CUADRO XI-1511
El voto de Ojeda
I
La
|isla de Cuba dice - Humbolt - "no solamente
es la más grande de las Antillas, sino que su forma alargada y
angosta presenta tánta extensión de costa, que al mismo tiempo es
vecina de Haití, Jamaica, las costas de la Florida y de
Yucatán."
Cuando Colón, en Octubre de 1492, en su primer viaje al Nuevo
Mundo, descubrió la isla de Cuba, pensó que era la famosa Cipango
de que habla el viajero Marco Polo en sus viajes. Bautizóla
entonces con el nombre del Príncipe de Asturias, y llamóla
|Juana; después Fernando el Católico quiso que la Pusiesen
|Fernandina, pero también la llamaron isla de
|Santiago
y de
|Ave María, prevaleciendo por último el nombre indígena
de CUBA.
Colón no se cansaba de ponderar la belleza del paisaje de
aquella isla, que pinta como un verdadero paraíso terrestre: los
ríos orillados por palmeras, árboles y arbustos cubiertos siempre
de frutas y de flores; sus verdes prados esmaltados de varios
colores; las frutas nuevas y deliciosas que le presentaban los
hermosos y hospitalarios indígenas; la infinidad de aves que
ostentaban su espléndido plumaje y cantaban entre las perfumadas
ramas de los árboles; la bondad del clima y la ausencia completa de
todo animal dañino y enemigo del hombre: todo era encantador y
delicioso.
En la época de su descubrimiento Cuba se dividía en 29
Provincias gobernadas cada una por un cacique diferente. Los
naturales eran pacíficos; vivían de la pesca y cultivaban la yuca,
el maíz, el ñame, la batata y otras raíces, además de las
innumerables frutas silvestres que crecían espontáneamente en aquel
suelo privilegiado. El clima era sano y el termómetro, por término
medio, no marca hoy día más de 24 centígrados (salvo en las
ciudades populosas). Pero siendo el terreno muy húmedo en las
costas del mar, lo que contribuye al desarrollo y crecimiento de la
vegetación, el temperamento es en ellas impropio para el bienestar
del hombre, y se tiene por generalmente malsano. Pero no sucede así
en el interior de la isla y en las cordilleras llamadas
Sierra-Maestra, de las Cubitas y de los Órganos, en donde el clima
es fresco y se producen plantas propias de los temperamentos medios
y fríos. En aquellos montes se encuentran minas de fierro, plata y
oro, y ricas fuentes termales. Un cinturón de islotes, de rocas
consumidas y de bancos de arena circunda á Cuba casi completamente,
lo que causa frecuentes naufragios en sus costas, y en todo tiempo
su arribo es peligroso. Particularmente en la parte más al sur de
la isla, desde el cabo de la Cruz hasta el de San Antonio, los
bajíos, islotes y rocas calizas eran tan frecuentes, y en la
estación de las lluvias el clima tan mortífero, que aun los
indígenas no se atrevían á permanecer en aquellos parajes, entonces
enteramente abandonados.
|
1
Al nacer un triste y opaco día de Octubre de 1511, el sol hizo
patente la peligrosa situación de una carabela que luchaba con las
olas como á dos leguas del Cabo de la Cruz. Durante el día y la
noche anterior, uno de los huracanes tan frecuentes en el mar de
las Antillas había batido la carabela de tal manera que era cosa de
milagro que se hubiese conservado tánto tiempo y visto la luz del
día. Las olas semejaban montañas de espuma que tuvieran voluntad y
vida, y que se hubiesen propuesto atacar aquel miserable navío, que
se estremecía y crujía, dando botes como para no dejarse sumergir.
El cielo estaba oscuro y cubierto de espesas nubes, y el viento se
entretenía en arrancar los últimos trozos de cuerdas que habían
quedado pendientes de los palos.
A la vista de la línea de costas ceñidas por rocas y arrecifes
hacia la cual se dirigía impetuosamente la carabela, que ya no
obedecía al timón, gobernado por manos temblantes é inexpertas,
todos los que iban dentro de él se creyeron perdidos, pues sin
gobierno ni rumbo los arrastraba la corriente derecho á los
arrecifes. Sin esperanza ninguna de salvarse, caían de rodillas
oficiales y marineros, invocando al cielo en aquel pavoroso trance,
no para pedirle la vida, cosa ya imposible, según creían, sino una
muerte pronta y no tan dura como la temían.
- ¿Por qué, dijo fray Andrés, dirigiéndose á Talavera, por qué
no acudís al Capitán Ojeda en tan terrible aprieto? él con su
ciencia nos podría quizás salvar.
- ¡Ojeda, salvarnos! exclamó el aventurero, ¿acaso él sería
capaz de acallar los vientos y tranquilizar las aguas del mar?
- Eso no, contestó el buen fraile, pero sabría dar dirección al
navío. El conoce estas costas como sus manos, y además es buen
marino. Hasta Juan de la Cosa, añadió, respetaba sus opiniones en
casos como éste!
