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CUADRO II-1492

Cristóbal Colón



I

La guerra con los Moros había terminado. Boabdil |el chico (sucesor de Muley-Hazem), hijo rebelde, esposo cruel, desventurado y débil Soberano, coronó la obra de su vida entregando por último, con las lágrimas en los ojos, las llaves de Granada á los Reyes Católicos: así, después de 800 años de lucha, España volvía á pertenecer entera á la raza goda, quedaban vencidos los sectarios de Mahoma y triunfante la Religión cristiana.

En tanto que en Granada se encerraban á gemir los tristes y míseros rendidos, y que los vencedores, después de ostentar sus pendones y cruces en las torres, se dejaban llevar por la alegría más completa, cierta mañana salía de la ciudad conquistada un hombre á caballo y enteramente solo, al parecer agobiado no solamente por los años sino también por las penas y los desengaños.

Atravesando la vega de Granada, nuestro viajero se dirigía á la ciudad de Córdoba. Este hombre, que rayaba en los 58 años de edad, era de elevada estatura y noble continente: tenía nariz aguileña, ojos claros y expresivos, la forma de la cara larga, los pómulos levantados, la tez blanca y pecosa, el cabello canoso; pero lo que más se notaba en él era cierta dignidad en el porte, que manifestaba costumbre de mandar. Llevaba un vestido muy sencillo y hasta pobre, y la mula en que cabalgaba estaba también ruinmente enjaezada, aunque parecía fuerte y mejor cuidada que su amo.

El caballero atravesaba por en medio del paisaje más pintoresco de Europa; pero no lo miraba, y parecía enteramente distraída y absorta su imaginación en otras escenas lejanas y distintas de las que le rodeaban.

Siguiendo su ruta llegó á una pequeña eminencia, como á dos leguas de Granada, donde se estrechaba el camino antes de llegar al pie de la sierra de Elvira, cuyas rocas presenciaron muchos de los encuentros más famosos entre moros y cristianos durante aquella guerra magna. Al llegar á este punto, el viajero detuvo su cabalgadura, y volviendo la mirada hacia atrás, contempló tristemente la lejana ciudad de Granada, asentada entre palacios, torres, huertas y jardines.

- Y sin embargo, exclamó hablando consigo mismo, yo les hubiera dado imperios muy más ricos que éste que ha costado tanta sangre cristiana, por más que se manifiesten orgullosos con sus victorias!

Cesó en sus meditaciones al ver que llegaba hacia él un caballero que corría á rienda suelta, montado en un magnífico caballo de raza pura árabe, quien parecía hacerle señas de que le aguardase, y momentos después oyó que le gritaba:

- Deteneos! De parte de la Reina!

Iluminóse la fisonomía expresiva del viajero con una luz de alegría y satisfacción, y suspirando como el que aligera el pecho de una pena, elijo en voz baja:

- En fin! Dios me ha oído.

El mensajero era un joven de poco más de veinte años, de bizarro porte, de ojos grandes, negros y luminosos, y mirada franca, viva y abierta, frente despejada, boca pequeña y bien formada, sobre la que apuntaba un pequeño bigote negro y sedoso como su rizada melena. Llevaba con desembarazo un rico vestido con los colores del duque de Medinaceli.

Al llegar á abocarse con el viajero, el joven se quitó el emplumado birrete, y besando con respeto un pliego que llevaba en la mano, atado con hebras de seda y sellado con el sello real, dijo al ofrecerlo:

- Miser Cristóbal Colón, traigo esto para vos de parte de mi señora la Reina.

Al tomar el pliego, el anciano se descubrió también y le dio algunas vueltas antes de abrirlo; enseguida rompió el sello y exclamó al leer la primera línea:

- ¡Una orden perentoria para que regrese á Santafé! pero…

- Miser Cristóbal! - dijo el mensajero cuando el otro hubo acabado de leer la carta misiva, y permanecía con ella en la mano con aire meditabundo; además de lo que acabáis de leer traigo un recado verbal de los Reyes, - los que aseguran su real palabra que os concederán todas las mercedes que habéis pedido con tal que no abandonéis la empresa.

- Yo no pensaba abandonarla sino con la vida, contestó el otro, y además tengo el convencimiento de que Dios me concederá tarde ó temprano lo que tánto le he pedido. Hace dieciocho años que no me ocupo en otra cosa, y trabajo en ello sin cesar. ¡Mi fe, mancebo, es tan grande y tan completa que ningún revés puede hacerme desmayar en mi propósito!

- ¿Pero ahora no abandonabais la corte y la empresa?

- Esta corte de España sí, pero íbame á buscar la del Rey de Francia; y á pesar de esta orden vacilo aún; bastante me han hecho sufrir aquí en estos siete años que he aguardado, padeciendo mil humillaciones y desprecios!

- Pero ya todo ha cambiado.

- ¿Me diréis como?

- Merced á los empeños de mi señor el duque de Medinaceli, de D. Luis de San Angel, de D. Alonso de Quintanilla, y particularmente por los de mi señora la marquesa de Moya, D.ª Beatriz de Bobadilla, que siempre ha sido tan adicta vuestra.

- Sí; ella y otros muchos han visto claro desde un principio. Sin embargo, no puedo regresar á la corte si no tengo la seguridad de que los imperios que conquistaré y descubriré serán considerados como Virreinato, cuyo gobierno obtendré para mí y mis herederos después de mi muerto, y además el título de Almirante de aquellas tierras y mares.

- Se os concederá, señor, el título de Virrey y tendréis las prerrogativas de los Almirantes de Castilla.

- ¿Se me permitirá disponer para mi uso personal de la décima parte de los tesoros, piedras preciosas y demás riquezas que se encuentren en aquellas partes?

- Entiendo que sí.

- Y en seguida tendré el derecho de reclamar mientras viva una cuota parte de las ganancias que se obtengan en todas las expediciones que se envíen á aquellas regiones?

- Si así lo estipulasteis se os concederá, contestó el joven... Pero en tanto que hablamos, señor, se pasa el tiempo, y en Santafé nos aguardan con impaciencia.

- Una pregunta más, repuso Colón, ¿no se me alegaba por ventura la falta completa de dinero para equipar los navíos que pido?

- Así es la verdad, y el Rey don Fernando se negaba á alentar vuestro proyecto, la pobreza en que estas guerras han dejado el erario real; pero mi señora la Reina, ganada enteramente á vuestra causa, y deseosa sobre todo de contribuír á la conversión de los habitantes de las tierras que decís, exclamo de repente cuando le decían que los tesoros públicos estaban exhaustos: "Yo, en nombre de Castilla, emprenderé esta conquista, y para ello empeñaré mis joyas si es preciso!"

- Loado sea Dios! exclamó Colón, levantando los ojos al cielo, puesto que al fin se ha dignado tocar el corazón de esta noble soberana, cuyo nombre ensalzarán los siglos más por esa palabra que por cuantas hazañas haya ejecutado hasta ahora!

El mancebo alzó á mirar al anciano inspirado, con profunda admiración, y desde aquel momento tuvo confianza en su fe.

