AVENTURAS DE UN CORONEL
Corría el año de 1841, época luctuosa en que la revolución
liberal, por una parte, y la represión gubernativa, por otra,
habían cubierto de luto la República, ensangrentándola, así en
numerosos campos de batalla como en las plazas y los sitios donde
la mano de Mosquera había hecho levantar, sin fórmula de juicio,
tantos patíbulos...
Cosa terrible para la hoja de servicios de aquel caudillo! El
sólo, en 1840 y 1841, como Comandante en jefe de los ejércitos del
Gobierno, había hecho fusilar, a despecho de toda resistencia y
toda súplica de sus subalternos, de generosas damas y de muchos
empleados, nada menos que ochenta y ocho ciudadanos (otros dicen
112), casi todos prisioneros de guerra; y de esas ochenta y ocho
víctimas, solamente dos habían sido objeto de juicio formal y
sentencia condenatoria ...
Y aquel General, ebrio de sangre, que tenía el privilegio de
monopolizar la matanza y hacer del cadalso un
|principio
personal ¿ganaba siquiera las batallas o los combates que le
servían de pretexto para sus fusilamientos?... No. Se practicaba el
principio económico
|
de la división del trabajo. Barriga se
encargaba con otros Jefes, de vencer en la
|Chanca; Henao
triunfaba en Salamina, y Diago y otros más ganaban la gloria
combatiendo; y Mosquera cosechaba los laureles y se encargaba de la
parte lúgubre de la guerra, -de levantar cadalsos-, para deshonrar
las victorias que usurpaba a sus segundos y subalternos... Tal era
la partija de la guerra!
Con pasaporte del General París y acompañado simplemente de un
oficial, mi padre fue dejado en libertad, para venir a presentarse
al Jefe del Gobierno en Bogotá. En el tránsito enfermó gravemente,
y hubo de quedarse en Guaduas, bajo la garantía de su palabra. La
enfermedad fue grave y de más de cuatro meses. Yo rayaba entonces
en los trece años, estaba en vacaciones forzadas y acompañaba a la
sazón a mi padre, que casi siempre se hallaba postrado en la
cama.
Un día le entregaron misteriosamente a mi madre una carta,
enviada de Honda por posta. En ella le avisaban a mi padre que el
Coronel Tomás Murray, su amigo, había sido apresado en las montañas
de Sonsón y trasladado a Honda, y que inmediatamente una escolta le
conduciría a Bogotá, donde, sin duda, sería juzgado y fusilado. Al
punto mi padre me hizo llamar a su alcoba y me dijo:
"Vete volando, hijo, a llamarme al doctor Garnica y al Alcalde;
diles que necesito urgentemente hablar con ellos y les suplico
vengan a verme"
Antes de quince minutos estuvieron los dos sujetos junto a la
cama de mi padre.
El doctor Garnica era el médico y la providencia curativa de
Guaduas: hombre admirablemente benéfico y caritativo, que prodigaba
el bien, así a pobres como a ricos, y sobre todo a los primeros.
Curaba al estilo antiguo, -con fomentos, cataplasmas, purgantes y
colirios-, pero curaba. Por lo mismo, había estado tratando con
esmero la disentería que tenía a mi padre postrado.
El Alcalde era un sencillo servidor del Gobierno, por
temperamento pacífico y adhesión a la legalidad, pero simpatizaba
con los "progresistas" o liberales de entonces, y era grande amigo
de mi padre.
Cuando los dos personajes del distrito estuvieron sentados junto
al lecho de mi padre, éste les dijo:
-Mis amigos, tengo para con ustedes un empeño.
-¿Cuál? -preguntó el Alcalde.
-¿Algún antojo de convaleciente? -preguntó el doctor
Garnica.
-No; les llamo a ustedes para que hagan una obra de caridad.
-Pues diga usted lo que sea -repuso el Alcalde.
-La cosa es delicada, mis amigos.
-No importa -observó el doctor.
-Se trata -añadió mi padre- de salvar del patíbulo a un
extranjero, valiente servidor de la patria, que es mi amigo.
