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HISTORIA DE UNA ROSA

Vamos a Oriente, la tierra de la inspiración poblada de recuerdos, sembrada de ruinas, iluminada por un sol de fuego, y a donde los cristianos van a contemplar las huellas de sangre que estampó Cristo sobre la más desgraciada de las ciudades, sobre la desolada Jerusalén. Vamos a Oriente, la tierra de la poesía, la que vió aparecer a Eva primaveral, inocente como la flor, entre los esplendores del Paraíso. Vamos a Oriente, la tierra de las grandes pasiones y de los crímenes horribles que inspiran sus desiertos, en donde habitan el chacal y la hiena. Vamos a Oriente, la cuna de Mahoma; a Oriente, donde Cleopatra se hizo adorar como diosa y poner a sus plantas los destinos de Roma. Vamos allá; pero no lleguemos a la ciudad santa, porque no tenemos, como Godofredo de Bouillón, una corona de oro que deponer sobre el lugar donde Cristo llevó la de espinas... Vamos a Oriente a recoger una sencilla historia de amor.

I

Jericó es una aldea que nada conserva de los muros que detuvieron a Tito y Vespasiano; pero que, blanca y perfumada, se levanta sobre un nido de Verdura y de rosas, bajo un cielo brillante y en una comarca en cantadora que va a terminar en el desierto.

Allí se había retirado el Muftí huyendo de Constantinopla escandalizado por las reformas que Abdul-Mejid hacía en el Imperio, y que, según Voz popular, debía atraer las maldiciones del Profeta sobre los que violaban los preceptos del Alcorán y despreciaban los consejos de los ulemas. Habíase retirado con sus inmensas riquezas y muchos esclavos, impulsado por implacable fanatismo, que le hacía mirar con odio todo lo que llegaba de Occidente. Rodeado de Inexpugnables muros, el jardín de Muftí ocultaba a todas las miradas sus tesoros; las enredaderas que formaban grutas a donde jamás llegaba el rayo del sol; las calles de palmeras que esbeltas se mecían al impulso del viento y se inclinaban a la vez como un coro de doncellas se inclina a la voz de un sacerdote; y su suelo verde, orlado de rosas, que llenaban la brisa con sus perfumes.

Bella y pura como aquellas flores, vivía allí una mujer; se decía que era hija del Muftí y ya iba a hacer diez y seis años que el sol alumbraba la pálida frente de aquella joven. Su faz estaba sombreada por una cabellera negra que en trenzas caía bajo el turbante blanco. Sus ojos rasgados revelaban la ternura, la pasión y el entusiasmo. La boca era roja como la flor del granado; su cara bella como la de las mujeres de Grecia. Vestía la joven un dormán de terciopelo rojo ceñido con banda de cachemira azul. El sentimiento, con su dulce melancolía, había formado esa flor que brillaba en la soledad, y que parecía condenada a marchitarse como las trinitarias que nacen en el fondo de una gruta.

Jericó se preparaba para una gran fiesta, para un día de júbilo; en algunas de sus casas lucían coronas de rosas sobre las puertas; en los alminares ondeaba el verde pabellón del Profeta, y la media luna brillaba sobre la cúpula de las mezquitas. Los turcos abandonaban su habitual pereza y recorrían las calles vestidos lujosamente; todos los pastores de los campos, habían dejado sus rebaños para acudir a la fiesta y ostentaban esos variados trajes que dan a toda festividad en Oriente un aspecto encantador; en las calles se habían regado hojas de naranjo y rosas; el sol magnífico, parecía complacerse en alumbrar esa nueva alegría de Jericó.

Ibrahim, el hijo de Mamet-Alí, virrey de Egipto, después de sus triunfos, que lo llevaron hasta las puertas de Constantinopla, precedido de un nombre que recordaba a los musulmanes el tiempo de sus grandes conquistas; Ibrahim, hermoso y lleno de gloria, iba a hacer su peregrinación, a orar en la mezquita de Omar, y día hacía su entra da en Jericó.

El Muftí, encantado con esa muestra de fe del joven guerrero, estimulado por el fanatismo y sacado de su retiro para dar al Sultán nueva prueba de su mala voluntad, había hecho preparar la aldea de la manera más digna para recibir al caudillo, y en su casa quería ofrecerle regia hospitalidad.

-¡Gloria sea dada a Alah!
-Él proteja a los que defienden la ley de su Profeta.

