CUADRO VI - 1500
Las esperanzas de Ojeda
I
Alboreaba el siglo XVI, siglo de gloria y de progreso, - siglo
estupendo, - pues habiéndose descubierto en embrión, durante la
Edad Media, casi todas las ciencias y las artes hoy conocidas, en
éste empezáronse á perfeccionar y á comprenderse. Si en él se
comienza á perder un tanto el espíritu caballeresco que distinguía
á la Edad Media, y escaseaban las heroicas virtudes que se
necesitaban para contrarrestar los grandes vicios, en cambio la
idea de la libertad en el cristianismo hacía yá parte y era el
apoyo y báculo de la civilización moderna en su marcha hacia el
porvenir.
En este siglo se debía levantar la bandera de la rebelión contra
el catolicismo, encabezada en Alemania por el fraile agustino,
conocido en la historia bajo el nombre de Lutero, - otro tanto
hicieron en Suiza, Holanda y Francia los famosos heresiarcas
Zwinglio, Leyden y Calvino, los que aunque causaron tántas guerras
y crímenes, también es preciso confesar que de aquellas disputas de
la
|Reforma surgió la religión católica triunfante y con
mayor brillo y gloria. La Reforma ha obligado á los creyentes no
solamente á tener mayor fe sino á comprender y estudiar su
religión,- porque lo que hasta á los verdaderos cristianos y á los
buenos y mansos de ánimo, no convence á los espíritus indagadores
que no admiten, sino después de haber examinado los motivos que hay
para creer.
A los principios del siglo que nos ocupa yá existía Copérnico,
pero aún no se conocían sus admirables trabajos acerca de las
revoluciones astronómicas de los cuerpos celestes. Contemporáneos
suyos fueron Tycho-Brahe, Ferrari, Paracelso, Ramus, Tartaglia y
otros sabios restauradores es de la ciencia, como Janson (que puso
en uso el microscopio), que iluminaron el mundo con la luz de las
matemáticas, la astronomía, la filología, la filología, la
arqueología, etc. En la misma época comenzaron á establecerse los
principios de la meteorología y la química propiamente dicha; la
anatomía tomó magnas proporciones y se hicieron interesantes
descubrimientos en el cuerpo humano. La ciencia llamada después
geología, tuvo su origen en aquel siglo en que por primera vez los
sabios empezaron á fijarse y estudiar el origen de los fósiles...
Pero no podemos en el estrecho límite de nuestra narración
ocuparnos sino muy superficialmente de los grandes descubrimientos
y hombres sabios de aquel siglo, que fue la verdadera cuna de
cuantos inventos poseemos actualmente, y que vio nacer, florecer y
morir los hombres más extraordinarios de la historia moderna.
No mencionaremos entre los literatos españoles célebres de aquel
tiempo sino á Garcilaso y Lope de Vega, fray Luis de León, Herrera,
Hurtado de Mendoza, los Argensolas, Quevedo, Cervantes, Santa
Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, San Juan de la Cruz, San
Juan de Dios. Camoëns en tanto llena aún con su fama á Portugal,
país que no ha producido ni antes ni después un genio
semejante.
En Inglaterra vivieron entonces Bacon, el filósofo, Shakespeare,
Sidney, Spencer, Walter Raleigh, Marlowe, Ben Johnson y otros
literatos famosos. En Francia bastan los nombres de Montaigne,
Palissy, Ronsard, Brantóme, Amyot, etc., para dar lustre á una
nación. En Italia, ¿qué más gloria que la de Ariosto, Maquiavelo,
Galileo, el Tasso y Guicciardini en las ciencias y literatura?
Entre los escultores y pintores, á Bandinelle, Miguel Angel,
Leonardo de Vinci, Rafael de Urbino, Sebastián del Piombo, el
Perugino, Correggio, Julio Romano, el Ticiano, Veronese,
Tintoretto, A. Carraci, Dominichino, Guido Reni y el joyero
Benvenuto Cellini... Entonces vio la luz el célebre Palestrina,
cuya música sagrada forma escuela. También son contemporáneos los
pintores Velásquez, el Españoleto ó Ribera, Zurbarán, Alberto
Durero, Holbein, y en los últimos años de él nació Van Dyck, y
otros que fueron secundarios y que no nombraremos.
