BOGOTA Y LA UNIVERSIDAD
Ya a mediados de 1839 había salido yo del internado, dejando el
colegio menor de los señores Groot para parar, en calidad de
externo, al colegio mayor de San Bartolomé, centro de la
Universidad de Bogotá. Las enseñanzas de aquel colegio eran muy
secundarias, mientras que en San Bartolomé iba yo a estudiar
materias más adelantadas, tales como la trigonometría, la
agrimensura, las ciencias intelectuales, la alta geometría y algo
de francés, literatura y bellas artes.
Mi vida fue entonces muy diferente de la anterior, pues si bien
estaba sujeto a mi acudiente, -el doctor Cayetano Franco Pinzón,
sujeto estimable por todos conceptos, que había sido mi maestro en
Honda, después del doctor Nicolás Rocha-, y vivía con mis hermanos
en casa común con dicho acudiente y otros señores, andaba con
entera libertad en mis idas y venidas al colegio, y allí me
hombreaba en cierto modo con muchos estudiantes de facultad mayor.
Sentía cierta satisfacción de amor propio al hallarme estudiando en
la Universidad, cual si fuera estudiante de mayor rango; y el
recuerdo que tengo de esta circunstancia me prueba que la vanidad
es de todas las edades, sin que deje de ser general esta mala
inclinación por sólo cambiar de forma o modo de manifestarse.
Era también motivo de vanidad, y no solamente para mí, sino para
todos los estudiantes, la calidad de
|bartolinos, como nos
llamábamos los de San Bartolomé. Había desaparecido ya la antigua
República bartolina, de borrascosa memoria, mas no la tradicional
rivalidad entre los colegios de Nuestra Señora del Rosario, llamado
también de Santo Tomás, y San Bartolomé. Los primeros nos
denominaban por mofa
|bartolos, y nosotros les devolvíamos
la zumba llamándoles
|tomados, en vez de tomistas; y donde
quiera que nos encontrábamos, andando de paseo o en asistencia en
comunidad, nos disputábamos el paso y nos lanzábamos mutuamente mil
chuflas y chocarrerías. Esta rivalidad apasionada, aparentemente
estéril, no dejaba de ser un estimulante de la aplicación en los
estudios y de lucha en el lucimiento y renombre de las dos
corporaciones.
Lo más notable que hallé en la Universidad fue el tipo del viejo
colegial "patán", en contraste con el del "cachifo" bien
calificado. De todos los rasgos característicos del primero, el más
notable era el hábito de echar culebrilla. Llamábase culebrilla la
especie de escala de gruesas cuerdas con grandes nudos, pero sin
peldaños, por la cual se descolgaban de noche y subían luégo con
suma agilidad los estudiantes internos, fijándola a los balcones o
ventanas exteriores del colegio. Por ampliación se llamó después
"echar culebrilla" a toda escapatoria clandestina. Poca era la
vigilancia que había respecto de los externos, y casi ninguna la
disciplina que sujetase a los internos; pero de todos modos, eran
tan diestros los culebrilleros en sus maniobras, y les jugaban tan
proverbiales partidas a los superiores, que nadie podía impedirles
el salir a la busca de aventuras y vagabunderías. El patán más
diestro en la culebrilla y en hacer pilatunas, gozába siempre del
mayor renombre y de la más envidiable popularidad en los claustros,
mayormente si se acreditaba de jaque por su valor y audacia y su
fuerza y habilidad para el pugilato.
Más adelante daré completa idea de los tipos memorables del
"cachifo" y el "patán" de mi tiempo, hoy día suplantados por el
"pepito" de colegio y el petimetre político universitario, amoldado
por el utilitarismo teórico y el charlatanismo filosófico. Si el
cachifo, con la edad, la educación y el estudio, podía llegar a ser
un alumno estimable y después un hombre de provecho, para el patán
nato, que lo era por carácter, no había más porvenir que el de la
perpetua patanería.
Se comprende que a la categoría de los intermedios llegábamos
sucesivamente los cachifos, a medida que pasábamos de los estudios
inferiores a los de literatura y filosofía, y después a facultades
mayores; salvo los casos en que el cachifo, por su mala índole
había de convertirse al crecer y cobrar años, en patán auténtico.
Me es grato reconocer que sí en la época universitaria que finalizó
a mediados de 1843, abundaban mucho los patanes en San Bartolomé,
vinieron a ser rarísimos de 1843 en adelante, época en que la
juventud de la Universidad se distinguió por su cultura,
aplicación, espíritu de progreso y buena conducta mostrándose
siempre desinteresada y patriota, y sin asomo de ambición, ni menos
de impiedad ni petulancia.
El más curioso personaje que había en el cuerpo de profesores
era el doctor Pedro Herrera Espada, hombre que pasaba por literato
de la vieja escuela y entendido filólogo. Dictaba lecciones de una
jerga que llamaba literatura, así como de lengua inglesa y
francesa; pero su elocuencia era bombástica y huera, y maldito lo
que se parecían su pronunciación y acentuación a las verdaderas de
aquellos idiomas. En la cátedra se calzaba el coturno y tomaba
actitudes de melodrama anticuado, y como sus discípulos reíamos
para nuestro capote, poco provecho sacábamos de las lecciones de
retórica y lenguas. Por lo demás, el doctor Herrera Espada, si no
era famosa espada que digamos para enseñar, a pesar de su segundo
apellido, era un sujeto muy estimable, bastante instruido en
antiguas humanidades, siquiera trasnochadas, y correcto caballero.
