INDICE





PRIMERA PARTE
A mis hijas
El Angelus
Mi Familia
El primer cadaver
Primera educación de mi alma
Otras impresiones
Fiestas y diversiones
Educación moral y primaria
Lo que era yo entonces
El colegio
Bogotá y la universidad
Un año de conflictos
Varios episodios
Aventuras de un coronel
Otra vez en el colegio
Dos hombres raros
Mercurio y Themis
La universidad en 1843
Grandes sucesos y emociones
Un impresor famoso
Un hombre desgraciado
La Biblioteca Nacional
Principio de vida pública
La casa de un hombre justo
Recuerdos literarios y otros
Situaciones críticas
Estado psicológico
Último tiempo de prueba
Vida libre

SEGUNDA PARTE
En familia
Foro y comercio
El 7 de marzo y sus consecuencias
Varios episodios graves o curiosos
Incidentes interesantes
Situación política de 1851
Nueva situación
El dolor y el trabajo
Vida campestre
Nuevas tareas y luchas
Mi segundo duelo
Nuevos horizontes
El año de 1854
En campaña
Continua la campaña
Operaciones y batallas
La toma de Bogotá y sus consecuencias
Luchas políticas y literarias
Episodios críticos

TERCERA PARTE
El primer viaje
La vida parisiense
La sociedad francesa
Mi viaje a España
Observaciones y anécdotas en España
Otros viajes por el continente
Varias excursiones
Mis trabajos literarios, científicos y políticos
Residencia en Londres y excursiones en la Gran Bretaña
Nueva residencia en París
Observaciones políticas y literarias
Viaje al Perú
Mi residencia en Lima
Mi regreso a Colombia
Epílogo
MERCURIO Y THEMIS

 

 

A virtud de resoluciones del Gobierno, los estudios universitarios debían quedar suspendidos desde mediados de 1842 hasta el 2 de enero del siguiente año, a fin de ganar tiempo para una completa reorganización de las Universidades de la República y la adopción de un nuevo plan de estudios. Mis vacaciones debían durar, por tanto, de cinco a seis meses, después de concluidos los estudios de "literatura y filosofía"; y mi padre, para que yo no estuviera ocioso y aprendiera desde temprano a trabajar, sirviendo de algo de una vez, dispuso que durante mis largas vacaciones acompañase al mayor de mis hermanos, ya establecido entonces en el comercio, ayudándole en su gran tienda que mantenía en Ambalema.

No me disgustó aquel lugar, bien que en 1842 era casi todo un poblachón o grande aldea de casas de bahareque y paja, donde sólo era notable, por tener cubierta de tejas, el edificio de la Factoría. En tres épocas trabajé en el comercio en Ambalema, y por muchos motivos conservo de ese lugar recuerdos tan profundos como variados. Había en aquel pueblo (años después muy mejorado en lo material y elevado al rango de ciudad) considerable movimiento así en los puertos del río Magdalena como en las calles, principalmente los sábados y domingos, motivado por los negocios que se hacían con el tabaco y todos los objetos necesarios para su cultivo y manipulación. Estaba en su fuerza y vigor el monopolio oficial de aquel producto, y casi todos los cosecheros eran muy pobres; sólo el Gobierno y los contrabandistas lucraban, y el excelente tabaco de Ambalema, que no podía ser exportado, pero ni aún producido en grande escala, ni mejorado en calidad, era enteramente desconocido en el exterior. Recuerdo que el primer día de mercado compré cigarros de cosechero a una campesina: eran pésimos, pero me costaron a razón de 20 por un cuartillo, o sea 100 por 12½ centavos de peso de ley actual. Hoy día el ciento cuesta, de poco mejor calidad, 80 centavos, de manera que, no obstante la libertad, por la gran extensión del consumo y otras causas, en treinta y nueve años el aumento de valor ha sido de 450 por 100.

Las costumbres en Ambalema eran en 1842 sobrado libres, defecto que se fue acrecentando hasta ir muy lejos, en 1857, última fecha en que visité la ciudad. Ignoro sí allí habrán perdido la mala costumbre de tener aquellas costumbres, y sólo sé por la notoriedad, que después de haber llegado a su más alto grado de prosperidad en 1859, la ciudad cayó en prolongada crisis económica y vino a quedar en lamentable pobreza y sumo estancamiento. Es posible que un día renazca de su desventurada situación, si a ello concurren todos los esfuerzos necesarios.