- Marcad mis palabras, Alonso de Ojeda, continuó diciendo el otro; marcadlas, porque algún día las recordaréis: no se pasará un año antes de que yo haya descubierto un imperio para mayor gloria de España, imperio inmenso, repleto de riquezas, de diversidad de naciones y de toda suerte de nuevas invenciones y extraños hallazgos! Los que me acompañarán en este viaje se harán famosos en la historia, y sus nombres tendrán eco de siglo en siglo! No ha sido en vano, os lo aseguro, que he pasado la vida inclinado sobre los planos y los mapas del mundo, y escudriñando las relaciones de los viajeros: no en vano con los Ojos del alma he atravesado mil veces los mares para descubrir al otro lado otras tierras y otros mundos incógnitos! Mi espíritu en esos momentos ha sido inspirado por un destello de la luz divina, y me he convencido de que yo he sido llamado á ser el instrumento de salvación para los ignorantes infieles que allí habitan! Por mí conocerán la Religión cristiana y el nombre de AQUEL que bajó á la tierra para nuestro eterno bien y también para el de ellos!

- Ah! señor mío! exclamó el joven con acento de entusiasmo. Pudiera yo seguiros y acompañaros en esta noble y santa empresa!

- Eso será fácil, Alonso; no dudo que vuestro señor, el duque de Medinaceli, os permitirá acompañarme. ¿No fue acaso D. Luis de la Cerda uno de los que primero me protegieron y me dieron acogida y hospitalidad en su regia mansión cuando yo estaba pobre y sin apoyo?

- Así fue, contestó el joven, y durante dos años vivisteis en su casa tan honrado como el que más.

- Y hasta llegó á ofrecerme, repuso Colón, tres carabelas que tenía surtas en el de Santa María, para que con ellas llevara á cabo mi expedición. Desgraciadamente el duque encontró dificultades para obtener el permiso de los Reyes, y le fue preciso retractarse de aquel ofrecimiento; sin eso ya ha ría más de seis años que las Indias Occidentales hubieran hecho parte del Imperio español. Yo mismo hablaré con el duque y obtendré, no lo dudéis la merced de llevaros conmigo.

- No hagáis tal, señor! exclamó Ojeda.

- Por qué?

- Porque yo no puedo abandonar la corte.

Colón le miró con extrañeza, y dijo con acento triste:

- ¿Me había equivocado, pues, Alonso? Yo pensé que ese fuego y vivacidad que os distingue irían unidos á un ánimo más varonil y aspiraciones más elevadas.

Una oleada de púrpura inundó la faz expresiva del joven, y agarrando con la mano derecha la empuñadura de su daga, exclamó:

- Vive Cristo! caballero. ¿Acaso dudáis de mi valor?

- No tengo por qué, contestó el otro; al contrario, he oído decir que entre muchos supisteis luciros varias veces durante el sitio de Granada. Pero seguramente los halagos y locos devaneos de la corte, y las vanidades y futilezas cortesanas os embargan más la atención que las gloriosas empresas que dan fama.

- No penséis tal cosa, señor, mi motivo es otro.

- Cuál? ¿Acaso no confiaríais en mí?

- En vos confío y en el buen éxito de vuestra empresa, como en la luz del sol, como en los santos Evangelios!

- Entonces qué os detiene?

El joven bajó la cabeza sin contestar.

- Ah! dijo Colón, con una triste sonrisa, - ya entiendo: olvidaba que estáis en la edad de los amores. ¿Acaso alguna de las damas de la corte?...

- Habéis adivinado! repuso Alonso; no puedo sin morir de tristeza dejarla de ver, aunque esa dicha es rara y poco frecuente... Yo amo sin esperanza…

- Si |ella es esquiva y desdeñosa, contestóle Colón, venced su desdén haciendo famoso vuestro nombre.

- Ella no me mira mal, - al contrario; pero su nacimiento es muy más alto que el mío.

- Acaso no sois hijodalgo?

- Sí lo soy, aunque pobre. Pero ella está tan distante de mis deseos como la estrella que ilumina el firmamento.

- Será acaso alguna infanta?

- Casi, aunque han guardado el secreto de su nacimiento en la corte desde que está en ella. Su suerte ha sido extraña: robada en su primera infancia por los moros en la toma de Zahara, fue criada entre las mujeres de la familia de Muley-Hazem, quien nunca quiso aceptar rescate por ella, pensando dársela á uno de sus favoritos cuando llegara á la edad núbil. En el alcázar morisco creció en belleza y donosura, hasta que un día, hará dos años, en un asalto que dimos á un palacio habitado por algunas moras de alto rango y de la familia del depuesto Rey Hazem, logramos rescatar á mi princesa y á la nodriza que siempre la había acompañado. Su aspecto noble é inteligente (tendría entonces catorce años), su rubia y blanca belleza, y las palabras castellanas que pronunció, dieron claro á entender que no era mora sino cristiana, tanto más cuando dijo que la llamaban Zulema, pero que su nombre era María. - "María, díjela, ¿acaso seríais la niña perdida en Zahara?"-"La misma," me contestó…

- Luego la conocíais? preguntó Colón.

- Nos habíamos criado juntos. Dime á conocer al momento, y aunque estaba tan niña cuando había pasado á poder del infiel, merced á las conversaciones que había tenido con su nodriza durante aquel largo cautiverio entre moros, se acordaba de mí muy bien y manifestó grande alegría al saber quién era yo. Sin embargo, cuando supo que iba á ser presentada á la Reina, la que según la había dicho su nodriza no debería nunca conocer su existencia, pidió encarecidamente que ocultásemos los de la expedición su nombre y origen á los Reyes, y llevada delante de ellos declaró que se llamaba Zulema y nada más. Entregáronla entonces á las damas del séquito de la Reina para que se la instruyese en la religión cristiana, que ella fingía ignorar. Como dos días después de que volví á ver á María, el ídolo de mi niñez y el objeto de mis más tiernos recuerdos, estaba yo una mañana de guardia cerca de la tienda del marqués de Cádiz; cuando llegó una partida de soldados llevando un moro ricamente vestido y armado, que en una expedición contra el campamento español había combatido como un león y se había dejado cautivar como un cordero, pidiendo que le llevasen ante el marqués de Cádiz, A quien dijo tenía que hacer importantes revelaciones…

Pero, añadió Ojeda volviéndose á su interlocutor, esta relación no es del caso y tal vez os fastidie.

- No, no, repuso Colón; continuad, continuad, que me habéis interesado.

- Bien, pues, dijo el joven apenas el moro se encontró en la presencia del marqués, cuando dijo con altanería:

- "Soy hijo del gran Ashmed-Aben-Zeragh, y tengo el mismo nombre que mi padre, que fue consejero y amigo del Rey Muley-Hazem, á quien servimos hasta el finamiento de su reinado.

"El marqués no le contestó ni manifestó sorpresa alguna, como parecía esperarlo el moro; así, continuó éste diciendo:

- "Vengo ante vos, marqués, con el objeto de rescatar á una cautiva llamada Zulema, que ha sido apresada hace dos días por vuestros soldados y los del duque de Medinaceli.

- "Esa cautiva, es acaso hermana ó parienta vuéstra? preguntó el de Cádiz.

- "Es mi prometida esposa; y estoy preparado para rescatarla, y rescatarla regiamente.

"Después de una larga discusión que yo oí, por estar de centinela á la puerta, el marqués ofreció hablar á los Reyes y pedir á la Reina su consentimiento, puesto que la cautiva estaba entre la servidumbre; y al salir de la tienda me dijo:

- "Os dejo encargado del prisionero.

