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EL ALMANAQUE

Los días de la niñez, color de rosa; los de la juventud, de oro y brillantes; los de la ancianidad, tristes y oscuros, todos los lleva el almanaque; iguales para el que sólo contempla la marcha impasible del tiempo, semejante al curso de un río; distintos para el que en ellos encuentra escrita su propia historia, parecida a la onda que nace bulliciosa, pasa por riberas encantadas, y tiene al fin que hundirse en el inmenso piélago de la eternidad.

En una familia, cuyo hogar conocimos, y que estaba embellecida por el amor y la virtud, la madre compraba siempre un almanaque en los últimos días de diciembre, y |el día de Año Nuevo, después de haber oído misa, lo tomaba, y con las tijeras iba recortando, uno por uno, todos los meses, los enlazaba con una cinta roja, y, quitando de su puesto el almanaque viejo, que era entregado en despojo a los muchachos para que jugasen, colocaba el nuevo en el sitio de costumbre.

Teníamos cuidado cada mes de echar atrás el mes pasado, para que estuviese a la vista el que empezaba, tarea que el tiempo incansable desempeña con los días, los meses, los años y los siglos.

Después venían todos los niños, alegres y bulliciosos, a marcar, cada uno, el |día de su santo, con colores diversos, según su gusto o capricho.

-El mío es el 27 de enero.
-El mío es Santa Rita.
-Primero marco yo el mío que es en junio, el tiempo de duraznos.
-El mío va a ser en cuaresma.
-El primero que se marca es el de papá - decía la hermana mayor con cierto aire grave, como si se tratara de una obra solemne.
-Después el de mamá-decía la otra,- y ese lo marco yo con tinta azul, que es color de cielo, porque así se me figura siempre ese día.
-¡El de nuestra abuelita con amarillo, para que nos acordemos de los bizcochuelos!.
-El día de tía Inés no se les olvide, para tener prontos los regalos.

Quedaba, pues, el almanaque como los mapas o cuadros de banderas, en donde se ven brillar todos los colores, pero en donde cada nación encuentra la insignia de sus glorias, de sus conquistas, de sus esperanzas, el pabellón alrededor del cual se reunen sus hijos para el engrandecimiento de la patria; quedaban marcadas para cada uno de los niños todas las fiestas de la familia, pero en especial el día de |su santo, el día de su cumpleaños, el día feliz en que para él, únicamente para él, eran todos los dulces, todos los regalos, todos los cariños.

El día del |Corpus tenía su señal, que traía a la imaginación de los niños la suntuosa procesión de la ciudad engalanada, las calles cubiertas de flores.

El día de la |Inmaculada Concepción venía con el recuerdo de su fiesta, de los repiques, la iluminación de la víspera y las banderas y gallardetes, los paseos y las colaciones del día siguiente; los |aguinaldos, la Noche Buena... en fin, todos los días en que la familia tenía una fiesta. Y con frecuencia los niños iban a registrar el almanaque como para desarrollar el itinerario de sus alegrías, el programa de sus diversiones.

Impacientes, deseando que los días vacíos, los días no señalados pasasen para que llegasen los |días de sol y de fiesta, consultando siempre el almanaque, no sentíamos pasar la vida; ¿ni cómo sentirla, si tan dulce, tan bellamente se deslizaba?

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A los primeros nombres de «los santos» y cumpleaños de la familia se agregaron en el almanaque los de las bellas desposadas que iban entrando al hogar y los nombres de los nuevos hermanos; así los días de las fiestas se aumentaron y el almanaque casi no tenía ya más que días de felicidad y alegría.

¡Qué hermosa era la vida!

Nuevos día de gloria traía la juventud, en que a porfía el amor, la ciencia y la esperanza, lanzaban sus coronas.

En el almanaque, renovado el día de |Año Nuevo, nadie ha contado los años que han volado, que se han desvanecido como el humo de una fiesta.

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Un dia, de la antes animada y bulliciosa casa, salió el ataúd del querido padre, llevándose toda la alegría de la familia y empapado con el llanto de sus hijos.

El día de su muerte fué marcado en el almanaque del año siguiente con una cruz, como signo de duelo y representando una visita al cementerio.

Después salió el ataúd tardío de la abuela y apareció en el almanaque del año siguiente otra cruz negra, para indicar otra visita al cementerio.

Luego otro féretro y otra cruz negra.

Después desapareció un noble hermano, su viuda, vencida por el dolor, le siguió a tumba.

Dos cruces más en el almanaque y dos visitas al cementerio a evocar recuerdos y a derramar lágrimas.

La tierna y dulce hermana, cuya entrada en la familia embelleció las fiestas, murió también; como signo de que era preciso ir en su día a colocar una corona sobre su tumba, apareció otra cruz negra en el almanaque.

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Ya nadie ponía en el almanaque rayas de vivos colores; los días de duelo alcanzaban. a cubrir con su sombra todos los del año para la familia.

Al fin el tiempo vino a helar la mano de la adorada madre, que arreglaba y componía el almanaque: la casa pareció vacía; la vida de la familia se había trasladado al cementerio; los nombres que antes se marcaban en el almanaque con vivos colores, estaban ya grabados sobre dispersas tumbas...

Las emociones del corazón, las recreaciones del espíritu, todo pertenecía al pasado.

Y sin embargo, entre una y otra época, el tiempo había corrido tan brevemente como un sueño. La historia entera de una familia se había escrito y concluido, y el primer almanaque y el último, sólo se diferenciaban al llegar en una fecha.

Mas en el primero, la vida y la felicidad estaban pintadas con brillantes colores; en el último, el duelo y la muerte estaban señalados con cruces...

En las alegrías de los niños y en las oraciones por los muertos, resonaba siempre el nombre inmutable de Dios.

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