CUADRO VII-1502
La india Isabel y Alonso de Ojeda
I
Hacía dos días que la expedición de Ojeda había salido de Cádiz.
Empezaba á declinar el día. El Capitán, recostado sobre la horda de
su navío, veía con cierta tristeza desaparecer en lontananza, poco
á poco, las costas europeas de la península ibérica. A su mente se
agolpaban mil vehementes recuerdos y vagas é indecisas esperanzas,
cuando sintió un bulto á su lado y oyó un suspiro, casi un sollozo,
y al mismo tiempo el bulto se postró á sus pies, y una voz harto
conocida dijo con tembloroso acento:
- Amo, amo mío, perdón, perdón!
- Isabel! exclamó él dando un paso atrás, creyendo en el primer
momento que era la sombra, el espectro de la india, la que habiendo
muerto de pena por su partida, venía en espíritu á buscarle, para
echarle en cara su abandono.
- No me castigue vuesa merced, repuso la india (que nada tenía
de espectro ni de sombra), perdonad á vuestra esclava, señor, si
ella os engañó...
- ¿Pero cómo te encuentras aquí? preguntó Ojeda volviendo de su
sorpresa.
- La noche en que vuesa merced se embarcó, - valiéndome de mi
hermano, - vine á bordo ocultamente, y desde entonces he vivido en
la cala del navío.
- Vive Dios! exclamó el Capitán exasperado, y agolpándosele á la
memoria palabras del Obispo, comprendió que la partida de la india
en su compañía daba razón á las calumnias forjadas contra él. Vive
Dios, que he de castigar la insolencia de esta india!
Y dejándola postrada en el suelo, le volvió la espalda, se puso
á caminar de un lado á otro del navío, meditando en lo que debería
hacer en aquel caso.
- Sí, dijo al cabo de un momento, - no encuentro más salida que
la de virar de bordo é ir á dejarla en la más cercana costa.
Oyó la india, y precipitándose otra vez á los pies de su amo,
juntó las manos diciendo con angustia:
- Matadme, señor, matadme más bien! Prefiero la muerte á ser
alejada de vuestra presencia...
- Es preciso que te enseñe, respondió Ojeda, que mi voluntad es
la que rige, y que si no te traía conmigo era porque motivos
poderosos me obligaban á obrar así.
- Señor, amo mío, bien lo sé que todo lo que hacéis es bueno...
así la muerte de vuestra mano me será grata... pero mientras
respire estaré á vuestro lado.
- La terquedad de esta mujer es asombrosa, - murmuró él un tanto
conmovido con el acento de la muchacha, - pero yo debo dejarla, y
lo haré.
Apenas hubo oído aquellas palabras cuando Isabel se levantó
rápida del suelo y se abalanzó hacia la borda del navío, con
intención de tirarse al mar.
- Qué haces, de exclamo Ojeda, y agarrándola del vestido
impidióle llevar á cabo su propósito.
- Quitarme de vuestra vista, señor, contestó; buscaré la muerte
en aquellas aguas, menos crueles que vos; pondré así tregua á
vuestro afán y no perderéis el tiempo haciéndome llegar á tierra en
donde nadie puede obligarme á vivir contra mi voluntad... Dejadme,
señor, - añadió, pugnando por desasirse de él, - dejadme morir...
que siendo para daros gusto no me pesará.
- Cálmate, Isabel, yo te lo mando.
La india al momento se dejó caer al suelo de rodillas, y sin
contestarle permaneció callada é inmóvil.
- ¿No te tirarás al mar? preguntó él.
- Si vuesa merced me permite quedarme aquí en el navío,
no...
Ojeda no contestó. Durante aquella corta escena había pensado
que no era natural detener la expedición solamente para dejar en
tierra una india, -demasiado adverso les había sido el viento desde
que salieron de Cádiz, obligándoles permanecer á la vista de la
costa, sin poderse mover para desperdiciar la brisa que en aquel
momento les era propicia, por una causa tan poco justificable como
la de abandonar á la pobre esclava en las costas portuguesas, que
eran las que tenían menos lejos, y en donde sin duda se perdería ó
moriría de angustia al encontrarse entre gentes extrañas.
- Levántate, dijo, y aunque te perdono á ti no haré lo mismo con
tu hermano, que tan malamente me ha engañado ayudando en tu
propósito contra mis expresas órdenes.
- Coriano no es culpable sino por mí, contestó ella, - un jefe
como vos no comete injusticias; castígueme vuesa merced á mi que
soy la culpable y no á él que es inocente.
Alonso no contestó, - sentíase enternecido ante aquella grande y
noble naturaleza, y se admiraba que una india salvaje se hubiese
civilizado completamente con dos años de permanencia en España, -
pues no solamente hablaba ya con perfección el castellano, sino que
sus sentimientos eran tan elevados cuanto pulcro su lenguaje. Ojeda
ignoraba tal vez que lo que más prontamente pule y ennoblece á la
mujer es el
|amor, bajo cualquiera de sus formas. Además
(¿por qué no lo hemos de confesar?) el español, en su calidad de
hombre, lo que más le tocaba y enternecia era el cariño de la india
hacia él, creyendo naturalmente que amarle á él era la mayor virtud
que podía tener un mujer, y la prueba más grande de juicio y
civilización que podía dar Isabel.
Así, no solamente perdonó á la india su estratagema, sino que se
contentó con echarle una ligera reprimenda á su cómplice, lo que
sorprendió mucho al indígena que aguardaba algún terrible castigo,
como los que usaban los españoles de aquellos tiempos. Pero si la
lenidad de Ojeda sorprendió al indio, no por eso dejó de tenerle
mala voluntad á su jefe, - y al contrario, como sentía que debía de
agradecerle sus buenos procedimientos para con él, - ese deber que
adivinaba sin comprender, - le hacía mirar mal á su protector, y
esta fue á sus ojos una falta más que añadir al odio que le había
jurado con motivo del cariño que le tenía su hermana, cosa para él
humillante y punible, tratándose del vencedor de su tribu.