Tal fué el saludo que se cruzó entre Ibrahim y el Muftí al encontrarse. Después fueron juntos a una mezquita; cada cual oró en silencio, hizo las genuflexiones que el Alcorán prescribe, y con la gravedad característica de los orientales, ambos se dirigieron a la casa del Muftí, en donde para el nuevo huésped se había improvisado, en medio de los jardines, una rica tienda colgada de telas de Damasco, y en cuyo suelo se habían tendido mullidas alfombras de Esmirna. Allí se le ofreció una pipa cuyo tubo, en larga espiral, pasaba por entre agua que la noche había serenado; se le sirvió café de Moka y se le dejó entregado al descanso sobre cojines de terciopelo. Fué sacado de su sueño por una alegre música que se aproximaba a la tienda, y que se mantuvo a cierta distancia tocando sonatas guerreras, como esperando a que Ibrahim manifestase su voluntad de que se aproximase o se alejase; pero como éste seguía indolentemente silencioso, la música se acercó y se detuvo al frente de la tienda. Ibrahim seguía echando enormes bocanadas de humo, que veía elevarse al cielo, como para matar su incurable hastío.

Después, vinieron poetas a recitarle versos compuestos en su honor, a improvisar en su presencia poemas en que Ibrahim era el héroe, pero él permanecía en ademán de profundo fastidio, y cansado de obsequios, acariciaba su luenga barba negra, o cerraba los ojos para aparentar que dormía.

El Muftí había permitido que las mujeres de su casa, cubiertas de un espeso velo, pudiesen acercarse a Ibrahim a besar la orla de su vestido, y él se resignaba a este nuevo honor con el mismo fastidio con que oía, la música y los versos.

Tímida y vacilante como una cierva sorprendida en medio de la pradera, se presentó Kerima, la supuesta hija del Muftí, cubierta, como las otras, con espeso velo; y el indolente Ibrahim volvió casualmente la mirada, al mismo tiempo que ella, sobrecogida por el movimiento de aquél, pisó el ve lo que la cubría, desprendido el cual, dejó visible su hermosa faz,

Dos hombres pudieron contemplarla, y ambos la amaron.

El uno fue Ibrahim.

II

Un hombre pálido, de barba negra y de mirada melancólica, vaga tristemente por Jericó, sin participar de la fiesta y sin asociarse con nadie. Es un árabe que siente circular por sus venas la sangre de los héroes; que pertenece a esa raza destinada a mandar, y que dió a Mahoma sus conquistas, pero que hoy se ve oprimida por los turcos y obligada a retirarse a los desiertos para salvar su orgullosa independencia. Este hombre tiene corazón de guerrero, pero ha visto pasar sus días en triste indolencia; es poeta, pero sus versos se han perdido, sin eco, en las soledades del desierto; es jóven, y ya el dolor ha estampado sus huellas sobre su pálida frente.

Demasiado orgulloso para someterse al yugo de los turcos, para hacerse esclavo, pero indolente quizás para moverles una guerra incansable hasta conquistar su propia libertad y la de sus hermanos, ha visto pasar las horas de su vida como las ondas de aquel río que ha contemplado en sus paseos literarios, sin dejar rastro de su paso. Poeta, ha oído el canto misterioso de la naturaleza; ha sentido inspiración sublime; ha tenido sueños de amor, e imágenes encantadoras han cruzado por su alma; pero de todo esto sólo le ha quedado la tristeza que domina al genio y el dolor de la desventura que desgarra el corazón.

El ruído que los hechos de Ibrahim causaban en el mundo, había alcanzado a la tienda solitaria de Ali Omar, quien, lleno de admiración por el genio, al tener noticia de que llegaba aquél a Jericó, ensilla su caballo más hermoso, y tomando un alfanje que había heredado de sus abuelos, rica joya cuyo puño estaba incrustado de piedras preciosas y cuyo filo había cortado en otro tiempo muchas cabezas de cristianos, resuelve salir a su encuentro a ofrecerle su brazo en la guerra contra el Sultán, el enemigo común, y a tributarle el homenaje de su admiración. Pero al llegar y ver la multitud que humilde se postraba ante el guerrero, su orgullo lo contuvo, y bajando de su caballo, que dejó libre en el campo, se mezcló entre la turba y se dirigió con ella a la tienda de Ibrahim, sólo para contemplarlo de cerca.

Reclinado contra un pilar de la tienda de Ibrahim y olvidado de todos, estaba Ali-Omar, cuando la hija del Muftí dejó caer su velo; el corazón de Alí-Omar dió un vuelco, sus mejillas se encendieron y sus ojos centellearon.

