INDICE





PRIMERA PARTE
A mis hijas
El Angelus
Mi Familia
El primer cadaver
Primera educación de mi alma
Otras impresiones
Fiestas y diversiones
Educación moral y primaria
Lo que era yo entonces
El colegio
Bogotá y la universidad
Un año de conflictos
Varios episodios
Aventuras de un coronel
Otra vez en el colegio
Dos hombres raros
Mercurio y Themis
La universidad en 1843
Grandes sucesos y emociones
Un impresor famoso
Un hombre desgraciado
La Biblioteca Nacional
Principio de vida pública
La casa de un hombre justo
Recuerdos literarios y otros
Situaciones críticas
Estado psicológico
Último tiempo de prueba
Vida libre

SEGUNDA PARTE
En familia
Foro y comercio
El 7 de marzo y sus consecuencias
Varios episodios graves o curiosos
Incidentes interesantes
Situación política de 1851
Nueva situación
El dolor y el trabajo
Vida campestre
Nuevas tareas y luchas
Mi segundo duelo
Nuevos horizontes
El año de 1854
En campaña
Continua la campaña
Operaciones y batallas
La toma de Bogotá y sus consecuencias
Luchas políticas y literarias
Episodios críticos

TERCERA PARTE
El primer viaje
La vida parisiense
La sociedad francesa
Mi viaje a España
Observaciones y anécdotas en España
Otros viajes por el continente
Varias excursiones
Mis trabajos literarios, científicos y políticos
Residencia en Londres y excursiones en la Gran Bretaña
Nueva residencia en París
Observaciones políticas y literarias
Viaje al Perú
Mi residencia en Lima
Mi regreso a Colombia
Epílogo

MI FAMILIA

 

Por los años de 1788 a 1790 llegaron a la costa del Nuevo Reino de Granada, en el Atlántico, tres hermanos, hijos de Zaragoza y miembros de una antigua familia española, de origen francés, que había ocupado alta posición en la extinguida corte de los Alfonsos de Aragón. Llamábanse don Joaquín, don Antonio y don Manuel Sanz de Samper | [1] . El primero, que era capitán de fragata de la Marina real, tomó a España, donde tuvo familia y falleció; el segundo venía con el carácter de Gobernador de Santa Marta, y allí dejó descendencia; y el tercero, que traía nombramiento de Recaudador de las Rentas reales, vivió sucesivamente en Mompox y Neiva y en la villa de Guaduas, donde acabó sus días. Este último fue mí abuelo paterno.

De primeras nupcias, contraídas en Mompox con una señora Mudarra (de quien era pariente el después General Rafael Mendoza) tuvo dos hijos: don Joaquín, que hacia 1812 sentó plaza de soldado cadete, en servicio de la Independencia, y llegó hasta obtener el grado de Teniente Coronel, peleando en Venezuela y Nueva Granada; y don Manuel Francisco, que, como Diputado por Guaduas, fue uno de los miembros del "Serenísimo Colegio constituyente y Electoral" que dio a nuestro país su primera constitución de Estado independiente el 30 de marzo de 1811.

Casó mi abuelo en segundas nupcias en Guaduas, con doña Josefa Blanco y Milán, de origen castellano, y tuvo de este matrimonio ocho hijos, varones los cinco, siendo el segundo de éstos mi padre, don José María, y el tercero don Juan Antonio. Bien que hijos de español realista (godo o chapetón, como llamaban en Colombia a los peninsulares), todos fueron patriotas en sus sentimientos y republicanos decididos, y mi tío Juan Antonio, que en Enero de 1814, a la edad de quince años, sentó también plaza de soldado cadete, llegó hasta ser Teniente Coronel efectivo, con grado de Coronel, combatiendo con mucho valor en las campañas de Venezuela, hasta 1826, y prestando sus servicios hasta 1829.

Mi abuelo, que era hombre incontrastable en sus ideas, a fuer de español y empleado real, creía estar obligado personalmente a una indeclinable fi­delidad a la causa del Rey, contra la Independencia, y siempre consideró la revolución de 1810 como desacordada y perniciosa. Pero también reconocía que sus hijos, nacidos en este país, tenían el deber de ser patriotas, y nunca llevó a mal que sirvieran a la República. Mi padre, nacido en septiem­bre de 1797, no alcanzó el honor de combatir por la Patria; pero fue al menos miliciano, y como tal prestó sus servicios, y en todo el curso de su vida nunca escaseó los que, en su modesta condición de hombre poco ilustrado, pero buen ciudadano, tuvo ocasión de prestar a la ciudad y provincia de su domicilio y a la Nación entera.