Entre los hombres de Estado que más se distinguieron, bástanos
mencionar (fuera de los que yá hemos nombrado en el curso de esta
historia) á los Médicis, los Dorias, los Montmorency, los Nemours,
los Sobieski, y
|tutti quanti.
Aquel siglo del renacimiento de todo lo olvidado en la oscura
época de la Edad Media, fue el de Carlos V, de Francisco I, de
Enrique IV (de Francia), de Solimán el Grande, de Isabel de
Inglaterra y de Mauricio de Nassau... En fin, para concluir esta
rápida ojeada diremos que jamás se habían visto juntos en una sola
época tántos nombres afamados en las ciencias, las artes y la
literatura, como en el siglo XVI, ni mayor magnificencia, riqueza y
poderío entre los reyes, los guerreros y los grandes de las
naciones civilizadas de Europa.
Pero, dirá el lector, en medio de tánto esplendor y grandeza, y
del ofuscamiento de una civilización que se perfecciona, ¿qué puede
ser el nombre del oscuro descubridor de algunos sitios salvajes del
Nuevo Mundo, como el de Alonso de Ojeda, cuyas hazañas se pierden
entre tántos otros, mucho más conocidos é ilustres? Por cierto que
su nombre no vale nada por sí solo, si no fuera para nosotros el
tipo en que mejor podemos encontrar las virtudes, errores, crímenes
tal vez, costumbres y aspiraciones del español de su tiempo, y por
eso se nos permitirá estudiarle á fondo sin encubrir sus defectos
ni ocultar sus cualidades. No le presentaremos ni como un héroe
perfecto de novela, ni tampoco como un aventurero sin ley ni
principios, sino, repetimos, sólo como la encarnación del espíritu
de su época.
II
El viaje de Ojeda á Tierra Firme había sido desastroso, y
después de tántos sueños dorados y locas ilusiones, no obtuvo en
resumidas cuentas nada digno de mencionarse. El único
descubrimiento de alguna importancia de que pudo preciarse en aquel
viaje, fue el de haber arrimado al lago que los indios llamaban de
Coquibacoa, y que él bautizó de Venezuela (porque sus habitantes
edificaban entre el agua como los de Venecia), lago conocido hoy
con el nombre de Maracaibo. Además siguiendo la pendiente de sus
deseos de llevar algún botín, y viendo que en aquellas costas de
Tierra Firme no encontraba las riquezas que aguardaba, se dirigió á
la Española, y allí olvidó sus buenas intenciones é infringió las
ordenes de la Reina. Después de un altercado con un delegado de
Colón, hízose á la vela hacia otras islas, y se apoderó de gran
número de indígenas que llevó á España para venderlos como
esclavos. Entre los pocos obsequios que logró el pobre Ojeda llevar
á su madre estaba una india muy hermosa de Coquibacoa, que había
bautizado con el nombre de Isabel, así como otro indio hermano
Suyo, á quien llamaba Martín.
Después de visitar á su madre, Alonso se dirigió á Burgos á dar
cuenta al Obispo del mal éxito de su expedición, pues una vez
pagados los gastos, apenas pudieron repartir 500 ducados entre más
de cincuenta personas que tenían parte en la empresa. Sin embargo,
no se crea que estuviese desalentado, al contrario, el espíritu
aventurero bullía en él, y tenía empeño en volver á embarcarse y
seguir en el Nuevo Mundo sus empezados descubrimientos, pues
parecía que más valor, audacia y constancia manifestaba este hombre
cuanto más contraria le era la suerte.
Aunque el Obispo le recibiera al principio con frialdad (el mal
éxito es defecto de muy mala nota entre gentes del carácter de
Fonseca), bien pronto, con su natural perspicacia, comprendió que
aquel joven no era yá el mismo que tánto le había importunado con
SUS locas pretensiones años antes, y que era muy propio para seguir
adelante sus proyectos, habiendo madurado su genio audaz, y perdido
en los vaivenes de la vida aquella delicadeza de sentimientos que á
sus ojos le inutilizaba.
