MERCURIO Y THEMIS
A virtud de resoluciones del Gobierno, los estudios
universitarios debían quedar suspendidos desde mediados de 1842
hasta el 2 de enero del siguiente año, a fin de ganar tiempo para
una completa reorganización de las Universidades de la República y
la adopción de un nuevo plan de estudios. Mis vacaciones debían
durar, por tanto, de cinco a seis meses, después de concluidos los
estudios de "literatura y filosofía"; y mi padre, para que yo no
estuviera ocioso y aprendiera desde temprano a trabajar, sirviendo
de algo de una vez, dispuso que durante mis largas vacaciones
acompañase al mayor de mis hermanos, ya establecido entonces en el
comercio, ayudándole en su gran tienda que mantenía en
Ambalema.
No me disgustó aquel lugar, bien que en 1842 era casi todo un
poblachón o grande aldea de casas de bahareque y paja, donde sólo
era notable, por tener cubierta de tejas, el edificio de la
Factoría. En tres épocas trabajé en el comercio en Ambalema, y por
muchos motivos conservo de ese lugar recuerdos tan profundos como
variados. Había en aquel pueblo (años después muy mejorado en lo
material y elevado al rango de ciudad) considerable movimiento así
en los puertos del río Magdalena como en las calles, principalmente
los sábados y domingos, motivado por los negocios que se hacían con
el tabaco y todos los objetos necesarios para su cultivo y
manipulación. Estaba en su fuerza y vigor el monopolio oficial de
aquel producto, y casi todos los cosecheros eran muy pobres; sólo
el Gobierno y los contrabandistas lucraban, y el excelente tabaco
de Ambalema, que no podía ser exportado, pero ni aún producido en
grande escala, ni mejorado en calidad, era enteramente desconocido
en el exterior. Recuerdo que el primer día de mercado compré
cigarros de cosechero a una campesina: eran pésimos, pero me
costaron a razón de 20 por un cuartillo, o sea 100 por 12½ centavos
de peso de ley actual. Hoy día el ciento cuesta, de poco mejor
calidad, 80 centavos, de manera que, no obstante la libertad, por
la gran extensión del consumo y otras causas, en treinta y nueve
años el aumento de valor ha sido de 450 por 100.
Las costumbres en Ambalema eran en 1842 sobrado libres, defecto
que se fue acrecentando hasta ir muy lejos, en 1857, última fecha
en que visité la ciudad. Ignoro sí allí habrán perdido la mala
costumbre de tener aquellas costumbres, y sólo sé por la
notoriedad, que después de haber llegado a su más alto grado de
prosperidad en 1859, la ciudad cayó en prolongada crisis económica
y vino a quedar en lamentable pobreza y sumo estancamiento. Es
posible que un día renazca de su desventurada situación, si a ello
concurren todos los esfuerzos necesarios.
La tienda de mi hermano contenía de todo y él vendía de todo:
ropas y mercería, ferretería y quincallería, especies, licores y
hasta drogas; mezcolanza propia del país y que me hacía trabajar
mucho pero me agradaba.
|La especialidad en el trabajo y
los negocios (signo seguro de progreso industrial, porque la
división del trabajo es una ley fecunda), no existía ni existe aún
en nuestros pueblos; y aún en Bogotá está muy lejos de haber sido
establecida. Nada es menos económico de tiempo, capital y esfuerzos
que la confusión de negocios, trabajos y surtidos de mercaderías;
pero así trabajamos todos en Colombia; y del propio modo que el
soldado se vuelve gobernante y el abogado coronel o general, el
comerciante es hasta droguista y boticario en casi todas nuestras
localidades.