- Id entonces, volad, padre, y sacad á Ojeda de la prisión para
que venga á tomar el mando de la embarcación, exclamó Talavera
precipitadamente.
- No haré tál, respondió el otro, si no juráis aquí ante
testigos que no le volveréis á poner preso ...
Las rocas blanqueaban ya muy cerca, y el navío se dirigía con
ímpetu vertiginoso hacia ellas; la tripulación veía una ruina
segura si el navío no cambiaba de rumbo.
- ¡Sí, sí! grito Talavera; ofrezco lo que queráis!
- ¡Si nos salva la vida no pedimos más! exclamaron los que este
coloquio oían; juramos obedecerle como esclavos, y en adelante:
sólo él será nuestro jefe!
Y sin aguardar el consentimiento de Talavera corrieron á sacar á
Ojeda del fondo del buque, llevándole en brazos hasta sobre
cubierta.
Habiéndose orientado y examinado fijamente la situación de la
carabela y el peligro que la amenazaba, Ojeda se apoderó del timón,
hizo virar de bordo, y dominando el buque cesó de ser juguete de la
marejada, en términos que muy luego no se sentían de la misma
manera los golpes de las olas y la embarcación obedecía con
facilidad al timón. Aunque ya era imposible que no fuera á
estrellarse contra la costa, hacia la cual le llevaba la corriente,
dirigió Ojeda la carabela á una ensenada rodeada de bancos de
arena, y menos escabrosa que los otros puntos de la playa; ensenada
que ni siquiera habían notado los anteriores comandantes del buque,
cegados por el susto y por la ignorancia del arte náutico.
A pesar de toda su ciencia, como el navío se había adelantado
tánto, Ojeda no pudo evitar el naufragio, pero sí logró que no se
sumergiera antes de encallar en la arena. Inmediatamente mandó que
saltasen todos á tierra por entre el mar pando allí, pero sin poder
sacar sino las vidas salvas y lo encapillado no más.
El suelo estaba cenagoso bastante adentro de la tierra, y fueles
preciso vadear hondos charcos antes de llegar á un sitio en que
pudiesen descansar, y en donde, siguiendo el ejemplo de Ojeda,
todos se postraron á dar gracias á Dios por su salvación.
- Según entiendo, dijo Ojeda, estamos en la isla de Cuba, pero
como aún no la han sometido los cristianos, sus habitantes no nos
serán propicios, y de seguro si nos encuentran nos atacarán, pues
hay aquí muchos indios de Haití alzados y fugados.
- ¿Qué debemos hacer, pues, señor Capitán? preguntaron varios de
aquellos bandidos, acercándose con humildad.
- No nos queda otro recurso sino el de atravesar aquellas
montañas que veis allí, para ir en busca de la costa más cercana á
la Española, en donde pueda ser que nos sea fácil atravesar el
estrecho.
- ¡Nos entregamos á vos, señor, para que nos guíes! exclamaron
todos los náufragos, rodeándole.
- Yo no debo tener fe en vosotros, contestó él, ni me comprometo
á ser vuestro jefe si no me hacéis pleito homenaje, y juráis
obedecerme ciegamente, pues de lo contrario nos perderíamos
todos.
- ¡Lo juramos, Capitán, gritaron todos á una, lo juramos por
Dios Nuestro Señor.
- ¡Juráisme obedecer á mi no más?
- Lo juramos! gritaron los tristes bandidos.
- ¿Y no hacer nunca sino mi voluntad hasta que lleguemos á
tierra de cristianos?
- Lo juramos.
- Y vos, Talavera, qué decís? preguntó el Capitán dirigiéndose
al pirata, que permanecía apartado de los demás y como avergonzado
y confuso.
-Yo haré lo que hagan los demás, contestó con aspereza.
- Sois un mal hombre, díjole fray Andrés, pues no os ablandáis
ni por haberos salvado la vida.
- ¿Acaso no nos salvó por salvar la suya? repuso el empedernido
aventurero, volviéndole la espalda.
II
Como hemos dicho antes, aquella costa se componía sólo de bajíos
y ciénagas, y así abandonábanla en la estación de las lluvias hasta
los animales, Toda la orilla del mar estaba cubierta de manglares,
por entre los cuales guió Ojeda á sus compañeros de infortunio
hacia el interior, en busca de algún sitio propio para pasar la
noche, pues en todas estas faenas y fatigas habíase pasado integro
el día y llegaba la noche.
Decaía ya enteramente la tarde cuando nuestros españoles
llegaron con mil trabajos á la cima de una colina, cuyo terreno
seco les permitía caminar con seguridad y sin temor de sumergirse.
