HISTORIA DE UNA ROSA
Vamos a Oriente, la tierra de la inspiración poblada de
recuerdos, sembrada de ruinas, iluminada por un sol de fuego, y a
donde los cristianos van a contemplar las huellas de sangre que
estampó Cristo sobre la más desgraciada de las ciudades, sobre la
desolada Jerusalén. Vamos a Oriente, la tierra de la poesía, la que
vió aparecer a Eva primaveral, inocente como la flor, entre los
esplendores del Paraíso. Vamos a Oriente, la tierra de las grandes
pasiones y de los crímenes horribles que inspiran sus desiertos, en
donde habitan el chacal y la hiena. Vamos a Oriente, la cuna de
Mahoma; a Oriente, donde Cleopatra se hizo adorar como diosa y
poner a sus plantas los destinos de Roma. Vamos allá; pero no
lleguemos a la ciudad santa, porque no tenemos, como Godofredo de
Bouillón, una corona de oro que deponer sobre el lugar donde Cristo
llevó la de espinas... Vamos a Oriente a recoger una sencilla
historia de amor.
I
Jericó es una aldea que nada conserva de los muros que
detuvieron a Tito y Vespasiano; pero que, blanca y perfumada, se
levanta sobre un nido de Verdura y de rosas, bajo un cielo
brillante y en una comarca en cantadora que va a terminar en el
desierto.
Allí se había retirado el Muftí huyendo de Constantinopla
escandalizado por las reformas que Abdul-Mejid hacía en el Imperio,
y que, según Voz popular, debía atraer las maldiciones del Profeta
sobre los que violaban los preceptos del Alcorán y despreciaban los
consejos de los ulemas. Habíase retirado con sus inmensas riquezas
y muchos esclavos, impulsado por implacable fanatismo, que le hacía
mirar con odio todo lo que llegaba de Occidente. Rodeado de
Inexpugnables muros, el jardín de Muftí ocultaba a todas las
miradas sus tesoros; las enredaderas que formaban grutas a donde
jamás llegaba el rayo del sol; las calles de palmeras que esbeltas
se mecían al impulso del viento y se inclinaban a la vez como un
coro de doncellas se inclina a la voz de un sacerdote; y su suelo
verde, orlado de rosas, que llenaban la brisa con sus perfumes.
Bella y pura como aquellas flores, vivía allí una mujer; se
decía que era hija del Muftí y ya iba a hacer diez y seis años que
el sol alumbraba la pálida frente de aquella joven. Su faz estaba
sombreada por una cabellera negra que en trenzas caía bajo el
turbante blanco. Sus ojos rasgados revelaban la ternura, la pasión
y el entusiasmo. La boca era roja como la flor del granado; su cara
bella como la de las mujeres de Grecia. Vestía la joven un dormán
de terciopelo rojo ceñido con banda de cachemira azul. El
sentimiento, con su dulce melancolía, había formado esa flor que
brillaba en la soledad, y que parecía condenada a marchitarse como
las trinitarias que nacen en el fondo de una gruta.
Jericó se preparaba para una gran fiesta, para un día de júbilo;
en algunas de sus casas lucían coronas de rosas sobre las puertas;
en los alminares ondeaba el verde pabellón del Profeta, y la media
luna brillaba sobre la cúpula de las mezquitas. Los turcos
abandonaban su habitual pereza y recorrían las calles vestidos
lujosamente; todos los pastores de los campos, habían dejado sus
rebaños para acudir a la fiesta y ostentaban esos variados trajes
que dan a toda festividad en Oriente un aspecto encantador; en las
calles se habían regado hojas de naranjo y rosas; el sol magnífico,
parecía complacerse en alumbrar esa nueva alegría de Jericó.
Ibrahim, el hijo de Mamet-Alí, virrey de Egipto, después de sus
triunfos, que lo llevaron hasta las puertas de Constantinopla,
precedido de un nombre que recordaba a los musulmanes el tiempo de
sus grandes conquistas; Ibrahim, hermoso y lleno de gloria, iba a
hacer su peregrinación, a orar en la mezquita de Omar, y día hacía
su entra da en Jericó.
El Muftí, encantado con esa muestra de fe del joven guerrero,
estimulado por el fanatismo y sacado de su retiro para dar al
Sultán nueva prueba de su mala voluntad, había hecho preparar la
aldea de la manera más digna para recibir al caudillo, y en su casa
quería ofrecerle regia hospitalidad.
-¡Gloria sea dada a Alah!
-Él proteja a los que defienden la ley de su Profeta.
