INDICE




CUADRO VI - 1500

Las esperanzas de Ojeda



I

Alboreaba el siglo XVI, siglo de gloria y de progreso, - siglo estupendo, - pues habiéndose descubierto en embrión, durante la Edad Media, casi todas las ciencias y las artes hoy conocidas, en éste empezáronse á perfeccionar y á comprenderse. Si en él se comienza á perder un tanto el espíritu caballeresco que distinguía á la Edad Media, y escaseaban las heroicas virtudes que se necesitaban para contrarrestar los grandes vicios, en cambio la idea de la libertad en el cristianismo hacía yá parte y era el apoyo y  báculo de la civilización moderna en su marcha hacia el porvenir.

En este siglo se debía levantar la bandera de la rebelión contra el catolicismo, encabezada en Alemania por el fraile agustino, conocido en la historia bajo el nombre de Lutero, - otro tanto hicieron en Suiza, Holanda y Francia los famosos heresiarcas Zwinglio, Leyden y Calvino, los que aunque causaron tántas guerras y crímenes, también es preciso confesar que de aquellas disputas de la |Reforma surgió la religión católica triunfante y con mayor brillo y gloria. La Reforma ha obligado á los creyentes no solamente á tener mayor fe sino á comprender y estudiar su religión,- porque lo que hasta á los verdaderos cristianos y á los buenos y mansos de ánimo, no convence á los espíritus indagadores que no admiten, sino después de haber examinado los motivos que hay para creer.

A los principios del siglo que nos ocupa yá existía Copérnico, pero aún no se conocían sus admirables trabajos acerca de las revoluciones astronómicas de los cuerpos celestes. Contemporáneos suyos fueron Tycho-Brahe, Ferrari, Paracelso, Ramus, Tartaglia y otros sabios restauradores es de la ciencia, como Janson (que puso en uso el microscopio), que iluminaron el mundo con la luz de las matemáticas, la astronomía, la filología, la filología, la arqueología, etc. En la misma época comenzaron á establecerse los principios de la meteorología y la química propiamente dicha; la anatomía tomó magnas proporciones y se hicieron interesantes descubrimientos en el cuerpo humano. La ciencia llamada después geología, tuvo su origen en aquel siglo en que por primera vez los sabios empezaron á fijarse y estudiar el origen de los fósiles... Pero no podemos en el estrecho límite de nuestra narración ocuparnos sino muy superficialmente de los grandes descubrimientos y hombres sabios de aquel siglo, que fue la verdadera cuna de cuantos inventos poseemos actualmente, y que vio nacer, florecer y morir los hombres más extraordinarios de la historia moderna.

No mencionaremos entre los literatos españoles célebres de aquel tiempo sino á Garcilaso y Lope de Vega, fray Luis de León, Herrera, Hurtado de Mendoza, los Argensolas, Quevedo, Cervantes, Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, San Juan de la Cruz, San Juan de Dios. Camoëns en tanto llena aún con su fama á Portugal, país que no ha producido ni antes ni después un genio semejante.

En Inglaterra vivieron entonces Bacon, el filósofo, Shakespeare, Sidney, Spencer, Walter Raleigh, Marlowe, Ben Johnson y otros literatos famosos. En Francia bastan los nombres de Montaigne, Palissy, Ronsard, Brantóme, Amyot, etc., para dar lustre á una nación. En Italia, ¿qué más gloria que la de Ariosto, Maquiavelo, Galileo, el Tasso y Guicciardini en las ciencias y literatura? Entre los escultores y pintores, á Bandinelle, Miguel Angel, Leonardo de Vinci, Rafael de Urbino, Sebastián del Piombo, el Perugino, Correggio, Julio Romano, el Ticiano, Veronese, Tintoretto, A. Carraci, Dominichino, Guido Reni y el joyero Benvenuto Cellini... Entonces vio la luz el célebre Palestrina, cuya música sagrada forma escuela. También son contemporáneos los pintores Velásquez, el Españoleto ó Ribera, Zurbarán, Alberto Durero, Holbein, y en los últimos años de él nació Van Dyck, y otros que fueron secundarios y que no nombraremos.

