VARIOS EPISODIOS
En el mes de Agosto o de Septiembre ocurrió un curiosísimo
episodio que en un periódico narré, muchos años há, en forma
distinta de la presente.
Vale la pena de relatarlo nuevamente, así por ser característico
de la época, y pintura de mi carácter, como porque se refiere a un
hombre que muchos años después hizo gran papel en la República,
hasta 1872.
Un día, cinco estudiantes de jurisprudencia, de San Bartolomé,
entre ellos mi hermano Manuel, iban riendo de cualquier cosa, con
el buen humor de los estudiantes de aquel tiempo, y pasaban por la
tercera cuadra de la calle de
|Florián (hoy día "Carrera
primera al Occidente;") sin caer en la cuenta de que iban por el
frente de la puerta del cuartel o
|Parque de Artillería,
localidad que ahora ocupan la Capilla presbiteriana y las casas de
mi amigo Lázaro María Pérez y otros sujetos.
Estaba recostado a un lado de la puerta del cuartel, sentado en
una gran silla de vaqueta, el Mayor del batallón de Artillería,
llamado "el Comandante S." que era cojo, viejo y feo, cualidades
propias, cuando están reunidas, para que quien las posee se sienta,
con sobra de susceptibilidad, dispuesto a suponer que de él se han
de reír todos los que ríen en su presencia. El Comandante, al ver
que los cinco estudiantes que pasaban por delante del cuartel iban
riendo, pensó que él podía ser el objeto risible, y sin más
averiguación, ni formalidad alguna, hizo al punto salir un piquete
de la guardia, mandó aprehender a los supuestos culpables del
delito de carcajadas y les alojó en un calabozo.
Mi hermano Rafael y yo, que vivíamos en una casa particular al
cuidado de nuestro hermano Manuel, nos llenamos de consternación al
saber que éste estaba preso. Al primero, que era muy juicioso, no
le ocurrió que pudiéramos hacer otra cosa, sino correr a valernos
de amigos de nuestro padre (tales como el doctor Rufino Cuervo y
don Lino de Pombo), para obtener la libertad de Manuel. Yo, que era
travieso y amigo de chuscadas hasta dar en la truhanería, dije:
-Me ocurre algo mejor y más expeditivo.
-¿Qué cosa? -preguntó Rafael.
-Que vamos a vernos con el mismo Comandante que nos ha hecho el
mal.
-¿Y qué adelantaremos con eso?
-Mucho. Ya lo verás.
-¿Qué haremos, pues?
-Déjame; yo tengo mi idea. Tú, vete a traer tres mozos de
cordel, y suficiente provisión de pan, dulces, queso y
bizcochos.
-¿Y tú qué harás?
-Yo, entre tanto, prepararé las cosas aquí.
Un rato después, cuando Rafael estuvo de regreso con las
provisiones y los mozos, yo tenía arreglados tres grandes líos
compuestos de nuestros colchones y almohadas, ropa de cama y otros
objetos. Al punto emprendimos marcha para el cuartel de
Artillería.
Al llegar al frente de la puerta y de su inseparable comandante
cojo, puse en formación a los tres mozos y tomando un aire marcial
les grité:
-Colchoneros! firmes! Descansen los colchones! áus!
-¿Qué significa esto? -preguntó el Comandante algo azorado.
-Significa, señor Comandante -le contesté-, que nosotros estamos
al cuidado de nuestro hermano Manuel, a quien usted ha hecho
aprisionar, y como es menester que no quedemos abandonados, venimos
a pedir a usted, o que ponga en libertad a nuestro hermano para que
él cuide de nosotros en casa, o que nos deje entrar para que nos
vigile en el calabozo.
-Cómo es eso! -exclamó el Comandante-. ¿Un muchacho viene a
burlarse de mí?
-No, señor; no me burlo. Lo que pedimos es justo.
-Vamos! Lárguense de aquí!
-No nos iremos. Aquí están los colchones y todo lo necesario
para hacer las camas adentro.
-Pues no entrarán!
-Pues tenemos que entrar, o el hermano ha de salir! -repuse
entre resuelto y burlón.
Entre tanto se había aglomerado mucha gente en la calle, y la
escena era tan grotesca que el Comandante empezó a comprender que
todos se reían de él. Ya algo exasperado, gritó:
-Vamos! Despejen el campo!
