UN AÑO DE CONFLICTOS
El año de 1840 fue para mí de doloroso aprendizaje práctico de
la vida. Descompuesto el antiguo partido liberal, ya por causa de
muchos desaciertos de su jefe, el General Santander, ya por
necesidades sociales que hacían inevitable la existencia de dos
grandes partidos para mantener el equilibrio de la libertad y el
orden, del progreso y la conservación, el elemento moderado o de
mayores afinidades con el conservatismo universal triunfó en las
elecciones de 1836; y con el advenimiento del doctor José Ignacio
de Márquez a la presidencia de la República, la política tomó nuevo
giro y los dos grandes partidos históricos quedaron deslindados. No
pudieron los viejos liberales resignarse a la pérdida parcial del
poder (parcial digo, por que el doctor Márquez empleó a muchos de
sus adversarios o les mantuvo en sus puestos, y se mostró muy
tolerante y conciliador hasta fines de 1840), y sobre todo, el
espíritu militar quiso hacer su último esfuerzo por recuperar la
dirección de la República. De esto provino la larga y desastrosa
revolución llamada de 1840, que comenzó en el 39 y finalizó
sofocada en el 41; revolución que exacerbó por extremo las pasiones
e hizo derramar en todo el país torrentes de sangre. Tocóme en
suerte sentir sus efectos desde la temprana edad de doce años, y no
poco las impresiones que me causó contribuyeron a impulsar mi
espíritu en el sentido de la política, y a engendrar en mi alma
aquellas fuertes pasiones, buenas y malas, que agitan a los
hombres y los pueblos donde quiera que las guerras civiles ponen en
conflicto el principio de libertad con el de autoridad.
No he conocido en mi patria revolución más popular, ni que
contara con mayores elementos de triunfo, ni que fuera menos
motivada o justificable; y sin embargo, fue vencida. Provino esto
de que no se apoyaba en ningún principio salvador, ni era inspirada
por el patriotismo, ni tuvo plan ni verdadera dirección. Y el haber
sido tan popular patentiza lo avezados que estaban nuestros pueblos
a dejarse arrastrar y conducir por caudillos militares, puesto que
ella solo tuvo por jefes a unos cuantos hombres de espada: Carmona,
Buitrago, Hernández y Herrera, en las provincias del Atlántico;
Obando, en las del Sur; González, Vanegas, Reyes Patria y Farfán,
en el Norte, y Córdoba y Vesga en el Centro. En rigor el partido
liberal hizo aquella revolución solamente por el interés de
recuperar el poder; por despecho y rabia de la derrota electoral
sufrida; por hacer causa con Obando, personalmente acusado de un
crimen que no era sólo suyo; y sin ningún motivo verdaderamente
patriótico, ni invocar un principio regenerador de la
República.
En Bogotá reinaba una exaltación extraordinaria. El Gobierno se
creía perdido, y él y sus defensores tenían miedo y rabia,
sentimientos que eran consejeros de errores, extravagancias e
iniquidades. Así, los liberales eran generalmente perseguidos, y
bastaba tener el apellido de un faccioso para estar sujeto a la
vigilancia de las autoridades y aun a sufrir muchos vejámenes.
Todos pensaban, hablaban y escribían con exaltación, bien que en
esto, y especialmente usando de la imprenta, los ministeriales
tenían carta blanca.
Aunque yo era un niño, simpaticé con la revolución y procuré
servir a su causa en lo que podía. ¿Por qué? Por la sola razón de
haberse lanzado en ella mi tío Juan Antonio, a quien yo quería con
predilección entre mis tíos. Franco, generoso, desinteresado e
intrépido, conservaba las buenas cualidades del soldado patriota,
sencillo, de ideas enteramente civiles, y no tenía ni asomo de
ambición alguna. Había dejado ocasionalmente su domicilio de Honda,
por mayo o junio de 1840, y ocupaba una casa en la calle que antes
llamaban de los Carneros, hoy día denominada 5a al Norte.
Con él vivían, ocultos, dos escritores públicos, polemistas
ardientes: Manuel Azuero, el menor de la ilustre familia de este
nombre, y Fernando Nágera, joven modesto, natural de Mompox; de
sangre mestiza, espíritu audaz y grande inteligencia. Publicaban
entonces
|El Latigazo, periódico político, semanal,
anónimo, terriblemente oposicionista y revolucionario, que gozaba
de gran popularidad entre los liberales y tenía exasperados a los
gobernantes. Varias veces lo habían hecho acusar, pero aparecían
como responsables gentes oscuras, a quienes habría sido absurdo
castigar y los verdaderos redactores permanecían invisibles.