Entre los hombres de Estado que más se distinguieron, bástanos mencionar (fuera de los que yá hemos nombrado en el curso de esta historia) á los Médicis, los Dorias, los Montmorency, los Nemours, los Sobieski, y |tutti quanti.

Aquel siglo del renacimiento de todo lo olvidado en la oscura época de la Edad Media, fue el de Carlos V, de Francisco I, de Enrique IV (de Francia), de Solimán el Grande, de Isabel de Inglaterra y de Mauricio de Nassau... En fin, para concluir esta rápida ojeada diremos que jamás se habían visto juntos en una sola época tántos nombres afamados en las ciencias, las artes y la literatura, como en el siglo XVI, ni mayor magnificencia, riqueza y poderío entre los reyes, los guerreros y los grandes de las naciones civilizadas de Europa.

Pero, dirá el lector, en medio de tánto esplendor y grandeza, y del ofuscamiento de una civilización que se perfecciona, ¿qué puede ser el nombre del oscuro descubridor de algunos sitios salvajes del Nuevo Mundo, como el de Alonso de Ojeda, cuyas hazañas se pierden entre tántos otros, mucho más conocidos é ilustres? Por cierto que su nombre no vale nada por sí solo, si no fuera para nosotros el tipo en que mejor podemos encontrar las virtudes, errores, crímenes tal vez, costumbres y aspiraciones del español de su tiempo, y por eso se nos permitirá estudiarle á fondo sin encubrir sus defectos ni ocultar sus cualidades. No le presentaremos ni como un héroe perfecto de novela, ni tampoco como un aventurero sin ley ni principios, sino, repetimos, sólo como la encarnación del espíritu de su época.


II

El viaje de Ojeda á Tierra Firme había sido desastroso, y después de tántos sueños dorados y locas ilusiones, no obtuvo en resumidas cuentas nada digno de mencionarse. El único descubrimiento de alguna importancia de que pudo preciarse en aquel viaje, fue el de haber arrimado al lago que los indios llamaban de Coquibacoa, y que él bautizó de Venezuela (porque sus habitantes edificaban entre el agua como los de Venecia), lago conocido hoy con el nombre de Maracaibo. Además siguiendo la pendiente de sus deseos de llevar algún botín, y viendo que en aquellas costas de Tierra Firme no encontraba las riquezas que aguardaba, se dirigió á la Española, y allí olvidó sus buenas intenciones é infringió las ordenes de la Reina. Después de un altercado con un delegado de Colón, hízose á la vela hacia otras islas, y se apoderó de gran número de indígenas que llevó á España para venderlos como esclavos. Entre los pocos obsequios que logró el pobre Ojeda llevar á su madre estaba una india muy hermosa de Coquibacoa, que había bautizado con el nombre de Isabel, así como otro indio hermano Suyo, á quien llamaba Martín.

Después de visitar á su madre, Alonso se dirigió á Burgos á dar cuenta al Obispo del mal éxito de su expedición, pues una vez pagados los gastos, apenas pudieron repartir 500 ducados entre más de cincuenta personas que tenían parte en la empresa. Sin embargo, no se crea que estuviese desalentado, al contrario, el espíritu aventurero bullía en él, y tenía empeño en volver á embarcarse y seguir en el Nuevo Mundo sus empezados descubrimientos, pues parecía que más valor, audacia y constancia manifestaba este hombre cuanto más contraria le era la suerte.

Aunque el Obispo le recibiera al principio con frialdad (el mal éxito es defecto de muy mala nota entre gentes del carácter de Fonseca), bien pronto, con su natural perspicacia, comprendió que aquel joven no era yá el mismo que tánto le había importunado con SUS locas pretensiones años antes, y que era muy propio para seguir adelante sus proyectos, habiendo madurado su genio audaz, y perdido en los vaivenes de la vida aquella delicadeza de sentimientos que á sus ojos le inutilizaba.