Me encantó el comercio, le cogí afición y pronto aprendí a
vender con el acierto suficiente. En mis ratos de ocio hacía en la
tienda, por falta de compradores, dos operaciones interesantes:
componía versos, y formaba cucuruchitos para llenarlos de pimienta,
clavo de olor y cominos, que vendía por cuartillos y medios
cuartillos, sin perjuicio de los que vendía por quintales y
arrobas. Me jacto de haber tenido desde entonces gran destreza para
hacer perfectos cucuruchos. Si así hubiera hecho también los
versos! o acaso mejor para mi suerte: si jamás hubiera compuesto
ninguno! Más me hubiera valido hacer sólo cucuruchos para vender
clavo, cominos y pimienta, en lugar de confeccionar estas especies
en forma de artículos y comedias, fábulas, epigramas y estrofas
filosóficas!
Desde los primeros días de Enero de 1843 hube de decir adiós no
solamente a mi familia, sino al comercio, a las fiestas populares y
a la tierra caliente. Al llegar a Bogotá iba a comenzar para mí una
nueva vida, puesto que me iniciaba en los estudios de
jurisprudencia, aún antes de haber cumplido quince años. A este
propósito debo consignar aquí una anécdota.
Mi padre no podía ya costear los estudios del mayor número de
sus hijos. Había que escoger entre mi hermano Rafael y yo para que
el uno siguiera trabajando en el comercio y el otro continuara su
carrera. Mi padre prefería enviar a la Universidad a Rafael, que
quería ser médico y cirujano, dando por razón que éste era
juicioso; pero mi hermano Manuel le hizo esta observación:
"Precisamente por ser juicioso Rafael, no ha menester completa
educación universitaria, mientras que
|Pepe, por ser
indiscreto, de genio muy pronto y de imaginación fosfórica,
necesita recibir esa educación para no ser desgraciado".
Triunfó la opinión de mi hermano, y yo fuí el escogido por mi
padre. ¿Se logró lo que se deseaba? Punto es éste que no sabré
resolver yo. Mi hermano Rafael fue un comerciante modelo,
cumplidísimo caballero muy estimado; se enriqueció, nunca tomó
cartas directamente en la política, dejó en parte sin cultura su
clarísima capacidad, se hizo querer de todos y fue dichoso hasta el
día de su lamentable fallecimiento... Yo... yo vine a ser poeta y
literato, abogado y político, hombre público y hasta militar cuando
el deber lo ha exigido; he pasado por mil vicisitudes y sostenido
tremendas luchas; he saboreado grandes dichas y llorado y soportado
grandes infortunios; he llevado una vida.., de increíble
laboriosidad y sacrificios y pruebas; y al cabo, ya entrado en la
vejez, he salido de mis conflictos pobre pero puro, creándome un
nombre que acaso será estimado por la posteridad... En suma, no me
quejo de lo que me ha tocado en suerte, y bendigo con infinita
gratitud el buen consejo de mi hermano Manuel y la generosa
resolución de mi padre.
Heme aquí, pues, fuera del templo de Mercurio y matriculado como
alumno del de Themis. ¿Qué ideas traía al comenzar mis nuevos
estudios? Ninguna suficientemente clara; pero sí una aspiración
bien determinada a ser abogado para tener una profesión provechosa,
y el vivo deseo de instruirme para llegar a distinguirme un día
entre mis compatriotas. Sólo recuerdo con seguridad que señoreaban
mi alma adolescente estos sentimientos: un patriotismo ardiente que
yo traducía con la pasión del liberalismo de tradición o de
familia; una gran curiosidad de saber y de conocer la
|vida
o vivir con amplitud; y un marcadísimo entusiasmo por la poesía,
debido, por una parte, a la natural ardentía de imaginación, y por
otra, al cúmulo de impresiones que había recibido en mi infancia y
los años subsiguientes. Puedo decir que mi alma se hallaba en
estado plástico,. dispuesta a impresionarse y modificarse conforme
al movimiento y a la dirección que se le imprimiera; y en realidad,
los cuatro años de vida universitaria decidieron en gran parte de
mi suerte. ¡Qué de pruebas no me aguardaban desde muy temprano,
debidas a la inquietud y actividad de mi carácter!