- "Respondo de él con la vida, Contesté mirando á mi rival con no muy blandos sentimientos.

"Al cabo de una hora volvió el marqués y dijo que habiendo sido llamada á la presencia de la Reina la cautiva llamada Zulema, y díchola lo que pretendía Ashmed-Aben, había contestado llorando que suplicaba no la restituyesen al cautiverio, acabando de declarar que era cristiana, cautivada en Zahara, y confesó á la Reina el secreto de su nacimiento, por lo cual ésta, muy conmovida, la había asegurado que no la entregaría á los moros por ningún precio.

"Una ráfaga de concentrada ira desfiguro por un momento las hermosas aunque morenas facciones del moro, pero tratando de reprimir la expresión de sus sentimientos dijo al cabo de un rato:

- "¿No podríais, señor marqués, llevarme á los Reyes para hablarles personalmente?

- "Si acaso deseáis volver á tocar la cuestión del rescate de Zulema ó María, contestó el de Cádiz, perdéis inútilmente el tiempo.

- "No, repuso el otro; veo que su suerte es irrevocable, y que es inútil hacer esfuerzos para conseguirla; -no, mi objeto es otro. Quiero dar á vuestros Soberanos noticias importantes, y por ellas pedir cierta recompensa que anhelo.

- "Esto lo haréis otro día, dijo el marqués.

- "Lo que deseo revelarles debe ser ahora mismo; después sería demasiado tarde, contestó el moro con energía.

- "En este momento no se puede, porque es la hora de la siesta.

- "Qué! exclamó el moro, ¿son acaso tan afeminados vuestros Reyes que en tiempo de guerra abandonan los asuntos públicos para entregarse al sueño en la mitad del día? Que Mahoma me confunda si no es cierto que lo que tengo de decirles no les va de vida ó muerte!

"El marqués se detuvo pensativo un tiempo y al cabo dijo:

- "Pueda ser que vuestras noticias sean oportunas. Venid conmigo, Aben-Ashmed: veré si podéis hablar con mi señora la Reina, pues ella rara vez se retira á dormir á medio día, sino que se está platicando ó haciendo labor con sus damas.

El moro inclinó la cabeza sin contestar, pero notéle que apretábase el pecho con una mano y con cierto aire feroz que me dio en qué pensar. Sin embargo, pensé que no tenía ninguna arma, puesto que yo mismo le había visto registrar antes de entrar en la tienda del marqués; sin embargo de esto le seguí, guardándole la espalda al de Cádiz, y sin quitarle los ojos hasta llegar á la tienda de nuestra Soberana.

"El marqués entró en un compartimento interior, y el moro y yo nos quedamos en el de afuera con varios hijosdalgo y oficiales de la guardia. Noté que Aben-Ashmed parecía escuchar lo que se decía adentro, y que poco á poco se iba acercando á la entrada del otro compartimento. Al llegar allí pidió á un sirviente que estaba á la puerta un jarro de agua; se lo dieron; tomó un sorbo, y dejando repentinamente caer la copa entróse con la precipitación de un relámpago en la estancia vecina, en donde conversaba un caballero con una dama ricamente ataviada, y sin aguardarse ni detenerse en su carrera, el moro sacó una daga que llevaba oculta en el pecho y se arrojó sobre el caballero diciendo:

- "Muére, Rey Fernando, el traidor!

"Después de herirle en la cabeza se abalanzó como un tigre sobre la dama y trato de atravesarla con su daga, aunque no lo consiguió, porque los bordados de su jubón se lo impidieron.

"Todavía no había tenido tiempo de levantar tercera vez el brazo cuando caía el vil moro expirante á los pies de la marquesa de Moya, que era la dama que había tomado por la Reina Isabel, siendo el caballero herido un hijodalgo portugués, llamado D. Alvaro de Braganza. Los guardias y oficiales que entraron en pos del asesino le cosieron á estocadas, pero no murió el infiel sin haber sabido la equivocación sufrida por él y cuán inútiles habían sido los tiros de su venganza.

"Desde aquel día la Reina ha puesto cuidado especial en D.ª Maria, y la lleva consigo á todas partes, sin permitirla ningún solaz como á las otras damas de la corte; ni puede, como ellas, hablar con los caballeros é hijosdalgo, sino que se ve obligada á llevar una vida asaz triste y retirada. Dicen que la han notificado que irremisiblemente ha de entrarse de monja, porque su madre, que ya murió, la había consagrado al claustro desde que nació, en expiación de sus faltas y pecados. Aunque rara vez puedo verla, no vivo sino por María, no pienso sino en ella, y no quiero desaprovechar un día de aquellos en que pueda verla y oír el blando eco de su voz. Mientras que luzca en el firmamento mi lucero, no dejaré de contemplarlo: cuando desaparezca, mi vida será lo que Dios quiera. Creo que os he dicho, señor, mi pensamiento con claridad, yo; he dado amplias explicaciones…

- Veo que es inútil discutir con vos, Alonso, contestó Colón; - y lo siento, porque en vuestro rostro he visto pintadas las cualidades más propias para salir con felicidad en aventuras como las que busco en otros mundos y en otras zonas.

- Por ventura, repuso Ojeda suspirando, si mi suerte hubiese cambiado antes de vuestra partida, entonces mi vida y mi brazo estarán á vuestras órdenes; antes de perder á María no me pertenezco.

- El amor, respondió el futuro descubridor, es una buena cosa, y sin haberlo tenido algún día de huésped era el corazón, el hombre no vale nada; pero es preciso no dejarse llevar por ese sentimiento hasta olvidar los deberes á que nos obligan el honor, la hidalguía y el culto á Dios.

- Es verdad; pero el amor que siento es tan grande y noble, que inspirado por él sería capaz de ejecutar mayores cosas que las hasta hoy hechas en honor del mismo Dios.

- No blasfeméis, mancebo! el amor de Dios es demasiado sagrado para que os atreváis á compararlo con el de sus criaturas!

Platicando de esta manera, nuestros dos viajeros llegaron á la nueva ciudad de Santafé. Colón entró en casa de un amigo á mudar de traje para presentarse ante los Reyes, y Alonso pasó á la posada del duque de Medinaceli á dar cuenta de su mensaje y avisar el regreso del navegante.

 

II

La corte de los Reyes católicos era completamente diferente de la de su antecesor Enrique IV; y así como la anterior había sido vana y corrompida, ésta era todo lo contrario, bajo el severo aunque amable dominio de la Reina Isabel, la cual, dice Prescott, poseía la rara combinación de virtudes femeniles que la hacían amar, y una energía viril que producía saludable terror en el culpable. Isabel llevaba á cabo sus propósitos siempre, y á las veces con tánto peligro personal y mayor y más firme decisión que su esposo, que menos franco, lograba con maña lo que ella ejecutaba á las claras y sin rodeos, si pensaba que su deber la llevaba á ello. Ambos Reyes eran parcos y frugales, no solamente en sus vestidos, sino también en su modo de vivir, pues creían que el respeto que se gana con la virtud y el mérito personal es mucho mayor que el que nace de la pompa exterior y boato de una corte; bien que cuando era preciso ofuscar y maravillar al vulgo, ellos sabían presentarse en público con solemne magnificencia y ostentosas ceremonias.

El día en que Cristóbal Colón obtuvo la audiencia á que había sido llamado, la antesala de los Reyes estaba repleta de los principales nobles y magnates de España, quienes aguardaban el resultado de la conferencia que tenía lugar en otro salón entre los Reyes y el "sublime aventurero."