La vegetación en aquel punto era tan lujosa que no había una cuarta
de terreno que no estuviese cubierto de plantas, y hasta las
piedras y troncos caídos tenían encima un manto espeso de verdes
musgos. Un bosque de altísimos árboles, bajo cuya sombra no crecían
arbustos ni abrojos, ofreció asilo á los viajeros. Era aquel bosque
hermosísimo: semejaba una titánica catedral, cuyas columnas eran
los gruesos troncos de los árboles, y la techumbre las extendidas
ramas, adornadas con variadas y floridas parásitas que formaban
artísticas guirnaldas y elegantes dibujos y trazados.
No obstante haber visto muchas veces parajes bellos y grandiosos
en el Nuevo Mundo, y que es preciso tener cierta educación para
gozar con las bellezas naturales, aquellos hombres rudos no
pudieron menos de admirar sorprendidos un sitio tan hermoso.
Ojeda les aseguró que la isla carecía enteramente de reptiles
venenosos y de animales contrarios al hombre, por lo que no se
tomaron la pena de hacer la tradicional hoguera, que era la primera
operación que se ejecutaba en el Nuevo Mundo, cuando precisaba
pasar la noche al aire libre. Aunque no llevaban consigo ningún
alimento, contentáronse aquella noche con comer de las muchas
frutas de agradable sabor y delicioso perfume que hallaron en el el
bosque, como zapotes silvestres, varias especies de cocos y de
nueces, limas y naranjas jugosas y dulces, aunque más pequeñas que
las europeas
|
2
. Este
refrigerio, sano y fresco, fue para aquellos hombres doblemente
agradable, puesto que hacía meses que se mantenían solamente con
carne de cerdo salada y el tan desabrido pan de cazabe.
A poco de haber cerrado la noche y cesado el último canto
vespertino de las innumerables aves que poblaban el bosque,
cubrióse el suelo, las ramas de los árboles, los troncos y el aire
mismo de muchedumbre de insectos fosfóricos (
|cocuyes). "y
tal parecía," dice Humboldt hablando de una noche en las Antillas,
"como si el firmamento estelar se hubiese extendido sobre aquellos
campos." La comparación es particularmente exacta cuando se
recuerda que los
|cocuyes tienen la facultad de avivar ó
disminuír la luz que llevan, y al mismo tiempo, según la edad, la
tienen más ó menos roja: así es cierto que un campo cubierto de
|cocuyes podría figurar las constelaciones del cielo con sus
estrellas de mayor ó menor magnitud, y sus diversos y variados
tintes de luz.
En tanto que sus compañeros se entregaban al sueño y al
descanso, nuestro héroe meditaba en la apretada situación de los 70
náufragos, á cuya cabeza estaba él, y de quien todos esperaban la
salvación con fe ciega. Y la empresa era ardua, tanto más cuanto
que no tenían más armas que los cuchillos que llevaban pendientes
de la cintura en el momento de naufragar, ni esperanza de otro
alimento que el que les proporcionara su brazo, ó pudieran
arrancarle á los indígenas, los que sin duda los mirarían mal y
tratarían de hacerles la guerra á su paso. Ojeda sabía que aquellos
hombres eran gente de mala vida, vagos y criminales, fugados de las
cárceles y presidios de España, y, por consiguiente flojos y
miserables, inexpertos en la guerra y nada habituados á la
subordinación que se requiere para ser buenos soldados. Era
preciso, pues, evitar no solamente las partes pobladas de la isla,
sino también las montañas escarpadas y riscos, porque él bien sabía
que sus compañeros eran hombres incapaces de soportar los cambios
del clima y las sendas ásperas de las sierras.
Resolvió después de meditar á solas largas horas, tomar un
término medio, y costeando la parte habitada de la isla, para poder
arrancar de noche, y sin ser notados, algunas raíces de las
sementeras que rodeaban los caseríos, y pasando por el pie de la
serranía meterse á los bosques que cubrían los estribos de la
cordillera, y así evitar uno y otro peligro.
Todo obstáculo avivaba la tenacidad de Ojeda y dábale fuerza y
vigor para tratar de vencerlo: así, á la mañana siguiente sus
compañeros de infortunio le encontraron más que nunca animado y
lleno de fe: Había resuelto no dejarse avasallar por la suerte y
tenía el convencimiento de que lo lograría.
Después de una corta oración á la Virgen, en unión de sus
compañeros de infortunio, Ojeda emprendió camino, más por instinto
que porque en realidad lo conociera, al través de densísimas
selvas. Pasóse el día y llegó la noche sin que hubiesen hallado las
sementeras tan deseadas, pero al promediarla se vieron atacados por
una tribu de naturales, los que felizmente siendo pocos, en breve
los pusieron en fuga é hicieron algunos prisioneros. Estos al día
siguiente los guiaron á sus miserables chozas, en donde al fin
hallaron pescado fresco y otros alimentos nutritivos, de los cuales
se apoderaron y continuaron su ruta con tan buena suerte que no
volvieron á tener ningún encuentro con los indígenas.
