CUADRO IV-1494
Haití
I
La isla de Haití, como la llamaban los indígenas, ó Española,
como la bautizó Colón, ó Santo Domingo, como la denominaron en
seguida los franceses, es, después de la de Cuba, la más grande del
Archipiélago de las Antillas. Mide en su conjunto 6,000 leguas
cuadradas, y en su centro se levanta una cadena de montañas cuyas
ramificaciones se extienden hasta la costa, dejando entre sus
contrafuertes y estribos amenos valles, hermosas hondonadas,
quiebras y precipicios. Los cerros van disminuyendo al acercarse á
las orillas del mar hasta convertirse en ligeras colinas en unas
partes, y en otras en llanuras regadas por gran número de
caudalosos ríos y riachuelos, en cuyas arenas los compañeros de
Colón encontraban rastros de mineral de oro. En el siglo XV la
bella isla estaba poblada por una raza de indígenas que, según los
cronistas del tiempo, eran bien conformados, de carácter suave,
hospitalarios y bondadosos ha la debilidad. Formaban cinco naciones
bajo el dominio de cinco caciques diferentes y rivales entre
sí.
Magníficos bosques cubrían casi por entero la isla y daban
riquísimas maderas y frutos de diversidad de especies. Abríanse
aquí y allí anchos claros entre las selvas para dar lugar á los
caseríos de los naturales y á las sementeras de maíz, yuca y otros
alimentos favoritos de los indígenas. Sin embargo en el centro de
los cerros más elevados el paisaje era agreste y salvaje, áspero y
estéril, y en la cumbre de ellos la vegetación era triste, el suelo
pedregoso y árido y el clima fijo y destemplado, pero en
compensación hallábanse algunas minas de oro en aquellos recónditos
lugares, cosa que halagaba más á los españoles que la vista del
paraíso terrenal, si en él no hubieran hallado el maldito
metal.
La vegetación en las orillas del mar era hermosísima en torno de
preciosas y abrigadas bahías, puertos y ensenadas, sombreadas por
bosques de palmeras y frondosos árboles y arbustos, rodeando
caseríos asentados en la orilla del mar tranquilo y transparente, y
sobre el cual pareció á los españoles que jamás se desencadenarían
las tempestades que tan frecuentemente visitan las costas europeas.
Colón en su primer viaje no tuvo inconveniente en dejar en uno de
estos puertos una pequeña tropa de españoles para que sirviera
después de núcleo á la población europea que allí pensaba fundar.
Diremos de paso (pues probablemente el lector lo sabrá mejor que
nosotros), que aquella primera tentativa de colonización tuvo
malísimos resultados, y que en su segundo viaje encontró el fuerte,
en que había dejado los españoles, enteramente vacío y abandonado.
¿Qué había sido de los 39 europeos que de tan buena gana se
quedaron allí? Jamás se ha podido saber á las claras lo que
aconteciera durante los diez meses de ausencia de Colón. Los
indígenas aseguraron que habían muerto todos ellos víctimas de sus
malos instintos: que de su orgullo y conducta desordenada se
originó entre ellos una completa desmoralización, y cual indómitas
fieras, unos habían muerto en riñas particulares, otros á manos de
los indígenas ultrajados en sus intereses y en sus familias; y por
último, los demás guerreando contra el cacique más poderoso de la
isla. Este había bajado de las montañas, en donde tenía sus
dominios, y atacando á los intrusos, los había matado á todos, no
obstante el defenderlos á mano armada el hospitalario Guacanagarí,
cacique de aquellas tierras, el cual había protegido á los
españoles con una abnegación digna de un cristiano, y un cariño y
una bondad poco ó nada agradecida por ellos.
En el primer momento los compañeros de Colón no quisieron creer
en la lealtad del cacique Guacanagarí; pero en vista de la herida
que éste había recibido en el combate contra el cacique de las
montañas, de las lágrimas que derramó y protestas de fidelidad que
hizo, Colón lo absolvió de toda participación en la destrucción de
la incipiente colonia española, y le devolvió su confianza y
amistad, á pesar de la mala voluntad con que los demás miraban al
indígena, la cual se confirmó más entre ellos cuando á los pocos
días supieron que Guacanagarí había desaparecido del caserío, en
unión de una india Lucaya, que Colón llevaba cautiva.
Descorazonado con el mal éxito de la proyectada colonia en aquel
punto, y afligido por la defección del cacique en quien tánto había
confiado, Colón resolvió buscar otro sitio para establecer la
población que ideaba, y á la cual pensaba poner el nombre de
Isabela.
Después de examinar los puertos y ensenadas de los contornos, al
fin encontró un sitio que le pareció muy propio para el caso.
Estaba entre dos ríos, en los que juzgaron sería fácil levantar
molinos harineros, además de otras ventajas que hallaron para
edificar una ciudad y cultivar los fértiles terrenos que se
extendían hacia el mar y las riberas de los ríos. Colón tomó
posesión de aquel sitio promediando el mes de Diciembre de 1493, y
le puso el nombre de la Reina, su protectora. Inmediatamente
empezaron con brío los trabajos de levantar casas, edificar el
templo y limpiar el terreno para sementeras. Como todos trabajaban
en sus respectivos solares y daban algunas horas del día á edificar
la iglesia, ésta en breve estuvo concluida, y el 6 del siguiente
Enero, día de la Epifanía, el padre Boyle, ayudado de los 12
eclesiásticos que con él habían pasado á Indias, dijo misa en el
primer templo cristiano levantado en el Nuevo Mundo.
Una vez que Colón planteó la colonia y vio que marchaba
prósperamente, pensó enviar al interior del país algunos de sus más
audaces é inteligentes capitanes para que descubriesen y diesen
noticia de lo que allí había: entre ellos a Alonso de Ojeda, que yá
se había hecho notable por su valor y espíritu emprendedor. Cuando
los exploradores volvieron á la Isabela con buenas noticias, no
solamente de la belleza, fertilidad y riqueza del país, sino
también de la buena acogida que les habían hecho los indígenas,
Colón resolvió emprender personalmente un paseo militar por el
interior de la isla con el objeto de mandar edificar una fortaleza
cerca de las ricas montañas de Cibao, las que decían estaban
regadas por riachuelos que acarreaban tánto oro, que las arenas se
componían casi totalmente de ese metal. Los habitantes salieron á
recibirle con alegría y lleváronle abundantes alimentos y para
ellos desconocidas y deliciosas frutas y algunas partículas de oro.
En vista de tan buenos auspicios el Almirante mandó que
inmediatamente empezaran á levantar la proyectada fortaleza, en un
sitio adecuado para servir de núcleo á las operaciones de laboreo
de las minas, que debían existir en aquellas montañas, y al mismo
tiempo propio para estrechar relaciones con los naturales y poderse
defender de sus ataques, si éstos se atrevieran á romper
hostilidades contra los invasores. Pusiéronse, pues, á la obra, y á
poco Colón tuvo la satisfacción de ver la fábrica empezada, y
después de ponerle el nombre de Santo Tomás, dejó, para que la
concluyera y defendiera, á un hidalgo llamado Pedro Margarit, que
le había sido muy recomendado en la corte. Diole por escolta 56
hombres que formarían la guarnición, con el encargo de que se
esmerase principalmente en cultivar la amistad de los indígenas, y
por medio de rescates recoger todo el oro que le llevaran, mientras
vinieran de España los instrumentos propios para trabajar las
minas.