Era por cierto un espectáculo digno de describirse aquella antesala en que se veían los nobles, los literatos, los sacerdotes y los guerreros, que tánto se habían distinguido durante los pasados años y dado lustre á España.

Todos los nobles eran guerreros y no había un hijodalgo que no llevase espada al cinto, ilustrada por proezas y actos de honor en las populares guerras entre moros y cristianos.

Platicaban congregados allí el conde de Benayente; D. Fadrique de Toledo, conde de Alba; los condes de Ureña, de Feria y de Cifuentes; D. Luis de Portocarrero, señor de Palma; el conde de Haro, Adelantado de Castilla; los duques de Alburquerque, de Béjar y de Nájera, todos á cual más famosos en los anales de la guerra; éstos con un lujo ostentoso confundían las telas recamadas de oro y plata de sus vestidos, con los humildes hábitos de los frailes que allí estaban, siendo los últimos, á la verdad, mucho más poderosos en aquella corte que los magnates de más alto rango. Entre ellos estaba uno de los confesores de la Reina, fray Fernando de Talavera, nombrado Arzobispo de Granada, que aguardaba impaciente el fin de aquella conferencia; este fraile era el que más había influído las veces antes para que despidiesen de la corte á Colón, porque le consideraba casi loco, y habíale dicho á su real penitente que aquel cosmógrafo avanzaba doctrinas sobrado audaces y de todo punto contrarias á cuanto habían asegurado los Santos Padres. Con este motivo, no podía menos fray Fernando que manifestarse descontento y hasta herido en su amor propio al considerar que Colón, al fin, había logrado ser recibido por los Reyes, quienes sin duda le ayudarían en su descabellada empresa, desestimando sus consejos.

El nuevo Arzobispo conversaba en voz baja con otros dos frailes de la Orden de Santo Domingo: prior el uno del monasterio de San Pablo de Sevilla, fray Alonso de Ojeda, miembro activo de la Inquisición, y el otro nombrábase fray Tomás de Torquemada, el famoso inquisidor. Rayaba entonces éste en los 70 años, pero no había desmayado un solo día en su actividad para perseguir á los herejes de los Reinos de Castilla y Aragón, mandando á la hoguera á muchos judíos, mahometanos y sectarios de Lutero. | 1

Fray Tomás fue en un tiempo confesor de la Reina, y aun poseía grande influjo en su ánimo. Acababa de llegar á la ciudad nuevamente conquistada, con el objeto de felicitar á los Reyes y ofrecer sus servicios en la conversión de los nuevos súbditos moriscos.

Estos tres frailes platicaban entre sí, maltratando la reputación de Colón, y criticando con medias palabras la buena opinión que de él tenía la Reina. Pero calláronse repentinamente al notar que se acercaba fray Diego de Deza, tutor del príncipe Juan, que había protegido á las claras á Colón, en unión del prior del convento de la Rábida, fray Juan Pérez, y del Cura de los Palacios, que fue panegirista decidido del descubridor, hasta el fin de sus días.

Más lejos había otros dos sacerdotes, el uno fray Francisco Jiménez, el futuro Cardenal Cisneros, el hombre de Estado de más talentos de cuantos ha tenido España, entonces como después, se hacia notable por la humildad y severo ascetismo de su vida, lo que producía impresión al lado de los cortesanos ataviados suntuosamente y llenos de orgullo y afectación palaciega. Llamaba sobre todo la atención en contraste con la persona que tenía junto, que era el Deán de la Catedral de Sevilla, Juan Rodríguez de Fonseca, cuyo lujo personal y ligereza de carácter eran proverbiales en la corte; teníanle, además, todos por hombre vano, cruel y maligno, cual lo manifestó con profesarle á Colón una enemistad eterna é inmerecida, como después á Cortés y á otros Conquistadores de fama.

Cerca de éstos estaba un grupo de cortesanos que se entretenían oyendo conversar á un hombre de menos de cuarenta años, bien parecido y de bizarro porte, cuyos chistes y anécdotas tenían fama de salados y picantes; llamábase Pedro Mártir, era italiano, vástago de una familia noble de Milán, quien después de haber hecho serios estudios en Roma, pasó á España, patrocinado é introducido en la corte de Isabel por el embajador castellano.

La Reina, que tenía un golpe de vista muy penetrante para conocer los hombres, le instó para que se dedicase á las letras y dejase la carrera de las armas que pretendía seguir, -pero él le suplicó que le permitiese tomar parte en las guerras de Granada. Mártir hizo todas las campañas durante cinco años, hallándose en los principales combates que se libraran contra los moros en la vega de Granada, por lo cual más adelante pudo dar fe como testigo ocular de lo que allí sucedió | 2 . Celebrándole los chistes, y admirando el talento de su compatriota, veíase allí otro italiano de nombre Lucio Marineo Siculo, también letrado. Tenía encargo de enseñar el latín y la traducción de los clásicos á los jóvenes cortesanos, los que, por orden de la Reina, se instruían en sus horas de ocio, recitando lecciones de Lucio Marineo y de Antonio de Lebrija, sabio erudito.

De los que estaban en aquel grupo no eran los menos notables Alonso Ortiz, canónigo de Toledo, poeta y escritor de mérito; el portugués Arias Barbosa, profesor de la Universidad de Salamanca, llamado á la corte por la Reina para consultarle acerca de la mejor organización de aquel plantel de educación. Además un anciano de más de 70 años, de aspecto venerable, de vez en cuando terciaba en la conversación y era escuchado con respeto: llamábase Alonso de Palencia y era cronista de la corona desde el tiempo de Enrique IV. | 3

Palencia se dirigía de tiempo en tiempo á otro, anciano, aun de mayor edad que él, que permanecía en medio de todos callado y meditabundo: era Alvarez Gato, que había logrado hacerse amar de todos los Reyes, desde la época de Juan II, y todavía, á los 80 años, escribía versos que se consideraban de mérito.

De improviso entró un joven al salón y se acercó al grupo de que hablamos: iba vestido con cierta elegancia sencilla, y llevaba los colores del duque de Alba: no llegaba á los 24 años y tenía, aun que juvenil, un porte melancólico y serio, frente alta y serena, ojos grandes, negros y rasgados, labios expresivos, animados por momentos con una sonrisa grave y tierna, y con todo esto un aspecto reposado y digno, que demostraba un nacimiento hidalgo.

- Juan de la Encina! exclamó uno de los circunstantes, ea! ¿y por qué venís tan tarde? Hace una hora que os esperábamos.

- ¿Por ventura, preguntó otro, estabais ocupado preparando algún misterio, para celebrar la entrada de los cristianos á Granada?

- No; contestó el interpelado, soy demasiado franco para componer |misterios.

- ¿Entonces por qué tardabais?

- Cumplía las órdenes de mis señores los duques de Alba.

- ¿Y cuáles eran? ¿Acaso algún discurso en verso?

- Una pastoral para representarla delante del pesebre del palacio ducal.

- Cómo es eso? preguntaron algunos, ¿acaso estamos en Navidad?

- No; pero como no pudimos celebrar el nacimiento de Nuestro Señor, con toda la solemnidad del caso, en el pasado Diciembre, por estar en guerra, mi señora la duquesa ha querido que no por esto dejemos de componer, aunque tarde, el pesebre, y con más boato y magnificencia que otras veces.

