GRANDES SUCESOS Y
EMOCIONES
Desde el año de 1843, bien que apenas contaba quince años,
comencé a ser hombre ¿Por qué? Fácil es explicarlo.
Porque comencé a pensar verdaderamente, a escribir lo que
pensaba:
Porque experimenté el primer sufrimiento grande y profundo;
Porque contraje algunas de las más dulces y durables relaciones
de amistad que he cultivado durante mi vida;
Porque me inicié en los misterios de aquella cosa inmensa y
sublime que se llama amor...
Desde luego el estudio del Derecho romano y del Derecho civil
abrió delante de mi alma el horizonte de dos grandes cosas, -una
que proviene de Dios directamente y es más o menos comprendida por
la Humanidad, y otra creada por la acción del hombre en su
desarrollo a través de los tiempos- es decir: el principio de la
Justicia, equilibrio del Deber y el Derecho, y la Historia. Sólo al
tender la vista del alma por aquel vasto horizonte, empecé a sentir
que realmente
|pensaba.
Además, la lectura frecuente de los pocos periódicos que por
entonces se publicaban en Bogotá, y los estudios que hacía al
seguir un curso especial de literatura castellana que se estableció
en San Bartolomé como obligatorio, aun para los alumnos de
jurisprudencia, me incitaron vivamente a comenzar lecturas
literarias, a las cuales tomé muy decidida afición. Bien que sin
método, poco a poco fui leyendo, a medida que podía procurármelos,
muchos de los clásicos españoles, desde los de los siglos XV y
siguientes hasta los contemporáneos; mas no tardé en volverme
romántico entusiasta, a influjo de las obras de Espronceda y
Zorrilla, los Bermúdez de Castro, García Tásara y aun el duque de
Rivas, el malogrado Lara y García Gutiérrez que formaron con su
estilo poético escuela entre la juventud de Nueva Granada,
Venezuela y otros pueblos hispanoamericanos.
Al propio tiempo empezaba yo a nutrir mi espíritu,
desordenadamente o sin método, con otras lecturas de muy distintas
escuelas. Las obras de Bernardino de Saint-Pierre y Chateaubriand,
de Lamartine y A. Dumas, Víctor Hugo y otros escritores franceses
fueron enriqueciendo la luz de mi alma y multiplicando las
impresiones que diariamente recibía. Volví a leer el Quijote y
sucesivamente las Vidas de Plutarco. Pero lo que mas me impresionó
fue la lectura de las obras de Walter Scott. Di por casualidad con
dos minas de las novelas de aquel gran poeta y prosador, inmortal
por su sagacidad moral, su estilo y sus cuadros históricos y de
costumbres: la una, en la botica del señor Santamaría, la otra, en
la tienda del doctor Andrés Aguilar, inolvidable para mí, y cuyo
nombre se hizo célebre en 1861, lúgubre para nuestra historia...
Cada vez que tenía yo, a fuerza de ahorros, los reales necesarios,
iba y compraba una novela de Walter Scott: la leía y releía, la
saboreaba durante uno o dos meses, y luego la revendía o rifaba en
San Bartolomé, con alguna pérdida, para comprar otra y otras. Así
logré leer hasta cosa de diez y seis o diez y ocho, desde 1843 a
1845, agotando todas las que pude hallar. Acaso mi afición a
escribir novelas fue engendrada principalmente por las tempranas
lecturas de Walter Scott, Víctor Hugo y Dumas, que me dejaron muy
hondas y durables impresiones. A la edad de diez y seis años
escribí mi primera novela, que, felizmente para las letras y para
mí, jamás salió a la luz: era una concepción absurda, inverosímil,
intitulada
|Gato por liebre, cuyo manuscrito conserva
Manuel Pombo como una curiosidad. La segunda (también dichosamente
inédita), escrita pocos meses después, era verídica, como que
pintaba a lo vivo costumbres domésticas; y la intitulé:
|Los
misterios de la casa de don Juan**, por cuanto estaban de moda
entonces los misterios de París y de todas las capitales posibles.
Cuando uno considera el punto a que ha llegado, sin maestro, ni
escuela ni estímulo alguno, y aquel de donde partió, no puede menos
que decirse: "Cuánto no he trabajado y cuánto papel no he tenido
que embarrar con tinta para llegar a escribir algo de
provecho!".