Efectivamente nuestro Alonso de Ojeda había perdido muchas de
sus cualidades y cambiado y dañádose su carácter. A los veintinueve
años no es de extrañar que no tuviese la precocidad candorosa del
niño que por primera vez vimos en la fortaleza de Zahara; ni la
ardiente fe y amor abnegado del adolescente de Granada; ni la
nobleza de sentimientos del joven, que rehusaba, casi á costa de su
vida, toda acción que pudiese mancillar su honor, no; aunque poseía
todavía muchas virtudes heroicas, las más delicadas y puras se
habían gastado en el contacto de la ruda vida que había llevado
entre aventureros sin ley ni Dios.
Es verdad que todavía reinaba en su alma la imagen adorada de
María, la Reina del Cielo, y de María, la amada de su corazón, pero
aquellos sentimientos se habían humanizado, por decirlo así,
perdiendo mucho de la poesía de su primera edad. No en vano se
nutre el hombre de deseos ambiciosos, pues si al principio cree que
lo que anhela no es sino la puerta por donde debe entrar á otra
mansión más pura, en seguida va perdiendo de vista el objeto
principal, y toma lo visible y lo material por la causa primera,
hasta olvidar el
|más allá que en un principio anhelaba
conseguir.
Ah! no hay nada tan triste y desalentador como el estudio del
corazón del hombre en sus transformaciones y cambios, casi siempre
de bueno en malo, y de malo en peor! Y al pintar la cambiante faz
del carácter de Ojeda, que no se nos tache de exageración é
inverosimilitud, pues tenemos seguridad de que cada uno, en el
estrecho círculo de sus relaciones, - aun en esta época tan
impropia para alimentar ciertas ideas de ambición, - ha tenido
ocasión de estudiar por lo menos á uno ó dos de sus conocidos, cuyo
carácter ha sufrido modificaciones bajo el soplo de la codicia ó de
los deseos ambiciosos de la política. Así, esta perversión del alma
en un español aventurero del siglo XV y XVI nada tiene de raro ó
extraño, y mucho menos es contrario á la verdad psicológica.
Como decíamos, el Patriarca de las Indias, al descubrir en Ojeda
al jefe audaz y sin mayores escrúpulos, al joven ambicioso y de
grandes talentos militares y conocimientos náuticos, aquilatados
por la experiencia, sin los
|defectos que había procurado
corregirle, sometiéndole á las prisiones de la Inquisición, y
después infundiéndole el amor al oro y á la fama, el Obispo,
decíamos, se manifestó con él sumamente condescendiente. Le aseguró
que aunque aquella vez le había ido tan mal en su viaje, esperaba
que en la próxima expedición tendrían mejor éxito todos sus deseos,
- añadiendo que ejercería su influencia con los Reyes para
proporcionarle lo que deseaba, á pesar del constante mal estado de
la entonces hacienda real.
III
Cuenca, ciudad que poseía casi 8,000 habitantes, capital de
provincia y Obispado, está situada en la confluencia de dos ríos y
en la falda de un cerro, y circundada por varias alturas que la
dominan; así, porque se ve desde lejos como si estuviese edificada
en una
|cuenca, es por lo que probablemente se le ha dado ese
nombre.
A la salida de la ciudad, y fuera de sus muros, veíase en el
primer año del siglo XVI una casa de campo de vetusta arquitectura
y pobre apariencia. Los productos de la propiedad se componían sólo
de plantas aromáticas como salvia, manzanilla, espliego y otras
yerbas de la misma laya, que se vendían para aplicaciones
medicinales; además, el dueño de aquel terreno había dejado una
parte de él, la más pedregosa é impropia para el cultivo, á la
disposición de una manada de cabras y ovejas. Olvidaba las colmenas
situadas en la parte de atrás de la casa, cuyas abejas, nutridas
con las flores de las plantas aromáticas que tenían tan cerca,
producían miel tan exquisita, que era afamada en los contornos.
