INDICE





PRIMERA PARTE
A mis hijas
El Angelus
Mi Familia
El primer cadaver
Primera educación de mi alma
Otras impresiones
Fiestas y diversiones
Educación moral y primaria
Lo que era yo entonces
El colegio
Bogotá y la universidad
Un año de conflictos
Varios episodios
Aventuras de un coronel
Otra vez en el colegio
Dos hombres raros
Mercurio y Themis
La universidad en 1843
Grandes sucesos y emociones
Un impresor famoso
Un hombre desgraciado
La Biblioteca Nacional
Principio de vida pública
La casa de un hombre justo
Recuerdos literarios y otros
Situaciones críticas
Estado psicológico
Último tiempo de prueba
Vida libre

SEGUNDA PARTE
En familia
Foro y comercio
El 7 de marzo y sus consecuencias
Varios episodios graves o curiosos
Incidentes interesantes
Situación política de 1851
Nueva situación
El dolor y el trabajo
Vida campestre
Nuevas tareas y luchas
Mi segundo duelo
Nuevos horizontes
El año de 1854
En campaña
Continua la campaña
Operaciones y batallas
La toma de Bogotá y sus consecuencias
Luchas políticas y literarias
Episodios críticos

TERCERA PARTE
El primer viaje
La vida parisiense
La sociedad francesa
Mi viaje a España
Observaciones y anécdotas en España
Otros viajes por el continente
Varias excursiones
Mis trabajos literarios, científicos y políticos
Residencia en Londres y excursiones en la Gran Bretaña
Nueva residencia en París
Observaciones políticas y literarias
Viaje al Perú
Mi residencia en Lima
Mi regreso a Colombia
Epílogo
| EL ANGELUS

 

Mis recuerdos de la infancia, enteramente claros, alcanzan hasta 1834, época en que empezaron algunos sucesos que me impresionaron por extremo. Jamás su memoria se ha borrado de mi mente, y en el momento actual, a la distancia de nueve lustros, me parece estar sintiendo lo que en aquel tiempo sentí. Yo tenía entonces seis años, y era feliz, con toda la felicidad de la inocencia, en el seno de una honrada familia, no rica ni brillante, pero sí acomodada y notable. Yo no conocía sino la risa y el gozo retozón de la vida, y el amor de los míos; ignoraba aún las amarguras de la lucha humana, las locuras de la esperanza, las tristezas del dolor, y el enorme peso que tiene de suyo esta carga de la existencia que se llama responsabilidad.

Eran cerca de las seis de la tarde, y el cielo como de ordinario en mi ciudad natal, tenía todo el apacible esplendor de su belleza en las tardes de verano. De los tres barrios que componen la ciudad, uno es alto -remate de una dilatada planicie que domina como a cien pies el nivel profundo de los ríos-, y los otros dos se extienden abajo sobre la margen occidental del Magdalena y las orillas de su risueño y bullicioso afluente. Si estos dos barrios eran algo ruidosos por estar concentrado en su recinto el tráfico de la ciudad, el del Alto o del Rosario -en su mayor parte compuesto de casas de techo pajizo-, era silencioso y tranquilo du­rante todas las horas del día y todos los días de la semana, excepto los domingos.

Pero si este barrio era solitario, y aun triste, por falta de mercaderes y negocios, en compensación era pintoresco, ameno y relativamente delicioso, por sus abundosas arboledas, sus graciosos jardines y sus frescas y perfumadas auras. Cada casa tenía su huerto o su jardín, si no entrambas cosas, y sus umbríos grupos de árboles se mecían por la tarde al soplo de las brisas de los ríos, que subían a sacudir, sobre los emparrados de los patios, las copas de innumerables cocoteros. No obstante el silencio que reinaba en las calles, se oía donde quiera el sordo y fragoroso rumor producido por el Salto, prolongada sucesión de poderosos pedriscos de granito, sobre cuyo lecho tormentoso precipita sus ondas el Magdalena en tumultuoso movimiento y con estruendo.

Los últimos rayos del sol, casi horizontales, arrojaban franjas de oro sobre las cumbres de mí casa paterna, o pasaban, como hilos de topacio líquido cernido, al través del follaje espeso de los árboles más empinados que daban sombra al patio y al solar. Se acercaba la hora, llena de melancólica solemnidad, en que el toque del Angelus marca la misteriosa separación que hay entre el bullicio del día y el silencio de la noche y en casa todo estaba en la mayor tranquilidad. Mi padre no había regresado aún de su cercana hacienda del Caimital (a donde iba casi todos los días), ni de la escuela mis hermanos mayores. Los tres menores que hasta entonces habían nacido (Antonio, Agripina y Rodulfo) eran chiquillos que poco o nada daban que hacer.

