ROMEO Y JULIETA
(CUENTO)
Germán Albornoz, joven sevillano a quien su padre había enviado
a estudiar en Inglaterra, era uno de los más simpáticos compañeros
que teníamos en
|Silesia
|Collége. Su carácter español
se había modificado algo entre las nieblas inglesas; había perdido
un poco de locuacidad y chispa, pero su espiritu en cambio, se
había compactado y robustecido con la atmósfera del Norte. Cuando
llegó, nos declamaba en voz alta, a todas horas, largos trozos de
|El Moro expósito. Dos años después recitaba en voz baja el
monólogo de
|Hamlet. Aquel temperamento meridional había
reaccionado enérgicamente y criado músculos en el estudio de Bacon
y Macaulay. Además, según decía él mismo en su lenguaje Pintoresco
y algo extravagante «había descubierto la gigantesca floresta de
Shakespeare, se había internado por sus profundidades y observaba
con amor y pasmo grandezas sombrías».
Pero estudiaba a Shakespeare por su propia cuenta y para sí
mismo: tomaba notas solo, en el fondo del parque; y siempre llevaba
consigo un tomito de Hamlet, gastado ya por el forro y plagado de
flotas y borrones marginales. En cambio, nunca le vimos hacer un
apuntamiento en las conferencias mensuales, que, con relación a
Shakespeare dictaba en el colegio el erudito Mr. Nonsense. A dichas
Conferencias, muy nombradas y anunciadas con anticipación en las
revistas inglesas, asistían muchos literatos de campanillas, los
|reporters de los principales diarios, y aun damas de alta
posición,. que iban por seguir la corriente:
Era de ver cómo el critico inglés discriminaba a Shakespeare con
una erudición tan profunda que causaba vértigo: llevaba anotado, en
grandes cuadernos que ponía con grave ademán sobre la tribuna, todo
lo que había encontrado en las excavaciones practicadas por él en
la obra de Shakespeare; nos enseñaba cuántas líneas de prosa y
cuántas de verso tenían las obras del gran dramaturgo; nos decía
con toda precisión cuántas veces ocurría el verbo
|amar en
|Romeo y Julieta, y cuántas el verbo
|odiar en el
|Otelo; sabía cuantos miles de palabras componían el
vocabulario de Shakespeare; tenía la lista completa, con fechas y
lugares, de todas las ediciones Shakespeare que se habían hecho en
el mundo; y aún nos refería con cierto aire de misterio, y merced a
largas investigaciones que él mismo había efectuado en
Staffordupon-Avon, qué había comido el poeta en los últimos años y
de qué color era el vestido que usara en sus últimos días. Entre
tanto los discípulos tomábanos notas, llenos de pasmo; los
|reporters esperaban el momento de correr a disputarse los
manuscritos, y las damas abrían asombradas sus grandes ojos azules,
si bien es cierto que a disimulaban algunos bostezos mordiéndose la
punta de los guantes.
Un día llegó Mr. Nonsense más erudito que nunca. Colocó a
Shakespeare sobre la plancha anatómica, sacó el escalpelo y empezó
el estudio; descuartizaba miembro por miembro, cortaba aquí,
observaba allá, disecaba el corazón, contaba los nervios uno a uno.
Jamás le habíamos visto tan implacablemente sabio. Hizo un estudio
sobre
|los animales de los dramas de Shakespeare. Todos los
animales que el poeta cita en sus obras pasaron por la tribuna del
orador, clasificados y ordenados como en otra arca. Mr. Nonsense
nos enseñó que Shakespeare, en los epítetos y expresiones sobre
ciertos animales, no había hecho sino plagiar a otros poetas
Ingleses, a Gower, a Chaucer, a Spencer, a Marlow. Demostró que
también había plagiado, para el mismo fin, a Virgilio, Plinio,
Ovidio, y aun muchas frases de la Biblia. La famosa descripción del
león, que hay en uno de los dramas, resultó ser de Plinio: unos
conceptos sobre el buitre eran del
|Prometeo de Esquilo; los
célebres párrafos sobre el caballo en
|Venus y
|Adonis,
eran copiados de Du Bartas, y el conocido trozo del
|Enrique
V sobre las abejas, era del
|Euphues de Lyly, quien a su
vez lo había tomado de un hermoso pasaje de Virgilio, según lo
probó el profesor leyéndonos el libro IV de las
|Geórgicas.