Siguiendo siempre por el pie de las sierras, á medida que éstas
se iban acercando al mar, se hacían más difíciles las sendas que
transitaban: los terrenos eran húmedos y cenagosos, y los pantanos
que atravesaban más hondos y continuados; los árboles fructíferos
empezaron á escasear, y por último se agotaron enteramente. Los
ríos eran frecuentes, y tan hondos, que algunos de los náufragos
perecieron ahogados y otros prefirieron quedarse atrás y morir de
hambre y de desaliento ó á manos de los indígenas. Sin embargo,
Ojeda no desmayaba un momento, y lleno de fe y de energía iba
siempre adelante tratando de infundir ánimo á sus desgraciados
compañeros, con la esperanza de un pronto arribo á una tierra más
propicia.
Así se pasaron ocho, diez y doce días desde que habían empezado
á transitar por aquel terreno movedizo, el cual se extendía
indefinidamente adelante, haciéndose cada día menor el número de
náufragos y menor la esperanza de salvación en el pecho de los
restantes.
III
El sitio en que se hallaba la mísera caravana encabezada por
Ojeda, una mañana de Noviembre (un mes después de haber arribado á
Cuba), era por cierto tan bello como imponente.
Muchos manglares forman por todos lados un horizonte
interminable, cuyas retorcidas raíces se en lazaban entre sí como
una red gigantesca. Al pie de las raíces veíase un campo llano
cubierto de hojas y flores, verdes las unas, brillantes otras, con
colores extraordinariamente vivos y frescos, lo que probaba que
vivían entre el agua, y que debajo de aquel magnífico prado se
extendía un mar líquido, más ó menos hondo. Sobre las ramas de los
árboles saltaban cantando gran número de aves diversas; y posadas
en las raíces, en actitud melancólica, veíanse algunas garzas
blancas y muchos alcatraces y flamencos de color anaranjado.
Los míseros náufragos, después de haber dormido apegados á los
troncos de los mangles, abrían los ojos á la luz del día, y con
desesperación veían la misma escena, siempre para ellos de tristeza
y desolación. Vivían entre el agua, pero morían de sed, porque el
pantano, cercano al mar, era salobre y nauseabundo, y á veces tan
corrompido, que los más débiles sufrían trastornos y aun caían
asfixiados al pasar por los sitios más fétidos. Por único alimento
hacía ya más de veintiocho días que sólo les quedaban algunos panes
de cazabe y raíces crudas, restos de lo que les habían quitado á
los indígenas vencidos, y aun estos miserables alimentos empezaban
á corromperse y escasear, y apenas tenían los suficientes para no
morir de hambre en dos días más. Era imposible regresar, pues de
seguro hubieran muerto en el pantano, y por lo menos adelante había
esperanza de verle el fin, porque no era creíble que aquella
ciénaga fuese interminable.
La mañana de que hablamos se presentó hermosísima, y el sol
filtraba alegre y brillante al través de las ramas de los árboles.
Sin embargo, la desesperación de los españoles había llegado á su
apogeo, y aun el mismo Ojeda empezaba á sentir desaliento, cosa que
procuraba encubrir bajo una serenidad que imponía á los demás. Por
lo menos dos veces al día el Capitán sacaba del tubo de lata la
imagen de la Virgen, y colgándola del tronco de algún árbol se
arrodillaba y le rezaba con fervor; lo que daba aliento á los
demás, que abrigaban el convencimiento de que mientras los
acompañara Ojeda con su Virgen, al fin habrían de salir con
seguridad de tan amarga situación. Pero aquella mañana ya empezaban
á perder la fe y se manifestaban á cual más afligidos. Habíanse
contado y hallado que de los setenta hombres que desembarcaron en
Cuba no quedaba sino la mitad:
todo los demás habían perecido: esto los desalentó hasta el punto
de resolver morir en aquel lugar sin hacer más esfuerzos y buscar
más trabajos.
En vano trató el Capitán de disuadirles de semejante
determinación, hablándoles elocuentemente y asegurándoles que Dios
siempre recompensaba el valor, y que nunca se había visto que
españoles perdieran el vigor tan completamente al coronar la
empresa, pues no había duda de que el fin de sus trabajos estaría
cercano. Pero, como hemos dicho, todo fue inútil: ellos estaban
decididos á cumplir su propósito y no apartarse de allí más.
Desesperanzado de ablandar los corazones de aquellos hombres que
no atendían á ninguna razón, recurrió al medio más poderoso de que
podía hacerse uso en su tiempo: el de la religión. Sacó la Virgen,
colgóla solemnemente de un árbol, púsole en contorno una guirnalda
de flores, y en seguida suplicó á sus compañeros que se acercasen
por última vez á orar á la Virgen todos juntos. Cuando hubieron
obedecido, levantó la voz y dijo:
- Hasta ahora nuestras lágrimas y nuestras más rendidas súplicas
han sido inútiles para alcanzar la misericordia divina. Es preciso
ya ofrecer algo más precioso que nuestras lágrimas y nuestras
estériles súplicas, y para obtener la protección de Dios para
nosotros, miserables pecadores, ofrezcamos lo más precioso que
tengamos en la vida en muestra de sumisión ... Y si á pesar de este
voto, de aquí á mañana no encontramos tierra firme, juroos que no
volveré á hacer el menor esfuerzo para salvarme, pues creeré que
Dios, Nuestro Señor, ha decretado que, en castigo de nuestros
pecados, tengamos esta horrorosa muerte. Invoquemos, pues, señores,
la intercesión de la Santísima Virgen en este fiero trance, y que
cada uno se recoja dentro de sí, para ofrendar lo que más ame en la
tierra.