La mujer de sus sueños fantásticos, la ilusión venturosa de su vida, la virgen de sus poemas melancólicos, la flor de la poesía y del misterio, apareció a los ojos de Alí-Omar, espléndida y magnífica, en Kerima, y así la amó desde ese instante.

En Oriente, bajo su cielo de fuego, el hombre tiene un alma apasionada, una imaginación entusiasta; allí nacen de una mira da las grandes pasiones, como nacen de una palabra las grandes verdades y las revelaciones eternas. Alli el hombre ama, la mujer inspira, y después, la vida es un himno de felicidad o un poema sembrado de dolores.

*
**

La fiesta ha pasado; los jardines del Muftí están desiertos, y desde lo alto de la Mezquita se oye la voz de los ulemas, que dan a los creyentes la señal de la oración; sin embargo, el árabe no se ha alejado y se pasea impaciente por las alamedas, dominado por el recuerdo de su hermosa visión. De repente, su mirada se detiene en una persiana cuyas cortinas se agitan como movidas por la brisa, y al través de ellas, descubre el rostro encantador de Kerima, y dos ojos que, negros y brillantes, se fijan en él... ¡Ah!, ¡primera mirada de amor en que un alma se comunica a otra...! Mudo, solemne juramento que dos almas, que el acaso ha reunido, se hacen de amarse siempre y de vencer el destino que intente separarlas.

La noche vino a interponer su velo entre las miradas de Kerima y de Ali-Omar, y éste se vió obligado a retirarse; pero temeroso de que, al alejarse de ese sitio, se desvaneciese como un sueño esa visión que lo hacía tan dichoso.

Cuando el Muftí creyó que Ibrahim habría descansado, vino a su tienda a informarse de lo que pudiera aún hacerle falta y a darle la despedida de noche, deseando que Aláh le enviase sueños dichosos.

-Santo y noble Muftí -le dijo Ibrahim cuando sentados ambos en un diván, con las piernas cruzadas y reclinados sobre el espaldar, fumaban ceremoniosamente sendas pipas de cuello de ámbar-, poseeis la más rica perla de Oriente, y por tenerla yo, daría la mejor parte de los dominios de mi padre Memet-Alí. Sois rico y mirais la riqueza sólo como medio de dar gloria a Alah, pero me atrevo a ofreceros el más hermoso de mis elefante blancos, diez camellos de los de mi comitiva cargados de riquezas y una lámpara de plata que arda siempre en la mezquita donde elevéis vuestras plegarias.

- Alabado sea el nombre de Alah y hágase en todo su voluntad-contestó el Muftí- pero él, grande y poderoso Ibrahim, no quiere que esa niña sea la mujer de un creyente.

-¿Y por qué medios os ha revelado él su Voluntad?

-Es un secreto que no puedo confiaros; pero os bastará que en nombre del Alcorán, ley sagrada para nosotros, os amoneste para que no pensáis en esa mujer...

-¿Me la rehusais formalmente?

-Nada, señor, podrá quebrantar mi voluntad, porque ella está de acuerdo con los mandatos de Aláh.

Los musulmanes, que son silenciosos, poco prolongan sus conversaciones, y este diálogo pareció demasiado largo a Ibrahím y al Muftí; así es, que después no se cruzó entre ellos una palabra y aquél se quedó meditando en los medios de llevar a cabo sus planes, mientras el Muftí se retiró lamentando su fatal condescendencia en haber permitido que la joven, quebrantase su riguroso aislamiento.

*
**

El árabe Alí-Omar, entretanto, devoraba en la soledad su pasión, sin tener con quien comunicar sus esperanzas y sus temores. Solo y entregado a los recuerdos de esa bella mujer, encontrada como por encanto en medio de la vida y que luego había desaparecido, dejando impresa en el alma su seductora imagen; entregado a los sueños de su imaginación acalorada, Veía en ese encuentro la obra del destino y no dudaba que esa mujer, a pesar de los inconvenientes, habría de ser la suya, para ofrecerle como tributo su tienda sombreada por las palmas, el rebaño heredado de sus padres, una yegua blanca que la condujera rápida como el viento y su corazón, su vida entera, para pasarla oculto y feliz en el desierto... Esa mirada que había brillado tras de la celosía, ¿era una realidad o una visión hermosa? ¿Cómo Ver a Kerima otra Vez? ¿Cómo hacerla conocer su amor? Tales preguntas se hacía el árabe en la soledad y no sabía qué contestarse. El día lo pasaba a la orilla del torrente, viendo correr las ondas que se deslizaban, llevando cada una la imagen de la mujer amada, imagen que se desvanecía cuando intentaba detenerla. Por la noche volvía a Jericó guiado por la esperanza y contentándose con respirar el mismo aire que ella y con enviarle sus trovas de amor en las brisas que pasaban.