¿Y por qué alabar la nomenclatura de los perros que hallamos en
|Macbeth y en el
|Rey Lear? Nada de original tiene,
pues está tomada de la
|Vuelta al Parnaso. Una imagen sobre
los abejones que hay en el drama
|Pericles, le pertenece a
Suffolk, y otra sobre la reina de las abejas que trae el
|Timón
de Atenas, era de
|Las Furias de Du Bartas. Los epítetos
que Shakespeare les aplica a ciertas aves, tampoco son suyos, según
lo probó nuestro profesor amontonando citas sobre citas y cogiendo
libros tras de libros: la expresión de la «alondra matinal» resulta
ser de Lyly; «la atrevida alondra», de William Browne; «la gozosa
alondra», de Spencer; la alondra «mensajera del día», de Chaucer y
la alondra «que saca al día de su letargo», de Chester... Y así
seguía y seguía Mr. Nonsense, aglomerando anotaciones, sacando
tomos de su faltriquera, mareando al auditorio con su oleada de
pasajes que se sucedían con monotonía implacable.
Todos llenos de admiración, bostezábamos.
Sólo había allí un individuo que no admiraba a Mr. Nonsense: era
Germán Albornoz, que entre dientes, decía, lleno de cólera mal
reprimida: «¡Profanación, profanación!», y ponía la cara de un
bonzo que viera profanada la pagoda y pisoteado el ídolo.
*
**
Para desquitarnos de aquella
|profanación resolvimos
Germán y yo ir aquella noche al teatro de
|Drury Lane, donde
daban
|Romeo y Julieta. Llamaba allí la atención de todo
Londres la actriz miss Ethel Fox, que había hecho su estreno en esa
temporada. Por los periódicos sabíamos que era hija de un irlandés
casado con una hermosa napolitana. Su padre era harto acomodado,
pero ella, por vocación irresistible, se había consagrado a las
tablas, y en el papel de
|Julieta había resultado
admirable.
Cuando llegamos a nuestras butacas ya habían alzado el telón. En
aquel momento Julieta no estaba en el escenario. Cuando se presentó
una salva de aplausos atronó el teatro.
El escenario representaba el cuarto de Julieta. Por un capricho
de la actriz, en el mobiliario no resaltaba ningún color vivaz,
ninguna tinta fuerte; no sólo había suprimido los colores
hirientes, el rojo, el azul, el amarillo, sino hasta los matices
sonrosados que el escenógrafo había deseado dejar en algunas
cortinas.
El tono general del aposento, en las telas que cubrían los muros
y el suelo, era de un gris suavemente opaco; sobre esa opacidad de
los tapices se destacaban, en tinta más clara, los muebles
venecianos, forrados en raso lechoso y bordados con escudos y
cifras de plata oxidada. A un lado se abría un balcón con rica
balaustrada de mármol blanco, y por ese ancho espacio entraba el
fulgor de la luna que dibujaba sobre la alfombra gris un cuadro
luminoso. Julieta, vestida de raso apenado, se colocó al rayo de la
luna y, con su blancura de azucena, formó como el centro radiante,
como la nota principal en medio de aquellos tonos pálidos que,
desde la claridad del balcón hasta las últimas sombras del fondo,
iban decreciendo poco a poco en una escala melodiosa que se
extinguía suavemente en las tinieblas.
El espectador experimentaba cierto deleite visual al recorrer
con vaga voluptuosidad aquellas gradaciones de luz y sombra que
producían en la retina vibraciones ténues y como aterciopeladas. Y
se adivinaba que en aquel retrete aleteaba un alma llena de
blandura, llena de languideces enfermizas, de cariñosas
melancolías.