II
Tocando de paso en las islas Canarias, la expedición continuó su
viaje con toda felicidad y llegó á fines de Febrero al golfo de
Paria. Después de haber rescatado en aquel punto algunas perlas,
recogido agua fresca, y limpiado y despalmado las embarcaciones,
prosiguieron su ruta con rumbo á la isla de Margarita; en seguida
arribaron á una costa tan fértil y hermosa, que Ojeda la nombró
Valfermoso, que es la que hoy se conoce con el nombre indígena de
Cumaná.
Ya para entonces se hallaban al fin del mes de Marzo, y como
escaseasen los bastimentos y las provisiones, ocurriósele á Ojeda
un ardid para hacerse á ellas, sin tener que descontentar á sus
futuros súbditos arrebatándoles tal vez contra su voluntad lo que
necesitaba; y esto había de ser sin gastar los rescates en aquellas
tierras que no habrían de ser suyas. Con tal intento mandó que
desembarcasen repentinamente en la cercana costa una partida de los
más arrojados hombres de armas, y apostándose en los vecinos
arcabucos y malezas, se echasen á deshoras sobre las poblaciones
indígenas que les pareciesen más abundantes en sementeras y
provistas de alimentos.
Así lo hicieron, y como los desgraciados indígenas intentasen
defenderse, acuchillaron sin misericordia á gran número de ellos,
consiguiendo con esta mala acción muchas hamacas, utensilios de
varias clases, oro, perlas y gran número de cautivos de uno y otro
sexo. El botín fue distribuído equitativamente entre todos los
miembros de la expedición, dejando Ojeda para sí únicamente una
hamaca, y los míseros cautivos fueron reservados para servir en los
trabajos que pensaban plantear en la nueva colonia que habían de
fundar.
Antes de llegar á su destinación, Ojeda resolvió enviar á Juan
de Vergara, que comandaba una de las carabelas, en busca de
provisiones á la Española, dándole cita para la costa de
Coquibacoa, en donde debería unírsele llevando todos los enseres
necesarios para la colonia.
Era Juan Vergara hombre ambicioso y terco, criado en Sevilla
entre la servidumbre de un rico canónigo de aquella ciudad. Se
había unido á Ojeda y á un García de Campos, comúnmente llamado
Ocampo, para hacer fortuna á cualquier costo y sin reparar en
medios, para lo cual embarcó todas sus economías en la expedición,
confiando en que en poco tiempo ganaría grandes riquezas para
volver pronto á España á gozar de ellas.
Ojeda prosiguió su viaje tocando en el puerto de los Flechados y
en la isla llamada de los Gigantes
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, por haberles parecido los habitantes de
ella gentes de una estatura colosal. Encontrando que todas aquellas
tierras eran tristes y estériles, en demasía, pasó sin detenerse
por las bocas del lago de Maracaibo y continuó su rumbo, dejando
atrás las tierras que después se llamaron de Venezuela, y al fin se
detuvo en las que fueron del Nuevo Reino de Granada, en una hermosa
bahía que llamaron de Santa Cruz (cerca del cabo de la Vela) y que
hoy es conocida con el nombre de Bahía Honda.
El sitio era bellísimo, el puerto cómodo y espacioso, y las
tierras circunvecinas fértiles, pobladas por naturales al parecer
de índole mansa y buena, en lo cual se equivocaron medio á medio,
porque pertenecían á la raza goajira, nación de salvajes
indómitos.
Lo que decidió á Ojeda á poblar en aquellos lugares fue el haber
encontrado allí á un español que había vivido un año entre las
tribus circunvecinas y daba muy buenos informes de ellas. Era este
un soldado de los de Bastidas, quien le había dejado en tierra por
equivocación cuando pasó por aquel punto en su viaje de
descubrimiento.
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A pesar de la fama de mansos adquirida por aquellos indígenas
apenas se empezó á talar el monte y trabajar en levantar la
fortaleza para resguardo de la proyectada colonia, cuando los
naturales se levantaron en armas, y atacaron con brío á los
invasores.
Ojeda no tuvo dificultad en vencerlos é infundirles tal terror
que en Breve abandonaron toda determinación de pelear con los
españoles, y no solamente se rindieron, sino que volvieron en són
de paz con ropas de algodón y varias curiosidades que regalaron á
sus enemigos al principio, cambiando sus mercancías después por
cuentas de vidrio, campanillas y otras chucherías
insignificantes... El Capitán distribuía los objetos de poco valor
entre los suyos y guardaba el oro y las perlas en una arca triclave
que tenía para el caso.
Desgraciadamente para nuestro Alonso de Ojeda sus compañeros
eran hombres vulgares y mercenarios, que no deseaban, como él,
conquistar honores á la par que riquezas, sino que sólo se ocupaban
en buscar fortuna á cualquier precio; así, en breve los jefes
tuvieron mil desavenencias, de las cuales surgió una enemistad muy
seria entre el Capitán y Ocampo, que tenía el cargo de inspector
real de la expedición, acabando Ojeda por quitarle la llave que él
tenía del arca de los rescates. Este hombre entonces quiso vengarse
de aquella humillación, sufrida delante de los compañeros de
expedición, haciéndole á Ojeda una guerra sorda entre los
soldados.
