INDICE




CUADRO IV-1494

Haití



I

La isla de Haití, como la llamaban los indígenas, ó Española, como la bautizó Colón, ó Santo Domingo, como la denominaron en seguida los franceses, es, después de la de Cuba, la más grande del Archipiélago de las Antillas. Mide en su conjunto 6,000 leguas cuadradas, y en su centro se levanta una cadena de montañas cuyas ramificaciones se extienden hasta la costa, dejando entre sus contrafuertes y estribos amenos valles, hermosas hondonadas, quiebras y precipicios. Los cerros van disminuyendo al acercarse á las orillas del mar hasta convertirse en ligeras colinas en unas partes, y en otras en llanuras regadas por gran número de caudalosos ríos y riachuelos, en cuyas arenas los compañeros de Colón encontraban rastros de mineral de oro. En el siglo XV la bella isla estaba poblada por una raza de indígenas que, según los cronistas del tiempo, eran bien conformados, de carácter suave, hospitalarios y bondadosos ha la debilidad. Formaban cinco naciones bajo el dominio de cinco caciques diferentes y rivales entre sí.

Magníficos bosques cubrían casi por entero la isla y daban riquísimas maderas y frutos de diversidad de especies. Abríanse aquí y allí anchos claros entre las selvas para dar lugar á los caseríos de los naturales y á las sementeras de maíz, yuca y otros alimentos favoritos de los indígenas. Sin embargo en el centro de los cerros más elevados el paisaje era agreste y salvaje, áspero y estéril, y en la cumbre de ellos la vegetación era triste, el suelo pedregoso y árido y el clima fijo y destemplado, pero en compensación hallábanse algunas minas de oro en aquellos recónditos lugares, cosa que halagaba más á los españoles que la vista del paraíso terrenal, si en él no hubieran hallado el maldito metal.

La vegetación en las orillas del mar era hermosísima en torno de preciosas y abrigadas bahías, puertos y ensenadas, sombreadas por bosques de palmeras y frondosos árboles y arbustos, rodeando caseríos asentados en la orilla del mar tranquilo y transparente, y sobre el cual pareció á los españoles que jamás se desencadenarían las tempestades que tan frecuentemente visitan las costas europeas. Colón en su primer viaje no tuvo inconveniente en dejar en uno de estos puertos una pequeña tropa de españoles para que sirviera después de núcleo á la población europea que allí pensaba fundar. Diremos de paso (pues probablemente el lector lo sabrá mejor que nosotros), que aquella primera tentativa de colonización tuvo malísimos resultados, y que en su segundo viaje encontró el fuerte, en que había dejado los españoles, enteramente vacío y abandonado. ¿Qué había sido de los 39 europeos que de tan buena gana se quedaron allí? Jamás se ha podido saber á las claras lo que aconteciera durante los diez meses de ausencia de Colón. Los indígenas aseguraron que habían muerto todos ellos víctimas de sus malos instintos: que de su orgullo y conducta desordenada se originó entre ellos una completa desmoralización, y cual indómitas fieras, unos habían muerto en riñas particulares, otros á manos de los indígenas ultrajados en sus intereses y en sus familias; y por último, los demás guerreando contra el cacique más poderoso de la isla. Este había bajado de las montañas, en donde tenía sus dominios, y atacando á los intrusos, los había matado á todos, no obstante el defenderlos á mano armada el hospitalario Guacanagarí, cacique de aquellas tierras, el cual había protegido á los españoles con una abnegación digna de un cristiano, y un cariño y una bondad poco ó nada agradecida por ellos.

En el primer momento los compañeros de Colón no quisieron creer en la lealtad del cacique Guacanagarí; pero en vista de la herida que éste había recibido en el combate contra el cacique de las montañas, de las lágrimas que derramó y protestas de fidelidad que hizo, Colón lo absolvió de toda participación en la destrucción de la incipiente colonia española, y le devolvió su confianza y amistad, á pesar de la mala voluntad con que los demás miraban al indígena, la cual se confirmó más entre ellos cuando á los pocos días supieron que Guacanagarí había desaparecido del caserío, en unión de una india Lucaya, que Colón llevaba cautiva.

Descorazonado con el mal éxito de la proyectada colonia en aquel punto, y afligido por la defección del cacique en quien tánto había confiado, Colón resolvió buscar otro sitio para establecer la población que ideaba, y á la cual pensaba poner el nombre de Isabela.

Después de examinar los puertos y ensenadas de los contornos, al fin encontró un sitio que le pareció muy propio para el caso. Estaba entre dos ríos, en los que juzgaron sería fácil levantar molinos harineros, además de otras ventajas que hallaron para edificar una ciudad y cultivar los fértiles terrenos que se extendían hacia el mar y las riberas de los ríos. Colón tomó posesión de aquel sitio promediando el mes de Diciembre de 1493, y le puso el nombre de la Reina, su protectora. Inmediatamente empezaron con brío los trabajos de levantar casas, edificar el templo y limpiar el terreno para sementeras. Como todos trabajaban en sus respectivos solares y daban algunas horas del día á edificar la iglesia, ésta en breve estuvo concluida, y el 6 del siguiente Enero, día de la Epifanía, el padre Boyle, ayudado de los 12 eclesiásticos que con él habían pasado á Indias, dijo misa en el primer templo cristiano levantado en el Nuevo Mundo.

Una vez que Colón planteó la colonia y vio que marchaba prósperamente, pensó enviar al interior del país algunos de sus más audaces é inteligentes capitanes para que descubriesen y diesen noticia de lo que allí había: entre ellos a Alonso de Ojeda, que yá se había hecho notable por su valor y espíritu emprendedor. Cuando los exploradores volvieron á la Isabela con buenas noticias, no solamente de la belleza, fertilidad y riqueza del país, sino también de la buena acogida que les habían hecho los indígenas, Colón resolvió emprender personalmente un paseo militar por el interior de la isla con el objeto de mandar edificar una fortaleza cerca de las ricas montañas de Cibao, las que decían estaban regadas por riachuelos que acarreaban tánto oro, que las arenas se componían casi totalmente de ese metal. Los habitantes salieron á recibirle con alegría y lleváronle abundantes alimentos y para ellos desconocidas y deliciosas frutas y algunas partículas de oro. En vista de tan buenos auspicios el Almirante mandó que inmediatamente empezaran á levantar la proyectada fortaleza, en un sitio adecuado para servir de núcleo á las operaciones de laboreo de las minas, que debían existir en aquellas montañas, y al mismo tiempo propio para estrechar relaciones con los naturales y poderse defender de sus ataques, si éstos se atrevieran á romper hostilidades contra los invasores. Pusiéronse, pues, á la obra, y á poco Colón tuvo la satisfacción de ver la fábrica empezada, y después de ponerle el nombre de Santo Tomás, dejó, para que la concluyera y defendiera, á un hidalgo llamado Pedro Margarit, que le había sido muy recomendado en la corte. Diole por escolta 56 hombres que formarían la guarnición, con el encargo de que se esmerase principalmente en cultivar la amistad de los indígenas, y por medio de rescates recoger todo el oro que le llevaran, mientras vinieran de España los instrumentos propios para trabajar las minas.