Después de un rato de gran silencio y recogimiento, en el que
cada uno buscaba en su corazón, para ofrecerlo, lo que más precio
tenía para sí, al fin Ojeda, queriendo dar el ejemplo, se adelantó
solo, y subiendo por las raíces hasta el pie de la Virgen, se
arrodilló en el mangle que servía de altar; levantó, conmovido
profundamente, las temblorosas manos, pues el voto que iba á hacer
era para él más doloroso que cuanto podía imaginarse, y dijo con
acento profundamente grave y solemne las siguientes palabras:
- Virgen Santísima: vengo á ofrendaros lo más precioso que poseo
en el mundo. Si acaso me permitís llegar vivo á tierra firme, hago
aquí voto de erigir una capilla en el primer pueblo indígena en que
reciba hospitalidad, y además dejar en ella esta preciosísima
imagen, que me ha acompañado cerca de veinte años, para que sirva
de protección y amparo á los gentiles y les inspire el deseo de
convertirse á nuestra santísima religión. Ya había hecho voto de
hacerme fraile, añadió en voz baja, y si nuestro Señor me concede
tiempo para cumplir mi promesa, pediré la misión de venir á
catequizar los indios que posean la bendita imagen.
Adelantóse después fray Andrés, é hizo voto de volverse á tierra
firme apenas fuera posible, y ofrendar su vida para llevar á cabo
la catequización de los infieles, pues aquello era buscar el
martirio.
En seguida fuéronse acercando uno á uno todos los náufragos,
menos Talavera y unos cuatro ó cinco más, quienes siempre
manifestaban rencor y desprecio á cuanto proponía Ojeda, aunque no
se atrevían á decirlo muy recio, temerosos de ser maltratados por
los demás, sobre los cuales Ojeda ejercía su acostumbrada
influencia y predominio.
Uno ofrecía una peregrinación á Jerusalén; otro juraba ir
descalzo, desde el sitio en que desembarcase en España, hasta
Santiago de Compostela, en donde mandaría decir una misa; uno de
los más reacios á toda obediencia, hizo voto de entrar de hermano
en la cofradía más humilde que encontrara; otro ofreció gastar cada
año todas sus economías en hacerle una fiesta á la Virgen el día
aniversario de su salvación de aquel peligro; uno muy inclinado al
licor, juró no volverlo á probar en su vida; éste hacía voto de ir
á visitar todos los años el Santuario de Nuestra Señora de
Guadalupe; aquél, hacerle decir cierto número de misas cada año por
las almas de los compañeros que habían perecido en la expedición.
En fin, todas las advocaciones de la Virgen, como se las veneraba
en España, recibieron algún voto ó alguna promesa, sin embargo de
que varios de estos infelices no tenían ya ánimo para levantar la
voz, y apenas comprendían lo que sucedía en torno suyo; éstos se
contentaban con acercarse á la imagen, inclinarse ante ella, y
levantándose dejarse caer casi moribundos sobre las vecinas raíces
de los manglares.
Después de muchos esfuerzos, Ojeda logró, hacia la mitad del
día, volver á poner en marcha su triste caravana, la que fue
alejándose de aquel sitio hasta perderse en lontananza.
Llevaban á veces el agua hasta la cintura, y tenían que ayudarse
unos á otros para pasar ciertos sitios peligrosos, merced á las
raíces de los manglares que les servían de puente en algunas
partes, pero en otras había grandes trechos abiertos, en los cuales
era preciso que se echasen á nado los que sabían, y los que no
podían hacerlo, por habérseles agotado las fuerzas, tenían que
pasar á remolque de los más caritativos.
Cuando llegó a hora de detenerse para pasar la noche en un sitio
idéntico al anterior, Ojeda notó que faltaban varios de los más
tristes y débiles, los cuales sin duda no habían tenido fuerzas
para continuar la marcha.
- Mañana le dijo á fray Andrés, yo también suspenderé mi viaje
si no hemos encontramos tierra firme, pues habéis de saber que
sufro horriblemente con esta continua humedad, y la herida de la
pierna me causa las mayores torturas. Creo, pues, que ni mi
voluntad incontrastable podrá obligar á este miserable cuerpo á
seguir camino. Sin embargo añadió, no digáis nada á los demás, pues
si me vieran perder ánimo, sin duda se les acabaría inmediatamente
el poco que aún tienen.