La tienda de mi hermano contenía de todo y él vendía de todo: ropas y mercería, ferretería y quincallería, especies, licores y hasta drogas; mezcolanza propia del país y que me hacía trabajar mucho pero me agradaba. |La especialidad en el trabajo y los negocios (signo seguro de progreso industrial, porque la división del trabajo es una ley fecunda), no existía ni existe aún en nuestros pueblos; y aún en Bogotá está muy lejos de haber sido establecida. Nada es menos económico de tiempo, capital y esfuerzos que la confusión de negocios, trabajos y surtidos de mercaderías; pero así trabajamos todos en Colombia; y del propio modo que el soldado se vuelve gobernante y el abogado coronel o general, el comerciante es hasta droguista y boticario en casi todas nuestras localidades.

Me encantó el comercio, le cogí afición y pronto aprendí a vender con el acierto suficiente. En mis ratos de ocio hacía en la tienda, por falta de compradores, dos operaciones interesantes: componía versos, y formaba cucuruchitos para llenarlos de pimienta, clavo de olor y cominos, que vendía por cuartillos y medios cuartillos, sin perjuicio de los que vendía por quintales y arrobas. Me jacto de haber tenido desde entonces gran destreza para hacer perfectos cucuruchos. Si así hubiera hecho también los versos! o acaso mejor para mi suerte: si jamás hubiera compuesto ninguno! Más me hubiera valido hacer sólo cucuruchos para vender clavo, cominos y pimienta, en lugar de confeccionar estas especies en forma de artículos y comedias, fábulas, epigramas y estrofas filosóficas!

Desde los primeros días de Enero de 1843 hube de decir adiós no solamente a mi familia, sino al comercio, a las fiestas populares y a la tierra caliente. Al llegar a Bogotá iba a comenzar para mí una nueva vida, puesto que me iniciaba en los estudios de jurisprudencia, aún antes de haber cumplido quince años. A este propósito debo consignar aquí una anécdota.

Mi padre no podía ya costear los estudios del mayor número de sus hijos. Había que escoger entre mi hermano Rafael y yo para que el uno siguiera trabajando en el comercio y el otro continuara su carrera. Mi padre prefería enviar a la Universidad a Rafael, que quería ser médico y cirujano, dando por razón que éste era juicioso; pero mi hermano Manuel le hizo esta observación: "Precisamente por ser juicioso Rafael, no ha menester completa educación universitaria, mientras que |Pepe, por ser indiscreto, de genio muy pronto y de imaginación fosfórica, necesita recibir esa educación para no ser desgraciado".

Triunfó la opinión de mi hermano, y yo fuí el escogido por mi padre. ¿Se logró lo que se deseaba? Punto es éste que no sabré resolver yo. Mi hermano Rafael fue un comerciante modelo, cumplidísimo caballero muy estimado; se enriqueció, nunca tomó cartas directamente en la política, dejó en parte sin cultura su clarísima capacidad, se hizo querer de todos y fue dichoso hasta el día de su lamentable fallecimiento... Yo... yo vine a ser poeta y literato, abogado y político, hombre público y hasta militar cuando el deber lo ha exigido; he pasado por mil vicisitudes y sostenido tremendas luchas; he saboreado grandes dichas y llorado y soportado grandes infortunios; he llevado una vida.., de increíble laboriosidad y sacrificios y pruebas; y al cabo, ya entrado en la vejez, he salido de mis conflictos pobre pero puro, creándome un nombre que acaso será estimado por la posteridad... En suma, no me quejo de lo que me ha tocado en suerte, y bendigo con infinita gratitud el buen consejo de mi hermano Manuel y la generosa resolución de mi padre.

