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EL ANGELUS
Mis recuerdos de la infancia, enteramente claros, alcanzan hasta
1834, época en que empezaron algunos sucesos que me impresionaron
por extremo. Jamás su memoria se ha borrado de mi mente, y en el
momento actual, a la distancia de nueve lustros, me parece estar
sintiendo lo que en aquel tiempo sentí. Yo tenía entonces seis
años, y era feliz, con toda la felicidad de la inocencia, en el
seno de una honrada familia, no rica ni brillante, pero sí
acomodada y notable. Yo no conocía sino la risa y el gozo retozón
de la vida, y el amor de los míos; ignoraba aún las amarguras de la
lucha humana, las locuras de la esperanza, las tristezas del dolor,
y el enorme peso que tiene de suyo esta carga de la existencia que
se llama responsabilidad.
Eran cerca de las seis de la tarde, y el cielo como de ordinario
en mi ciudad natal, tenía todo el apacible esplendor de su belleza
en las tardes de verano. De los tres barrios que componen la
ciudad, uno es alto -remate de una dilatada planicie que domina
como a cien pies el nivel profundo de los ríos-, y los otros dos se
extienden abajo sobre la margen occidental del Magdalena y las
orillas de su risueño y bullicioso afluente. Si estos dos barrios
eran algo ruidosos por estar concentrado en su recinto el tráfico
de la ciudad, el del Alto o del Rosario -en su mayor parte
compuesto de casas de techo pajizo-, era silencioso y tranquilo
durante todas las horas del día y todos los días de la semana,
excepto los domingos.
Pero si este barrio era solitario, y aun triste, por falta de
mercaderes y negocios, en compensación era pintoresco, ameno y
relativamente delicioso, por sus abundosas arboledas, sus graciosos
jardines y sus frescas y perfumadas auras. Cada casa tenía su
huerto o su jardín, si no entrambas cosas, y sus umbríos grupos de
árboles se mecían por la tarde al soplo de las brisas de los ríos,
que subían a sacudir, sobre los emparrados de los patios, las copas
de innumerables cocoteros. No obstante el silencio que reinaba en
las calles, se oía donde quiera el sordo y fragoroso rumor
producido por el Salto, prolongada sucesión de poderosos pedriscos
de granito, sobre cuyo lecho tormentoso precipita sus ondas el
Magdalena en tumultuoso movimiento y con estruendo.
Los últimos rayos del sol, casi horizontales, arrojaban franjas
de oro sobre las cumbres de mí casa paterna, o pasaban, como hilos
de topacio líquido cernido, al través del follaje espeso de los
árboles más empinados que daban sombra al patio y al solar. Se
acercaba la hora, llena de melancólica solemnidad, en que el toque
del Angelus marca la misteriosa separación que hay entre el
bullicio del día y el silencio de la noche y en casa todo estaba en
la mayor tranquilidad. Mi padre no había regresado aún de su
cercana hacienda del Caimital (a donde iba casi todos los días), ni
de la escuela mis hermanos mayores. Los tres menores que hasta
entonces habían nacido (Antonio, Agripina y Rodulfo) eran
chiquillos que poco o nada daban que hacer.
La casa de mis padres se componía en su totalidad, con el solar
o huerto, de dos grandes cuadriláteros. El cuerpo que daba frente a
la calle tenía, a más de un corredor interior o galería abierta en
dos ángulos, uno exterior, de planta bastante más alta que el piso
de la calle cerrado por barandas rojas en toda su extensión y
accesible en el centro por una gradería situada en frente a la
entrada principal. El cuerpo del costado derecho, casi
independiente del central, estaba destinado al alojamiento de los
numerosos amigos que mi padre solía recibir en calidad de
huéspedes
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[1]
; y el del costado izquierdo, que
contenía las habitaciones de la familia, tenía al lado un jardín
con árboles frutales y una tupida enramada compuesta por el follaje
de un espléndido badeo
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[2]
, enredado sobre una
vasta armazón de estacas y guaduas. Cerraba el primer cuadrilátero
un cuerpo separado, al frente del principal, donde se hallaban la
cocina, la despensa, los cuartos de los criados y la caballeriza
-edificio muy sencillo y flanqueado por dos hermosos ciruelos
indígenas y un corpulento chirimoyo.