La Isabela prosperaba á ojos vistas, pues la fertilidad del terreno era maravillosa, aunque no caían en la cuenta de que la humedad y fermentación de aquella tierra, que producía el crecimiento de las plantas y lozanía de las sementeras, era precisamente causa de las fiebres y otras dolencias que afligieron á los españoles, con muerte de muchos y decaimiento no sólo del cuerpo, sino también del espíritu de los colonos. Esta situación se hacía diariamente más crítica, porque los europeos no querían conformarse con los alimentos que producía la tierra y preferían comer las averiadas y escasas provisiones, restos de las que se habían traído de España. Además, entre la tropa de Colón había muchos hidalgos y gentilhombres de corte, que de ninguna manera querían trabajar materialmente, y cada día se manifestaban más descontentos con el Almirante y con su hermano Diego, que los obligaban á dar el ejemplo á los demás, ayudando en los trabajos de la colonia para aliviar á los enfermos.

Deseoso de cortar los motivos de queja que renacían cada día, Colón se embarcó con los más descontentos para proseguir sus descubrimientos por aquellos mares, dejando el gobierno general de la isla á cargo de D. Diego Colón, la comandancia militar de las fuerzas exploradoras en manos de Pedro Margarit, y la fortaleza de Santo Tomás en las de Alonso de Ojeda. Antes de partir dictó positivas instrucciones acerca de la conducta que se había de observar con los indígenas para captarse su buena voluntad y lograr que ellos mismos aceptasen con gusto las costumbres españolas y sirviesen en todo á los invasores: conducta humanitaria que hasta entonces había producido muy buenos efectos.

La historia de esta primera colonización deja presentir cómo habrían de ser las subsiguientes, intentadas con iguales elementos. Respecto de la Isabela, basta decir que en lugar de obedecer las órdenes de Colón, Margarit se entregó á sus malas pasiones, y olvidando la prudencia de su jefe, empezó á recorrer la isla asaltando, robando y cometiendo con los naturales toda clase de desafueros y crueldades; manejo que causó la ruina de la isla, sin conseguir por ello mayores ventajas ni riquezas. Desesperados los indígenas expusieron sus agravios al gobernador Diego Colón, quien reprendió á Margarit: éste le contestó con insolencia: tomaron su partido todos los hidalgos, que creían haber sido mal tratados por los Colones, declarando que si habían obedecido á Cristóbal, por orden de los Reyes, de ninguna manera reconocían autoridad en Diego. Por último, Margarit y los demás amotinados se apoderaron de algunos buques surtos en el puerto, y se hicieron á la vela con dirección á España, dejando la tropa armada sin jefe, diseminada en la isla y entregada á toda clase de desórdenes.
 


II

El cacique más valeroso y potente de la Española (el que había desbaratado á los colonos del fuerte de la Natividad), se llamaba Caonabó, y era señor de la rica provincia de Maguana. Hijo de un jefe caribe y por consiguiente de genio altivo, inteligente, perspicaz y de gran valor, era indudablemente el llamado á ponerse á la cabeza de los indígenas, que le respetaban, admiraban y temían. La erección del fuerte de Santo Tomás, en las tierras más inmediatas á sus habitaciones, había indignado al cacique, pero no había apelado á las armas mientras el ejército de Margarit tuvo alguna apariencia de disciplina. Preparóse, sin embargo, en secreto, aguardando una ocasión para caer sobre el fuerte y acabar con los españoles cuando estuviesen más desmoralizados, como lo había hecho antes contra la Natividad, con tan buen resultado. Al fin le llegó la noticia de la deserción de Margarit, y juzgando que el fuerte de Santo Tomás estaría mal defendido, determinó desbaratarle completamente de un golpe. Reunió diez mil guerreros armados con flechas, macanas y lanzas - terminadas en espinas de pescado, - cubiertos los cuerpos con pintura roja y negra, las cabezas coronadas de plumas brillantes, lo que les daba un aspecto en verdad aterrador y horrible á la vista del hombre civilizado.

Caonabó era joven, de crecida estatura y gallardo aspecto: su fisonomía, un tanto feroz, causaba terror, porque todo él, desde la raíz del cabello hasta el talón estaba pintado de rojo y negro, formando figuras espantables: de los hombros le pendía un rico carcaj engastado en oro, con flechas igualmente lujosas; su macana, con ser la más fuerte y pesada de todas, tenía incrustaciones del mismo metal para aumentar el peso; arreos que decían bien á su porte reposado y á la fiereza de su mirada, que infundía temor en todos los suyos, menos en su mujer favorita, é inseparable compañera, participante de sus glorias y peligros. Llamábase Anacaona | 1 , y su nombre se pronunciaba con respeto y temor en toda la isla, por su audacia y valentía, causando la admiración de los guerreros de su marido que la creían invulnerable. Era mujer de raro ingenio, muy hermosa, más blanca que los que la rodeaban, puesto que nunca se pintaba el cuerpo, que era elegante y bien formado. Engalanábase con armas de guerrero vestía un delantal de vistosas plumas, iguales á las de su penacho y brazaletes; sartales de pepas rojas mezcladas con brillantes plumajes la adornaban el pecho, la espalda y rodeaban los tobillos.

Después de una corta alocución, en la que Caonabó daba cuenta de sus propósitos é intenciones acerca del fuerte de Santo Tomás, y dadas sus órdenes de cómo había de ejecutarse el ataque, el jefe indio emprendió marcha por las veredas más ocultas en la profundidad de los bosques, con ánimo de asaltar el fuerte cuando menos lo esperasen, persuadido de que el joven Ojeda, que lo comandaba, no tendría noticia alguna de la aproximación de tan formidable hueste.

Poco antes de avistar la fortaleza mandó Caonabó que se detuviera la vanguardia á orillas del río, para descansar, á fin de llegar frescos al ataque, ó tal vez para dar tiempo de que Anacaona recorriese las apiñadas filas de guerreros, hablara á cada uno por su nombre, y distribuyera, entre los que en otras ocasiones se habían manifestado más valientes, algunas flechas de su propio carcaj, recordándoles á todos que ella jamás había presenciado una derrota, y siempre en todo combate había sido vencedora.

Les dejaremos aquí entretanto para pasar al campamento español y descubrir si por ventura Ojeda tenía noticia del peligro que le amenazaba.


III

La fortaleza de Santo Tomás estaba bellamente situada en una altura y rodeada casi por completo del río Yanique, de corriente fuerte y ruidosa en aquel sitio, rompiéndose contra muchas piedras de jaspe y variadas rocas, que formaban el lecho del río. Al frente se extendía una sabana limpia, cubierta de verdes y menudas hierbas, que bajaba en plano inclinado hasta caer sobre el río. La parte de atrás estaba resguardada por barrancos y peñascos inaccesibles, lamidos en su base por el impetuoso río, que pasaba bramando. El edificio era cuadrado, defendido por una fuerte palizada y un foso, y coronábale una torre, desde lo alto de la cual se avistaba la hermosa Vega, los campos circunvecinos y los lejanos montes. En aquella torre tenía Ojeda su habitación, cuyos muebles se componían en resumen de un lecho formado por dos tablas sobre troncos de árbol, un banco igual, relucientes armas colgadas del muro toscamente embarrado, y en lugar preferente de la estancia un crucifijo de madera y la pequeña Virgen pintada al óleo, que recibió del Arcediano Fonseca, en nombre de María. Desde que Ojeda tuvo en su poder aquel cuadro no se había separado un momento de él, y á todas partes lo llevaba.