- Bien, dijo el amable Palencia, yo gusto mucho de vuestros versos, mi querido Juan, repetidnos algunos de ellos.

- Pero, señor, no me atrevería á ello delante de esta tan escogida compañía.

- No os cuidéis de ello, repuso Palencia, figuraos que estáis en un bosque y que la encina es el árbol más fuerte de las selvas, por consiguiente más enhiesto y valioso que nosotros los árboles menores. Por ende, obligado estáis á endoctrinarnos.

-No me haré de rogar, señor, pues vuestra cortesía me esclaviza, y para salir del paso pronto, escuchad estas redondillas que pongo en boca de uno de mis pastores.

Y con soltura repitió aquellas que empiezan así:

Cata, Gil, que las mañanas

En el campo hay gran frescor,

Y tiene muy mal sabor

La sombra de las cabañas.

Cuando hubo acabado muchos exclamaron:

- Bravo! bravo!

- Por mi honor, Juan amigo, juro que no os quedaréis atrás de los Manriques y Santillanas. Vive Dios! que me han gustado tus versos y es preciso que se los recitéis á nuestra señora la Reina que tánto amor le tiene á las cosas buenas. Esto dijo trabando su brazo con el del joven un anciano caballero, D. Gutierre de Cárdenas, hidalgo de clara alcurnia, y que gozaba de la privanza de los Reyes. Era Comendador de León y muy aficionado á la poesía y á los letrados.

Después de que hubieron felicitado todos á Encina, don Gutierre se dirigió á un mozo que había permanecido taciturno y Callado, y dijo sonriendo:

- ¿En qué piensa D. Pedro de Urrea, que tan negro humor manifiesta? ¿no os provoca también recitar ante esta amable concurrencia alguna de las trovas que habéis compuesto en estos días en que la espada ha permanecido en la vaina por falta de enemigos á quienes combatir?

- Mis coplas, señor, contestó el joven, no valen nada y son poco amenas.

- El hijo del conde de Aranda es muy modesto, por cierto, repuso Pedro Mártir.

- Decid, Pedro, observó D. Miguel de Urrea, su hermano (también aficionado á las letras), decid aquellas coplas que ayer recitabais á algunas damas de la Reina.

- Repito, respondió Pedro, que no valen nada, pero os daré gusto, y empezó así:

En el placiente verano

Do son los días mayores,

Acabaron mis placeres

Comenzaron mis dolores.

Cuando la tierra da yerba

Y los árboles dan flores,

Cuando aves hacen nidos

Y cantan los ruiseñores:

Cuando en la mar sosegada

Entran los navegantes,

Cuando los lirios y rosas

Nos dan buenos olores,

Y cuando toda la gente

Ocupados de calores

Van aliviando las ropas

Y buscando los frescores,

Do son las mejores horas

Las noches y los albores;

En este tiempo que digo,

Comenzaron mis amores.

De una dama que yo vi,

Dama de tántos primores

De cuantos es conocida

De tántos tiene loores;

Su gracia por hermosura

Tiene tántos servidores,

Cuanto yo por desdichado

Tengo penas y dolores.

Donde se me otorga muerte

Y se niegan favores,

Mas nunca olvidaré

Estos amargos dulzores,

Porque en la mucha firmeza

Se muestran los amadores.

Todos elogiaron con sinceró aplauso aquella sentida composición, y cada cual le dijo alguna lisonja en demostración de que estimaba el mérito de las coplas.

- Por cierto que son bellas! exclamó Gonzalo de Córdoba, terciando en la conversación; pero si son bellas, quisiéramos saber también quién es la dama que las ha inspirado, y así podremos juzgar mejor del mérito de la poesía.

Chocóle á Pedro de Urrea el tono del ostentoso Capitán, que pensaba que todo le era permitido á fuer de valiente y de gozar de la amistad de los Reyes, quienes les distinguían particularmente.

- Eso no es del caso D. Gonzalo, dijo el poeta, - ni es de hidalgos proclamar ante el público el nombre de la reina de nuestro corazón, - y sorprende que vos, señor, que sabéis cuán sagrado es el nombre de la persona adorada, me lo preguntéis.

Todos se fijaron en el que después se hizo tan famoso en Italia bajo el nombre del GRAN CAPITÁN, y le vieron muchos con sorpresa sonrojarse y bajar la vista, cuando aguardaban que las palabras de Urrea despertaran su resentimiento. Otros, que sabían lo osado de la alusión del poeta, temblaron de que aquello tuviera consecuencias más serias, pues se susurraba en la corte que Gonzalo de Cordoba miraba á la Reina Isabel, su señora, con más ternura y admiración de la que convenía á un vasallo | 4 ; secreto sentimiento que él guardaba en lo más íntimo de su alma, y con sobrada razón, porque jamás se llegó á dudar ni un segundo de la excelsa virtud de la Reina, á la que, si era cierto aquel sentimiento de Gonzalo, tenía que ofender sólo con la sospecha de que existiera. Por lo cual le hubiera podido hasta costar la vida al que se atreviese siquiera á imaginarlo.

Hallábase entonces Gonzalo de Córdoba en toda la fuerza de la edad varonil; de gallarda apostura y de formas simétricas, tenía los modales más nobles é hidalgos que podían verse en aquella corte; además, siendo muy adicto á la ostentación, no solamente en el vestirlo sino en todo lo que tocaba á su persona, su casa era la mejor puesta y adornada del reino. Llamábanle en la corte |el príncipe de los caballeros, y era efectivamente el hombre más valiente y más galante y magnífico de aquella época, en que todo hidalgo era guerrero, y todo guerrero un héroe. | 5

Gonzalo de Córdoba se honraba con tener por hermano y mayorazgo de la familia á D. Alonso de Aguilar, cuyas proezas en las guerras de Granada andan escritas en muchos libros y aun las cantan los aldeanos de Andalucía y las recuerda todo español.

D. Alonso era más prudente y tenía mayor juicio práctico que Gonzalo, y á fuer de ser el mayor, le sacaba con frecuencia de los apuros que le causaban su genio aventurero y amor al esplendor, - y mientras vivió fue siempre su ángel tutelar. No sabemos en aquel momento cómo hubiera salido Gonzalo de tan penosa situación, si su hermano no lo llamase aparte, en nombre del Arzobispo de Toledo, que necesitaba hablar con él, y momentos después ambos hermanos se confundieron en el grupo que rodeaba al Arzobispo-Cardenal, privado y director predilecto del Rey D. Fernando, por lo cual le llamaban el tercer Rey de España.

El Cardenal D. Pedro González de Mendoza había contribuído en mucho á la unión de las coronas de Castilla y Aragón y al engrandecimiento del reino español. Este grande hombre era magnífico en su porte y en su modo de vivir, pues mantenía en sus numerosos palacios miles de hombres de armas, de pajes y de domésticos. Gastaba sus enormes rentas en proteger las letras y los institutos de caridad. En 1492 contaba sesenta y tres años de edad y sintiéndose muy achacoso, hizo llamar á la corte al franciscano Jiménez de Cisneros, en cuyo talento confiaba, y después de recomendarle á la Reina como su confesor y consejero, le suplicó al tiempo de morir, - tres años después de aquél en que nos hallamos, - le nombrase su sucesor en el cargo de Arzobispo de Toledo y Ministro de Castilla.

