CUADRO III -1493
María
I
Hay un antiguo adagio español que dice: " Toledo en
riqueza, León en sutileza, Salamanca (ó Burgos) en fortaleza,
Sevilla en grandeza"; otro que añade "Quien no ha
visto á Sevilla, no ha visto maravilla"; y hablando de las
Catedrales de España, dicen: "la de Sevilla, la grande, la
de Toledo, la rica, y la de León, la bella." Y
efectivamente no hay quien no haya oído hablar de la soberana
magnificencia y esplendor de arquitectura de la Catedral de
Sevilla, la cual con algunas variaciones, no todas de buen gusto,
es ni más ni menos que la mezquita musulmana, uno de los monumentos
más espléndidos que nos ha legado la Edad Media. Fue edificada por
un arquitecto árabe llamado Geber; mide de largo más de 135 varas
castellanas, de anchura más de 90 y de altura 442 varas. Tiene 9
puertas, 82 altares en los cuales se decían en el siglo XV, 500
misas diarias;.la custodia pesaba 20 arrobas de plata; tenía 25
campanas (la mayor de ellas pesaba 100 quintales); 262 lámparas de
plata, en las cuales ardían 800 arrobas de aceite, y otras tantas
de cera se gastaban por año; el cirio pascual pesaba 82 arrobas.
Entre los muchos tesoros que entonces encerraba la Catedral
mostraban las famosas tablas Alfonsinas, que son de plata, oro y
piedras preciosas; la llave de plata que presentaron al rey
Fernando, el Santo, cuando éste se hizo dueño de Sevilla; un San
Leandro de plata y un San Isidro del mismo metal, ambas imágenes
sobre altares de plata maciza. Cada una de las 80 ventanas de
vidrio pintado, había costado 1,000 ducados, y hoy encierra,
además, magníficas pinturas de Murillo, Velásquez, Zurbarán, etc.
En aquel tiempo el Arzobispo de Sevilla gozaba de una renta anual
de 120,000 ducados y otros aprovechamientos.
La principal entrada á la Catedral se hacía entonces por un
patio que hoy llaman
|de los naranjos, en el cual ha quedado
una de las fuentes en que el musulmán hacía su abluciones antes de
ingresar al templo. El patio era de por sí muy bello, embaldosado
de mármoles y sombreado por muchos naranjos olorosos; desde él se
veía levantarse en todo su esplendor la famosa torre de la Giralda,
que antiguamente hacía parte de la mezquita, pero que está hoy
enteramente separada del edificio de la Catedral. La torre es de
forma cuadrada, lleva por lado un poco más de 16 varas, y se
compone de dos partes superpuestas: la inferior es de construcción
arábiga y la superior fue edificada por los cristianos para poner
campanas. En el siglo XV no tenía aún el globo dorado que hoy
corona el edificio y que brilla como fuego á la luz del sol,
llevando encima una aérea estatua de la Fe, de bronce, que
irónicamente sirve de veleta.
En la época á que aludimos estaban construyendo el último
balconcillo en la parte más elevada del segundo cuerpo de
construcción, á más de 100 varas del suelo, al cual se sube por
rampas suaves, sin escaleras; por manera que podría llegarse hasta
la parte más elevada á caballo ó en coche, si la puerta de entrada
no fuera tan pequeña
|
1
.
Desde aquella altura se abarca en su totalidad la hermosísima
ciudad situada en las orillas del Guadalquivir, rodeada de las
campiñas más fértiles de la Península, y ceñida por la famosa
muralla construida por los romanos.
Pero no pretendemos aprovecharnos indefinidamente de la paciencia
del lector y así diremos de una vez que le hemos llevado á Sevilla
á mediados de 1493, porque estaba allí en aquellos días la Reina
con una parte de su corte, á donde había ido casi de incógnito á
solazarse y á cumplir la promesa hecha á un santo de su devoción,
cuyo santuario estaba en la catedral de esa ciudad.
Acababan de pasar las magníficas fiestas y regocijos que tuvieron
lugar en toda España en celebración del regreso de Cristóbal Colón
de su viaje de descubrimiento, quien, como lo había anunciado,
volvía al cabo de pocos meses con la noticia del feliz éxito de su
arriesgada empresa.
|
2
No obstante su gloria y poderío, Isabel la Católica odiaba la
ostentación y jamás se manifestaba altiva y orgullosa, sino que por
el contrario cada vez que se lo permitían las circunstancias
procuraba separarse de la pompa y vanidades de la corte; cosa que
rara vez lograba, y veíase siempre forzada á arrastrar consigo un
séquito numeroso de damas y de caballeros de su servicio. Era tan
enemiga del lujo de los vestidos y de las ruidosas fiestas, que una
vez le escribió á su confesor, Fray Hernando de Talavera (quien sin
duda le reprochaba la magnificencia que habían ostentado los reyes
en la recepción de ciertos embajadores franceses) estas palabras:
"Los trajes nuevos no los hubo en mí, ni en mis damas, ni aun
vestidos nuevos, - sólo un vestido hice de seda y con tres marcos
de oro, el más llano que pude: esta fue toda mi fiesta... Los
vestidos de los hombres, que fueron muy costosos, no los mandé, más
estorbéseles cuanto pude, y amonesté que no se hiciesen. De los
toros sentí lo que vos decís, aunque no alcancé tánto; mas luégo
allí propuse, con toda determinación, de nunca verlos en toda mi
vida, ni ser en que se corran, y no digo defenderlos, porque esto
no era para mí á solas."