Y comenzó luego el diálogo de los amantes:
«JULIETA
- ¿Ya quieres irte? Aún tarda el día.
Fué el ruiseñor; no fué, no fué la alondra
Quien alarmó tu receloso oido;
Todas las noches en aquel granado
Su canto ensaya: él era ¡oh dueño amado!
Crédito dame: el ruiseñor ha sido.
«ROMEO
-Fue la alondra del alba mensajera,
No el ruiseñor ¿No ves hacia el Oriente
Cual de las rotas nubes orla él borde
Ya la envidiosa claridad? Enfría
De la estrella las pálidas vislumbres:
De la montaña en las brumosas cumbres
Raya risueño y se levanta el día.
Si parto, vivo; si le aguardo, muero...,
El aposento empezaba a iluminarse, tenuemente con la luz del
alba, Romeo estrechaba por última vez la mano de Julieta y se
acercaba a la balaustrada de mármol. En las pupilas de la amada se
dibujaba la agonía de los supremos adioses; el pecho y el cuello se
le henchían con la oleada de un sollozo. Pendiente del balcón
temblaba la escala de seda.
«JULIETA
-Bien sé que matutina luz no es esa, Quédate aquí conmigo
todavía... »
Germán, al verla, se sacudió en la butaca, herido por la
emoción, y se puso súbitamente pálido. Nada me dijo, pero le
temblaban los labios.
La belleza de aquella Julieta, mezcla de tipo inglés y de
hermosura romana, era en verdad una belleza extraña, exótica; sobre
la palidez transparente del cutis, a la luz de la luna, se
destacaban sus ojos de italiana, unos ojos grandes, invadidos por
cierta languidez soñolienta. Fuese o no sugestión, la joven los
volvió hacia el lugar donde estábamos, y los detuvo en Germán que
la miraba como un alucinado. Al cruzarse las miradas, Germán sufrió
una nueva conmoción. Pasó una hora sin que hablara una palabra.
Temí que aquella conmoción extraña pudiera hacerle daño, pues
con frecuencia sufría de fiebres nerviosas; y logré que al concluir
el segundo acto saliéramos del teatro. -Lo comprendo - me dijo
después de que anduvimos largo rato, al aire fresco-, te estarás
riendo de mí. Estoy hecho un enamorado de novela, ¿no es verdad?
Yo, que me burlo de todo romanticismo... Pero estas cosas pasan...
No hablemos más del asunto.
Caminaba él cabizbajo, con las manos hundidas en los bolsillos
del sobretodo. Una oleada de luz y de ruido nos inundó de repente.
Para distraer a Germán le propuse que entráramos en el Café Ruso.
Nos sentamos. Mientras yo le hablaba largamente, el sevillano, sin
apurar la media pinta de cerveza que tenía delante, clavaba los
ojos, viendo sin mirar, en las venas azules del mármol de la
mesa.
-No resisto más... ¿Me acompañas?
Caminamos precipitadamente, para alcanzar el final del drama.
Cuando ocupamos nuestras butacas, concluía ya el último acto.
Hechos nuestros ojos al resplandor de los mecheros que ardían a la
entrada del teatro, nada distinguíamos al principio entre la
oscuridad del escenario. Poco a poco, de entre la sombra fueron
surgiendo algunos perfiles vagos; de la cripta colgaba una lámpara
de bronce, en que agonizaba una luz funeral; en el centro, la masa
de una tumba de mármol negro; en los pliegues de un ancho manto de
terciopelo, que se bebía la luz, se retorcían, en confusos
bordados, los dragones de los Capuletós; sobre aquel manto un
féretro; en el féretro, cadavérica y rígida, Julieta.
El escenario está lleno de angustioso silencio. Luego resuenan
pasos en el panteón. Después de la escena con Paris, entra Romeo
embozado en su capa, anhelante, desgreñado, con la fatiga del viaje
en el semblante; se arroja hacia la tumba y se arrodilla al pie del
féretro.
-«¡Ah, Julieta, mi amada! ¡Julieta! ¡Todavía tan hermosa!...