La Isabela prosperaba á ojos vistas, pues la fertilidad del
terreno era maravillosa, aunque no caían en la cuenta de que la
humedad y fermentación de aquella tierra, que producía el
crecimiento de las plantas y lozanía de las sementeras, era
precisamente causa de las fiebres y otras dolencias que afligieron
á los españoles, con muerte de muchos y decaimiento no sólo del
cuerpo, sino también del espíritu de los colonos. Esta situación se
hacía diariamente más crítica, porque los europeos no querían
conformarse con los alimentos que producía la tierra y preferían
comer las averiadas y escasas provisiones, restos de las que se
habían traído de España. Además, entre la tropa de Colón había
muchos hidalgos y gentilhombres de corte, que de ninguna manera
querían trabajar materialmente, y cada día se manifestaban más
descontentos con el Almirante y con su hermano Diego, que los
obligaban á dar el ejemplo á los demás, ayudando en los trabajos de
la colonia para aliviar á los enfermos.
Deseoso de cortar los motivos de queja que renacían cada día,
Colón se embarcó con los más descontentos para proseguir sus
descubrimientos por aquellos mares, dejando el gobierno general de
la isla á cargo de D. Diego Colón, la comandancia militar de las
fuerzas exploradoras en manos de Pedro Margarit, y la fortaleza de
Santo Tomás en las de Alonso de Ojeda. Antes de partir dictó
positivas instrucciones acerca de la conducta que se había de
observar con los indígenas para captarse su buena voluntad y lograr
que ellos mismos aceptasen con gusto las costumbres españolas y
sirviesen en todo á los invasores: conducta humanitaria que hasta
entonces había producido muy buenos efectos.
La historia de esta primera colonización deja presentir cómo
habrían de ser las subsiguientes, intentadas con iguales elementos.
Respecto de la Isabela, basta decir que en lugar de obedecer las
órdenes de Colón, Margarit se entregó á sus malas pasiones, y
olvidando la prudencia de su jefe, empezó á recorrer la isla
asaltando, robando y cometiendo con los naturales toda clase de
desafueros y crueldades; manejo que causó la ruina de la isla, sin
conseguir por ello mayores ventajas ni riquezas. Desesperados los
indígenas expusieron sus agravios al gobernador Diego Colón, quien
reprendió á Margarit: éste le contestó con insolencia: tomaron su
partido todos los hidalgos, que creían haber sido mal tratados por
los Colones, declarando que si habían obedecido á Cristóbal, por
orden de los Reyes, de ninguna manera reconocían autoridad en
Diego. Por último, Margarit y los demás amotinados se apoderaron de
algunos buques surtos en el puerto, y se hicieron á la vela con
dirección á España, dejando la tropa armada sin jefe, diseminada en
la isla y entregada á toda clase de desórdenes.
II
El cacique más valeroso y potente de la Española (el que había
desbaratado á los colonos del fuerte de la Natividad), se llamaba
Caonabó, y era señor de la rica provincia de Maguana. Hijo de un
jefe caribe y por consiguiente de genio altivo, inteligente,
perspicaz y de gran valor, era indudablemente el llamado á ponerse
á la cabeza de los indígenas, que le respetaban, admiraban y
temían. La erección del fuerte de Santo Tomás, en las tierras más
inmediatas á sus habitaciones, había indignado al cacique, pero no
había apelado á las armas mientras el ejército de Margarit tuvo
alguna apariencia de disciplina. Preparóse, sin embargo, en
secreto, aguardando una ocasión para caer sobre el fuerte y acabar
con los españoles cuando estuviesen más desmoralizados, como lo
había hecho antes contra la Natividad, con tan buen resultado. Al
fin le llegó la noticia de la deserción de Margarit, y juzgando que
el fuerte de Santo Tomás estaría mal defendido, determinó
desbaratarle completamente de un golpe. Reunió diez mil guerreros
armados con flechas, macanas y lanzas - terminadas en espinas de
pescado, - cubiertos los cuerpos con pintura roja y negra, las
cabezas coronadas de plumas brillantes, lo que les daba un aspecto
en verdad aterrador y horrible á la vista del hombre
civilizado.
Caonabó era joven, de crecida estatura y gallardo aspecto: su
fisonomía, un tanto feroz, causaba terror, porque todo él, desde la
raíz del cabello hasta el talón estaba pintado de rojo y negro,
formando figuras espantables: de los hombros le pendía un rico
carcaj engastado en oro, con flechas igualmente lujosas; su macana,
con ser la más fuerte y pesada de todas, tenía incrustaciones del
mismo metal para aumentar el peso; arreos que decían bien á su
porte reposado y á la fiereza de su mirada, que infundía temor en
todos los suyos, menos en su mujer favorita, é inseparable
compañera, participante de sus glorias y peligros. Llamábase
Anacaona
|
1
, y su
nombre se pronunciaba con respeto y temor en toda la isla, por su
audacia y valentía, causando la admiración de los guerreros de su
marido que la creían invulnerable. Era mujer de raro ingenio, muy
hermosa, más blanca que los que la rodeaban, puesto que nunca se
pintaba el cuerpo, que era elegante y bien formado. Engalanábase
con armas de guerrero vestía un delantal de vistosas plumas,
iguales á las de su penacho y brazaletes; sartales de pepas rojas
mezcladas con brillantes plumajes la adornaban el pecho, la espalda
y rodeaban los tobillos.
Después de una corta alocución, en la que Caonabó daba cuenta de
sus propósitos é intenciones acerca del fuerte de Santo Tomás, y
dadas sus órdenes de cómo había de ejecutarse el ataque, el jefe
indio emprendió marcha por las veredas más ocultas en la
profundidad de los bosques, con ánimo de asaltar el fuerte cuando
menos lo esperasen, persuadido de que el joven Ojeda, que lo
comandaba, no tendría noticia alguna de la aproximación de tan
formidable hueste.
Poco antes de avistar la fortaleza mandó Caonabó que se detuviera
la vanguardia á orillas del río, para descansar, á fin de llegar
frescos al ataque, ó tal vez para dar tiempo de que Anacaona
recorriese las apiñadas filas de guerreros, hablara á cada uno por
su nombre, y distribuyera, entre los que en otras ocasiones se
habían manifestado más valientes, algunas flechas de su propio
carcaj, recordándoles á todos que ella jamás había presenciado una
derrota, y siempre en todo combate había sido vencedora.
Les dejaremos aquí entretanto para pasar al campamento español y
descubrir si por ventura Ojeda tenía noticia del peligro que le
amenazaba.
III
La fortaleza de Santo Tomás estaba bellamente situada en una
altura y rodeada casi por completo del río Yanique, de corriente
fuerte y ruidosa en aquel sitio, rompiéndose contra muchas piedras
de jaspe y variadas rocas, que formaban el lecho del río. Al frente
se extendía una sabana limpia, cubierta de verdes y menudas
hierbas, que bajaba en plano inclinado hasta caer sobre el río. La
parte de atrás estaba resguardada por barrancos y peñascos
inaccesibles, lamidos en su base por el impetuoso río, que pasaba
bramando. El edificio era cuadrado, defendido por una fuerte
palizada y un foso, y coronábale una torre, desde lo alto de la
cual se avistaba la hermosa Vega, los campos circunvecinos y los
lejanos montes. En aquella torre tenía Ojeda su habitación, cuyos
muebles se componían en resumen de un lecho formado por dos tablas
sobre troncos de árbol, un banco igual, relucientes armas colgadas
del muro toscamente embarrado, y en lugar preferente de la estancia
un crucifijo de madera y la pequeña Virgen pintada al óleo, que
recibió del Arcediano Fonseca, en nombre de María. Desde que Ojeda
tuvo en su poder aquel cuadro no se había separado un momento de
él, y á todas partes lo llevaba.