Heme aquí, pues, fuera del templo de Mercurio y matriculado como alumno del de Themis. ¿Qué ideas traía al comenzar mis nuevos estudios? Ninguna suficientemente clara; pero sí una aspiración bien determinada a ser abogado para tener una profesión provechosa, y el vivo deseo de instruirme para llegar a distinguirme un día entre mis compatriotas. Sólo recuerdo con seguridad que señoreaban mi alma adolescente estos sentimientos: un patriotismo ardiente que yo traducía con la pasión del liberalismo de tradición o de familia; una gran curiosidad de saber y de conocer la |vida o vivir con amplitud; y un marcadísimo entusiasmo por la poesía, debido, por una parte, a la natural ardentía de imaginación, y por otra, al cúmulo de impresiones que había recibido en mi infancia y los años subsiguientes. Puedo decir que mi alma se hallaba en estado plástico,. dispuesta a impresionarse y modificarse conforme al movimiento y a la dirección que se le imprimiera; y en realidad, los cuatro años de vida universitaria decidieron en gran parte de mi suerte. ¡Qué de pruebas no me aguardaban desde muy temprano, debidas a la inquietud y actividad de mi carácter!

Hasta 1842 la instrucción pública había sido principalmente obra del liberalismo, organizada dirigida conforme a las ideas y tendencias del General Santander y su partido; y era notorio el in flujo ejercido por el sistema de educación adopta do, sobre la juventud que se había formado en las Universidades y particularmente en Bogotá. Aquella juventud había sido más o menos revolucionaría, desde 1828 hasta 1841, y no poco la habían inclinado hacia el sensualismo de las enseñanzas y legislación dictadas según los textos de Jeremías Bentham. El doctor Mariano Ospina, alma de la Administración nacional presidida por el General Herrán de 1841 a 1845, y encamación del antiguo conservatismo, al mismo tiempo que acometió y llevó a cabo otras muchas y graves reformas de las instituciones, en el sentimiento de sus ideas, comprendió que una gran parte de la resolución del problema político y social debía estar en la dirección que se diese a la instrucción pública. De aquí el Plan de enseñanzas universitarias elaborado y expedido en 1842 y que iba a ser practicado desde el 2 de enero del siguiente año.

Tres ideas cardinales dominaban en aquel plan: la primera, sujetar los alumnos a severa disciplina, así en sus costumbres y moralidad como en sus estudios y adquisición de grados profesionales; la segunda, introducir el elemento religioso en la dirección universitaria, complementando la instrucción con la educación; y tercera, reorganizar las enseñanzas de manera que en ellas se introdujesen elementos conservadores (como estudio del derecho romano, por ejemplo) y algunos de literatura y humanidades que habían sido muy descuidados, y que al mismo tiempo se. proscribiesen ciertas enseñanzas calificadas de peligrosas por el Gobierno, tales como las de ciencia de la legislación, ciencia constitucional y administrativa y táctica de las asambleas.

¿Anduvo acertado el doctor Ospina en sus propósitos? El tiempo me hizo ver con claridad que él tenía sobrada razón en lo tocante a la primera de las ideas apuntadas, pues la juventud había carecido totalmente de disciplina que la moralizase y de reglas severas en lo relativo a estudios y colación de grados, que sirviesen de verdaderas garantías de idoneidad, dado el régimen del privilegio profesional y de las enseñanzas sostenidas por el Estado. Jamás, sin aquella disciplina, se lograrán entre nosotros resultados satisfactorios en materia de instrucción pública.

Muy cuerdo era procurar que la educación moral y religiosa (tan descuidada desde 1843, complementase la instrucción, Mas en la práctica del plan del doctor Ospina fueron las cosas demasiado lejos, a tal punto que se dio a la Universidad de Bogotá un aspecto casi clerical. Clérigos eran el Rector y el inspectora y jesuitas tres de los profesores de San Bartolomé. sin contar todos los catedráticos y empleados de la facultad de teología; y tanto rigor había en las prácticas religiosas, que el exceso suscitaba de parte del mayor número de alumnos una reacción en sentido contrario.