En Oriente, el poeta tiene entrada segura a todas las tiendas, y el mayor obsequio que a un huésped puede hacerse consiste en que los bardos improvisadores vayan a cantar sus glorias y a referir sus hazañas. Alí-Omar se presentó en casa de Muftí a recitar sus versos ante Ibrahim y fue recibido con benevolencia e introducido a la tienda del Bajá.

Al empezar su recitación estaba más pálido que nunca, su voz temblaba, su mirada distraída parecía buscar lejos de la tienda inspiración; luego una sonrisa inefable vagó por sus labios, y con voz cadenciosa fué relatando un poema de amor, tan bello, tan sentido, que a todos sorprendió, y el mismo Ibrahim se levantó agitado. Cuando el poeta concluyó su narración, Ibrahim, tomándolo de la mano, lo llevó al jardín, y allí, paseándose, le dijo:

-¿Quereis seguirme al Kairo?
-Ayer lo habría ambicionado; hoy me es imposible.
-Os puedo hacer rico.
-Aquí tengo un tesoro que no puedo abandonar, superior a todas las riquezas del mundo.
-Hablais como poeta.
-No creo serio.
-¿Y el hermoso poema que acabais de recitar?
-Sólo he expresado lo que siente mi alma; cuanto he dicho es la manifestación de mis pensamientos consagrados a la mujer amada.
-Pero ella no podía escucharos, y hablais con tal fuego...
-¡Ah! ¡Sí!.., quizás...

En este momento el diálogo fue interrumpido por la sorpresa que les causó la caída de una rosa blanca, arrojada desde una ventana. Ibrahim miró hacia arriba y vió los ojos de una joven; inclinóse a coger la flor que había sido arrojada, haciendo al mismo tiempo una señal de agradecimiento y de satisfacción; pero la rosa ya no estaba allí.

-¿Mi rosa?-preguntó al árabe con tono altanero y disgustado.

-¡Vuestra rosa! No la he visto-le contestó Alí-Omar en tono no menos altanero.
-Os la arrancaré junto con el corazón- replicó furioso Ibrahim, mientras echaba mano del puñal que tenía en la cintura.

Un grito agudo y penetrante se oyó detrás de las celosías.

Ibrahim, apenas había levantado el puñal se sintió cogido del brazo como por una tenaza de hierro que he impedía todo movimiento, al mismo tiempo que el árabe decía:

-¡Ibrahim! Matais a los hombres no sólo por aumentar los dominios de vuestro padre sino por arrebatarles lo que es suyo y satisfacer vuestros caprichos; ¡y os llaman Ibrahim el Grande!

Ibrahim experimentó algo que nunca había sentido, porque jamás había sido contrariado abiertamente; algo como rabia, pero también algo como admiración por el hombre que se atrevía a oponérsele, y a enrostrarle su conducta faz a faz.

Pronto volvió de su arrebato.

-He obrado como un niño-dijo os debo dos bienes: el haberme hecho experimentar el placer de encontrar la resistencia y el haber advertido una falta a tiempo para corregirla. Algo extraño pasa en mi vida- continuó -que la quebranta, que la desquicia o que la perfecciona, pero que no me puedo explicar. Ayer sentí Una dicha inefable al contemplar el rostro de una mujer; hoy sufro una desazón en el alma al ver que os apoderais de esa rosa, y he experimentado contra vos un rencor que jamás había sentido contra mis enemigos en medio del combate explicarme esos sentimientos?
-Son amor y celos.
-¿Y por qué lo creeis así?
-Porque amor y celos siento yo; y en vuestra mirada, al levantar el puñal, he visto el mismo fuego, que está devorando mi alma.
-¿Amais a esa mujer? - dijo señalando hacia la galería.ç
-Más que a mi vida.
-¿Sabeis quién es?
-No.
-Bien; somos rivales y nos disputamos el afecto de una mujer desconocida; separémonos como amigos, para que cada uno dé rienda suelta a sus esperanzas y realice sus empresas; pero dadme esa rosa que me pertenece.
-¿Por qué os pertenece, Ibrahim?
-Porque jamás he deseado la independencia del Egipto, como ahora deseo esa rosa; porque jamás he cometido un crimen y lo cometería ahora si me la negáseis; pero jamás he creído que haya otro hombre más grande que yo o Memét-Alí, mi padre, ante el cual me inclino con reverencia, y me sentiría hoy humillado si otro poseyera esa rosa.
-Héme aquí, Ibrahim, solo en el mundo; salido del desierto, sin más bien que el sol que a todos ilumina, sin más ambición que la de mi salvaje independencia, pero dispuesto a negaros esa rosa, porque es mía y porque sabré defenderla, con las fuerzas que mi valor dan un amor inmenso y mi propio derecho.

