LA UNIVERSIDAD EN 1843
El nuevo plan de estudios era apenas un hábil extracto del
código de instrucción pública de España y venía a sustituir un
régimen de excesiva libertad universitaria. Entré por segunda vez,
como llevo dicho, en el colegio de San Bartolomé, que iba a formar
con el de Santo Tomás, el Seminario y la Escuela de medicina, la
Universidad del primer distrito. Sin vacilar elegía la carrera de
la jurisprudencia, que armonizaba con mis inclinaciones.
Confieso que el derecho romano se me indigestó desde el primer
día, y que el civil de don Juan Sala me pareció muy mazorral. Yo
leía con fastidio la exposición de la antigua legislación romana,
que en gran parte ha servido de base a la del mundo moderno,
sabiamente combinada para el equilibrio de los poderes públicos,
pero sumamente complicada en su sistema y sus pormenores y fundada
en la conquista, la esclavitud, la desigualdad de clases, el
privilegio, la violencia bajo todas sus formas de aparente
legalidad. Así el estudio del derecho romano, lejos de causarme el
efecto que el Plan de estudios parecía proponerse con la juventud,
avivó mis instintos democráticos y me hizo destestar los
privilegios y abusos.
Mi espíritu no encontró el campo de expansión que le convenía,
sino cuando entré a investigar los interesantes problemas de
filosofía política o ciencia social contenidos en las ciencias
constitucional y administrativa, el derecho de gentes, la economía
política y la ciencia de la legislación. Y sin embargo, hube de
tropezar con las dificultades que presentaba el Plan de estudios,
haciendo como a hurtadillas mis más importantes lecturas, conforme
al consejo del doctor Ezequiel Rojas, uno de los más antiguos
profesores de la Universidad.
En cuanto a la disciplina, el Plan de estudios tendía a producir
los hábitos de la obediencia pasiva, del espionaje y delación entre
los estudiantes, de las ceremonias de aparato, de las formalidades
preventivas, de la reglamentación exorbitante y la sujeción de las
inteligencias al cartabón de ciertas prescripciones inflexibles.
Teníamos exámenes semanales, llamados sabatinas, exámenes
semestrales en todos los cursos, exámenes anuales, exámenes para
grados, certámenes públicos, colación de grados, etc., etc., y
luego, las propinas eran numerosas, comenzando desde la matrícula,
que nunca fue gratuita. Evidentemente el Plan de estudios de
Santander era mucho más liberal que el del doctor Ospina, para el
estudiante pobre y escaso de buenas relaciones.
Sin embargo, justo es reconocer que el segundo régimen tenía
también ventajas muy notables. Prestábase mucha atención a la
educación de los modales, a la moralidad de costumbres y a las
nociones y prácticas religiosas: estimulábase enérgicamente la
emulación entre los estudiantes, ya obligándoles a trabajar con
aplicación y a preparar discursos o tesis en ciertas ocasiones, ya
exhibiéndoles en frecuentes exámenes y con la publicidad que se
daba a las calificaciones, cosas que excitaban mucho en la juventud
los sentimientos de honor y de amor propio.
La verdad es que aquel régimen universitario, que a los
estudiantes nos parecía opresivo y aún vejatorio, formó muchos
hombres de provecho que hoy día son ciudadanos muy distinguidos, y
elevó el nivel moral y social de la juventud; bien que, como de
ordinario sucede, el rigor que reinaba en las Universidades, lejos
de inclinar los espíritus hacía la reacción, les volvió
decididamente liberales, contra lo que el doctor Ospina esperaba.
Dígase lo que se quiera, la libertad limitada es sumamente
perniciosa para la educación e instrucción de la juventud: aprender
a sufrir, a reprimir sus apetitos y a tener regia y medida en las
cosas, es la primera condición de una educación saludable y
fecunda; y el espíritu del joven necesita para no extraviarse, que
haya una autoridad respetable que le guíe y, en caso necesario, le
contenga o corrija. Pero si la libertad excesiva es perniciosa para
la juventud, no lo es menos la represión exagerada: ésta provoca
rebelión de los instintos generosos del joven, y frecuentemente
produce efectos contrarios a los que se desean.
Viene aquí oportunamente un parangón entre los estudiantes de
las tres épocas por las cuales ha pasado en nuestro país la
enseñanza pública, a saber: la de las universidades libres, de 1826
a 1842; La de las universidades sujetas a extensos estudios y
rigurosa disciplina, de 1843 a 1851 o 1852; y la de los colegios
libres, públicos y privados, desde 1852, coincidiendo con la
abolición completa de las universidades y los grados
académicos.