¡Julieta! ¿Me atreveré a creer que la muerte misma te ama y te
respeta? Y el amante, con la fiebre de la angustia, le alza la
cabeza, que cae descoyuntada sobre el hombro de Romeo.
- «...¡Julieta! ¡Los gusanos de la tumba son tus camareras...!»
Y vuelve a alzarle la cabeza, que de nuevo se descoyunta y
golpea el lecho mortuorio.
*
**
En los días siguientes Germán no obtuvo permiso del director
para salir del colegio; nada me decía, pero se paseaba por su
cuarto, por el jardín, por las aulas, con la inquietud febril de un
tigre enjaulado. Una mañana le encontré pálido; estaba leyendo el
|Graphic: el periódico anunciaba que la admirable Ethel
Fox-la célebre
|Julieta- por indicación de los médicos
cortaba la temporada de Drury-Láne, y pronto saldría para Niza en
busca de clima abrigado. Germán tiró a un lado el periódico, se
puso el gabán, y sin temer la violación de la disciplina, salió del
colegio. Tomó un coche y llegó precipitadamente a Drury-Lane. El
teatro estaba desierto; los pasillos sombríos, el escenario
devolvía la voz de un modo cavernoso. Un viento mudo hacía tiritar
los lienzos de las decoraciones. Una vieja, que se arrastraba por
aquellas sombras como una lechuza, le dió a Germán las señas de la
casa de Julieta. Acudió allí. Ella había salido, y no pudo verla,
aunque aguardó una hora. Germán pidió papel y le escribió cuatro
líneas torcidas y temblorosas, en que le decía que la amaba; luego
pensó que aquello era ridículo, bueno sólo para novelas románticas,
pero no para la vida real, y rompió la carta. Dejó la tarjeta con
su dirección, y volvió al colegio.
Al día siguiente recibió otra tarjeta, de Ethel Fox, en que se
despedía para Niza, donde, decía, «esperaba verlo».
Germán le escribió a su padre, manifestándole el deseo de
descansar un poco en una vuelta por el Continente. No sé si le
hablaba de enfermedad, pero si lo hacía, no se alejaba de la
verdad, pues una fiebre nerviosa le estaba minando sordamente. Dos
semanas tardó la respuesta. «Si es para viaje de provecho, viaja,
hijo, y gástate me dio olivar», decía el sevillano viejo. Germán me
dió un abrazo y se marchó.
Un mes estuvo ausente. Cuando regresó estaba aún más pálido;
pero ya no tenía aquella inquietud nerviosa. Le embargaba una
melancolía profunda y serena. Me abrazó en silencio. Nada me dijo:
nada quise preguntarle. Estuvo taciturno; escribió, retirado al
fondo del parque, algunas estrofas; pero reanudó con toda
formalidad sus estudios. ¿Qué le había sucedido durante el
viaje?
*
**
En la misma semana de su llegada nos citaron para la conferencia
de Mr. Nonsense. El salón se llenó más que nunca, de selecto
público, entre el cual se destacaban algunos ilustrados
|reporters, numerosas damas y los dos directores de la
|Kensington Revievv y del
|Marlovve Magazine. Los
estudiantes, lápiz en mano, estaban afanosos por llenar de notas
sus cuadernos. El estudio del sabio profesor iba a versar, según lo
apuntaban los Iniciadós en tan altos secretos, sobre «las
Onomatopeyas» que se hallan en
|Romeo y Julieta.