Tomó la rosa que había ocultado en el pecho y, llevándola a los labios, repitió:

-¡Es mía! ¡Venid a quitármela!

La extrema agilidad de los árabes, que saltan sobre el lomo de un caballo que va a escape, con tanta facilidad como suben a la copa de una palmera o salvan un abismo, puso a Alí-Omar a una distancia tal de Ibrahim, que éste no pudo herirlo, y con voz terrible, le gritó:

-Desafiais mi cólera, provocais mi venganza y excitais mi orgullo; ¡bien! Esa rosa es mía; donde quiera que vayais, iré yo, y conquistará el suelo que piseis, para obligaros a entregármela.

*
**

Jamás amante venturoso fué tan feliz como el árabe en la soledad, aspirando el perfume de su rosa. Cuanto hay de sublime y poético en el amor del alma, que nada pide a los sentidos y que la levanta de la tierra a un mundo de ensueños y delirios, venía a encantar los instantes de su vida.

Con su flor colocada sobre el corazón, volvió Alí-Omar al desierto, no ya sombrío y meditabundo como antes, sino alegre, orgulloso y satisfecho; halagado por la esperanza y soñando con la felicidad. Hermosa flor que perfumaba su corazón y que, con el lenguaje del sentimiento, le revelaba lo que la voz humana jamás podrá decir.

Guiado por su amor a la soledad, iba a las orillas del Jordán a saborear, en presencia del apacible río, sus dichas ideales y su ventura soñada. Las almas nobles ven marchitar sus sentimientos con el roce del mundo y evaporarse el perfume de su pasión al abrir su corazón a otros; pero sienten, así mismo, una necesidad de expansión que no se puede dominar y son felices cuando encuentran un río cuyas ondas parecen suspirar de amor; un río que se arrastra, que se agita también llevado por el destino y que, ruidoso y gemebundo, armoniza siempre con el corazón apasionado.

Ibrahim siguió su peregrinación a Jerusasalén, pero un pensamiento menos santo le dominaba ahora y todos los momentos de su vida; el amor de Kerima le acompañaba y el recuerdo deja rosa blanca que el árabe, le había arrebatado, no dejaba de atormentarle.

Ibrahim era demasiado poderoso y creía que esa mujer llegaría a amarle, si él se empeñaba; pero conocía también el carácter inflexible del Muftí, sabía que nada le haría ceder, puesto que había dicho que Kerima no podía ser de un musulmán.

Había en Jericó una cristiana a quien el Muftí detestaba, con el odio que inspira siempre entre los musulmanes, entregados al fanatismo, una persona de otra religión.

Había encontrado siempre en ella una Voluntad inflexible y un carácter enérgico. Y este odio se arraigaba en el Muftí, porque la cristiana era la única que sabía medicina en la aldea y con su caridad había llegado a hacerse la Providencia de los desgraciados, que la respetaban y la querían; él mismo había tenido que pedirla sus servicios y la debía la vista, rescatada por ella a fuerza de ciencia y de cuidado.

Esta mujer era la única amiga de Kerima y en los momentos en que el Muftí se descuidaba, iba a su habitación y allí permanecían las dos largo tiempo en misteriosas confidencias.

Una noche en que Alí-Omar melancólico como siempre, rondaba los alrededores de la mansión del Muftí, vió una mujer envuelta en su |kaik y cubierta la faz que, cuando estuvo un poco delante de él, levantó el brazo derecho y señaló con el índice un punto en el espacio. El árabe alzó, la mirada y vió en el punto señalado por la mujer una luz encendida, luz que estaba en un mirador de la casa del Muftí. La mujer desapareció sin que Alí-Omar tuviese tiempo de detenerla, de interrogarla y de averiguar qué significaba esa luz; pero los amantes tienen una fe que les interpreta todos los enigmas y  una aplicación para todo cuanto los demás no pudieran comprender: Ali-Omar adivinó que esa luz era encendida por Kerima, como un medio de comunicarse su fantástica pasión.