Tal fué el saludo que se cruzó entre Ibrahim y el Muftí al
encontrarse. Después fueron juntos a una mezquita; cada cual oró en
silencio, hizo las genuflexiones que el Alcorán prescribe, y con la
gravedad característica de los orientales, ambos se dirigieron a la
casa del Muftí, en donde para el nuevo huésped se había
improvisado, en medio de los jardines, una rica tienda colgada de
telas de Damasco, y en cuyo suelo se habían tendido mullidas
alfombras de Esmirna. Allí se le ofreció una pipa cuyo tubo, en
larga espiral, pasaba por entre agua que la noche había serenado;
se le sirvió café de Moka y se le dejó entregado al descanso sobre
cojines de terciopelo. Fué sacado de su sueño por una alegre música
que se aproximaba a la tienda, y que se mantuvo a cierta distancia
tocando sonatas guerreras, como esperando a que Ibrahim manifestase
su voluntad de que se aproximase o se alejase; pero como éste
seguía indolentemente silencioso, la música se acercó y se detuvo
al frente de la tienda. Ibrahim seguía echando enormes bocanadas de
humo, que veía elevarse al cielo, como para matar su incurable
hastío.
Después, vinieron poetas a recitarle versos compuestos en su
honor, a improvisar en su presencia poemas en que Ibrahim era el
héroe, pero él permanecía en ademán de profundo fastidio, y cansado
de obsequios, acariciaba su luenga barba negra, o cerraba los ojos
para aparentar que dormía.
El Muftí había permitido que las mujeres de su casa, cubiertas
de un espeso velo, pudiesen acercarse a Ibrahim a besar la orla de
su vestido, y él se resignaba a este nuevo honor con el mismo
fastidio con que oía, la música y los versos.
Tímida y vacilante como una cierva sorprendida en medio de la
pradera, se presentó Kerima, la supuesta hija del Muftí, cubierta,
como las otras, con espeso velo; y el indolente Ibrahim volvió
casualmente la mirada, al mismo tiempo que ella, sobrecogida por el
movimiento de aquél, pisó el ve lo que la cubría, desprendido el
cual, dejó visible su hermosa faz,
Dos hombres pudieron contemplarla, y ambos la amaron.
El uno fue Ibrahim.
II
Un hombre pálido, de barba negra y de mirada melancólica, vaga
tristemente por Jericó, sin participar de la fiesta y sin asociarse
con nadie. Es un árabe que siente circular por sus venas la sangre
de los héroes; que pertenece a esa raza destinada a mandar, y que
dió a Mahoma sus conquistas, pero que hoy se ve oprimida por los
turcos y obligada a retirarse a los desiertos para salvar su
orgullosa independencia. Este hombre tiene corazón de guerrero,
pero ha visto pasar sus días en triste indolencia; es poeta, pero
sus versos se han perdido, sin eco, en las soledades del desierto;
es jóven, y ya el dolor ha estampado sus huellas sobre su pálida
frente.
Demasiado orgulloso para someterse al yugo de los turcos, para
hacerse esclavo, pero indolente quizás para moverles una guerra
incansable hasta conquistar su propia libertad y la de sus
hermanos, ha visto pasar las horas de su vida como las ondas de
aquel río que ha contemplado en sus paseos literarios, sin dejar
rastro de su paso. Poeta, ha oído el canto misterioso de la
naturaleza; ha sentido inspiración sublime; ha tenido sueños de
amor, e imágenes encantadoras han cruzado por su alma; pero de todo
esto sólo le ha quedado la tristeza que domina al genio y el dolor
de la desventura que desgarra el corazón.
El ruído que los hechos de Ibrahim causaban en el mundo, había
alcanzado a la tienda solitaria de Ali Omar, quien, lleno de
admiración por el genio, al tener noticia de que llegaba aquél a
Jericó, ensilla su caballo más hermoso, y tomando un alfanje que
había heredado de sus abuelos, rica joya cuyo puño estaba
incrustado de piedras preciosas y cuyo filo había cortado en otro
tiempo muchas cabezas de cristianos, resuelve salir a su encuentro
a ofrecerle su brazo en la guerra contra el Sultán, el enemigo
común, y a tributarle el homenaje de su admiración. Pero al llegar
y ver la multitud que humilde se postraba ante el guerrero, su
orgullo lo contuvo, y bajando de su caballo, que dejó libre en el
campo, se mezcló entre la turba y se dirigió con ella a la tienda
de Ibrahim, sólo para contemplarlo de cerca.
Reclinado contra un pilar de la tienda de Ibrahim y olvidado de
todos, estaba Ali-Omar, cuando la hija del Muftí dejó caer su velo;
el corazón de Alí-Omar dió un vuelco, sus mejillas se encendieron y
sus ojos centellearon.