"En los cuarteles y en campaña (dice el historiador W. Irving),
Ojeda llevaba consigo aquel cuadro: de noche lo suspendía sobre su
lecho, y en sus peligrosas expediciones y en la soledad de los
bosques solía sacarlo de su morral. Cuando se lo permitían las
circunstancias, lo descubría y lo fijaba en el tronco de algún
árbol para invocar la protección de la que había erigido en patrona
suya y consagrádola todos sus pensamientos de afecto reverente: le
pedía su amparo en toda riña ó batalla y se consideraba seguro aun
en las más peligrosas empresas."
Al vigilante Ojeda no pudo ocultársele el inusitado movimiento
de los guerreros de Caonabó, y comprendiendo el peligro en que se
hallaba, se apartó un momento del lado de sus advertidos compañeros
de armas, subió á la torre, é hincándose al pie de la Virgen,
invocó en una ferviente oración la protección del cielo, y al mismo
tiempo levantóse en su mente el recuerdo de su ausente María, cuya
triste y suave fisonomía parecíale ver retratada en la imagen de la
Virgen.
En tanto que Ojeda oraba, elevado su ánimo en una invocación
celestial, miles de salvajes iban rodeando en silencio la
fortaleza, ocultando tras de las rocas, espinos y plantas de los
alrededores sus cuerpos
|envijados, que negreaban en un gran
círculo, más y más reducido, á medida que llegaban unas tras otras
las tropas indígenas... Oraba Ojeda con las manos juntas y los ojos
levantados y fijos en su Virgen, implorando el socorro de la
divinidad, no por que tuviese miedo, sentimiento para él
desconocido, sino porque tenía una gran fe y seguridad que todo
estaba en manos de Dios, y que sin su ayuda no había salvación; su
corazón abrigaba aquella
|fe que todo lo vence, todo lo da;
que infunde brío á los más débiles y en los más valientes
acrecienta su energía y su pujanza, - tenía fe en Dios, en la
intercesión de la Virgen, en las oraciones de María, en su causa, y
por consiguiente, en su fuerza y en su brazo...
Ojeda oraba: los españoles repartidos detrás de las palizadas y
barbacanas aguardaban callados que llegasen los salvajes; en el
aire había un rumor extraño; el cielo estaba azul y despejado, el
río saltaba murmurando y gimiendo por su lecho de piedras y de
jaspes; el viento sacudía las hojas de los árboles y los pajarillos
asustados levantaban el vuelo piando...
De repente un espantable alarido, un grito fiero y terrible
rasgó el aire y atronó el ámbito á larga distancia, y una nube
densa de flechas, simultáneamente disparadas por 10,000 arcos,
cubrieron la fortaleza, quedando toda ella erizada de púas, como un
gigantesco puerco-espín.
No había acabado aún de resonar el grito de los salvajes, ni
habían penetrado todas las flechas en los muros del edificio,
cuando ya Ojeda estaba entre los suyos, animándoles con la palabra,
el gesto y el ejemplo. Dejó que los indios gastasen sus primeros
ímpetus sobre las palizadas exteriores y que cobrando confianza se
acercasen más, apartándose del abrigo de los bosques y presentando
en el espacio abierto sus desnudos cuerpos. Apenas se hubieron
aproximado en tumultuario desorden, apiñados miles y miles en la
escueta sabana que se extendía al frente, cuando Ojeda mandó que la
guarnición hiciese sobre ellos una descarga cerrada. Espantados y
trémulos de horror, los que no murieron echaron á huír,
despavoridos al notar el misterioso estrago que hacían las armas de
los españoles; y aunque algunos yá habían visto en el campamento
español, cañones y arcabuces, no podían soportar el estampido, ni
el relámpago y el humo de semejante arma, que para ellos era
enteramente incomprensible.
Viéndoles correr y alejarse en busca del abrigo de los árboles,
dejando en el campo multitud de muertos, determinó Ojeda, con su
habitual prontitud y audacia, salir á perseguirlos con seis de á
caballo - escogidos entre los más valientes de la tropa, - bien
armados con armaduras fuertes y capas acolchadas, y escoltados por
noventa ballesteros con arpones, jaras y rodelas.
Sin embargo, los indios no estaban vencidos, y después del
pánico que produjeron las armas de fuego, - pánico en medio del
cual los más valientes fueron arrastrados en la fuga por los más
cobardes, - después de aquel primer momento Caonabó logró rehacer
sus desbaratados batallones y les hizo volver caras y defenderse
del ataque. A pesar del valor heroico y de la audacia sin igual de
Ojeda, éste vio que era imposible, con tan corto número de
soldados, hacer frente á aquel torrente humano que por todas partes
trataba de rodearle, y resolvió tocar retirada. Lo que hizo nuestro
héroe en esa salida, maravilló á cuantos le vieron, y su solo brazo
despedazó, destruyó, maltrató y echó por tierra más indios que
todos sus compañeros juntos. Pero como notase que mientras más
número de indios mataba mayor cantidad de ellos salían á combatir,
- mandó que su tropa se fuese replegando poco á poco hacia la
fortaleza para ampararse tras de las palizadas, en tanto que él
protegía ese movimiento con un brío casi sobrenatural: con la
mirada brillante y encendida, y la mano alerta, enristrada la
lanza, rompía como un huracán por medio de las apiñadas filas de
los indios, dejando en pos suya un reguero de muertos, y se abría
paso sin que alcanzasen jamás á herirle, hasta que vio que todos
los suyos estaban resguardados y salvos: entonces arrimó los
acicates al caballo con tánta furia que el animal dio un primer
salto por encima de los enemigos y del segundo fue al otro lado de
las palizadas, dejando á unos y otros atónitos y suspensos.
Fatigados por tan larga faena retiráronse los indígenas á alguna
distancia del fuerte, y suspendieron por aquel día el combate para
recoger sus muertos y atender á los heridos; los españoles hicieron
igual cosa, aunque apenas tuvieron que lamentar tres muertos y
varios heridos de gravedad.
Parecía que después de esta derrota quedarían tranquilos los
españoles, y así lo creyeron éstos, esperando que los indios se
retirarían como lo habían hecho otras veces; pero el día siguiente
les trajo el desengaño: Caonabó cambió de táctica poniéndoles sitio
para rendirlos por hambre, y cada día estrechó más y más el cerco,
levantando ranchos en torno de la fortaleza y fundando un
campamento en toda forma.
La situación de los sitiados se fue haciendo muy crítica: Ojeda
vio que no tenía en la fortaleza suficientes bastimentos ni
pertrechos para sostener un largo sitio, ni cómo enviar á la
Isabela noticia de lo que pasaba; pero la prudencia de este jefe
corría parejas con su valor, y delante de sus subalternos se
manifestaba tranquilo y sereno, procurando ocultar á los demás el
estado en que se hallaban. Felizmente casi todos los soldados que
tenía eran veteranos y habían pasado largos años guerreando contra
los moros: perfectamente diestros en los combates de guerrillas y
escaramuzas eran adecuados para el caso, molestando á los
sitiadores con repentinos asaltos sobre el campamento y salidas
improvisadas que causaban mucho daño á los indígenas.