Efectivamente nuestro Alonso de Ojeda había perdido muchas de sus cualidades y cambiado y dañádose su carácter. A los veintinueve años no es de extrañar que no tuviese la precocidad candorosa del niño que por primera vez vimos en la fortaleza de Zahara; ni la ardiente fe y amor abnegado del adolescente de Granada; ni la nobleza de sentimientos del joven, que rehusaba, casi á costa de su vida, toda acción que pudiese mancillar su honor, no; aunque poseía todavía muchas virtudes heroicas, las más delicadas y puras se habían gastado en el contacto de la ruda vida que había llevado entre aventureros sin ley ni Dios.

Es verdad que todavía reinaba en su alma la imagen adorada de María, la Reina del Cielo, y de María, la amada de su corazón, pero aquellos sentimientos se habían humanizado, por decirlo así, perdiendo mucho de la poesía de su primera edad. No en vano se nutre el hombre de deseos ambiciosos, pues si al principio cree que lo que anhela no es sino la puerta por donde debe entrar á otra mansión más pura, en seguida va perdiendo de vista el objeto principal, y toma lo visible y lo material por la causa primera, hasta olvidar el |más allá que en un principio anhelaba conseguir.

Ah! no hay nada tan triste y desalentador como el estudio del corazón del hombre en sus transformaciones y cambios, casi siempre de bueno en malo, y de malo en peor! Y al pintar la cambiante faz del carácter de Ojeda, que no se nos tache de exageración é inverosimilitud, pues tenemos seguridad de que cada uno, en el estrecho círculo de sus relaciones, - aun en esta época tan impropia para alimentar ciertas ideas de ambición, - ha tenido ocasión de estudiar por lo menos á uno ó dos de sus conocidos, cuyo carácter ha sufrido modificaciones bajo el soplo de la codicia ó de los deseos ambiciosos de la política. Así, esta perversión del alma en un español aventurero del siglo XV y XVI nada tiene de raro ó extraño, y mucho menos es contrario á la verdad psicológica.

Como decíamos, el Patriarca de las Indias, al descubrir en Ojeda al jefe audaz y sin mayores escrúpulos, al joven ambicioso y de grandes talentos militares y conocimientos náuticos, aquilatados por la experiencia, sin los |defectos que había procurado corregirle, sometiéndole á las prisiones de la Inquisición, y después infundiéndole el amor al oro y á la fama, el Obispo, decíamos, se manifestó con él sumamente condescendiente. Le aseguró que aunque aquella vez le había ido tan mal en su viaje, esperaba que en la próxima expedición tendrían mejor éxito todos sus deseos, - añadiendo que ejercería su influencia con los Reyes para proporcionarle lo que deseaba, á pesar del constante mal estado de la entonces hacienda real.


III

Cuenca, ciudad que poseía casi 8,000 habitantes, capital de provincia y Obispado, está situada en la confluencia de dos ríos y en la falda de un cerro, y circundada por varias alturas que la dominan; así, porque se ve desde lejos como si estuviese edificada en una |cuenca, es por lo que probablemente se le ha dado ese nombre.

A la salida de la ciudad, y fuera de sus muros, veíase en el primer año del siglo XVI una casa de campo de vetusta arquitectura y pobre apariencia. Los productos de la propiedad se componían sólo de plantas aromáticas como salvia, manzanilla, espliego y otras yerbas de la misma laya, que se vendían para aplicaciones medicinales; además, el dueño de aquel terreno había dejado una parte de él, la más pedregosa é impropia para el cultivo, á la disposición de una manada de cabras y ovejas. Olvidaba las colmenas situadas en la parte de atrás de la casa, cuyas abejas, nutridas con las flores de las plantas aromáticas que tenían tan cerca, producían miel tan exquisita, que era afamada en los contornos.