Al morir mi abuelo paterno, reunió a todos sus hijos en torno de su lecho y les dijo: "Aquí tenéis todos los papeles que establecen mi procedencia y prueban que sois bien nacidos; leedlos para que estiméis a vuestros mayores. Pero os aconsejo que no hagáis ningún uso de ellos. Esta tierra es y ha de ser una República, y cada día será más democrática. Tratad de crearos nuevas ejecutorias con la honradez, el trabajo y el patriotismo, que han de valeros más que estos papeles".

Mis tíos y mi padre, siguiendo tan discreto consejo, continuaron siendo patriotas y republicanos, y mantuvieron la costumbre que ya tenían de firmar con sólo su segundo apellido, suprimiendo la partícula y el primero. Por mí sé decir que, si me ha causado siempre gran satisfacción íntima la idea de ser "bien nacido", según las antiguas tradiciones, mucho más me ha enorgullecido la ejecutoría que me dejaron, con su patriotismo republicano, mi padre y mis tíos. Esta nobleza generosa, a cuya clase pueden elevarse todos los ciudadanos por la virtud, es tan compatible con la igualdad democrática, que en verdad contiene el mejor estímulo pa­ra las almas intrépidas dispuestas a servir con des­interés y abnegación a la Patria.

Mi abuelo fue muy pobre, y así murió, como acontece con todos los hombres honrados que sirven empleos públicos por largo tiempo. Así fue que, al morir, ningunos bienes de fortuna dejó a su familia. A mi padre, que no tenía arriba de veinte años, le tocaron en herencia, por junto, un catre y un par de baúles vacíos. Vendió los baúles y la armazón del catre, reservando la lona para mandarse hacer un vestido de viaje, y con tan exiguo producto y unos dieciséis pesos que tenía guardados en alcancía, de los reales y medios que le regalaban, formó un capital de cerca de veinticinco pesos y se puso a trabajar en el comercio.

Sus negocios fueron muy sencillos en un principio: se reducían a comprar en Guaduas, en los mercados de los sábados por la tarde, sombreros de paja, de unos muy baratos y modestos que allí tejían para la gente pobre, y llevarlo a vender en Honda, donde en cambio compraba ramos secos, de Mompox, para tejer de aquellos mismos sombreros, y llevarlos a Guaduas. Ya en 1819 había logrado elevar su capitalito a trescientos pesos libres, cuando le ocurrió una aventura por extremo desagradable.

Regresaba de Honda, trayendo una carga de mercancías y cosa de doscientos cincuenta pesos en dinero en los cojinetes o bolsones delanteros de la silla, cuando en una mala estrechura del camino se encontró con un cabo o sargento español que iba a píe y armado hasta los dientes.

-Alto ahí! -exclamó el cabo o sargento, echando mano a las riendas de mi padre.

-¿Qué se le ofrece a usted? -preguntó éste, asustado, pero procurando disimular su azoramiento.

-Necesito esa mula en que usted va montado.

-¿Para qué?

-Tóma! Pues para montarla yo! Estoy cansado y he de llegar a Honda.

-Pero si usted se lleva mi mula ¿cómo seguiré yo mi camino?

-A pie, como he venido yo.

-Hombre! Eso no puede ser...

-Vamos! Despache usted, que no estoy para bromas.

-No puedo consentir en tal tropelía!

-¿No? Pues hablará mí bayoneta, insurgente!

Y el chapetón hizo el ademán más amenazante.

-No me mate usted! -exclamó mi padre-. Todo se puede arreglar...

-¿Cómo?

-Le prestaré a usted mi piula de carga, enjalmada, dejando la carga en la próxima venta...

-No tal! Quiero la de silla, y con montura y todo.

-Oh, señor! Esa es una iniquidad...

El chapetón amagó otra vez a usar de su bayoneta con suma indiscreción, y mi padre tuvo que apearse prontamente y ceder. El chapetón se montó en la mula de silla, y se marchó a todo trote; mi padre descargó aprisa la otra mula, dejando la carga en un rancho del camino y se fue en seguimiento del español, con la esperanza de recuperar su mula, su dinero y su montura; pero el sargento no apareció por ninguna parte y todo se perdió.

Mi padre se revistió de entereza, cogió a dos manos su valor moral, y suspirando se dijo: "Malditos chapetones! Vamos! ¿Y qué haré? Pues volver a comenzar el trabajo"...