-¿Quién es? -dijo el Alcalde.
-El Coronel Murray.
-Justamente -observó aquél- acabo de recibir de Honda un pliego
en que me avisan que llegará mañana una fuerte escolta, la cual
conduce al Coronel; y se me ordena que prepare cuartel para el
alojamiento y bestias para el preso y los oficiales de la
escolta.
-Pues, mi amigo -repuso mi padre dirigiéndose al Alcalde- todo
lo que pido a usted es que procure no hallar pronto las bestias;
que escoja para cuartel una casa ventajosamente situada, y que si
el Coronel resulta enfermo, no le obligue usted a continuar el
viaje.
El Alcalde comprendió al punto lo que mi padre deseaba y
dijo:
-La humanidad no se opone al deber; será usted servido, señor
don José María.
Lo demás fue concertado con el doctor Garnica; y yo, siquiera
fuese un chico travieso, o acaso por lo mismo, fuí puesto al
corriente de todo para ser el instrumento de lo que mi padre se
proponía hacer desde su cama.
Al día siguiente, a eso de las cinco de la tarde, llegó la
escolta con el Coronel Murray, y se acuarteló en una casa de paja y
bahareque, situada en la esquina meridional de la plazuela que
después fue donada por el General Joaquín Acosta, dándole el nombre
de "
|plazuela de Herrán", y que hoy día llaman de "
|la
Pola", en memoria de la inmortal heroína Policarpa
Salabarrieta.
La casa tenía al frente la plazuela, a la izquierda el camino
del Hato, que sale hacia el Sur, y por detrás, como límite del
solar, la barranca que da sobre el riachuelo llamado el Limonal.
Por todo el costado izquierdo, sobre el camino, corría una cerca de
|guadua picada, sustentada en parte por algunos naranjos y
un guanábano, y detrás se extendía la campiña casi solitaria.
Hacía poco más de una hora que el Coronel y su escolta habían
llegado, cuando me presenté a la puerta del improvisado cuartel y,
saludando al teniente 1º que comandaba la pequeña tropa, le
dije:
-¿Podrá usted permitirme ver al preso?
-¿De parte de quién? -me preguntó.
-De parte de don José María Samper, mi papá.
-Ah! ¿don José María está aquí? Lo celebro mucho, pues le debo
un servicio y tendré mucho gusto en ir a visitarle.
-Mi papá, -añadí-, es amigo del señor Coronel, y aunque está
enfermo, en cama, desea servir en lo que pueda al preso.
-Pues entre usted.
Un sargento me introdujo hasta un rincón de la sala, donde el
Coronel estaba acostado, en el suelo, sobre una estera y unas
mantas. Le saludé, le dí el recado de mi padre y conversamos. El
Coronel Murray era un irlandés jovial, franco y de buen carácter,
muy blanco de cutis, pequeño de cuerpo y regordete, y hombre
entusiasta y valeroso.
A poco de estar conversando le ofrecí un cigarro, y le dí otro
al sargento. Sacó éste su yesquero y eslabón para encender lumbre,
y yo, acercándome más al Coronel, le dije en voz baja: "No se fume
usted el cigarro; dentro hay un papel". Y poco después me
retiré.
En efecto, dentro de la
|tripa del cigarro iba un
billete de mi letra, dictado por mi padre, que decía:
"A todo trance
|enférmese usted; el médico irá a
reconocerle. Hay que ganar tiempo mientras se concierta la fuga de
usted".
A las ocho de la noche el Coronel estaba tiritando de frío (frío
de fiebre) y se quejaba mucho y con gran desasosiego. Como el
accidente continuaba, el jefe de la escolta dió parte al Alcalde, y
éste le dijo:
"El médico del lugar irá a ver al enfermo. En todo caso, juzgo
que usted debe suspender la marcha; mayormente cuando no es posible
conseguir bestias para mañana".
Al día siguiente, muy temprano, el doctor Garnica visitó al
Coronel, y después de examinarle declaró que tenía el principio de
una fiebre peligrosa y que se expondría la vida del enfermo si se
le hacía continuar el viaje.