La mujer de sus sueños fantásticos, la ilusión venturosa de su
vida, la virgen de sus poemas melancólicos, la flor de la poesía y
del misterio, apareció a los ojos de Alí-Omar, espléndida y
magnífica, en Kerima, y así la amó desde ese instante.
En Oriente, bajo su cielo de fuego, el hombre tiene un alma
apasionada, una imaginación entusiasta; allí nacen de una mira da
las grandes pasiones, como nacen de una palabra las grandes
verdades y las revelaciones eternas. Alli el hombre ama, la mujer
inspira, y después, la vida es un himno de felicidad o un poema
sembrado de dolores.
*
**
La fiesta ha pasado; los jardines del Muftí están desiertos, y
desde lo alto de la Mezquita se oye la voz de los ulemas, que dan a
los creyentes la señal de la oración; sin embargo, el árabe no se
ha alejado y se pasea impaciente por las alamedas, dominado por el
recuerdo de su hermosa visión. De repente, su mirada se detiene en
una persiana cuyas cortinas se agitan como movidas por la brisa, y
al través de ellas, descubre el rostro encantador de Kerima, y dos
ojos que, negros y brillantes, se fijan en él... ¡Ah!, ¡primera
mirada de amor en que un alma se comunica a otra...! Mudo, solemne
juramento que dos almas, que el acaso ha reunido, se hacen de
amarse siempre y de vencer el destino que intente separarlas.
La noche vino a interponer su velo entre las miradas de Kerima y
de Ali-Omar, y éste se vió obligado a retirarse; pero temeroso de
que, al alejarse de ese sitio, se desvaneciese como un sueño esa
visión que lo hacía tan dichoso.
Cuando el Muftí creyó que Ibrahim habría descansado, vino a su
tienda a informarse de lo que pudiera aún hacerle falta y a darle
la despedida de noche, deseando que Aláh le enviase sueños
dichosos.
-Santo y noble Muftí -le dijo Ibrahim cuando sentados ambos en
un diván, con las piernas cruzadas y reclinados sobre el espaldar,
fumaban ceremoniosamente sendas pipas de cuello de ámbar-, poseeis
la más rica perla de Oriente, y por tenerla yo, daría la mejor
parte de los dominios de mi padre Memet-Alí. Sois rico y mirais la
riqueza sólo como medio de dar gloria a Alah, pero me atrevo a
ofreceros el más hermoso de mis elefante blancos, diez camellos de
los de mi comitiva cargados de riquezas y una lámpara de plata que
arda siempre en la mezquita donde elevéis vuestras plegarias.
- Alabado sea el nombre de Alah y hágase en todo su
voluntad-contestó el Muftí- pero él, grande y poderoso Ibrahim, no
quiere que esa niña sea la mujer de un creyente.
-¿Y por qué medios os ha revelado él su Voluntad?
-Es un secreto que no puedo confiaros; pero os bastará que en
nombre del Alcorán, ley sagrada para nosotros, os amoneste para que
no pensáis en esa mujer...
-¿Me la rehusais formalmente?
-Nada, señor, podrá quebrantar mi voluntad, porque ella está de
acuerdo con los mandatos de Aláh.
Los musulmanes, que son silenciosos, poco prolongan sus
conversaciones, y este diálogo pareció demasiado largo a Ibrahím y
al Muftí; así es, que después no se cruzó entre ellos una palabra y
aquél se quedó meditando en los medios de llevar a cabo sus planes,
mientras el Muftí se retiró lamentando su fatal condescendencia en
haber permitido que la joven, quebrantase su riguroso
aislamiento.
*
**
El árabe Alí-Omar, entretanto, devoraba en la soledad su pasión,
sin tener con quien comunicar sus esperanzas y sus temores. Solo y
entregado a los recuerdos de esa bella mujer, encontrada como por
encanto en medio de la vida y que luego había desaparecido, dejando
impresa en el alma su seductora imagen; entregado a los sueños de
su imaginación acalorada, Veía en ese encuentro la obra del destino
y no dudaba que esa mujer, a pesar de los inconvenientes, habría de
ser la suya, para ofrecerle como tributo su tienda sombreada por
las palmas, el rebaño heredado de sus padres, una yegua blanca que
la condujera rápida como el viento y su corazón, su vida entera,
para pasarla oculto y feliz en el desierto... Esa mirada que había
brillado tras de la celosía, ¿era una realidad o una visión
hermosa? ¿Cómo Ver a Kerima otra Vez? ¿Cómo hacerla conocer su
amor? Tales preguntas se hacía el árabe en la soledad y no sabía
qué contestarse. El día lo pasaba a la orilla del torrente, viendo
correr las ondas que se deslizaban, llevando cada una la imagen de
la mujer amada, imagen que se desvanecía cuando intentaba
detenerla. Por la noche volvía a Jericó guiado por la esperanza y
contentándose con respirar el mismo aire que ella y con enviarle
sus trovas de amor en las brisas que pasaban.