Cabizbajos y mohinos, fatigados y muertos de hambre, pasaron los
náufragos la noche, aguardando con ansia el día que debería ser
para ellos decisivo, puesto que si en el curso de él no hallaban
alivio y algún alimento, se habían propuesto dejarse morir sin
hacer más esfuerzo para salvarse.
IV
Apenas lució la luz de la aurora, Ojeda, que había pasado la
noche entre los troncos de un mangle, un poco más adelante de los
que había servido de dormitorio á los demás, púsose á mirar en
torno suyo examinando detenidamente los árboles que le rodeaban,
creyendo notar que el follaje de algunos que había más lejos era
diferente, y como entre aquellas ciénagas sólo vive el mangle, otro
de diferente especie que naciera por allí, probaría que había
tierra firme cercana. Bajóse precipitadamente y atravesó, sin
detenerse, la distancia que le separaba del árbol que le llamara la
atención pero no quiso aún decir nada á sus compañeros temiendo
engañarse.
En breve, sin embargo, vio que no se había equivocado y que
distinguía un bosque entero y apiñado de varias clases de árboles.
Corrió con el lodo hasta las rodillas y á poca distancia encontró
tierra firme cubierta de menudas yerbas. La alegría fue tan grande,
que poco le faltó para desvanecerse, y postrado dirigió una
ferviente oración al cielo, que al fin le había mirado
misericordiosamente. El segundo impulso que tuvo fue el de correr á
llamar á sus compañeros, pero figurósele en seguida que si
abandonaba la tierra, tal vez perdería el rastro de ella y
desaparecería como una ilusión.
Contentóse con dar voces llamándolos. Contestóle fray Andrés,
que le había seguido á alguna distancia, temeroso, por haberlo
visto por primera vez abatido la noche anterior, de que intentara
algún acto de desesperación, al verle bajar en silencio de su árbol
y dirigiese tan precipitadamente á un punto lejano. Loco de gozo,
el fraile llamó á lo demás, y breve rato después se encontraron los
pocos que habían quedado reunidos en un sitio seco y pedregoso. A
pocos pasos hallaron una vereda hecha por la mano del hombre, por
la cual se precipitaron desalados, sin pensar en que los indígenas
podrían serles contrarios, y que por fruto de sus trabajos tal vez
irían á encontrar una muerte cruel á manos de los naturales.
Ojeda, siempre enérgico y ágil, tomó la delantera á todo correr;
á pocas cuadras notó que la vereda se hacía más ancha, y divisó á
cortos pasos un caserío asentado en medio de ricas sementeras y
salpicado de palmeras y árboles frutales. En ese momento sintió por
primera vez que le flaqueaban las piernas, y que nubes de fuego
pasaban ante sus ojos, además se le desvanecía la cabeza, y sus
pies. rehusaban llevarle más lejos. Sin embargo, hizo un esfuerzo
más, llegó hasta las primeras casas de la población, y entonces
cayó al suelo sin sentido y como herido por un rayo.
Llegaron los demás españoles, y exánimes fuéronse dejando caer
al suelo como cuerpos inertes y sin vida. Al ver aquella procesión
de gentes escuálidas, enlodadas, de aspecto cadavérico y moribundo,
los indígenas salieron de sus casas, y compadecidos los rodearon,
dieron de beber y de comer á los que aún tenían ánimo para ello, y
recogiendo á Ojeda le lavaron, metiéronle en una hamaca de tela de
algodón y empezaron á administrarle los remedios que ellos usaban
en semejantes casos.
En tanto que los indios cuidaban del Capitán, fray Andrés logró
hacer comprender al cacique que aún quedaban algunos náufragos
perdidos en las ciénagas, y éste, que era en extremo caritativo y
hospitalario, mandó inmediatamente una partida de mocetones á
buscar á los españoles rezagados, con orden de que llevasen en
hombros á los que no pudiesen caminar.
Ojeda estuvo muchos días entre la vida y la muerte, porque
además de que se le había reabierto la herida que recibiera en el
Golfo de Urabá, declarósele una fiebre maligna, de carácter tan
violento, que fray Andrés, que no se le apartaba un momento, pensó
que era llegada su muerte. Pero al merced á las yerbas aplicadas
por los indígenas que conocían la enfermedad, por ser frecuente
entre ellos en ciertas estaciones del año, lograron calmar el mal y
volverlo á la vida.
La convalecencia fue larga y penosa, pero fray Andrés notaba al
fin en él más tristeza que enfermedad. Había perdido enteramente la
energía, y pasaba largas horas sumido en profundas
cavilaciones.
Un día en que había pasado mucho tiempo entregado al desaliento
y á su secreta pena, viendo que fray Andrés lo miraba con extrañeza
le dijo:
- ¿Muy cambiado os parezco, hermano mío?
- La enfermedad, Capitán, ha sido ruda.
- Mi tristeza no proviene de la enfermedad del cuerpo.