En tanto Caonabó examinaba, con perspicacia rara en un salvaje,
los sitios más débiles del fuerte, aprovechándose de cualquier
descuido de los españoles para atacarlos; pero Ojeda era tan
avisado, y entendía también en aquella guerra, que el indio le
halló siempre alerta y frustrando todos los ardides y astucias que
ponía en juego. Era tál el prestigio que Ojeda gozaba entre sus
mismos enemigos, que éstos llegaron á mirarle como un sér
sobrenatural y huían de su presencia con temor invencible: creían
que el jefe español no era susceptible de hambre ni de sed, que
pasaba invulnerable y sin que nada le arredrase al través de los
mayores peligros; siempre le hallaban vigilante, á toda hora y en
todo tiempo, sin que pareciese dormir ni descansar jamás, ni perder
nunca la confianza.
Los grandes hombres han sido grandes porque confían en sí mismos
y el vulgo sólo cree en los que creen en sí mismos.
Así trascurrían los días y las semanas sin que Ojeda hubiese
logrado tener noticias de la Colonia adonde habían enviado secretos
mensajes avisando al Almirante, yá de regreso Haití, de su apretada
situación. Las provisiones disminuían á ojos vistas y las raciones
que podía repartir eran tan escasas que los soldados españoles,
aunque naturalmente parcos, padecían hambre, pero no se quejaban,
porque veían que Ojeda dejaba para sí una pitanza aún menor que la
del más ínfimo soldado.
IV
Todo estaba en silencio, tanto en el campamento indígena como en
el fuerte, cobijados por una noche fresca, serena y apacible, no
soplaba brisa alguna, y ni una hoja se movía en los árboles de los
alrededores. Ojeda, que hacía noches que no dormía y días que sólo
comía para no desfallecer, viendo la tranquilidad en que yacía el
enemigo, quiso retirarse á gozar de algunas horas de sueño después
de haber dejado centinelas en las partes más débiles de los muros y
palizadas. Era tánta la fatiga que sentía aquel hombre, que jamás
dejaba ver debilidad en su cuerpo ni en su espíritu, que apenas se
hubo reclinado en su duro lecho, cuando se quedó profundamente
dormido. Durmió así algunas horas con aquel sueño hermano de la
muerte, pero que da la vida, hasta que ya cerca de la madrugada un
aire fresco y perfumado que entraba por la claraboya de la torre
vino á bañar su frente y producir en sus sentidos aún embargados,
una sensación de bienestar que avivó su imaginación: creyó
despertar con el sonido de una voz que le llamaba tenue y
suavemente; pero aún no despertaba, y de nuevo oyó la voz que le
sonó como una música celestial; trató de incorporarse, y
pareciéndole que abría los ojos miró en torno suyo... cuál sería su
sorpresa al encontrarse, no en la triste y desmantelada torre de
Santo Tomás, sino en una capilla espléndidamente aderezada: ricas
alfombras tapizaban el suelo; grandes y hermosos cuadros de
pinturas cubrían los muros, y sus marcos dorados brillaban
iluminados por la luz de una lámpara de plata que pendía del techo.
Al frente estaba un altar y sobre él una imagen de la Virgen que
salía por momentos de las tinieblas y otras desaparecía enteramente
ofuscada por ellas: al pie del altar notó un bulto como de persona,
que le hizo estremecer, porque era lo único que manifestaba vida en
medio del silencio de la espléndida capilla, para él absolutamente
desconocida. El misterioso bulto aparecía enteramente envuelto en
un velo que lo cubría y arropaba cual mortaja, pero se traslucían
sus facciones como iluminadas por una luz interior, y aquellas
facciones eran las de su ausente é idolatrada María. Ojeda quiso
hablar, pero no pudo sacar sonido alguno de su seca garganta y
quedóse absorto y extático contemplando la extraordinaria
visión.
- Alonso! tomó á decir la voz de enantes, pero no pudo
distinguir si salía de la imagen del altar ó de la postrada figura;
Alonso, decía, yo pienso en
ti... no me olvides nunca...
- María, María! articuló por fin Ojeda con trémulo acento.
- Alonso! continuó la voz; grandes peligros te cercan; pero si
no me olvidas los vencerás; no morirás de heridas, ni la fuerza de
los naturales te hará mella, pero te anuncio que otro peligro
peor...
En este punto un sordo estruendo, que para Ojeda fue como un
sacudimiento espantoso que conmovió la torre y la fortaleza, le
despertó de súbito, y disipadas las sombras del sueño, se arrojó
fuera de la cama, percibiendo que el extraordinario ruido lo
causaba la guazabara de los indios y los millares de flechas
disparadas contra el fuerte, rodeado y asaltado por muchedumbre de
salvajes, que se habían aprovechado del aparente descuido de los
sitiados.
Armóse prontamente y acudió á entusiasmar la tropa con su
heroico ejemplo. Los salvajes fueron rechazados valientemente, y en
breve huyeron despavoridos á refugiarse en los bosques y breñas que
los amparaban.
Después de atender á la composición y al ajuste de las palizadas
que habían sufrido en el ataque de los indígenas, Ojeda, una vez
que hubo distribuído entre su tropa la triste pitanza diaria, sin
dejar para él cosa alguna aquel día, púsose á reflexionar en la
extraordinaria visión que había tenido, tan malamente interrumpida
por el ataque, y figurósele que el peligro que le anunciaba no
podía ser otro que el hambre, cuyo aguijón comenzaba á sentir, pues
que casi no había atravesado un bocado de alimento hacía
veinticuatro horas.
- Virgen santísima! exclamó arrodillándose ante la imagen,
concédeme la muerte en el campo de batalla, y líbrame de perecer
oscuramente á poder del hambre tormentosa!
Pasó largo rato orando, hasta que le interrumpieron varios
oficiales que entraban á anunciarle la llegada del indio amigo que
había enviado con mensajes al Almirante, pidiéndole socorro. Las
cartas de Colón prometían auxilio, pero no tan pronto, y exhortaban
á la guarnición de Santo Tomás á que se mantuviese firme en él
entretanto.
Cuando Ojeda hubo acabado de leer los mensajes, el indio dobló
una rodilla y humildemente le presentó lo único que había podido
traer para su capitán : dos tortolillas vivas que, dijo el fiel
indígena, podían servirle para una comida.
Despedido el mensajero, uno de los oficiales dijo, mirando con
ojos de hambre los pájaros que el indio había dejado en el
suelo:
- Llevaré las tórtolas al cocinero para que os las adobe, y os
proporcione un razonable almuerzo.
- Y por cierto que le vendrá muy á tiempo, pues me han dicho que
la ración que le toca al capitán, la distribuye diariamente entre
los más necesitados, añadió otro de los oficiales.
- No os cuidéis de mí, dijo el jefe con una desmayada sonrisa;
yo no padezco de hambre.
- Ah! eso no puede ser, repuso otro, y tamaña abnegación es
mayor que la que os impone vuestro cargo.
- Ea! al fogón con ellas, prorrumpió el primero.
- Alto! exclamó Ojeda; es mejor que partáis las tórtolas entre
vosotros.
- Señor capitán: dos aves como éstas, divididas en ocho partes,
¿qué pueden aprovechar? mientras que á vos.
- No, no... ¿conque me creéis tan egoísta que mientras me harto,
vosotros ayunáis y necesitados me miráis comer? No tal, y antes que
tal suceda prefiero devolverles su libertad...