Entre los cortesanos que rodeaban al Arzobispo había tres que se habían hecho notables particularmente en las guerras con los moros, además de su alto nacimiento y extraordinarias proezas. El primero era el famoso marqués de Cádiz, D. Rodrigo Ponce de León, el que se había manifestado intrépido hasta la temeridad en los campos de batalla; impaciente siempre; activo y quizás feroz frecuentemente; pero muy consagrado en todo tiempo á la religión y á la patria, y por último, tierno y compasivo con las mujeres y los vencidos. Poseía el marqués las propiedades más fértiles y ricas de Andalucía. Sus disputas y riñas á mano armada con el duque de Medina-Sidonia, - feudos hereditarios en ambas familias desde tiempo atrás, - se hicieron en 1482 tan violentas y desastrosas, que los vasallos de uno y otro señor bendijeron las guerras con los moros porque éstas hicieron variar el objeto de las hostilidades de ambos guerreros. Desde la toma de Alhama, no solamente se aliaron los hidalgos sino que se juraron una amistad eterna.

Enrique de Guzmán, duque de Medina-Sidonia, era uno de los señores más ricos y poderosos de España, y este era el segundo magnate á que nos referimos. De sus propiedades casi no conocía él mismo sus limites, propiedades que le producían una renta que pasaba de 60,000 ducados. La parte de las tropas que seguía su pendón, eran costeadas por él, pudiendo llevar á las guerras gente levada en sus Estados no más, siendo este ejército poco menos numeroso que el de sus soberanos.

Entretenidos conversaban estos dos antiguos rivales con el duque de Medinaceli, D. Luis de la Cerda. Como sus compañeros, este poderoso señor era dueño de inmensos caudales y de castillos, tierras, ciudades, villas y aldeas que no reconocían otro dueño. D. Luis de la Cerda se titulaba seis veces duque, diez veces marqués y doce veces conde. Andaba siempre rodeado de un séquito de caballeros, pajes, escuderos y sirvientes, gastando más boato y esplendor que muchos reyes de, aquel tiempo. Era valiente, altanero, generoso y galante, pero á veces se manifestaba duro, cruel é intransigente como todo Señor feudal. Sin embargo estos eran pocos ya en España, merced á la política de los Reyes Católicos que trabajaban sin cesar en arrancarles sus prerrogativas.

En torno de estos señores veíanse los dos Mendozas: el duque del infantado, Iñigo López, y D. Diego López, conde de Tendilla; tan poderosos ambos como ricos y valientes; además, el conde de Cabra, Diego de Córdoba, cuyos hechos de armas, |como Alcaide de los donceles, se celebraron entonces en los cantares populares, que aún conoce el pueblo español, y no olvida repetirlos.

Más lejos se hacían notar los grandes maestros de las órdenes de Santiago, Calatrava y Alcántara. El de Santiago con el manto blanco de su orden, y sobre el puño de su espada tenía engastada la concha distintiva, igual á la del pendón del Santo. Todos tres caballeros eran tan valientes como el Cid, y sus proezas necesitarían volúmenes para referirlas. | 6

Un tanto apartados de los demás, y al pie de una ventana, conversaban dos caballeros de diferentes edades y aspecto, pero que una casualidad llevaban el mismo nombre y apellido; circunstancia que ha producido en la historia y hasta entre sus contemporáneos muchas equivocaciones. Ambos se llamaban Hernando del Pulgar; pero el más viejo rayaba en los setenta años y era hombre aficionado á las letras y á la vida tranquila; en tanto que el otro no había cumplido cuarenta años y era un soldado heróico y denodado, cuyo placer se cifraba en la vida de los campamentos y en las aventuras peligrosas.

El primer Hernando del Pulgar ejercía el cargo de Secretario, consejero y cronista de la corona. Se había criado en la corte de Juan II; en el reinado de Enrique IV empezó á manifestar su talento de escritor y después le distinguieron mucho los Reyes Católicos. A la sazón, por orden de Isabel, escribía la crónica de su reinado hasta la toma de Granada. Además fue autor de una colección de biografías de los personajes más célebres de su tiempo.

El Hernando militar llevaba por divisa "el pulgar quebrar pero no doblar," y sus compañeros le apellidaron |el de las hazañas, para distinguirle del cronista. Colmado de honores por sus maravillosas proezas en el sitio de Granada, llevaba sin arrogancia el título de marqués del Salar que le confirieron los Reyes Católicos, título que aun se conserva en España entre sus descendientes.

- Asegúrase, decía Hernando el de las hazañas, - dirigiéndose á su tocayo, - que en breve tiempo daréis á la estampa algunas de vuestras obras.

- Así lo haría, por cierto, contestó el otro, si fuesen menores las dificultades que se presentan en este reino para hacer uso de la imprenta, arte que no se aclimata entre nosotros fácilmente.

- Esto me sorprende ¡vive Dios! exclamó el militar, puesto que mi señora la Reina, desde el primer año de su reinado, mandó traer alemanes expertos en la materia, para que planteasen ese arte en Castilla.

- Sí, contestó el cronista, y hay yá imprentas en Toledo, Madrid, Valencia y quince ciudades más, pero...

- ¿Pero qué?

- Nuestra santa Inquisición, respondió el otro bajando la voz, ha puesto ciertas trabas á las publicaciones, y de los muchos requisitos que es preciso hacer para lograr el permiso, nacen las dificultades de que os he hablado.

- Esa medida es conveniente, repuso el guerrero, mirando con cierta desconfianza á los dominicanos que tenía cerca; porque dícese que las herejías propagadas en Alemania provienen en gran parte de las obras impresas, -pero, añadió, bien lo creo, que de vos no desconfiarán.

- A Dios gracias que no! sin embargo siempre la obra impresa da mucho que hacer, y mi edad y mis achaques no me permiten dedicarme á ello como quisiera. | 7

- Ah! por vida de Cristo! que la invención dealemán Gutenberg es cosa brava y curiosa! Y os aseguro que si pudiera manejar la pluma con la facilidad que vos, ó como empuño la espada, yo también trataría de que imprimiesen algún libro escrito por mí, en el cual procuraría describir los hechos de armas que he visto hacer á mis compañeros. | 8

- Y en primer lugar las vuéstras, observó el cronista.

- Esas no me tocan relatarlas, sino dejarlas á cargo de otro, si á bien lo tiene algún amigo, repuso el militar; que no es propio de un hidalgo que se estima elogiarse á sí mismo.

- Eso ya está hecho, dijo el otro, pues se han compuesto baladas recordando varias de vuestras proezas.

Interrumpió la plática de los Pulgares el ruido que hicieron al abrirse las puertas de la contigua cámara, en la que conferenciaban los reyes con Colón, y la salida por ellas de un risueño paje de unos catorce años, vestido con la librea del príncipe de Asturias. El paje, echando una rápida mirada á la concurrencia, se acercó al Cardenal de Mendoza y á algunas otras personas y les avisó, de parte de los reyes, que era yá la hora de que se llegasen á ellos.

En tanto que los escogidos entraban á la sala de audiencia, uno que no había sido llamado detuvo al paje preguntándole:

- Díme, Gonzalo de Oviedo: ¿Colón ha obtenido por fin lo que deseaba?

- Sí, señor, contestó alegremente el futuro autor de la Historia General de Indias, é inmediatamente van á firmar las capitulaciones.