Mi vocación de escritor público fue irresistible y manifiesta
desde muy temprano. Tenía apenas quince años cuando escribí mi
primer artículo de periódico. Por cierto que lo enderecé contra el
doctor Ospina y su Plan de estudios, pues era un desahogo de la
irritación que me había causado la inicua expulsión a que he
aludido. Era entonces editor de
|El Día don José Antonio
Cualla, benemérito entre nuestros viejos impresores, hombre
sencillo y campechano, amigo de la libre y extensa publicidad,
liberal en sus condiciones de impresión, y muy inclinado a
favorecer con su benevolencia a la juventud para abrirle fácil
camino en la prensa. Aceptó mi artículo, sonriendo al ver la figura
del adolescente escritor, lo dió a luz en su periódico (que
publicaba todo lo imaginable, sin distinción de estilos ni
opiniones), y cuando me ví en letra de molde, bien que mi
|factum salió anónimo, me creí dichoso y en camino para el
templo de la gloria; me sentí hombre fuerte, diciéndome: "Tendré
con el tiempo un capital y una arma en mi pluma". Oh! ilusiones y
ensueños de la adolescencia.
A medida que fuí aclimatándome en los claustros de la
Universidad, fuí contrayendo afectos y trabando amistades, y
abriendo, por lo mismo, el alma no solamente a las gratas emociones
que nacen del nobilísimo culto de la amistad, sino también a la
comunidad de ideas y sentimientos que hace tan fecundo este amor
monosexual. Algunos de los amigos que desde entonces tuve me han
sido, con el tiempo, infieles, y, arrastrados por la pasión
política o el interés personal o de partido, me han hecho o
procurado hacer todo el mal posible. Por toda venganza pasaré sus
nombres en silencio, como inadvertidos. Otros, amigos íntimos o nó,
y a las veces algunos transitoriamente en desacuerdo conmigo, han
dejado en mi alma un recuerdo imborrable. Citaré principalmente
algunos de los más notables entre mis camaradas de la
Universidad.
Los tres más antiguos son Salvador Camacho Roldán, Manuel Pombo
y Nicolás Pereira Gamba. Su amistad ha sido inalterable; jamás ha
dejado de quererles ni estimarles; nunca me han lastimado en lo
mínimo, ni yo a ellos; nuestra vida ha estado en frecuente,
contacto, y los tres han hecho parte en mi corazón, de mi familia
moral. ¿Quién no sabe lo que es Salvador Camacho Roldán? Es uno de
los más grandes y nobles ciudadanos de Colombia; es una eminencia
moral e intelectual, a cuyo lado suelo reposarme, consolándome de
muchas pequeñeces y miserias de mi desventurada patria...
Manuel Pombo es una deliciosa tradición que habla, y tiene el
alma tan sana y correcta como la inteligencia. Nadie hay que sepa
conversar mejor que él ni evocar dulces memorias; nadie más
benévolo para ensalzar virtudes y disimular faltas ajenas. Cuando
Pombo está de buen humor para hablar de lo presente y lo pasado, se
engaña uno deliciosamente creyendo que todos los hombres son
buenos, y goza con la perdida felicidad de
|otros tiempos..
Pereira Gamba, cuya actividad ha sido prodigiosa, y en muy
diversos terrenos, ha sido el gran soñador entre nuestros hombres
de empresas. Ha vivido agitando una pila de Volta para mover a
muchos y poner en movimiento mil intereses, y ha encontrado en
todas partes la inercia y el desengaño. En Francia, Pereira hubiera
podido ser un Péreire o un Lesseps; entre nosotros ha encallado;
pero ha probado que tenía sobre todo un gran carácter. Después de
pasar por muchas vicisitudes, este activo empresario de todo lo
posible ha dejado los negocios, retirándose a un modesto campo;
allí reniega a su sabor de la política, y si hace algunos castillos
en el aire es dándoles el carácter de retrospectivos.
En la segunda escala de mis amistades de colegio estaban
Gregorio Gutiérrez González, Antonio María Pradilla y Carlos
Martin, y en la tercera Juan de Dios Restrepo, Manuel Ignacio
Narváez y algunos otros. Por último, sin ser mi amigo en realidad,
entonces, llamóme mucho la atención un camarada de singulares
calidades: Joaquín Pablo Posada.