En Oriente, el poeta tiene entrada segura a todas las tiendas, y
el mayor obsequio que a un huésped puede hacerse consiste en que
los bardos improvisadores vayan a cantar sus glorias y a referir
sus hazañas. Alí-Omar se presentó en casa de Muftí a recitar sus
versos ante Ibrahim y fue recibido con benevolencia e introducido a
la tienda del Bajá.
Al empezar su recitación estaba más pálido que nunca, su voz
temblaba, su mirada distraída parecía buscar lejos de la tienda
inspiración; luego una sonrisa inefable vagó por sus labios, y con
voz cadenciosa fué relatando un poema de amor, tan bello, tan
sentido, que a todos sorprendió, y el mismo Ibrahim se levantó
agitado. Cuando el poeta concluyó su narración, Ibrahim, tomándolo
de la mano, lo llevó al jardín, y allí, paseándose, le dijo:
-¿Quereis seguirme al Kairo?
-Ayer lo habría ambicionado; hoy me es imposible.
-Os puedo hacer rico.
-Aquí tengo un tesoro que no puedo abandonar, superior a todas las
riquezas del mundo.
-Hablais como poeta.
-No creo serio.
-¿Y el hermoso poema que acabais de recitar?
-Sólo he expresado lo que siente mi alma; cuanto he dicho es la
manifestación de mis pensamientos consagrados a la mujer
amada.
-Pero ella no podía escucharos, y hablais con tal fuego...
-¡Ah! ¡Sí!.., quizás...
En este momento el diálogo fue interrumpido por la sorpresa que
les causó la caída de una rosa blanca, arrojada desde una ventana.
Ibrahim miró hacia arriba y vió los ojos de una joven; inclinóse a
coger la flor que había sido arrojada, haciendo al mismo tiempo una
señal de agradecimiento y de satisfacción; pero la rosa ya no
estaba allí.
-¿Mi rosa?-preguntó al árabe con tono altanero y disgustado.
-¡Vuestra rosa! No la he visto-le contestó Alí-Omar en tono no
menos altanero.
-Os la arrancaré junto con el corazón- replicó furioso Ibrahim,
mientras echaba mano del puñal que tenía en la cintura.
Un grito agudo y penetrante se oyó detrás de las celosías.
Ibrahim, apenas había levantado el puñal se sintió cogido del
brazo como por una tenaza de hierro que he impedía todo movimiento,
al mismo tiempo que el árabe decía:
-¡Ibrahim! Matais a los hombres no sólo por aumentar los
dominios de vuestro padre sino por arrebatarles lo que es suyo y
satisfacer vuestros caprichos; ¡y os llaman Ibrahim el Grande!
Ibrahim experimentó algo que nunca había sentido, porque jamás
había sido contrariado abiertamente; algo como rabia, pero también
algo como admiración por el hombre que se atrevía a oponérsele, y a
enrostrarle su conducta faz a faz.
Pronto volvió de su arrebato.
-He obrado como un niño-dijo os debo dos bienes: el haberme
hecho experimentar el placer de encontrar la resistencia y el haber
advertido una falta a tiempo para corregirla. Algo extraño pasa en
mi vida- continuó -que la quebranta, que la desquicia o que la
perfecciona, pero que no me puedo explicar. Ayer sentí Una dicha
inefable al contemplar el rostro de una mujer; hoy sufro una
desazón en el alma al ver que os apoderais de esa rosa, y he
experimentado contra vos un rencor que jamás había sentido contra
mis enemigos en medio del combate explicarme esos
sentimientos?
-Son amor y celos.
-¿Y por qué lo creeis así?
-Porque amor y celos siento yo; y en vuestra mirada, al levantar el
puñal, he visto el mismo fuego, que está devorando mi alma.
-¿Amais a esa mujer? - dijo señalando hacia la galería.ç
-Más que a mi vida.
-¿Sabeis quién es?
-No.
-Bien; somos rivales y nos disputamos el afecto de una mujer
desconocida; separémonos como amigos, para que cada uno dé rienda
suelta a sus esperanzas y realice sus empresas; pero dadme esa rosa
que me pertenece.