"En los cuarteles y en campaña (dice el historiador W. Irving), Ojeda llevaba consigo aquel cuadro: de noche lo suspendía sobre su lecho, y en sus peligrosas expediciones y en la soledad de los bosques solía sacarlo de su morral. Cuando se lo permitían las circunstancias, lo descubría y lo fijaba en el tronco de algún árbol para invocar la protección de la que había erigido en patrona suya y consagrádola todos sus pensamientos de afecto reverente: le pedía su amparo en toda riña ó batalla y se consideraba seguro aun en las más peligrosas empresas."

Al vigilante Ojeda no pudo ocultársele el inusitado movimiento de los guerreros de Caonabó, y comprendiendo el peligro en que se hallaba, se apartó un momento del lado de sus advertidos compañeros de armas, subió á la torre, é hincándose al pie de la Virgen, invocó en una ferviente oración la protección del cielo, y al mismo tiempo levantóse en su mente el recuerdo de su ausente María, cuya triste y suave fisonomía parecíale ver retratada en la imagen de la Virgen.

En tanto que Ojeda oraba, elevado su ánimo en una invocación celestial, miles de salvajes iban rodeando en silencio la fortaleza, ocultando tras de las rocas, espinos y plantas de los alrededores sus cuerpos |envijados, que negreaban en un gran círculo, más y más reducido, á medida que llegaban unas tras otras las tropas indígenas... Oraba Ojeda con las manos juntas y los ojos levantados y fijos en su Virgen, implorando el socorro de la divinidad, no por que tuviese miedo, sentimiento para él desconocido, sino porque tenía una gran fe y seguridad que todo estaba en manos de Dios, y que sin su ayuda no había salvación; su corazón abrigaba aquella |fe que todo lo vence, todo lo da; que infunde brío á los más débiles y en los más valientes acrecienta su energía y su pujanza, - tenía fe en Dios, en la intercesión de la Virgen, en las oraciones de María, en su causa, y por consiguiente, en su fuerza y en su brazo...

Ojeda oraba: los españoles repartidos detrás de las palizadas y barbacanas aguardaban callados que llegasen los salvajes; en el aire había un rumor extraño; el cielo estaba azul y despejado, el río saltaba murmurando y gimiendo por su lecho de piedras y de jaspes; el viento sacudía las hojas de los árboles y los pajarillos asustados levantaban el vuelo piando...

De repente un espantable alarido, un grito fiero y terrible rasgó el aire y atronó el ámbito á larga distancia, y una nube densa de flechas, simultáneamente disparadas por 10,000 arcos, cubrieron la fortaleza, quedando toda ella erizada de púas, como un gigantesco puerco-espín.

No había acabado aún de resonar el grito de los salvajes, ni habían penetrado todas las flechas en los muros del edificio, cuando ya Ojeda estaba entre los suyos, animándoles con la palabra, el gesto y el ejemplo. Dejó que los indios gastasen sus primeros ímpetus sobre las palizadas exteriores y que cobrando confianza se acercasen más, apartándose del abrigo de los bosques y presentando en el espacio abierto sus desnudos cuerpos. Apenas se hubieron aproximado en tumultuario desorden, apiñados miles y miles en la escueta sabana que se extendía al frente, cuando Ojeda mandó que la guarnición hiciese sobre ellos una descarga cerrada. Espantados y trémulos de horror, los que no murieron echaron á huír, despavoridos al notar el misterioso estrago que hacían las armas de los españoles; y aunque algunos yá habían visto en el campamento español, cañones y arcabuces, no podían soportar el estampido, ni el relámpago y el humo de semejante arma, que para ellos era enteramente incomprensible.

Viéndoles correr y alejarse en busca del abrigo de los árboles, dejando en el campo multitud de muertos, determinó Ojeda, con su habitual prontitud y audacia, salir á perseguirlos con seis de á caballo - escogidos entre los más valientes de la tropa, - bien armados con armaduras fuertes y capas acolchadas, y escoltados por noventa ballesteros con arpones, jaras y rodelas.

Sin embargo, los indios no estaban vencidos, y después del pánico que produjeron las armas de fuego, - pánico en medio del cual los más valientes fueron arrastrados en la fuga por los más cobardes, - después de aquel primer momento Caonabó logró rehacer sus desbaratados batallones y les hizo volver caras y defenderse del ataque. A pesar del valor heroico y de la audacia sin igual de Ojeda, éste vio que era imposible, con tan corto número de soldados, hacer frente á aquel torrente humano que por todas partes trataba de rodearle, y resolvió tocar retirada. Lo que hizo nuestro héroe en esa salida, maravilló á cuantos le vieron, y su solo brazo despedazó, destruyó, maltrató y echó por tierra más indios que todos sus compañeros juntos. Pero como notase que mientras más número de indios mataba mayor cantidad de ellos salían á combatir, - mandó que su tropa se fuese replegando poco á poco hacia la fortaleza para ampararse tras de las palizadas, en tanto que él protegía ese movimiento con un brío casi sobrenatural: con la mirada brillante y encendida, y la mano alerta, enristrada la lanza, rompía como un huracán por medio de las apiñadas filas de los indios, dejando en pos suya un reguero de muertos, y se abría paso sin que alcanzasen jamás á herirle, hasta que vio que todos los suyos estaban resguardados y salvos: entonces arrimó los acicates al caballo con tánta furia que el animal dio un primer salto por encima de los enemigos y del segundo fue al otro lado de las palizadas, dejando á unos y otros atónitos y suspensos.

Fatigados por tan larga faena retiráronse los indígenas á alguna distancia del fuerte, y suspendieron por aquel día el combate para recoger sus muertos y atender á los heridos; los españoles hicieron igual cosa, aunque apenas tuvieron que lamentar tres muertos y varios heridos de gravedad.

Parecía que después de esta derrota quedarían tranquilos los españoles, y así lo creyeron éstos, esperando que los indios se retirarían como lo habían hecho otras veces; pero el día siguiente les trajo el desengaño: Caonabó cambió de táctica poniéndoles sitio para rendirlos por hambre, y cada día estrechó más y más el cerco, levantando ranchos en torno de la fortaleza y fundando un campamento en toda forma.

La situación de los sitiados se fue haciendo muy crítica: Ojeda vio que no tenía en la fortaleza suficientes bastimentos ni pertrechos para sostener un largo sitio, ni cómo enviar á la Isabela noticia de lo que pasaba; pero la prudencia de este jefe corría parejas con su valor, y delante de sus subalternos se manifestaba tranquilo y sereno, procurando ocultar á los demás el estado en que se hallaban. Felizmente casi todos los soldados que tenía eran veteranos y habían pasado largos años guerreando contra los moros: perfectamente diestros en los combates de guerrillas y escaramuzas eran adecuados para el caso, molestando á los sitiadores con repentinos asaltos sobre el campamento y salidas improvisadas que causaban mucho daño á los indígenas.