Gutiérrez González había nacido poeta, y lo fue después de gran
tabla entre nosotros. Su alma era tan sensible como rica y
|nueva su imaginación. Era vergonzoso y tímido, desaplicado
y desidioso, y en los libros jamás buscaba luz, sino impresiones.
Ninguna lira ha merecido ser más popular que la suya en Colombia, y
sus preciosos cantos han penetrado en todos los hogares donde se
ama lo bello. Era hijo de Antioquia, y nadie fue menos antioqueño
que él. Sus cantos arrancaban lágrimas, y él vivía riéndose de
todo, bien que sin estrépito. Yo le quise desde el colegio por su
talento y su dulzura, y después le amé por sus inspiraciones y su
gloria.
Pradilla era un hermoso joven, simpático en todo, de mediano
valor y mediana capacidad, amable, cultísimo por carácter y con
modales de dama. Después de salir de la Universidad se hizo querer
de todos y en toda situación, pero nunca se hizo admirar por ningún
acto ni obra. Fue siempre fino y consecuente con sus amigos, y
habiendo nacido y criádose como conservador, vivió y murió como
radical. Su vida fue suave para sus conciudadanos, y su muerte
(acaecida en marzo de 1879) no causó gran sensación ni hizo ruido.
Pradilla fue un contraste viviente: en su vida privada, un
inmerecido y casi constante infortunio, de los más dolorosos que yo
haya conocido; y en su vida pública, una serie incesante de
fortunas extraordinarias. Excepto General y presidente, obtuvo todo
lo que solicitó. Murió sin dejar ni un solo malqueriente ni una
huella de gloria.
En otro lugar he publicado el boceto de Carlos Martin. Sólo
añadiré algunos rasgos que le eran propios desde los claustros de
San Bartolomé. Era macizo, muy robusto y esforzado, de talla a la
más mediana, algo miope, rosado y carirredondo como una manzana,
sumamente insinuante y de modales naturalmente agasajadores, y al
propio tiempo dominante. Si por acaso se irritaba alguna vez, tenía
la ventaja de no dejarlo conocer nunca. Desde el Colegio ponía de
manifiesto su resuelto valor personal, su tendencia a ser siempre
el jefe, el director o la cabeza de algo, y su actividad para obrar
sobre el espíritu de los demás. Era, por su capacidad clarísima y
suma sagacidad, muy buen estudiante, pero leía poco y carecía de
laboriosidad para el trabajo intelectual. No poco aficionado era,
desde entonces, a procurar imponer su opinión o su influencia, y
dejaba conocer un espíritu ambicioso de popularidad y poder.
También he retratado con la pluma a Juan de Dios Restrepo. Era,
desde muy joven, un filósofo desencantado, descontento de todo, un
misántropo que andaba casi siempre solitario. Más le gustaba
estudiar el derecho civil en Víctor Hugo que en don Juan Sala; la
literatura era su única pasión en 1843, y se echaba de ver que su
talento observador le conduciría a ser crítico muy notable. No
tenía casi amigos, por su carácter entre tímido y huraño, pero se
adivinaban en él un espíritu enérgico y un corazón apasionado.
Manuel Narváez era la dulzura misma: aire y acento casi
femeninos, carácter pudibundo y del todo inofensivo, y espíritu muy
claro. Era prodigiosamente aplicado al estudio y nadie aprendía
mejor que él las conferencias de memoria. Todos le mirábamos con
simpatía y sin asomo de rivalidad, y le estimábamos. Con el tiempo
fue un excelente abogado, y siempre buen amigo, conservador en
todos sentidos y en religión creyente y observante.
Murió no ha muchos años sinceramente lamentado por todos sus
amigos y relacionados.
"Joaquín Pabló Posada, que a todos nos llamaba la atención por
más de un motivo, era en San Bartolomé, si se me permite la
expresión, una especialidad. Tenía todos los rasgos prominentes de
la belleza física e intelectual, todas las condiciones propias de
un ingenio sobresaliente, y también, por desgracia, todos los
caracteres distintivos del calavera. En vez de estudiar con
aplicación se lo pasaba improvisando o recitando versos, diciendo
chistes muy agudos, relatando anécdotas saladas y burlándose de
todos, porque su gran talento, que a todo se prestaba con
maravillosa elasticidad, le permitía aprender las lecciones con
solo una lectura, saliendo siempre del paso airosamente. Tenía
felicísimas aptitudes para las matemáticas, lo mismo que para la
poesía, y tanto para las lenguas y la gramática general como para
las ciencias intelectuales y las políticas.