En la primera época florecieron el
|cachifo, el
|patán y el joven liberal más o menos revolucionario. En la
segunda se formaron en las universidades, particularmente en la de
Bogotá, el
|cachaco elegante (muy diferente del primitivo
"cachaco" caparrota de Santafé) el literato imberbe, el poeta
romántico a la Zorrilla, el publicista precoz, el abogado filósofo,
el orador impetuoso, el radical doctrinario, reformador intrépido,
esclavo de la lógica de los principios. La tercera época ha
producido... ¿qué? muchos pedantes afrancesados; ha producido la
figura almibarada del
|pepito, especie de
|petit
|monsieur de la tierra, gastado y sin entusiasmo a los diez
y seis años; o mejor dicho, no ha producido nada! No, me equivoco:
entre esta generación de pepitos hay una falange de espíritus
fuertes que resuelven todas las cuestiones y sostienen todos los
despropósitos y absurdos imaginables, con el principio de utilidad,
tan peligroso para los ignorantes como dañoso en boca de los
imprudentes y bribones.
Alcancé a conocer en la Universidad de Bogotá, en 1839 y 1840,
la especie curiosa del "cachifo" y la inaudita del "patán". El
primero era el mico de la familia universitaria; el segundo era el
formidable gorila de los claustros. Pertenecí en aquél tiempo a la
primera categoría; felizmente jamás obtuve los honores del
patanazgo. Tampoco alcancé a ser cachaco, ni de gran tono ni de
pequeño: pasé sin transición de cachifo a literato en cierne y
aprendiz de publicista. ¡Dios sabe cuánto ha debido influir
semejante salto, en la calidad de mis escritos y en la naturaleza
de mis actos públicos!
El cachifo nunca fue repelente ni odioso; veníale su nombre del
que se daba a los primeros estudios de latinidad
(
|cachifa), y por ampliación se había extendido a los
muchachos de cierta clase que estudiaban idiomas, matemáticas o
filosofía. El cachifo solía ser risible pero jamás ridículo: era,
en rigor, un pilluelo universitario.
En cuanto a su parte física o a sus atavíos, la descripción es
fácil. Si usaba sombrero, lo llevaba siempre ajado, sucio y con las
alas torcidas; pero le sentaba mucho mejor la cachucha de paño,
negro o azul, con visera de cuero charolado, caída hacia atrás en
términos de formar bolsa sobre la nuca. La camisa estaba por lo
común desgarrada y sucia; los pantalones, algo zancones, tenían en
la región crítica de las rodillas cráteres más o menos abiertos, y
estaban sostenidos con calzonarias reventadas, disparejas y llenas
de nudos, cuando no hechas con hiladillos o cordones
indescribibles. Aquella pieza carecía siempre del noventa por
ciento de sus botones primitivos, porque el propietario se los
arrancaba para jugar con ellos al chócolo. La chaqueta era un amero
y dejaba asomar los codos con franqueza; el chaleco, ajustado con
dos o tres botones disparejos, trepaba hasta arriba del abdomen,
dejando en vergüenza pública sobre el vientre la pretina de los
pantalones, llena de zurcidos, y la bolsa irregular de la camisa,
desgarrada a causa de los esfuerzos hechos al jugar a la pelota o a
la
|golosa. La corbata andaba fugitiva, y los calcetines
solían acompañarla en su ausencia. Los botines, de cordobán, de
vaqueta o gamuza amarilla, siempre raspados, agujereados, sin
lustre alguno y con las suelas entreabiertas, carecían de tacones,
porque la mano del cachifo se los arrancaba sin lástima para
convertirlos en instrumentos de la golosa. Encima de todo aquello
lucía un capote de "calamaco" o tartán escocés, digno de figurar en
nuestro museo nacional al lado de las despedazadas banderas de
Pizarro.
No era menos raro el cachifo en su parte moral: pilluelo de
buenas partes, juguetón, curioso, travieso, desaplicado y
naturalmente ingenioso en sus travesuras. Entre nosotros se usa
mucho, familiarmente, la palabra
|chinche, en la muy bien
aplicada acepción de fastidioso y desagradable: creo que esta
acepción debió de ser inventada para algún cachifo de mala ley.
Cuando un sujeto de la especie tenía candor, sinceridad, gracia y
agudeza, era muy simpático; si le faltaban estas dotes, siendo
solamente perdido, malcriado y desaliñado, inspiraba disgusto y
provocaba a darle coscorrones. Por lo demás, el nombre de cachifo
imprimía carácter muchas veces; algunos estudiantes del tiempo a
que me refiero, y aún de época posterior, han conservado el nombre
antonomástico de cachifo, así como otros han envejecido con el de
|patán.