Esta era la casa solariega de la familia de Alonso de Ojeda, en la que vivían entonces pobremente, aunque sin padecer escaseces, su madre y un mozo de poco más de veinte años, llamado Pedro, sobrino de Alonso é hijo de un entenado de su madre. Este joven había servido desde niño en las galeras del Rey, en el Mediterráneo, pero habiendo enfermado volvió á España, y hacía algún tiempo que acompañaba á la viuda de su abuelo y le ayudaba á administrar sus poco productivas propiedades.

Una mañana de invierno del año de 1502, - en tanto que soplaba un viento helado, que descendía mugiendo de la vecina sierra, y la lluvia fría cubría al parecer con una gasa todo el paisaje, un grupo de personas estaba á la puerta exterior de la quinta de que hablamos, y todas las que lo componían, sin cuidarse del viento y la lluvia, miraban con interés hacia el camino real, por el cual veían venir algunos hombres á caballo. La persona que se había salido más fuera de la puerta, á pesar del frío, era una señora de cerca de cincuenta años, de dulce y apacible fisonomía, que llevaba el nombre de doña Ana, y era la madre de Alonso; á su lado estaba Pedro, el nieto de su difunto marido, mozo de amable fisonomía, cuyas facciones, un tanto toscas, agradaban en su conjunto. Detrás de los amos veíanse dos personas de tipo enteramente diferente, y cuyo vestido y aspecto humilde estaba probando que eran esclavos, pero esclavos indianos y no moriscos ni africanos, como los que siempre habían acostumbrado en España. Uno de éstos era un muchacho de catorce años, de color cobrizo muy marcado, ojos sesgados, pequeños, negros y brillantes como cuentas de azabache, y mirada salvaje y asustadiza, que causaba una sensación de desagrado. Caíale Sobre el cuello una lacia, abundante y lustrosa cabellera negra, que parecía melena de algún animal silvestre. El indiecillo temblaba de frío, porque su vestido no consistía sino en una camisa y pantalones de lienzo burdo y sandalias de cuero bruto. A su lado, apoyada una mano sobre el hombro de su compañero, estaba una muchacha de poco más edad y de la misma raza: aunque más bien pequeña que grande, su talle esbelto y erguido y sus bien torneadas formas, la hacían parecer más alta de lo que era. Más blanca que su hermano, llamaban en su fisonomía la atención particularmente sus negros y rasgados ojo que tenían la forma más perfecta del ojo humano, pero tan recargados los párpados de pestañas largas y crespas que su peso la obligaba casi á cerrarlos, lo que la daba una expresión de extraña y misteriosa dulzura. El resto de sus facciones, sin ser mal formadas, no ofrecían ningún rasgo característico: los labios eran delgados, lo dientes blancos, la frente baja y la barba recta y cuadrada, lo que su ponía en ella una firmeza de carácter que hacía contraste con la dulzura soñolienta de su mirada. Llevaba un vestido de tela de color oscuro, sin mangas y escotado, y debajo una camisa de manga corta, pero de cuello; los brazos cubiertos con sartales y brazaletes de cuentas. Tenía el pelo suelto y peinado hacia atrás, derramado como un velo hasta la cintura, y prendíalo una banda de plumas menuditas que la rodeaba la cabeza en forma de diadema.

Cuando el grupo de personas á caballo llegó á la portada de la casa que estaba sobre el camino, el que iba adelante se detuvo: imitáronle los otros dos.

- Es Alonso! es Alonso! exclamó D.ª Ana alborozada.

- Es el Capitán! murmuró la india abriendo los ojos de par en par y dejando escapar una mirada luminosa pero tierna, y apretando maquinalmente el brazo de su hermano apoyaba la otra mano sobre su palpitante corazón.

- Es el amo! dijo el indio, y clavó en su hermana una mirada iracunda, y al mismo tiempo se apartaron su labios contraídos por una sonrisa de desprecio y de rabia.