Y desde esa hora, para él afortunada, pasaba el árabe las horas enteras contemplando la luz, y su corazón palpitaba en medio de emociones supremas, hasta que la claridad. Importuna del día venía a sacarlo de su éxtasis. A veces le parecía que una sombra se interponía entre la luz y él, y venturoso creía ver a Kerima, lánguida y poética, velando también, y cuando el viento producía algún leve ruido, creía escuchar el eco de las palabras que ella le enviaba...

En medio de la noche Ali-Omar dirigía es tos versos a Kerima:

Tus ojos negros, rasgados,
¡Ay, cristiana!
Quiero ver,
Al través de la persiana,
Y te juro que mañana
Serán tus hierros quebrados
Si en tus ojos adorados
El amor puedo leer.
¿Qué es la gloria y la fortuna?
¿Qué es la vida sin tu amor?
Una sombra maldecida
Por el tedio consumida;
Una carrera importuna
Sin esperanza ninguna
Y por término el dolor...
III

IBRAHIM había logrado hacer llegar hasta Kerima sus pretensiones, y con gran sorpresa suya, ella no había cedido a sus deseos de ir al Kairo... Escribió al Muftí
solicitando de nuevo, y amenazando con el poder de las armas. Muftí conoció que aquella resolución sería efectuada por fuerza si él no se apresuraba a evitarlo, y a pesar de sus años, se puso en marcha hasta donde estaba la caravana de Ibrahim, quien, apenas lo vió, salió a su encuentro lleno de esperanza y le colmó de agasajos y de atenciones.

Esa noche el Muftí pidió una conferencia privada a Ibrahim, y ya tarde, apartándose de las tiendas de la caravana, se fueron a hablar a campo raso. La noche estaba clara, el aire puro y cargado con los perfumes con que el áloe, la mirra y el incienso lo embalsaman al caer las sombras en el desierto; el viento producía rumor sordo entre las hojas de las palmeras, y la luna, ya en el ocaso, iluminaba la figura imponente del Muftí, con su barba blanca y larga vestidura, y el hermoso rostro de Ibrahim.

-Por el nombre de Aquél que guía los mundos-dijo el Muftí-y que dió a la luna luz en el momento de la Hegira de nuestro Profeta, como se la da ahora para que nos alumbre; por el nombre de Alah, santo y supremo, juradme, poderoso Ibrahim, que guardaréis en secreto lo que voy a contaros, movido por la necesidad y temiendo la violencia de las pasiones, que arrastran siempre a la juventud a espantosos extremos.

-Os juro por Alah y por mi padre Memet-Alí, el más grande de los mortales, que guardaré reservado en mi pecho lo que vais a decirme.
-«Oídme. Hace quince años mí barba no había encanecido, y mi pecho rugía, agitado por las pasiones; pero mi alta posición y la religión me obligaban a encerrarlas en mi alma y a presentar rostro sereno, como esos montes cubiertos de hielo que encierran en sus entrañas el fuego de los volcanes. Entonces los cristianos del Epiro y de la Tesalia se rebelaron contra la Sublime Puerta, proclamaron un rey, y la «guerra Santa» fué declarada en el Imperio contra ellos y contra todos los infames griegos. Fuí al Epiro con las legiones musulmanas a ayudar a apagar el incendio y a extender el dominio de nuestra santa religión; y allí, por mi desgracia, conocí una cristiana, hermosa, ¡ah! tan hermosa como ninguna otra ha iluminado el sol... Esta cristiana era la esposa del proclamado rey, del rey a quien perseguíamos sin descanso, librando cada día una batalla y dando cada noche un asalto: hasta que cayó en nuestro poder después de una tenaz y desesperada resistencia».

»Entonces hablé a esa mujer y la ofrecí la vida del rey... pero el espanto se pintó en su rostro al oir mi proposición, y después me manifestó supremo desprecio... Hice prolongar los suplicios del rey, y viendo que nada conseguía, consentí en su muerte, que los soldados pedían con instancia. Antes quise qué los dos viesen, pues esperaba que la ternura ablandaría al fin el corazón de la cristiana, o quería al menos saborear el placer de verlos llorar juntos. ¡Pero cuál fue mi sorpresa al ver a los dos esposos, en presencia de la muerte, abrazarse felices, llenarse de cariños y componer los bucles de una niña de un año que la madre llevaba!... Ciego de furor, los hice apartar y sólo entonces vi una lágrima en el hombre, al colocar en el cuello de la niña un amuleto o reliquia de coral rojo, y vi reflejarse en el rostro de la mujer la expresión de un amor que jamás había yo imaginado.

