por la virtud, es tan compatible con la
igualdad democrática, que en verdad contiene el mejor estímulo
para las almas intrépidas dispuestas a servir con desinterés y
abnegación a la Patria.
Mi abuelo fue muy pobre, y así murió, como acontece con todos
los hombres honrados que sirven empleos públicos por largo tiempo.
Así fue que, al morir, ningunos bienes de fortuna dejó a su
familia. A mi padre, que no tenía arriba de veinte años, le tocaron
en herencia, por junto, un catre y un par de baúles vacíos. Vendió
los baúles y la armazón del catre, reservando la lona para mandarse
hacer un vestido de viaje, y con tan exiguo producto y unos
dieciséis pesos que tenía guardados en alcancía, de los reales y
medios que le regalaban, formó un capital de cerca de veinticinco
pesos y se puso a trabajar en el comercio.
Sus negocios fueron muy sencillos en un principio: se reducían a
comprar en Guaduas, en los mercados de los sábados por la tarde,
sombreros de paja, de unos muy baratos y modestos que allí tejían
para la gente pobre, y llevarlo a vender en Honda, donde en cambio
compraba ramos secos, de Mompox, para tejer de aquellos mismos
sombreros, y llevarlos a Guaduas. Ya en 1819 había logrado elevar
su capitalito a trescientos pesos libres, cuando le ocurrió una
aventura por extremo desagradable.
Regresaba de Honda, trayendo una carga de mercancías y cosa de
doscientos cincuenta pesos en dinero en los cojinetes o bolsones
delanteros de la silla, cuando en una mala estrechura del camino se
encontró con un cabo o sargento español que iba a píe y armado
hasta los dientes.
-Alto ahí! -exclamó el cabo o sargento, echando mano a las
riendas de mi padre.
-¿Qué se le ofrece a usted? -preguntó éste, asustado, pero
procurando disimular su azoramiento.
-Necesito esa mula en que usted va montado.
-¿Para qué?
-Tóma! Pues para montarla yo! Estoy cansado y he de llegar a
Honda.
-Pero si usted se lleva mi mula ¿cómo seguiré yo mi camino?
-A pie, como he venido yo.
-Hombre! Eso no puede ser...
-Vamos! Despache usted, que no estoy para bromas.
-No puedo consentir en tal tropelía!
-¿No? Pues hablará mí bayoneta, insurgente!
Y el chapetón hizo el ademán más amenazante.
-No me mate usted! -exclamó mi padre-. Todo se puede
arreglar...
-¿Cómo?
-Le prestaré a usted mi piula de carga, enjalmada, dejando la
carga en la próxima venta...
-No tal! Quiero la de silla, y con montura y todo.
-Oh, señor! Esa es una iniquidad...
El chapetón amagó otra vez a usar de su bayoneta con suma
indiscreción, y mi padre tuvo que apearse prontamente y ceder. El
chapetón se montó en la mula de silla, y se marchó a todo trote; mi
padre descargó aprisa la otra mula, dejando la carga en un rancho
del camino y se fue en seguimiento del español, con la esperanza de
recuperar su mula, su dinero y su montura; pero el sargento no
apareció por ninguna parte y todo se perdió.
Mi padre se revistió de entereza, cogió a dos manos su valor
moral, y suspirando se dijo: "Malditos chapetones! Vamos! ¿Y qué
haré? Pues volver a comenzar el trabajo"...
La educación de mi padre, como la de todos mis tíos, fue muy
limitada, a causa de la pobreza de mi abuelo, con tan numerosa
familia. Mi padre sólo aprendió a leer, a escribir, en gruesos
rasgos de letra española, las principales operaciones de la
aritmética, y las obligadas nociones de doctrina cristiana e
historia sagrada. Pero tenía grande inteligencia, carácter resuelto
y varonil, facilidad de locución, muy buena presencia y soltura de
maneras; lo que le sirvió para abrirse camino en la sociedad y
procurarse ventajosas relaciones. Tenía el humor jovial, franco y
festivo; gustábale mucho la danza y los entretenimientos de la
buena sociedad; se complacía en contar chascarrillos y anécdotas
chistosas; detestaba del juego y de la intemperancia en la bebida;
comía siempre con frugalidad; amaba el trabajo con pasión; era
incrédulo en religión, con cierto espíritu volteriano, pero rara
vez hablaba de asuntos religiosos; se interesaba mucho por las
cosas públicas, y era antibolivariano y muy liberal, bien que no
tenía estimación por el General Santander. Sus ideas políticas le
inclinaban más al liberalismo avanzado del doctor Vicente Azuero, y
nombraba frecuentemente como tipos de probidad y patriotismo a don
Félix Restrepo, al doctor Castillo Rada y al doctor Francisco
Soto.