Aunque al principio parecía que todo andaba perfectamente en la
incipiente colonia, poco á poco se empezaron á notar síntomas
sumamente desagradables entre los españoles, que se manifestaban
desalentados y descontentos, quejándose sin cesar de lo malsano de
aquel sitio, de la falta de provisiones europeas, de la tardanza de
Vergara en volver de la Española á donde se recordará que había
sido enviado por Ojeda desde fines de Marzo. Además los navíos
surtos en el puerto empezaban á irse á pique comidos por la
|broma que infestaba aquellas costas húmedas y ardientes.
Esto, unido al repentino retraimiento de los indígenas, que ya no
se presentaban á ninguna hora, y por consiguiente cesando el
surtido de alimentos frescos, exasperó á los españoles, minados por
la mala voluntad de Ocampo, y puso á Ojeda en apretado
predicamento. Veíase éste en la necesidad de salir en persona á
buscar comidas con sus más adictos hasta el interior del país, en
donde hallaba sementeras y provisiones, que unas veces arrebataba
por fuerza á los indígenas, y otras cambiaba con los acostumbrados
rescates.
III
Hacía más de cuatro meses que Alonso de Ojeda había arribado al
puerto de Santa Cruz y siete desde que la expedición salió de
España. Empezaba á amanecer una triste mañana de agosto: la
estación de lluvias se anunciaba muy violenta, y los aguaceros eran
de tal manera constantes noche y día, que los desgraciados colonos
sufrían muchísimo con la continua humedad. Las noches eran tristes
y fatigosas por demás, y las pasaban oyendo incesantemente mugir el
viento y azotar el agua sus mal construidos alojamientos, y bramar
sin descanso las olas del mar embravecido, que se estrellaba contra
aquellas costas inhospitalarias.
Después de una noche de lluvia la luz del naciente día despejó
en parte la atmósfera: ya no caía agua, sino que ésta, convertida
en humedísima niebla, se arrastraba por el suelo, se colgaba de las
ramas de los árboles ó se reclinaba perezosamente sobre las faldas
de las vecinas lomas, cosa que producía una sensación desagradable
de frío húmedo que hacía temblar sin producir la frescura tan
apetecida en las tierras cálidas.
Una á una fueron abriéndose las puertas de las habitaciones y
apareciendo al umbral de ellas algunos míseros españoles, pálidos y
cabizbajos. Viendo que había cesado la lluvia salieron de sus
casas, y dirigiéndose á lo que llamaban plaza en la proyectada
población, y que estaba al frente de la fortaleza (único edificio
casi concluído que había) formaron corrillos en los cuales cada uno
se quejaba más ó menos de la noche trascurrida.
- Seguramente el Capitán no ha vuelto aún, dijo uno de los
interlocutores.
- No, contestó otro, estas exploraciones son con frecuencia
peligrosas y dilatadas.
- ¡Cómo habrán sufrido los desventurados con semejante tiempo! -
dijo el primero, estremeciéndose, - á nada le tengo yo tánta
repugnancia como á esa clase de aventuras.
- Tan sin provecho en realidad! añadieron varios.
- Cómo no; repuso el primero, si no fuera por esas provisiones
frescas, pronto se agotarían las que tenemos aquí.
- Y ahora que habláis de provisiones, dijo un alemán regordete y
colorado, ¿quién nos distribuirá la pitanza del día?
- Sin duda el inspector Ocampo, repuso otro.
- No tal! contestó el alemán; me ha dicho él que el Capitán se
llevó la llave del almacén de los alimentos.
- Eso es falso! gritó otro; el Capitán no podía cometer
semejante falta!
- Vive Dios! que si así fuera... exclamo uno de los colonos,
acercándose al grupo.
- No os fatiguéis, dijo interrumpiéndole el primero que había
hablado, que...
- La verdad es, repuso el alemán, sin dejarle acabar, que há
días que oigo quejarse á Ocampo de que el Capitán le quitaba la
llave.
- Os equivocáis, la que quitó fue la del arca de los rescates de
oro, y no la del almacén de provisiones.
- Lo cierto es, dijo otro con desaliento, que estas
desavenencias entre los jefes las pagamos nosotros, pobres
soldados.
- Ah! cuán diferente me pintaba este Nuevo Mundo, cuando en mala
hora me enganché en tan desastrosa expedición! exclamó otro.
- Hé aquí que viene á nosotros el mismo Ocampo! dijeron
varios.
Todos á porfía se apresuraron á salirle al encuentro. Era el
Inspector un hombre de más de cuarenta años, pequeño, rechoncho, de
semblante falso, frente baja, boca delgada y ancha y mirada vaga,
servil é hipócrita.
- Caballeros! dijo con voz chillona y cariñosa; tengo pena de
avisaros que habiéndose llevado el Capitán Ojeda la llave del
almacén de las provisiones me veo en la imposibilidad de
distribuiros los alimentos del día.
- Cáspita! exclamaron algunos, ¡esto no se puede sufrir!
- Un día entero sin qué comer! añadieron otros.
- Qué haremos? exclamaban todos.
- Contentarnos, repuso Ocampo con sonrisa irónica, con los
restos del festín de ayer...
- No se burle vuesa merced de nosotros! gritó un soldado con
tono amenazador.
- Pero otras veces, repuso otro, las provisiones han venido de
vuestra mano, señor don García.
- Así ha sido... pero hoy es otra cosa: no tengo la llave.
- Pretended acaso, - gritó el alemán, poniéndose más rojo que
una amapola y dando golpes contra el suelo enlodado, - ¿pretenden
matarnos de hambre también, además de habernos traído á esta tierra
maldita?
- Esta conducta de Ojeda pasa los límites de la paciencia
humana! dijo uno de los oficiales.
- Resignación, caballeros, resignación! - decía Ocampo con
ironía, - ayuno es meritorio á los Ojos de Dios.
- Harto ayuna quien mal come todos los días! replicó un
soldado.