La educación de mi padre, como la de todos mis tíos, fue muy limitada, a causa de la pobreza de mi abuelo, con tan numerosa familia. Mi padre sólo aprendió a leer, a escribir, en gruesos rasgos de letra española, las principales operaciones de la aritmética, y las obligadas nociones de doctrina cristiana e historia sagrada. Pero tenía grande inteligencia, carácter resuelto y varonil, facilidad de locución, muy buena presencia y soltura de maneras; lo que le sirvió para abrirse camino en la sociedad y procurarse ventajosas relaciones. Tenía el humor jovial, franco y festivo; gustábale mucho la danza y los entretenimientos de la buena sociedad; se complacía en contar chascarrillos y anécdotas chistosas; detestaba del juego y de la intemperancia en la bebida; comía siempre con frugalidad; amaba el trabajo con pasión; era incrédulo en religión, con cierto espíritu volteriano, pero rara vez hablaba de asuntos religiosos; se interesaba mucho por las cosas públicas, y era antibolivariano y muy liberal, bien que no tenía estimación por el General Santander. Sus ideas políticas le inclinaban más al liberalismo avanzado del doctor Vicente Azuero, y nombraba frecuentemente como tipos de probidad y patriotismo a don Félix Restrepo, al doctor Castillo Rada y al doctor Francisco Soto.

En uno de sus frecuentes viajes a Honda conoció mi padre a mi madre, hija de don Miguel Agudelo, oriundo de Andalucía, y doña Brígida Tafur, natural de aquella ciudad; familia muy respetable por ambas líneas y que fue muy considerada en la provincia. Mi madre, hermosa y modesta joven de diecisiete años, había sido educada conforme al ri­gor de las antiguas costumbres españolas. La habían enseñado a leer en libro para que pudiese aprender todo linaje de oraciones y conocer vidas de santos; pero no a escribir, por cuanto la escritura podía ser pecaminosa, ni a leer manuscritos, porque esto facilitaba la lectura de cartas o billeticos de amores.

Los dos jóvenes se conocieron, y ocurrió lo que acontece siempre. Cuando a una corriente de agua le cierran un camino, ella se busca otro. Mí padre se relacionó en una casa que casi daba frente a la de mi madre, y allí cantaba algunas coplitas amorosas acompañándose con un tiple. Mi madre entendió las indirectillas del cantor, y el tiple, sirviendo mejor que las vedadas declaraciones epistolares, comenzó lo que el cura y el sacristán hubieron de completar. Así, en 1823 contrajeron matrimonio el rubio y gallardo guaduero y la piadosa y bella hondana.

Mi tío Juan Antonio se estableció también en Honda años después, cuando hubo puesto fin a sus campañas y renunciado a la carrera militar, y aun organizó compañía con mi padre para algunos negocios comerciales. De aquí provino la grande intimidad de mi tío en casa, donde vivió por largo tiempo, siendo á la sazón soltero, y como era muy generoso y desprendido, y muy tierno y retozón con los muchachos, todos le adorábamos.

El trato familiar con aquel valeroso tío, veterano de nuestras guerras de la Independencia y hombre de mucha energía y carácter muy independiente, influyó bastante en mi primera educación. Yo le oía con embeleso, desde la edad de seis años, referir anécdotas muy interesantes sobre las guerras venezolanas, y sus relaciones me infundían un entusiasmo que con el tiempo se volvió ardiente patriotismo. Mi tío tenía ideas muy avanzadas, y en 1833 escribió y dirigió al Congreso una petición, que publicó enseguida, en la cual reclamaba para la República tres reformas: la abolición del fuero militar, la abolición del monopolio del tabaco, y la abolición de la pena de muerte; reformas que fueron adoptadas muchos años después.

Por lo visto, mi tío Juan Antonio era un abolicionista muy resuelto. El General Santander se irritó mucho con su publicación en hoja suelta (hoja que tuve entre mis papeles hasta 1851), y le reconvino muy seriamente, a título de Jefe del partido liberal y Presidente de la República. La respuesta de mi tío a tan altiva reconvención, fue pedir su licencia absoluta, la que obtuvo, perdiendo así el fruto de trece años de campañas y algunos más de servicios.

De todas las anécdotas históricas que mi tío contaba frecuentemente, solo recuerdo una que me impresionó por extremo. Tenía yo cosa de nueve años cuando mí padre y mi tío me llevaron, con dos o tres de mis hermanos, a conocer en Santa Ana las afamadas minas de plata. El director de ellas, que era un inglés muy estimable y amigo de bromas y chuscadas, y en cuya casa nos hospedamos, nos hizo servir un exquisito plato que tomamos en la inteligencia de que era anguilla; y cuando lo estábamos digiriendo nos descubrió y probó que habíamos comido culebra cazadora. Como todos reíamos, haciéndonos burla recíprocamente, mi tío exclamó:

-Bah! ¿y qué tiene de particular que comamos culebra guisada? Con buena hambre puede uno comer también hasta indio asado!