Una hora después estuve en la puerta del cuartel, llevando en la
mano una botella de excelente oporto con un rótulo que decía:
"
|Las copitas". Este es el remedio para el enfermo.
Pero la botella contenía una cosa mejor: del corcho pendía,
entre el vino, una bolita de migajas de pan, envuelta en cera
negra, dentro de la cual iba un papel con estas palabras:
"Logre usted esta noche que le permitan acostarse en el
corredorcito que da sobre el patio, y esté listo para saltar por
encima del poyo que encierra ese corredor; cuando usted oiga
maullar un gato, sáltese por el pié del segundo árbol, donde le
aguardarán: Todo estará listo para la fuga: tenga usted confianza y
déjese conducir".
Aquella noche hubo "baile de contribución" según se dijo, en una
casa situada a cuatro o cinco cuadras del cuartel improvisado en
que se hallaba el Coronel Murray. El Coronel había suplicado que le
permitiesen (por estar muy acalorado con la fiebre) hacer sacar su
cama, compuesta solamente de una estera y unas mantas, al
corredorcito que daba sobre el patio. Una forma de pequeño tabique
o poyo de un metro de altura, levanta do enfrente a la pared,
encerraba el corredorcito, haciendo de éste una especie de cajón.
El teniente que comandaba la escolta permitió que el Coronel se
acostase allí; pero hizo colocar un cabo y dos soldados en el
centro de la salita, dejando abierta la puerta que daba salida al
corredor, de manera que el preso estuviese vigilado, no obstante la
postración en que parecía estar.
A eso de las nueve de la noche, los oficiales, invitados al
baile, se fueron a sacudir las piernas con las muchachas guadueras,
entre las cuales, por cierto, han abundado las buenas mozas;
algunos de los soldados se acostaron a dormir en la sala; y unos
cinco, o seis, sentados en el suelo sobre un cuero de res, sé
pusieron a jugar con naipes el juego de
|primera y
flux.
Yo observaba todo esto desde la plazuela, protegido por la
profunda oscuridad de la noche, y cuando me cercioré así de que
todo iba bien, fui a dar, según las instrucciones de mi padre, el
aviso necesario a mi tío Rafael, encargado de hacer preparar el
peón y las bestias para la fuga del Coronel.
Mi padre quedó encantado cuando le informé de todo, y volvió a
recomendarme suma discreción; pero yo estaba tan orondo con ser el
instrumento de una aventura tan grave, que, no obstante mi genial
travesura, tomaba la cosa muy en serio y estaba seguro de proceder
con tino.
Después de aguardar con anhelosa impaciencia, durante dos horas
mortales, salí de casa solo, poco después de las once y media de la
noche, vestido de ruana negra y calzado con alpargatas, llevando en
la mano un buen cuchillo y al cinto un excelente par de pistolas de
caballería.
Al acercarme (habiendo seguido un tortuoso camino por calles
excusadas) a la casa donde se hallaba el Coronel, me palpitaba el
corazón terriblemente, inquietado por el temor de que se frustrara
la empresa; pero cobré ánimo al reconocer que todo estaba solitario
y en silencio en torno mío, y que, al propio tiempo que habían
cerrado la puerta exterior del cuartel, estaba
|abierta la
interior.
En efecto, al arrimar los ojos a la cerca del solar, a la sombra
de un naranjo, ví que los soldados seguían jugando a los naipes, y
noté que en la casa reinaba el mayor silencio. Inmediatamente me
puse a trabajar con mi cuchillo, cortando arriba y abajo los
bejucos que sujetaban las
|guaduas en medio de las
|cintas o listones de la cerca; y cuando esta operación
quedó hecha, alcé las guaduas, en un espacio como de medio metro,
de modo que abrí un portillo suficiente para que el Coronel,
agachándose algo, pudiera salir.
