INDICE





PRIMERA PARTE
A mis hijas
El Angelus
Mi Familia
El primer cadaver
Primera educación de mi alma
Otras impresiones
Fiestas y diversiones
Educación moral y primaria
Lo que era yo entonces
El colegio
Bogotá y la universidad
Un año de conflictos
Varios episodios
Aventuras de un coronel
Otra vez en el colegio
Dos hombres raros
Mercurio y Themis
La universidad en 1843
Grandes sucesos y emociones
Un impresor famoso
Un hombre desgraciado
La Biblioteca Nacional
Principio de vida pública
La casa de un hombre justo
Recuerdos literarios y otros
Situaciones críticas
Estado psicológico
Último tiempo de prueba
Vida libre

SEGUNDA PARTE
En familia
Foro y comercio
El 7 de marzo y sus consecuencias
Varios episodios graves o curiosos
Incidentes interesantes
Situación política de 1851
Nueva situación
El dolor y el trabajo
Vida campestre
Nuevas tareas y luchas
Mi segundo duelo
Nuevos horizontes
El año de 1854
En campaña
Continua la campaña
Operaciones y batallas
La toma de Bogotá y sus consecuencias
Luchas políticas y literarias
Episodios críticos

TERCERA PARTE
El primer viaje
La vida parisiense
La sociedad francesa
Mi viaje a España
Observaciones y anécdotas en España
Otros viajes por el continente
Varias excursiones
Mis trabajos literarios, científicos y políticos
Residencia en Londres y excursiones en la Gran Bretaña
Nueva residencia en París
Observaciones políticas y literarias
Viaje al Perú
Mi residencia en Lima
Mi regreso a Colombia
Epílogo
VARIOS EPISODIOS



 

En el mes de Agosto o de Septiembre ocurrió un curiosísimo episodio que en un periódico narré, muchos años há, en forma distinta de la presente.

Vale la pena de relatarlo nuevamente, así por ser característico de la época, y pintura de mi carácter, como porque se refiere a un hombre que muchos años después hizo gran papel en la República, hasta 1872.

Un día, cinco estudiantes de jurisprudencia, de San Bartolomé, entre ellos mi hermano Manuel, iban riendo de cualquier cosa, con el buen humor de los estudiantes de aquel tiempo, y pasaban por la tercera cuadra de la calle de |Florián (hoy día "Carrera primera al Occidente;") sin caer en la cuenta de que iban por el frente de la puerta del cuartel o |Parque de Artillería, localidad que ahora ocupan la Capilla presbiteriana y las casas de mi amigo Lázaro María Pérez y otros sujetos.

Estaba recostado a un lado de la puerta del cuartel, sentado en una gran silla de vaqueta, el Mayor del batallón de Artillería, llamado "el Comandante S." que era cojo, viejo y feo, cualidades propias, cuando están reunidas, para que quien las posee se sienta, con sobra de susceptibilidad, dispuesto a suponer que de él se han de reír todos los que ríen en su presencia. El Comandante, al ver que los cinco estudiantes que pasaban por delante del cuartel iban riendo, pensó que él podía ser el objeto risible, y sin más averiguación, ni formalidad alguna, hizo al punto salir un piquete de la guardia, mandó aprehender a los supuestos culpables del delito de carcajadas y les alojó en un calabozo.

Mi hermano Rafael y yo, que vivíamos en una casa particular al cuidado de nuestro hermano Manuel, nos llenamos de consternación al saber que éste estaba preso. Al primero, que era muy juicioso, no le ocurrió que pudiéramos hacer otra cosa, sino correr a valernos de amigos de nuestro padre (tales como el doctor Rufino Cuervo y don Lino de Pombo), para obtener la libertad de Manuel. Yo, que era travieso y amigo de chuscadas hasta dar en la truhanería, dije:

-Me ocurre algo mejor y más expeditivo.

-¿Qué cosa? -preguntó Rafael.

-Que vamos a vernos con el mismo Comandante que nos ha hecho el mal.

-¿Y qué adelantaremos con eso?

-Mucho. Ya lo verás.

-¿Qué haremos, pues?

-Déjame; yo tengo mi idea. Tú, vete a traer tres mozos de cordel, y suficiente provisión de pan, dulces, queso y bizcochos.

-¿Y tú qué harás?

-Yo, entre tanto, prepararé las cosas aquí.

Un rato después, cuando Rafael estuvo de regreso con las provisiones y los mozos, yo tenía arreglados tres grandes líos compuestos de nuestros colchones y almohadas, ropa de cama y otros objetos. Al punto emprendimos marcha para el cuartel de Artillería.