Dicho esto, levantó las tortolillas, les soltó las ataduras y
poniéndolas en la orilla de la claraboya las dejó en libertad. Las
aves al verse libres abrieron las alas y se alejaron volando con
dirección á los lejanos cerros.
Admiraron los oficiales la abnegación y nobleza de carácter de
su jefe, quien con actos como éste se granjeaba de tal manera el
amor de los suyos, que todos ellos hubieran dado su vida por él sin
vacilar. Sin embargo, ninguno sabía cuánta había sido en realidad
su abnegación, puesto que tenía la convicción de que el peligro que
le amenazaba era el de morir de hambre, y que en el primer momento
había visto el regalo de las tórtolas como un socorro enviado por
milagro de la Virgen que le protegía. Así en su mayor parte
juzgadas las acciones de los hombres: nadie conoce qué las causa é
inspira, ni de qué secreto impulso provienen.
Los temores de Ojeda fueron, sin embargo, infundados por
entonces, porque como Caonabó hubiese agotado su último esfuerzo en
el ataque de aquella madrugada, viendo que sus mejores guerreros
habían muerto en inútiles refriegas con los españoles, y que los
demás estaban desalentados y sin deseo de seguir adelante una
empresa en que nada ganaban, decidió levantar el sitio y retirarse
á su hogar á concertar algún plan mejor organizado que le diera
probabilidad de triunfar de tan testarudos enemigos.
Pero antes de alejarse, con el noble desinterés que distinguió
siempre á este cacique, envió á decir á Ojeda que jamás había
admirado ningún hombre como á él, y que aunque no dejaría de ser su
implacable enemigo, no podía menos que elogiar sus proezas, su
bizarría y grande ánimo, ni consentir en que el hambre le venciera
y no las armas, por lo cual le enviaba los bastimentos que á él le
sobraban.
V
El pueblo, residencia ordinaria del poderoso cacique Caonabó,
estaba situado en el centro de la isla y á distancia como de 60
leguas de la Isabela.
Rodeábanla altos peñascos, corpulentas montañas y selvas
interminables, por entre las cuales Caonabó había abierto veredas y
senderos, en que tenía escalonados centinelas y vigías, por esto
vivía seguro de que hasta á aquel punto no podrían llegar sus
enemigos sin ser descubiertos.
El espíritu de independencia del cacique era superior á todo
otro sentimiento, y no podía sufrir que en sus tierras ni en la de
los demás caciques se hubiesen enseñoreado los insufribles y
crueles extranjeros; así inspirado por su natural audacia y ayudado
por la valiente Anacaona, formó en breve una liga ofensiva y
defensiva contra los españoles, haciendo parte de ella todos los
jefes indígenas de la isla. La intención de Caonabó era caer al
mismo tiempo y el mismo día con todos sus coaligados sobre la nueva
ciudad y sobre los fuertes de la Concepción, la Magdalena y Santo
Tomás, y no dejar un solo español vivo en todo el territorio de
Haití. Para llevar á cabo esta audaz empresa, sólo se aguardaba la
llegada de ciertos emisarios del cacique que vivía más lejos, para
con ellos señalar el día de las proyectadas Vísperas Sicilianas
indígenas.
Una hermosa tarde de Diciembre hallábase Caonabó recostado
muellemente en su hamaca refiriendo á su esposa favorita las
maravillas que había visto en los alrededores de la Isabela, hasta
cuyas puertas había logrado llegar ocultamente, con el objeto de
descubrir la manera más fácil de asaltar la nueva ciudad española.
Describíale, entre otras cosas, el asombro y el encanto que había
experimentado con el sonido de la campana de la iglesia, cosa que
suspendía y entusiasmaba más que todo á los indígenas de aquella
isla, hasta el punto de que muchos arriesgaban su libertad y su
vida sólo con el objeto de acercarse al lugar en que sonaba para
ellos la música más sorprendente y maravillosa del universo: creían
que la campana era un presente divino, obsequio del Dios de los
blancos, y que no podía haberse fabricado sino en el cielo y por
mano de seres sobrenaturales.
- Ah! decía Anacaona, cuánto diera yo por oír esa música que
decís!
- Eso lo lograremos tal vez, pero no sé cómo la tocan y si
sonará lo mismo en nuestro poder que en el de los forasteros.
Interrumpió la plática de los dos esposos un mensajero, que
llegaba del confín de la montaña con el aviso de que se acercaba un
destacamento español.
- A atacarnos? preguntó Caonabó incorporándose.
- No; vienen en són de paz, y han dicho, por medio de los
intérpretes, que desean tener una conferencia contigo, señor,
trayendo además obsequios de consideración.
- ¿Cuantos son? repuso el cacique.
- Diez hombres y un jefe: el mismo que defendió la fortaleza de
Santo Tomás.
- ¿El que llaman Ojeda?
- El mismo.
- Qué fortuna! exclamó Caonabó. ¡Yo que deseaba tánto ver á este
hombre de cerca!
- ¿Y permitirás que llegue hasta aquí? preguntó Anacaona; ¿no
temes alguna falsía de parte de los españoles en las presentes
circunstancias?
- ¿Que podemos desconfiar de once hombres cuando tengo aquí
reunidos más de cinco mil guerreros? Admírame la grande alma y
nobleza de estos hombres que vienen á librarse en mis manos
atenidos á mi generosidad. Córre, añadió, dirigiéndose al
mensajero, di que los dejen pasar inmediatamente y los reciban como
si fuese yo mismo.
Apenas hubo partido el ágil enviado de los vigías que guardaban
las selvas, cuando Caonabó mandó que se preparasen á recibir á los
españoles con todo el boato de que podía disponer su desnuda
majestad. Conforme á sus órdenes salieron en primer lugar con sus
mejores atavíos (es decir, plumajes y pinturas) los principales
cortesanos y habitantes del pueblo, con antorchas encendidas en las
manos, pues ya había llegado la noche: seguíales una comitiva de
treinta mujeres de la casa real, vistosamente aderezadas con
delantales de algodón bordados de varios colores, y anchos
brazaletes de conchas relumbrantes, coronas de flores sobre el
cabello caído por la espalda, y en las manos instrumentos músicos
las unas, y palmas y ramos floridos las otras.
Admiróse Ojeda al avistar por entre los árboles, cuando llegó al
pueblo, una procesión tan impotante á la par que extraña, y como le
dijera el intérprete que aquello se hacía para dar honor á los
huéspedes, echó pie á tierra con sus compañeros en señal de respeto
y avanzó por la vereda seguido de los demás españoles.
Al llegar á cierto punto se detuvo la procesión á uno y otro
lado del camino, y se adelantaron las mujeres cantando y danzando,
yendo á depositar al pie de Ojeda las palmas que llevaban, en señal
de paz y bienvenida, y lo condujeron á la presencia de su cacique.
Aguardaba éste á su huésped á la puerta de su casa, que era la más
grande del pueblo, teniendo á su lado á su mujer favorita, la
guerrera Anacaona. Ambos recibieron á los españoles con una natural
cortesanía que hubiera hecho honor á príncipes civilizados, y los
llevaron al lugar en donde tenían preparado un banquete. Caonabó,
que no se había pintado para aterrar, como lo hacía cuando estaba
en campaña, no parecía tan fiero como le habían visto antes los
españoles, y esta circunstancia, unida á su deseo de agradar á
Ojeda y á la dignidad de su puesto, le hacían muy afable con sus
enemigos.