|
3
Hasta aquel tiempo Isabel había sido muy feliz en cuanto emprendía,
y tal parecía que la Providencia se complaciese en premiar su
virtud y grandes cualidades, sembrando en su camino cuantas dichas
podía apetecer. Sin embargo, en fuerza de aquella misteriosa ley de
compensaciones, que todos tenemos que sufrir en este mundo, Isabel
acabó su vida llena el alma de desengaños y hondas penas, y sus
hijos fueron uno á uno sufriendo desgracias y muertes prematuras;
la hija mayor de la Reina, la infanta Isabel, que fue dos veces
Reina de Portugal, vio morir á su primer esposo á los pocos meses
de su matrimonio, y en seguida murió ella breve tiempo después de
haber contraído segundas nupcias: el infante D. Juan, único hijo
varón que tuvieron los Reyes Católicos, heredero de aquellos
imperios, feneció tristemente á los veinte años sin dejar sucesión;
la infanta Catalina, como su hermana Isabel, vio morir al príncipe
de Gales, su primer esposo, y casándose con el hermano de éste,
viose en seguida divorciada, vilipendiada é insultada por el que
fue Enrique VIII de Inglaterra. Juana, la única de las hijas de la
Reina que reinó, fue la madre de Carlos V, conocida en la historia
con el apodo de la loca, la cual pasó su vida encarcelada.
II
Una mañana, después de oír misa en la Catedral, la Reina
Católica salió del templo por la sacristía, y acompañada por su
séquito se dirigió al patio
|de los naranjos, en donde los
canónigos habían preparado una colación que ella se había dignado
aceptar. Ricas alfombras y cojines cubrían el suelo embaldosado de
mármol, bajo la sombra de los naranjos y al fresco de la fuente.
Tomó asiento la Reina en el lugar que le habían aderezado, y por
especial favor permitió que las damas que la acompañaban hiciesen
otro tanto, formando grupos allí y aquí bajo los árboles. Mientras
que la Reina platicaba, rodeada de los canónigos y algunos de los
letrados que siempre la acompañaban, las damas más jóvenes
cambiaban palabras y miradas con sus galanes al descuido de la
Soberana, pues ella era muy rígida y severa y no permitía ninguna
ligereza en su presencia y en su corte.
Separada de todos los grupos, en pie y sola debajo de un árbol
distante, estaba una hermosísima doncella de dieciocho años, poco
más ó menos, blanca y pálida, que fijaba sus grandes y melancólicos
ojos azules en torno suyo con tristeza y timidez; velábale el
esbelto cuerpo un vestido tan exageradamente amplio y sencillo, de
color tan oscuro, que más parecía el de una monja que el de una
dama de la corte de los reyes más poderosos de la cristiandad. Se
le conocía un sincero deseo de no llamar la atención de nadie, pero
particularmente temblaba cuando creía que la Reina dirigía sus
miradas hacia ella, y entonces procuraba ocultar su faz bajo el
velo que la cubría. Así pasó largo rato hasta que las damas
hubieron participado de la colación que les ofrecieron, cuando de
repente la Reina fijó su vista en la semivelada figura de la
doncella, é inmediatamente mandó que la llevasen á su presencia,
porque quería hablarla.
La niña se acerco humilde y con los ojos bajos
- María, dijo Isabel con amable sonrisa,-Se me ocurre que no has
participado de la colación, - Y al decir esto, con sus reales manos
le ofreció una naranja.
María puso una rodilla en tierra para recibir con respeto tan gran
favor, y entonces la Reina se inclinó un tanto y la dijo al oído,
en voz tan baja que ninguno de los que estaban cerca alcanzaron á
oír estas palabras:
- ¿Lo has pensado?
- Señora, contestó la joven levantando los ojos con expresión de
espanto, tened piedad!
- Piedad! repuso la soberana con severo acento no se trata de eso,
sino de saber cuál claustro escoges.
- Ninguno... dijo con voz ahogada la niña.
- Ninguno! exclamó la Reina casi en alta voz, y añadió bajándola
otra vez ¿estás en tu juicio?
- Señora, mi señora, tenga vuesa Alteza piedad de mi
desamparo!
- Tu desamparo!... Escúcha, ingrata, te quiero hacer feliz, y si yo
pudiera disponer de mis hijas no tendrían otra suerte: es la única
que lleva al cielo sin tropiezo!
- No me aleje Su Majestad de su lado! insistió la niña.