Yo he tenido, desde muchacho, una habilidad notable para imitar
muy diversas voces de hombres y las de muchos animales, y
particularmente podía fingir perfectamente, cosa de engañar a
cualquiera, los ladridos de los perros, el canto de los gallos y
los maullidos de los gatos. Hice con perfección el último de estos
ruidos, y aguardé, lleno de angustia...
Tres minutos después de mis maullidos sentí pasos muy quedos del
lado de adentro de la cerca, y un instante después la voz del
Coronel me decía muy suavemente:
-Amiguito... ¿está usted ahí?
-Sí; todo está listo! Vámonos pronto!
-Cómo no!
Y el Coronel salió por el portillo y me abrazó. Pero al punto
exclamó:
-Diantre! He olvidado mi ruana!
-¿Y qué importa una ruana? -le dije-. Usted hallará las
necesarias en su montura.
Pero el Coronel no me escuchó, y sin darme tiempo para
detenerle, se entró por el portillo, se alejó de la cerca, y volvió
a saltar, en busca de su manta, por encima del tabiquillo que
encerraba su cama.
Pasaron dos o tres minutos que fueron de suprema ansiedad para
mí... Al cabo el Coronel volvió, salió otra vez del solar, y me
siguió a toda prisa hacia la orilla del riachuelo cercano. En breve
pasamos silenciosamente por encima de dos cercas, dejando el camino
del Hato a la izquierda, y nos dirigimos, a través de unos potreros
de la señora Ana María Acosta, en derechura hacia el río
|Guadual.
Yo era un muchacho animoso y andariego, que conocía a palmos
todos los campos circunvecinos, particularmente del lado de la
hacienda del
|Paramillo; por lo que, sin vacilar, no
obstante la profunda oscuridad de la noche, marchaba delante del
Coronel. Cuando ya íbamos a buena distancia del camino, no pude
menos que romper el silencio, que para mí ha sido siempre penoso, y
decir:
-Me hizo usted temblar de angustia, señor Coronel.
-¿Por qué, amiguito? preguntó él tranquilamente.
-Porque usted, después de la primera salida, se entró en el
solar, exponiendo su vida.
-Lo hice por esta ruana pastusa replicó, mostrándome una que
llevaba doblada sobre el hombro izquierdo.
-Por una ruana! exclamé asombrado.
-Ah, sí, respondió el Coronel con una sencillez heroica-. Es un
regalo que me hizo el General Obando, y yo no podía dejarla
olvidada.
Aquella ocurrencia me pareció entonces apenas curiosa, bien que
ya yo había leído, sin comprenderlas en gran parte, es verdad, las
|Vidas de hombres ilustres de Plutarco. Años después,
cuando recapacité en lo de la ruana y traté de cerca al General
Obando (José María), comprendí los sentimientos de adhesión que él
podía inspirar, y el acto del Coronel Murray me pareció
sublime.
Al llegar a cierto sitio de la vega del
|Guadual, silbé
tres veces, dejando espacios, y otras tantas contestó a mi silbido
un mozo fiel que nos aguardaba. Al punto pasó el riachuelo a
caballo, trayendo otro del diestro, y entonces le dije al
Coronel:
-Ahora puede usted montar, y nos separaremos...
-Ah! mi amiguito! Creo que debo la vida a usted y a su
papá...
Y la emoción que sentía le cortó la voz por un momento.
-Mi papá, -repuse-. me encarga decir a usted que estas pistolas
que le he dado y este sableespada que tiene en la mano el criado,
fueron del uso de mi tío Juan Antonio
-Oh! oh! exclamó el Coronel, queriendo decir mucho con sus dos
exclamaciones.
-Aquí tiene usted, -añadí-, una bolsa con dinero. Ahora, parta
usted con toda confianza. Usted será conducido, por
|Chapaima y
|Méndez, siguiendo luego caminos
excusados, hasta nuestra hacienda del
|Caimital, cerca de
Honda. Allá le recibirá mi hermano Rafael, y él se encargará de
mantenerle oculto hasta que cese todo peligro.
El Coronel se ciñó el sable, metió las pistolas en los
espaciosos bolsones del galápago, y antes de montar me estrechó
tiernamente en los brazos y me dijo muy conmovido:
-Adiós: mil cosas y un íntimo abrazo a don José María!...