Al llegar al frente de la puerta y de su inseparable comandante cojo, puse en formación a los tres mozos y tomando un aire marcial les grité:

-Colchoneros! firmes! Descansen los colchones! áus!

-¿Qué significa esto? -preguntó el Comandante algo azorado.

-Significa, señor Comandante -le contesté-, que nosotros estamos al cuidado de nuestro hermano Manuel, a quien usted ha hecho aprisionar, y como es menester que no quedemos abandonados, venimos a pedir a usted, o que ponga en libertad a nuestro hermano para que él cuide de nosotros en casa, o que nos deje entrar para que nos vigile en el calabozo.

-Cómo es eso! -exclamó el Comandante-. ¿Un muchacho viene a burlarse de mí?

-No, señor; no me burlo. Lo que pedimos es justo.

-Vamos! Lárguense de aquí!

-No nos iremos. Aquí están los colchones y todo lo necesario para hacer las camas adentro.

-Pues no entrarán!

-Pues tenemos que entrar, o el hermano ha de salir! -repuse entre resuelto y burlón.

Entre tanto se había aglomerado mucha gente en la calle, y la escena era tan grotesca que el Comandante empezó a comprender que todos se reían de él. Ya algo exasperado, gritó:

-Vamos! Despejen el campo!

Yo grité entonces también:

-Baterías de colchones! Firmes!

-Insolente! -exclamó el Comandante.

-¿En qué quedamos? -le pregunté-. ¿Entramos por fin?

-Sí, sí, sí! -dijo el Comandante lleno de ira-. Ahora mismo encierro a estos |cachifos insolentes.

-Bueno! -repuse-. Así nos cuidará adentro nuestro hermano.

Y añadí con voz estentórea:

-Colchones al hombro! áus!

-Pues no entrarán! -gritó el Comandante ya furioso.

-Entonces.., que salga el preso.

La escena había llegado hasta ser una rechifla, y los pilluelos de la calle y los |cachacos que pasaban hacían su gasto de zumbas a expensas del Comandante. Este quiso salir del paso y exclamó:

-Cabo de guardia! Haga usted que salga ese estudiante!

-¿Cuál de los cinco, mi Comandante?

-El Samper! El hermano de este demonio que está ahí fastidiándome!

-Bueno! bueno! Eso era lo que yo quería!

-Exclamé alborozado.

Y todos en la calle aplaudieron desternillándose de risa. Un instante después echaron fuera a mi hermano Manuel, y yo, implacable en la zumba, di la voz de mando:

-Colchoneros! Colchones al hombro! áus! De frente en retirada! A discreción! Marchen!

Nos alejamos del cuartel en triunfo, y en tanto que mi hermano Manuel reía mucho de mi ocurrencia, Rafael se hacía cruces admirado de tanta audacia de estudiante travieso.

De los cuatro presos que quedaban en el cuartel, Santos Gutiérrez, un Orbegozo y dos Azueros, tres fueron puestos en libertad el mismo día, merced a los empeños de sus familias. El otro, que era muy pobre, sin familia en Bogotá y desconocido, no halló quién se empeñara por él con buen éxito y permaneció preso. A los pocos días fue filiado como recluta, y le hicieron salir de la ciudad incorporado en un batallón que salió a campaña, hacia el Norte, en persecución de la famosa "Guerrilla de los Rodríguez" de Guachetá.

En la primera escaramuza que hubo, el estudiante recluta, que era liberal y estaba furioso, se pasó al enemigo; y luego, durante algunos meses, anduvo entre los facciosos, en compañía activa, combatiendo contra el Gobierno. Un día cayó prisionero, trajéronle a Bogotá, donde, por ser desconocido, no pensaron en fusilarle, y le dejaron como perdido entre los muchos presos de un cuartel.

Al cabo de algún tiempo el honrado doctor Quevedo, Juez de Hacienda, hubo de hacer una visita de cárcel en la principal de Bogotá. Después de contar los presos y leer la lista que de éstos le presentó el Alcaide, reconoció que, o sobraba un preso, o faltaba un nombre en la lista. Hecha la confrontación, hizo poner a un lado al individuo sobrante, y hubo entre el Juez y el Alcaide el siguiente diálogo:

-¿Cómo se llama ese individuo cuyo nombre no está en lista?

-No lo sé.

-¿Por orden de quién está preso?

-Lo ignoro.

-¿Desde cuándo está en la cárcel?

-No sabré decirlo.

-¿Por qué le mantiene usted preso?

-Porque me le entregaron en bulto, y no por lista, cuando entré a ser Alcaide.

-¿Le ha dado usted raciones?

-Nunca. Como no estaba en la lista, no había raciones para él.