En tanto Caonabó examinaba, con perspicacia rara en un salvaje, los sitios más débiles del fuerte, aprovechándose de cualquier descuido de los españoles para atacarlos; pero Ojeda era tan avisado, y entendía también en aquella guerra, que el indio le halló siempre alerta y frustrando todos los ardides y astucias que ponía en juego. Era tál el prestigio que Ojeda gozaba entre sus mismos enemigos, que éstos llegaron á mirarle como un sér sobrenatural y huían de su presencia con temor invencible: creían que el jefe español no era susceptible de hambre ni de sed, que pasaba invulnerable y sin que nada le arredrase al través de los mayores peligros; siempre le hallaban vigilante, á toda hora y en todo tiempo, sin que pareciese dormir ni descansar jamás, ni perder nunca la confianza.

Los grandes hombres han sido grandes porque confían en sí mismos y el vulgo sólo cree en los que creen en sí mismos.

Así trascurrían los días y las semanas sin que Ojeda hubiese logrado tener noticias de la Colonia adonde habían enviado secretos mensajes avisando al Almirante, yá de regreso Haití, de su apretada situación. Las provisiones disminuían á ojos vistas y las raciones que podía repartir eran tan escasas que los soldados españoles, aunque naturalmente parcos, padecían hambre, pero no se quejaban, porque veían que Ojeda dejaba para sí una pitanza aún menor que la del más ínfimo soldado.


IV

Todo estaba en silencio, tanto en el campamento indígena como en el fuerte, cobijados por una noche fresca, serena y apacible, no soplaba brisa alguna, y ni una hoja se movía en los árboles de los alrededores. Ojeda, que hacía noches que no dormía y días que sólo comía para no desfallecer, viendo la tranquilidad en que yacía el enemigo, quiso retirarse á gozar de algunas horas de sueño después de haber dejado centinelas en las partes más débiles de los muros y palizadas. Era tánta la fatiga que sentía aquel hombre, que jamás dejaba ver debilidad en su cuerpo ni en su espíritu, que apenas se hubo reclinado en su duro lecho, cuando se quedó profundamente dormido. Durmió así algunas horas con aquel sueño hermano de la muerte, pero que da la vida, hasta que ya cerca de la madrugada un aire fresco y perfumado que entraba por la claraboya de la torre vino á bañar su frente y producir en sus sentidos aún embargados, una sensación de bienestar que avivó su imaginación: creyó despertar con el sonido de una voz que le llamaba tenue y suavemente; pero aún no despertaba, y de nuevo oyó la voz que le sonó como una música celestial; trató de incorporarse, y pareciéndole que abría los ojos miró en torno suyo... cuál sería su sorpresa al encontrarse, no en la triste y desmantelada torre de Santo Tomás, sino en una capilla espléndidamente aderezada: ricas alfombras tapizaban el suelo; grandes y hermosos cuadros de pinturas cubrían los muros, y sus marcos dorados brillaban iluminados por la luz de una lámpara de plata que pendía del techo. Al frente estaba un altar y sobre él una imagen de la Virgen que salía por momentos de las tinieblas y otras desaparecía enteramente ofuscada por ellas: al pie del altar notó un bulto como de persona, que le hizo estremecer, porque era lo único que manifestaba vida en medio del silencio de la espléndida capilla, para él absolutamente desconocida. El misterioso bulto aparecía enteramente envuelto en un velo que lo cubría y arropaba cual mortaja, pero se traslucían sus facciones como iluminadas por una luz interior, y aquellas facciones eran las de su ausente é idolatrada María. Ojeda quiso hablar, pero no pudo sacar sonido alguno de su seca garganta y quedóse absorto y extático contemplando la extraordinaria visión.

- Alonso! tomó á decir la voz de enantes, pero no pudo distinguir si salía de la imagen del altar ó de la postrada figura; Alonso, decía, yo pienso en
ti... no me olvides nunca...

- María, María! articuló por fin Ojeda con trémulo acento.

- Alonso! continuó la voz; grandes peligros te cercan; pero si no me olvidas los vencerás; no morirás de heridas, ni la fuerza de los naturales te hará mella, pero te anuncio que otro peligro peor...

En este punto un sordo estruendo, que para Ojeda fue como un sacudimiento espantoso que conmovió la torre y la fortaleza, le despertó de súbito, y disipadas las sombras del sueño, se arrojó fuera de la cama, percibiendo que el extraordinario ruido lo causaba la guazabara de los indios y los millares de flechas disparadas contra el fuerte, rodeado y asaltado por muchedumbre de salvajes, que se habían aprovechado del aparente descuido de los sitiados.

Armóse prontamente y acudió á entusiasmar la tropa con su heroico ejemplo. Los salvajes fueron rechazados valientemente, y en breve huyeron despavoridos á refugiarse en los bosques y breñas que los amparaban.

Después de atender á la composición y al ajuste de las palizadas que habían sufrido en el ataque de los indígenas, Ojeda, una vez que hubo distribuído entre su tropa la triste pitanza diaria, sin dejar para él cosa alguna aquel día, púsose á reflexionar en la extraordinaria visión que había tenido, tan malamente interrumpida por el ataque, y figurósele que el peligro que le anunciaba no podía ser otro que el hambre, cuyo aguijón comenzaba á sentir, pues que casi no había atravesado un bocado de alimento hacía veinticuatro horas.

- Virgen santísima! exclamó arrodillándose ante la imagen, concédeme la muerte en el campo de batalla, y líbrame de perecer oscuramente á poder del hambre tormentosa!

Pasó largo rato orando, hasta que le interrumpieron varios oficiales que entraban á anunciarle la llegada del indio amigo que había enviado con mensajes al Almirante, pidiéndole socorro. Las cartas de Colón prometían auxilio, pero no tan pronto, y exhortaban á la guarnición de Santo Tomás á que se mantuviese firme en él entretanto.

Cuando Ojeda hubo acabado de leer los mensajes, el indio dobló una rodilla y humildemente le presentó lo único que había podido traer para su capitán : dos tortolillas vivas que, dijo el fiel indígena, podían servirle para una comida.

Despedido el mensajero, uno de los oficiales dijo, mirando con ojos de hambre los pájaros que el indio había dejado en el suelo:

- Llevaré las tórtolas al cocinero para que os las adobe, y os proporcione un razonable almuerzo.

- Y por cierto que le vendrá muy á tiempo, pues me han dicho que la ración que le toca al capitán, la distribuye diariamente entre los más necesitados, añadió otro de los oficiales.

- No os cuidéis de mí, dijo el jefe con una desmayada sonrisa; yo no padezco de hambre.

- Ah! eso no puede ser, repuso otro, y tamaña abnegación es mayor que la que os impone vuestro cargo.

- Ea! al fogón con ellas, prorrumpió el primero.

- Alto! exclamó Ojeda; es mejor que partáis las tórtolas entre vosotros.

- Señor capitán: dos aves como éstas, divididas en ocho partes, ¿qué pueden aprovechar? mientras que á vos.

- No, no... ¿conque me creéis tan egoísta que mientras me harto, vosotros ayunáis y necesitados me miráis comer? No tal, y antes que tal suceda prefiero devolverles su libertad...