De pronto se presentó el Rector en el salón y algo confuso
anunció que Mr. Nonsense, con su acostumbrada puntualidad, había
llegado a la hora exacta, pero que no podía dictar la conferencia
por habérsele extraviado en el camino sus cartapacios donde venían
encerradas las esperadas onomatopeyas. Añadía que para suplir y
como un estímulo para los estudiantes, alguno de los discípulos del
colegio, sirviéndose de notas tomadas anteriormente, diría algo
sobre el mismo drama de Shakespeare. Y al efecto, el Rector nos
invitó uno por uno, pero todos nos fuimos excusando, temerosos de
salir a la tribuna delante de aquel imponente auditorio. Cuando se
llegó a Germán, éste aceptó y modestamente atravesó aquella
concurrencia que, entre chasqueada y curiosa, le apuntaba con todos
los binóculos. Yo me estremecí al verlo ya en la tribuna, aislado
en aquel puesto de honor, en medio de una multitud dispuesta más a
la burla que al aplauso. Aunque él conocía perfectamente el idioma,
¿cómo iba a desarrollar asunto, sin prepararse debidamente? ¿Cómo
reemplazaría a Mr. Nonsense sin llevar un arsenal de anotaciones?
¿Qué iba a agregar sobre Shakespeare después de que el profesor ya
había escrutado, analizado, desmigajado todos los asuntos? ¿Qué
sabía él sobre las
|onomatopeyas? Y todo aquello me lo
preguntaba yo mientras veía, alarmado, a los
|reporters y
eruditos codearse y enarcar las cejas concierto aire de desprecio
perfectamente británico. Las damas, sin embargo, habían simpatizado
con el joven; la fisonomía interesante, el aspecto meridional,
hasta cierto desorden artístico del cabello, la expresión de
soñador intenso que revelaban los ojos, todo era para ellas una
novedad, y desde lejos lo saludaban con amables sonrisas, que
Germán, recogido en su interior, como repasando sus sentimientos,
no alcanzaba a notar.
Principió el exordio. Reinaba un silencio de tumba; se alcanzaba
a oir el leve aleteo de un abanico. Anunció Germán que tomaba por
tema, según estaba señalado, el drama de
|Romeo y Julieta;
pero agregó, con acento en que algún
|reporter creyó
encontrar cierta ironía disimulada, que no se ha liaba dispuesto a
hablar sobre las onomatopeyas. Con cierta veneración religiosa
entraba en el asunto.
«...A Shakespeare deseo estudiarlo recorriendo, por ni falta de
anotaciones, un camino distinto del que transita el respetable Mr.
Nonsense (
|movimiento de disgusto entre los reporters). No
soy capaz de analizarlo en esa forma; sólo me siento capaz de
sentirlo, particularmente si se trata de un drama como
|Romeo y
Julieta, drama que es todo amor, ternura y agonía
(
|aprobación entre las damas).
«Es, sin duda, un atrevimiento, el querer explicar lo que
Shakespeare pretendiera simbolizar en algunas de sus creaciones, y
aún se llega a creer que él no se propusiera formar símbolos con
ellas, si se atiende a la vida real que tienen, hasta en los
menores detalles, todos sus personajes; Hamlet mismo, entre las
vaguedades y nieblas de su locura luminosa, camina, habla, come,
bebe, suda, con toda la realidad de nuestra carne. Sin embargo,
esas creaciones a veces parecen símbolos colosales; Otelo, es la
pasión que mata en el ánimo la reflexión; por el contrario, Hamlet
es la reflexión excesiva que destruye la pasión. El Rey Lear es la
generosidad, pagada con ingratitud; Yago, la traición; Kent, la
amistad. Y tal parece que en este poema-tragedia de
|Romeo y
Julieta, el genio taciturno de Shakespeare, disgustado acaso
ante tantas pequeñeces de la existencia, enamorado quizás de la paz
de la tumba, despreciador de este mal enredo dramático que se
representa en el teatro del mundo y arrobado tal vez ante las
armonías que restablece el sepulcro, tal parece que hubiera
querido, con su ironía trágica, escarnecer la vanidad de la vida y
ensalzar la grandeza solemne y reparadora de la muerte.