- Basta, señor, dijeron varios de los más resueltos, rodeando al
Inspector, - por las buenas os pedimos que paséis á darnos nuestras
raciones, si no queréis tener un rato desagradable.
- Siento en el alma, amigos míos, no poder contentaros, pero
teniendo la llave del almacén...
- Por ventura, - contestó uno, no sois vos también uno de los
jefes de esta expedición?
- Así lo había creído, repuso Ocampo con maligna sonrisa, pero
últimamente el Capitán Ojeda se ha apoderado de todo el mando, y
parece que no soy nadie en la empresa...
- Y vos lo permitiréis, señor? le preguntaron.
- Por ahora no puedo hacer otra cosa.
- Si es verdad que no tenéis la llave, - dijo el alemán, que
había estado un rato pensativo, - ¿acaso no hay en este campamento
los instrumentos necesarios para abrir la puerta que decís?
- Eso no lo podría yo permitir, dijo Ocampo. Calmaos, señores, -
añadió bajando la voz y los ojos con fingida humildad, que pueda
ser que esta tarde ó mañana vuelva el Capitán... aguardemos.
- Y entretanto pereceremos de hambre!
- No, no, gritaron todos exasperándose más y más; al almacén!
exclamaron después; al almacén!
Y todos en masa echaron á correr hacia la puerta del granero, y
en quítame estas pajas se apoderó cada cual de una barra, una pala,
una pica, ó una azada, y empezaban á tratar de echar abajo la
puerta, cuando oyeron una voz:
- Deténganse, gritaba, deténganse y no hagan tal!
- Y volviéndose vieron á la india Isabel que salía de la
fortaleza alzando en el aire una llave.
- ¿Qué llave es ésa? preguntaron.
- La de esa puerta, contestó. La hallé en el aposento de D.
García de Ocampo.
- ¿Y él no nos decía que el Capitán se la había llevado?
exclamaron muchos, volviéndose hacia el Inspector que había
cambiado de color, y enmudecido en el primer momento de
sorpresa.
- El Capitán, repuso la india, se la entregó ayer por la mañana
antes de partir.
- Miente! miente la villana! gritó Ocampo fuera de sí, tirando
al suelo la llave que había recibido maquinalmente, sin cuidarse de
otra cosa, ordenó á uno de los alguaciles de campo que por allí
había, que aprehendiese y castigase á la india.
Sin embargo éstos se hicieron los sordos y no obedecieron;
viendo esto Ocampo atravesó por en medio de la gente que se
agolpaba á la puerta del almacén, que ya habían abierto, y se le
fue encima á Isabel, con la daga desenvainada en la mano y los ojos
chispeantes de ira.
- No, no, don García! exclamaron dos de sus amigos, impidiéndole
llegar á la india.
- Dejadme, ¡vive Dios!... que me he de vengar!
- No haréis tal, señor, repuso uno de ellos, porque bien sabéis
que el Capitán no permite que nadie le falte á la india esclava, á
quien protege como á las niñas de sus ojos.
Pugnaba aún Ocampo por desasirse de sus amigos y vengar en la
infeliz su saña contra Ojeda, así como el mentís dado por ella á su
palabra, probando lo embustero que era tan á las claras, cuando
vieron acercarse á toda prisa á dos hombres, que habían salido á
recorrer una vecina loma, por ver si llegaba el Capitán, los que
gritaban desde lejos:
- Una vela, señores! una vela que se dirige á este puerto!
- Una vela! exclamó Ocampo, olvidando al momento la india y su
mezquina venganza, y envainando la daga añadió, ¿será acaso la
carabela de Vergara?
- Probablemente, le contestaron; y sin aguardar más razones
corrieron á difundir la noticia entre los otros colonos, mientras
que Ocampo subía presuroso á la cumbre de la fortaleza para divisar
desde allí el anunciado navío.
Alegrábase en el alma este mal hombre que llegase su cofrade al
puerto, cuando el Capitán Ojeda estaba ausente, para pactar con él
la conspiración que meditaba contra su jefe.
IV
- Para dónde va mi amo? preguntó Isabel á Ojeda á la tarde
siguiente, cuando éste se preparaba para entrar á un bote que le
aguardaba á la orilla de la playa, enviado á tierra por
Vergara.
- ¿No me ves? contestó Ojeda, me ha invitado Vergara á su
carabela, para que vea las provisiones y demás avíos que ha
traído.
- No se ponga vuesa merced en manos de esos hombres, dijo la
india con ímpetu,- el Inspector Ocampo y otros de los que no aman á
mi amo le esperan allá, y bien lo creo que no es con buenas
intenciones.
- No desbarres, Isabel, contestó Ojeda, - los españoles no somos
como los indígenas de estas costas, - no traicionamos á nuestros
compañeros, ni nos tenemos miedo unos á otros.
- Por supuesto que mi señor lo sabe todo mejor que yo, pero
estoy segura de que preparan algún crimen... Ocampo es un mal
cristiano, y no perdona el desaire que le hizo vuesa merced
quitándole la llave del arca de los rescates reales.
- Sueñas, Isabel !... me puede odiar, pero no por eso lo he de
creer traidor.
- Os hace una guerra cruda entre los vuéstros. Señor, amo mío,
no les deis ocasión de poner en vuesa merced sus manos
alevosas.
- A eso no se atreverían jamás! exclamó Ojeda. ¿No sabes que soy
inmune y sagrado á los ojos de mis inferiores, siendo nombrado
gobernador por los mismos reyes? Y si fuesen tan audaces para
atacarme, ¿no tengo acaso mi espada y mi brazo que nadie ha
doblegado jamás? Déjate de niñerías, Isabel, y véte á recoger, que
pronto será de noche.