- Basta ya de réplicas, - dijo la Reina con mucha severidad, -
recibirás en breve mis órdenes.
Dicho esto se incorporó, y la doncella, levantándose de los pies de
la Reina, se encaminó de nuevo hacia el árbol que le había dado
sombra, y cuyas
ramas caían casi hasta el suelo por el lado de atrás. Recostóse, ó
más bien apoyó la espalda contra el tronco, cubrióse enteramente
con el velo, y permaneció algún tiempo confusa, anonadada y
profundamente afligida.
De repente oyó detrás del cortinaje de verdura una voz, para ella
la más dulce del mundo.
- María, decía en tono tan bajo, que llegaba apenas á su oído como
el rumor de la brisa entre las hojas, - María, mi señora, mi
esperanza, mi vida, ¿por qué se aflige tánto la soberana de mi
corazón?
Ella, sin variar de postura, temiendo llamar la atención,
contestó:
- Alonso se ha descubierto todo, - la Reina sabe que me amáis, y
que yo os correspondo, - y me notificó, desde ayer, que siendo yo
hija de tan alto personaje era preciso vivir oculta en un convento
el resto de mi vida.
- ¿La Reina os dijo eso? preguntó Alonso de Ojeda, siempre
escondido detrás del árbol.
- Sí; y me repitió lo que tántas veces me han dicho, - que no puedo
ir contra la promesa que hizo mi madre y debo vivir en un claustro
el resto de mi vida.
- Pero no fue con vuestro consentimiento, María!
- Eso no, - pero mi madre prometió en mi nombre.
- Vive Dios! exclamó el joven casi en alta voz ¿por qué no apeláis
al Rey que tiene el deber de protegeros?
- Calmaos, Alonso, respondió la doncella asustada, ¡os podrían oír!
y añadió: ¿decís que apele á la misericordia del rey?
- Sí.
- Menos piedad aún tiene él que la Reina.
- Eso es imposible!
- Escuchadme, - una vez me atreví á suplicarle que no llevara á
cabo la intención de sumirme en un convento, y él me contestó
reciamente que me mandaba con toda la autoridad que él tenía sobre
mí, que obedeciese siempre en todo y por todo á la Reina, á quien
él había ofrecido, cuando ella descubrió mi nacimiento, dejar á su
albedrío mi suerte y mi existencia enteramente.
- ¿Y á la fuerza os llevarán á un convento? preguntó Alonso con
acento desconsolado.
- Sí.
- Cuándo?
- Hoy mismo.
- Hoy?
- Me lo acaba de decir su Alteza.
- ¿Y adónde? justo cielo!
- Se me ha permitido escoger entre el de Carmelitas de esta ciudad,
ó el de Cádiz de la misma religión.
- ¿Y por cuál os habéis decidido?
- He dicho que por ninguno. ¿Qué me importa? Me pueden llevar al
que quieran.
- Escoged el de Cádiz.
- Por qué?
- Porque le conozco bien por fuera, y me atrevería á escalar sus
muros, y sacaros de él si no tuvierais inconveniente.
- Jesús, Jesús! qué locura!
- Por qué?
- Sería un imposible!
- No tal, yo sé lo que digo.
- Sería un sacrilegio!
- ¿Y no lo es peor sumiros en un convento contra vuestro
gusto?
- No lo penséis, Alonso, los muros son muy altos,
altísimos...
- ¿Que me importa la altura de los muros?... María, añadió: ¿me
querríais dar esa naranja?
- Sí, contestó ella, pasándosela por entre las ramas del árbol, y
con ella ese lienzo bordado por mí: esta será tal vez la última que
hablaréis conmigo, Alonso, pero no me olvidéis, no me
olvidéis...
Y al decir esto no pudo retener las lágrimas.
- Oh! exclamó el mancebo con doloroso acento. ¡Jamás, María, jamás,
mientras viva! Pero no perdáis las esperanzas: juradme no tomar el
velo antes de avisármelo, pues nada en el mundo me arredrará si vos
me amáis!
- Sí, Alonso, confío en vos y juro, por lo más sagrado de nuestra
religión, resistir á cualquier violencia, si tengo el
convencimiento de que permanecéis constante.
Iban aquí los dos jóvenes en su tierna plática, cuando María sintió
que alguien se acercaba, díjoselo rápidamente á Alonso, y éste en
el acto se alejó, deslizándose sin ruido, como una sombra, por
detrás de los árboles.
III
- Bella doncella, dijo la persona que se acercaba á María (y que
era nada menos que Hernando del Pulgar, el cronista, el cual, como
hemos dicho antes, era muy considerado y atendido en la corte) - la
Reina, mi señora, me ha encomendado, continuó, tener con vos una
corta plática acerca de un asunto que os interesa.
- Qué asunto? preguntó María, nada satisfecha con la sufrida
interrupción.