Esta era la casa solariega de la familia de Alonso de Ojeda, en
la que vivían entonces pobremente, aunque sin padecer escaseces, su
madre y un mozo de poco más de veinte años, llamado Pedro, sobrino
de Alonso é hijo de un entenado de su madre. Este joven había
servido desde niño en las galeras del Rey, en el Mediterráneo, pero
habiendo enfermado volvió á España, y hacía algún tiempo que
acompañaba á la viuda de su abuelo y le ayudaba á administrar sus
poco productivas propiedades.
Una mañana de invierno del año de 1502, - en tanto que soplaba
un viento helado, que descendía mugiendo de la vecina sierra, y la
lluvia fría cubría al parecer con una gasa todo el paisaje, un
grupo de personas estaba á la puerta exterior de la quinta de que
hablamos, y todas las que lo componían, sin cuidarse del viento y
la lluvia, miraban con interés hacia el camino real, por el cual
veían venir algunos hombres á caballo. La persona que se había
salido más fuera de la puerta, á pesar del frío, era una señora de
cerca de cincuenta años, de dulce y apacible fisonomía, que llevaba
el nombre de doña Ana, y era la madre de Alonso; á su lado estaba
Pedro, el nieto de su difunto marido, mozo de amable fisonomía,
cuyas facciones, un tanto toscas, agradaban en su conjunto. Detrás
de los amos veíanse dos personas de tipo enteramente diferente, y
cuyo vestido y aspecto humilde estaba probando que eran esclavos,
pero esclavos indianos y no moriscos ni africanos, como los que
siempre habían acostumbrado en España. Uno de éstos era un muchacho
de catorce años, de color cobrizo muy marcado, ojos sesgados,
pequeños, negros y brillantes como cuentas de azabache, y mirada
salvaje y asustadiza, que causaba una sensación de desagrado.
Caíale Sobre el cuello una lacia, abundante y lustrosa cabellera
negra, que parecía melena de algún animal silvestre. El indiecillo
temblaba de frío, porque su vestido no consistía sino en una camisa
y pantalones de lienzo burdo y sandalias de cuero bruto. A su lado,
apoyada una mano sobre el hombro de su compañero, estaba una
muchacha de poco más edad y de la misma raza: aunque más bien
pequeña que grande, su talle esbelto y erguido y sus bien torneadas
formas, la hacían parecer más alta de lo que era. Más blanca que su
hermano, llamaban en su fisonomía la atención particularmente sus
negros y rasgados ojo que tenían la forma más perfecta del ojo
humano, pero tan recargados los párpados de pestañas largas y
crespas que su peso la obligaba casi á cerrarlos, lo que la daba
una expresión de extraña y misteriosa dulzura. El resto de sus
facciones, sin ser mal formadas, no ofrecían ningún rasgo
característico: los labios eran delgados, lo dientes blancos, la
frente baja y la barba recta y cuadrada, lo que su ponía en ella
una firmeza de carácter que hacía contraste con la dulzura
soñolienta de su mirada. Llevaba un vestido de tela de color
oscuro, sin mangas y escotado, y debajo una camisa de manga corta,
pero de cuello; los brazos cubiertos con sartales y brazaletes de
cuentas. Tenía el pelo suelto y peinado hacia atrás, derramado como
un velo hasta la cintura, y prendíalo una banda de plumas menuditas
que la rodeaba la cabeza en forma de diadema.
Cuando el grupo de personas á caballo llegó á la portada de la
casa que estaba sobre el camino, el que iba adelante se detuvo:
imitáronle los otros dos.
- Es Alonso! es Alonso! exclamó D.ª Ana alborozada.
- Es el Capitán! murmuró la india abriendo los ojos de par en
par y dejando escapar una mirada luminosa pero tierna, y apretando
maquinalmente el brazo de su hermano apoyaba la otra mano sobre su
palpitante corazón.
- Es el amo! dijo el indio, y clavó en su hermana una mirada
iracunda, y al mismo tiempo se apartaron su labios contraídos por
una sonrisa de desprecio y de rabia.