Al decir esto el valiente Capitán saltó á la lancha, y en breves
instantes la india le vio alejarse y llegar al costado del navío,
subir á él y desaparecer bajo el entrepuente, en unión de varios
españoles que le salieron á recibir con señales de respeto.
Desde el sitio en que estaba, Isabel no podía oír lo que se
decía en la carabela de Vergara, ni distinguir á las claras á los
que se paseaban por sobre cubierta. Pero de repente le pareció que
oía voces altas y destempladas y el ruido de una riña que duró
apenas algunos momento que en seguida la carabela en tan perfecta
quietud, que la india llegó á pensar que nada habría sucedido y que
lo que creyó oír era efecto de su aprehensión no más.
Sin embargo llegaron las primeras sombras de la noche y Ojeda no
volvía á tierra. Atracaron, de regreso del navío, varios oficiales
que estaban presentes allí cuando llegó Ojeda. y aunque la pobre
india hubiera deseado preguntarles por el Capitán no se atrevió á
dirigirles la palabra, temerosa de que la insultase como sucedía
con frecuencia cuando estaba ausente Ojeda, quien la protegía en
toda ocasión, pero á quien ella no se atrevía á quejarse del mal
trato que la daban todos, por lo mismo que el jefe la consideraba.
Envidiábanla los indígenas y odiábanla los españoles, por
consiguiente su existencia era frecuentemente muy amarga, pero ella
todo lo daba de barato en cambio de poder servir á su amo y verle
diariamente: esa era suficiente dicha para ella, y le bastaba y
compensaba ampliamente de todos sus a trabajos y penalidades.
Al fin cerró la noche completamente y como no hubiese luna, y la
atmósfera estaba opaca, dejándose ver apenas algunas estrellas por
entre las rasgadas nubes, como sombras de ellas mismas, - Isabel ya
no distinguía la carabela sino como un bulto negro en medio de las
movientes olas, -bulto inmóvil y silencioso, que nada le decía ni
la revelaba lo que sucedía en su seno. Después de haber aguardado
con angustia más de una hora desde que cerrara la noche, la india,
que no dudaba que le hubiese sucedido alguna desgracia á su amo, se
fue á buscar al único sér que la protegía y amaba en el campamento,
á su hermano Coriano.
Contóle lo que había visto y le confesó sus aprehensiones y
temores, usando del sonoro y suave idioma goajiro, tan enérgico y
propio de su raza valiente y varonil.
- Ah! hermana mía, - contestó el otro en la misma lengua: ¿qué
te importan las querellas é intrigas de nuestros crueles amos, que
son siempre tan duros desconsiderados con nosotros? Déja al amo
preso á manos de sus compañeros, pues nosotros no podemos salvarle,
y aprovechemos esta circunstancia para atravesar la sierra de Ipapa
é irnos á nuestra tierra, á nuestro Coquibacoa, en donde nuestros
padres son aún soberanos.
Isabel no comprendió de todo aquello sino que Coriano le decía
que el Capitán estaba preso.
- ¿Es decir, exclamó, que tú sabes que el Capitán está de veras
preso?... Pues yo no lo aseguro, sino que apenas lo temo.
- Yo no lo temo, contestó el indio, sino que lo sé.
- Tú!... y eso cómo?
- Habiendo pasado esta mañana á la carabela de Vergara á un
mandado del Capitán, mientras me despachaban estuve oyendo hablar á
Ocampo con otros; decían que si lograban que D. Alonso fuese al
buque, fácil sería apresarle y encadenarle. Ellos pensaban que yo
no les entendía.
- Desgraciado! repuso Isabel, ¿por qué dejaste pasar el día sin
decírmelo?
- Yo conocía tu debilidad respecto del amo, y sabía que si te lo
avisaba, el proyecto no se llevaría á cabo; así, buen cuidado tuve
de ocultártelo.
- ¿Y quéqué motivo tenias para querer tan mal á un amo tan
bueno?
- Mi motivo era obligarte á ir conmigo á nuestra tierra... yo,
solo, me hubiera huido hace tiempos si no fuera porque temía
dejarte entre extraños.
- ¿Y creíais, indio menguado, gritó Isabel enfurecida, que yo
seria tan ingrata y traidora que me salvaría dejando al amo en
manos de sus enemigos?
- Me llamas indio, tú, hermana mía! que es la palabra de mayor
insulto entre los españoles, y tú, dime, ¿qué eres entonces?
- Yo soy la sierva, la humilde esclava de Alonso de Ojeda. ¡Oh!
amo mío! exclamó tirándose al suelo con salvaje desesperación, -
amo de mi corazón, ¿por qué te hacen sufrir esos miserables?
- Amancay, Amancay! dijo el muchacho tratando de levantarla y
apaciguarla.
- Mi nombre es Isabel! respondió la india separándose de su
hermano precipitadamente y hablando en castellano. Amancay es
nombre indiano, -
|él me bautizó Isabel, y sólo así quiero
que me llamen.
- Escúchame, pues, Isabel, - respondióle el indio en su propia
lengua y con acento de tristeza: ¿No entiendes acaso que nosotros,
pobres y malhadados cautivos, nada podemos hacer para salvar al
amo, á quien piensan llevar encadenado España? ¿No sería mejor
dejarles á todos ellos é irnos á buscar á los nuéstros?
- Dices Coriano, contestó la otra con fingida serenidad, - dices
bien, - véte tú, abandonas á tu amo porque lo ves en desgracia; en
cuanto á mí, no tengo ya hermano... voy á buscar al único ser que
amo en el mundo, á vivir á su lado ó á morir con él.