 

III

Sentados en altos sitiales y bajo un solio, sin mayor ostentación, los Reyes Católicos estaban rodeados de las personas más íntimas y de sus respectivos válidos y criados.

Al pie del trono veíase á Colón, en pie, cerca de una mesa cubierta de mapas y planos: tenía á su lado á sus más adictos partidarios y amigos, como D. Alonso de Quintanilla y D. Luis de Santángel, tesorero general de Castilla el uno, y el otro tesorero eclesiástico de Aragón.

Al ver entrar al Cardenal de Mendoza el camarero mayor del Rey, D. Juan de Cabrera, muy amigo de Colón, se apartó de la mesa, y acercándose precipitadamente al Arzobispo le dijo con aire alegre, aunque en voz baja:

- Hemos vencido, Ilustrísimo señor, hemos vencido al fin!

El Cardenal le contestó con una señal de satisfacción y pasó con sus compañeros, inclinándose ante los reyes y aguardando sus órdenes.

La Reina Isabel no era yá joven, pues había pasado de los cuarenta años, pero el tiempo no había empañado aún la limpidez y el brillo de sus ojos azules, ni dañado sus abundantes cabellos, cuyo tinte, de oro rojizo, decía bien á la color de su tez, y en cierta manera realzaba la majestad de su apostura noblemente agraciada. Aunque vestida casi con sencillez, descollaba entre sus damas, como el lucero en medio de sus satélites, por la gentileza de su porte y dignidad de sus modales regios.

En el Rey los años habían causado mayores estragos, á pesar de ser menor que Isabel. Veíase que el sol y las fatigas de la guerra habían tostado su tez y casi desnudado de cabellos su cabeza; de suerte que la frente alta que le distinguía, se juntaba con la calva, y le daba un aspecto severo de vejez prematura que le hiciera parecer áspero y desapacible, si su mirada penetrante y juvenil no corrigiera aquel defecto. Del mismo modo el sonido de su voz, metálica y sin modulación, se olvidaba cuando discurría algún rato, porque tenía elocuencia natural y sabía agradar á sus oyentes, escogiendo siempre á tiempo las frases que más podrían gustarles.

Entre las damas de la Reina brillaba, en primer lugar, una matrona de años maduros, compañera y amiga verdadera de la Reina desde su primera juventud, y la más fervorosa panegirista de Colón: llamábase D.ª Beatriz Fernández de Bobadilla, marquesa de Moya, -mujer no solamente virtuosa é inteligente, sino además tan valerosa, que una vez ofreció defender la libertad de su señora con puñal en mano, para evitar que Enrique IV la casara contra su gusto. Al lado de esta dama se encontraban dos jóvenes parientas del futuro historiador de las |Guerras de Granada, D. Diego Hurtado de Mendoza, y del Gran Cardenal, ambas hijas del Conde de Tendilla: la una era D.ª María Pacheco y la otra era la Condesa de Monteagudo; una y otra aficionadas á las letras é instruidas como todos los miembros de aquella familia. Cerca de éstas veíanse espléndidamente ataviadas á D.ª María Manrique (esposa de Gonzalo de Córdoba), las marquesas de Villena y de Santillana y otras damas de gran valía y virtud.

Entre las más humildes del séquito de la Reina estaba presente D. Beatriz de Galindo, llamada |la latina por sus conocimientos en aquella lengua, que ella enseñó á muchas damas de la corte, y aunque entonces, aún muy joven, su instrucción era notable | 9 . A su lado, y no poco sorprendidas de verse en aquella corte, estaban D.ª Lucía de Medrano y D.ª Francisca de Lebrija, hija del insigne gramático la primera, |profesora de clásicos en Salamanca, y la segunda maestra de retórica en la Universidad de Alcalá con grande aplauso de cuantos la oían: entrambas llamadas á la corte de Isabel para tratar de organizar con sus consejos cierto colegio que la Reina quería fundar en los dominios recién conquistados. El saber de estas damas prueba que en aquella época la instrucción de la mujer en España era mucho más esmerada y liberal de lo que fue después, particularmente bajo las ominosas dinastías austriacas y borbónicas.

Detrás del asiento que ocupaba Fernando el Católico estaban en pie varios caballeros, sus privados y consejeros íntimos. El principal de éstos era Andrés de Cabrera, marqués de Moya y esposo de D.ª Beatriz de Bobadilla, el cual gozaba al lacio del Rey la misma importancia que tenía su mujer en la intimidad de la Reina. Otro era Juan Chacón, |espejo |de caballeros como le llamaban, Adelantado de Murcia y Contador Mayor de la corona, dueño de una gran fortuna, lo que no obstaba para que con Blasco de Aragón, señor de Sastago, Juan de Abadía y otros grandes de primera clase se desviviesen por obtener la privanza del Rey, pero más que los otros Abadía, por cuanto que no era bien mirado á causa del burrón que llevaba su estirpe, habiendo sido su abuela una rica judía.

Estos caballeros sabían que Fernando desestimaba el proyecto de descubrimiento de Cristóbal Colón, en el que había tenido que convenir sólo para dar gusto á la Reina, y por lisonjear á su Señor ellos también manifestaban cierto desdén por el navegante en sus palabras y en sus miradas.

Cuando se hubieron colocado en sus respectivos puestos los nobles llamados á la presencia de sus soberanos para que fuesen testigos de las capitulaciones que se iban á firmar, la Reina dijo al Escribano que leyese en alta voz lo que le habían mandado escribir.

Este, puesto de pie delante de los Reyes, leyó un pergamino que decía:

CAPITULACIONES ENTRE LOS SEÑORES REYES CATÓLICOS Y CRISTÓBAL COLÓN | 10

Al acabar de leer las capitulaciones el escribano se acercó á los Reyes, y poniendo una rodilla en tierra dioles á firmar el documento á uno y otro | 11 .

Entonces Colón pidiendo primero permiso de hablar y dirigiéndose á los Reyes dijo:

- Pido de vuestras Altezas una promesa más, la que no está estampada en las Capitulaciones, pero bástame vuestras reales palabras para quedar plenamente satisfecho.

- Hábla, - dijo Fernando frunciendo las cejas con ceño desabrido.

- Que me sea permitido emplear todas las ganancias que se obtuvieren de esta mi empresa en la Conquista de Jerusa1én, - dijo Colón.

- Me place, - dijo la Reina con amable sonrisa, - y así se hará si Dios lo permite.

- Otro tanto digo yo, - añadió Fernando, - si acaso se lleva á efecto vuestro descubrimiento, - y al hablar también se sonrió pero desdeñosamente.

Acercáronse los nobles y magnates á los soberanos y despidióse Colón de su presencia, acompañado por sus amigos y admiradores.

Alonso de Ojeda, que estaba entre la comitiva del duque de Medinaceli, le vio salir triunfante y dijo para sí con tristeza:

- Oh! María, María! Cuán caro me cuesta el insensato deseo de veros y que vuestra mirada se fije en mí tal cual vez en el año! . . . Cuán orgulloso me sentiría yo también si pudiese atravesar los mares en compañía de aquel grande hombre y buscar sublimes aventuras en otras regiones. . . Yo no nací para vivir en la corte, sino para andar por el mundo y gastar esta energía que bulle en mí, en empresas peligrosas pero grandes y excelsas, y hacerme famoso por mis hazañas y hechos heroicos!