»Dulce y melancólico argumento aquél en que van del brazo el
Amor y la desgracia. Al canto alegre del idilio responde allí, a
medida que la escena avanza a su final catástrofe, la voz gemidora
de la elegía. Al canto del ruiseñor que trina al pie de la ventana
donde platican los dos enamorados, responde luego el chillido del
buho en el cementerio donde Romeo va a buscar, dormida en el
féretro, a la pálida Julieta... »
La voz de Germán temblaba un poco, y en su emoción tal parecía
que estuviera tocando una historia enlazada de algún modo con su
propia vida. Su voz meridional, alternativamente sonora y
amortiguada por la sordina de una oculta melancolía, llenaba el
salón con tonos musicales. El auditorio estaba atento y simpatizaba
hasta con esas imágenes, algo extravagantes a veces, que el
sevillano expresaba con acento conmovido.
»¡Pobres almas-proseguía el sevillano -pobres almas, pobres
almas esas dos, formadas acaso desde la eternidad para cruzar
juntas el valle de la vida, unidas en un mismo vuelo amoroso,
tocándose las puntas de las alas; y destinadas, sin embargo, para
agonizar a distancia, revoloteando inútilmente por juntarse; y se
abaten al cabo, una en pos de otra-rotas ya las plumas de las alas
cansadas -en el playón solitario de la muerte.
»Él tenía el alma de poeta; ella era la inspiración misma; con
poco habrían sido felices; fácilmente habría sido realizado su en
sueño; les habrían bastado unas horas traqquilas a la sombra de ese
árbol del jardín donde cantaba la alondra; una barca para
deslizarse con sus ilusiones por las aguas tranquilas de algún
canal solitario de Venecía. Ellos tenían el amor, la juventud, la
inspiración, la belleza; y sólo le pedían a la suerte lo que el
mundo les concede a otros con tanta facilidad: el olvidos.
Las repeticiones, ciertas antítesis exageradas, el Colorido
meridional, algunos brochazos de efecto inesperado, todo esto,
mezclado en la ingénua improvisación del sevillano, tenía para
aquellos espíritus ingleses el atractivo de lo exótico. El hielo de
esos temperamentos, que en otras ocasiones se alumbraba con la fría
aurora boreal de Mr. Nonsense, ahora se deshacía al calor de esa
imaginación fervorosa.
Las señoras aplaudían. El redactor de la
|Kerzsington
Review protestaba contra tales novedades. Las opiniones se
dividían, discutían los discípulos y los profesores, los
|reporters tomaban notas sobre aquel estado del auditorio.
Albornoz, sordo a ese oleaje que se formaba en torno suyo, sólo
parecía oir los ecos de alguna voz lejana.
«La vida-continuó- tan serena para otras existencias menos
puras, fue toda de tempestades para ellos, y sólo al morir se
unieron, cuando ya los labios estaban demasiado fríos para la frase
de amor, y las manos, crispadas por la agonía final, ya habían
olvidado las delicadezas de las caricias. Y así como a veces vemos
en la playa, tras la borrasca, a alguna vieja triste y caritativa
que recoge los restos de un naufragio y saca a la arena con la mano
huesosa los cadáveres que el mar arroja, así vemos, en las
postrimerías de este drama lúgubre, la Muerte con mano compasiva
recogiendo y abrigando bajo su manto negro los dos cadáveres
desencajados que le arrojó el oleaje de una existencia tormentosa,
Y tal parece que la muerte dice: Comparad la acción de mi rival, la
vida a quien todos alaban, con la acción de la temida Muerte, de
quien todos maldicen. La vida persiguió a los amantes: si la
alondra cantaba, era para turbar sus ensueños, si despuntaba el
día, era para truncar las entrevistas de amor. Yo acojo a los
amantes; les doy para sus citas mis sombras eternas; uno aquí para
siempre sus manos pálidas. Hasta mí no llegarán los enredos
vulgares de la suerte. Aquí, en mi sótano oscuro, yo junto sus
cabezas para siempre, y como una madre amorosa, echo sobre ellos mi
manto. La lamparilla del panteón alumbrará la cámara nupcial...
Dormid, castos esposos... La vida, con sus días y sus noches, con
su sol y sus cielos estrellados, con sus granados en flor y sus
ruiseñores cantando, no supo brindarles ni una aurora risueña, ni
una sombra apacible, ni una canción alegre. Yo, la temida Muerte,
con sólo mi sombra eterna les brindo aquí para su unión la paz
solemne, el silencio inmutable.»