Dicho esto, levantó las tortolillas, les soltó las ataduras y poniéndolas en la orilla de la claraboya las dejó en libertad. Las aves al verse libres abrieron las alas y se alejaron volando con dirección á los lejanos cerros.

Admiraron los oficiales la abnegación y nobleza de carácter de su jefe, quien con actos como éste se granjeaba de tal manera el amor de los suyos, que todos ellos hubieran dado su vida por él sin vacilar. Sin embargo, ninguno sabía cuánta había sido en realidad su abnegación, puesto que tenía la convicción de que el peligro que le amenazaba era el de morir de hambre, y que en el primer momento había visto el regalo de las tórtolas como un socorro enviado por milagro de la Virgen que le protegía. Así  en su mayor parte juzgadas las acciones de los hombres: nadie conoce qué las causa é inspira, ni de qué secreto impulso provienen.

Los temores de Ojeda fueron, sin embargo, infundados por entonces, porque como Caonabó hubiese agotado su último esfuerzo en el ataque de aquella madrugada, viendo que sus mejores guerreros habían muerto en inútiles refriegas con los españoles, y que los demás estaban desalentados y sin deseo de seguir adelante una empresa en que nada ganaban, decidió levantar el sitio y retirarse á su hogar á concertar algún plan mejor organizado que le diera probabilidad de triunfar de tan testarudos enemigos.

Pero antes de alejarse, con el noble desinterés que distinguió siempre á este cacique, envió á decir á Ojeda que jamás había admirado ningún hombre como á él, y que aunque no dejaría de ser su implacable enemigo, no podía menos que elogiar sus proezas, su bizarría y grande ánimo, ni consentir en que el hambre le venciera y no las armas, por lo cual le enviaba los bastimentos que á él le sobraban.


V

El pueblo, residencia ordinaria del poderoso cacique Caonabó, estaba situado en el centro de la isla y á distancia como de 60 leguas de la Isabela.

Rodeábanla altos peñascos, corpulentas montañas y selvas interminables, por entre las cuales Caonabó había abierto veredas y senderos, en que tenía escalonados centinelas y vigías, por esto vivía seguro de que hasta á aquel punto no podrían llegar sus enemigos sin ser descubiertos.

El espíritu de independencia del cacique era superior á todo otro sentimiento, y no podía sufrir que en sus tierras ni en la de los demás caciques se hubiesen enseñoreado los insufribles y crueles extranjeros; así inspirado por su natural audacia y ayudado por la valiente Anacaona, formó en breve una liga ofensiva y defensiva contra los españoles, haciendo parte de ella todos los jefes indígenas de la isla. La intención de Caonabó era caer al mismo tiempo y el mismo día con todos sus coaligados sobre la nueva ciudad y sobre los fuertes de la Concepción, la Magdalena y Santo Tomás, y no dejar un solo español vivo en todo el territorio de Haití. Para llevar á cabo esta audaz empresa, sólo se aguardaba la llegada de ciertos emisarios del cacique que vivía más lejos, para con ellos señalar el día de las proyectadas Vísperas Sicilianas indígenas.

Una hermosa tarde de Diciembre hallábase Caonabó  recostado muellemente en su hamaca refiriendo á su esposa favorita las maravillas que había visto en los alrededores de la Isabela, hasta cuyas puertas había logrado llegar ocultamente, con el objeto de descubrir la manera más fácil de asaltar la nueva ciudad española. Describíale, entre otras cosas, el asombro y el encanto que había experimentado con el sonido de la campana de la iglesia, cosa que suspendía y entusiasmaba más que todo á los indígenas de aquella isla, hasta el punto de que muchos arriesgaban su libertad y su vida sólo con el objeto de acercarse al lugar en que sonaba para ellos la música más sorprendente y maravillosa del universo: creían que la campana era un presente divino, obsequio del Dios de los blancos, y que no podía haberse fabricado sino en el cielo y por mano de seres sobrenaturales.

- Ah! decía Anacaona, cuánto diera yo por oír esa música que decís!

- Eso lo lograremos tal vez, pero no sé cómo la tocan y si sonará lo mismo en nuestro poder que en el de los forasteros.

Interrumpió la plática de los dos esposos un mensajero, que llegaba del confín de la montaña con el aviso de que se acercaba un destacamento español.

- A atacarnos? preguntó Caonabó incorporándose.

- No; vienen en són de paz, y han dicho, por medio de los intérpretes, que desean tener una conferencia contigo, señor, trayendo además obsequios de consideración.

- ¿Cuantos son? repuso el cacique.

- Diez hombres y un jefe: el mismo que defendió la fortaleza de Santo Tomás.

- ¿El que llaman Ojeda?

- El mismo.

- Qué fortuna! exclamó Caonabó. ¡Yo que deseaba tánto ver á este hombre de cerca!

- ¿Y permitirás que llegue hasta aquí? preguntó Anacaona; ¿no temes alguna falsía de parte de los españoles en las presentes circunstancias?

- ¿Que podemos desconfiar de once hombres cuando tengo aquí reunidos más de cinco mil guerreros? Admírame la grande alma y nobleza de estos hombres que vienen á librarse en mis manos atenidos á  mi generosidad. Córre, añadió, dirigiéndose al mensajero, di que los dejen pasar inmediatamente y los reciban como si fuese yo mismo.

Apenas hubo partido el ágil enviado de los vigías que guardaban las selvas, cuando Caonabó mandó que se preparasen á recibir á los españoles con todo el boato de que podía disponer su desnuda majestad. Conforme á sus órdenes salieron en primer lugar con sus mejores atavíos (es decir, plumajes y pinturas) los principales cortesanos y habitantes del pueblo, con antorchas encendidas en las manos, pues ya había llegado la noche: seguíales una comitiva de treinta mujeres de la casa real, vistosamente aderezadas con delantales de algodón bordados de varios colores, y anchos brazaletes de conchas relumbrantes, coronas de flores sobre el cabello caído por la espalda, y en las manos instrumentos músicos las unas, y palmas y ramos floridos las otras.

Admiróse Ojeda al avistar por entre los árboles, cuando llegó al pueblo, una procesión tan impotante á la par que extraña, y como le dijera el intérprete que aquello se hacía para dar honor á los huéspedes, echó pie á tierra con sus compañeros en señal de respeto y avanzó por la vereda seguido de los demás españoles.

Al llegar á cierto punto se detuvo la procesión á uno y otro lado del camino, y se adelantaron las mujeres cantando y danzando, yendo á depositar al pie de Ojeda las palmas que llevaban, en señal de paz y bienvenida, y lo condujeron á la presencia de su cacique. Aguardaba éste á su huésped á la puerta de su casa, que era la más grande del pueblo, teniendo á su lado á su mujer favorita, la guerrera Anacaona. Ambos recibieron á los españoles con una natural cortesanía que hubiera hecho honor á príncipes civilizados, y los llevaron al lugar en donde tenían preparado un banquete. Caonabó, que no se había pintado para aterrar, como lo hacía cuando estaba en campaña, no parecía tan fiero como le habían visto antes los españoles, y esta circunstancia, unida á su deseo de agradar á Ojeda y á la dignidad de su puesto, le hacían muy afable con sus enemigos.