- El asunto de vuestro porvenir, y manifestaros el deseo que tienen
las personas que se interesan por vos de que toméis el estado
monjil; el más hermoso y propio para una doncella como vos, que
desprecia las vanidades del mundo y piensa en el cielo.
- Habláis, señor, con sosiego por cierto! puesto que no podéis
pensar ya naturalmente sino en la otra vida, que ya ésta se os
acaba, pero yo...
- La empezáis, interrumpió el anciano, - es cierto, - pero hija
mía, por lo mismo lo que se quiere es libraros de las penas que en
el siglo se pasan.
- Yo no quiero que me libren de ellas! dijo la niña con ímpetu.
Quiero conocer el mundo antes de verme encerrada para siempre en un
monasterio.
- Ah! eso decís, D.ª María, porque no sabéis qué es lo que os
conviene, - y así es que otros, más sabios y conocedores en la
materia, se encargarán de libraros de las asechanzas del mundo y de
sus miserias.
María escuchaba con la cabeza inclinada y en silencio.
- ¿Y qué os diré de los trabajos innumerables con que el cuerpo
sufre en el mundo? Conviene saberlo, dice San Agustín. "¿Quién es
el que anda en el mundo que no está obligado á los casos
inopinados? De todo lo cual ninguno de los que aquí andamos se
puede excusar por vigilante y cauto que sea." Por tanto, en lugar
de afligiros cuando os proporcionan la gracia de dejar la solicitud
que tenía Marta para que podáis tomar la parte mejor, que escogió
María, lo cual hace ver y sentir estas tribulaciones...
- Señor, dijo María interrumpiéndole, preferiría más bien ser
desgraciada á mi modo, que feliz al vuéstro! Soy joven, tengo vida,
curiosidad...
- Ah! pobre niña, pobre niña, dijo el cronista, es verdad que sois
joven... pero sí os puedo certificar que si el mozo tuviera la
experiencia del viejo, si seso tuviese, huiría del mundo temprano y
de las cosas dél, pero la mocedad lozana, ignorante de sí misma,
tiene tan fuertes los combates de la carne, que no pudiendo
resistir, es enlazada é metida en las necesidades que después no
puede cuando quiere salir de ellas.
|
4
- Pero, señor, si he de sufrir, esa cuenta es mía y de nadie más!
Además, le tengo mala voluntad al encerramiento.
- Hija mía, si es cierto que en un monasterio estaréis encerrada
¿no lo están acá en el mundo las buenas mujeres?... Y si os repugna
estar sujeta ¿no lo mandó Dios que lo fuéramos todos? En suma,
añadió el buen anciano bajando la voz, ¿os parece poca la sujeción
de una corte y sus etiquetas y sus besamanos, reverencias y
ceremonias?
- Ah! señor, y creéis que una monja goza de su libertad?
- No, - pero sí de una paz de ánimo completa.
- Pero á mí me han dicho, Sr. D. Hernando que cuando vuestra hija,
que tenía para ello vocación (lo que es muy diferente), se hizo
monja, no estabais muy contento, y públicamente lo
lamentasteis.
- Verdad, verdad, que á la hora que yo y su madre la vimos
apartarse de nosotros y encerrarse en clausura se nos conmovieron
las entrañas, sintiendo aquel pungimiento que la carne suele dar al
espíritu. Pero después que la razón usando de su oficio nos hizo
pensar cómo en esa angostura del templo gozaba de la anchura del
paraíso, entonces nos esforzamos en vencer las sugestiones
mundanas, y gozamos de la clara victoria que suele gozar el ánimo;
y más, entonces tomé la pluma y le escribí lo mismo que os estoy
diciendo:
|
5
De repente los dos interlocutores oyeron un grito de admiración y
de sorpresa, que salió instintivamente de todos los pechos de las
personas reunidas en el patio. Tanto María como Pulgar salieron de
debajo del árbol, y viendo que todos tenían fija la vista en la
torre de la Giralda, ambos alzaron á mirar. ¿Cuál sería el espanto
de María entonces cuando vio á Alonso de Ojeda en la cumbre de la
torre, que acababa de saltar por encima de la baranda del último
balconcillo, y poniendo los pies sobre una viga, que proyectaba de
la pared exterior de la torre como unas siete varas (la que había
servido para subir material en la construcción que entonces hacían
para recibir la veleta), caminó con completa compostura y serenidad
hasta la punta de ella; allí miró para abajo é hizo una reverencia
respetuosa á la Reina y á su corte. Detúvose un momento como para
admirar el soberbio paisaje que se extendía á sus pies, cual un
inmenso mapa animado: viendo bañadas por la luz del sol las lejanas
campiñas sembradas de castillos y de torres de arquitectura
morisca, restos de los alcázares de los antiguos soberanos,
alamedas de frondosos árboles y huertas, jardines, agrupadas casas
y caseríos; más cerca, en medio de la ciudad brillaban las flechas,
cruces y veletas de cien campanarios de las iglesias y
ermitas.