-¿Indio asado? -preguntó el Director, con asombro.

-Sí, señor.

-¿Y usted sería capaz de comerlo?

-Toma! Pues si lo he comido!

-¿Es usted antropófago, Coronel?

-Dios me libre de serlo! pero lo he sido una vez sin saberlo, así como ahora he comido serpiente muy bien guisada.

-Cuéntenos usted cómo sucedió eso.

Mi tío refirió entonces, en sustancia, lo siguiente:

"En 1817, los patriotas fuimos derrotados por los chapetones en un combate que nos dieron por sorpresa. Quedamos cortados, y tuvimos que internarnos a pie en una inmensa selva, en la cual a poco nos desorientamos y perdimos por completo. Nadie llevaba provisiones, y como habíamos perdido nuestro parque y agotado casi todas las municiones en el combate, no teníamos ni modo de matar uno que otro animal que hallábamos en los bosques. Eramos cosa de veinticinco los de la partida, y el tercer día ya nos moríamos literalmente de hambre. Llegamos a un sitio donde nos sentamos a deliberar sobre si echábamos suertes para que uno de nosotros sirviera de alimento a los demás, y ya se había hecho el primer sorteo, cuando un sargento que era muy perspicaz dijo:

-Creo haber sentido un ruido como de pasos.

-¿Por dónde? -preguntamos varios.

-Por allí cerca. Tal vez sea un oso u otra fiera. Déjenme ustedes ir a observar lo que sea, y sí fuere un animal grande, podremos salvarnos todos teniendo qué comer, sin llevar a efecto el sorteo.

-Pues vaya usted volando! -se le dijo.

El sargento se alejó de nosotros, internándose en el bosque, y a los diez o doce minutos oímos una detonación de fusil. Aquél conservaba en reserva dos o tres cartuchos, y aprovechó uno para matar el animal que solicitaba. Casi todos estábamos exánimes y no pudimos movernos del sitio donde nos habíamos detenido. Sólo unos tres soldados tuvieron fuerzas para internarse en el bosque en solicitud del sargento, que tardaba en volver.

Pasó como medía hora más, durante la cual estuvimos en la más cruel ansiedad, horriblemente atormentados por el hambre y la incertidumbre. Al cabo regresó uno de los soldados y me dijo:

-Buenas noticias, mi Capitán!

-¿Qué hay? -le pregunté con dolorosa vehemencia.

-El sargento hizo caza, a algunas cuadras de distancia de aquí; se ha prendido fuego y se está asando el oso.

-¿Era un oso?

-Sí, mi Capitán; un oso hembra.

-¿Y comeremos pronto?

-Tan luégo como se acabe de asar la carne, se traerá a este sitio.

En efecto, a poco rato llegaron el sargento y los demás soldados, llevándonos muchos trozos de carne asada, todavía tibia. Tal era el hambre que teníamos que no reparamos siquiera en la forma y color de las presas que nos dieron. Cuando hube satisfecho el apetito, el sargento me dijo, mirándome con cierto aire entre azorado y picaresco:

-¿Qué tal le ha parecido la carne, mi capitán?

-Muy tierna, pero de un sabor extraño -le contesté-. No es el sabor de res, ni de ningún animal de monte de los que he comido.

-Sin duda. Mi Capitán no debe de haber comido antes carne de...

-¿De qué?

-De india.

-¿India? ¿Qué cuadrúpedo llaman por aquí con ese nombre?

-No es cuadrúpedo.

-¿Pues qué es?

-Hembra de indio.

-De indio!

-Sí, mi Capitán; de indio salvaje.

-Oh! oh! qué horror! -exclamé.

Hé aquí lo que me refirieron para explicarme el misterio, relación que escuché con horror:

El sargento anduvo un trecho como de trescientas varas de bosque, buscando primero y siguiendo después las huellas del sér cuyos lejanos pasos había sentido, y súbitamente salió a una especie de plazoleta limpia, abierta en medio de la selva. Entonces se presentó a su vista un miserable rancho de indios salvajes, y un instante después vio asomar uno de éstos momentáneamente por un lado de la plazoleta, y volverse a ocultar lanzando un silbido o especie de grito muy significativo. Al punto salió a la puerta una hermosa india, robusta y bien tallada, y miró hacia diversos lados como muy asustada. Comprendió el sargento que los indios huirían amedrentados y no nos quedaría esperanza de salvación. Sintió un vértigo de hambre, y sin pensar en lo que hacía tendió su fusil, apuntó hacia el rancho, cerró los ojos y soltó el tiro... Cuando los abrió como aturdido, vio el cadáver de la india tendido en el suelo a la entrada del rancho... Aguardó un rato para ver en qué paraba este suceso que le había sido aconsejado por la horrible necesidad en que estábamos, y en eso sintió los pasos de los soldados que le andaban buscando. Juntos se acercaron con precaución al rancho, y lo hallaron enteramente escueto y solo; no había más criatura humana que la india muerta. Se trajeron el cadáver, volviendo sobre sus pasos, y metidos en el bosque prendieron fuego con hojas y ramas secas y pusieron a asar las mejores y más carnudas piezas del cuerpo de la salvaje...