Anacaona, cuya belleza resaltaba sin necesidad de atavíos, la acrecentó con las usuales galas de su clase. Vestía un faldón ricamente bordado que le caía hasta las rodillas, muchos sartales de cuentas y primorosas plumas sobre el pecho, una guirnalda de flores rojas y blancas en torno de la cabeza é igual adorno en los brazos y tobillos, Anacaona, que  era poetisa y se acompañaba con un instrumento hecho con la pintada concha de una hicotea (especie de tortuga pequeña), cantó varios |areytos | 2 , rimados y compuestos por ella misma, en tanto que otras indias danzaban á la luz de la luna en la plaza del pueblo, formando coro al acompasado retintín de varias conchas que adornaban sus cuerpos.

Terminado este poético saludo de bienvenida que recordó á Ojeda lo que había oído decir de los antiguos griegos, y antes de retirarse á las hamacas que les habían preparado en una casa grande que pusieron los indios á su disposición, suplicó al cacique que le permitiera tener con él una conferencia, para la cual traía intérpretes.

Después de los cumplimiento del caso por uno y otro lado, Ojeda le manifestó que venía á las tierras de Caonabó como embajador de su jefe el Almirante Cristóbal Colón, con el objeto de invitarle á que le hiciese una visita en la Isabela, y así, cara á cara, hacer las paces con él y con todos los habitantes de la isla, de quien él, Caonabó, era el nato jefe, según comprendían los españoles.

Caonabó contestó con dignidad que él tendría mucho placer en ver al |Guanimiquina (así llamaban los indígenas á Colón), y que no se oponía á que lo visitase personalmente si lo tenía á bien, asegurándole que sería recibido lo mejor posible en sus Estados, pero que él no tenía por qué salir de su territorio para buscar una amistad que no necesitaba.

Ojeda entonces no insistió en su invitación, manifestó al cacique que daría parte de su contestación á Colón, y púsose á hablarle de las maravillas que tenían los españoles en la Isabela, hasta que el cándido salvaje le dijo que lo que deseaba ver era la campana, cuyo sonido le había encantado, añadiendo que por poseerla haría cualquier sacrificio.

Sonrióse Ojeda al descubrir que aquel era el lado débil de Caonabó y por el cual podía cautivarlo, y así dijo, como al descuido, que cabalmente Colón había intentado obsequiarle con aquel objeto si el cacique llegaba á entrar como amigo á la Isabela. Además, le aseguró que le enseñaría las misteriosas palabras que había de pronunciar para que el instrumento produjese el sonido armonioso que le encantaba, sin las cuales la campana permanecía muda é inútil.

Dejándole bajo esta impresión, el español se retiró á dormir. Caonabó entretanto dio parte á Anacaona de las palabras del huésped, pasando largas horas en deliberar sobre lo que harían para conseguir tamaña dicha, pues según había entendido el cacique nada obtendrían con robarse la campana si no sabían las palabras que la harían sonar.

Al día siguiente el cacique mostró á su amigo Ojeda las curiosidades y grandezas de su pueblo, llevándole (favor que no prodigaba) al templo del |Zeme, dios tutelar de la tribu, alojado en una casa bastante espaciosa y puesto sobre una especie de altar de madera: era de piedra y toscamente labrado, según se manifestó al descubrirlo; honor señalado que hizo á Ojeda, relajando le severidad de sus ritos, porque era de mal agüero que otra persona de diferente tribu ó nación contemplase el |Zeme de Maguana.

Además de este ídolo adorado por la tribu en común, cada familia tenía un |Zeme particular que era el patrono de la casa. El cacique poseía también tres piedras maravillosas ó talismanes, que prestaba á sus súbditos, como eficaz medicamento, sirviendo como preservativo cuando les amenazaba algún gran riesgo.

Para el cuidado del templo había varios |Butios ó sacerdotes, que llevaban el cuerpo pintado con la imagen del |Zeme, y además de este empleo y el de presidir las ceremonias religiosas, eran los médicos natos de la tribu.

El cacique no debía nunca morir de muerte natural; y para esto los |Butios tenían la misión de ahorcarle cuando, estando enfermo, agonizaba, en tanto que la chusma moría sola y abandonada por todos sus parientes, á menos que el cacique los mandase ahorcar, lo que se apreciaba mucho, y se creía cosa de honra y prueba de grandeza.

Pasaron algunas horas entretenidos en esto y en presenciar las evoluciones militares de los guerreros de Caonabó, que quiso deslumbrar á los españoles con el espectáculo; terminado el cual, Ojeda significó á su huésped que deseaba regresar á la Isabela á dar parte de su misión al Almirante, quien tenía vivo interés en hacer las paces con todas las tribus indígenas de la isla y favorecerlos con valiosos presentes.

Caonabó entonces anuncio que había decidido acompañar á Ojeda en su regreso á la Isabela si con toda sinceridad le aseguraba que en cambio de los tratados que harían en aquella ciudad le garantizaba que le darían la campana de la iglesia y enseñarían á manejarla. Sumamente satisfecho con aquella promesa, Ojeda le ofreció que de seguro conseguiría cuanto quería si llenaba los deseos de Colón.

No tenía el español la conciencia muy tranquila desde que le dieron parte de la confianza que de él hacía el cándido cacique, tan extremado en manifestarle cariño y aprecio, en tanto que él había ido á Maguana con una misión muy pérfida y desleal. Mucho nos duele tener que presentar en este caso á Ojeda como hombre falso, ingrato y ruin para con el generoso indígena, - pero hay que notar que los españoles de aquel tiempo estaban acostumbrados á hacer la guerra á los moros con engaños y artificios, recibidos como estratagemas lícitos, tratándose de infieles, á quienes no era malo engañar con promesas y aun juramentos que luégo se quebrantaban sin empacho.

Sucedió que habiendo llegado á oídos de Colón la noticia de la conspiración tramada por Caonabó quiso encontrar algún medio de impedir que estallase, y dio con gusto el permiso que le pidió Ojeda: licencia para internarse hasta el campamento de Caonabó con algunos compañeros, embaucar al cacique y traerlo inerme, maniatado y preso á la Isabela. Semejante empresa, que hubiera parecido imposible á cualquiera otro, no lo era en el concepto de los conquistadores, para el héroe de Santo Tomás, y así Colón accedió á lo que le pedía exigiéndole solamente que trajera al cacique preso, pero vivo, á la colonia española. Ya hemos visto cómo llegó á Maguana, cómo fue recibido por el jefe caribe y de qué manera imprevista vino á facilitársele su proyecto, al parecer descabellado; pero al tiempo de ponerse en marcha, Ojeda notó, no sin recelo, que habían preparado numerosas huestes como acompañamiento del cacique.

Preguntó qué significaba aquello, puesto que él no tenía más séquito que diez hombres, y que le parecía impropio que á una visita entre amigos se llevaran, tántos guerreros.

Contestóle Caonabó que un gran príncipe como él no podía moverse de una parte á otra, sin un tren digno de su poderío y esplendor. Comprendió Ojeda que el indio era muy astuto y que aquellos guerreros no iban con muy buenas intenciones á la colonia española, y resolvió ser más sagaz y mañoso que el salvaje, manifestándose muy contento y sometido á su voluntad.


