OTRA VEZ EN EL COLEGIO
La revolución había dejado a mi padre en triste situación,
reducido a la propiedad de su hacienda, sin ganados y sin la
considerable renta que antes derivaba de ella; pero él resolvió
hacer un esfuerzo supremo para sostener la educación del mayor
número posible de sus hijos, trabajando en la agricultura, por su
parte, mientras que el mayor de mis hermanos, Manuel, emprendía
carrera comercial. Miguel, por un lado, siguió estudiando en
Bogotá, protegido por mi tío Manuel Francisco, su padrino; Agripina
(que con el tiempo había de ser la poetisa y escritora PIA-RIGAN)
vino a educarse en el Colegio provincial de la Merced; y Rafael,
Antonio y yo entramos de alumnos en otro que había fundado el
doctor Mariano Francisco Becerra, de quien he hablado en otro
lugar.
Algo más de un año pasé allí, estudiando con vario provecho
francés, física y geografía, altas matemáticas, lógica y
cosmografía, sin perjuicio de continuar ejercitándome en el dibujo
y la pintura a la aguada, y de aprender algo de música. Mi
guitarra y yo fuimos recíprocamente víctima y victimario; pero la
guitarra acabó su carrera a virtud de un formidable golpe que me le
dieron un día jugando a la pelota; el pelotazo la rajó de tal modo
que ella pasó a mejor vida, sin que yo sintiese mucho su
fallecimiento.
En aquel colegio conocí a Ricardo Becerra, chicuelo a quien
entonces llevaba yo cosa de siete años de edad. Era un bonito
muchacho, pero muy llorón, desaplicado y empalagoso. ¡Quién me
hubiera dicho entonces que Ricardo vendría a ser con el tiempo un
gallardo caballero, hombre de mucho valor, de clarísimo talento,
insigne diarista y muy digno hombre de Estado que hiciese notable
papel en Colombia, Venezuela, Perú y Chile; y a más de todo esto,
para mí, un amigo afectuoso y siempre consecuente!
Era difícil determinar la categoría a que yo perteneciese, como
estudiante, en materia de aprovechamiento. Había sido singularmente
desaplicado en algunos estudios y era muy aprovechado en otros. Con
excepción de la aritmética, que no me había disgustado mucho,
miraba con horror las matemáticas: mi cerebro no estaba organizado
para la inflexible rigidez de esas ciencias, ni tenía paciencia
para tan áridos estudios; desgracia que siempre he lamentado.
Al contrario, mi espíritu era muy accesible a todo lo que de
algún modo podía excitar mi imaginación y sentimiento artístico, mi
curiosidad de fenómenos o mi necesidad de comunicación expansiva.
Así, el dibujo, la música y la arquitectura me encantaban, las
ciencias intelectuales y los estudios literarios me gustaban mucho,
la física, la cosmografía y la geografía me causaban gratísimas
impresiones, y las lenguas extranjeras despertaban mucho mi
curiosidad. Pero el latín me inspiraba repugnancia, a causa del
empirismo repelente con que se enseñaba entre nosotros la lengua de
las lenguas.
Un día cierto condiscípulo externo no supo su lección y tocóme
corregirle; se amostazó, y al salir de la clase me provocó a
querella. Para mayor abundamiento, el filosofillo aquel pertenecía
a una familia ministerial, y como entonces los muchachos hablábamos
de política lo mismo que de jugar a la pelota o la
|coca
(el juego que en francés llaman
|bilboquet, boliche) me
ofendió llamándome faccioso. Yo que no aguantaba pulgas y era muy
resuelto, alcé la mano y le di un bofetón, además: hablé contra el
Gobierno calificándolo de tiránico. El mozuelo se fue muy
resentido, se quejó a su padre, y éste me denunció, no supe ante
quién, así como a mis hermanos.
