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EPILOGO
 

Habían trascurrido varios años después de aquel en que Alonso de Ojeda, abandonando el mundo y sus vanidades y se había hecho fraile franciscano. Pero hasta en esto no logró sus deseos, y así, su salud cada día más quebrantada le impidió pasar á la isla de Cuba á visitar la imagen de la Virgen, que dejó entre los indios de Cueyvas, y cuya separación le había dado el golpe de muerte á su corazón, contando aquel día como el último en que hubiese tenido un vida animada y enérgica.

Fray Andrés, que también era franciscano, le acompañaba mientras que permaneció en Santo Domingo, cuidando con cariño y solicitud á su antiguo Capitán. Pero habiendo tenido éste que pasar Tierra Firme como misionero (empleo que solicitó para poder cumplir el voto que hiciera en las ciénagas de Cuba), en breve tuvo la triste noticia el |padre Ojeda de la muerte del buen fray Andrés, que pereció á manos de los indios como un mártir, tratando de convertirlos, expiando con aquella muerte algunos de los muchos crímenes cometidos por sus compatriotas sobre los naturales.

Al fin las dolencias de nuestro héroe le invalidaron de tal suerte, que ya el pobre fraile no pudo volver á salir de su celda, en donde pasaba muchas horas entregado á sus tristes meditaciones. Entre las pocas personas que le visitaban, iba con frecuencia á verle un religioso de la Orden de dominicanos, que se llamaba Bartolomé de las Casas, el famoso defensor de los indígenas.

La última vez que éste le vio, estaba tan enfermo que se anunciaba la muerte en su fisonomía. Pero cuando las Casas le dijo que iba á Cuba á cumplir una misión, Ojeda recobró alguna animación incorporóse impetuosamente, y en sentidas palabras le suplicó que fuese á la tierra del cacique de Cueyvas, y llevando consigo otra imagen de la Virgen que tenía, pintada con brillantes y frescos colores, pidiese al cacique el favor de permitirle dejársela en lugar de la otra por algunos días, con el objeto de enviarle á él la antigua compañera de su vida para morir contemplándola, con promesa de que al expirar sería devuelta á su pueblo.

Conmovido hondamente con la súplica del antiguo aventurero, las Casas cumplió su recomendación. Pasando á la provincia del hospitalario cacique, encontró la capilla erigida por Ojeda muy venerada por los indígenas, que acudieron al misionero preguntando por el donador de la imagen y llevándole sus hijos pequeños para que los bautizase, prestándose á ser catequizados con la mejor voluntad. Llamó entonces las Casas al cacique, y manifestándole el estado del antiguo Capitán, le dio parte del último deseo que tenía de ver la imagen de la Virgen antes de morir, y pidiósela en calidad de préstamo, dejando en rehenes otra más grande y más brillante. El cacique ofreció darle la contestación al siguiente día; - pero durante la noche el indígena sacó la imagen del altar, y en unión de otros de su confianza, huyó á los inmediatos cerros, llevándose la preciosa reliquia | 1 , pues él era demasiado astuto, según dejó dicho, para dejarse engañar por palabras de españoles. Había ofrecido solemnemente no dejar que le arrancasen aquella imagen, y lo cumplía.

Jamás pudieron los españoles volver á ver siquiera la Virgen de Ojeda, que ocultaron los indios para siempre, sin duda, entre las peñas y los riscos de sus sierras.

Cuando al cabo de algún tiempo el padre Las Casas volvió á Santo Domingo, supo que durante su ausencia había muerto fray Alonso de Ojeda; dando ejemplo de humildad, había suplicado á última hora que no lo enterrasen en las bóvedas de la iglesia de San Francisco, como se hacía con los demás frailes fallecidos en el convento, sino bajo el portal de la iglesia, para que todo el que entrase y saliese del templo, hollase su sepultura en castigo del grande orgullo y soberbia, que habían sido las pasiones dominantes de su vida. | 2

 

1 Esto lo refiere las Casas en sus obras.
2 En la relación que acaba de leerse, el autor ha seguido preferentemente la historia de Ojeda en la obra de Washington Irving, |Life and Voyages of Christopher Columbus together with the Voyages of his companions. Pero, además, ha consultado cuantos libros ha podido conseguir acerca de los hechos y acontecimientos de aquella época, y asegura que fuera de la ligera trama romanesca que liga al héroe con María, todos los sucesos históricos que refiere son enteramente verídicos, así como las descripciones de paisajes y naturaleza de los sitios. Lo que particularmente se ha esforzado en hacer el autor, es tratar de explicar el carácter de Ojeda, con el estudio de las costumbres, de los usos y espíritu de aquellos tiempos en España, tomando como tipo del caballero aventurero de la época, á este descubridor, si se quiere oscuro y poco conocido, pero cuyas cualidades y faltas fueron las mismas que distinguieron á los subsiguientes conquistadores españoles del Nuevo Mundo.

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