Todos miraban asombrados al osado joven y aguardaban verle caer, y
ni á respirar se atrevían, ¿cómo, se preguntaban, cómo podrá volver
al muro de la torre? Si procura volverse de espaldas de seguro dará
un paso en falso; y ¿cómo se podrá volver, si apenas tiene
suficiente anchura para los pies? El perfumado aliento de la
primavera llevaba hasta esa altura el murmullo de los espectadores,
con riesgo de causar vértigo ó aturdimiento al encumbrado mancebo,
pero no fue así: después de haber recorrido con la vista cuanto
tenía por delante, y mirado por último al angustiado grupo en el
patio de los naranjos, se sostuvo durante un segundo en un pie, y,
levantando el otro, giró sobre sí mismo y regresó á la torre.
Cuando le vieron acercarse á aquel lugar, todos respiraron, - pero
aún no había concluído sus pruebas el animoso Ojeda, porque, en
lugar de dejar aquel sitio peligroso, apoyó un pie contra el muro
de la torre, tiró al aire la naranja que llevaba en la mano, la
recibió de nuevo, y en seguida saltó por encima de la baranda del
balconcillo, saludó con un lienzo que llevaba en la otra mano, y
desapareció á la vista de todos, pudiéndose jactar de haber
producido en cuantos le miraban la impresión más angustiosa
posible.
|
6
En tanto María había permanecido en el mismo sitio, rígida como una
estatua, sin movimiento y sin vida, con los espantados ojos fijos
en Ojeda, los labios entreabiertos, los puños apretados, aguardando
con indecible ansia ver perder el equilibrio al sér que más amaba
sobre la tierra y volverse pedazos sobre las baldosas del suelo;
pero cuando lo vio lanzarse sano y salvo por encima del balcón, la
conmoción fue tál en su organismo, que perdió el sentido y cayó
desplomada, sin acordarse que en la corte á nadie le es permitido
manifestar tan á las claras sus sentimientos.
El cronista, que había permanecido á su lado, graduó la
inconveniencia del inoportuno desmayo de María, y no se atrevía á
pedir auxilio de los demás para la postrada doncella, ni acudir
personalmente á socorrerla.
Este embarazo por parte del anciano no duró mucho, porque la Reina,
á quien nada se le escapaba, no había perdido de vista á María; y
cuando la vio desfallecer, con quebranto de la compostura que
exigía de sus damas y caballeros, llamó á una dueña favorita, y en
tono severo dijo, señalando á María:
- Levánta á aquella postrada doncella y díle, de nuestra parte, que
su carácter sin entereza y su corazón demasiado sensible, no le
permiten permanecer á nuestro lado. No volverá con nos al Alcázar
hoy, sino que la conducirás inmediatamente al monasterio que
encuentres más cercano, y allí aguardará nuestras últimas
órdenes.
Dicho esto dio la señal de retirada, y salió del patio acompañada
de su séquito, quedando en él solamente la dueña y María, quien ya
repuesta levantó la cabeza, se incorporó; pero al oír la orden de
la Reina no pudo menos que prorrumpir en llanto. Mientras que la
dueña fue á buscar quien las acompañara, pues dos damas bien
nacidas no podían salir á la calle sin custodia, un pajecillo, con
la librea del duque de Medinaceli, se acercó á la desconsolada
doncella y entregándole un papel al descuido, la dijo al oído antes
de retirarse:
- De parte de Alonso de Ojeda!
María volvió la espalda á la dueña, que hablaba con dos escuderos y
paniaguados de la corte, que Salían de la sacristía, y leyó con
turbados ojos el papel, que decía de esta manera:
" Lo que me visteis hacer, María, hoy en la Giralda, fue para
probaros que nada me arredra, que no hay muro que no pueda escalar,
ni riesgo que me atemorice si estoy pensando en vos.
" Confiad en mi, tened valor y constancia.
ALONSO."
Después del famoso descubrimiento de Cristóbal Colón que dejó á
todo el mundo civilizado pasmado y aturdido, el Papa Alejandro VI,
que era español, nacido en Valencia, no tuvo inconveniente en
conceder cuanto le pidieron los soberanos que habían sido los
protectores del excelso descubridor de un mundo nuevo. Así expidió
una bula en la cual cedía á los españoles todos los territorios
situados en un espacio ó línea imaginaria que trazó, permitiendo
que en dirección contraria descubriesen los portugueses, y dejando
á las demás naciones libertad para apoderarse de los territorios
que demorasen fuera de aquel meridiano.
Comprendiendo los Reyes Católicos cuán interesante era esta nueva
conquista, quisieron asegurar la regularidad y orden de los
negocios relativos á ella, y nombraron un empleado especial que los
tuviera exclusivamente á su cargo. El empleo recayó en el Arcediano
de Sevilla, D. Juan Rodríguez de Fonseca, hombre de muy mal
carácter, pérfido y vengativo, - tanto que, con motivo de una
ligera desavenencia con Colón, acerca del armamento de los navíos
para el segundo viaje de descubrimiento, le cobró tal odio que le
duró el resto de su vida y fue parte en hacer pasar trances muy
duros y mil amarguras al gran descubridor.