Ello fue que al día siguiente, a eso de las once de la mañana,
se presentó en el colegio don N. N., alcalde de la ciudad,
exigiendo que el Director le entregase los tres hermanos Samperes,
"sindicados, según dijo, de espíritu revolucionario y culpados de
haber proferido expresiones sediciosas, ofensivas para el
Gobierno". De estos tres revolucionarios el mayor tenía apenas
quince años, el segundo, que era yo, no había cumplido catorce, y
el tercero tenía doce. Por tanto, con los tres juntos, a lo sumo
había materia para formar un mal faccioso. Así era la política en
aquel tiempo, en que estaban en auge las "medidas de seguridad", y
lo ha sido en otras épocas hijo el régimen liberal.
Todo el personal del colegio quedó consternado con la intimación
hecha por el Alcalde, quien decía obedecer a una orden terminante
del Gobernador de la provincia. La cosa sucedía "siendo Gobernador
de Bogotá el señor Alfonso Acevedo Tejada", sujeto que se hizo
célebre, algunos años después, por su terrible periódico
|Libertad y Orden, publicado casi exclusivamente contra el
General Mosquera. Ello fue que el doctor Becerra hizo
observaciones, que su señora rogó en nuestro favor, y que los
alumnos, excepto el denunciante, suplicaron pidiendo gracia; pero
todo fue inútil, a lo menos respecto de mí. El Alcalde, ostentando
generosidad, apenas consintió en dejar en el colegio, apercibidos y
con fianza del doctor Becerra, a mis hermanos: yo tuve que marchar,
en medio de una escolta, con dirección al cuartel de San Agustín.
Sin menos que a servir en el ejercito.
Pero mi desquite comenzó desde la puerta del colegio. El Alcalde
tenía cierto modo de caminar oscilatorio, que le daba el aire de
una de aquellas efigies de santos que suelen sacar en andas en
nuestras procesiones y que por falta de una cuña oscilan sobre su
peana: así el digno personaje era muy conocido en la ciudad por el
sobrenombre de
|San
|Juan sin cuña. Al partir la
escolta conmigo ví que los balcones de las casas vecinas estaban
llenos de señoras, cuya curiosidad se había excitado con el
incidente ocurrido. El Alcalde iba adelante, blandiendo su bastón,
a guisa de General victorioso que entraba en una ciudad con su
séquito de prisioneros. Me puse a caminar como él, remedándole
perfectamente y muerto de risa; los de la escolta reventaban de
ganas de reír, las gentes de la calle y los balcones lo hacían a
carcajadas, y el Alcalde, que no caía en la cuenta, iba marchando
muy orondo y sereno.
Por lo pronto me dejaron solo en la sala de armas del cuartel de
San Agustín, situada en el piso alto y dando frente a la plazuela;
pero al encierro precedió un sermón del Alcalde, que me pareció
poco edificante, respecto de los inconvenientes del espíritu
revoltoso. La sala aquélla estaba enteramente solitaria, y como me
encerraron no me quedó por lo pronto medio alguno de
entretenimiento. Me arrimé a una ventana y me puse a contemplar
alternativamente la gente que pasaba, el agua del menguado y sucio
riachuelo llamado Manzanares, los desnudos cerros de Guadalupe y
Monserrate, las golondrinas que revoloteaban encima de la torre de
San Agustín, y hasta el obeso busto de un fraile dormilón que
parecía leer medio asomado a una ventana del convento vecino.
Pero yo necesitaba ocupación activa, y aquella contemplación me
fastidió. Felizmente pude proporcionarme un entretenimiento muy
divertido: me puse a inspeccionar la sala de armas. Habla en ella
mazos de velas de sebo, sin duda destinadas para el alumbrado del
cuartel; este era todo el mobiliario.
"Bueno! dije para mí; puesto que me destinan a ser soldado, me
ejercitaré en cargar fusiles".