Azuero infundía la pasión en el
|Latigazo,
convirtiéndolo en un verdadero látigo, implacable en sus censuras
de los Gobiernos y de las ideas de sus partidarios. En Nágera se
personificaba la idea, el pensamiento audaz y elevado: aquél,
:ardiente y activo, más hombre de partido y de acción que de ideal
o doctrina; éste, al contrario, hombre de imaginación, casi un
poeta político, impresionable como todo mestizo, abundante en
grandes pero vagas concepciones, y de espíritu soñador, semejante
al que en nuestros últimos tiempos manifestó con pintoresca
verbosidad el doctor Ricardo de la Parra.
Como la libertad de imprenta estaba limitada por la ley, y aun
más restringida por los gobernates, Azuero y Nágera guardaban el
anónimo y cubrían su responsabilidad con firmas de hombres
insignificantes. Así los redactores del
|Latigazo eran muy
solicitados; pero tenían la modestia de esconderse, porque sabían
que quien les solicitaba era la arbitrariedad y que la cárcel les
aguardaba si salían a luz. Vivían, pues, muy ocultos, y escribían
su periódico en un cuarto interior de la casa del Coronel
Samper.
Mi hermano Rafael y yo recibíamos los manuscritos y los
llevábamos sigilosamente a la imprenta, donde con igual sigilo nos
entregaban las pruebas. Mi hermano se complacía en esta complicidad
por inclinación patriótica y fidelidad a nuestro tío; yo era
cómplice por algo más: por una parte, la fruta prohibida tenía para
mí un sabor exquisito; por otra, tenía en el alma, sin sentirlo
aún, el demonio que debía dominar y atormentar toda mi vida: la
pasión por la publicidad.
A fines de agosto, el Coronel Samper, entristecido por amarguras
que desde luégo se habrían disipado, perdió un día la esperanza en
la felicidad, abandonó familia y bienes, partió de Bogotá hacia el
Norte y se lanzó a los azares de la revolución. Poco después Azuero
fue aprehendido, y al cabo de algunos meses murió martirizado en
una de las cárceles de Bogotá. Nágera, aprehendido también, fue
juzgado y condenado a presidio como conspirador, es decir, como reo
político de pluma, y sus amigos tuvimos el dolor de verle en las
calles de Bogotá limpiando acequias y cargando basura!... Poco
después logró fugarse, escapó con vida y no volví a verle. Se asiló
en los Llanos de Casanare, y vivió allí desconocido hasta hace unos
trece años, terminando oscuramente una existencia que en mejores
tiempos no habría sido estéril para la patria, como tampoco lo
hubiera sido la de Azuero.
Hacia fines de octubre de 1840 se aproximaba a Bogotá el
|ejército revolucionario del Norte, comandado por el
General Reyes Patria. Su segundo era el Coronel González, a la
cabeza de la reserva: el Coronel Samper mandaba la vanguardia, y el
Coronel José María Gaitán, después General, tenía bajo sus órdenes
inmediatas la caballería. Aquel ejército era relativamente
numeroso, bien que poco disciplinado y aguerrido, pero había
obtenido ventajas que le envalentonaban: se componía de hombres de
las provincias del Norte, que han dado siempre a nuestras guerras
civiles excelentes soldados de infantería y caballería.
En Bogotá reinaba la mayor consternación. Aquí toda la tropa del
Gobierno se reducía a la sazón a dos lanceros; lo demás eran unos
pocos milicianos reclutas. El doctor Márquez, Presidente de la
República, se creyó perdido, y tanto, que dejó el Gobierno en manos
del General Caicedo, Vicepresidente, y en siete días hizo el
prodigioso viaje de Bogotá a Popayán, buscando seguridad en medio
de las tropas de Herrán y Mosquera. Mientras que los liberales, en
secreto, estaban de fiesta, los ministeriales vivían llenos de
terror. La derrota de éstos estaba como en la atmósfera, o mejor
dicho, en el miedo que se había apoderado de casi todos los
partidarios del Gobierno.
