EL ROSARIO AL AMANECER
(Para mi hija Dolores cuando tenga
diez años)
El recuerdo sagrado de mi padre viene siempre acompañado para mí
de un perfume de religiosa piedad que el alma respira contenta y
que le deja una dulce melancolía, en consonancia con mi alma
inclinada a la tristeza, pero amante de lo bello y apasionada por
la contemplación. Su memoria despierta más bien el amor que la
amargura; es como el culto de Dios, a quien se ofrendan flores e
incienso, pero que acepta las lágrimas y que santifica el corazón
de aquel que le consagra una hora de silencio o la fe de una
oración.
La cara de mi padre, tan parecida a la de Arístides el Justo,
estaba siempre como velada por el pensamiento y sólo se despejaba
cuando, levantada la frente y la mirada en el cielo, oraba a Dios.
El oraba, oraba con fe y oraba con frecuencia, más bien como un
descanso que como una obligación, y por esto, sin duda, cuando algo
religioso y poético conmueve mi alma, su imagen querida viene
siempre a mi memoria.
Cuando yo era niño, en esa edad a que alcanza el recuerdo, como
un rayo de sol al través de la niebla de una mañana de diciembre,
mi padre resolvió llevarme a pasar los últimos días de vacaciones,
en una estancia que tenía en
|Yomasa, y una tarde, después de
un fuerte aguacero, salimos de la ciudad, él delante, callado y
reflexivo, y yo, dichoso, quedándome siempre atrás para tener luego
tiempo de soltar la rienda y lanzar a carrera mi caballo.
No es posible pintar mi alegría viendo el campo abierto ante mis
ojos, Verde y cubierto aún con las gotas de agua de la lluvia; los
potreros llenos de caballos, que creía míos, porque los miraba
sueltos y a sus anchas; las vacas con terneritos tan lindos como
los de los cuentos con que mi madre me dormía, y las ovejas que
parecían conocerme y saludarme, porque balaban cuando yo pasaba. Yo
gozaba con el viento que agitaba mi sombrero, con el agua que
saltaba a las pisadas del caballo y con el canto de las ranas, que
alegres con la lluvia, chillaban en todas las zanjas. El amor
sublime de la naturaleza, con sus inmensos goces, sólo existen en
el niño; es un destello de la divinidad, que como la inocencia, se
empaña con los años y se extingue con el vicio.
Al anochecer llegamos a la hacienda, y mis ojos contemplaron con
supremo deleite la magnífica égloga que el campo ofrecía a aquella
hora: los ganados viniendo sueltos al corral; los trabajadores, de
vuelta de sus tareas, desunciendo los bueyes y soltándolos a
pastar; las mujeres recibiendo el trigo que debían limpiar al día
siguiente; las gallinas con inmenso trabajo y estrepitoso aleteo
subiendo al gallinero; las muchachas encerrando las ovejas; el
campo cubriéndose de sombras, y el sol muriendo en medio de
arreboles.
La casa a que llegamos, y en la cual fuimos recibidos con cariño
y alegría, era grande, con un patio interior en donde había varias
matas de claveles, y naranjos, y estaba rodeada por las huertas y
luego por los corrales de cercas de piedra y de madera, en donde
dormía el ganado.
Mi padre y yo fuimos alojados en un aposento, que tenía una
ventana sobre los huertos... Apenas caí sobre mi lecho, quedé
dormido, soñando con la felicidad.
En medio del sueño, oí un rumor indefinible de voces armónicas,
y me pareció tan bello, que soñé con los ángeles; pero la voz de mi
padre me despertó, y comprendí que rezaban el «Rosario de la
Aurora».
Las vacas bramaban en el corral, los pájaros principiaban a
cantar en el huerto, y en mi imaginación de niño, adiviné que todo
hablaba en la naturaleza al amanecer.
El Rosario me pareció tan lindo como el canto de los pájaros, y
como todo lo que deslumbraba mi imaginación.
Mi padre rezaba con fervor, y yo principié a hacerlo con la
misma alegría con que de antemano me proponía disfrutar de todos
los placeres del campo; pero a medida que pensaba en salir por la
mañana a juguetear con los niños de mi edad, a correr tras los
terneros y a coger flores, mis ojos se iban cerrando poco a poco, y
al cadente son de «Hágase tu Voluntad así en la tierra como en el
cielo» me dormí, niño y feliz,
· · · · · · · · · · · · ·
· · · · · · · · · · · · ·
· · · · · · · · · · · ·
·
¡Mucho he dormido!... ¡Cuánto he soñado! Pero se escucha aún el
murmullo del Rosario, y dicen, al final: «Danos, Señor, buena vida
y buena muerte»; y los pájaros están cantando y las vacas braman en
el corral.
Estoy triste... ¿Por qué? No he despertado bien... ¡Ay!...
¿Quién arrancó de mis sienes la hermosa cabellera?
-¡Padre! ¡padre!...
-Nadie me responde.
-Estoy dormido todavía. ¡Esto es un sueño!...
Han pasado treinta años... Mi padre duerme en el seno de Dios...
Yo soy ya un viejo...
El «Rosario» se escucha aún, pero no es ya el himno de la mañana
que oí en la hacienda, sino que hoy velan a un muerto.
¡Ay, qué horrible despertar! Sólo a la naturaleza da Dios eterna
juventud.