-¿Por qué os pertenece, Ibrahim?
-Porque jamás he deseado la independencia del Egipto, como ahora
deseo esa rosa; porque jamás he cometido un crimen y lo cometería
ahora si me la negáseis; pero jamás he creído que haya otro hombre
más grande que yo o Memét-Alí, mi padre, ante el cual me inclino
con reverencia, y me sentiría hoy humillado si otro poseyera esa
rosa.
-Héme aquí, Ibrahim, solo en el mundo; salido del desierto, sin más
bien que el sol que a todos ilumina, sin más ambición que la de mi
salvaje independencia, pero dispuesto a negaros esa rosa, porque es
mía y porque sabré defenderla, con las fuerzas que mi valor dan un
amor inmenso y mi propio derecho.
Tomó la rosa que había ocultado en el pecho y, llevándola a los
labios, repitió:
-¡Es mía! ¡Venid a quitármela!
La extrema agilidad de los árabes, que saltan sobre el lomo de
un caballo que va a escape, con tanta facilidad como suben a la
copa de una palmera o salvan un abismo, puso a Alí-Omar a una
distancia tal de Ibrahim, que éste no pudo herirlo, y con voz
terrible, le gritó:
-Desafiais mi cólera, provocais mi venganza y excitais mi
orgullo; ¡bien! Esa rosa es mía; donde quiera que vayais, iré yo, y
conquistará el suelo que piseis, para obligaros a entregármela.
*
**
Jamás amante venturoso fué tan feliz como el árabe en la
soledad, aspirando el perfume de su rosa. Cuanto hay de sublime y
poético en el amor del alma, que nada pide a los sentidos y que la
levanta de la tierra a un mundo de ensueños y delirios, venía a
encantar los instantes de su vida.
Con su flor colocada sobre el corazón, volvió Alí-Omar al
desierto, no ya sombrío y meditabundo como antes, sino alegre,
orgulloso y satisfecho; halagado por la esperanza y soñando con la
felicidad. Hermosa flor que perfumaba su corazón y que, con el
lenguaje del sentimiento, le revelaba lo que la voz humana jamás
podrá decir.
Guiado por su amor a la soledad, iba a las orillas del Jordán a
saborear, en presencia del apacible río, sus dichas ideales y su
ventura soñada. Las almas nobles ven marchitar sus sentimientos con
el roce del mundo y evaporarse el perfume de su pasión al abrir su
corazón a otros; pero sienten, así mismo, una necesidad de
expansión que no se puede dominar y son felices cuando encuentran
un río cuyas ondas parecen suspirar de amor; un río que se
arrastra, que se agita también llevado por el destino y que,
ruidoso y gemebundo, armoniza siempre con el corazón
apasionado.
Ibrahim siguió su peregrinación a Jerusasalén, pero un
pensamiento menos santo le dominaba ahora y todos los momentos de
su vida; el amor de Kerima le acompañaba y el recuerdo deja rosa
blanca que el árabe, le había arrebatado, no dejaba de
atormentarle.
Ibrahim era demasiado poderoso y creía que esa mujer llegaría a
amarle, si él se empeñaba; pero conocía también el carácter
inflexible del Muftí, sabía que nada le haría ceder, puesto que
había dicho que Kerima no podía ser de un musulmán.
Había en Jericó una cristiana a quien el Muftí detestaba, con el
odio que inspira siempre entre los musulmanes, entregados al
fanatismo, una persona de otra religión.
Había encontrado siempre en ella una Voluntad inflexible y un
carácter enérgico. Y este odio se arraigaba en el Muftí, porque la
cristiana era la única que sabía medicina en la aldea y con su
caridad había llegado a hacerse la Providencia de los desgraciados,
que la respetaban y la querían; él mismo había tenido que pedirla
sus servicios y la debía la vista, rescatada por ella a fuerza de
ciencia y de cuidado.
Esta mujer era la única amiga de Kerima y en los momentos en que
el Muftí se descuidaba, iba a su habitación y allí permanecían las
dos largo tiempo en misteriosas confidencias.
Una noche en que Alí-Omar melancólico como siempre, rondaba los
alrededores de la mansión del Muftí, vió una mujer envuelta en su
|kaik y cubierta la faz que, cuando estuvo un poco delante de
él, levantó el brazo derecho y señaló con el índice un punto en el
espacio. El árabe alzó, la mirada y vió en el punto señalado por la
mujer una luz encendida, luz que estaba en un mirador de la casa
del Muftí. La mujer desapareció sin que Alí-Omar tuviese tiempo de
detenerla, de interrogarla y de averiguar qué significaba esa luz;
pero los amantes tienen una fe que les interpreta todos los enigmas
y una aplicación para todo cuanto los demás no pudieran
comprender: Ali-Omar adivinó que esa luz era encendida por Kerima,
como un medio de comunicarse su fantástica pasión.