Yo grité entonces también:
-Baterías de colchones! Firmes!
-Insolente! -exclamó el Comandante.
-¿En qué quedamos? -le pregunté-. ¿Entramos por fin?
-Sí, sí, sí! -dijo el Comandante lleno de ira-. Ahora mismo
encierro a estos
|cachifos insolentes.
-Bueno! -repuse-. Así nos cuidará adentro nuestro hermano.
Y añadí con voz estentórea:
-Colchones al hombro! áus!
-Pues no entrarán! -gritó el Comandante ya furioso.
-Entonces.., que salga el preso.
La escena había llegado hasta ser una rechifla, y los pilluelos
de la calle y los
|cachacos que pasaban hacían su gasto de
zumbas a expensas del Comandante. Este quiso salir del paso y
exclamó:
-Cabo de guardia! Haga usted que salga ese estudiante!
-¿Cuál de los cinco, mi Comandante?
-El Samper! El hermano de este demonio que está ahí
fastidiándome!
-Bueno! bueno! Eso era lo que yo quería!
-Exclamé alborozado.
Y todos en la calle aplaudieron desternillándose de risa. Un
instante después echaron fuera a mi hermano Manuel, y yo,
implacable en la zumba, di la voz de mando:
-Colchoneros! Colchones al hombro! áus! De frente en retirada! A
discreción! Marchen!
Nos alejamos del cuartel en triunfo, y en tanto que mi hermano
Manuel reía mucho de mi ocurrencia, Rafael se hacía cruces admirado
de tanta audacia de estudiante travieso.
De los cuatro presos que quedaban en el cuartel, Santos
Gutiérrez, un Orbegozo y dos Azueros, tres fueron puestos en
libertad el mismo día, merced a los empeños de sus familias. El
otro, que era muy pobre, sin familia en Bogotá y desconocido, no
halló quién se empeñara por él con buen éxito y permaneció preso. A
los pocos días fue filiado como recluta, y le hicieron salir de la
ciudad incorporado en un batallón que salió a campaña, hacia el
Norte, en persecución de la famosa "Guerrilla de los Rodríguez" de
Guachetá.
En la primera escaramuza que hubo, el estudiante recluta, que
era liberal y estaba furioso, se pasó al enemigo; y luego, durante
algunos meses, anduvo entre los facciosos, en compañía activa,
combatiendo contra el Gobierno. Un día cayó prisionero, trajéronle
a Bogotá, donde, por ser desconocido, no pensaron en fusilarle, y
le dejaron como perdido entre los muchos presos de un cuartel.
Al cabo de algún tiempo el honrado doctor Quevedo, Juez de
Hacienda, hubo de hacer una visita de cárcel en la principal de
Bogotá. Después de contar los presos y leer la lista que de éstos
le presentó el Alcaide, reconoció que, o sobraba un preso, o
faltaba un nombre en la lista. Hecha la confrontación, hizo poner a
un lado al individuo sobrante, y hubo entre el Juez y el Alcaide el
siguiente diálogo:
-¿Cómo se llama ese individuo cuyo nombre no está en lista?
-No lo sé.
-¿Por orden de quién está preso?
-Lo ignoro.
-¿Desde cuándo está en la cárcel?
-No sabré decirlo.
-¿Por qué le mantiene usted preso?
-Porque me le entregaron en bulto, y no por lista, cuando entré
a ser Alcaide.
-¿Le ha dado usted raciones?
-Nunca. Como no estaba en la lista, no había raciones para
él.
-¿Y cómo se ha mantenido?
-Con las sobras que le daban los demás presos
-Póngale usted en libertad inmediatamente.
Así salió de la cárcel aquel pobre preso, andrajoso y en el más
miserable estado, pues el vestido que tenía lo llevaba en el cuerpo
hacía algunos meses y nadie le había conocido ni amparado.
¿Quién era aquel preso devuelto a la libertad? Era el quinto de
los estudiantes apresados por el Comandante S. en Agosto o
Septiembre de 1840, y por tanto, víctima de unas inocentes
carcajadas. Muchos años después fue Representante del pueblo,
General de División, Senador, Presidente de la República. Se
llamaba SANTOS GUTIERREZ!