En uno de sus frecuentes viajes a Honda conoció mi padre a mi
madre, hija de don Miguel Agudelo, oriundo de Andalucía, y doña
Brígida Tafur, natural de aquella ciudad; familia muy respetable
por ambas líneas y que fue muy considerada en la provincia. Mi
madre, hermosa y modesta joven de diecisiete años, había sido
educada conforme al rigor de las antiguas costumbres españolas. La
habían enseñado a leer en libro para que pudiese aprender todo
linaje de oraciones y conocer vidas de santos; pero no a escribir,
por cuanto la escritura podía ser pecaminosa, ni a leer
manuscritos, porque esto facilitaba la lectura de cartas o
billeticos de amores.
Los dos jóvenes se conocieron, y ocurrió lo que acontece
siempre. Cuando a una corriente de agua le cierran un camino, ella
se busca otro. Mí padre se relacionó en una casa que casi daba
frente a la de mi madre, y allí cantaba algunas coplitas amorosas
acompañándose con un tiple. Mi madre entendió las indirectillas del
cantor, y el tiple, sirviendo mejor que las vedadas declaraciones
epistolares, comenzó lo que el cura y el sacristán hubieron de
completar. Así, en 1823 contrajeron matrimonio el rubio y gallardo
guaduero y la piadosa y bella hondana.
Mi tío Juan Antonio se estableció también en Honda años después,
cuando hubo puesto fin a sus campañas y renunciado a la carrera
militar, y aun organizó compañía con mi padre para algunos negocios
comerciales. De aquí provino la grande intimidad de mi tío en casa,
donde vivió por largo tiempo, siendo á la sazón soltero, y como era
muy generoso y desprendido, y muy tierno y retozón con los
muchachos, todos le adorábamos.
El trato familiar con aquel valeroso tío, veterano de nuestras
guerras de la Independencia y hombre de mucha energía y carácter
muy independiente, influyó bastante en mi primera educación. Yo le
oía con embeleso, desde la edad de seis años, referir anécdotas muy
interesantes sobre las guerras venezolanas, y sus relaciones me
infundían un entusiasmo que con el tiempo se volvió ardiente
patriotismo. Mi tío tenía ideas muy avanzadas, y en 1833 escribió y
dirigió al Congreso una petición, que publicó enseguida, en la cual
reclamaba para la República tres reformas: la abolición del fuero
militar, la abolición del monopolio del tabaco, y la abolición de
la pena de muerte; reformas que fueron adoptadas muchos años
después.
Por lo visto, mi tío Juan Antonio era un abolicionista muy
resuelto. El General Santander se irritó mucho con su publicación
en hoja suelta (hoja que tuve entre mis papeles hasta 1851), y le
reconvino muy seriamente, a título de Jefe del partido liberal y
Presidente de la República. La respuesta de mi tío a tan altiva
reconvención, fue pedir su licencia absoluta, la que obtuvo,
perdiendo así el fruto de trece años de campañas y algunos más de
servicios.
De todas las anécdotas históricas que mi tío contaba
frecuentemente, solo recuerdo una que me impresionó por extremo.
Tenía yo cosa de nueve años cuando mí padre y mi tío me llevaron,
con dos o tres de mis hermanos, a conocer en Santa Ana las afamadas
minas de plata. El director de ellas, que era un inglés muy
estimable y amigo de bromas y chuscadas, y en cuya casa nos
hospedamos, nos hizo servir un exquisito plato que tomamos en la
inteligencia de que era anguilla; y cuando lo estábamos digiriendo
nos descubrió y probó que habíamos comido culebra cazadora. Como
todos reíamos, haciéndonos burla recíprocamente, mi tío
exclamó:
-Bah! ¿y qué tiene de particular que comamos culebra guisada?
Con buena hambre puede uno comer también hasta indio asado!
-¿Indio asado? -preguntó el Director, con asombro.
-Sí, señor.
-¿Y usted sería capaz de comerlo?
-Toma! Pues si lo he comido!
-¿Es usted antropófago, Coronel?
-Dios me libre de serlo! pero lo he sido una vez sin saberlo,
así como ahora he comido serpiente muy bien guisada.
-Cuéntenos usted cómo sucedió eso.