- ¿Entonces de qué?
- En que pienso que antes de partir de aquí preciso será cumplir
mi voto: tengo de dejar en manos de estos buenos indígenas la
imagen de la Virgen,
que ha sido mi único consuelo por tántos años.
- ¡Es verdad! exclamó el fraile.
- Es preciso cumplir lo ofrecido á la Madre de Dios, continuó
Ojeda; al separarme de tan sagrada reliquia, conozco que dejaré con
ella una parte de mi vida. En adelante, fray Andrés, no me contéis
entre los vivos!
- Pero si esto os causa tánto dolor, Capitán, consultad primero
con un obispo, que sin duda os podrá relevar de un voto hecho en
momentos tan desesperantes.
- No, no, yo no podría negarme á cumplirlo, aunque lo mandase el
mismo Santo Padre! ¿No es cierto, añadió, que no hay nadie que
pueda relevar á un caballero de la palabra dada con entera
voluntad? Y si un caballero tiene que cumplir á otro lo que
ofreció, ¡cuánto más sagrado debe ser para nosotros el voto que
hicimos á la misma Virgen Santísima! ... Si el cielo se apiadó de
nosotros, porque nos humillamos delante de EL, ¿no sería una
villanía, un motivo más para que nos castigase la Providencia, si
al vernos en salvo olvidásemos nuestras promesas? No hay esperanza
para mí en lo humano; pero sabedlo, fray Andrés, desde ahora
empieza para mí la agonía de la muerte.
- No digáis tal, Alonso de Ojeda, aún no habéis cumplido
cuarenta años, y os restan muchos de vida, de vida heroica y
gloriosa, no lo dudéis!
Sonrióse tristemente el Capitán al contestar:
- Esa cuerda ya no vibra en mí: lo pensé así en mi tiempo; pero
esos ensueños ya no existen, y lo único que anhelo es poder pasar
el resto de mi agostada existencia en el fondo de un convento,
entregado á Dios, único bien verdadero á que debemos aspirar en
esta y en la otra vida.
- Vos, Capitán!
- Sí, yo ... en adelante Dios y la Virgen Santísima serán mi
consuelo y mi gloria.
V
Pocos días después de aquel en que hablaba Ojeda con fray
Andrés, una mañana amaneció el pueblo del Cacique de Cueyvas
ataviado de fiesta. Veíase ya concluída en la plaza una casa nueva
y más grande que las demás, para la cual toda la tribu había
contribuído con alguna cosa; ostentábanse en el interior de ella
las mejores mantas y lienzos de algodón que poseía la tribu, en
tanto que el Capitán, en unión de sus compañeros de infortunio,
habían levantado en el fondo de la casa un altarcillo compuesto de
musgos, engalanado con las más bellas flores del campo, y sobre él
colgaron á la Virgen de Ojeda.
Al llamamiento del cacique acudieron aquel día todos los
miembros de su tribu, con los cuales se dirigió á la capilla de la
Virgen, que ya había bendecido fray Andrés, y como no pudiera decir
misa por no tener la oblata necesaria, contentáronse los españoles
con rezar el rosario y escuchar una corta plática que les dirigió
el buen religioso. En seguida trataron de explicar al cacique y á
sus súbditos los misterios de la religión cristiana,
encomendándoles que tuviesen gran cuidado de aquella venerada
imagen de la madre de Jesús, la que dejaban allí para que bajo su
protección fuesen felices. Dijéronles que nunca permitiesen que se
llevasen la imagen, ni que la profanasen con sus manos, pues si así
lo hicieran les sobrevendrían muchas desgracias. A todo accedió el
buen Cueyvas, ofreciendo á los españoles conformarse con su
voluntad y hacer respetar aquella prenda tan preciosa. Ofreció
también tener el oratorio siempre limpio y cuidado, y además
reunirse todas las mañanas en él con sus súbditos para hacer la
señal de la cruz, como le habían enseñado los españoles, y rezar el
|Avemaría, oración que el cacique había logrado aprender, no
sin dificultad.
Pasaron los indígenas aquel día en fiestas y regocijos, y
compusieron en honor de la reliquia que les dejaban sus huéspedes,
varias canciones (
|areytos) que recitaban bailando al són de
sus instrumentos.
Al siguiente día despidióse Ojeda y sus compañeros de aquella
tribu hospitalaria, y seguidos por gran número de indígenas,
cargados de abundantes provisiones, que les obsequiaba el buen
cacique, se dirigieron al través de la provincia de Macaca al punto
más cercano de Jamaica, en donde les dijeron había ya una colonia
española , establecida por orden del Virrey Diego Colón, para
impedir que Nicuesa y Ojeda se adueñasen de la isla.