Hasta 1842 la instrucción pública había sido principalmente obra
del liberalismo, organizada dirigida conforme a las ideas y
tendencias del General Santander y su partido; y era notorio el in
flujo ejercido por el sistema de educación adopta do, sobre la
juventud que se había formado en las Universidades y
particularmente en Bogotá. Aquella juventud había sido más o menos
revolucionaría, desde 1828 hasta 1841, y no poco la habían
inclinado hacia el sensualismo de las enseñanzas y legislación
dictadas según los textos de Jeremías Bentham. El doctor Mariano
Ospina, alma de la Administración nacional presidida por el General
Herrán de 1841 a 1845, y encamación del antiguo conservatismo, al
mismo tiempo que acometió y llevó a cabo otras muchas y graves
reformas de las instituciones, en el sentimiento de sus ideas,
comprendió que una gran parte de la resolución del problema
político y social debía estar en la dirección que se diese a la
instrucción pública. De aquí el Plan de enseñanzas universitarias
elaborado y expedido en 1842 y que iba a ser practicado desde el 2
de enero del siguiente año.
Tres ideas cardinales dominaban en aquel plan: la primera,
sujetar los alumnos a severa disciplina, así en sus costumbres y
moralidad como en sus estudios y adquisición de grados
profesionales; la segunda, introducir el elemento religioso en la
dirección universitaria, complementando la instrucción con la
educación; y tercera, reorganizar las enseñanzas de manera que en
ellas se introdujesen elementos conservadores (como estudio del
derecho romano, por ejemplo) y algunos de literatura y humanidades
que habían sido muy descuidados, y que al mismo tiempo se.
proscribiesen ciertas enseñanzas calificadas de peligrosas por el
Gobierno, tales como las de ciencia de la legislación, ciencia
constitucional y administrativa y táctica de las asambleas.
¿Anduvo acertado el doctor Ospina en sus propósitos? El tiempo
me hizo ver con claridad que él tenía sobrada razón en lo tocante a
la primera de las ideas apuntadas, pues la juventud había carecido
totalmente de disciplina que la moralizase y de reglas severas en
lo relativo a estudios y colación de grados, que sirviesen de
verdaderas garantías de idoneidad, dado el régimen del privilegio
profesional y de las enseñanzas sostenidas por el Estado. Jamás,
sin aquella disciplina, se lograrán entre nosotros resultados
satisfactorios en materia de instrucción pública.
Muy cuerdo era procurar que la educación moral y religiosa (tan
descuidada desde 1843, complementase la instrucción, Mas en la
práctica del plan del doctor Ospina fueron las cosas demasiado
lejos, a tal punto que se dio a la Universidad de Bogotá un aspecto
casi clerical. Clérigos eran el Rector y el inspectora y jesuitas
tres de los profesores de San Bartolomé. sin contar todos los
catedráticos y empleados de la facultad de teología; y tanto rigor
había en las prácticas religiosas, que el exceso suscitaba de parte
del mayor número de alumnos una reacción en sentido contrario.
En cuanto al tercer objeto cardinal de la reforma, el doctor
Ospina se excedió también, y su acción fue
|contraproducentem. La juventud comprendió que la querían
hacer conservadora o amoldarla de cierto modo, y por espíritu de
contradicción se volvió toda liberal e incrédula. Muy bueno era el
estudio del derecho romano, base necesaria de todo conocimiento de
la jurisprudencia así como lo era el de todos los códigos y de los
procedimientos jurídicos, muy descuidados antes; mas no era
razonable por esto suprimir la enseñanza de las ciencias
constitucional y administrativa; y de que fueran perniciosas las
doctrinas utilitaristas de Bentham no se desprendía racionalmente
la conveniencia de abolir la enseñanza de la vasta e importantísima
ciencia de la legislación. ¿Y cuál había de ser el resultado? El
que no se hizo esperar. Despertándose con el estudio del derecho
constitucional y administrativo y de toda la legislación, el
espíritu investigador de los alumnos de jurisprudencia, y no
habiendo en la Universidad enseñanza alguna de la
|filosofía del derecho, todos nos aplicamos como pudimos a
estudiar por fuera y como de contrabando estas materias, y cada
cual se formó las ideas que pudo, sin método ni dirección,
resultando de aquí la anarquía y la exageración. Casi todos caímos
en los errores del
|Contrato social, y al salir de la
Universidad fuimos radicales hasta la extravagancia. No se cierran
impunemente las puertas a la curiosidad humana, sobre todo a la
juvenil, porque ella se abre camino, y, sin dirección ni método
para descubrir fácilmente se precipita en los más graves
errores.