El segundo cuadrilátero lo formaba el huerto, comprendido entre
el cuerpo de la cocina y servidumbre y tres altos cercados que lo
encerraban, en ángulos rectos. Si en el centro había un vasto
espacio limpio, que me servía de plaza para jugar al toro y a las
carreras, con mis hermanos y dos negritos hijos de esclavos
pertenecientes a mi padre, sobre las tres zonas de los cercados
todo estaba sombreado por una espesa y hermosa vegetación.
Abundaban allí los naranjos y limoneros, los anoneros y guanábanos,
los guayabos, cafetos y otros árboles frutales, amén de algunos
tiernos cocoteros; y bajo la sombra de aquella riquísima verdura se
sentía constantemente, con la ambrosía de cien aromas deliciosos,
el aleteo, el canto o el arrullo de multitud de
|azulelos y
cardenales, tortolillas y cucaracheros
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[3]
que
anidaban tranquilamente en el ramaje de los árboles. Aún no estaba
yo en edad de trepar sin miedo a esos ramajes, a caza de los
pajarillos que estaban en sus nidos, por lo cual gozaban de entera
inmunidad.
El patio principal era en su mayor extensión un vasto jardín,
ornado en su centro de un magnífico emparrado. Allí abundaban todas
las flores de las tierras calientes que se cultivan con aprecio, y
particularmente los jazmines, y las mosquetas -rositas blancas y de
pétalos sencillos- de aroma delicioso, que se producen con
profusión en ramilletes. De un lado se alzaba, como a tres píes de
altura, una especie de terrado (vulgarmente llamado arriata),
formado por un vasto pretil oblongo y cerrado, lleno de tierra
abonada, donde florecían con algunas rosas muchas siemprevivas,
amapolas, nardos y narcisos. En el opuesto lado del patio se
extendía en cien arcos casi concéntricos, sobre horcones y varas,
un opulento jazmín de flores blancas y estrelladas, cuyo aroma
embalsamaba el ambiente, sobre todo después de la puesta del
sol.
El emparrado del centro ocupaba un espacio como de ochenta varas
cuadradas. Cuatro robustas vides, diestramente podadas cada seis
meses, trepaban sobre las varas y los horcones que sostenían el
emparrado, lo cubrían todo con sus sarmientos y follaje sin igual,
produciendo espesísima sombra sobre un suelo limpio y terso, y
descolgaban después, por enero y julio de cada año, sus apetitosos
racimos de gruesas uvas moradas, deliciosa provocación de
pajarillos y chicuelos.
Tal era el sitio predilecto de mí familia para su solaz y sus
conversaciones de la tarde: allí era donde, bajo la sombra
nocturna, que contrastaba con la iluminación producida por los
apacibles rayos de la luna, me contaban las criadas para
entretenerme, ya sus cuentos de brujas y mohanes, duendes y
aparecidos, ya las alarmantes historias de la
|Candileja
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[4]
, ya, en fin, las curiosas anécdotas,
que no carecen de enseñanza, relativas a la vida de
|Pedro
Urdemalas y de Juan Paranada, tipos ideales de casi las dos
mitades de la especie humana. Allí, bajo aquel emparrado, era donde
mí madre solía sentarse a prima noche a rezar silenciosamente su
rosario, cuando no a enseñarme algunas oraciones y darme sus más
dulces caricias... Oh santa y buena madre mía! qué bien tu ternura
me hizo adivinar y comprender el amor en todas sus manifestaciones
fecundas y benéficas!
En la bella tarde a que he aludido al comenzar mi relato, mi
madre estaba, a la sombra del emparrado, sentada en una gran silla
de brazos de vaqueta rosada, adornada con hileras de tachuelas de
cobre; se entretenía cosiendo silenciosamente, y para hacerlo con
más comodidad se mantenía recostada contra el pretil del terrado,
muy cerca de un lozano rosal cubierto de mosquetas. Junto a mi
madre estaba yo, y si bien por momentos me sentaba sobre una estera
de Chingalé extendida en el suelo, a jugar con unos muñecos de
palo, de cuando en cuando me deleitaba haciendo hoyos al píe de los
dos horcones del emparrado, o produciendo un ruido deliciosamente
infernal con un tamborcillo que por aquel tiempo era mi juguete
favorito.
De cuando en cuando me miraba mi madre, se sonreía, gozando en
sus adentros con mis travesuras, y me decía:
"Quieto, Pepe; no hagas más hoyos"; o bien: "Niño, no hagas
tanto ruido".