La muerte de mi tío me llenó de resentimiento y de indignación,
y tan muchacho como era mostraba en el colegio mis sentimientos sin
reserva. Aun en la calle apostrofé terriblemente a un Jefe que se
jactaba de haber sido el matador, probándole yo de un modo
irrecusable que su proeza había consistido en robarle algunas
prendas al cadáver de mi tío. Ello fue que mis hermanos y yo, muy
exaltados, tuvimos varios lances desagradables con la policía y
algunos militares, y éramos muy vigilados; por lo que mi padre,
aprovechando la suspensión de los estudios universitarios, hubo de
venir a sacarnos de Bogotá, foco de las exacerbadas pasiones, y
llevarnos a Honda.
Mas no hacía más de un mes que allí nos holgábamos en
vacaciones, cuando estalló la revolución de la provincia,
encabezada por su Gobernador, el Coronel José M. Vezga, quien
asumió el título de Jefe Supremo, civil y militar del
|Estado de Mariquita. La moda entonces era titular Estados
federales las provincias insurrectas. Un sentimiento de excesiva
generosidad (el deseo de impedir violencias y proteger a muchos
amigos personales que eran partidarios decididos del Gobierno), y
algo también el profundo dolor y la irritación que sentía por la
pérdida de mi tío, movieron a mi padre a exponerlo todo, -familia,
fortuna y su propia persona-, aceptando el puesto oneroso de
Consejero de Estado, al lado del Coronel Vezga; con lo que sufrió
amargamente los percances de la guerra civil, sin tener vocación
alguna para ingerirse en tales cosas.
Refiero un curioso episodio de aquellos días de revolución en
Honda.
Tenía mi padre asilados bajo su fianza, en la hacienda, a dos o
tres amigos, y otros dos en la casa, todos ministeriales notables,
y uno de los últimos era don Rudecindo Galvis, hombre inofensivo,
benéfico y de raras ideas y considerable fortuna, domiciliado en
Piedras. Al pasar por allí el Teniente Coronel Tadeo Galindo,
pronunciado en Ibagué, exigió a Galvis un fuerte empréstito
forzoso, y como éste no quisiera o no pudiera darlo por el momento,
le llevó preso a Honda como a enemigo de la causa. Al punto mi
padre, bien que no tenía mayores relaciones con el preso, le sacó
libre con fianza, llevándole a casa, y así el respetable y original
don Rudecindo fue nuestro huésped durante cosa de dos meses.
Un día que él hacía por la calle su cotidiano ejercicio, se
encontró con el Comandante Galindo, y éste, sin más preámbulo,
disgustado de verle libre, le mandó aprehender, disponiendo que una
escolta le llevase a la playa de la
|Bodega para ser
desterrado y embarcado con destino a las provincias del Atlántico.
Debo advertir que si el Coman- dante era precipitado y muy
impresionable, en el fondo tenía un carácter generoso, incapaz de
aborrecer a nadie, y era hombre de humor festivo, y muy franco y
locuaz. Al saber yo lo ocurrido, sin consultar a nadie me fuí
corriendo a casa del Coronel Vezga, que me quería mucho, y me hice
introducir por el oficial de guardia, diciéndole que el caso era
urgente. Salió al salón el Coronel, y al verme, me dijo con su
amable jovialidad de siempre:
-¿Qué hay, Pepito? ¿Qué ocurre?
Bien que el diminutivo no se compadecía con el aire solemne que
yo llevaba, contesté sin turbarme y en tanto de melodrama:
-Vengo a pedir al señor Jefe Supremo justicia contra un
atentado.
-¿Qué ha sucedido, pues?
Referí el suceso de don Rudecindo.
Cosas de Tadeo! -exclamó el Coronel cuando oyó mi relato-. Ah,
Tadeo!
Y luégo añadió:
-Ahora mismo remediaremos el atropello.
-Señor Jefe Supremo..
-¿Eh?
-Le suplico a Usía que dé orden para que inmediatamente me
entreguen bajo mi fianza la persona del señor Galvis.
-Cómo! ¿Bajo tu fianza, Pepito?
-Sí, señor.
Soltó el Coronel una ruidosa carcajada que humilló la
importancia de
|hombre que yo me daba con mucha seriedad, y
repuso:
-Vamos! La ocurrencia me hace mucha gracia y en un chico de doce
años es doblemente meritoria.