El Arcediano tenía su despacho por aquel tiempo en Sevilla, y su
casa se había convertido en una especie de corte en la que se daba
ínfulas de dignidad y poderío; y con razón, porque en realidad
tenía grande influencia en el ánimo de los Reyes, y en nombre de
ellos cometía sendas injusticias y hacía muchos ofrecimientos que
no siempre cumplía.
Cinco meses después de aquel en que Ojeda se exhibió con tan
arrojada audacia en la torre de la Giralda, una mañana fue llamado
al despacho de Fonseca, cuando apenas acababa de llegar á Sevilla
después de haber pasado una larga temporada en Cádiz, ocupado en
asuntos de su señor el duque de Medinaceli., según decía.
Inmediatamente obedeció al llamamiento, y lo hizo con gusto, porque
Fonseca le había protegido desde niño, merced á la amistad que le
unía ña si tío el inquisidor fray Alonso de Ojeda.
Encontró al Arcediano en el salón de su despacho, solo y
escribiendo en una mesa cubierta de papeles.
- Entrad, Alonso, dijo el eclesiástico, os aguardaba
- Me necesitaba su reverencia? preguntó el joven
adelantándose.
- Sí, y hace días que tenía en vos puesta la mirada; bien sabéis
cuánto os aprecio Alonsillo.
Este se inclinó sin contestar.
- No os había visto, continuó Fonseca, desde aquel día en que
causasteis tánta admiración á cuantos os vieron en la torre de la
Giralda; disteis prueba de una audacia extraordinaria, de la que
imaginé sacaríais partido pidiéndome colocación en esta expedición
que se prepara para acompañar á Colón en su segundo viaje.
- No había pensado, respondió Ojeda, hacer parte de ella.
- Ocurrióseme, respondió el Arcediano, que teniendo ya ¿cuántos
años?...
- Veintiuno.
- Que teniendo veintiún años estaríais fatigado de la vida ociosa
como paje del duque de Medinaceli.
- Señor, yo no soy paje há mucho tiempo, sino soldado.
- Entonces con más razón debíais de haber pensado en pasar á Indias
con tántos jóvenes que lo han pedido como un favor, aunque ha sido
preciso rechazar á muchos.
- No le pido á su reverencia ningún favor, y por consiguiente no
hay motivo para decirme que se me rechazaría, - repuso Ojeda con
altanería.
- Al contrario, decía que á muchos ha sido preciso rechazar, pero á
vos no.
- Hasta ahora nada he pedido.
- ¿Temíais acaso no ser aceptado?
- Eso no, puesto que otros que menos valen tienen empleos en la
expedición.
- ¿Entonces?
- No quiero dejar á España.
- Hacéis mal, Alonso.
- ¿Por qué?
- Porque aquí corréis peligros.
- ¿Peligros?
- Sí, y muy serios.
- ¿Qué sabe acaso su reverencia?
- Mucho. . . . entre otras cosas, se cuál es el objeto de vuestra
adoración.
- ¿Vos, señor Arcediano?
- Yo, - contestó sonriendo el eclesiástico, - yo y muchos
otros.
- ¡Esta es sin duda equivocación!
- No tal, y D.ª María la hija oculta del Rey D. Fernando...
- Basta, señor! exclamó Ojeda, sumamente agitado: basta....
- Diré algo más, Alonso, como amigo y estimador vuéstro; vuestros
ojos se han levantado demasiado y ese lucero no es para vos, puesto
que lo han reservado para el cielo.
- Ah! exclamó Ojeda dolorosamente ¿quién me ha vendido?
- Nosotros todo lo sabemos.
- Ah! volvió á exclamar Ojeda, ya es demasiado tarde para llevar á
cabo mis deseos, si han llegado al conocimiento de personas como
vuestra reverencia.
- Creíais acaso, mancebo incauto, que una doncella recatada como
ella hubiera jamás aceptado vuestros locos proyectos?
- ¿Cuáles eran? preguntó el joven con arrogancia.
- Olvidáis acaso que la Santa Inquisición vela siempre sobre sus
ovejas y las defiende por todos los medios posibles?... Vuestros
billetes, pagados á preció de oro á la
|trota conventos que
los llevaba á la D.ª María, pasaban primero por otros ojos, y lo
mismo sus contestaciones.
- Estoy perdido! dijo Ojeda bajando la cabeza con desaliento.
- Así parece; y no se os ha dejado un momento solo desde que
vuestros sacrílegos proyectos han sido no sin cesar os sigue un
familiar del Santo Oficio.
- Vive Dios! exclamó el joven- ¡esto es demasiado!...
Sonrióse el Arcediano y repuso:
- Estáis perdido; pero si no deseáis veros dentro de pocos días
reducido á un calabozo, hay un medio.
- ¿Cuál?
- El de dejar á España.