Corrió Pedro á recibir á su tío, manifestando la mayor alegría, y ayudándole á descabalgar le apretaba las manos entre las suyas; é indicando á los criados del Capitán á dónde deberían llevar los caballos, se acercaron ambos á la casa, á cuya puerta Alonso halló á su madre, la que abrazó, después de haber recibido respetuosamente su bendición, y con ella se dirigió á un aposento en que estaba preparado un gustoso refresco para el viajero. Hasta entonces no echó de ver Ojeda que le había seguido la india y aguardaba humilde que se acordase de hablarla.

- Vive Dios! exclamó repentinamente volviéndose á ella, y alargándole una mano, la que recibió la india de rodillas y besó reverente. No te había visto nunca, Isabelilla, tan ricamente ataviada!

- La muchacha no piensa sino en ponerse plumas y adornar su cuerpo con sartales de cuentas! dijo la madre de Ojeda con severidad.

- Cosa natural en su raza y de su edad, - respondió Ojeda, - pero fuera de eso ¿qué tal se han manejado vuestros esclavos, madre mía?

- Son muy variables. La muchacha es sumisa é inteligente, como os he dicho antes,- pero es muy caprichosa y no aprende sino lo que le gusta, - el hermano es disimulado, le repugna mucho el oficio y es muy trabado de lengua; ambos quieren volverse á su tierra, aunque han aprendido á rezar algo y yá no aprueban las abominaciones de su raza.

En tanto que hablaba D.ª Ana, Ojeda había recibido en silencio el homenaje del otro indio.

- ¿Cómo es esto? dijo Alonso mirando con sorpresa á la turbada india que bajaba los ojos ¿Por ventura, Isabel, no te acomodarías en casa de mi madre?

- En vuestra casa, mi amo, me acomodo; ¿no sois mi señor? pero...

- Qué te falta?

- Señor, en Coquibacoa yo era hija del Cacique, - respondió ella con cierta dignidad, añadió: en cuanto á mi hermano no se puede enseñar á servir á otro que no sea su jefe, es decir, al que le tomó cautivo, á vos y solo á vos.

- Y tú?

- Yo aguardo las órdenes de mi amo, y sólo quiero lo que él me mande.

- Me sorprende sobremanera, exclamó Ojeda, lo mucho que Isabel ha adelantado en el castellano!

- Es vuestra lengua, mi amo,-respondió ella sencillamente.

- ¿Y Coriano ó Martín también la habla como tú?

- El poco sabe, pero entiende bien.

- Díme, dijo Ojeda dirigiéndose al indio, que había cruzado los brazos con humildad, y situádose detrás de su hermana: ¿Mucho deseas volver á Coquibacoa?

- Sí, oh! sí! exclamó Coriano levantando repentinamente la mirada y fijándola en su amo con intensa alegría.

- Bien, pues, yo parto para las Indias en breves días y te llevaré conmigo - me servirás de intérprete.

- Y yo? preguntó la india con angustia.

- Tú te quedarás en Cuenca con mi madre, á quien servirás durante mi ausencia.

Isabel dejó escapar un tenue suspiro y bajó la cabeza sin replicar, y al mismo tiempo casi sin cambiar de expresión empezaron á bajar por sus mejillas gruesas lágrimas, que se sucedían unas á otras como las gotas de lluvia de un aguacero tropical.

- Pobrecita, exclamó Ojeda, y acercándose y poniéndole la mano sobre el hombro, añadió: no te aflijas, escúchame, Isabelilla, yo te traeré lo que quieras de tu tierra á mi regreso.

A pesar de estas palabras de Ojeda la india no se consolaba; él añadió entonces:

- Sí te hacen falta tus parientes no dudes que los traeré á España, si así lo deseas. ¿Qué más te puedo ofrecer?

- Yo también quiero irme á Coquibacoa! contestó la india con entrecortada voz:

- Eso sí no puede ser, repuso él, apartándose con ademán severo.

Isabel, más y más conmovida, se cubrió la cara con las manos y prorrumpió en dolorosísimos sollozos.