Y desde esa hora, para él afortunada, pasaba el árabe las horas
enteras contemplando la luz, y su corazón palpitaba en medio de
emociones supremas, hasta que la claridad. Importuna del día venía
a sacarlo de su éxtasis. A veces le parecía que una sombra se
interponía entre la luz y él, y venturoso creía ver a Kerima,
lánguida y poética, velando también, y cuando el viento producía
algún leve ruido, creía escuchar el eco de las palabras que ella le
enviaba...
En medio de la noche Ali-Omar dirigía es tos versos a
Kerima:
-
- Tus ojos negros, rasgados,
¡Ay, cristiana!
Quiero ver,
Al través de la persiana,
Y te juro que mañana
Serán tus hierros quebrados
Si en tus ojos adorados
El amor puedo leer.
¿Qué es la gloria y la fortuna?
¿Qué es la vida sin tu amor?
Una sombra maldecida
Por el tedio consumida;
Una carrera importuna
Sin esperanza ninguna
Y por término el dolor...
III
IBRAHIM había logrado hacer llegar hasta Kerima sus
pretensiones, y con gran sorpresa suya, ella no había cedido a sus
deseos de ir al Kairo... Escribió al Muftí
solicitando de nuevo, y amenazando con el poder de las armas. Muftí
conoció que aquella resolución sería efectuada por fuerza si él no
se apresuraba a evitarlo, y a pesar de sus años, se puso en marcha
hasta donde estaba la caravana de Ibrahim, quien, apenas lo vió,
salió a su encuentro lleno de esperanza y le colmó de agasajos y de
atenciones.
Esa noche el Muftí pidió una conferencia privada a Ibrahim, y ya
tarde, apartándose de las tiendas de la caravana, se fueron a
hablar a campo raso. La noche estaba clara, el aire puro y cargado
con los perfumes con que el áloe, la mirra y el incienso lo
embalsaman al caer las sombras en el desierto; el viento producía
rumor sordo entre las hojas de las palmeras, y la luna, ya en el
ocaso, iluminaba la figura imponente del Muftí, con su barba blanca
y larga vestidura, y el hermoso rostro de Ibrahim.
-Por el nombre de Aquél que guía los mundos-dijo el Muftí-y que
dió a la luna luz en el momento de la Hegira de nuestro Profeta,
como se la da ahora para que nos alumbre; por el nombre de Alah,
santo y supremo, juradme, poderoso Ibrahim, que guardaréis en
secreto lo que voy a contaros, movido por la necesidad y temiendo
la violencia de las pasiones, que arrastran siempre a la juventud a
espantosos extremos.
-Os juro por Alah y por mi padre Memet-Alí, el más grande de los
mortales, que guardaré reservado en mi pecho lo que vais a
decirme.
-«Oídme. Hace quince años mí barba no había encanecido, y mi pecho
rugía, agitado por las pasiones; pero mi alta posición y la
religión me obligaban a encerrarlas en mi alma y a presentar rostro
sereno, como esos montes cubiertos de hielo que encierran en sus
entrañas el fuego de los volcanes. Entonces los cristianos del
Epiro y de la Tesalia se rebelaron contra la Sublime Puerta,
proclamaron un rey, y la «guerra Santa» fué declarada en el Imperio
contra ellos y contra todos los infames griegos. Fuí al Epiro con
las legiones musulmanas a ayudar a apagar el incendio y a extender
el dominio de nuestra santa religión; y allí, por mi desgracia,
conocí una cristiana, hermosa, ¡ah! tan hermosa como ninguna otra
ha iluminado el sol... Esta cristiana era la esposa del proclamado
rey, del rey a quien perseguíamos sin descanso, librando cada día
una batalla y dando cada noche un asalto: hasta que cayó en nuestro
poder después de una tenaz y desesperada resistencia».
»Entonces hablé a esa mujer y la ofrecí la vida del rey... pero
el espanto se pintó en su rostro al oir mi proposición, y después
me manifestó supremo desprecio... Hice prolongar los suplicios del
rey, y viendo que nada conseguía, consentí en su muerte, que los
soldados pedían con instancia. Antes quise qué los dos viesen, pues
esperaba que la ternura ablandaría al fin el corazón de la
cristiana, o quería al menos saborear el placer de verlos llorar
juntos. ¡Pero cuál fue mi sorpresa al ver a los dos esposos, en
presencia de la muerte, abrazarse felices, llenarse de cariños y
componer los bucles de una niña de un año que la madre llevaba!...