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1 | |Aunque la inquisición había sido establecida en España mucho antes, en el siglo XV había perdido su poder, hasta que la fundó definitivamente y con toda solemnidad la Reina Isabel, más como principio político (dice Guizot) que como medida religiosa. Sin embargo, apenas cayó en manos de Torquemada se fijó su carácter, y se hizo una potencia contra la herejía.
2 Después de la conclusión de las guerras de Granada, Pedro Mártir se ordenó y sirvió en la carrera diplomática, desempeñando varias misiones delicadas. Habiendo vuelto á España fue nombrado Deán de la Catedral de Granada, y dedicó los últimos años de su vida á escribir obras importantes acerca del descubrimiento del Nuevo Mundo.
3 Había seguido la fortuna del malogrado Infante D. Alfonso, y á la muerte de éste se unió al partido de Isabel. Escritor muy fecundo, que además de muchos volúmenes de traducciones de los clásicos griegos y latinos, compuso largas crónicas refiriendo lo acaecido en el reinado de Enrique IV. Por entonces estaba ocupado en escribir sus décadas en latín acerca del reinado de Fernando é Isabel.
4 |Véase Vida del Gran Capitán, por D. Manuel José Quintana.
5 Hé aquí una anécdota que refiere Prescott, que no podemos resistir á la tentación de trascribirla por ser característica de aquel tiempo. Cuando la Reina fue hasta el borde mismo del buque que debía llevar á Flandes ó la princesa Juana, - á contraer matrimonio con el archiduque Felipe, - y volvía embarcada en un bote que no pudo arrimar á la playa - los marineros dijeron que sería preciso levantar en brazos á la Reina y á sus damas para ponerlas en tierra. Oyóles Gonzalo de Córdoba, que estaba en la playa ricamente ataviado con un vestido completo de terciopelo, carmesí recamado de oro, y metiéndose entre las olas del mar hasta la cintura, sin hacer alto en su traje, levantó á Isabel en sus brazos, con todo el respeto debido á una Reina, y la puso sana y salva en tierra. Este hecho de galantería recuerda el de la capa del inglés Walter Raleigh y la Reina Isabel de Inglaterra, pero el español demuestra mayor espontaneidad y desprendimiento.
6 La orden militar de Santiago, dice Conde que fue instituída á imitación de las que tenían los moros con el nombre de Caballeros |fronteros, los cuales hacían votos de guardar la frontera contra los cristianos. En sus principios no tuvo otro objeto (como los Hospitalarios de Jerusalén) sino el de proteger á los peregrinos que iban á orar sobre el sepulcro del Santo, en Compostela. Pero en 1175 se organizó la orden definitivamente, la que debía tener propiedades comunes, pero no obligaba el celibato á los caballeros de ella. No así los miembros de la orden de Calatrava, que debían jurar perpetuo celibato y guardar costumbres muy rígidas, - la de Alcántara estaba subordinada á la de Calatrava, y las tres juntas formaban una gran potencia en el reino, muy temible para los reyes, pues eran dueños de innumerables castillos, fortalezas y plazas fuertes, y los caballeros obedecían en primer lugar á sus jefes y sólo en segundo á sus reyes.
7 Las obras del cronista Pulgar no fueron publicadas sino después de su muerte, en 1500 y eso no completas.
8 Hernando del Pulgar, |el de las hazañas, á instancias del Emperador Carlos V, dio á la estampa en Sevilla una vida de su más predilecto amigo, el Gran Capitán, en 1527, la que fue hallada y republicada por el célebre literato Martínez de la Rosa.
9 Después de la muerte de la Reina Isabel, D.ª Beatriz se retiró á Madrid, en donde fundó un hospicio llamado |de la latina, y compuso interesantes comentarios y algunas poesías en latín.
10 "Las cosas suplicadas é que vuestras Altezas dan y otorgan á D. Cristóbal Colón, en alguna satisfacción de lo que ha de descubrir en los mares Océanos y del viaje que agora, con ayuda de Dios ha de hacer por ellas en servicio de vuestras Altezas, son lo que sigue: " |Primeramente: que vuestras Altezas como Señores que son de las dichas mares Océanas, fagan desde agora al dicho D. Cristóbal Colón su Almirante en todas aquellas islas é tierras firmes, que por su mano ó industria se descobriesen ó ganasen en las dichas mares Océanas, para durante su vida y después dél muerto á sus herederos é sucesores, de uno en otro perpetuamente, con todas aquellas preeminencias y prerrogativas pertenecientes á tal oficio é según que D. Enríquez, vuestro Almirante mayor de Castilla é los otros predecesores en dicho oficio lo tenían en sus distritos." - ¿Place á sus Altezas? preguntó el escribano. - Sí, dijeron ellas. El escribano entonces firmo la cláusula |Juan de Coloma. Esta ceremonia tuvo lugar en cada párrafo de las diferentes cláusulas de aquel documento. "Otro sí": continuó leyendo, "que vuestras Altezas facen al dicho D. Cristóbal Colón su Viso-rey y Gobernador general en todas las dichas islas y tierras firmes, que como dicho es él descobriese ó ganase en las dichas mares; é que para el seguimiento de cada una y cualquier dellas faga él elección de tres personas para cada oficio: é que vuestras Altezas tomen y escojan uno, el que más fuese su servicio, é así serán mejor regidas las tierras que nuestro Señor le dejará fallar é ganar á servicio de vuestras Altezas." "Item: que todas y cualquiera mercaderías, si quier sean perlas, piedras preciosas, oro, plata, especiería é otras cualesquier cosas é mercaderías de cualquier especie, nombre ó manera que sean, que se comprasen, trocasen, fallasen, ganasen é hobiesen dentro de los límites del dicho Almirantazgo, que desde agora vuestras Altezas facen merced al dicho D. Cristóbal, y quieren que haga y lleve para sí la decena parte de todo ello, quitadas las costas todas que se ficieren en ello. Por manera, que de lo que quedare limpio y libre haga y tome la decena parte para sí mismo, y faga della su voluntad, quedando las otras nueve para vuestras Altezas." "Otro sí: que si á causa de las mercaderias que él traerá de las otras tierras, que así como dicho es, se ganaren ó descubrieren ó de las que se truequen de aquellas se tomarán acá de otros mercaderes, naciere pleito alguno en el logar donde el dicho comercio é trato se terná y fará ¿que si por la preeminencia de su oficio de Almirante le pertenecerá cognocer de tal pleito? Plega á vuestras Altezas que él ó su Teniente, y no otro Juez, cognozca de tal pleito, é así provean desde agora." "Item: que en todos los navíos que se armasen para el dicho trato é negociacion, cada y cuando é cuantas veces se armasen, que pueda el dicho D. Cristóbal Colón, si quisiere, contribuír é pagar la ochena parte de todo lo que se gastase en el armazon, é que tambien haga y lleve del provecho la ochena parte de lo que resultase de la tal armada." "Son otorgados y despachados con las respuestas de vuestras Altezas en fin de cada un capítulo, en la Villa de Santa Fe de la Vega de Granada, á diez y siete de Abril del año del nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de mil é cuatrocientos é noventa y dos años."  
11 Trece días más tarde se le expidió á Colón, por orden de los Reyes, el título de Visorrey y Gobernador de las Islas y Tierra firme que descubriere.

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