Debo reconocer que ni una palabra de lo poco que sé de lenguas,
literatura y bellas artes fue recogida de aquellas enseñanzas, pues
todo ha sido fruto de estudios posteriores. Los de aquel tiempo que
se hacían en la Universidad eran muy poco metódicos y de escaso
provecho. Faltaban en muchas enseñanzas la verdadera ciencia, y en
todas, la vigilancia, la disciplina y estímulos poderosos. Se había
pensado más en facilitar a la juventud el acceso a los claustros,
que en dar solidez a la instrucción; y en cuanto a la educación, el
descuido era completo. El peligro de la corrupción era permanente,
y su contagio casi inevitable.
Tan marcada era mi afición a la política, desde mi adolescencia,
que yo no perdía ocasión, cuando el estudio y la asistencia a las
clases me dejaban algún vagar para ello, de ir a las barras del
Congreso nacional. Allí conocí, desde 1839 ó 1840, a muchos hombres
públicos, Senadores o Representantes, que ya eran o vinieron luego
a ser ilustres. Principalmente recuerdo entre ellos (y tengo muy
presentes sus fisonomías y modo de hablar) a Santander, el doctor
Vicente Azuero, los Generales Mantilla y Borrero, don Clímaco
Ordóñez, el Coronel Joaquín Acosta (después General), el doctor
Ezequiel Rojas, don Rafael Mosquera, Florentino González y el
doctor Mallarino. Justamente fui testigo de aquellas dos
gravísimas sesiones del mes de abril de 1840, en las que Borrero y
Santander estuvieron en lucha, y de las cuales se originó
indirectamente la muerte del segundo.
El fallecimiento del General Santander, ocurrido el día 6 de
mayo, fue gran suceso nacional que me impresionó mucho. Yo sabía
que aquel personaje era un grande hombre, por sus talentos
políticos y el papel que había hecho desde la época de la
Independencia, y que era el jefe, ostensiblemente civil y pacífico,
del partido liberal. Como yo había ido creciendo al influjo de una
atmósfera de liberalismo, consideré el fallecimiento de aquel
ilustre General, lo mismo que lo consideraron todos los liberales:
como una calamidad pública.
Con el tiempo, cuando conocí por lecturas y conversaciones la
vida de Santander, y comprendí la verdadera índole y las tendencias
de los dos grandes partidos que existían en aquel tiempo, me
convencí de que si aquel personaje, como hombre de gobierno, había
sido, en calidad de émulo y antagonista del Libertador, jefe del
partido liberal, en realidad tenía el temperamento mucho más
conservador que liberal y había modificado mucho sus ideas de 1828
a 1840. Creo firmemente que si hubiera vivido diez a quince años
más, habría acabado por ser el jefe del, verdadero conservatismo
neogranadino.
Nada es más curioso que el estudio de las transformaciones
morales y de doctrina que han experimentado nuestros hombres
públicos y partidos políticos, durante el medio siglo transcurrido
de 1830 a 1880. Ya tendré ocasión de poner de manifiesto aquellas
transformaciones, que han dado a nuestros partidos y a su política
la más heterogénea combinación de ideas y de personas.
El Gobierno conservador que existía en 1840 hizo pomposas
exequias a Santander, tratándole con sin igual miramiento, no
obstante la guerra civil que destrozaba el país, -guerra que los
ministeriales imputaban a sugestiones o influencias del ilustre
difunto-. Pero casi todos los hombres importantes del partido
conservador de entonces habían sido copartidarios de Santander y le
respetaban mucho; y además, en aquel tiempo ambos partidos, aunque
se odiaban y hacían mutua guerra, se respetaban lo bastante para
no faltar a las consideraciones debidas a los ciudadanos eminentes,
siquiera fuesen sus adversarios.
Durante tres días tuvieron expuesto el cuerpo de Santander,
embalsamado y con gran suntuosidad fúnebre, en varios lugares; y
recuerdo que le visité con infantil veneración en la iglesia de la
Veracruz, en la sala rectoral de San Bartolomé y en la
Catedral.
Parecióme ver la imagen de un grande hombre de los tiempos
antiguos, y su fisonomía, grave y tranquila en el reposo de la
muerte, me causaba una emoción casi religiosa que no acertaré a
definir, acrecentada después por el espectáculo de los grandes
honores fúnebres que se le tributaron, no obstante la situación
desventajosa en que se hallaba el partido liberal por causa de la
guerra civil. Comprendí que la gloria era una cosa imponente y
sublime, que el patriotismo tenía su aureola superior a la muerte,
y que en los grandes hombres se personificaba mucha parte de la
grandeza de la patria. La idea de la gloria me asaltó desde
entonces, y el patriotismo apareció a mis ojos no sólo como un
deber que ya comprendía, sino también como un resultado necesario
del destino inmortal del hombre. Otro tanto me sucedió, tiempo
adelante, con ocasión de haber fallecido sucesivamente el doctor
Vicente Azuero y otros hombres importantes. Es cosa notable en mi
vida, que las impresiones más decisivas de mi vocación y mi modo de
ser me hayan venido de la contemplación de algunos cadáveres.
El entierro de Santander fue hecho con extraordinaria pompa, y
lo acompañaron todas las autoridades, el Congreso y un concurso
inmenso. En el cementerio pronunciaron numerosos discursos, y me
electrizó el más elocuente, que fue el del doctor José Duque Gómez,
antioqueño ilustrado, de muy claro talento, y muy donoso, apuesto y
distinguido. Desde entonces sentí la tentación de cultivar algún
día la oratoria; y no tardé muchos años en aficionarme a ella con
entusiasmo, haciendo mi primer ensayo en el cementerio católico de
Bogotá.