Mi tío refirió entonces, en sustancia, lo siguiente:
"En 1817, los patriotas fuimos derrotados por los chapetones en
un combate que nos dieron por sorpresa. Quedamos cortados, y
tuvimos que internarnos a pie en una inmensa selva, en la cual a
poco nos desorientamos y perdimos por completo. Nadie llevaba
provisiones, y como habíamos perdido nuestro parque y agotado casi
todas las municiones en el combate, no teníamos ni modo de matar
uno que otro animal que hallábamos en los bosques. Eramos cosa de
veinticinco los de la partida, y el tercer día ya nos moríamos
literalmente de hambre. Llegamos a un sitio donde nos sentamos a
deliberar sobre si echábamos suertes para que uno de nosotros
sirviera de alimento a los demás, y ya se había hecho el primer
sorteo, cuando un sargento que era muy perspicaz dijo:
-Creo haber sentido un ruido como de pasos.
-¿Por dónde? -preguntamos varios.
-Por allí cerca. Tal vez sea un oso u otra fiera. Déjenme
ustedes ir a observar lo que sea, y sí fuere un animal grande,
podremos salvarnos todos teniendo qué comer, sin llevar a efecto el
sorteo.
-Pues vaya usted volando! -se le dijo.
El sargento se alejó de nosotros, internándose en el bosque, y a
los diez o doce minutos oímos una detonación de fusil. Aquél
conservaba en reserva dos o tres cartuchos, y aprovechó uno para
matar el animal que solicitaba. Casi todos estábamos exánimes y no
pudimos movernos del sitio donde nos habíamos detenido. Sólo unos
tres soldados tuvieron fuerzas para internarse en el bosque en
solicitud del sargento, que tardaba en volver.
Pasó como medía hora más, durante la cual estuvimos en la más
cruel ansiedad, horriblemente atormentados por el hambre y la
incertidumbre. Al cabo regresó uno de los soldados y me dijo:
-Buenas noticias, mi Capitán!
-¿Qué hay? -le pregunté con dolorosa vehemencia.
-El sargento hizo caza, a algunas cuadras de distancia de aquí;
se ha prendido fuego y se está asando el oso.
-¿Era un oso?
-Sí, mi Capitán; un oso hembra.
-¿Y comeremos pronto?
-Tan luégo como se acabe de asar la carne, se traerá a este
sitio.
En efecto, a poco rato llegaron el sargento y los demás
soldados, llevándonos muchos trozos de carne asada, todavía tibia.
Tal era el hambre que teníamos que no reparamos siquiera en la
forma y color de las presas que nos dieron. Cuando hube satisfecho
el apetito, el sargento me dijo, mirándome con cierto aire entre
azorado y picaresco:
-¿Qué tal le ha parecido la carne, mi capitán?
-Muy tierna, pero de un sabor extraño -le contesté-. No es el
sabor de res, ni de ningún animal de monte de los que he
comido.
-Sin duda. Mi Capitán no debe de haber comido antes carne
de...
-¿De qué?
-De india.
-¿India? ¿Qué cuadrúpedo llaman por aquí con ese nombre?
-No es cuadrúpedo.
-¿Pues qué es?
-Hembra de indio.
-De indio!
-Sí, mi Capitán; de indio salvaje.
-Oh! oh! qué horror! -exclamé.
Hé aquí lo que me refirieron para explicarme el misterio,
relación que escuché con horror:
El sargento anduvo un trecho como de trescientas varas de
bosque, buscando primero y siguiendo después las huellas del sér
cuyos lejanos pasos había sentido, y súbitamente salió a una
especie de plazoleta limpia, abierta en medio de la selva. Entonces
se presentó a su vista un miserable rancho de indios salvajes, y un
instante después vio asomar uno de éstos momentáneamente por un
lado de la plazoleta, y volverse a ocultar lanzando un silbido o
especie de grito muy significativo. Al punto salió a la puerta una
hermosa india, robusta y bien tallada, y miró hacia diversos lados
como muy asustada. Comprendió el sargento que los indios huirían
amedrentados y no nos quedaría esperanza de salvación. Sintió un
vértigo de hambre, y sin pensar en lo que hacía tendió su fusil,
apuntó hacia el rancho, cerró los ojos y soltó el tiro... Cuando
los abrió como aturdido, vio el cadáver de la india tendido en el
suelo a la entrada del rancho... Aguardó un rato para ver en qué
paraba este suceso que le había sido aconsejado por la horrible
necesidad en que estábamos, y en eso sintió los pasos de los
soldados que le andaban buscando. Juntos se acercaron con
precaución al rancho, y lo hallaron enteramente escueto y solo; no
había más criatura humana que la india muerta. Se trajeron el
cadáver, volviendo sobre sus pasos, y metidos en el bosque
prendieron fuego con hojas y ramas secas y pusieron a asar las
mejores y más carnudas piezas del cuerpo de la salvaje...