Al punto hizo escribir y firmó la orden, y yo salí corriendo
para ir a casa a ensillar dos caballos. Volé a la Bodega o la
Playa, llevando del diestro uno de los caballos, y fue grande mi
gozo al rescatar a don Rudecindo, a quien además llevé provisiones
de boca muy oportunas.
Mientras que todo esto sucedía, mi padre se había encontrado en
la calle con Galindo y le había reconvenido fuertemente, llegando
en el calor de la disputa hasta llamarle arbitrario y amigo
desleal. Galindo desafió a mi padre, éste aceptó, bien que nada
entendía de armas, y aquel eligió la lanza como arma de combate,
fuese por broma o por intimidar a su adversario. Ello fue que
concurrieron al lugar de la cita; pero Galindo llevaba, en vez de
lanza, unas botellas de champaña, y abrazando a mi padre y dándole
excusas lo volvió todo broma. El quería mucho a mi padre; éste le
quería también, y ambos, dándose mutuas excusas, reconocieron que
un duelo entre los dos era absurdo en supremo grado. Infeliz
comandante Galindo! al año siguiente engrandeció en el cadalso, en
Medellín con el martirio político, un carácter que hasta entonces
había sido ruidosamente jovial, comunicativo y entusiasta.
La revolución de la provincia de Mariquita tuvo un fin
proporcionado a su principio. Había comenzado a la diabla, y acabó
lo mismo. Ya para el 8 de Enero de 1841 las tropas del Gobierno se
acercaban a Honda, y un combate muy desigual era inevitable. El 9,
desde muy temprano, apareció por el cerro de la Cruz y la orilla
izquierda del Magdalena la infantería de una división que
comandaban el General Joaquín París y el Coronel Ramón Espina, en
tanto que la caballería, a órdenes de un Coronel Forero, también
con alguna infantería, atacaba por la llanura del poniente.
Allí se libró el primer combate, y luego se hizo general y fue
sostenido en las calles de la ciudad, y particularmente sobre el
río Gualí, durante todo el día. Vezga no tenía bajo sus órdenes
arriba de trescientos hombres mal armados, mientras que París
llevaba mil doscientos. El combate fue muy sostenido, merced a la
artillería con que contaba Vezga, y a la segura defensa que le
procuraba la línea del Gualí, con los puentes cortados. Por lo
demás, el General París, deseando evitar lo más posible la efusión
de sangre, condujo las cosas con firmeza y benevolencia al propio
tiempo, procurando llegar a un avenimiento, si Vezga
capitulaba.
Durante la batalla, mi casa sirvió de cuartel y fortaleza a
nuestros adversarios, y todos estuvimos en la mayor consternación,
corriendo mi madre y toda la familia serios peligros,
principalmente a causa de las muchas balas y los proyectiles de
artillería que de las filas y posiciones de Vezga llovían sobre
nuestra casa, por el empeño de desalojar de allí al enemigo. Merced
a la nobleza del General París
|
[1]
se minoraron mucho
nuestras desgracias, pero fueron considerables por todos respectos.
Mi padre quedó casi arruinado, perdiendo mucho en sus intereses, y
hubo de someterse a juicio por rebelión, saliendo después absuelto,
a mérito de las buenas pruebas que adujo.
Al llegar la noche los fuegos habían cesado por completo, y dos
parlamentarios entraron en negociaciones para tratar de
capitulación. Pero no hubo tal cosa. En el silencio y oscuridad de
la noche, Vezga y todos sus compañeros abandonaron el barrio que
habían defendido, se fueron hacia la Playa, y allí se embarcaron en
champanes, yéndose río abajo unos para Antioquia y otros para las
provincias del Atlántico. Vezga, después de sostener la guerra en
apoyo del Coronel Córdoba, fue vencido en Salamina, juzgado por el
Tribunal de Antioquia, y fusilado en Medellín junto con Galindo.
Así acabó su carrera aquel valeroso y noble soldado de la
Independencia, hombre de muy bellas prendas y que había ganado con
sus servicios anteriores muy merecidas glorias.
Mi padre no quiso huir, sino que aceptó en Honda las
consecuencias de su conducta, corriendo la suerte de los vencidos.
Presentóse al General París, y éste, que era nuestro huésped, le
ofreció indulto y le dió por cárcel su propia casa. No quiso mi
padre aceptar el indulto y prefirió someterse a juicio.