Una prueba terrible (fruto del principio monstruoso de la
delación secreta, consignado en los reglamentos) hube de sufrir en
los primeros meses de mis estudios de jurisprudencia. Desde el día
de mi ingreso a San Bartolomé, un estudiante, sin darle yo motivo
alguno personal, me cogió ojeriza y procuró hacerme mal. Yo era
inquieto, travieso, a las veces insoportablemente truhán y amigo de
burlas, y con frecuencia ayudaba con mis gritos al alboroto
general; pero un día que acerté a estar enteramente juicioso, por
casualidad, fuí víctima de una iniquidad. Pasaban por delante del
colegio unos indios con bueyes enjalmados, cargadores de carbón, y
unos cuantos estudiantes tuvieron la ocurrencia de aguijar a los
animales hacia la portería, hacerlos recorrer los claustros bajos,
subir la grande escalera y por los claustros altos llegar a la
puerta de la sala rectoral. Mientras que esto acontecía, yo
estudiaba asiduamente mi lección de derecho civil, tranquilamente
sentado en un rincón de otro de los claustros altos, y no tuve la
mínima participación en la colegialada referida. El Rector se
indignó mucho con ella, como era natural, y procuró indagar quiénes
eran los culpados. Al día siguiente, sin previa reconvención, sin
fórmula alguna, se me notificó que quedaba expulsado de la
Universidad, como reo de la diablura hecha con los bueyes!...
Se comprenderá cuáles serían mi asombro y desesperación. La
vergüenza de yerme expulsado, la iniquidad del acto, el grave
perjuicio que iba a sufrir, y la pena que todo esto causaría a mi
familia, eran motivos para indignarme y acongojarme. Protesté en
vano proclamando mi absoluta inocencia y pidiendo se me oyese y se
me presentasen las pruebas que hubiese contra mí; pero no hicieron
caso... De paso diré que un año después el Rector mismo me reveló,
en confianza, que yo había sido condenado a
|mérito de la
secreta acusación calumniosa del estudiante que me había cogido
ojeriza! Muchos años después tuve ocasiones de hacerle importantes
favores, y no las desperdicié.
Comoquiera, mi expulsión duró mes y medio. Hice mil diligencias
para recabar la revocatoria, y al cabo la obtuve del Director
General de Instrucción Pública, con la condición de someterme a
examen, por una hora, sobre todo lo que habían estudiado mis
condiscípulos de derechos romano y civil durante mi ausencia; y fuí
aprobado con plenitud. Entre otros documentos justificativos
presenté uno muy precioso, que conservo: fue una petición hecha en
mi favor, suscrita por cosa de ciento cincuenta alumnos de la
Universidad, en la cual afirmaban, con elogio, que yo era del todo
inocente del hecho que había motivado la expulsión, y merecedor del
cariño de todos aquellos camaradas. Casi todos los que firmaron
aquel documento han figurado después en la República con honor y
brillo en diversas profesiones, y entre otros nombres citaré (para
dar idea de lo precioso del autógrafo) los de Salvador Camacho
Roldán, Carlos Martín, Manuel Pombo, el inolvidable Gregorio
Gutiérrez González, Antonio Maria Pradilla, Nicolás Pereira Gamba,
Manuel Narváez, Juan de Dios Restrepo y Emigdio Palau. Doy por bien
sufrida la pena de la injusta expulsión, en gracia de haberme
procurado tan precioso documento.