Mi tío, que era muy valiente, se estremecía horrorizado al
referir este dramático suceso. El homicidio ejecutado por el
sargento había salvado a cosa de veinticinco soldados de la
Independencia; pero el acto era monstruoso, y mi tío sentía náuseas
y profundo horror cuando recordaba que había sido antropófago; bien
que sin saberlo de antemano, pues el sargento había tenido la
delicadeza de tomar precauciones para que todos los que ignoraban
el caso comiesen la carne asada, sin conocer primero lo que se les
servía para matar el hambre y salvarse.
Otro de mis tíos, don Rafael, que siempre fue agricultor en
Guaduas, tenía un carácter singular. Apacible en apariencia y muy
modesto, tenía un valor tranquilo para desafiar todo peligro, que
rayaba en la temeridad, y era sumamente ágil y esforzado. Poseyó
una pequeña hacienda, llamada
|La Picota, y a fuer de
campesino era insigne sangrador y curandero de bestias; por lo cual
muchos campesinos, acaso por un instinto de asimilación
involuntaria, le habilitaron de médico y cirujano para ellos. Los
cinco grandes remedios, casi panaceas, que empleaba mi tío Rafael
eran el agua, el zumo de limón, la sal, el aguardiente y la
lanceta. Cuando él se hería de cualquier modo, en sus faenas
campestres, se restregaba sin pestañear las heridas con sal, o
limón o aguardiente, y no hacía más caso de ellas, dejándolas sanar
con tales cauterios.
Una tarde se sintió muy malo de la garganta, pero no prestó
atención al mal y después se acostó a dormir. Cuando despertó, en
altas horas de la noche, la angina le asfixiaba Comprendiendo el
peligro, ni buscó el yesquero, la pajuela y la vela para encender
lumbre; en la oscuridad alargó el brazo, echó mano a su chaqueta,
colgada junto a la cabecera, sacó y abrió su lanceta de sangrar
caballos y se picó la vena principal de la garganta, salvándose con
una copiosa sangría.
En cierta ocasión un tigre cebado le mató y comió su mejor mula
de silla. Mi tío, furioso, resolvió al punto irse a buscar al
tigre, a pie y lanza en mano y cuchillo al cinto. Se internó en el
monte, dio con el tigre, que estaba en el fondo de un barranco y se
abalanzó encima a matarlo. Huyó la fiera espantada, pero al caer mi
tío en la hondura se halló al lado de una enorme serpiente cascabel
que iba a morderle. Anduvo listo y agarró la serpiente por el
cuello, apretándola con furor convulsivo. El terrible reptil se le
enroscó en el brazo y en el pescuezo, sacudiendo con furia los
cascabeles, cuyo lúgubre ruido era al propio tiempo causa de terror
y estímulo para triplicar las fuerzas y luchar hasta salvarse.
Daba mi tío lamentables gritos pidiendo socorro, pero nadie le
oía, y entretanto el reptil, no sólo se retorcía y casi le ahogaba
con sus frías roscas, sino que llegó hasta herirle, metiéndole
entre las narices la extremidad de la cola, con lo que le hizo
arrojar mucha sangre... Mi tío, sintiéndose casi vencido, hizo un
supremo esfuerzo, y dando con su brazo un terrible golpe contra un
árbol logró reducir a la inercia al horrible crótalo. Seguramente
con el golpe le rompió la espina dorsal, y esto le salvó. Cuando
llegó gente en su auxilio, mi tío estaba exánime, tendido en el
suelo, con el monstruoso reptil enroscado en el brazo; y tal había
sido la crispatura nerviosa de la mano con que agarró el cuello del
animal, y la del cuerpo de éste, que fue menester arrancárselo
cortado a pedazos, porque no tenía movimiento en la mano ni en el
brazo.
De este linaje eran las proezas de mi tío Rafael, hombre
sencillo y honradote que jamás conoció el miedo. Los ejemplos de
mis tíos, y algunos de mi padre, me infundieron desde mi primera
adolescencia bastante ánimo para desafiar todo peligro.