Al cabo, viendo que ya el sol se ponía, me dijo, sin suspender
su grata costura:
"Anda a ver si ya llega tu papá o vienen de la escuela tus
hermanos".
Corrí hacia la puerta de la calle, atravesando la vasta sala,
miré en la dirección que debía, y sólo vi una pobre mujer que se
acercaba a la gradería exterior. Volví corriendo y dije:
-Mamá, no parecen; la que viene es la cieguecita.
-¿Cuál? Hay tántas aquí!
-La cieguecita negra.
-Ah! y ¿qué pide?
-Nada ha dicho; pero querrá su limosnita.
-Pues hay que dársela.
-Bueno; ¿me das un cuartillo para ella?
-Sí, hijo mío; te daré dos: uno para la ciega y otro para
ti.
Mi madre me puso en la mano los dos cuartillos y al punto fui a
dar la limosna
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[5]
. Pero al salir a la galería exterior
encontré que iras de la cieguecita había llegado otra pordiosera.
Sin pensar en lo que hacía, apenado al ver que no llevaba limosna
para la segunda, le dí el cuartillo que mi madre acababa de
regalarme, dejando igualmente agradecidas a las dos pobres
mujeres.
Cuando torné al sitio donde estaba mi madre, ésta me
preguntó:
-¿Y qué piensas comprar mañana con tu cuartillo?
-Nada, mamá.
-Qué! ¿Vas, pues, a guardarlo?
-Si se lo dí a la coja!
-¿Cuál coja?
-La de las muletas. Llegó detrás de la cieguecita y me dio
lástima...
-Ah! Ven acá, hijo mío! Has hecho muy bien; y ahora te daré un
beso y... medio real de premio en lugar de tu cuartillo.
Me sentí doblemente gozoso en los brazos de mi madre, que
siempre me daba ejemplos de dulzura de corazón y de caridad; y,
feliz con el beso y el medio real, me senté a jugar con mis muñecos
con mucha formalidad.
Algunos momentos después sonaron lentamente las campanas de la
cercana iglesia parroquial, y mi madre se puso en pie para rezar.
La miré con una mezcla de curiosidad y veneración instintiva, y
cuando vi que se persignaba le dije:
-Por qué te has levantado, mamá?
-Porque están tocando a oraciones.
-¿Qué son oraciones?
-Son los ruegos que dirigimos a Dios.
-¿Y qué le ruegas a Dios?
-Que nos haga a todos buenos y nos favorezca con su
misericordia.
-¿Y Dios qué es?
-Es el padre de todos que está en el cielo.
-¿Luego tenemos otro padre a más de papá?
-Sí, hijo mío. Dios nos ha hecho nacer a todos: lo mismo a los
de casa que a los de fuera.
-¿Entonces Dios es padre de papá, y tuyo, y mío y de mis
hermanos?
-De todos.
-¿Y también de la cieguecita y de la coja?
-También.
-¿Y de Damiana, Simona y todas las criadas?
-Igualmente.
-¿Y Dios nos quiere a todos lo mismo?
-A todos con igual amor.
-¿Y El también da cuartillos y medios?
-Sí, hijo; pero no en dinero, sino de otros modos.
-¿Y dónde está Dios?
-En el cielo y en todas partes.
-¿Pero cómo es Dios, mamá?
-Es un espíritu divino, infinitamente grande, bueno, justo y
poderoso.
Nada de cuanto me dijo mi madre comprendí, pero me quedé
silencioso y pensativo, prestando solamente atención al ruido de
las campanas de la iglesia, como si ese ruido pudiera explicar algo
a mi alma infantil... ¿En qué podía pensar? No lo sé, y
probablemente no concebí ni un solo pensamiento determinado. La
vaga idea de Dios sorprendía y desfloraba por primera vez algo de
mi mente, mejor dicho, asaltaba la inocencia de mi espíritu y me
hacia empezar una especie de confusa cavilación; pero si me
impresionaba tal idea, de seguro no era por la fuerza que ella
misma contenía, sino por la seducción amorosa de la persona que me
la insinuaba. A mis ojos, instintivamente, mi madre era en aquellos
momentos la providencia y la forma de Dios... Comencé a amarle por
amor a mi madre.
Ay! quién me hubiera predicho entonces el drama que habría de
agitar mi alma el día que, al hundirse aquella adorable mujer entre
las sombras del sepulcro, su espíritu me dijera desde lejos: "Hasta
luego!"