-¿Y cómo se ha mantenido?

-Con las sobras que le daban los demás presos

-Póngale usted en libertad inmediatamente.

Así salió de la cárcel aquel pobre preso, andrajoso y en el más miserable estado, pues el vestido que tenía lo llevaba en el cuerpo hacía algunos meses y nadie le había conocido ni amparado.

¿Quién era aquel preso devuelto a la libertad? Era el quinto de los estudiantes apresados por el Comandante S. en Agosto o Septiembre de 1840, y por tanto, víctima de unas inocentes carcajadas. Muchos años después fue Representante del pueblo, General de División, Senador, Presidente de la República. Se llamaba SANTOS GUTIERREZ!

La muerte de mi tío me llenó de resentimiento y de indignación, y tan muchacho como era mostraba en el colegio mis sentimientos sin reserva. Aun en la calle apostrofé terriblemente a un Jefe que se jactaba de haber sido el matador, probándole yo de un modo irrecusable que su proeza había consistido en robarle algunas prendas al cadáver de mi tío. Ello fue que mis hermanos y yo, muy exaltados, tuvimos varios lances desagradables con la policía y algunos militares, y éramos muy vigilados; por lo que mi padre, aprovechando la suspensión de los estudios universitarios, hubo de ve­nir a sacarnos de Bogotá, foco de las exacerbadas pasiones, y llevarnos a Honda.

Mas no hacía más de un mes que allí nos holgábamos en vacaciones, cuando estalló la revolución de la provincia, encabezada por su Gobernador, el Coronel José M. Vezga, quien asumió el título de Jefe Supremo, civil y militar del |Estado de Mariquita. La moda entonces era titular Estados federales las provincias insurrectas. Un sentimiento de excesiva generosidad (el deseo de impedir violencias y proteger a muchos amigos personales que eran partidarios decididos del Gobierno), y algo también el profundo dolor y la irritación que sentía por la pérdida de mi tío, movieron a mi padre a exponerlo todo, -familia, fortuna y su propia persona-, aceptando el puesto oneroso de Consejero de Estado, al lado del Coronel Vezga; con lo que sufrió amargamente los percances de la gue­rra civil, sin tener vocación alguna para ingerirse en tales cosas.

Refiero un curioso episodio de aquellos días de revolución en Honda.

Tenía mi padre asilados bajo su fianza, en la hacienda, a dos o tres amigos, y otros dos en la casa, todos ministeriales notables, y uno de los últimos era don Rudecindo Galvis, hombre inofensivo, benéfico y de raras ideas y considerable fortuna, domiciliado en Piedras. Al pasar por allí el Teniente Coronel Tadeo Galindo, pronunciado en Ibagué, exigió a Galvis un fuerte empréstito forzoso, y como éste no quisiera o no pudiera darlo por el momento, le llevó preso a Honda como a enemigo de la causa. Al punto mi padre, bien que no tenía mayores relaciones con el preso, le sacó libre con fianza, llevándole a casa, y así el respetable y original don Rudecindo fue nuestro huésped durante cosa de dos meses.

Un día que él hacía por la calle su cotidiano ejercicio, se encontró con el Comandante Galindo, y éste, sin más preámbulo, disgustado de verle libre, le mandó aprehender, disponiendo que una escolta le llevase a la playa de la |Bodega para ser desterrado y embarcado con destino a las provincias del Atlántico. Debo advertir que si el Coman- dante era precipitado y muy impresionable, en el fondo tenía un carácter generoso, incapaz de aborrecer a nadie, y era hombre de humor festivo, y muy franco y locuaz. Al saber yo lo ocurrido, sin consultar a nadie me fuí corriendo a casa del Coronel Vezga, que me quería mucho, y me hice introducir por el oficial de guardia, diciéndole que el caso era urgente. Salió al salón el Coronel, y al verme, me dijo con su amable jovialidad de siempre:

-¿Qué hay, Pepito? ¿Qué ocurre?

Bien que el diminutivo no se compadecía con el aire solemne que yo llevaba, contesté sin turbarme y en tanto de melodrama:

-Vengo a pedir al señor Jefe Supremo justicia contra un atentado.

-¿Qué ha sucedido, pues?

Referí el suceso de don Rudecindo.

Cosas de Tadeo! -exclamó el Coronel cuando oyó mi relato-. Ah, Tadeo!

Y luégo añadió:

-Ahora mismo remediaremos el atropello.

-Señor Jefe Supremo..

-¿Eh?

-Le suplico a Usía que dé orden para que inmediatamente me entreguen bajo mi fianza la persona del señor Galvis.

-Cómo! ¿Bajo tu fianza, Pepito?