"Posada nos hacía pensar en
|Malek-Adel y en
|Mudarra a los que habíamos leído la
|Matilde o las
|Cruzadas y a los que leíamos por aquel tiempo el
|Moro
Expósito. Su acento era una mezcla del cartagenero y el
bogotano, pues tenía no poco del dejo cadencioso de los hijos de
Calamar y de la energía y el tono serio del habla de los del Funza;
pero en su fisonomía no sólo estaba impreso el sello de lo
gallardamente
|andaluz, sino que se veía el tipo de una
especie de
|árabe blanco o si se quiere,
|moro
español. Frente magnífica, ojos admirables, nariz aguileña llena de
energía, boca sensual y burlona, y todo, en el rostro y en el
resuelto y franco ademán, propio para inspirar simpatía o recelo,
amor o miedo, según que él fuese amigo o enemigo, que en todo caso
lo era con lealtad y a cara descubierta. Su facilidad de palabra y
de respuesta y réplica; la increíble prontitud y soltura con que
discurría en prosa o improvisaba en verso, y la acerada agudeza de
sus dichos, anunciaban que en él bullían el fuego y la chispa de un
notabilísimo ingenio.
"Muy lógicamente vivió después Posada, según lo que en el
colegio dejaba colegir para lo futuro: malgastando, dilapidando un
valor de caballero Bayardo, una belleza y robustez físicas de
primer orden, un talento poético maravilloso, y un vigor de
carácter y caudal de aptitudes y conocimientos que, al ser bien
empleados, hubieran dado los mejores frutos. La audacia era, desde
el colegio, el rasgo más característico de Posada, y tánto, que aún
para tener talento, agudeza y originalidad ha sido más audaz que
nadie. Exagerando sus cualidades por intemperancia de aticismo, y
poco favorecido por la suerte, vivió luchando con gran parte de la
sociedad y con su propio destino; y, como todos los grandes
calaveras, hizo cosas muy buenas y cosas muy malas; pero hizo todas
sus calaveradas de poeta con talento y gracia, y fue para nuestra
literatura una ingeniosísima
|especialidad. En sus luchas
de ingenio hirió y golpeó a muchos, pero nunca a manosalva.
"No sé qué cosa, que el vulgo llama
|Destino y los
creyentes llamamos
|Responsabilidad o
|Providencia,
persiguió a Joaquín Pablo Posada, desde su infancia (que estuvo
entregada a un abandono relativo), y su primera juventud (que acaso
sobrellevó de buen humor su mala fortuna, riéndose del dolor, de
los hombres y de sí mismo). Desde hacía muchos años, siendo joven
aún, tenía el aspecto de un anciano decrépito. ¡Quién no hubiera
deseado la mayor cordura y la más grande felicidad para un hombre
de la gallarda valentía y el enorme talento de Joaquín Pablo
Posada!
"Era original en todas sus cosas, uniendo a su clarísima
inteligencia mucha agudeza y muy penetrante espíritu de observación
y crítica; pero no tenía idealismo ni riqueza de imaginación,
cualidades que se avienen mal con el genio burlón y epigramático.
Por desgracia, su educación había sido mal dirigida, probablemente
a causa de la separación forzosa a que le condenaba la carrera
militar de su padre; desde niño había tenido hábitos de excesiva
libertad, creciendo como uno de tantos árboles de nuestros huertos
descuidados, que por falta de poda producen prematuramente frutos
exuberantes pero de áspero sabor. Le había faltado la presión
constante de una mano vigorosa que le formase el carácter en
armonía con su gran talento, con su rica organización, su alma
generosa y heroica, su aticismo espontáneo y privilegiado, su
facilidad de lenguaje y otras dotes que le distinguían.
"Si hubiese tenido aquel carácter; si desde temprano hubiera
sabido luchar dignamente con la pobreza y las dificultades de la
vida, dominando la impetuosidad de sus pasiones, fácilmente hubiera
podido ser un gran ciudadano y uno de nuestros más eminentes
escritores. Pero arrastrado por la ligereza de su índole, cometió
la grave falta de ponerse un día en lucha abierta con la sociedad,
en vez de luchar consigo mismo. Así, solo se hizo notable por tres
rasgos dominantes de su vida: su valor audaz e indomable, unido a
cierta manera de generosidad belicosa y de hidalguía ruda y
violenta; su ingenio admirable, como poeta satírico y jocoso, y aún
como crítico burlón, lleno de agudeza, originalidad y maravillosa
facilidad para versificar con maestría; y su desgracia permanente,
implacable, que le persiguió y acosó en todas partes, sin que le
valiesen sus días y años de expiación, ni sus actos de generosidad,
ni las numerosas pruebas que dio de su temple vigoroso".