Al decir esto, Isabel echó á correr precipitadamente hasta
llegar á la orilla del mar, - y aunque estaba sumamente oscuro se
tiró al agua, y se puso á nadar con la facilidad de un pez,
dirigiéndose al navío de Vergara, que se veía negrear en medio de
la bahía en donde estaba anclado.
V
Estaba Alonso de Ojeda en la más oscura y nauseabunda división
de la bodega de la carabela de Vergara, cargado de hierros y
encadenado como un león, á quien aun así se le teme y se le cree
capaz de libertarse.
Hé aquí lo que había sucedido: como le invitase Vergara á que
bajase á ver las provisiones que había traído, le llevó á una
estrecha bodega, en donde le rodearon sus enemigos, y echándole en
cara mil desafueros, le notificaron que estaba preso. Los cargos
que le hacían eran: el haber querido colonizar en tierra que no era
de su gobernación sino de la de Bastidas; el haber declarado varias
veces guerra á los naturales, contra las expresas órdenes reales,
sacrificando en ella, sin provecho, muchas vidas de españoles; el
haberse apoderado de las llaves del arca de los rescates, que
deberían estar en manos de los tres jefes de la expedición, -
intentando con esto hacerse dueño del tesoro que debería dividirse
equitativamente entre el real erario y los compañeros de la
expedición.
- ¿Esto es todo? preguntó Ojeda.
- ¿Os parece poco? contestaron.
- Sí, es poco, porque con la mayor facilidad puedo probar la
falsedad de esos cargos.
Sin contestarle entonces quisieron quitarle las armas, pero él
se defendió con tánto brío que logró herir á dos ó tres soldados y
salir hasta sobre cubierta, pero allí se vio tan rodeado que no se
pudo defender sino que le arrancaron las armas de las manos, y
encadenándole, le arrastraron hasta sumirle en la bodega más segura
del buque.
Hondamente humillado, y presa de una grande indignación con sus
viles compañeros, que tan cobardemente le habían vencido, Ojeda
pensaba tristemente en la perspicacia natural y el instinto de
Isabel, que te había suplicado no se entregara en manos de
Vergara, - cuando se oyó llamar muy paso por medio de la división
del entrepuente, en que había una ancha grieta. Trató de acercarse
á ese lado en cuanto las cadenas se lo permitieron.
- Amo mío, señor D. Alonso, - decía la india Isabel, ¿estáis
ahí?
- Si, contesto el otro en voz baja, ¿eres tú, Isabel?
- Ah! exclamó ésta con concentrado entusiasmo. ¡ Gracias á
vuestro Dios; os habéis salvado á lo menos con vida!
Isabel le refirió entonces cómo, merced á la costumbre de nadar
que había adquirido desde niña, en la laguna de Coquibacoa, había
podido llegar entre dos aguas hasta el navío, y asiéndose de una
escala de cuerdas que habían dejado pendiente de un costado, pudo
llegar sin ser oída hasta sobre cubierta. Además, el buque estaba
silencioso, y todos parecían descuidados, menos los confederados
Ocampo y Vergara, que platicaban en el camarote, hasta cuya puerta
llegó ella sin ser vista.
- Amo mío, dijo la india al concluir su relación, los españoles
os quieren matar...
- Imposible! exclamó Ojeda interrumpiéndola.
-Lo digo porque lo oí decir... desean salir de vuesa merced para
hacer su gusto y apoderarse de la parte de ganancia que os toca.
Por su conversación supe en dónde os habían encerrado, y como
conozco bien esta carabela, por haber viajado en ella, al momento
recordé que esa bodega tenía una grieta que comunica con este
lugar, que queda debajo de la escalerilla que sirve de
entrepuente... y me vine á buscaros.
- ¿No tendrían por ventura aquestos miserables otro objeto en mi
muerte, repuso Ojeda, que el de apoderarse de mi parte de oro?
- Parece que eso es lo que más les importa, para poderse volver
á España, ricos y en breves días.
- ¿Piensas que saldrán de mi esta noche?
- No, aguardan á mañana, según entendí.
Quedóse Ojeda suspenso un momento.
- Escúchame, Isabel, haré un esfuerzo por salvar mi vida, para
lo cual tratará de hablar con esos rufianes. Entretanto, ánda á
tierra tú, búsca á mis amigos (tú conoces cuáles son), diles lo que
sabes, y explícales bien cuál es mi situación y mi peligro, para
que estén apercibidos y vengan á ayudarme mañana temprano.
- Haré lo que manda el amo, contestó Isabel.
- Pero, ¿cómo volverás?
- Como vine: nadando.
- Te puede suceder algo en medio de la oscuridad de la noche...
¿Si te fatigas antes de llegar á la orilla?
- Señor, más fácil es para mí nadar que caminar y en obsequio de
vuesa merced no puedo sentir fatiga...
- Pero si te alcanzaran á ver desde el buque te podrían
matar.
- Descuide vuesa merced, que yo sé andarme con maña. Echeme la
bendición, mi amo, que ya me voy, y esa me guardará de todo
peligro.
- Ah! Isabel, qué buena eres... sólo tú me has querido en el
mundo verdaderamente, - sólo tú eres capaz de sacrificarte por
mí!
- Repito, respondió ella, que cuando se trata de contentar á mi
amo yo no hago sacrificio, sino que es para mí un placer
servirle.
Dicho esto la india se alejó cautelosamente, y momentos después
Ojeda oyó el ruido leve que hizo al sumergirse en la mar.