-Sí, señor.

Soltó el Coronel una ruidosa carcajada que humilló la importancia de |hombre que yo me daba con mucha seriedad, y repuso:

-Vamos! La ocurrencia me hace mucha gracia y en un chico de doce años es doblemente meritoria.

Al punto hizo escribir y firmó la orden, y yo salí corriendo para ir a casa a ensillar dos caballos. Volé a la Bodega o la Playa, llevando del diestro uno de los caballos, y fue grande mi gozo al rescatar a don Rudecindo, a quien además llevé provisiones de boca muy oportunas.

Mientras que todo esto sucedía, mi padre se había encontrado en la calle con Galindo y le había reconvenido fuertemente, llegando en el calor de la disputa hasta llamarle arbitrario y amigo desleal. Galindo desafió a mi padre, éste aceptó, bien que nada entendía de armas, y aquel eligió la lanza como arma de combate, fuese por broma o por intimidar a su adversario. Ello fue que concurrieron al lugar de la cita; pero Galindo llevaba, en vez de lanza, unas botellas de champaña, y abrazando a mi padre y dándole excusas lo volvió todo broma. El quería mucho a mi padre; éste le quería también, y ambos, dándose mutuas excusas, reconocieron que un duelo entre los dos era absurdo en supremo grado. Infeliz comandante Galindo! al año siguiente engrandeció en el cadalso, en Medellín con el martirio político, un carácter que hasta entonces había sido ruidosamente jovial, comunicativo y entusiasta.

La revolución de la provincia de Mariquita tuvo un fin proporcionado a su principio. Había comenzado a la diabla, y acabó lo mismo. Ya para el 8 de Enero de 1841 las tropas del Gobierno se acercaban a Honda, y un combate muy desigual era inevitable. El 9, desde muy temprano, apareció por el cerro de la Cruz y la orilla izquierda del Magdalena la infantería de una división que comandaban el General Joaquín París y el Coronel Ramón Espina, en tanto que la caballería, a órdenes de un Coronel Forero, también con alguna infantería, atacaba por la llanura del poniente.

Allí se libró el primer combate, y luego se hizo general y fue sostenido en las calles de la ciu­dad, y particularmente sobre el río Gualí, durante todo el día. Vezga no tenía bajo sus órdenes arriba de trescientos hombres mal armados, mientras que París llevaba mil doscientos. El combate fue muy sostenido, merced a la artillería con que contaba Vezga, y a la segura defensa que le procuraba la línea del Gualí, con los puentes cortados. Por lo demás, el General París, deseando evitar lo más posible la efusión de sangre, condujo las cosas con firmeza y benevolencia al propio tiempo, procuran­do llegar a un avenimiento, si Vezga capitulaba.

Durante la batalla, mi casa sirvió de cuartel y fortaleza a nuestros adversarios, y todos estuvimos en la mayor consternación, corriendo mi madre y toda la familia serios peligros, principalmente a causa de las muchas balas y los proyectiles de ar­tillería que de las filas y posiciones de Vezga llovían sobre nuestra casa, por el empeño de desalojar de allí al enemigo. Merced a la nobleza del General París | [1] se minoraron mucho nuestras desgracias, pero fueron considerables por todos respectos. Mi padre quedó casi arruinado, perdiendo mucho en sus intereses, y hubo de someterse a juicio por rebelión, saliendo después absuelto, a mérito de las buenas pruebas que adujo.

Al llegar la noche los fuegos habían cesado por completo, y dos parlamentarios entraron en negociaciones para tratar de capitulación. Pero no hubo tal cosa. En el silencio y oscuridad de la noche, Vezga y todos sus compañeros abandonaron el barrio que habían defendido, se fueron hacia la Playa, y allí se embarcaron en champanes, yéndose río abajo unos para Antioquia y otros para las provincias del Atlántico. Vezga, después de sostener la guerra en apoyo del Coronel Córdoba, fue vencido en Salamina, juzgado por el Tribunal de Antioquia, y fusilado en Medellín junto con Galindo. Así acabó su carrera aquel valeroso y noble soldado de la Independencia, hombre de muy bellas prendas y que había ganado con sus servicios anteriores muy merecidas glorias.

Mi padre no quiso huir, sino que aceptó en Honda las consecuencias de su conducta, corriendo la suerte de los vencidos. Presentóse al General París, y éste, que era nuestro huésped, le ofreció indulto y le dió por cárcel su propia casa. No quiso mi padre aceptar el indulto y prefirió someterse a juicio.

[1] Véase "boceto biográfico" en mi GALERIA NACIONAL Tomo I, pp. 315 a 327.

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