Un instante después se perdió en la oscuridad, y en breve dejé
de oír las pisadas de los caballos.
Al quedarme solo, debajo de un corpulento guamo, sentí miedo...
¿Miedo de qué? No lo sé; yo no creía en espantos ni brujas, pero
tuve miedo a la oscuridad, la soledad y el silencio... Sin embargo,
cogí mi miedo a dos manos, y eché a andar directamente hacía el
Limonal; mas no para pasarlo por el camino del Hato, sino para ir a
salir al Llano, al poniente del poblado, según el itinerario que mi
padre me había trazado. Cuando, al pasar el riachuelo a vado, oí
cantar un gallo, se me acabó el miedo; caminé aprisa, y a las dos
de la mañana entré en casa.
Mi padre y mi madre estaban en vela, y ambos tan intranquilos,
que a las tiernas reconvenciones de ella, por los peligros a que se
me había expuesto, contestaba él con alguna zozobra.
-Dios mío! Aquí está! -exclamó mi madre alborozada, al verme
entrar.
-Mi hijo! ¿Nada te ha sucedido? -me preguntó mi padre muy
conmovido.
-Nada, papá.
-¿Y el Coronel?
-En salvo.
-Dios sea bendito!
Cuatro días después regresó el peón con los caballos, dando las
mejores noticias.
Mi hermano Rafael, bien que apenas tenía catorce años y meses,
era un joven de mucho juicio y discreción, muy apto naturalmente
para los negocios, y estaba encargado de la administración de la
hacienda del Caimital. Había sido advertido por posta, y tenía
preparado allí un excelente escondite, para lo cual había hecho
construir a la ligera un pobrísimo rancho, sobre la meseta de un
alto y escarpado cerro, cerca de un manantial. Un negro liberto que
servía en la hacienda y era de toda confianza, llevaba todos los
días al Coronel los víveres y demás objetos.
En aquel escondite alcanzó a pasar el Coronel Murray cerca de
dos meses. Sin embargo, todas las sospechas de su fuga habían
recaído sobre mi padre, a quien acusaban en Guaduas, por lo bajo.
de haberla preparado desde su cama. Esto hizo que en Honda
sospecharan también que el Coronel estuviese oculto en nuestra
hacienda, por lo que varias veces fueron a rondarla.
En la última de aquellas rondas, el negro liberto fue
sorprendido debajo de unos árboles, con el canasto de los víveres.
Le amenazó de muerte el Alcalde que conducía la escolta, y le forzó
a guiarle hasta el escondite.
Cuando menos lo pensó el Coronel, que estaba tendido en una
hamaca, sintió que su rancho se hallaba cercado de tropa por tres
lados: por el otro había un peñasco de más de veinte pies de altura
que dominaba las asperezas del cerro... Se tiró por allí el
Coronel, y al caer se dislocó un pié y no pudo escapar. Pronto le
cayeron encima y le amarraron y echaron sobre un caballo, no sin
darle primero dos bayonetazos en un muslo .
Cuando el prisionero fue dado de alta en el hospital militar de
Honda, y le volvieron a conducir hacia Bogotá, el Gobierno había
expedido un indulto, merced a la derrota sufrida por el General
Carmona en Tescua, que fue el final de la guerra civil. Ya toda
medida de rigor fue absurda, y todo fusilamiento, siquiera fuese
jurídico, hubiera sido una monstruosidad. La demora de dos meses
obtenida con la fuga del Coronel Murray, le había salvado pues, la
vida.
Fue Murray (Secretario de Guerra y Marina en 1853) un buen
soldado de nuestra Independencia, la cual vino a defender enrolado
en la célebre Legión Irlandesa. Era hombre de ideas muy liberales y
muy adicto a los pueblos colombianos. Verdad es que solía pecar
mortalmente por el lado de la galantería; pero toda su vida pública
fue honrada y su espada de irlandés se hizo digna de la gloriosa
patria adoptiva que ayudó a libertar.