VI
Al día siguiente el capitán Ojeda pidió á sus encarceladores una
entrevista, en la cual hicieron un convenio, que ellos (temerosos
del castigo que les podría sobrevenir con motivo de haber puesto
las manos sobre un gobernador nombrado por los Reyes) aceptaron,
después de haber debatido largamente las concesiones que mutuamente
se hicieran. Resolvióse, pues, que se llevarían los confederados
tres de los navíos á España, así como las dos terceras partes de
las ganancias y de las provisiones dejándole al Capitán la carabela
más pequeña y la gente que tuviera á bien quedarse con él
voluntariamente, con la cual él continuaría la empresa de colonizar
aquella costa para cumplir las órdenes de los soberanos. Además,
obtuvo Ojeda de sus asociados que antes de partir le fabricarían un
bote grande que le sirviera en caso de que se dañara su único
navío, cosa muy común en aquellas costas en donde la carcoma echaba
á pique un bajel en poco tiempo. Aunque deseando abandonar la costa
de Tierra Firme lo más pronto posible, Vergara y Ocampo convinieron
en aguardar algunos días en cambio de apoderarse de los tesoros de
la corona, junto con los propios, lo cual se efectuó
inmediatamente, Ojeda fue puesto en libertad.
No solamente Ojeda sino que todos sus amigos y adictos no
pudieron ocultar su indignación y despecho con la incalificable y
pérfida captura del Capitán, y el gran daño que hacían á la
incipiente colonia, truncándola desde su principio y sembrando el
germen de la disolución y la rebeldía entre los soldados.
En tanto que los carpinteros trabajaban en fabricar el bote para
Ojeda, éste levantaba informaciones y pedía declaraciones para
sincerarse después y sacar en limpio su reputación, si sus
enemigos, como lo habían dicho, le acusaban al llegar á España para
perderlo en el ánimo de los Reyes y de sus protectores. Pero como
fuese el Capitán demasiado franco para manejarse con cautela, no
supo ocultar las intenciones que tenía de quejarse de la conducta
falsa de sus coexpedicionarios. Supieron éstos lo que pasaba y lo
que se decía en el campamento contra ellos por instigaciones del
Capitán, y resolvieron aprehenderle de nuevo, amordazarle,
encadenarle, y haciendo embarcar á todos los españoles que
componían la colonia con sus efectos y haberes, darse á la vela,
abandonando por entero la Tierra Firme. Con facilidad llevaron á
efecto su propósito apoderándose en primer lugar del descuidado
Capitán, y metiendo en seguida á todos los demás á bordo; en breve
salieron las cuatro carabelas de Bahía Honda, y se dirigieron á la
Española, en donde pensaban dejar á Ojeda con sus adictos y
proseguir ellos su jornada á España, llevándose el arca de los
tesoros, causa única de todas aquellas desavenencias.
Pocos días después de aquel en que tan miserablemente nuestro
héroe se había visto vencido por la suerte y los malos instintos de
sus compañeros, las carabelas de los confederados anclaron á la
vista de la costa occidental de la isla Española, y como fuese ya
tarde cuando llegaron á ese punto, aguardaban la luz del día para
proseguir su ruta y arribar á la capital de la isla á hora
competente.
Llegó la noche: una de aquellas noches tropicales, luminosas,
serenas, tranquilas, brillantes, iluminadas por tántas y tan
numerosas estrellas, que daban, sobre el mar, en el cual se
retrataban, una claridad vaga y misteriosa de que nadie puede tener
idea sino ha estado en los trópicos y en las orilla del mar.
Además, si el cielo estaba estrellado, el mar parecía imitarle,
porque cada ola se veía ribeteada de luz al estrellarse, producida
por millones de insectos fosforescentes que poblaban las aguas. La
costa se destacaba como una sombra oscura á pocas cuadras de
distancia, y como la atmósfera estuviese tranquila, oíase á lo
lejos el murmullo de los animales nocturnos que pueblan los bosques
tropicales, y llegaban hasta los navíos, en alas de una leve brisa,
variados y deliciosos perfumes despedidos de las flores
campestres.
Aunque llevaba grillos remachados á los pies, Ojeda gozaba á
bordo del buque que le servía de prisión de cierta libertad, y así
permitíanle recorrer la cubierta á toda hora del día y de la noche,
pues bien seguros estaban sus captores de que le sería imposible
escaparse.
Un grupo compuesto de tres personas se veía entre las sombras,
en la popa del navío: era Ojeda y sus dos esclavos, Coriano é
Isabel, á los que por favor especial de los confederados, habían
permitido que le acompañasen y sirviesen durante su cautiverio. El
Capitán contemplaba con ávidas miradas las costas de la isla que
tántas veces había recorrido en su primera juventud, diez años
antes, lleno de brío y esperanzas, y, sobre todo, con libertad.
Recostada á sus pies le miraba Isabel al través de la oscuridad, y
si no le veía con los ojos corporales le adivinaba con el alma, en
tanto que él contemplaba la costa y Coriano parecía dormir
profundamente á su lado enroscado como una culebra.
De repente Ojeda se estremeció como si hubiese recibido un golpe
violento, y volviéndose á Isabel la dijo en voz baja:
- Tengo una idea que me ha inspirado repentinamente, y quiero
consultártela.
- Buena será, señor, siendo vuéstra, dijo ella humildemente.
- Contéstame como una persona racional, pues va en ello mi
vida.
- Hable vuesa merced.
- Primero mira en torno nuestro si hay quien pueda oírme.
Isabel obedeció al momento, - volviendo al cabo de un rato á
decir que toda la tripulación se había retirado á dormir en el
entrepuente, menos el vigía que cabeceaba en el otro extremo del
navío.
- Bien, dijo Ojeda, ves la distancia que hay de aquí á la costa,
¿cuanto tardarías en llegar á ella nadando?
- El tiempo que en igual trecho gastaría un caballo yendo al
trote, contestó ella.
- ¿Y lo podrías hacer tú sin dificultad?
- Por supuesto, señor, aunque fuera doble la distancia.
- ¿Crees que yo también podría hacerlo?