*
**
Pasaron meses. Germán no había querido referirme lo sucedido en
su viaje a Italia; yo respetaba su reserva, pero adivinaba una
honda tristeza, y que él guardaba con cierto egoismo amargo, el
secrero y el desenlace de aquella pasión que había principiado
inesperadamente una noche en el teatro de Drury Lane. Sólo con
mirar a Germán se notaba que todo era dolor en su alma de poeta.
Sus ojos tenían una fijeza a la vez dulce y trágica; y el mirar esa
mirada daba amargura.
Una tarde mi amigo se me llegó y me tomó del brazo. Era una
tarde de otoño, esplendorosa y fría. El sol, ya declinado, untaba
con suaves brochazos de oro el techo de la casa y las copas de las
encinas. Resplandecía una hermosura helada en el paisaje; todo el
esplendor moribundo del pasado estío flotaba mezclado con las
triste venideras del invierno.
-¿Quieres remar un rato?
-Vamos a remar.
Y seguimos del brazo por las praderas que embalsamaba el heno
recién segado. Ibamos en silencio, y en silencio nos seguían
nuestras sombras, dilatadas por la llanura de un modo grotesco e
inexplicablemente triste.
Llegamos al bote, que se balanceaba entre un nido de matas
silvestres; Germán tomó los remos; con vigoroso impulso arrancó
hasta la mitad del río; luego bajamos y anduvimos hasta una
revuelta donde se internaba un brazo de agua por entre sauces.
Entramos en aquel canal y llegamos hasta el arco de un puente de
cuyos estribos, a uno y otro lado, nacían las yedras y madreselvas,
que cubrían los costados y cegaban los ojos del puente con dos
pesados telones de verdura.
-Tú no conoces este sitio. Aquí me gusta escribir mis versos y
releer a Shakespeare.
-¿Y analizar el
|Romeo y Julieta?
-Si, aquí pienso en
|Julieta. ¿Te acuerdas de Julieta... la
de mi Viaje a Niza?
Germán me preguntaba con cierta indiferencia, tratando de fingir
una sonrisa; pero en el fondo se notaba la úlcera abierta.
Atamos el bote a una argolla, bajo el arco del puente. El lugar
tenía una solemnidad extraña. A uno y otro lado colgaban las
cortinas de hojas, que se balanceaban suavemente al tocar en las
aguas. Sobre nuestras cabezas, aquel arco inmenso de piedras
negras, en cuyas grietas colgaban hilos de helechos y musgos
pálidos. Debajo de nosotros, el mismo arco reflejado de un modo
fantástico. Del lado del poniente, al través de las hojas verdes,
brillaba la franja roja del ocaso, con resplandor de Incendio. El
sol moribundo ensangrentaba las aguas del río.
-¿Quieres saber detalles de aquel viaje? Te vas a reír de mí...
Yo mismo me burlo de esas cosas... Te autorizo para reirte.
Y empezó a contarme el viaje con pormenores sobre su partida, un
disgusto con el cochero, la pérdida de la maleta en Calais, la
pésima travesía de la Mancha; todo esto referido con rodeos,
alargando las circunstancias, deteniéndose en mil cosas
insignificantes, como temeroso de llegar al cabo del viaje... Por
fin se vió precisado a entrar más de lleno en el asunto.
-«Llegué a la estación de Niza a las once de la noche. Sin
tiempo para más, lleno de impaciencia, me envolví en mi capa
española y corrí al teatro. Dado mi vestido, no podía ocupar una
butaca en el redondel; pero pude entrarme por los pasillos de los
cómicos, y me coloqué entre bastidores, donde lo extravagante de mi
capa era menos notable, pues se confundía con los vestidos de los
actores que se paseaban por allí aguardando a que lo llamase el
traspunte.