Corrió Pedro á recibir á su tío, manifestando la mayor alegría,
y ayudándole á descabalgar le apretaba las manos entre las suyas; é
indicando á los criados del Capitán á dónde deberían llevar los
caballos, se acercaron ambos á la casa, á cuya puerta Alonso halló
á su madre, la que abrazó, después de haber recibido
respetuosamente su bendición, y con ella se dirigió á un aposento
en que estaba preparado un gustoso refresco para el viajero. Hasta
entonces no echó de ver Ojeda que le había seguido la india y
aguardaba humilde que se acordase de hablarla.
- Vive Dios! exclamó repentinamente volviéndose á ella, y
alargándole una mano, la que recibió la india de rodillas y besó
reverente. No te había visto nunca, Isabelilla, tan ricamente
ataviada!
- La muchacha no piensa sino en ponerse plumas y adornar su
cuerpo con sartales de cuentas! dijo la madre de Ojeda con
severidad.
- Cosa natural en su raza y de su edad, - respondió Ojeda, -
pero fuera de eso ¿qué tal se han manejado vuestros esclavos, madre
mía?
- Son muy variables. La muchacha es sumisa é inteligente, como
os he dicho antes,- pero es muy caprichosa y no aprende sino lo que
le gusta, - el hermano es disimulado, le repugna mucho el oficio y
es muy trabado de lengua; ambos quieren volverse á su tierra,
aunque han aprendido á rezar algo y yá no aprueban las
abominaciones de su raza.
En tanto que hablaba D.ª Ana, Ojeda había recibido en silencio
el homenaje del otro indio.
- ¿Cómo es esto? dijo Alonso mirando con sorpresa á la turbada
india que bajaba los ojos ¿Por ventura, Isabel, no te acomodarías
en casa de mi madre?
- En vuestra casa, mi amo, me acomodo; ¿no sois mi señor?
pero...
- Qué te falta?
- Señor, en Coquibacoa yo era hija del Cacique, - respondió ella
con cierta dignidad, añadió: en cuanto á mi hermano no se puede
enseñar á servir á otro que no sea su jefe, es decir, al que le
tomó cautivo, á vos y solo á vos.
- Y tú?
- Yo aguardo las órdenes de mi amo, y sólo quiero lo que él me
mande.
- Me sorprende sobremanera, exclamó Ojeda, lo mucho que Isabel
ha adelantado en el castellano!
- Es vuestra lengua, mi amo,-respondió ella sencillamente.
- ¿Y Coriano ó Martín también la habla como tú?
- El poco sabe, pero entiende bien.
- Díme, dijo Ojeda dirigiéndose al indio, que había cruzado los
brazos con humildad, y situádose detrás de su hermana: ¿Mucho
deseas volver á Coquibacoa?
- Sí, oh! sí! exclamó Coriano levantando repentinamente la
mirada y fijándola en su amo con intensa alegría.
- Bien, pues, yo parto para las Indias en breves días y te
llevaré conmigo - me servirás de intérprete.
- Y yo? preguntó la india con angustia.
- Tú te quedarás en Cuenca con mi madre, á quien servirás
durante mi ausencia.
Isabel dejó escapar un tenue suspiro y bajó la cabeza sin
replicar, y al mismo tiempo casi sin cambiar de expresión empezaron
á bajar por sus mejillas gruesas lágrimas, que se sucedían unas á
otras como las gotas de lluvia de un aguacero tropical.
- Pobrecita, exclamó Ojeda, y acercándose y poniéndole la mano
sobre el hombro, añadió: no te aflijas, escúchame, Isabelilla, yo
te traeré lo que quieras de tu tierra á mi regreso.
A pesar de estas palabras de Ojeda la india no se consolaba; él
añadió entonces:
- Sí te hacen falta tus parientes no dudes que los traeré á
España, si así lo deseas. ¿Qué más te puedo ofrecer?
- Yo también quiero irme á Coquibacoa! contestó la india con
entrecortada voz:
- Eso sí no puede ser, repuso él, apartándose con ademán
severo.
Isabel, más y más conmovida, se cubrió la cara con las manos y
prorrumpió en dolorosísimos sollozos.