Al cabo de una hora la mayor parte de los fusiles estaban
cargados... Con qué? En vez de cartucho embalado cada fusil tenía
adentro una vela de sebo bien atacada. Hoy pienso que aquella idea
fue luminosa: cuán felices no serían muchos pueblos si todos los
soldados, que tan costosamente mantienen, tiraran con velas de sebo
en lugar de balas!
Un oficial subió a la sala de armas y me sorprendió casi al
terminar mi operación.
-Hola, amiguito! -preguntó-. ¿Qué hace usted con esos
fusiles?
-El ejercicio, mi teniente! -le respondí.
-¿Qué ejercicio?
-Aprendo a cargar en tres movimientos.
-Pero ese modo de cargar... -observó el oficial, poniendo mal
ceño al notar que por la boca del fusil que yo tenía en la mano
asomaba la punta de una vela.
-Es un nuevo sistema, -repuse con seriedad fingida.
-Maldito
|cachifo! -gritó mi interlocutor al observar lo
que yo había hecho-. Pues nos ha dañado todos los fusiles!
A los dos minutos me trasladaron al cuarto de los oficiales, en
el cuerpo de guardia; a fin de que allí me vigilasen de cerca. En
aquel momento comenzaron a llover provisiones de boca que me
enviaban del Colegio y de varias casas vecinas; una de estas casas,
situada en frente a la del colegio (la célebre casa de
|Grau que fue incendiada en 1862, durante el combate de San
Agustín) era habitada por la familia Lombana, patriota, entusiasta
y estimable en todos sentidos.
Al recibir las provisiones que me enviaban me puse a
distribuirlas, en gran parte, entre los oficiales que me cercaban,
y quedamos muy amigos. Uno de ellos poseía una guitarra,
instrumento ingrato y rebelde que yo tenía el mal gusto de estar
aprendiendo, como he dicho, a rasguñar pésimamente. Talvez mi
afición a la guitarra había nacido de la historia de los amores de
mi padre y mi madre; en cierto modo, yo debía el ser a una
guitarra. Ello fue que al punto acordé como pude el instrumento, y
como ya perpetraba algunos valses y contradanzas, me puse a tocar y
cantar. Es innecesario asegurar bajo mi palabra de honor que yo
tocaba indignamente y cantaba peor; siempre he tenido los dedos
tomes para la música, y una voz que sólo podía estallar con honor
en un concierto de cataratas y truenos. Pero lo esencial para mí
era divertirme. Canté unas cuantas redondillas improvisadas (pues
ya empezaba a delinquir contra las Musas), suficientemente cojas y
majaderas, pero que tenían el mérito de ser dedicadas al señor
Alcalde; y recuerdo que en una de ellas la palabra pezuña rimaba
con el sobrenombre de
|San Juan sin cuña.
Mientras que yo ejecutaba en el cuerpo de guardia todas las
truhanerías imaginables, divirtiendo mucho a los oficiales y
soldados, mis hermanos se habían puesto en campaña para "echar
empeños", en mi favor. Bastó la intervención de don Lino de Pombo,
amigo de mi padre, para sacarme de la apretura; aquel digno sujeto,
de quien fui después justo admirador y fiel amigo, fue a la
Gobernación, habló con el señor Acevedo y le hizo ver lo violento y
ridículo del procedimiento adoptado contra mí. El Gobernador se
disculpó diciendo que eran "cosas del Alcalde" (porque entonces
todos los Alcaldes eran hombres de cosas), y ordenó que
inmediatamente me pusieran en libertad.
Lo hizo en efecto el Alcalde, no sin administrarme la segunda
edición de su prédica de la mañana, y salí del cuartel con aire de
triunfo e ínfulas de mártir imberbe de la libertad, y jurando que
tarde o temprano me vengaría del Alcalde. Por demás está decir que
jamás pensé luego en vengarme: tengo la felicidad de no haber
codiciado ni saboreado nunca ese brebaje horrible que llaman la
venganza.