- Jamás, ni cuando salió de su tierra, la vi tan afligida, repuso Ojeda volviéndose á su madre, y dirigiéndose otra vez á la india añadió: esta tristeza me da en qué pensar, ¿díme, por ventura no te tratan bien en esta casa?

- Sí, mi amo, D.ª Ana es muy buena.

- ¿Entonces qué te falta?

- Qué me falta! exclamó ella serenándose repentinamente... Vos os vais y yo me quedo, ¿y me preguntáis qué me falta?

Ojeda desvió los ojos impresionado por la ardiente mirada de la india, y dijo volviéndose á D.ª Ana:

- Esta muchacha está todavía muy salvaje, - os suplico, madre, que no os canséis de ella.

- Señora, exclamó Isabel echándose á los pies de la madre de Ojeda, señora, decidle que me lleve en su compañía, hacedlo por el Dios de misericordia que decís hay en el cielo!

D.ª Ana miró á su hijo, pero ella nada contestó.

- Levántate, Isabel, dijo Ojeda reciamente, - sólo yo puedo juzgar de mis acciones. (La india obedeció temblando y sin replicar).

- Te concedo una cosa, si me prometes manejarte con cordura, y es ésta, llevarte hasta el puerto en que me embarcaré y ha donde me ha ofrecido ir mi madre; más no puedo hacer.

- Vos mandáis, yo obedezco, contestó la india con humildad.

Al decir esto se enjugó los ojos, miró á su amo con indecible ternura, y salió del aposento. Encontró á su hermano en el patio, en donde se hallaba desde que Ojeda le había dicho que le llevaría consigo á las Indias, y olvidando el frío y la lluvia manifestaba su alegría brincando y bailado, y haciendo toda clase de muecas propias de un salvaje.

Entretanto Ojeda se había quedado caviloso y meditabundo, pues estos ímpetus de la india le disgustaban en cierto modo, porque probaban que ella le tenía un afecto que no debía de haber pasado inadvertido para otras personas. Pero es preciso que el lector me permita volver atrás en la cronología de nuestra historia, y referir lo que le había sucedido á Ojeda en los últimos meses trascurridos después de la última conferencia que tuviera con el Obispo de Burgos á su regreso del viaje á Paria.


IV

Informados los Reyes por Fonseca del carácter de Alonso de Ojeda, y deseando situar un hombre resuelto, inteligente y de confianza en el mando de la primera colonia de Tierra Firme, se fijaron en aquel joven aventurero, y ordenaron al Obispo que le proporcionara los recursos que fueran menester. Debía concedérsele el derecho de continuar la conquista por aquellos lados, con la condición de no tocar las pesquerías de perlas de Paria hasta Margarita, y colonizar el terreno de una gobernación que se le señalaría de Coquibacoa para adelante, hasta donde pudiera llevarla. Además se le exigía que defendiera, con las armas en la mano, sus posesiones contra todo intento de extranjeros que quisiesen tomar pie por aquellos lados, cosa que se temía, porque habían visto buques ingleses cruzando por las Antillas sin que pudiesen dar una razón satisfactoria de sus intenciones.

En los preparativos de la expedición y en buscar asociados que pudiesen proporcionar el dinero sonante que se necesita, pasáronse casi dos años, y así, no fue sino hasta fines de 1501 que pudo nuestro héroe considerar hechos los preparativos, y concluidos los equipos de las cuatro naves que mandaría en jefe.

Pocos días antes de pasar á Cuenca, en donde le acabamos de ver llegar, Ojeda fue á despedirse de su protector el Obispo de Burgos.

Durante su conversación Fonseca se sorprendió oyéndole hablar por primera vez de sus esperanzas acerca de D.ª María, y le manifestó la novedad que aquello le causaba, porque hacía años que guardaba silencio con respecto de la novicia, y él creía qué la había olvidado enteramente.