Isabel examinó cuidadosamente el mar y la costa más inmediata,
contestando:
- Sí, mi amo, podría vuesa merced nadar hasta allí sin menor
fatiga, según lo que le he visto hacer otras veces.
- Desenvuélve, pues, Isabel, aquella cuerda y átala fuertemente
para bajarme por ella.
Y al decir esto hacía ciertos preparativos para entrar en el
agua aliviándose de los vestidos más pesados.
- ¿Olvida, mi amo, que tiene grillos en los pies? dijo ella.
- No; pero creo que no bastarán á estorbarme
- Eso sería una locura, - repuso ella,- de seguro vuesa merced
se consumiría.
- Haré la experiencia... de resto, si me voy al fondo del mar,
lo prefiero por cierto, á presentarme en Santo Domingo como un
criminal.
Isabel, que conocía que nadie hacía mudar de determinación á su
amo, una vez que había tomado una resolución, empezó á atar la
cuerda como se lo había mandado, pero temblábanle las manos de
angustia al pensar que de seguro su amo perecería en aquella
descabellada empresa.
- Ya está, dijo al fin con debilitado acento, señalando la
cuerda que pendía del costado de la carabela.
- No temes acompañarme ¿no es cierto? la preguntó él viéndola
trémula y llorosa.
- Ambos nos iremos al fondo, - contestó ella, - pero, téngase
vuesa merced, me ocurre una idea, - exclamó después, - permítame
bajar primero... y cuando esté en la mar, en tanto que nada vuesa
merced, yo sostendré los grillos sobre el agua...
- La empresa será difícil para ti, contestó Ojeda.
- No: creo poderlo hacer, pues en mi tierra yo llevaba cargas
cuando iba nadando en el lago.
- No, Isabel; te fatigarías horriblemente.
- Señor mío, ¡por favor os lo pido! ¿ no soy acaso vuestra
humilde esclava que debería dar su vida por salvar la vuéstra? ¿Por
qué vacila vuesa merced en aceptar un servicio que ofrezco con tan
buena voluntad?
- Ah! Isabel! si todas las mujeres fueran como tú! Haz tu gusto,
- añadió, - hay sacrificios que sería crueldad dejar de
aceptar.
En tanto que hacían los preparativos de tan arriesgada
expedición, uno y otro habían pasado varias veces cerca del dormido
Coriano, el que parecía profundamente aletargado y no había hecho
el menor movimiento.
Momentos después Ojeda se alejaba nadando, en tanto que Isabel
sostenía los grillos de su amo apoyados sobre su cuerpo, y aunque
las cadenas de los grillos le herían las carnes no se quejaba ni
manifestaba sufrimiento.
Sin embargo, á las pocas brazadas Isabel dio un grito de
sorpresa, y Ojeda la oyó decir:
- ¿Qué haces, Coriano? Suélta, miserable traidor!
Y al mismo tiempo le dieron un golpe sobre los pies y una mano
le separó bruscamente de su compañera, - sintió que se hundía al
faltarle el apoyo que le había sostenido, pero tuvo fuerzas para
volver hasta el buque, é instintivamente se asió de la cuerda que
le había servicio de escala para bajar al mar. Entonces buscó con
la vista á Isabel, pero ésta había desaparecido y sólo oyó gritos
ahogados en lontananza, y el sonido acompañado de alguna persona
que nadaba con dirección á la costa. Ya para entonces se habían
alarmado en la carabela al oír los gritos, las exclamaciones y el
movimiento del agua, y viendo que faltaba el cautivo en donde le
habían dejado, le buscaban por todas partes hasta que le
encontraron suspendido á la cuerda y casi ahogado. Izáronle sobre
cubierta, y acudieron á volverle en sí, pues estaba casi muerto, y
con trabajo le hicieron recobrar la vida.
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3
Entretanto, ¿qué había sido de Isabel? Hé aquí lo que Ojeda
imaginó que había sucedido: Coriano, que desde que llegó á las
Indias sólo había soñado con recobrar su libertad, pero no la
quería sin sacar á su hermana del lado de los españoles, á quienes
él detestaba; Coriano, al oír la conversación entre Ojeda é Isabel,
fingiendo dormir, pensó que podía aprovechar aquella circunstancia
para arrancar definitivamente á Isabel del lado de su amo, dejar
perecer al Capitán en la mar, y llevarse por la fuerza á la india á
la costa - aprovechándose de su mayor fuerza y robustez, -
esperando poder abandonar la isla, y pasar á su tierra después, de
cualquiera manera. Lo cierto es que jamás se volvió á tener noticia
alguna de los hermanos, á pesar de que Ojeda apenas recobró Su
libertad hizo exquisitas pesquisas para hallarlos, tanto en la
Española como en las islas circunvecinas. Llegó, sin embargo á su
noticia que por aquellos días se habían Fugado de la Española
varios indios esclavos, oriundos de Tierra Firme, los cuales,
después de embarcarse en canoas que ellos mismos hicieron, , se
dirigieron á las costas del continente. Decíase que estos indios
alzados llevaban una india muy hermosa que lloraba sin cesar y
parecía acompañarlos contra su voluntad.
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1
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La que después los holandeses llamaron
|Curazao.
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2
|
|Rodrigo de Bastidas era un rico habitante de Triana,
licenciado en leyes. que se dio á viajar para buscar fortuna mayor.
En 1525 fundó la ciudad de Santamarta. Fue uno de los pocos
conquistadores que se distinguieron por su humanidad con los
indios, por cuyo motivo sus compañeros le apuñalearon en
Santamarta, estando de Gobernador, y murió de sus heridas en
1526.
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3
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Esta tentativa de fuga la refiere W. Irving en los
|Viajes de
los compañeros de Colón.
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