Anacaona, cuya belleza resaltaba sin necesidad de atavíos, la
acrecentó con las usuales galas de su clase. Vestía un faldón
ricamente bordado que le caía hasta las rodillas, muchos sartales
de cuentas y primorosas plumas sobre el pecho, una guirnalda de
flores rojas y blancas en torno de la cabeza é igual adorno en los
brazos y tobillos, Anacaona, que era poetisa y se acompañaba con
un instrumento hecho con la pintada concha de una hicotea (especie
de tortuga pequeña), cantó varios
|areytos
|
2
, rimados y compuestos por ella
misma, en tanto que otras indias danzaban á la luz de la luna en la
plaza del pueblo, formando coro al acompasado retintín de varias
conchas que adornaban sus cuerpos.
Terminado este poético saludo de bienvenida que recordó á Ojeda
lo que había oído decir de los antiguos griegos, y antes de
retirarse á las hamacas que les habían preparado en una casa grande
que pusieron los indios á su disposición, suplicó al cacique que le
permitiera tener con él una conferencia, para la cual traía
intérpretes.
Después de los cumplimiento del caso por uno y otro lado, Ojeda
le manifestó que venía á las tierras de Caonabó como embajador de
su jefe el Almirante Cristóbal Colón, con el objeto de invitarle á
que le hiciese una visita en la Isabela, y así, cara á cara, hacer
las paces con él y con todos los habitantes de la isla, de quien
él, Caonabó, era el nato jefe, según comprendían los españoles.
Caonabó contestó con dignidad que él tendría mucho placer en ver
al
|Guanimiquina (así llamaban los indígenas á Colón), y que
no se oponía á que lo visitase personalmente si lo tenía á bien,
asegurándole que sería recibido lo mejor posible en sus Estados,
pero que él no tenía por qué salir de su territorio para buscar una
amistad que no necesitaba.
Ojeda entonces no insistió en su invitación, manifestó al
cacique que daría parte de su contestación á Colón, y púsose á
hablarle de las maravillas que tenían los españoles en la Isabela,
hasta que el cándido salvaje le dijo que lo que deseaba ver era la
campana, cuyo sonido le había encantado, añadiendo que por poseerla
haría cualquier sacrificio.
Sonrióse Ojeda al descubrir que aquel era el lado débil de
Caonabó y por el cual podía cautivarlo, y así dijo, como al
descuido, que cabalmente Colón había intentado obsequiarle con
aquel objeto si el cacique llegaba á entrar como amigo á la
Isabela. Además, le aseguró que le enseñaría las misteriosas
palabras que había de pronunciar para que el instrumento produjese
el sonido armonioso que le encantaba, sin las cuales la campana
permanecía muda é inútil.
Dejándole bajo esta impresión, el español se retiró á dormir.
Caonabó entretanto dio parte á Anacaona de las palabras del
huésped, pasando largas horas en deliberar sobre lo que harían para
conseguir tamaña dicha, pues según había entendido el cacique nada
obtendrían con robarse la campana si no sabían las palabras que la
harían sonar.
Al día siguiente el cacique mostró á su amigo Ojeda las
curiosidades y grandezas de su pueblo, llevándole (favor que no
prodigaba) al templo del
|Zeme, dios tutelar de la tribu,
alojado en una casa bastante espaciosa y puesto sobre una especie
de altar de madera: era de piedra y toscamente labrado, según se
manifestó al descubrirlo; honor señalado que hizo á Ojeda,
relajando le severidad de sus ritos, porque era de mal agüero que
otra persona de diferente tribu ó nación contemplase el
|Zeme
de Maguana.
Además de este ídolo adorado por la tribu en común, cada familia
tenía un
|Zeme particular que era el patrono de la casa. El
cacique poseía también tres piedras maravillosas ó talismanes, que
prestaba á sus súbditos, como eficaz medicamento, sirviendo como
preservativo cuando les amenazaba algún gran riesgo.
Para el cuidado del templo había varios
|Butios ó
sacerdotes, que llevaban el cuerpo pintado con la imagen del
|Zeme, y además de este empleo y el de presidir las
ceremonias religiosas, eran los médicos natos de la tribu.
El cacique no debía nunca morir de muerte natural; y para esto
los
|Butios tenían la misión de ahorcarle cuando, estando
enfermo, agonizaba, en tanto que la chusma moría sola y abandonada
por todos sus parientes, á menos que el cacique los mandase
ahorcar, lo que se apreciaba mucho, y se creía cosa de honra y
prueba de grandeza.
Pasaron algunas horas entretenidos en esto y en presenciar las
evoluciones militares de los guerreros de Caonabó, que quiso
deslumbrar á los españoles con el espectáculo; terminado el cual,
Ojeda significó á su huésped que deseaba regresar á la Isabela á
dar parte de su misión al Almirante, quien tenía vivo interés en
hacer las paces con todas las tribus indígenas de la isla y
favorecerlos con valiosos presentes.
Caonabó entonces anuncio que había decidido acompañar á Ojeda en
su regreso á la Isabela si con toda sinceridad le aseguraba que en
cambio de los tratados que harían en aquella ciudad le garantizaba
que le darían la campana de la iglesia y enseñarían á manejarla.
Sumamente satisfecho con aquella promesa, Ojeda le ofreció que de
seguro conseguiría cuanto quería si llenaba los deseos de
Colón.
No tenía el español la conciencia muy tranquila desde que le
dieron parte de la confianza que de él hacía el cándido cacique,
tan extremado en manifestarle cariño y aprecio, en tanto que él
había ido á Maguana con una misión muy pérfida y desleal. Mucho nos
duele tener que presentar en este caso á Ojeda como hombre falso,
ingrato y ruin para con el generoso indígena, - pero hay que notar
que los españoles de aquel tiempo estaban acostumbrados á hacer la
guerra á los moros con engaños y artificios, recibidos como
estratagemas lícitos, tratándose de infieles, á quienes no era malo
engañar con promesas y aun juramentos que luégo se quebrantaban sin
empacho.
Sucedió que habiendo llegado á oídos de Colón la noticia de la
conspiración tramada por Caonabó quiso encontrar algún medio de
impedir que estallase, y dio con gusto el permiso que le pidió
Ojeda: licencia para internarse hasta el campamento de Caonabó con
algunos compañeros, embaucar al cacique y traerlo inerme, maniatado
y preso á la Isabela. Semejante empresa, que hubiera parecido
imposible á cualquiera otro, no lo era en el concepto de los
conquistadores, para el héroe de Santo Tomás, y así Colón accedió á
lo que le pedía exigiéndole solamente que trajera al cacique preso,
pero vivo, á la colonia española. Ya hemos visto cómo llegó á
Maguana, cómo fue recibido por el jefe caribe y de qué manera
imprevista vino á facilitársele su proyecto, al parecer
descabellado; pero al tiempo de ponerse en marcha, Ojeda notó, no
sin recelo, que habían preparado numerosas huestes como
acompañamiento del cacique.
Preguntó qué significaba aquello, puesto que él no tenía más
séquito que diez hombres, y que le parecía impropio que á una
visita entre amigos se llevaran, tántos guerreros.
Contestóle Caonabó que un gran príncipe como él no podía moverse
de una parte á otra, sin un tren digno de su poderío y esplendor.