Ese miedo hizo inventar una monstruosa calumnia: se dijo en
Bogotá que al entrar triunfantes los liberales del Norte, la ciudad
sería entregada a saco, sin respeto por cosa alguna; gran calamidad
que no podría evitarse, sino mediante dos milagros: la
improvisación de un ejército capaz de detener y resistir al del
Norte, y el hallazgo de un Jefe de valor y prestigio que dirigiera
la defensa. Díjose que estos dos milagros los hizo la venerada
efigie de Jesús Nazareno, la cual, condecorada con el título de
General y con arreos de tal (gravísima profanación!) fue sacada de
la capilla de San Agustín y paseada en procesión solemne por las
calles, pidiéndole que asumiera las funciones de "Dios de los
ejércitos" y se afiliara en el partido de los ministeriales, a
quienes procuraría la victoria. Yo concurrí a esa procesión.
Mientras que los devotos creían poner a Jesús Nazareno de su
parte, el doctor Andrés Aguilar, a la sazón Jefe político de
Bogotá, hacía un llamamiento desesperado a todos los habitantes de
la capital, recordándoles la aciaga época de 1813. Si los
cartelones impresos, fijados en las esquinas de las calles,
llamaban a las armas a los ciudadanos, con todo el apremio de los
decretos gubernativos, el toque de generala no cesaba de dar la voz
de alarma, ejerciendo al prestigio de la autoridad militar. En
breve, miles de ciudadanos (jóvenes artesanos y aun empleados y
hombres provectos, padres de familia) se alistaron en la milicia:
al mismo tiempo que se hacían otros preparativos de defensa, ya
levantando trincheras en la plaza principal y en las entradas del
poniente y norte de la ciudad, ya acopiando armas y municiones en
los parques. Pero todo aquel movimiento parecía infructuoso, porque
nadie tenía confianza en el buen éxito de la defensa: faltaba un
Jefe de resolución y prestigio que reuniera los elementos de
resistencia, prometiese la victoria y comunicase a los gobiernistas
la fuerza moral de su entusiasmo y su fe.
El Coronel Juan José Neira llegó entonces súbitamente a Bogotá,
causando gran sorpresa su llegada. Había estado en campaña en el
Norte, y acababa de escapar milagrosamente en Paipa, donde los
liberales le habían dado una sorpresa y tenídole casi prisionero.
Neira venía poseído de tres furores: el de su valentía, el de su
patriotismo y el de su derrota. Con estos tres furores reunidos
había de sobra para componer un héroe.
Recorrió las calles con un piquete de húsares concitando al
combate y fulminando miradas ardientes como el rayo. Aun me parece
que le veo pasar, en su caballo moro azul, por el pie del atrio de
la Catedral, mirando de hito en hito a cuantos se hallaban cerca,
como si quisiese aterrar a unos y apostrofar a otros por su
cobardía o su egoísmo. Llegó al extremo de la calle del Comercio,
junto al puente de San Francisco, y en un rapto de furor hizo
arrojar a la calle y pisotear todos los papeles impresos de una
tienda donde se vendía
|El Latigazo; y pocos momentos
después hizo despedazar la imprenta que lo publicaba. Verdad es que
a los pocos días el dueño de la tienda y el impresor fueron
indemnizados por Neira, de su peculio; pero el hecho había sido
escandaloso. El sable proclamaba resueltamente su soberanía en
medio del conflicto: Neira era su sacerdote. En aquel tiempo se
veían actos de nobleza, como el de Neira, que reparaba los
arrebatos de la pasión política. Después las costumbres han
progresado, muchos expropiadores se han guardado con llaneza y
tranquilidad de conciencia, para su uso personal, el fruto de sus
|patrióticas expropiaciones.
Aquel hombre hermoso, pero de una hermosura semisalvaje, como la
del montañés siciliano; aquel hombre irascible, audaz, violento,
caballeresco y de apostura singularmente marcial, tuvo el dón de
electrizar a todos sus copartidarios. Entusiasmó a los
atemorizados, intimidó a los esperanzados, y en pocos días formó
una columna de seiscientos hombres, con la que salió en busca del
enemigo, encontrándole el 28 de octubre, en el campo de la
|Culebrera o
|Buenavista, entre Funza y Chía.