Ciego de furor, los hice apartar y sólo entonces vi una lágrima en
el hombre, al colocar en el cuello de la niña un amuleto o reliquia
de coral rojo, y vi reflejarse en el rostro de la mujer la
expresión de un amor que jamás había yo imaginado.
»¡El hombre murió como mueren esos malditos griegos: haciendo de
la muerte una fiesta; y la mujer, ¡ay! más bella que nunca en su
dolor, había adquirido una mirada que no pueden tener las huríes
del Paraiso, porque penetraba el alma!
»Yo estaba, no solamente ciego, sino loco, y rechazado siempre,
mi furor no tuvo límites y mi crimen fue inaudito. La soldadesca
estaba insolente, y la irrité, y con mi voz la animé a la
matanza... Entre los prisioneros estaba la reina... Corrí luego a
impedir su muerte, pero fue imposible. Sólo pude arrebatarle la
niña que llevaba en los brazos.. Yo no sé por qué, poco a poco, el
odio se fué extinguiendo en mi pecho; comencé a mirar con interés
su rubia y preciosa cabecita, empezaron a gustarme sus sonrisas, y
al fin la amé. ¿Lo creereis? Al fin la amé como si fuese mi hija, y
no me he atrevido ni aun a hacer que abrace nuestra religión, y la
he dejado cristiana... Ya veis, ¡oh, Ibrahim! que no puede ser
vuestra esposa».
Después de esta larga relación, el Muftí quedó abatido, como si
el recuerdo de los dolores pasados hubiera quebrantado su alma; e
Ibrahim, pensativo y silencioso, como viendo en la relación que
acababa de escuchar los estragos que en un corazón amante produce
una pasión alimentada con locas esperanzas.
-¿Y si ella se hiciese creyente?-preguntó Ibrahim al cabo de
algún rato de silencio, con tal ansiedad, como si esa pregunta
hubiese sido la única solución que después de mucho cavilar hubiese
encontrado para poner término a la situación.
-¡Alah lo permita! Pero debo hablaros con franqueza; el recuerdo
de mis pasados crímenes está unido a esa mujer de tal manera, que
creerla renovarlos si hiciese yo la menor insinuación para que ella
abandonase una religión que era la de su padre, a quien yo hice
matar, y la de su madre, que pereció por mi culpa; así, no espereis
que yo trabaje por reducirla a la creencia de Mahoma.
-¿Y ella acaso sabe que es cristiana?
-¡Oh, si, ella lleva en el cuello ese amuleto o cruz, que su padre
le puso, repite con frecuencia algunas oraciones que conservado en
la memoria desde niña, y dice con orgullo inaudito: «¡Soy
cristiana!»
Inflexible parecía el Muftí a todas las proposiciones que
Ibrahim le hacía; y este aparentaba haber abandonado ese propósito
y ocuparse ya de una cuestión enteramente distinta, cuando le
dijo:
-El Sultán ha llamado a los francos para la disciplina de sus
ejércitos y ha echado impuestos de guerra sobre las tierras
sagradas de las mezquitas. ¿Lo sabíais?
-¡Ah! el grande Imperio va a sucumbir, nuestra Santa ley no será
cumplida en ningún pueblo, y antes de que pase un siglo, la media
luna será arrojada de Estambul si Alah prolonga los días del
renegado Abdul-Mejid, que ha desobedecidó mis
|feftas.
-Pero Alab cuenta aún con fervorosos sectarios, que no dejarán
perecer el Imperio ni sucumbir su ley: mi padre quiso colocar su
tienda sobre los muros de Bizancio y me dió ese encargo; pero no
hubo bastante celo en los mahometanos para acompañarme a
restablecer las antiguas costumbres y a dar a la religión su
primitivo brillo, y ya a las puertas de la ciudad sagrada tuve que
ceder a las exigencias de los monarcas de Occidente.
-Ibrahim, si no habéis tenido en vuestro campo a todos los
creyentes, ha sido porque habéis aparecido, no como el sostenedor
de la antigua gloria y de las doctrinas santas de nuestros mayores,
sino como el brazo armado con la cólera divina para castigar la
poca fe del Sultán y desmembrar el Imperio, cumpliendo así la obra
de destrucción que al fin habrá de verificarse: ha sido porque a
vuestro padre se le ha atribuido el designio de hacerse rey de
Egipto, como el padre de Ab-el-Kader quiso serlo de Argel, para
tener que sucumbir después ante los francos, como quiere hacer el
Bey de Túnez, como hacen por doquiera los Vasallos rebeldes.