- No piense su Señoría, le contestó Ojeda, que porque no había hablado de ella en todo este tiempo la hubiese olvidarlo. No, señor! y si me ve vuestra Señoría trabajando en estas arriesgadas empresas no es en balde... espero ganar, á su hora, fama y riquezas, y con ellas el galardón que yo mismo me he ofrecido en recompensa de mis trabajos. Entretanto os suplico que me digáis en dónde se halla por ahora D.ª María, pues no os pregunto si me ha sido fiel, porque de lo contrario mi corazón me lo hubiera avisado ó de otro modo hubiera llegado á mi noticia.

Inmutóse el Obispo, á pesar de toda su astucia, costumbre del mundo é intrigas cortesanas, permaneció largo rato sin contestar.

- Juro á Dios! señor Obispo, exclamó Ojeda con su acostumbrarla viveza, que si Su Señoría no se digna contestar á mi súplica, abandonaré la expedición y el servicio del Rey, en las Indias, y me iré á otra parte en donde obtenga algo de más lucrativo y menos fatigoso y falaz!

- Si vacilaba antes de contestaros, Alonso, fue porque no sabría deciros á punto fijo en dónde se halla á la hora de ésta D.ª María.

- Y si vuestra Señoría no lo sabe, ¿quién podrá decírmelo? preguntó Ojeda. Os confieso que antes de venir á vos la he hecho buscar en todos los conventos de España y de Portugal, y cuando vine aquí era porque había perdido la esperanza de hallarla por mis propios esfuerzos.

- La D.ª María no está en España ni en Portugal...

- No está?...

- No. La Infanta D.ª Catalina, ahora princesa de Gales, que había tratado, cuando niña, en la corte de su madre á D.ª María, y la había cobrado afecto, al tiempo de partir para Inglaterra pidió, como una gracia, que entre las damas que la deberían de acompañar la permitiesen contar á la novicia de Huelgas, que ella sabía no estaba allí voluntariamente. Por supuesto que Sus Majestades se negaron al principio á hacerla esa merced, que era contraria á la etiqueta de la corte, y á las reglas del convento, pero al fin el Rey obtuvo el permiso y há días que partió en el séquito de la futura Reina de Inglaterra.

- Maldición! exclamó Ojeda sin poderse contener, ¿es decir que estando yo en España se fue María lejos de aquí? ¿Y por qué no me lo avisasteis, señor Obispo? añadió casi fuera de sí.

- Reportaos, Alonso de Ojeda ! respondió Fonseca amostazado más por la falta de respeto en el tono que por las palabras mismas del audaz aventurero... olvidáis por cierto de una extraña manera vuestra cortesía y aun la Prudencia?...

- Bien veis, Ilustrísimo Señor, repuso Ojeda, que María ha sido el blanco de todas mis acciones y la esperanza de toda mi vida... ¿y no es cosa de sorprender, señor, que sabiendo vos esto no me dierais la noticia antes de su partida?

- Alonso, á más de poco respetuoso, sois injusto; pero os perdono todo esto en favor de vuestros pasados y futuros servicios, dijo el cauteloso Obispo.

- Injusto! señor, ¿y por qué?

- Acaso desde vuestro regreso de Paria en las muchas conferencias que hemos tenido, alguna vez me preguntasteis por D.ª María ó hicisteis á ella la menor alusión?

- Es verdad, su Ilustrísima tiene razón!... Confieso que en mi loco orgullo pretendía hallarla sin la ayuda de nadie.

- ¿Acaso con saber su suerte hubierais podido cambiarla en lo mínimo?

- Tal vez no, pero al menos la viera antes de que se alejase para siempre de España, pues bien lo comprendo, ella no volverá jamás, y puesto que no ha profesado aquí, allá quizá hasta tomará estado... Oh! ya empiezo á perder la fe hasta en ella y en mí mismo!