- Jamás, ni cuando salió de su tierra, la vi tan afligida,
repuso Ojeda volviéndose á su madre, y dirigiéndose otra vez á la
india añadió: esta tristeza me da en qué pensar, ¿díme, por ventura
no te tratan bien en esta casa?
- Sí, mi amo, D.ª Ana es muy buena.
- ¿Entonces qué te falta?
- Qué me falta! exclamó ella serenándose repentinamente... Vos
os vais y yo me quedo, ¿y me preguntáis qué me falta?
Ojeda desvió los ojos impresionado por la ardiente mirada de la
india, y dijo volviéndose á D.ª Ana:
- Esta muchacha está todavía muy salvaje, - os suplico, madre,
que no os canséis de ella.
- Señora, exclamó Isabel echándose á los pies de la madre de
Ojeda, señora, decidle que me lleve en su compañía, hacedlo por el
Dios de misericordia que decís hay en el cielo!
D.ª Ana miró á su hijo, pero ella nada contestó.
- Levántate, Isabel, dijo Ojeda reciamente, - sólo yo puedo
juzgar de mis acciones. (La india obedeció temblando y sin
replicar).
- Te concedo una cosa, si me prometes manejarte con cordura, y
es ésta, llevarte hasta el puerto en que me embarcaré y ha donde me
ha ofrecido ir mi madre; más no puedo hacer.
- Vos mandáis, yo obedezco, contestó la india con humildad.
Al decir esto se enjugó los ojos, miró á su amo con indecible
ternura, y salió del aposento. Encontró á su hermano en el patio,
en donde se hallaba desde que Ojeda le había dicho que le llevaría
consigo á las Indias, y olvidando el frío y la lluvia manifestaba
su alegría brincando y bailado, y haciendo toda clase de muecas
propias de un salvaje.
Entretanto Ojeda se había quedado caviloso y meditabundo, pues
estos ímpetus de la india le disgustaban en cierto modo, porque
probaban que ella le tenía un afecto que no debía de haber pasado
inadvertido para otras personas. Pero es preciso que el lector me
permita volver atrás en la cronología de nuestra historia, y
referir lo que le había sucedido á Ojeda en los últimos meses
trascurridos después de la última conferencia que tuviera con el
Obispo de Burgos á su regreso del viaje á Paria.
IV
Informados los Reyes por Fonseca del carácter de Alonso de
Ojeda, y deseando situar un hombre resuelto, inteligente y de
confianza en el mando de la primera colonia de Tierra Firme, se
fijaron en aquel joven aventurero, y ordenaron al Obispo que le
proporcionara los recursos que fueran menester. Debía concedérsele
el derecho de continuar la conquista por aquellos lados, con la
condición de no tocar las pesquerías de perlas de Paria hasta
Margarita, y colonizar el terreno de una gobernación que se le
señalaría de Coquibacoa para adelante, hasta donde pudiera
llevarla. Además se le exigía que defendiera, con las armas en la
mano, sus posesiones contra todo intento de extranjeros que
quisiesen tomar pie por aquellos lados, cosa que se temía, porque
habían visto buques ingleses cruzando por las Antillas sin que
pudiesen dar una razón satisfactoria de sus intenciones.
En los preparativos de la expedición y en buscar asociados que
pudiesen proporcionar el dinero sonante que se necesita, pasáronse
casi dos años, y así, no fue sino hasta fines de 1501 que pudo
nuestro héroe considerar hechos los preparativos, y concluidos los
equipos de las cuatro naves que mandaría en jefe.
Pocos días antes de pasar á Cuenca, en donde le acabamos de ver
llegar, Ojeda fue á despedirse de su protector el Obispo de
Burgos.
Durante su conversación Fonseca se sorprendió oyéndole hablar
por primera vez de sus esperanzas acerca de D.ª María, y le
manifestó la novedad que aquello le causaba, porque hacía años que
guardaba silencio con respecto de la novicia, y él creía qué la
había olvidado enteramente.