Comprendió Ojeda que el indio era muy astuto y que aquellos
guerreros no iban con muy buenas intenciones á la colonia española,
y resolvió ser más sagaz y mañoso que el salvaje, manifestándose
muy contento y sometido á su voluntad.
VI
Al mañanear del tercer día de marcha llegaron á orillas del
hermoso río Neyba, en donde se detuvieron para refocilarse. No
estaban yá muy lejos de la Isabela, y á poco más andar dejarían las
montañas y los riscos para entrar en un terreno llano; así Ojeda
juzgó que era llegado el momento de dar el golpe de mano que con
tánta habilidad había preparado, y lo creyó tanto más urgente
cuanto le había sobresaltado la noticia de que durante la marcha el
ejército de Caonabó se había aumentado considerablemente, con
destacamentos que otros caciques enviaron con sigilo orden de
incorporarse los batallones de la retaguardia.
- Caonabó, dijo Ojeda acercándose al cacique en unión del
intérprete que le acompañaba; vengo al fin á mostraros el obsequio
de más consideración que un español puede presentar á un guerrero:
ved estos adornos fabricados en el Turey (cielo) de Vizcaya, y que
sólo usan en grandes solemnidades los soberanos de Castilla.
Y le presentó unos grillos y unas esposas de hierro que
brillaban como plata.
- Esos adornos, continuo, los he traído para que os los pongáis
en honor del Almirante D. Cristóbal Colón, que debe de estar muy
cerca de aquí, porque me ofreció venir á recibiros no lejos de
estos parajes.
Admiró agradecido el sencillo cacique aquel precioso regalo y
desde luego quiso adornarse con él, pero Ojeda le dijo que era
preciso bañarse primero y vestirse con los mejores arreos que
tuviera para presentarse delante del jefe español montado á
caballo; pero como no estaba enseñado á aquel ejercicio, para
acostumbrarse al movimiento del caballo tendría que montar al anca
del de Ojeda, el que después se desmontaría para dejarle seguir
solo.
Accedió á todo Caonabó y en esto lo que más le halagaba era la
idea de cabalgar uno de aquellos hermosos animales que tánto
admiraban y temían sus súbditos.
Cuando estuvo perfectamente preparado, montó el capitán y mandó
que los indios ayudasen al cacique á tomar asiento detrás de él;
los españoles le ajustaron las esposas, le pusieron los grillos en
los pies, atando las cadenas al descuido contra los arneses del
caballo. Entonces Ojeda apretó lo ijares al brioso corcel y éste se
puso en dos saltos en medio de la multitud de indios que, temiendo
ser atropellados, se hicieron á un lado y le dejaron pasar. El
animal, aparentemente enfurecido, tomó la dirección del monte más
espeso, entre cuya sombra le aguardaban los demás españoles, y
subieron por una pequeña cuesta hasta llegar á las orillas del río
por una vereda que habían abierto de propósito en un recodo que
hacía la Corriente; rodearon entonces á Caonabó y le declararon que
estaba preso, y que si daba voces le quitarían la vida sin vacilar;
al mismo tiempo le ataron contra Ojeda y atravesaron el río una ó
dos veces para que no pudiera seguirle la pista los indígenas. Pero
aquellas precauciones eran por demás: ellos no habían imaginado que
fuera posible una felonía como aquélla, y no desconfiaron al
principio de la desaparición de Caonabó, creyendo que el caballo
volvería en breve, y que aquel era un juego con que Ojeda había
querido divertir al cacique pues ya varias veces el español se
había exhibido delante de ellos, manifestándoles la habilidad y
ligereza del caballo en correr, dar saltos, vueltas y varias
pruebas muy graciosas.
Cuando el confiado cacique se vio en manos de sus enemigos, se
manejó con la dignidad innata en los jefes indígenas, que fundaban
su orgullo en no quejarse nunca, sino por el contrario manifestar
altivo desprecio del peligro: lo que demuestra una vez más que el
hombre altamente civilizado y el perfectamente salvaje se parecen
en sus sentimientos de dignidad.
El viaje fue en extremo peligroso, y hubieron de sufrir
muchísimo en lo intrincado de las selvas, y en la altura de los
riscos y cerros por donde tuvieron que pasar para escapar de los
indios que, desengañados, los perseguían. Fueles preciso dar rodeos
y á veces perderse por escabrosas sendas para no dejar huellas de
su paso. No tenemos tiempo de describir las aventuras que
afrontaron los infatigables españoles por entre las oscuras selvas,
llanuras fangosas, ríos hondísimos, sin encontrar muchas veces qué
comer, y de noche en lo alto de los cerros, ateridos de frío y
privados de todo abrigo. Caonabó permanecía callado, sereno, y su
porte era tan verdaderamente noble y entero en todas
circunstancias, que obligó á sus captores que le tuviesen las
mayores consideraciones.
Cosa extraña, pero tal vez característica de la índole de
Caonabó, fue que jamás manifestó á Ojeda resentimiento por su
conducta pérfida, sino que al contrario elogiaba su astucia y
singular arrojo. Creciendo su cariño hacia el español, por estar
sinceramente persuadido de que la perfidia y el engaño eran
permitidos en la guerra; pareciéndose en esto moralmente al hombre
más disimulado que recuerda la historia moderna, quien tenía por
máxima "que la palabra sirve para ocultar el pensamiento."
|
3
Cuando Ojeda se dirigía á
Caonabó, éste le escuchaba con atención y respeto; aunque no le
entendía, hacía lo posible para penetrar sus ideas y conformarse
con su voluntad, en tanto que á los demás les manifestaba completo
desprecio y aparentaba no verlos desde la altura de su orgullo.
Al fin después de algunos días de viaje penosísimo, llegaron á
la Isabela con su cautivo en toda seguridad ; expedición
valientemente consumada, pero cuya perfidia oscurece su mérito.
VII
Dos años eran transcurridos desde la captura y prisión de
Caonabó; después de muchas luchas, batallas y escaramuzas al fin
los españoles lograron apaciguar á los indios que se alzaron, y
hacerse dueños de la isla en su totalidad. Como no es nuestro ánimo
relatar todos los acontecimientos de la conquista, que, aunque
interesantísimos, no hacen parte del plan de nuestra narración, no
mencionaremos pormenores y sólo diremos de paso, que en casi todas
las acciones: notables y hechos de armas, nuestro héroe tomó una
parte activísima tanto que Colón confesaba que á Ojeda le debía el
buen éxito de muchas de ellas. A pesar de sus buenas intenciones y
de conformarse humildemente á la voluntad de los Reyes católicos,
Colón se vio oprimido por la calumnia y la envidia de los
cortesanos, y persuadido de que sólo él, personalmente, podía
contestar á los cargos injustos que se le hacían, resolvió
embarcarse para España, lo cual verificó en Marzo de 1496,
venciendo no pocas contrariedades.
Era una tranquila noche de Mayo, en que brillantísimas estrellas
iluminaban la bóveda celeste con un fulgor y una claridad que sólo
se ve en los trópicos, y al través de la pura atmósfera marítima.
Entre las constelaciones casi desconocidas en Europa veíase en el
confín del horizonte, por el lado del Sur, la de la
|cruz de
Mayo, la del
|Navío y la del
|Centauro (que
encierra la maravilla astronómica de dos soles que giran el uno en
torno del otro), y gran número de luceros á cuál más espléndidos y
brillantes. Una brisa suave y saturada de olores marinos henchía
las velas de las dos embarcaciones que formaban la escuadra de
Colón, y parecían blancos espectros deslizándose sobre las azules
ondas y dejando en pos de sí un reguero de luz fosfórica.