La casa de mis padres se componía en su totalidad, con el solar o huerto, de dos grandes cuadriláteros. El cuerpo que daba frente a la calle tenía, a más de un corredor interior o galería abierta en dos ángulos, uno exterior, de planta bastante más alta que el piso de la calle cerrado por barandas rojas en toda su extensión y accesible en el centro por una gradería situada en frente a la entrada principal. El cuerpo del costado derecho, casi independiente del central, estaba destinado al alojamiento de los numerosos amigos que mi padre solía recibir en calidad de huéspedes | [1] ; y el del costado izquierdo, que contenía las habitaciones de la familia, tenía al lado un jardín con árboles frutales y una tupida enramada compuesta por el follaje de un espléndido badeo | [2] , enredado sobre una vasta armazón de estacas y guaduas. Cerraba el primer cuadrilátero un cuerpo separado, al frente del principal, donde se hallaban la cocina, la despensa, los cuartos de los criados y la caballeriza -edificio muy sencillo y flanqueado por dos hermosos ciruelos indígenas y un corpulento chirimoyo.

El segundo cuadrilátero lo formaba el huerto, comprendido entre el cuerpo de la cocina y servidumbre y tres altos cercados que lo encerraban, en ángulos rectos. Si en el centro había un vasto espacio limpio, que me servía de plaza para jugar al toro y a las carreras, con mis hermanos y dos negritos hijos de esclavos pertenecientes a mi padre, sobre las tres zonas de los cercados todo estaba sombreado por una espesa y hermosa vegetación. Abundaban allí los naranjos y limoneros, los anoneros y guanábanos, los guayabos, cafetos y otros árboles frutales, amén de algunos tiernos cocoteros; y bajo la sombra de aquella riquísima verdura se sentía constantemente, con la ambrosía de cien aromas deliciosos, el aleteo, el canto o el arrullo de multitud de |azulelos y cardenales, tortolillas y cucaracheros | [3] que anidaban tranquilamente en el ramaje de los árboles. Aún no estaba yo en edad de trepar sin miedo a esos ramajes, a caza de los pajarillos que estaban en sus nidos, por lo cual gozaban de entera inmunidad.

El patio principal era en su mayor extensión un vasto jardín, ornado en su centro de un magnífico emparrado. Allí abundaban todas las flores de las tierras calientes que se cultivan con aprecio, y particularmente los jazmines, y las mosquetas -rositas blancas y de pétalos sencillos- de aroma delicioso, que se producen con profusión en ramilletes. De un lado se alzaba, como a tres píes de altura, una especie de terrado (vulgarmente lla­mado arriata), formado por un vasto pretil oblongo y cerrado, lleno de tierra abonada, donde flore­cían con algunas rosas muchas siemprevivas, ama­polas, nardos y narcisos. En el opuesto lado del patio se extendía en cien arcos casi concéntricos, sobre horcones y varas, un opulento jazmín de flores blancas y estrelladas, cuyo aroma embalsamaba el ambiente, sobre todo después de la puesta del sol.

El emparrado del centro ocupaba un espacio como de ochenta varas cuadradas. Cuatro robustas vides, diestramente podadas cada seis meses, trepaban sobre las varas y los horcones que sostenían el emparrado, lo cubrían todo con sus sarmientos y follaje sin igual, produciendo espesísima sombra sobre un suelo limpio y terso, y descolgaban después, por enero y julio de cada año, sus apetitosos racimos de gruesas uvas moradas, deliciosa provocación de pajarillos y chicuelos.

Tal era el sitio predilecto de mí familia para su solaz y sus conversaciones de la tarde: allí era donde, bajo la sombra nocturna, que contrastaba con la iluminación producida por los apacibles rayos de la luna, me contaban las criadas para entretenerme, ya sus cuentos de brujas y mohanes, duendes y aparecidos, ya las alarmantes historias de la |Candileja | [4] , ya, en fin, las curiosas anécdotas, que no carecen de enseñanza, relativas a la vida de |Pedro Urdemalas y de Juan Paranada, tipos ideales de casi las dos mitades de la especie humana. Allí, bajo aquel emparrado, era donde mí madre solía sentarse a prima noche a rezar silenciosamente su rosario, cuando no a enseñarme algunas oraciones y darme sus más dulces caricias... Oh santa y buena madre mía! qué bien tu ternura me hizo adivinar y comprender el amor en todas sus manifestaciones fecundas y benéficas!

En la bella tarde a que he aludido al comenzar mi relato, mi madre estaba, a la sombra del emparrado, sentada en una gran silla de brazos de va­queta rosada, adornada con hileras de tachuelas de cobre; se entretenía cosiendo silenciosamente, y para hacerlo con más comodidad se mantenía recostada contra el pretil del terrado, muy cerca de un lozano rosal cubierto de mosquetas. Junto a mi madre estaba yo, y si bien por momentos me sentaba sobre una estera de Chingalé extendida en el suelo, a jugar con unos muñecos de palo, de cuando en cuando me deleitaba haciendo hoyos al píe de los dos horcones del emparrado, o produciendo un ruido deliciosamente infernal con un tamborcillo que por aquel tiempo era mi juguete favorito.

De cuando en cuando me miraba mi madre, se sonreía, gozando en sus adentros con mis travesuras, y me decía:

"Quieto, Pepe; no hagas más hoyos"; o bien: "Niño, no hagas tanto ruido".