Un rasgo de Joaquín P. Posada, entre muchos que yo pudiera
citar, manifiesta su carácter. En 1857 era todavía mi enemigo, o
por lo menos malqueriente: en cierta ocasión en que se daba en
Bogotá la quinta representación de mi comedia de costumbres
intitulada:
|Un alcalde a la antigua, asistió al teatro y
aplaudió la pieza con mucho entusiasmo. Súpelo al día siguiente, al
tiempo que Posada, ponderando generosamente mi comedia, decía en
una de las tiendas de la calle del Comercio: "Yo le daría los
parabienes a Samper, si no temiese de su parte un desprecio,
ultraje que nunca soporto. Por casualidad acerté a pasar por allí
en aquel momento, y un amigo común (Ricardo Becerra) me refirió la
especie; sin vacilar entré en la tienda consabida, y tendiendo la
mano a mi antiguo enemigo, le dije: "Señor Posada, jamás desprecio
a los hombres de corazón y de talento". Me abrió los brazos y me
estrechó en ellos, con los ojos humedecidos... Después selló su
reconciliación procurando estarme agradecido.
Pobre Joaquín! Al cabo de mil pruebas y amarguras, de cuarenta
años de calaveradas, falleció en Barranquilla, en agosto de 1880,
en las mayores congojas. Sea profundo el olvido de sus deslices, de
parte de la posteridad, y durable el recuerdo de las pruebas que
dio de su maravilloso ingenio!
Otro de los muy notables estudiantes que había en la Universidad
era José María Rojas Garrido. Cuando entró en la clase de derecho
romano tenía más de veintiún años, y había ejercido ya la abogacía
empírica en el juzgado parroquial de Villavieja, su lugar natal. No
sé por qué le hablan puesto el apodo de Guala, nombre de una de las
variedades de nuestros gallinazos. Mostraba mucha afición a la
poesía, porque tenía fuerte imaginación; pero aunque después
hiciera buenos versos no podía ser verdadero poeta, porque le
faltaba lo principal: corazón y conciencia. Así como hay tenores
que cantan con
|voz de cabeza y no de pecho, Rojas Garrido
tenía que ser un versificador o artista de mera voluntad y
fantasía, que no de sentimiento y verdad, porque no sentía sus
estrofas ni menos sus pensamientos.
Rojas había nacido para ser un consumado dialéctico, y por lo
mismo, con suma facilidad, un sofista. Tenía clarísima capacidad,
palabra muy fácil y florida, suma prontitud para la réplica,
destreza para la argumentación, y tenacidad para buscar recursos de
dialéctica que alucinaban, aunque no convencían. Pero rara vez era
sincero en sus argumentos, y sabía disimular mucho lo que realmente
sentía y creía. Tenía la vanidad de no dejarse arrastrar por ningún
sentimentalismo; no creía que la conciencia significase nada; era
incrédulo por ostentación de independencia de espíritu, y hacía
alarde de profesar un raro cinismo intelectual.
Recuerdo que un día hubo en la clase de Derecho constitucional
una discusión muy interesante sobre las ventajas y la necesidad del
régimen representativo; y Rojas Garrido sostuvo la doctrina con
tanto talento, tal brillo de elocución y tan irresistible fuerza,
que todos consideramos como vencido al profesor, cuyas ideas eran
casi contrarias al principio representativo y parlamentario. Al
salir del aula, todos los condiscípulos felicitamos con entusiasmo
al futuro orador y dialéctico, muy inclinado, es verdad, a hacer
afirmaciones absolutas, dar por probado lo que debía probar, y
complicar o embrollar la discusión con silogismos artificiosos.
Rojas Garrido, después de recibir muchos abrazos, mirándonos con
aire malicioso y casi burlesco, y dejando vagar en los labios una
sonrisa más que sardónica, como zumbona, nos dijo:
-Y qué! ¿Están pensando ustedes que todo lo que acabo de decir
en la clase es verdad?