El patán era al cachifo lo que el asno al cabrito, o lo que el
buitre al cernícalo. El asno cocea y rebuzna, y el cabrito salta y
trisca con gracia; el buitre se deja caer brutalmente sobre su
presa, mientras que el cernícalo revolotea para picotearla con
frecuencia. El patán de 1839 era una especie de jayán que no tenía
pies sino patas, suficientemente rudo, ordinario, malcriado,
vulgar, vagabundo, pendenciero, desaseado, enemigo de toda cultura:
vivía por lo común roto, desgreñado y dado al diablo.
Verdaderamente caparrota, vestía de un modo bárbaro y estrafalario;
era el cachifo envejecido y hecho rinoceronte; brutal en sus
maneras, truhán en todo y con todos, indelicado en sus gustos,
sensual en sus apetitos, vulgar en sus aspiraciones, obsceno en su
lenguaje, informal en sus compromisos, voraz para tragarse las
provisiones que solía robarse de la despensa del colegio, de los
armarios del Rector o de los baúles de sus camaradas. Así como
tenía destreza para el manejo de la ganzúa, se perecía por "echar
culebrilla", es decir, escaparse del colegio por escala de cuerdas,
en altas horas de la noche, para irse a entretener en galanterías
de la peor ley; y en toda fiesta o diversión pública buscaba modo
de mezclarse en pendencias. Nunca gastaba con las señoras
galantería ni finura, ni empleaba en la conversación agudezas o
alguna palabra espiritual, ni en el cúmulo de sus escasas ideas se
encontraban pensamientos elevados.
He dicho que el cachifo, el patán y el cachaco formaban la masa
principal de la población universitaria; pero advertiré que si el
cachifo solía convertirse en cachaco, o a veces en patán, éste
último subsistía hasta el fin de sus días. En él se petrificaban,
por decirlo así, los defectos y los vicios. No así el chachaco, que
podía seguir uno de dos caminos: si carecía de aplicación, energía
de voluntad, estímulos y medios para elevarse en la escala social,
subsistía cachaco, frecuentemente agudo y chistoso, pobre y oscuro,
sin pasar nunca a la categoría de los hombres de provecho; o bien
iba a perderse en la nulidad de su parroquia o villa natal, ocupado
en cualquiera especulación o ejerciendo tristemente la abogacía
ante los juzgados del distrito. Si, al contrario, tenía talento,
ambición y espíritu activo, se abría paso en la sociedad, y con el
tiempo venía a ser jurisconsulto de gran nota, hombre de Estado
importante, o publicista de alta reputación, como tantos que han
figurado en nuestro país y figuran todavía.
La Universidad de Bogotá, tal como la organizó doctor Ospina,
formó a la juventud muy diferente de la anterior. Desde 1843 el
cachifo desapareció casi enteramente, y el patán fue planta rara en
los colegios: el primero no podía medrar bajo el riguroso régimen
de las sabatinas; y el segundo no hallaba campo de acción en unos
claustros severamente vigilados. El Plan de estudios sólo podía
producir dos clases de jóvenes: o los abyectos o distinguidos. El
rigorismo de la disciplina era tal, que suscitaba entre los
estudiantes cierto espíritu de reacción liberal muy pronunciado.
Por otra parte, como aquella disciplina nos obligaba a la
compostura y nos ponía constantemente bajo la sanción pública,
aprendimos a ser corteses con nuestros iguales, respetuosos con los
superiores, galantes y comedidos con las damas. Al ver pasar por la
calle a una señora, nunca nos atrevíamos a dirigirla expresiones
irrespetuosas o indelicadas, ni dejábamos de ofrecerla la mano con
urbanidad para ayudarla a pasar el caño o a subir a un atrio.
La actividad universitaria suscitó entre los estudiantes tan
poderosa emulación y tan vehemente anhelo por sobresalir, que de
San Bartolomé salió, entre 1844 y 1852, una falange numerosísima de
poetas y literatos, oradores y publicistas, abogados y médicos muy
distinguidos, mientras que ya en el Colegio Militar se formaba un
interesante núcleo de ingenieros civiles y oficiales entendidos. Lo
más brillante de nuestras nuevas generaciones data de aquel
tiempo.