-Mi padre intentó llevar el prestigio de la antigua doctrina
hasta la ciudad imperial, Porque de allí nace toda corrupción;
pero, no pudiendo lograrlo, intenta hoy engrandecer el Egipto y
hacer que allí sea dado culto a Alah, como se lo dieron nuestros
padres, y que su nombre sea glorificado y bendecido.
-Y Alad premiará sus esfuerzos, porque escrito está en nuestro
libro: El que da gloria a Alah nada debe temer de sus enemigos, y
sus obras tendrán el sello de la grandeza.
-Pero en el sagrado Imperio apenas se escucha la voz de los ulemas,
y la religión no preside ya las fiestas de la Patria.
-Porque el renegado Sultán ha preferido oír la voz del genio del
mal; porque éste no tiene ya la fe que extendió las conquistas del
Alcorán por las cuatro partes del mundo, haciendo que en Damasco,
en Argel, en Medina y en Granada se pronunciase a una misma hora
una misma oración y en una misma lengua; porque han llegado años
aciagos para nuestra religión, y en el trono se ha sentado un hijo
degenerado del segundo Mahomet.
-Aun quedan creyentes, Muftí, cuya fe no se debe dejar apagar, y
vuestra voz no debe permanecer muda en el desierto.
-¿Quien seguirá hoy mis consejos?- preguntó el Muftí con
desaliento.
-Mi padre, que resucita la fe en el Egipto, y su hijo Ibrahim,
llamado por Dios para castigar a los impíos y dar nuevo brillo al
estandarte de la Media Luna. Venid conmigo al Egipto, en donde
encontraréis una mezquita tan hermosa como la que dejasteis en
Constantinopla; y un diván donde vuestros consejos serán oídos y
vuestra voz escuchada como el aviso del cielo.
-¿Y me prometéis, Ibrahim, que jamás, ni Vuestro padre ni vos
intentaréis desmembrar el santo imperio?
-Os lo prometo.
Así quedó convenido que el Muftí con su inmensa servidumbre se
iría al Kairo; y el fanatismo vino a decidir la suerte de
Kerima.
Una Vez llegada Kerima a la lujosa corte de Ibrahim, deslumbrada
por su pompa, fascinada por su poder y rodeada de monumentos y de
trofeos que proclamaban su gloria, su poder y su grandeza, ella se
sentiría orgullosa de pertenecer al hombre nacido para hacer
revivir el imperio de los Faraones, y que, joven aún y hermoso,
reunía lo que una mujer puede soñar en sus horas de ambición, y
todo lo que puede arrastrar a un corazón femenil.
Ibrahim y el Muftí se separaron aquella noche satisfechos de sus
proyectos sobre la regeneración del Imperio.
*
**
Una noche en que Alí-Omar rondaba como siempre la mansión del
Muftí, vió una mujer que se le acercaba, y que, cuando estuvo a su
frente, le dijo:
-¿Sois el poeta que cantó en la casa del Muftí, en la gran
fiesta que dió al hijo de Memet-Alí?
-¿Para qué deseáis saberlo?
-Porque quería hablaros para una expedición.
-Yo no soy hombre de guerra, y vos sin duda solicitáis guardias
para una caravana.
-No; es que el Muftí, con toda su servidumbre, se va para el Kairo
con el grande y poderoso Ibrahim., y vos, como poeta, haríais una
lucida comitiva.
Un rayo que hubiera caído sobre su cabeza, habría sido menos
cruel. Veía desaparecer en un instante todos sus sueños y
realizados todos sus temores. ¡Ibrahim triunfába!
-¿Conserváis la rosa que recogisteis un día al pie de una
celosía?
El árabe llevó la mano al pecho y lo oprimió con vehemencia,
para dar a entender que allí la conservaba.
-Tomad esto, qué entre los nazarenos es signo de libertad y de
martirio-le dijo la mujer, dándole una cruz pequeña de coral
primorosamente trabajada.
Alí-Omar vaciló: una cruz para un creyente musulmán, es una
señal de guerra. La Cruz y la Media, Luna han estado luchando por
siglos, y no se ha pasado uno solo sin que en su guerra permanente
hayan dejado huellas de sangre. El último combate lo había ganado
la Cruz con la libertad de la Grecia.
-Viene de ella - dijo la mujer misteriosa.
Alí-Omar la llevó a sus labios como una prenda de amor, y
olvidándose que era el emblema de la religión de los nazarenos.
La mujer misteriosa desapareció.