-Y cómo no! -respondimos varios.
-Bah! -replicó él-. Todas esas teorías son paparruchas.
-Paparruchas? -repuso alguno.
-Sin duda; y en prueba de ello voy a probarles a ustedes todo lo
contrario de lo que acabo de sostener en la clase.
Y al efecto, al punto improvisó una brillante y diestra
argumentación contra la teoría del gobierno representativo.
Mi condiscípulo S. C. R. y yo nos indignamos, y él, hablándome
aparte, en tono muy severo y mostrando a Rojas Garrido, me
dijo:
-Ese no tiene conciencia! Ese... ese va a ser un gran... cínico
(el sustantivo fue peor).
¿Se habrá cumplido acaso la profecía?
Vuelvo a ocuparme de mí mismo, puesto que mi principal asunto es
la historia de mi alma. Si ella ha sabido mantener el culto de la
amistad, también conoció desde temprano el del amor. No hay
sentimiento que revele tanto a una alma su propia existencia y su
índole, como el del amor. La vida moral es una iniciación de
adorables misterios que proviene siempre de dos clases de mujeres:
una, la madre, que hace adivinar y desear el bien; y otra, la
amada, que hace palpitar, soñar y esperar...
A fines de noviembre de 1843 concurrí a los certámenes del
colegio de La Merced: me interesaban mucho porque allí estaba mi
hermana Agripina que hacía sus estudios. Tocóme el primer día tomar
asiento detrás de la fila de señoritas alumnas que presentaban
certamen, y por suerte, delante de mí, casi tocando yo el espaldar
de su silla, estaba colocada una joven de catorce años, morena, de
muy notable familia, pero que me era enteramente desconocida.
Cuando a su vez hubo de ser interrogada sobre historia sagrada, el
profesor fue haciéndola preguntas, y por el acento con que ella
respondía comprendí que estaba muy turbada. Era en realidad muy
tímida y la presencia de los espectadores la tenía toda
cortada.
"¿Dónde se detuvo durante el diluvio universal el arca de Noé?"
preguntó el examinador.
La señorita T** titubeó, se azoró mucho más, y como no
contestaba pronto la dije en voz muy baja: "Sobre el monte Ararat".
Repitió ella al punto la respuesta y salió del paso. Pero la
hicieron otra pregunta, tomó ella a titubear y yo torné a
|soplarla la respuesta, con lo que el examinador,
satisfecho, pasó a interrogar a otra de las alumnas. Un instante
después la señorita T** volvió el rostro hacia mí para darme las
gracias con una mirada llena de recato y gratitud. Aquella mirada
salía de dos ojos pardos, grandes y hermosísimos, reveladores de
una alma tímida y seria pero evidentemente sensible... Desde que
sentí en el fondo de la mía la luz de aquella mirada... quedé
seducido; y este amor, aunque fue un amor de muchacho, sin seria
correspondencia ni lance alguno particular, sino bastante tonto de
mi parte, fue el compañero íntimo de cuatro años de mi adolescencia
y primera juventud, me hizo poeta, me hizo hombre y fue el germen
de todos mis esfuerzos de aquel tiempo! Nada más diré de esta
pasioncilla enteramente juvenil; que mil y mil consideraciones me
obligan a ser discreto, dejando bajo la sombra del silencio lo que
nació para fecundar mi alma y morir, sin dejar rastro alguno.
Solo haré notar un hecho importante. Aquel amor, inspirándome
tendencias espirituales y artísticas y un fuerte sentimiento del
honor, me preservó de corromperme; me apartó de muchos peligros que
suelen ser escollo de la juventud; me movió al anhelo por la gloria
y al deseo de hacerme amar sobresaliendo entre mi generación, y de
procurar ilustrarme. Con todo, debo advertir que mis amores se
parecieron mucho a las relaciones epistolares de cierto jefe del
tiempo de la Independencia, que se jactaba mucho de "mantener
frecuente correspondencia con el Libertador". El caso era que dicho
jefe le dirigía muchas cartas a Bolívar, pero éste no se las
contestaba. Yo nunca dirigí cartas, pero sí muy ardorosas miradas,
y cada noche hacía algunos versos a mi "dulce tormento"; pero
sospecho que jamás fui correspondido, y que mi amor fue más ilusión
que realidad. Así y todo me hizo gran provecho, como escuela para
mi alma.