Al cabo, viendo que ya el sol se ponía, me dijo, sin suspender su grata costura:

"Anda a ver si ya llega tu papá o vienen de la escuela tus hermanos".

Corrí hacia la puerta de la calle, atravesando la vasta sala, miré en la dirección que debía, y sólo vi una pobre mujer que se acercaba a la gradería exterior. Volví corriendo y dije:

-Mamá, no parecen; la que viene es la cieguecita.

-¿Cuál? Hay tántas aquí!

-La cieguecita negra.

-Ah! y ¿qué pide?

-Nada ha dicho; pero querrá su limosnita.

-Pues hay que dársela.

-Bueno; ¿me das un cuartillo para ella?

-Sí, hijo mío; te daré dos: uno para la ciega y otro para ti.

Mi madre me puso en la mano los dos cuartillos y al punto fui a dar la limosna | [5] . Pero al salir a la galería exterior encontré que iras de la cieguecita había llegado otra pordiosera. Sin pensar en lo que hacía, apenado al ver que no llevaba limosna para la segunda, le dí el cuartillo que mi madre acababa de regalarme, dejando igualmente agradecidas a las dos pobres mujeres.

Cuando torné al sitio donde estaba mi madre, ésta me preguntó:

-¿Y qué piensas comprar mañana con tu cuartillo?

-Nada, mamá.

-Qué! ¿Vas, pues, a guardarlo?

-Si se lo dí a la coja!

-¿Cuál coja?

-La de las muletas. Llegó detrás de la cieguecita y me dio lástima...

-Ah! Ven acá, hijo mío! Has hecho muy bien; y ahora te daré un beso y... medio real de premio en lugar de tu cuartillo.

Me sentí doblemente gozoso en los brazos de mi madre, que siempre me daba ejemplos de dulzura de corazón y de caridad; y, feliz con el beso y el medio real, me senté a jugar con mis muñecos con mucha formalidad.

Algunos momentos después sonaron lentamente las campanas de la cercana iglesia parroquial, y mi madre se puso en pie para rezar. La miré con una mezcla de curiosidad y veneración instintiva, y cuando vi que se persignaba le dije:

-Por qué te has levantado, mamá?

-Porque están tocando a oraciones.

-¿Qué son oraciones?

-Son los ruegos que dirigimos a Dios.

-¿Y qué le ruegas a Dios?

-Que nos haga a todos buenos y nos favorezca con su misericordia.

-¿Y Dios qué es?

-Es el padre de todos que está en el cielo.

-¿Luego tenemos otro padre a más de papá?

-Sí, hijo mío. Dios nos ha hecho nacer a todos: lo mismo a los de casa que a los de fuera.

-¿Entonces Dios es padre de papá, y tuyo, y mío y de mis hermanos?

-De todos.

-¿Y también de la cieguecita y de la coja?

-También.

-¿Y de Damiana, Simona y todas las criadas?

-Igualmente.

-¿Y Dios nos quiere a todos lo mismo?

-A todos con igual amor.

-¿Y El también da cuartillos y medios?

-Sí, hijo; pero no en dinero, sino de otros modos.

-¿Y dónde está Dios?

-En el cielo y en todas partes.

-¿Pero cómo es Dios, mamá?

-Es un espíritu divino, infinitamente grande, bueno, justo y poderoso.

Nada de cuanto me dijo mi madre comprendí, pero me quedé silencioso y pensativo, prestando solamente atención al ruido de las campanas de la iglesia, como si ese ruido pudiera explicar algo a mi alma infantil... ¿En qué podía pensar? No lo sé, y probablemente no concebí ni un solo pensamiento determinado. La vaga idea de Dios sorprendía y desfloraba por primera vez algo de mi mente, mejor dicho, asaltaba la inocencia de mi espíritu y me hacia empezar una especie de confusa cavilación; pero si me impresionaba tal idea, de seguro no era por la fuerza que ella misma contenía, sino por la seducción amorosa de la persona que me la insinuaba. A mis ojos, instintivamente, mi madre era en aquellos momentos la providencia y la forma de Dios... Comencé a amarle por amor a mi madre.

Ay! quién me hubiera predicho entonces el drama que habría de agitar mi alma el día que, al hundirse aquella adorable mujer entre las sombras del sepulcro, su espíritu me dijera desde lejos: "Hasta luego!"

[1]  No había fondas ni posadas en la ciudad, en aquel tiempo, porque los forasteros recibían siempre franca hospitalidad en las casas particulares.
[2] Planta trepadora de la familia de las pasifloras, que da un fruto muy voluminoso y exquisito.  
[3] "El Cucarachero" que trae su nombre del hábito de alimentarse con cucarachitas y otros insectos, es un pajarillo gris, abundante en las tierras calientes y templadas, cuyos alegres, rápidos y maravillosos trinos se asemejan mucho a los del canario y del jilguero.
[4] Nombre que da el vulgo a los fuegos fatuos.  
[5]  Conviene advertir a los lectores del exterior, que nuestro cuartillo o cuarto de real equivale a dos y medio centavos de peso de la ley de 0,900.  

anterior | índice | siguiente