Y al decir esto, Ojeda inclinó la cabeza con profundo desaliento. Fonseca comprendió que semejante situación de ánimo no le convenía para sus planes, así quiso enmendar lo que había producido tan mal efecto, diciendo:

- No, D.ª María no tomará otro estado que no sea el del claustro, eso os lo puedo asegurar, y aun ése quién sabe... Si la dejaron partir con la Infanta fue para librarla de vuestras acechanzas en gran parte, porque ella tuvo conocimiento de vuestro regreso á España, y su agitación é impaciencia llegaron á impresionar de tal manera á las monjas del convento en que estaba, que le advirtieron á la Reina que la novicia tenía un carácter tan variable y rebelde que deseaban excusarse de tenerla por más tiempo á su cargo.... No sé por supuesto si ella os olvidará al fin, -mucho ha hecho en su condición de mujer en seros fiel tántos años: bien decía Virgilio de las hembras, que eran |varium et mutabile semper, ¿pero vos mismo, añadió el Obispo con su sonrisa falsa é hipócrita, por ventura no os habéis consolado con el amor de una india?

- Yo! exclamó Ojeda.

- Sí, vos, Alonso de Ojeda. En este pícaro mundo, amigo mío, no se ocultan sino las buenas acciones, pues nadie tiene interés en propalarlas, sin embargo las faltas salen á luz siempre, porque la maledicencia es muy vocinglera...

- Explicaos, por Dios, señor Obispo.

- La verdad es, repuso éste, que no ha faltado quien me informe que vos, á despecho de las recientes ordenanzas de Su Majestad la Reina, nuestra señora, vos no habéis tenido empacho en faltar á las reales órdenes guardando en vuestra casa una india esclava, cuyos méritos y hechizos eran probablemente para vos demasiado embelesadores para alejarla de vuestro lado. Pero advierto que estos rumores pueden hacerse graves y llegar á oídos de las personas de la Corte y aun á los de doña...

- Teneos, señor Obispo! Teneos y no digáis más, si no queréis que os vuelva á faltar al respeto... Sabrá su Ilustrísima que la esclava á que alude vive en casa de mi madre (con un muchacho de su misma familia), en donde recibe instrucción religiosa, pues todos debemos cumplir nuestro deber como católicos, y arrancar al demonio las almas que tiene en su poder...

- Celebro, amigo mío, dijo el Obispo interrumpiéndole, que se tan solícito en obras de piedad, - y añadió con aire malicioso: por otra parte, yo no os culpo tampoco, conozco el mundo y sus tentaciones y no creo que vos seáis más invulnerable que otros.

- Juro por mi honor, señor Obispo, exclamó Ojeda, que la india es mi esclava y nada más.

- No os apuréis, no os apuréis tánto, Capitán, repuso el Obispo con burlesca sonrisa.

- Pero, señor, dijo Ojeda exasperado, ¿qué prueba queréis, Señor, que os dé?

- Yo? ninguna; pero sí me atrevería á aconsejaros que no la lleveís en vuestra compañía en la próxima expedición, si deseáis evitar ciertas hablillas que os podrían perjudicar... Pero ya es hora de que dejemos estas conversaciones ociosas y que pasemos á tratar de nuestros asuntos...

Viendo Ojeda que era inútil toda discusión con Fonseca, púsose á leer en silencio los documentos que debería firmar. Entre otros, gustóle mucho una real cédula, en la cual le concedía el gobierno algunas tierras y encomienda en la Isla Española, en recompensa de los servicios que allí había prestado.

A pocos días de aquel en que vimos á Ojeda en Cuenca, se daba á la vela, después de haberse despedido tiernamente de su madre y de Isabel, llevando consigo al indio Coriano ó Martín, para que le sirviera de intérprete.

La expedición se componía de cuatro buques: dos de ellos á cargo de Juan de Vergara y García del Campo, que eran también dueños de una parte de los equipos, y dos carabelas, llamada la una Santa María de la Antigua y la otra Santa María de Granada, comandadas por Pedro de Ojeda (el sobrino de Alonso) y á cuyo bordo iba éste, quien además mandaba en jefe en todas ellas.

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