»¡El hombre murió como mueren esos malditos griegos: haciendo de la muerte una fiesta; y la mujer, ¡ay! más bella que nunca en su dolor, había adquirido una mirada que no pueden tener las huríes del Paraiso, porque penetraba el alma!

»Yo estaba, no solamente ciego, sino loco, y rechazado siempre, mi furor no tuvo límites y mi crimen fue inaudito. La soldadesca estaba insolente, y la irrité, y con mi voz la animé a la matanza... Entre los prisioneros estaba la reina... Corrí luego a impedir su muerte, pero fue imposible. Sólo pude arrebatarle la niña que llevaba en los brazos.. Yo no sé por qué, poco a poco, el odio se fué extinguiendo en mi pecho; comencé a mirar con interés su rubia y preciosa cabecita, empezaron a gustarme sus sonrisas, y al fin la amé. ¿Lo creereis? Al fin la amé como si fuese mi hija, y no me he atrevido ni aun a hacer que abrace nuestra religión, y la he dejado cristiana... Ya veis, ¡oh, Ibrahim! que no puede ser vuestra esposa».

Después de esta larga relación, el Muftí quedó abatido, como si el recuerdo de los dolores pasados hubiera quebrantado su alma; e Ibrahim, pensativo y silencioso, como viendo en la relación que acababa de escuchar los estragos que en un corazón amante produce una pasión alimentada con locas esperanzas.

-¿Y si ella se hiciese creyente?-preguntó Ibrahim al cabo de algún rato de silencio, con tal ansiedad, como si esa pregunta hubiese sido la única solución que después de mucho cavilar hubiese encontrado para poner término a la situación.

-¡Alah lo permita! Pero debo hablaros con franqueza; el recuerdo de mis pasados crímenes está unido a esa mujer de tal manera, que creerla renovarlos si hiciese yo la menor insinuación para que ella abandonase una religión que era la de su padre, a quien yo hice matar, y la de su madre, que pereció por mi culpa; así, no espereis que yo trabaje por reducirla a la creencia de Mahoma.

-¿Y ella acaso sabe que es cristiana?
-¡Oh, si, ella lleva en el cuello ese amuleto o cruz, que su padre le puso, repite con frecuencia algunas oraciones que conservado en la memoria desde niña, y dice con orgullo inaudito: «¡Soy cristiana!»

Inflexible parecía el Muftí a todas las proposiciones que Ibrahim le hacía; y este aparentaba haber abandonado ese propósito y ocuparse ya de una cuestión enteramente distinta, cuando le dijo:

-El Sultán ha llamado a los francos para la disciplina de sus ejércitos y ha echado impuestos de guerra sobre las tierras sagradas de las mezquitas. ¿Lo sabíais?
-¡Ah! el grande Imperio va a sucumbir, nuestra Santa ley no será cumplida en ningún pueblo, y antes de que pase un siglo, la media luna será arrojada de Estambul si Alah prolonga los días del renegado Abdul-Mejid, que ha desobedecidó mis |feftas.
-Pero Alab cuenta aún con fervorosos sectarios, que no dejarán perecer el Imperio ni sucumbir su ley: mi padre quiso colocar su tienda sobre los muros de Bizancio y me dió ese encargo; pero no hubo bastante celo en los mahometanos para acompañarme a restablecer las antiguas costumbres y a dar a la religión su primitivo brillo, y ya a las puertas de la ciudad sagrada tuve que ceder a las exigencias de los monarcas de Occidente.

-Ibrahim, si no habéis tenido en vuestro campo a todos los creyentes, ha sido porque habéis aparecido, no como el sostenedor de la antigua gloria y de las doctrinas santas de nuestros mayores, sino como el brazo armado con la cólera divina para castigar la poca fe del Sultán y desmembrar el Imperio, cumpliendo así la obra de destrucción que al fin habrá de verificarse: ha sido porque a vuestro padre se le ha atribuido el designio de hacerse rey de Egipto, como el padre de Ab-el-Kader quiso serlo de Argel, para tener que sucumbir después ante los francos, como quiere hacer el Bey de Túnez, como hacen por doquiera los Vasallos rebeldes.