Conforme fue avanzando la noche los pasajeros que iban en las
carabelas se retiraron á sus hamacas, y sobre la cubierta de los
bajeles, al promediar la noche no quedaba sino el vigía, y embozado
en su capa un hombre de pequeña estatura, aire marino y ademán
altivo y desembarazado, que se paseaba de un extremo á otro de la
carabela haciendo sonar la espada al caminar.
Repentinamente se presentó sobre la puente del navío un indio
casi desnudo, y acercándose al embozado dijo en español
incorrecto:
- Don Alonso!... hermano mío llama á vos!
Ojeda (pues era él) preguntó con interés si el enfermo había
empeorado.
- Sí.... morirá pronto: no verá la luz del día.
- Pobre, pobre Caonabó, vamos pronto! dijo Ojeda, y bajó
precipitadamente por una escalerilla de mano á la cala del buque,
en donde yacía con sus compañeros el antiguo cacique de
Maguana.
Caonabó, cautivo durante dos años, no había dejado ni por un
momento de ser digno del título del cacique más importante de
Haití: soportó su injusto cautiverio con tranquilidad aparente y
sin exhalar nunca una queja ni pedir ningún favor. El orgulloso
salvaje desdeñaba al Almirante á quien miraba con desprecio, porque
no le había tomado preso personalmente sino enviado á su capitán é
inferior á poner por obra aquella acción, acción que se le antojaba
heroica y digna de los mayores elogios, á pesar de ser él la
víctima. Caonabó no se consideraba prisionero de Colón, sino de
Ojeda, y á él solamente acataba. Cuando éste lo iba á visitar lo
recibía con respetuoso cariño, y le pedía que le enseñase su idioma
para poderle hablar, en tanto que á Colón le volvía la espalda con
marcada desatención.
|
4
Caonabó, dotado de clara inteligencia, aprendió en breve el
castellano y lo hablaba con alguna corrección: mientras que
permaneció en tierra soportó las penalidades del cautiverio con
valor, pero no fue lo mismo cuando se vio en un buque, y privado ya
no solamente del séquito de indios que le hacían la corte, sino
hasta de la suave atmósfera de su país natal. Una tristeza
profunda, un desaliento completo se apoderó de él, y esto le vino
acompañado de una fiebre lenta que le devoraba noche y día,
padeciendo mortales insomnios y delirios que acababan de agotar sus
fuerzas. Alarmáronse los españoles con el peligro que había de
perder al cacique más famoso de Indias, á quien llevaban á los
Reyes como una curiosidad y una muestra de lo que eran los Jefes
que habían vencido. Procuraron todos á porfía sacarle de sus
crueles meditaciones, y describíanle las grandezas de España y las
cosas maravillosas que vería en la corte de los Reyes más poderosos
del mundo; pero en vano: nada disipaba el profundo abatimiento del
salvaje y el tedio que aumentaba por horas y por momentos, á medida
que se alejaba de su isla. Detúvose Colón algún tiempo en
Guadalupe, y en esta isla tuvo lugar un acontecimiento que pudiera
haber devuelto alguna esperanza al corazón de Caonabó: fue éste la
admiración que su desgraciada situación produjo en una mujer,
esposa del cacique de aquella isla, hasta el punto de querer
acompañarle para cuidar de él y consolarle, rehusando volver á
tierra, suplicando humildemente que la dejasen seguir viaje hasta
España con Caonabó. Creyendo que tan solícita compañera distraería
de su pesadumbre al cacique, acogieron con gusto el ofrecimiento de
la india; pero todo esfuerzo fue inútil: la honda nostalgia del
cautivo fue aumentando diariamente, hasta que se comprendió que iba
á morir, sin que lograran aliviarle ni un momento las
consideraciones que le procuraron guardar.
Hallóle Ojeda acostado en su hamaca, junto á la cual lloraban su
hermano, su sobrino y su hijo, que también llevaban cautivos, y más
lejos, en la sombra, mesábase los cabellos la india de
Guadalupe.
- Alonso, - dijo Caonabó con debilitado acento al ver entrar al
español,- el
|zeme quiere que marche de aquí: me voy á la
tierra de mis padres, y tengo de morir como un miserable y aguardar
la agonía de la muerte... Oh! exclamó incorporándose, si tuviera
aquí uno de mis
|butios, moriría como muere un cacique:
ahorcado.
- Caonabó, respondió Ojeda, un guerrero como tú no pierde nunca el
valor... no se deja morir así... todavía tendrías remedio si
quisieras.
- ¿Acaso me llevarían mañana á Haití?
- Eso no, pero...
- Entonces mi mal no tiene remedio, porque no quiero llegar á tu
tierra sino volverme á la mía, é ir á comer la fruta que se da en
el cielo de los míos.
- Escúcha, Caonabó...
- No, no me interrumpas: me quedan ya pocos momentos de vida
antes de irme quiero recomendarte á mis parientes y á aquella hija
de príncipes que me acompaña, abandonando por mí su tierra pido que
sean devueltos en breve á sus islas. El indio no puede vivir entre
los hijos de Turey sin morirse pronto. Vuestro Dios nos mira mal y
nuestros
|zemes nos han abandonado: ellos tienen celos del
vuestro que es muy más poderoso, y ha puesto en vuestras manos por
armas truenos y relámpagos, mientras que los
|zemes no
conocen sino las flechas, los dardos y las macanas. En esta lucha
entre el poderío de vuestro Dios y los celos de los nuéstros,
nosotros, pobres indios, moriremos todos. Aunque yo te perdono,
Alonso de Ojeda, todo el mal que me has hecho, no sé si los míos
harán otro tanto. Dejo mi maldición, único poder que no han podido
quitarme, á todos los demás que me han tenido cautivo, y deseo que
ellos sufran como yo: prisiones, destierros y desgracias. Que
vuestro Dios me oiga y los míos me venguen!...
No pudo continuar; aquel esfuerzo que había hecho para hablar
postró enteramente sus fuerzas, y cayó para atrás desfallecido y
exánime. Rodeáronle los indios, levantáronle la cabeza y echáronle
aire con hojas de palma trenzadas, pero en vano; no volvió á hablar
y pocos momentos después había dejado de existir. Los indios
levantaron sus voces lamentando la muerte de su pariente y de su
jefe, y entonaron entre sollozos el canto del guerrero moribundo,
cual correspondía en aquel caso.
Ojeda subió otra vez sobre cubierta sumamente impresionado con
las palabras últimas de Caonabó, y cuando llegó al aire libre notó
que empezaba á nacer un nuevo día, y que á medida que perdían su
brillo las estrellas una capa dorada inundaba todo el ámbito del
mar, y que momentos después el sol se levantaba espléndido sobre
las inquietas olas del océano, en cuyo confín estaba España, la
patria querida, y en ella la madre y la mujer amada...
|
1
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Palabra que significa
|flor de oro. La cacica era poetisa
y componía cantos guerreros en conmemoración de los hechos de sus
heroicos antepasados.
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|
2
|
Cantos y baladas propias de los indígenas de Haití y de
Cuba.
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3
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Talleyrand.
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|
4
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Los haitianos nunca resintieron la perfidia de Ojeda, sino
que, al contrario, la misma Anacaona perdonó á los españoles su
atroz conducta; ocho años después murió en una horca esta ilustre
guerrera, víctima de los enemigos de su raza.
|