VI

Al mañanear del tercer día de marcha llegaron á orillas del hermoso río Neyba, en donde se detuvieron para refocilarse. No estaban yá muy lejos de la Isabela, y á poco más andar dejarían las montañas y los riscos para entrar en un terreno llano; así Ojeda juzgó que era llegado el momento de dar el golpe de mano que con tánta habilidad había preparado, y lo creyó tanto más urgente cuanto le había sobresaltado la noticia de que durante la marcha el ejército de Caonabó se había aumentado considerablemente, con destacamentos que otros caciques enviaron con sigilo orden de incorporarse los batallones de la retaguardia.

- Caonabó, dijo Ojeda acercándose al cacique en unión del intérprete que le acompañaba; vengo al fin á mostraros el obsequio de más consideración que un español puede presentar á un guerrero: ved estos adornos fabricados en el Turey (cielo) de Vizcaya, y que sólo usan en grandes solemnidades los soberanos de Castilla.

Y le presentó unos grillos y unas esposas de hierro que brillaban como plata.

- Esos adornos, continuo, los he traído para que os los pongáis en honor del Almirante D. Cristóbal Colón, que debe de estar muy cerca de aquí, porque me ofreció venir á recibiros no lejos de estos parajes.

Admiró agradecido el sencillo cacique aquel precioso regalo y desde luego quiso adornarse con él, pero Ojeda le dijo que era preciso bañarse primero y vestirse con los mejores arreos que tuviera para presentarse delante del jefe español montado á caballo; pero como no estaba enseñado á aquel ejercicio, para acostumbrarse al movimiento del caballo tendría que montar al anca del de Ojeda, el que después se desmontaría para dejarle seguir solo.

Accedió á todo Caonabó y en esto lo que más le halagaba era la idea de cabalgar uno de aquellos hermosos animales que tánto admiraban y temían sus súbditos.

Cuando estuvo perfectamente preparado, montó el capitán y mandó que los indios ayudasen al cacique á tomar asiento detrás de él; los españoles le ajustaron las esposas, le pusieron los grillos en los pies, atando las cadenas al descuido contra los arneses del caballo. Entonces Ojeda apretó lo ijares al brioso corcel y éste se puso en dos saltos en medio de la multitud de indios que, temiendo ser atropellados, se hicieron á un lado y le dejaron pasar. El animal, aparentemente enfurecido, tomó la dirección del monte más espeso, entre cuya sombra le aguardaban los demás españoles, y subieron por una pequeña cuesta hasta llegar á las orillas del río por una vereda que habían abierto de propósito en un recodo que hacía la Corriente; rodearon entonces á Caonabó y le declararon que estaba preso, y que si daba voces le quitarían la vida sin vacilar; al mismo tiempo le ataron contra Ojeda y atravesaron el río una ó dos veces para que no pudiera seguirle la pista los indígenas. Pero aquellas precauciones eran por demás: ellos no habían imaginado que fuera posible una felonía como aquélla, y no desconfiaron al principio de la desaparición de Caonabó, creyendo que el caballo volvería en breve, y que aquel era un juego con que Ojeda había querido divertir al cacique pues ya varias veces el español se había exhibido delante de ellos, manifestándoles la habilidad y ligereza del caballo en correr, dar saltos, vueltas y varias pruebas muy graciosas.

Cuando el confiado cacique se vio en manos de sus enemigos, se manejó con la dignidad innata en los jefes indígenas, que fundaban su orgullo en no quejarse nunca, sino por el contrario manifestar altivo desprecio del peligro: lo que demuestra una vez más que el hombre altamente civilizado y el perfectamente salvaje se parecen en sus sentimientos de dignidad.

El viaje fue en extremo peligroso, y hubieron de sufrir muchísimo en lo intrincado de las selvas, y en la altura de los riscos y cerros por donde tuvieron que pasar para escapar de los indios que, desengañados, los perseguían. Fueles preciso dar rodeos y á veces perderse por escabrosas sendas para no dejar huellas de su paso. No tenemos tiempo de describir las aventuras que afrontaron los infatigables españoles por entre las oscuras selvas, llanuras fangosas, ríos hondísimos, sin encontrar muchas veces qué comer, y de noche en lo alto de los cerros, ateridos de frío y privados de todo abrigo. Caonabó permanecía callado, sereno, y su porte era tan verdaderamente noble y entero en todas circunstancias, que obligó á sus captores que le tuviesen las mayores consideraciones.

Cosa extraña, pero tal vez característica de la índole de Caonabó, fue que jamás manifestó á Ojeda resentimiento por su conducta pérfida, sino que al contrario elogiaba su astucia y singular arrojo. Creciendo su cariño hacia el español, por estar sinceramente persuadido de que la perfidia y el engaño eran permitidos en la guerra; pareciéndose en esto moralmente al hombre más disimulado que recuerda la historia moderna, quien tenía por máxima "que la palabra sirve para ocultar el pensamiento." | 3 Cuando Ojeda se dirigía á Caonabó, éste le escuchaba con atención y respeto; aunque no le entendía, hacía lo posible para penetrar sus ideas y conformarse con su voluntad, en tanto que á los demás les manifestaba completo desprecio y aparentaba no verlos desde la altura de su orgullo.

Al fin después de algunos días de viaje penosísimo, llegaron á la Isabela con su cautivo en toda seguridad ; expedición valientemente consumada, pero cuya perfidia oscurece su mérito.


VII

Dos años eran transcurridos desde la captura y prisión de Caonabó; después de muchas luchas, batallas y escaramuzas al fin los españoles lograron apaciguar á los indios que se alzaron, y hacerse dueños de la isla en su totalidad. Como no es nuestro ánimo relatar todos los acontecimientos de la conquista, que, aunque interesantísimos, no hacen parte del plan de nuestra narración, no mencionaremos pormenores y sólo diremos de paso, que en casi todas las acciones: notables y hechos de armas, nuestro héroe tomó una parte activísima tanto que Colón confesaba que á Ojeda le debía el buen éxito de muchas de ellas. A pesar de sus buenas intenciones y de conformarse humildemente á la voluntad de los Reyes católicos, Colón se vio oprimido por la calumnia y la envidia de los cortesanos, y persuadido de que sólo él, personalmente, podía contestar á los cargos injustos que se le hacían, resolvió embarcarse para España, lo cual verificó en Marzo de 1496, venciendo no pocas contrariedades.

Era una tranquila noche de Mayo, en que brillantísimas estrellas iluminaban la bóveda celeste con un fulgor y una claridad que sólo se ve en los trópicos, y al través de la pura atmósfera marítima. Entre las constelaciones casi desconocidas en Europa veíase en el confín del horizonte, por el lado del Sur, la de la |cruz de Mayo, la del |Navío y la del |Centauro (que encierra la maravilla astronómica de dos soles que giran el uno en torno del otro), y gran número de luceros á cuál más espléndidos y brillantes. Una brisa suave y saturada de olores marinos henchía las velas de las dos embarcaciones que formaban la escuadra de Colón, y parecían blancos espectros deslizándose sobre las azules ondas y dejando en pos de sí un reguero de luz fosfórica.

