UN IMPRESOR FAMOSO
En marzo de 1843 me asaltó, como he dicho, la tentación de
escribir un artículo de periódico. Yo no entendía ni jota del
oficio, pero tenía inquietud de espíritu y atrevimiento, y estas
dos facultades hacen muchas cosas en el mundo.
Claro es que para un estudiante el asunto más natural para
escribir era el
|Plan de estudios vigente en la
Universidad: escribí, pues, como pude mi párrafo contra aquel
decreto, y, de ribete, contra su autor. Pero la cuestión más
difícil era encontrar el modo de publicarlo: este fue para mí
asunto de mucha importancia. Sin sospecharlo, preparaba todo mi
porvenir al empeñarme en dar a luz aquel oscurísimo ensayo.
Me presenté en casa del impresor que antes he nombrado, y entré
francamente en el corredor de la planta baja del edificio, que era
una casa de la calle principal del barrio de Las Nieves. El aspecto
interior de aquella casa, bien que muy modesto, me encantó.
Mientras el impresor podía salir a recibirme, púseme a observar con
mucha curiosidad alternativamente el trabajo de los cajistas y
prensistas. Nunca había visto el mecanismo de una imprenta; así es
que devoraba los artículos de periódico y algunos libros, a
semejanza de gastrónomo que gusta una exquisita carne de monte sin
conocer el animal ni la escopeta que le ha dado muerte.
Aquellos tipos de plomo que tan ingeniosa y exactamente
reproducían el pensamiento; aquellos humildes obreros de luz,
mecánicos de la verdad escrita, cómplices de la fecunda acción de
las ideas; aquellas prensas que multiplicaban tan rápidamente la
obra producida por los tipos; aquellos encuadernadores, silenciosos
costureros de revoluciones y reacciones ruidosas, tan impasibles en
su tarea que parecían no tener conciencia del bien o el mal a que
estaban contribuyendo: todo eso me impresionó profundamente, me
reveló el valor del patriotismo, la importancia social del
escritor, la solidaridad de todos los servidores de la imprenta y
la idea de la colaboración recíproca del escritor y el lector en la
inmensa obra de la civilización. Todo aquello me hizo descubrir mi
vocación de escritor (desgraciada vocación, por cierto!) y me
inculcó el ensueño de la gloria.
Contemplaba yo con embeleso las prensas y los prensistas que
trabajaban en el corredor, cuando se me presentó un sujeto que
parecía rayar en los cuarenta y cinco años, mediano de cuerpo y
aventajado de nariz, de ancho rostro y expresión plácidamente
maliciosa, sencillo en su porte, bondadoso en sus maneras, franco y
campechano en el decir y siempre con la risa en los labios. En su
mirada había un no sé qué del candor de la probidad, así como de
las marrullerías de un hombre habituado a manejar el mundo y ser
depositario de muchos secretos, divergentes y aún opuestos. Aquel
personaje era don JOSE ANTONIO CUALLA, el veterano, el generalísimo
de los impresores de Bogotá, benemérito de la prensa en grado
eminente.
-¿Me necesita usted, caballerito? -dijo don José Antonio al
yerme.
-Sí, señor -le contesté-. Traigo un artículo para
|El
Día.
-Hola! ¿Con que ya maneja la pluma?
-Deseo manejarla, y ahora no más empiezo.
-Pues muy temprano comienza usted y larga la lleva -repuso el
impresor sonriéndose.
-Este es mi primer artículo -añadí.
-¿Y de qué trata?
-Es una censura del
|Plan de estudios...
-Entonces... ya caigo: ¿Usted es un estudiante?
-De jurisprudencia.
-Al menos... esa fama tenemos.
-Pues veremos si se puede insertar el artículo; con tal que no
sea largo...
-Es corto: a lo sumo ocupará una columna de
|El Día.
-Está bien: démelo usted.
-¿Y cuánto me costará la inserción?
-Nada.
-Cómo! ¿Nada absolutamente?
-Acostumbro publicar gratis en el periódico los artículos de
interés público, sobre todo si son obras de jóvenes que empiezan a
formarse para el oficio.
-Doy a usted mil gracias por sus bondades.
-Pero eso sí, le advierto una cosa...
-¿Qué?
-Que no se amostace luego si le dan carga por su artículo.
|El Día es para todos, como su nombre lo indica; yo admito
el pro y el contra en toda cuestión, y allá se las avengan los
escritores con el público y el jurado. Practico la libertad por
igual. ¿Le gusta a usted así?
-Perfectamente, señor Cualla.
Don José Antonio usaba un enorme chaquetón provisto de grandes
bolsillos, en los cuales hundía, como en los compartimientos de un
armario, los materiales que recibía para sus publicaciones: un
bolsillo servía de gaveta o cajón para
|El Día, otro para
la
|Gaceta Oficial, etc. Y es fama que algunas veces el
honrado impresor tenía sus trocatinas de bolsillos, y luego salía
en la
|Gaceta alguna necrología (si las hay buenas) o un
trozo de folletín, al mismo tiempo que en
|El Día figuraba
alguna circular sobre diezmos o papel sellado en la sección
literaria. Pero aún con este riesgo, la imprenta del señor Cualla
era la mejor de Bogotá, y don José Antonio el más amable y generoso
de los impresores posibles.
Mi artículo fue prontamente publicado, y hubo para mí la curiosa
coincidencia de que en esos días cumpliera mis quince años; desde
entonces guardé un profundo sentimiento de gratitud hacia el señor
Cualla. No hubo hombre alguno en Colombia a quien las letras, el
periodismo, la libertad práctica de la prensa y la educación
política de la juventud debieran servicios más considerables. Fue
impresor durante casi toda su vida, tal vez más por amor al oficio
que por especulación: hizo de los tipos su tesoro y una parte
esencial de su familia: las prensas fueron siempre los muebles más
preciosos de su hogar. Si hoy día tenemos en Bogotá numerosas y
buenas imprentas, debese principalmente a la constancia con que el
señor Cualla formó y disciplinó muchos obreros hábiles en los
diversos ramos del servicio de la imprenta.
Bajo su generosa protección, pues siempre fue benévolo, pronto a
favorecer la publicidad, nos formamos como escritores más de un
centenar de colombianos, sin distinción de nombres, colores
políticos ni escuelas literarias. Lo mismo acogió él y puso en
escena al liberal que al conservador, al blanco que al mestizo, al
romántico que al clásico, al católico ortodoxo que al libre
pensador. Es incalculable el bien que su tolerancia y práctica
liberalidad hicieron a la República; más que ningún hombre de
Estado, más que ningún partido y que ninguna ley, hizo práctica la
libertad de imprenta y la igualdad de los escritores delante del
público; influyendo así poderosamente sobre nuestras costumbres
políticas. En un país como el nuestro, donde sobran instituciones
liberales y faltan costumbres republicanas, practicar y hacer
agradable la tolerancia es servir a la libertad y a la justicia con
verdadera eficacia. El señor Cualla fue un hombre humilde y raro,
que pudo morir con la seguridad de. que su nombre no caería en el
olvido ni sería oscuro para la posteridad. Por mi parte, le rindo
aquí el homenaje de mi gratitud como escritor y de mi estimación
como patriota.