- Imposible, mientras viva! Pues si á mí se me persigue así ¿qué no
harán con María sumida en un convento?
- ¿Y de qué le serviréis vos encarcelado?
- Sufriré por ella y eso me consolará.
- Esta, Alonso, es una niñería inútil para ambos; pero si seguís mi
consejo y os vais en la expedición de Colón os daré un buen
empleo...
- Abandonarla yo y huir como un cobarde! interrumpió Ojeda; eso no
lo haría jamás!
- ¿Acaso podríais protegerla?... Imprudente mancebo! lo que haríais
sería proporcionarla penas y sufrimientos sin cuento,
persecuciones, enfados y disgustos sin número á la que decís que
adoráis... Además ella misma, añadió Fonseca abriendo un cajón del
escritorio, ella os manda que os alejéis.
Y al decir esto sacó un cuadro enrollado y un papel escrito.
- ¿Ella me manda?
- Sí... leed ese papel.
Ojeda leyó entonces lo siguiente:
"Todo ha sido descubierto, y si no partís tengo de hacer mis votos
inmediatamente, y contra toda mi voluntad. He obtenido licencia de
permanecer algún tiempo más en el noviciado si partís de España;
por ende os suplico que aprovechéis la primera coyuntura que se os
presente para dejar esta tierra. Se me permite sin embargo enviaros
un recuerdo, que es esa imagen de la Santísima Virgen, que os
remito para que os proteja en vuestras aventuras. Pertenecía á mi
madre, que la obtuvo de mi abuelo materno y es muy milagrosa;
ninguno que la posea podrá ser herido mortalmente en los combates,
ni morir de muerte repentina, y además se me ha dicho que el que la
posee conoce la muerte de la persona que se la ha regalado, porque
le sucede alguna desgracia... por ella conoció mi abuela la muerte
de su marido en un encuentro con los moros. No puedo escribiros más
largo... Alonso, sed feliz, y aunque me mandan que os olvide y que
os diga que me olvidéis no puedo hacerlo.
MARÍA."
-Ah! exclamó el mancebo con coraje, la mandan que me olvide...
pero al menos no lograrán que yo lo haga!
Y al decir esto tomó á leer el billete de su amada.
- Devolvedme ese papel, Alonso.
- El papel es mío, nadie me lo puede quitar, exclamó el joven con
violencia.
- Oh! mocedad, mocedad bien vana! dijo Fonseca con desdeñoso acento
¿no habéis leído la posdata?
Ojeda le abrió otra vez y vio que decía más abajo de la
firma:
"Os suplico que no guardéis este papel sino que me lo devolváis con
una palabra al pie, que indique que me obedecéis."
- Dadme una pluma, señor Arcediano, dijo entonces Ojeda conmovido y
profundamente triste.
"Parto," escribió, "me alejaré, puesto que así me lo ordenáis, pero
mi vida y mi esperanza quedan con vos."
- Firmad, dijo el eclesiástico al joven.
Y cuando éste hubo hecho lo que le mandó, recibió el papel, leyó
las palabras escritas por Ojeda, y doblándole cuidadosamente le
guardó en una arca que cerró; y luégo se dirigió al joven que á la
luz de una ventana contemplaba la pequeña imagen pintada al óleo,
regalo de María, y cuyas facciones tenían algo de las de su
adorada, y le dijo:
- Ahora, amigo, hablemos como hombres racionales y vamos al asunto
del momento. Supongo que yá no tendréis inconveniente para hacer
parte de la expedición de Cristóbal Colón.
- No; poco me importa á donde vaya. Puesto que mi patria está
plagada de espías, puesto que no se puede yá ni pensar sin pedir
licencia al Tribunal de la Santa...
- Silencio, mancebo, no seáis imprudente! exclamó Fonseca,
manifestando cierta turbación muy ajena á su carácter, pues bien
conocía el supremo poder de la inquisición y lo peligroso que era
hablar y hasta oír hablar de ella sin profundo respeto.
- Tenéis razón, señor, repuso el joven; es preciso ser prudentes,
añadió con amargura, - así: ¿queréis darme una plaza de soldado, de
marinero, no importa de qué en la flota que se prepara?
- No, Alonso! no os daré plaza de soldado ni de marinero.
- Entonces para qué eran tantos ofrecimientos? respondió el otro
amostazado.
- Porque de ninguna manera os dejaría partir sino como capitán de
un navío.
- Capitán yo!
- Sí. Sé que en casa del duque de Medinaceli hacían estudiar el
arte náutico á los pajes, pues él cuida de la educación de los que
le sirven, y se me ha informado que no erais de los menos
aprovechados.
- Efectivamente, contestó Ojeda, pero una cosa es manejar una
pequeña embarcación en las orillas del mar, y otra atravesar los
océanos.
- Irá á vuestro lado uno de los pilotos más afamados de
España.
Ojeda miró al eclesiástico, cuya reputación de astuto y suspicaz
era muy conocida, y dijo con sorprendido acento:
- Tántos favores á mí!... esto me confunde, señor, y creo
comprender que debo compensaros de alguna manera.