En Buenavista, sólo acampaba la vanguardia de los
revolucionarios, habiéndose detenido el grueso de sus tropas entre
Zipaquirá y Chía. El General Reyes Patria quedaba muy atrás, el
Coronel González no alcanzó a pasar de aquel último pueblo, y hubo
algún otro jefe que no apareció por ninguna parte. El Coronel
Samper había tenido el presentimiento de su muerte, o acaso estaba
resuelto a buscarla, puesto que, contra su costumbre, antes del
combate se confesó y comulgó; peleó solo y batió a Neira en reñido
y rápido combate, tomándole prisionera casi toda su infantería, de
manera que vio en sus manos la victoria, bien que desde el
principio de la acción fue herido en un cuadril, y para decidirla
no faltaba sino una carga de caballería; pero el jefe de ésta no
pudo acudir a donde le llamaban, no se sabe por qué.
Entre tanto el heroico Neira, que mortalmente herido ocultaba su
agonía, hizo nuevos esfuerzos, apoyado por su caballería, y
restableció el combate con alguna ventaja. El Coronel Samper se
adelantó a sus filas, pretendiendo contener a trabucazos la
caballería de sus contrarios, y cuando más enardecido avanzaba, un
soldado de los prisioneros de la Polonia, incorporado en su tropa,
le dió por detrás a manosalva una fiera lanzada, con que le
atravesó de parte a parte, dejándole metida el asta. Exangüe y
vacilante, se dirigió a la puerta de una próxima casuca solitaria,
se tiró del caballo al suelo, se sacó del cuerpo la lanza, y un
momento después expiró en brazos de su fiel asistente u
ordenanza.
Sus tropas, al verse sin jefe, cejaron y en breve se pusieron en
plena derrota, y Neira, que seguía disimulando heroicamente su
agonía, se tornó de vencido en vencedor. Su palma triunfadora fue
una corona de ciprés: el heroísmo fue su gaje, como el sacrificio,
y otros ganaron la victoria. Neira y Samper eran dignos de medir
sus espadas, y lo eran también de morir en mejor campo de
batalla.
Otros, incapaces de saber morir, pero muy
|hábiles en
especular con la victoria, se apresuraron, pasando el peligro, a
cosechar los despojos del campo. Cinco jefes y oficiales, cuyos
nombres callo por respeto al sepulcro que ya les cubre (murieron
todos de muerte natural, excepto uno), llegaron a la casucha donde
nadaba en su sangre el cadáver de Samper: uno de ellos se llevó el
caballo y la montura, otro las pistolas y el reloj; tál, tuvo por
botín el dolman y las charreteras; cuál, un rico anillo de
brillantes. Sólo la espada se salvó porque acertó a esconderla el
ordenanza, oculto en un vallado y en expectativa. El mayor de mis
hermanos conserva esta fúnebre prenda.
Aquellos beduinos anduvieron aprisa y dejaron el cadáver casi
desnudo. Y al punto echaron a correr, como sí tuvieran miedo al
cadáver saqueado, y entraron luego en Bogotá, a guisa de
vencedores, gritando con toda la fuerza de sus pulmones: "Viva el
Gobierno! viva la religión! mueran los ladrones!"...
Otros se mostraron entonces muy entusiastas ministeriales,
llegando hasta pedir con empeño el fusilamiento, o cuando menos la
más rigurosa proscripción de todos los liberales prisioneros; y
algunos de ellos héroes de parada, pero uniformados con ruana y
zamarros, que no alcanzaron a oler la pólvora ni de lejos, untaron
de sangre sus virgíneas lanzas para mostrarlas, al entrar en
Bogotá, como testimonio de la carnicería que habían hecho, con la
imaginación. Conocí muchísimos conservadores o ministeriales de
entonces, que desde 1849 o 1850 se fueron volviendo, por
entusiasmo... para el negocio, liberales hasta el rojismo. Y
algunos de éstos se han desgañitado después llamando
|tránsfugas y
|apóstatas a los liberales que, por
desengaños políticos y convicción, han venido a las filas del
conservatismo derrotado y caído!
Por lo que hace a Neira, el caso fue curioso y único en su
especie: algunos meses después de su muerte, el Congreso de la
República le reconoció el grado de General, y a su familia la
pensión consiguiente. En aquel tiempo el escalafón militar
necesitaba sacar un héroe del sepulcro para condecorarle, porque
había nombres gloriosos: hoy día... pocos son los vivos que merecen
la gloría y ciertos grados obtenidos!