INDICE





PRIMERA PARTE
A mis hijas
El Angelus
Mi Familia
El primer cadaver
Primera educación de mi alma
Otras impresiones
Fiestas y diversiones
Educación moral y primaria
Lo que era yo entonces
El colegio
Bogotá y la universidad
Un año de conflictos
Varios episodios
Aventuras de un coronel
Otra vez en el colegio
Dos hombres raros
Mercurio y Themis
La universidad en 1843
Grandes sucesos y emociones
Un impresor famoso
Un hombre desgraciado
La Biblioteca Nacional
Principio de vida pública
La casa de un hombre justo
Recuerdos literarios y otros
Situaciones críticas
Estado psicológico
Último tiempo de prueba
Vida libre

SEGUNDA PARTE
En familia
Foro y comercio
El 7 de marzo y sus consecuencias
Varios episodios graves o curiosos
Incidentes interesantes
Situación política de 1851
Nueva situación
El dolor y el trabajo
Vida campestre
Nuevas tareas y luchas
Mi segundo duelo
Nuevos horizontes
El año de 1854
En campaña
Continua la campaña
Operaciones y batallas
La toma de Bogotá y sus consecuencias
Luchas políticas y literarias
Episodios críticos

TERCERA PARTE
El primer viaje
La vida parisiense
La sociedad francesa
Mi viaje a España
Observaciones y anécdotas en España
Otros viajes por el continente
Varias excursiones
Mis trabajos literarios, científicos y políticos
Residencia en Londres y excursiones en la Gran Bretaña
Nueva residencia en París
Observaciones políticas y literarias
Viaje al Perú
Mi residencia en Lima
Mi regreso a Colombia
Epílogo
DOS HOMBRES RAROS



 

Desde los balcones de la casa de mi colegio veía yo casi todos los días a un sujeto que me llamaba mucho la atención, por ser personaje típico, padre de una familia vecina por quien yo tenía sincero aprecio; era el doctor José Félix Merizalde con cuya pluma cambió la mía, en varias polémicas, años después, una que otra pulla sin consecuencia. Viejo patriota de la época de la Indepenciencia, de ideas singulares y carácter raro, me pareció siempre la personificación de la inquietud, la actividad y la constancia en todas las cosas; su biografía se enlaza mucho con la crónica de Bogotá, en lo tocante al presente siglo.

Este sujeto, que la muerte arrebató a la ciencia en 1868, fue el hombre que en esta tierra hizo más clases de medicina; el que recetó a mayor número de mujeres y muchachos vacunó más gente, contó más anécdotas, publicó más hojas sueltas y oyó más misas. Fue también el hombre más nervioso y jovial que yo conociera viéndole siempre de buen humor, con las apariencias de la seriedad o del desagrado. Se le vio intervenir en casi todas las polémicas de la prensa bogotana, ora políticas, religiosas o de ciencia médica, siendo miembro de todas las juntas de sanidad posibles, y conjunta mente médico, militar, boticario, escritor público y profesor. Infatigable en su aplicación al servicio de las ciencias médicas, fue el hombre más benemérito en Colombia por su constancia en la propagación de la vacuna. Hasta 1867, con cerca de ochenta años de vida, conservaba enteros su carácter, su energía y actividad, y hacía todos los días lo que medio siglo antes. Así entre los hombres notables de este país, ninguno, en toda la extensión de la palabra, vivió tanto como el doctor Merizalde. Su memoria merece ser conservada con estimación y respeto.

Mis tempranas relaciones de amistad con la familia del doctor Vicente Lombana me procuraron más tarde las de este importante sujeto, que, sin figurar constantemente en la política y acaso por esto mismo, en parte, fue uno de los hombres más populares en Bogotá. Me impuso respeto cuando le conocí, recién vuelto del destierro a que le condenaron por "medida de seguridad", como culpable de liberalismo; pero al oírle pronunciar la primera palabra sentí ganas de reír, y a la segunda reí por entero. Era imposible mantenerse serio al lado de aquel hombre singularmente agudo, ingenioso, cáustico, pronto y espontáneo en sus dichos y siempre oportuno en sus comparaciones y comentarios respecto de los hombres y de las cosas. Se podría formar un grueso y bien interesante volumen con las anécdotas muy conocidas en que él figuró como autor de alguna ocurrencia burlona, crítica o punzante.

Al verle no más, se conocía que su cara aristofánica coincidía con un espíritu ingenioso, un carácter independiente y casi rudo en sus tendencias, y una palabra acerada. Su alma libre y severa no transigía con ninguna bajeza, y su temple de republicano le hacía juzgar sin lástima toda prevaricación y toda falsedad. Cuantas veces figuró como funcionario público, ya en los congresos o en ma­gistraturas políticas, sus actos y palabras tuvieron el sello de la integridad, la firmeza y la moderación.

Abogado, médico, cirujano y farmaceuta al mismo tiempo, amigo de ocuparse, aunque platónicamente por lo común, en las cosas políticas, y hombre de sociedad como pocos, sabía combinar en su espíritu la solidez de la ciencia, el gusto por la buena literatura, la benevolencia con los pacientes, la movilidad imprevista de nuestra crónica social y el aticismo de cierta crítica inflexible. La cosa más sencilla que se dijese delante de él, provocaba de su parte una observación picante, un chiste ingenioso y enteramente original, que caía siempre instantáneamente sobre el asunto de la conversación como el cuchillo de la guillotina sobre el cuello de un reo.

La seriedad de su vida y de su semblante le daban de continuo aire grave y áspero, y con la severidad de un juez pronunciaba agudezas que eran como fallos inapelables. Si su posición era de hombre serio y positivo, su espíritu era, si se me permite la expresión, el más cachaco que yo haya conocido. Otros tratan y deciden las cuestiones con discursos o largos escritos; él las condensaba en una palabra, las reducía a su más simple expresión, y las resolvía con algún chiste profundo o alguna comparación contundente. Su palabra cortaba unas veces como escoplo, otras punzaba como daga, o bien aplastaba cual pesado martillo. Ello fue que su autoridad se volvió decisiva en materia de agudezas y epigramas. Cuando ocurría en Bogotá algo que diera margen a censuras o burlas, todos pregunta­ban: "¿Y qué dice de esto el doctor Lombana?" Dichoso entonces el primer cachaco que podía repetir la correspondiente ocurrencia del espiritual farmaceuta!

Se hizo tan proverbial su sarcástica ironía, su causticidad algunas veces mortífera, que algunos, juzgándole por apariencias, le calificaron de maldiciente y mordaz. No estimo justos estos calificativos: el doctor Lombana fue simplemente un contendor de la justicia. Jamás su palabra cortante hirió al amigo fiel, al hombre de bien, al débil indefenso o al desgraciado: él no atacaba sino a los fuertes; era un vengador de la sociedad; sus chistes y agudezas castigaban muchas iniquidades de aquellas que el código penal no definía, o que los jueces o la opinión pública dejaban impunes. Así, fue en Bogotá una verdadera potencia moral: comprobó con toda su vida que el ingenio es cosa de gran valía, y que las injusticias que triunfan algunas veces de la ley jamás resisten al ridículo, que es la sanción penal de las debilidades vulgares.

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