- Por supuesto; y celebro que no seáis tonto, aunque os aseguro que
también gusto de vuestro carácter, y sinceramente deseo ayudaros en
vuestra carrera, que puede ser brillante si á bien lo tenéis.
- ¿Y qué debo hacer en cambio de esa capitanía?
- Vigilar al Almirante...
- ¿Vigilar á Cristóbal Colón?
- Sí...
- ¿Y por qué?
- No le tengo confianza... contestó bajando la vista el
Arcediano, - bien. sabéis que es extranjero.
- Desconfiáis de él! exclamó impetuosamente el joven! ¡Oh! bien se
conoce que no le habéis tratado! Yo, que he vivido con él dos años
en casa de mi señor el duque de Medinaceli, puedo aseguraros que no
hay hombre en el mundo que tenga un carácter más recto y más
noble...
Fonseca, que había fijado su mirada en Ojeda se sonrió con aire de
mofa é interrumpiéndole dijo:
- ¿Es decir que tenéis la convicción de que Colón es un hombre
portentoso, que no tiene defectos, que no posee un átomo de orgullo
ni de soberbia; que es íntegro, honrado y está repleto de buenas
intenciones?
- Ah! eso y más diría yo!
- Exageraciones de la edad.
- Me echaría al fuego por él.
- Ja, ja, ja! rio el Arcediano con fingida alegría, y dijo:
¿seríais capaz de confesar la verdad si le encontrarais los
defectos contrarios de lo que pensáis?
- Yo no nací para espía, señor, y á ese precio no quiero
favores!
- No pretendo que vayáis en la compañía de Colón como espía, sino
como amigo.
- Ah! esa es otra cosa.
- Es decir, como amigo de ambos. Necesito que me informen acerca de
las virtudes ó defectos de Colón, quiero saber con seguridad si es
digno de todos los favores que se le dispensan. Además quisiera que
alguien llegara á posesionarse de ciertos secretos que sólo él
conoce, porque si muriera se perderían para la humanidad. Os he
escogido, Alonso, porque más ó menos os creo capaz de ser con el
tiempo un grande hombre como hay pocos aún en España, tierra de
héroes, y quisiera ser el fundador de vuestra futura fama.
- Señor Arcediano, repuso Ojeda, un tanto turbado con aquellas
palabras que halagaban sus más secretas esperanzas, - señor
Arcediano, no sé qué decir á vuestra reverencia desearía aceptar
ofrecimientos tan honrosos con la mayor gratitud pues yo no merezco
tánto, y al mismo tiempo temo que se me exija más de lo que mi
honor pueda dar.
- No exijo de vos, Alonso, sino una relación exacta de vuestro
viaje, y la promesa de que os conformaréis á ciertas órdenes que
después os enviaré.
- Haré, señor, todo lo que se me mande, salvo que esto no manche en
lo mínimo mi honor.
- Habláis, mancebo, como hidalgo, y podréis confiar en que nada se
os pedirá que otro hidalgo no pueda hacerlo con sonrojo.
El 25 de Septiembre del mismo año salía de Cádiz la flota comandada
por Cristóbal Colón, compuesta de 6 buques grandes y 14 carabelas:
una de éstas capitaneada por Alonso de Ojeda; pero como se le
reconocía poco maestro en el arte náutico, llevaba á bordo á un
piloto famoso, llamado Juan de la Cosa. Este valiente y diestro
vizcaíno, contaba cerca de cincuenta años de edad, pero manifestaba
tánto brío y audacia como casi todos los españoles de su época.
|
1
|
Parece que Isabel II tuvo una vez el capricho de subir en
coche hasta la cumbre de la Giralda, lo cual llevó á cabo sin
dificultad.
|
|
2
|
Habiendo salido del pequeño puerto de Palos el 3 de Agosto del
año anterior, al cabo de 68 días de navegación, descubrió entre el
11 y el 12 de Octubre la tierra del Nuevo Mundo, que él creyó
hasta su muerte que era sólo una parte de las Indias orientales. La
primera isla en que tocó se llamaba Guananí en lengua indígena,
pero Colón la llamó San Salvador. Después de dejar en Haití 39
españoles, Colón regresó á Europa, dándose á la vela el 22 de Enero
de 1493, y teniendo que tocar por necesidad en Portugal, llegó el
13 de Marzo al puerto de Palos, gastando en este portentoso y audaz
descubrimiento apenas 7 meses y 10 días.
|
|
3
|
|Historia del Orden de San Jerónimo, de P. Fray José de
Sigüenza. Obra citada por D. E. de Ochoa en su
|Tesoro de
prosadores.
|
|
4
|
Véase Carta de Hernando del Pulgar á
su fija monja.
|
|
5
|
Véase la
|carta de Pulgar antes citada.
|
|
6
|
Véase la
|Vida de Ojeda, por W. Irving.
|