DOS HOMBRES RAROS
Desde los balcones de la casa de mi colegio veía yo casi todos
los días a un sujeto que me llamaba mucho la atención, por ser
personaje típico, padre de una familia vecina por quien yo tenía
sincero aprecio; era el doctor José Félix Merizalde con cuya pluma
cambió la mía, en varias polémicas, años después, una que otra
pulla sin consecuencia. Viejo patriota de la época de la
Indepenciencia, de ideas singulares y carácter raro, me pareció
siempre la personificación de la inquietud, la actividad y la
constancia en todas las cosas; su biografía se enlaza mucho con la
crónica de Bogotá, en lo tocante al presente siglo.
Este sujeto, que la muerte arrebató a la ciencia en 1868, fue el
hombre que en esta tierra hizo más clases de medicina; el que
recetó a mayor número de mujeres y muchachos vacunó más gente,
contó más anécdotas, publicó más hojas sueltas y oyó más misas. Fue
también el hombre más nervioso y jovial que yo conociera viéndole
siempre de buen humor, con las apariencias de la seriedad o del
desagrado. Se le vio intervenir en casi todas las polémicas de la
prensa bogotana, ora políticas, religiosas o de ciencia médica,
siendo miembro de todas las juntas de sanidad posibles, y conjunta
mente médico, militar, boticario, escritor público y profesor.
Infatigable en su aplicación al servicio de las ciencias médicas,
fue el hombre más benemérito en Colombia por su constancia en la
propagación de la vacuna. Hasta 1867, con cerca de ochenta años de
vida, conservaba enteros su carácter, su energía y actividad, y
hacía todos los días lo que medio siglo antes. Así entre los
hombres notables de este país, ninguno, en toda la extensión de la
palabra, vivió tanto como el doctor Merizalde. Su memoria merece
ser conservada con estimación y respeto.
Mis tempranas relaciones de amistad con la familia del doctor
Vicente Lombana me procuraron más tarde las de este importante
sujeto, que, sin figurar constantemente en la política y acaso por
esto mismo, en parte, fue uno de los hombres más populares en
Bogotá. Me impuso respeto cuando le conocí, recién vuelto del
destierro a que le condenaron por "medida de seguridad", como
culpable de liberalismo; pero al oírle pronunciar la primera
palabra sentí ganas de reír, y a la segunda reí por entero. Era
imposible mantenerse serio al lado de aquel hombre singularmente
agudo, ingenioso, cáustico, pronto y espontáneo en sus dichos y
siempre oportuno en sus comparaciones y comentarios respecto de los
hombres y de las cosas. Se podría formar un grueso y bien
interesante volumen con las anécdotas muy conocidas en que él
figuró como autor de alguna ocurrencia burlona, crítica o
punzante.
Al verle no más, se conocía que su cara aristofánica coincidía
con un espíritu ingenioso, un carácter independiente y casi rudo en
sus tendencias, y una palabra acerada. Su alma libre y severa no
transigía con ninguna bajeza, y su temple de republicano le hacía
juzgar sin lástima toda prevaricación y toda falsedad. Cuantas
veces figuró como funcionario público, ya en los congresos o en
magistraturas políticas, sus actos y palabras tuvieron el sello de
la integridad, la firmeza y la moderación.
Abogado, médico, cirujano y farmaceuta al mismo tiempo, amigo de
ocuparse, aunque platónicamente por lo común, en las cosas
políticas, y hombre de sociedad como pocos, sabía combinar en su
espíritu la solidez de la ciencia, el gusto por la buena
literatura, la benevolencia con los pacientes, la movilidad
imprevista de nuestra crónica social y el aticismo de cierta
crítica inflexible. La cosa más sencilla que se dijese delante de
él, provocaba de su parte una observación picante, un chiste
ingenioso y enteramente original, que caía siempre instantáneamente
sobre el asunto de la conversación como el cuchillo de la
guillotina sobre el cuello de un reo.
La seriedad de su vida y de su semblante le daban de continuo
aire grave y áspero, y con la severidad de un juez pronunciaba
agudezas que eran como fallos inapelables. Si su posición era de
hombre serio y positivo, su espíritu era, si se me permite la
expresión, el más cachaco que yo haya conocido. Otros tratan y
deciden las cuestiones con discursos o largos escritos; él las
condensaba en una palabra, las reducía a su más simple expresión, y
las resolvía con algún chiste profundo o alguna comparación
contundente. Su palabra cortaba unas veces como escoplo, otras
punzaba como daga, o bien aplastaba cual pesado martillo. Ello fue
que su autoridad se volvió decisiva en materia de agudezas y
epigramas. Cuando ocurría en Bogotá algo que diera margen a
censuras o burlas, todos preguntaban: "¿Y qué dice de esto el
doctor Lombana?" Dichoso entonces el primer cachaco que podía
repetir la correspondiente ocurrencia del espiritual
farmaceuta!
Se hizo tan proverbial su sarcástica ironía, su causticidad
algunas veces mortífera, que algunos, juzgándole por apariencias,
le calificaron de maldiciente y mordaz. No estimo justos estos
calificativos: el doctor Lombana fue simplemente un contendor de la
justicia. Jamás su palabra cortante hirió al amigo fiel, al hombre
de bien, al débil indefenso o al desgraciado: él no atacaba sino a
los fuertes; era un vengador de la sociedad; sus chistes y agudezas
castigaban muchas iniquidades de aquellas que el código penal no
definía, o que los jueces o la opinión pública dejaban impunes.
Así, fue en Bogotá una verdadera potencia moral: comprobó con toda
su vida que el ingenio es cosa de gran valía, y que las injusticias
que triunfan algunas veces de la ley jamás resisten al ridículo,
que es la sanción penal de las debilidades vulgares.