-Mi padre intentó llevar el prestigio de la antigua doctrina hasta la ciudad imperial, Porque de allí nace toda corrupción; pero, no pudiendo lograrlo, intenta hoy engrandecer el Egipto y hacer que allí sea dado culto a Alah, como se lo dieron nuestros padres, y que su nombre sea glorificado y bendecido.
-Y Alad premiará sus esfuerzos, porque escrito está en nuestro libro: El que da gloria a Alah nada debe temer de sus enemigos, y sus obras tendrán el sello de la grandeza.
-Pero en el sagrado Imperio apenas se escucha la voz de los ulemas, y la religión no preside ya las fiestas de la Patria.
-Porque el renegado Sultán ha preferido oír la voz del genio del mal; porque éste no tiene ya la fe que extendió las conquistas del Alcorán por las cuatro partes del mundo, haciendo que en Damasco, en Argel, en Medina y en Granada se pronunciase a una misma hora una misma oración y en una misma lengua; porque han llegado años aciagos para nuestra religión, y en el trono se ha sentado un hijo degenerado del segundo Mahomet.
-Aun quedan creyentes, Muftí, cuya fe no se debe dejar apagar, y vuestra voz no debe permanecer muda en el desierto.
-¿Quien seguirá hoy mis consejos?- preguntó el Muftí con desaliento.
-Mi padre, que resucita la fe en el Egipto, y su hijo Ibrahim, llamado por Dios para castigar a los impíos y dar nuevo brillo al estandarte de la Media Luna. Venid conmigo al Egipto, en donde encontraréis una mezquita tan hermosa como la que dejasteis en Constantinopla; y un diván donde vuestros consejos serán oídos y vuestra voz escuchada como el aviso del cielo.
-¿Y me prometéis, Ibrahim, que jamás, ni Vuestro padre ni vos intentaréis desmembrar el santo imperio?
-Os lo prometo.

Así quedó convenido que el Muftí con su inmensa servidumbre se iría al Kairo; y el fanatismo vino a decidir la suerte de Kerima.

Una Vez llegada Kerima a la lujosa corte de Ibrahim, deslumbrada por su pompa, fascinada por su poder y rodeada de monumentos y de trofeos que proclamaban su gloria, su poder y su grandeza, ella se sentiría orgullosa de pertenecer al hombre nacido para hacer revivir el imperio de los Faraones, y que, joven aún y hermoso, reunía lo que una mujer puede soñar en sus horas de ambición, y todo lo que puede arrastrar a un corazón femenil.

Ibrahim y el Muftí se separaron aquella noche satisfechos de sus proyectos sobre la regeneración del Imperio.

*
**

Una noche en que Alí-Omar rondaba como siempre la mansión del Muftí, vió una mujer que se le acercaba, y que, cuando estuvo a su frente, le dijo:

-¿Sois el poeta que cantó en la casa del Muftí, en la gran fiesta que dió al hijo de Memet-Alí?
-¿Para qué deseáis saberlo?
-Porque quería hablaros para una expedición.
-Yo no soy hombre de guerra, y vos sin duda solicitáis guardias para una caravana.
-No; es que el Muftí, con toda su servidumbre, se va para el Kairo con el grande y poderoso Ibrahim., y vos, como poeta, haríais una lucida comitiva.

Un rayo que hubiera caído sobre su cabeza, habría sido menos cruel. Veía desaparecer en un instante todos sus sueños y realizados todos sus temores. ¡Ibrahim triunfába!

-¿Conserváis la rosa que recogisteis un día al pie de una celosía?

El árabe llevó la mano al pecho y lo oprimió con vehemencia, para dar a entender que allí la conservaba.

-Tomad esto, qué entre los nazarenos es signo de libertad y de martirio-le dijo la mujer, dándole una cruz pequeña de coral primorosamente trabajada.

Alí-Omar vaciló: una cruz para un creyente musulmán, es una señal de guerra. La Cruz y la Media, Luna han estado luchando por siglos, y no se ha pasado uno solo sin que en su guerra permanente hayan dejado huellas de sangre. El último combate lo había ganado la Cruz con la libertad de la Grecia.

-Viene de ella - dijo la mujer misteriosa.

Alí-Omar la llevó a sus labios como una prenda de amor, y olvidándose que era el emblema de la religión de los nazarenos.

La mujer misteriosa desapareció.

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