»Me asomé al escenario. Daban el
|Romeo y Julieta, y ya
iban en el quinto acto. Era la escena aquella en una calle de
Mantua, en que Romeo recibe la noticia de que Julieta ha muerto. Me
estremecí y sentí que la sangre se me helaba. Acostumbrado a ver a
Ethel en el papel de Julieta, formaban para mi una sola persona.
¡Qué lenta se me hizo la escena en que Romeo alquila los caballos y
se prepara a correr al lado de su amada! Ya debía llegar la escena
del panteón, en que Julieta aparece en el féretro con su vestido de
desposada. Temblaba yo, deseoso de verla, pero a la vez angustiado,
juzgando de mal augurio el verla, después de nuestra ausencia,
haciendo de muerta, tendida en la caja mortuoria. Y como estaba
enferma, ¡qué terrible verdad no se vería, al fingirse como muerta,
en sus facciones adelgazadas por la tisis!
»Pasó luego la escena de la celda de Fray Lorenzo; y enseguida
vino el anhelado cambio de decoración. Apareció el cementerio,
oscuro y triste; de la cripta colgaba una lámpara de bronce, en que
agonizaba una luz funeral; en el centro, la masa de una tumba; en
los pliegues del manto de terciopelo se retorcían los dragones de
los Capuletos; sobre aquel manto un féretro, en él mi Julieta, con
una palidez mortal en el semblante y un par de círculos morados
alrededor de los ojos. ¿Eran aquellas ojeras efectos de la pintura
o de la enfermedad? No sospechaba ella que allí mismo, a pocos
pasos, estaba yo observándola, detenido el aliento y apretándome el
corazón con ambas manos.
»De cuando en cuando Julieta se estremecía, con un
estremecimiento del pecho, como si contuviera la tos. La tisis
obligaba a aquel esfuerzo a la fingida muerta. Aquella lucha debía
de serle angustiosa. Para verla más de cerca me deslicé por detrás
de un telón que simulaba uno de los muros del cementerio. Allí pude
verla a pocos pasos. ¡Qué pálida, qué cambiada estaba! Las ojeras
amoratadas eran ojeras de enferma. La tos reprimida con violencia,
sacudía interiormente aquel cuerpo adelgazado. Entre los paños
murtuorios se destacaba su cara con una expresión de verdadera
muerte. En la lividez de las mejillas se destacaban dos puntos de
color encendido, como si tuviera una hoja de rosa en cada
pómulo.
»De pronto, la sacudida del pecho fué más violenta, y Ethel se
puso morada primeros luego súbitamente pálida. Comprendí que sufría
un accidente. Salí de allí y llamé en los pasillos, pero todos en
el vaivén de las maniobras u ocupados en repasar sus papeles,
estaban sordos o no entendían.
»Volví a las tablas, tiré a un lado el sombrero, y envuelto en
mi capa, sin pensar en el público anhelante, atravesé el escenario
y corrí hacia Julieta. Estaba todavía más demacrada...»
Germán calló por algunos momentos. El ocaso que divisábamos por
entre el encaje de yedra, de rojo se había puesto verdoso. La
sombra se cernía sobre nosotros con melancolía creciente. Soplaba
viento mudo, que a compás golpeaba tristemente el agua contra el
costado de la barca.
-«Me arrodillé al lado del féretro -continuó Germán- Lé tomé las
manos a Julieta; las tenía frías, y frías también la frente. Le
había dado un síncope. Le alcé la cabeza, que volvió a caer,
descoyuntada sobre mi hombro. Entonces llamé, con un grito de
angustia terrible y fuerte:
-»¡Julieta!
-»En el redondel contestó el trueno de un aplauso.
-»¡Ah... mi amada Julieta!- volví a gritar enloquecido por la
angustia.
-»¡Bravo, Romeo! -clamaba el público.
-»¡Julieta...!-grité con mayor agonía, queriendo dominar el
clamoreo de los espectadores.
»Ella, a mi voz, abrió al fin los ojos, que se llenaron de
asombro al verme.
-»Me muero-dijo débilmente, y volvió a cerrar, los ojos.
-»Su cabeza, desmadejada, golpeó la caja mortuoria...»