En cuanto al tercer objeto cardinal de la reforma, el doctor Ospina se excedió también, y su acción fue |contraproducentem. La juventud comprendió que la querían hacer conservadora o amoldarla de cierto modo, y por espíritu de contradicción se volvió toda liberal e incrédula. Muy bueno era el estudio del derecho romano, base necesaria de todo conocimiento de la jurisprudencia así como lo era el de todos los códigos y de los procedimientos jurídicos, muy descuidados antes; mas no era razonable por esto suprimir la enseñanza de las ciencias constitucional y administrativa; y de que fueran perniciosas las doctrinas utilitaristas de Bentham no se desprendía racionalmente la conveniencia de abolir la enseñanza de la vasta e importantísima ciencia de la legislación. ¿Y cuál había de ser el resultado? El que no se hizo esperar. Despertándose con el estudio del derecho constitucional y administrativo y de toda la legislación, el espíritu investigador de los alumnos de jurisprudencia, y no habiendo en la Universidad enseñanza alguna de la |filosofía del derecho, todos nos aplicamos como pudimos a estudiar por fuera y como de contrabando estas materias, y cada cual se formó las ideas que pudo, sin método ni dirección, resultando de aquí la anarquía y la exageración. Casi todos caímos en los errores del |Contrato social, y al salir de la Universidad fuimos radicales hasta la extravagancia. No se cierran impunemente las puertas a la curiosidad humana, sobre todo a la juvenil, porque ella se abre camino, y, sin dirección ni método para descubrir fácilmente se precipita en los más graves errores.

Una prueba terrible (fruto del principio monstruoso de la delación secreta, consignado en los reglamentos) hube de sufrir en los primeros meses de mis estudios de jurisprudencia. Desde el día de mi ingreso a San Bartolomé, un estudiante, sin darle yo motivo alguno personal, me cogió ojeriza y procuró hacerme mal. Yo era inquieto, travieso, a las veces insoportablemente truhán y amigo de burlas, y con frecuencia ayudaba con mis gritos al alboroto general; pero un día que acerté a estar enteramente juicioso, por casualidad, fuí víctima de una iniquidad. Pasaban por delante del colegio unos indios con bueyes enjalmados, cargadores de carbón, y unos cuantos estudiantes tuvieron la ocurrencia de aguijar a los animales hacia la portería, hacerlos recorrer los claustros bajos, subir la grande escalera y por los claustros altos llegar a la puerta de la sala rectoral. Mientras que esto acontecía, yo estudiaba asiduamente mi lección de derecho civil, tranquilamente sentado en un rincón de otro de los claustros altos, y no tuve la mínima participación en la colegialada referida. El Rector se indignó mucho con ella, como era natural, y procuró indagar quiénes eran los culpados. Al día siguiente, sin previa reconvención, sin fórmula alguna, se me notificó que quedaba expulsado de la Universidad, como reo de la diablura hecha con los bueyes!...

Se comprenderá cuáles serían mi asombro y desesperación. La vergüenza de yerme expulsado, la iniquidad del acto, el grave perjuicio que iba a sufrir, y la pena que todo esto causaría a mi familia, eran motivos para indignarme y acongojarme. Protesté en vano proclamando mi absoluta inocencia y pidiendo se me oyese y se me presentasen las pruebas que hubiese contra mí; pero no hicieron caso... De paso diré que un año después el Rector mismo me reveló, en confianza, que yo había sido condenado a |mérito de la secreta acusación calumniosa del estudiante que me había cogido ojeriza! Muchos años después tuve ocasiones de hacerle importantes favores, y no las desperdicié.

Comoquiera, mi expulsión duró mes y medio. Hice mil diligencias para recabar la revocatoria, y al cabo la obtuve del Director General de Instrucción Pública, con la condición de someterme a examen, por una hora, sobre todo lo que habían estudiado mis condiscípulos de derechos romano y civil durante mi ausencia; y fuí aprobado con plenitud. Entre otros documentos justificativos presenté uno muy precioso, que conservo: fue una petición hecha en mi favor, suscrita por cosa de ciento cincuenta alumnos de la Universidad, en la cual afirmaban, con elogio, que yo era del todo inocente del hecho que había motivado la expulsión, y merecedor del cariño de todos aquellos camaradas. Casi todos los que firmaron aquel documento han figurado después en la República con honor y brillo en diversas profesiones, y entre otros nombres citaré (para dar idea de lo precioso del autógrafo) los de Salvador Camacho Roldán, Carlos Martín, Manuel Pombo, el inolvidable Gregorio Gutiérrez González, Antonio Maria Pradilla, Nicolás Pereira Gamba, Manuel Narváez, Juan de Dios Restrepo y Emigdio Palau. Doy por bien sufrida la pena de la injusta expulsión, en gracia de haberme procurado tan precioso documento.

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