En mis tiempos de colegio, los estudiantes no teníamos reloj, ni
caballo, ni vestidos costosos, ni álbum de retratos; ni usábamos
guantes (que aquí son tan caros), sino en circunstancias muy
solemnes; ni contábamos con dinero para jugar, enamorar, dar
banquetes, beber brandy y ajenjos, comprar joyas y bastones
elegantes, entrar en rifas o costear bailes. A mucho tener,
disponíamos de dos pesetas para ir al teatro. Aun los hijos de
hombres acaudalados estaban sujetos a cierto
|máximum de
gastos, y nunca andaban lujosos ni soberbios. Así todos aprendíamos
a sufrir privaciones, a reprimir nuestros apetitos, a respetar la
dignidad de la pobreza, a conformarnos con una condición humilde,
lo que constituye la gran ciencia de la vida. El dinero no nos
deslumbraba ni seducía, porque no lo manejábamos: con cuatro reales
era dichoso cualquiera de nosotros, y la modestia de nuestra
apostura nunca nos avergonzaba. De ahí nuestra inclinación hacia
las cosas del espíritu y nuestro culto por los grandes sentimientos
y los grandes hechos.
Por desgracia el partido liberal, ansioso por llevar a todas
partes el nivel de la libertad, -y tanto que pecó mucho por exceso
de lógica en sus doctrinas-, fue demasiado lejos con algunas de sus
reformas, de 1849 a 1854. No se contentó con decretar la plena
libertad de la enseñanza, lo que era muy justo y
necesario en cuanto a los colegios privados, sino que suprimió las
Universidades, primero, y después los Colegios nacionales que las
reemplazaron; abolió la institución fecunda de los grados
académicos, que en nada se oponen a la abolición de privilegios
profesionales, y últimamente destruyó el Colegio Militar, más a
causa de su nombre, antipático entonces, que por motivos serios.
Todas esas fueron faltas graves; faltas que en gran parte aplaudí
yo mismo entonces, y que hoy día, aleccionado por la experiencia
deploro con todo mi corazón. Por una parte, se faltó a sagrados
deberes de filantropía, privando a la juventud pobre del medio de
instruirse gratuitamente y elevarse en educación y dignidad; por
otra, se desorganizó la enseñanza pública, haciéndole perder su
unidad de recursos y sistema, y por lo mismo su fecundidad.
Suprimidas como fueron las Universidades, y con ellas los grados
académicos, pulularon los colegios privados, fruto evidente del
espíritu de especulación. Dejando de ser gratuita la enseñanza,
sobre todo en materias profesionales, sólo pudieron seguir
educándose los hijos de los ricos, quienes llevaron a los colegios
los hábitos propios de su aventajada condición social. El
estudiante dejó de ser un ente libre, puesto a prueba, sujeto a
fiscalización pública y personalmente responsable de sus actos. A
falta de verdaderos doctores que habían producido las
universidades, de los colegios privados salieron casi únicamente
bachilleres o doctorcillos a la violeta. El estudiante se volvió
afeminado, insustancial y petulante: quedó fuera de la grande
escuela del sufrimiento, que es la que forma hombres de provecho.
Si de las Universidades habían salido innumerables patriotas,
porque la enseñanza gratuita infundía gratitud hacia la patria
benefactora, de los colegios privados salieron luego, en vez de
ciudadanos, pisaverdes que debían su mediana instrucción a la
riqueza de sus padres y muchos que no habían educado su carácter en
la igualdad democrática de los nobles claustros, donde muchos
desheredados de otro tiempo se volvieron hombres eminentes.
La raquítica, almibarada y estéril raza de los pepitos apareció
entonces. El pepito fue al mismo tiempo lujosa excrescencia de los
colegios y peste de los salones elegantes. Aquellos niños
impertinentes, más o menos grandes pero siempre niños, nunca
llegaron a ser
|jóvenes, y aún dudo que luego hayan
alcanzado a ser hombres. Cultivaron su vanidad en vez de su talento
natural; aprendieron a galantear antes de ser púberes; usaron lente
antes de los quince años; y al saludar hacían piruetas de polka y
de mazurka. Antes de haber comenzado a vivir, es decir, a pensar,
amar profundamente, trabajar y sufrir, gozaban con superfluidades,
se embriagaban con los placeres, sobre todo el del lujo vano,
gastaban su corazón, se mostraban fastidiados de la vida, y aun
aprendían a tomar ajenjos para estimular su débil apetito. Ello fue
que el pepitismo (perdónesenos la palabra) se apoderó del campo
social: de los corrillos de las calles pasó a los salones de
tertulia, de éstos a la literatura, y al fin penetró hasta en el
periodismo político y en las Cámaras legislativas.