- No piense su Señoría, le contestó Ojeda, que porque no había
hablado de ella en todo este tiempo la hubiese olvidarlo. No,
señor! y si me ve vuestra Señoría trabajando en estas arriesgadas
empresas no es en balde... espero ganar, á su hora, fama y
riquezas, y con ellas el galardón que yo mismo me he ofrecido en
recompensa de mis trabajos. Entretanto os suplico que me digáis en
dónde se halla por ahora D.ª María, pues no os pregunto si me ha
sido fiel, porque de lo contrario mi corazón me lo hubiera avisado
ó de otro modo hubiera llegado á mi noticia.
Inmutóse el Obispo, á pesar de toda su astucia, costumbre del
mundo é intrigas cortesanas, permaneció largo rato sin
contestar.
- Juro á Dios! señor Obispo, exclamó Ojeda con su acostumbrarla
viveza, que si Su Señoría no se digna contestar á mi súplica,
abandonaré la expedición y el servicio del Rey, en las Indias, y me
iré á otra parte en donde obtenga algo de más lucrativo y menos
fatigoso y falaz!
- Si vacilaba antes de contestaros, Alonso, fue porque no sabría
deciros á punto fijo en dónde se halla á la hora de ésta D.ª
María.
- Y si vuestra Señoría no lo sabe, ¿quién podrá decírmelo?
preguntó Ojeda. Os confieso que antes de venir á vos la he hecho
buscar en todos los conventos de España y de Portugal, y cuando
vine aquí era porque había perdido la esperanza de hallarla por mis
propios esfuerzos.
- La D.ª María no está en España ni en Portugal...
- No está?...
- No. La Infanta D.ª Catalina, ahora princesa de Gales, que
había tratado, cuando niña, en la corte de su madre á D.ª María, y
la había cobrado afecto, al tiempo de partir para Inglaterra pidió,
como una gracia, que entre las damas que la deberían de acompañar
la permitiesen contar á la novicia de Huelgas, que ella sabía no
estaba allí voluntariamente. Por supuesto que Sus Majestades se
negaron al principio á hacerla esa merced, que era contraria á la
etiqueta de la corte, y á las reglas del convento, pero al fin el
Rey obtuvo el permiso y há días que partió en el séquito de la
futura Reina de Inglaterra.
- Maldición! exclamó Ojeda sin poderse contener, ¿es decir que
estando yo en España se fue María lejos de aquí? ¿Y por qué no me
lo avisasteis, señor Obispo? añadió casi fuera de sí.
- Reportaos, Alonso de Ojeda ! respondió Fonseca amostazado más
por la falta de respeto en el tono que por las palabras mismas del
audaz aventurero... olvidáis por cierto de una extraña manera
vuestra cortesía y aun la Prudencia?...
- Bien veis, Ilustrísimo Señor, repuso Ojeda, que María ha sido
el blanco de todas mis acciones y la esperanza de toda mi vida...
¿y no es cosa de sorprender, señor, que sabiendo vos esto no me
dierais la noticia antes de su partida?
- Alonso, á más de poco respetuoso, sois injusto; pero os
perdono todo esto en favor de vuestros pasados y futuros servicios,
dijo el cauteloso Obispo.
- Injusto! señor, ¿y por qué?
- Acaso desde vuestro regreso de Paria en las muchas
conferencias que hemos tenido, alguna vez me preguntasteis por D.ª
María ó hicisteis á ella la menor alusión?
- Es verdad, su Ilustrísima tiene razón!... Confieso que en mi
loco orgullo pretendía hallarla sin la ayuda de nadie.
- ¿Acaso con saber su suerte hubierais podido cambiarla en lo
mínimo?
- Tal vez no, pero al menos la viera antes de que se alejase
para siempre de España, pues bien lo comprendo, ella no volverá
jamás, y puesto que no ha profesado aquí, allá quizá hasta tomará
estado... Oh! ya empiezo á perder la fe hasta en ella y en mí
mismo!