Mi tío, que era muy valiente, se estremecía horrorizado al referir este dramático suceso. El ho­micidio ejecutado por el sargento había salvado a cosa de veinticinco soldados de la Independencia; pero el acto era monstruoso, y mi tío sentía náuseas y profundo horror cuando recordaba que había sido antropófago; bien que sin saberlo de antemano, pues el sargento había tenido la delicadeza de tomar precauciones para que todos los que ignoraban el caso comiesen la carne asada, sin conocer primero lo que se les servía para matar el hambre y salvarse.

Otro de mis tíos, don Rafael, que siempre fue agricultor en Guaduas, tenía un carácter singular. Apacible en apariencia y muy modesto, tenía un va­lor tranquilo para desafiar todo peligro, que raya­ba en la temeridad, y era sumamente ágil y esforzado. Poseyó una pequeña hacienda, llamada |La Picota, y a fuer de campesino era insigne sangrador y curandero de bestias; por lo cual muchos campesinos, acaso por un instinto de asimilación invo­luntaria, le habilitaron de médico y cirujano para ellos. Los cinco grandes remedios, casi panaceas, que empleaba mi tío Rafael eran el agua, el zumo de limón, la sal, el aguardiente y la lanceta. Cuando él se hería de cualquier modo, en sus faenas campestres, se restregaba sin pestañear las heridas con sal, o limón o aguardiente, y no hacía más caso de ellas, dejándolas sanar con tales cauterios.

Una tarde se sintió muy malo de la garganta, pero no prestó atención al mal y después se acostó a dormir. Cuando despertó, en altas horas de la noche, la angina le asfixiaba Comprendiendo el peligro, ni buscó el yesquero, la pajuela y la vela para encender lumbre; en la oscuridad alargó el brazo, echó mano a su chaqueta, colgada junto a la cabecera, sacó y abrió su lanceta de sangrar caballos y se picó la vena principal de la garganta, salvándose con una copiosa sangría.

En cierta ocasión un tigre cebado le mató y comió su mejor mula de silla. Mi tío, furioso, resolvió al punto irse a buscar al tigre, a pie y lanza en mano y cuchillo al cinto. Se internó en el monte, dio con el tigre, que estaba en el fondo de un barranco y se abalanzó encima a matarlo. Huyó la fiera espantada, pero al caer mi tío en la hondura se halló al lado de una enorme serpiente cascabel que iba a morderle. Anduvo listo y agarró la serpiente por el cuello, apretándola con furor convulsivo. El terrible reptil se le enroscó en el brazo y en el pescuezo, sacudiendo con furia los cascabeles, cuyo lúgubre ruido era al propio tiempo causa de terror y estímulo para triplicar las fuerzas y luchar hasta salvarse.

Daba mi tío lamentables gritos pidiendo socorro, pero nadie le oía, y entretanto el reptil, no sólo se retorcía y casi le ahogaba con sus frías roscas, sino que llegó hasta herirle, metiéndole entre las narices la extremidad de la cola, con lo que le hizo arrojar mucha sangre... Mi tío, sintiéndose casi vencido, hizo un supremo esfuerzo, y dando con su brazo un terrible golpe contra un árbol logró reducir a la inercia al horrible crótalo. Seguramente con el golpe le rompió la espina dorsal, y esto le salvó. Cuando llegó gente en su auxilio, mi tío estaba exánime, tendido en el suelo, con el monstruoso reptil enroscado en el brazo; y tal había sido la crispatura nerviosa de la mano con que agarró el cuello del animal, y la del cuerpo de éste, que fue menester arrancárselo cortado a pedazos, porque no tenía movimiento en la mano ni en el brazo.

De este linaje eran las proezas de mi tío Rafael, hombre sencillo y honradote que jamás conoció el miedo. Los ejemplos de mis tíos, y algunos de mi padre, me infundieron desde mi primera adolescencia bastante ánimo para desafiar todo peligro.


 
[1]  Parece que primitivamente lo escribían SEMPERE, y que, por corrupción, según el sonido, quedó SAMPER.

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