Conforme fue avanzando la noche los pasajeros que iban en las carabelas se retiraron á sus hamacas, y sobre la cubierta de los bajeles, al promediar la noche no quedaba sino el vigía, y embozado en su capa un hombre de pequeña estatura, aire marino y ademán altivo y desembarazado, que se paseaba de un extremo á otro de la carabela haciendo sonar la espada al caminar.

Repentinamente se presentó sobre la puente del navío un indio casi desnudo, y acercándose al embozado dijo en español incorrecto:

- Don Alonso!...  hermano mío llama á vos!

Ojeda (pues era él) preguntó con interés si el enfermo había empeorado.

- Sí.... morirá pronto: no verá la luz del día.

- Pobre, pobre Caonabó, vamos pronto! dijo Ojeda, y bajó precipitadamente por una escalerilla de mano á la cala del buque, en donde yacía con sus compañeros el antiguo cacique de Maguana.

Caonabó, cautivo durante dos años, no había dejado ni por un momento de ser digno del título del cacique más importante de Haití: soportó su injusto cautiverio con tranquilidad aparente y sin exhalar nunca una queja ni pedir ningún favor. El orgulloso salvaje desdeñaba al Almirante á quien miraba con desprecio, porque no le había tomado preso personalmente sino enviado á su capitán é inferior á poner por obra aquella acción, acción que se le antojaba heroica y digna de los mayores elogios, á pesar de ser él la víctima. Caonabó no se consideraba prisionero de Colón, sino de Ojeda, y á él solamente acataba. Cuando éste lo iba á visitar lo recibía con respetuoso cariño, y le pedía que le enseñase su idioma para poderle hablar, en tanto que á Colón le volvía la espalda con marcada desatención. | 4

Caonabó, dotado de clara inteligencia, aprendió en breve el castellano y lo hablaba con alguna corrección: mientras que permaneció en tierra soportó las penalidades del cautiverio con valor, pero no fue lo mismo cuando se vio en un buque, y privado ya no solamente del séquito de indios que le hacían la corte, sino hasta de la suave atmósfera de su país natal. Una tristeza profunda, un desaliento completo se apoderó de él, y esto le vino acompañado de una fiebre lenta que le devoraba noche y día, padeciendo mortales insomnios y delirios que acababan de agotar sus fuerzas. Alarmáronse los españoles con el peligro que había de perder al cacique más famoso de Indias, á quien llevaban á los Reyes como una curiosidad y una muestra de lo que eran los Jefes que habían vencido. Procuraron todos á porfía sacarle de sus crueles meditaciones, y describíanle las grandezas de España y las cosas maravillosas que vería en la corte de los Reyes más poderosos del mundo; pero en vano: nada disipaba el profundo abatimiento del salvaje y el tedio que aumentaba por horas y por momentos, á medida que se alejaba de su isla. Detúvose Colón algún tiempo en Guadalupe, y en esta isla tuvo lugar un acontecimiento que pudiera haber devuelto alguna esperanza al corazón de Caonabó: fue éste la admiración que su desgraciada situación produjo en una mujer, esposa del cacique de aquella isla, hasta el punto de querer acompañarle para cuidar de él y consolarle, rehusando volver á tierra, suplicando humildemente que la dejasen seguir viaje hasta España con Caonabó. Creyendo que tan solícita compañera distraería de su pesadumbre al cacique, acogieron con gusto el ofrecimiento de la india; pero todo esfuerzo fue inútil: la honda nostalgia del cautivo fue aumentando diariamente, hasta que se comprendió que iba á morir, sin que lograran aliviarle ni un momento las consideraciones que le procuraron guardar.

Hallóle Ojeda acostado en su hamaca, junto á la cual lloraban su hermano, su sobrino y su hijo, que también llevaban cautivos, y más lejos, en la sombra, mesábase los cabellos la india de Guadalupe.

- Alonso, - dijo Caonabó con debilitado acento al ver entrar al español,- el |zeme quiere que marche de aquí: me voy á la tierra de mis padres, y tengo de morir como un miserable y aguardar la agonía de la muerte... Oh! exclamó incorporándose, si tuviera aquí uno de mis |butios, moriría como muere un cacique: ahorcado.
- Caonabó, respondió Ojeda, un guerrero como tú no pierde nunca el valor... no se deja morir así... todavía tendrías remedio si quisieras.

- ¿Acaso me llevarían mañana á Haití?

- Eso no, pero...

- Entonces mi mal no tiene remedio, porque no quiero llegar á tu tierra sino volverme á la mía, é ir á comer la fruta que se da en el cielo de los míos.

- Escúcha, Caonabó...

- No, no me interrumpas: me quedan ya pocos momentos de vida antes de irme quiero recomendarte á mis parientes y á aquella hija de príncipes que me acompaña, abandonando por mí su tierra pido que sean devueltos en breve á sus islas. El indio no puede vivir entre los hijos de Turey sin morirse pronto. Vuestro Dios nos mira mal y nuestros |zemes nos han abandonado: ellos tienen celos del vuestro que es muy más poderoso, y ha puesto en vuestras manos por armas truenos y relámpagos, mientras que los |zemes no conocen sino las flechas, los dardos y las macanas. En esta lucha entre el poderío de vuestro Dios y los celos de los nuéstros, nosotros, pobres indios, moriremos todos. Aunque yo te perdono, Alonso de Ojeda, todo el mal que me has hecho, no sé si los míos harán otro tanto. Dejo mi maldición, único poder que no han podido quitarme, á todos los demás que me han tenido cautivo, y deseo que ellos sufran como yo: prisiones, destierros y desgracias. Que vuestro Dios me oiga y los míos me venguen!...

No pudo continuar; aquel esfuerzo que había hecho para hablar postró enteramente sus fuerzas, y cayó para atrás desfallecido y exánime. Rodeáronle los indios, levantáronle la cabeza y echáronle aire con hojas de palma trenzadas, pero en vano; no volvió á hablar y pocos momentos después había dejado de existir. Los indios levantaron sus voces lamentando la muerte de su pariente y de su jefe, y entonaron entre sollozos el canto del guerrero moribundo, cual correspondía en aquel caso.

Ojeda subió otra vez sobre cubierta sumamente impresionado con las palabras últimas de Caonabó, y cuando llegó al aire libre notó que empezaba á nacer un nuevo día, y que á medida que perdían su brillo las estrellas una capa dorada inundaba todo el ámbito del mar, y que momentos después el sol se levantaba espléndido sobre las inquietas olas del océano, en cuyo confín estaba España, la patria querida, y en ella la madre y la mujer amada...
 

 

1 Palabra que significa |flor de oro. La cacica era poetisa y componía cantos guerreros en conmemoración de los hechos de sus heroicos antepasados.
2 Cantos y baladas propias de los indígenas de Haití y de Cuba.
3 Talleyrand.
4  Los haitianos nunca resintieron la perfidia de Ojeda, sino que, al contrario, la misma Anacaona perdonó á los españoles su atroz conducta; ocho años después murió en una horca esta ilustre guerrera, víctima de los enemigos de su raza.

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