Y al decir esto, Ojeda inclinó la cabeza con profundo
desaliento. Fonseca comprendió que semejante situación de ánimo no
le convenía para sus planes, así quiso enmendar lo que había
producido tan mal efecto, diciendo:
- No, D.ª María no tomará otro estado que no sea el del
claustro, eso os lo puedo asegurar, y aun ése quién sabe... Si la
dejaron partir con la Infanta fue para librarla de vuestras
acechanzas en gran parte, porque ella tuvo conocimiento de vuestro
regreso á España, y su agitación é impaciencia llegaron á
impresionar de tal manera á las monjas del convento en que estaba,
que le advirtieron á la Reina que la novicia tenía un carácter tan
variable y rebelde que deseaban excusarse de tenerla por más tiempo
á su cargo.... No sé por supuesto si ella os olvidará al fin,
-mucho ha hecho en su condición de mujer en seros fiel tántos años:
bien decía Virgilio de las hembras, que eran
|varium et mutabile
semper, ¿pero vos mismo, añadió el Obispo con su sonrisa falsa
é hipócrita, por ventura no os habéis consolado con el amor de una
india?
- Yo! exclamó Ojeda.
- Sí, vos, Alonso de Ojeda. En este pícaro mundo, amigo mío, no
se ocultan sino las buenas acciones, pues nadie tiene interés en
propalarlas, sin embargo las faltas salen á luz siempre, porque la
maledicencia es muy vocinglera...
- Explicaos, por Dios, señor Obispo.
- La verdad es, repuso éste, que no ha faltado quien me informe
que vos, á despecho de las recientes ordenanzas de Su Majestad la
Reina, nuestra señora, vos no habéis tenido empacho en faltar á las
reales órdenes guardando en vuestra casa una india esclava, cuyos
méritos y hechizos eran probablemente para vos demasiado
embelesadores para alejarla de vuestro lado. Pero advierto que
estos rumores pueden hacerse graves y llegar á oídos de las
personas de la Corte y aun á los de doña...
- Teneos, señor Obispo! Teneos y no digáis más, si no queréis
que os vuelva á faltar al respeto... Sabrá su Ilustrísima que la
esclava á que alude vive en casa de mi madre (con un muchacho de su
misma familia), en donde recibe instrucción religiosa, pues todos
debemos cumplir nuestro deber como católicos, y arrancar al demonio
las almas que tiene en su poder...
- Celebro, amigo mío, dijo el Obispo interrumpiéndole, que se
tan solícito en obras de piedad, - y añadió con aire malicioso: por
otra parte, yo no os culpo tampoco, conozco el mundo y sus
tentaciones y no creo que vos seáis más invulnerable que otros.
- Juro por mi honor, señor Obispo, exclamó Ojeda, que la india
es mi esclava y nada más.
- No os apuréis, no os apuréis tánto, Capitán, repuso el Obispo
con burlesca sonrisa.
- Pero, señor, dijo Ojeda exasperado, ¿qué prueba queréis,
Señor, que os dé?
- Yo? ninguna; pero sí me atrevería á aconsejaros que no la
lleveís en vuestra compañía en la próxima expedición, si deseáis
evitar ciertas hablillas que os podrían perjudicar... Pero ya es
hora de que dejemos estas conversaciones ociosas y que pasemos á
tratar de nuestros asuntos...
Viendo Ojeda que era inútil toda discusión con Fonseca, púsose á
leer en silencio los documentos que debería firmar. Entre otros,
gustóle mucho una real cédula, en la cual le concedía el gobierno
algunas tierras y encomienda en la Isla Española, en recompensa de
los servicios que allí había prestado.
A pocos días de aquel en que vimos á Ojeda en Cuenca, se daba á
la vela, después de haberse despedido tiernamente de su madre y de
Isabel, llevando consigo al indio Coriano ó Martín, para que le
sirviera de intérprete.
La expedición se componía de cuatro buques: dos de ellos á cargo
de Juan de Vergara y García del Campo, que eran también dueños de
una parte de los equipos, y dos carabelas, llamada la una Santa
María de la Antigua y la otra Santa María de Granada, comandadas
por Pedro de Ojeda (el sobrino de Alonso) y á cuyo bordo iba éste,
quien además mandaba en jefe en todas ellas.