Mandó inmediatamente Ojeda una canoa á Juan de Esquibel,
gobernador de la isla, pidiendo que les enviase socorros y
embarcaciones para pasar á ella. Esta súplica era para Ojeda una
humillación más en su vida siempre contrariada, porque antes de
salir de Santo Domingo, á la cabeza de su expedición, había jurado
que en primera ocasión se vengaría de Esquibel si éste pretendía
establecerse en Jamaica, isla que él reclamaba como suya en unión
de Nicuesa; y pocos meses después oh! dolor! verse precisado á
presentarse delante de Esquihel, no ya como un jefe denodado y
audaz, sino como un pobre y miserable náufrago que pedía protección
y amparo! El orgullo de Ojeda debió de haber sufrido mucho, pero
esto mismo sin duda, le ayudó á soportar en silencio las
vicisitudes de la vida; al mismo tiempo su espíritu se había
quebrantado con tántos trabajos, y preparábase además á una vida de
humildad y obediencia en un claustro; así se lo manifestó
sencillamente á Esquibel junto con su agradecimiento por la bondad
con que le recibió. El gobernador de Jamaica era todo un caballero,
y en presencia de las desgracias del antes impetuoso Ojeda olvidó
sus pasadas injurias, y lo trató no solamente como á un amigo, sino
como á un hermano querido. Permaneció nuestro héroe en casa de
Esquibel algún tiempo, acabando de restablecer su salud, y en
seguida pasó á Santo Domingo. Allí le dijeron que el bachiller
Enciso había partido para Urabá con abundantes provisiones para la
nueva colonia, pero que no se había vuelto á tener noticia de él ni
de Pizarro y sus compañeros. Alarmóse Ojeda pensando que Enciso
habría perecido en el mar, y quiso reunir nuevos recursos para
enviar á sus compañeros de Urabá, pero no pudo conseguir que le
prestasen cosa alguna. Su mala fortuna se había hecho proverbial en
Santo Domingo; sus antiguos amigos evitaban estar con él, y no
había quien no le mirase mal. El mismo había perdido la fe en su
estrella, y por consiguiente no podía inspirar confianza á los
demás. Dejóse llevar entonces por un completo desaliento, y no
volvió á pensar en hacer cabeza de expedición alguna, tanto más
cuanto que supo que Pizarro se había unido á Enciso al fin para
fundar del otro lado del Golfo de Urabá, y en tierra que ya no era
de su jurisdicción, una nueva población que llamaron Santa María de
la Antigua.
Convencido al fin nuestro héroe de que había jugado su esperanza
con la suerte, y ésta le había vencido, inclinó resignado la cabeza
y no volvió á hacer esfuerzo alguno para hacerse notar,
desapareciendo de la vista de sus contemporáneos, de tal suerte que
desde aquel tiempo los historiadores se olvidaron de él
completamente. Así, este hombre-, que hemos tratado de pintar en
las diversas faces de su carácter; que siempre, en toda emergencia,
se manifestó audaz, enérgico, denodado y heroico, sobreponiéndose á
las desgracias, y haciéndose más fuerte que su mala fortuna; al
fin, antes de cumplir 40 años, se dejó llevar por la corriente de
la desgracia, apurando las amarguras de la vida hasta las
heces.
Cuando Ojeda se hubo persuadido de que su vida era inútil para
él y para los demás, resolvióse á cumplir su voto y entrar en un
convento; pero era preciso conseguir su fe de bautismo y otros
documentos indispensables. Al efecto, escribió á España á su madre
para que se los enviara, pues no pensaba volver á su patria.
Entretanto permanecía nuestro héroe en Santo Domingo: había
tenido que presenciar como testigo la causa que se le siguió al
pirata Talavera y á sus cómplices por el robo de la carabela
|Genovesa, y aun cuando Ojeda no había tenido intención de
acusarlos, fuele preciso contestar, cuando le preguntaron lo que
sabía en el asunto. Parece que de resultas de sus declaraciones,
Talavera y los demás que pudo atrapar la justicia, fueron
ahorcados, menos unos cuatro que lograron ocultarse en Santo
Domingo. Estos, indignados con las declaraciones dadas por su
antiguo Capitán, resolvieron vengarse de él, asesinándole, lo cual
pusieron en planta de la siguiente manera: una noche, al pasar
Ojeda por una calle excusada, le atacaron diez hombres, los que le
rodearon amenazándole con dagas y espadas. Ante ese inesperado
peligro nuestro héroe recordó sus proezas de otros tiempos. Sacó la
espada, apoyó la espalda contra un muro y se defendió con tánto
brío y serenidad de ánimo, que derrotó á sus enemigos, los puso en
fuga, y aun los persiguió por alguna distancia, sin que ninguno
lograse hacerle la más leve herida.
Apenas volvió á su posada, al meditar en este hecho de armas,
resolvió que debería ser el último; así, sacando la espada de su
vaina la rompió y tiró por la ventana á la calle.
Pocos días después Ojeda recibió los papeles que había pedido á
España, en unión de los cuales, su madre, ya monja en Cuenca, le
hacía escribir por mano de su confesor, que se alegraba en el alma
que hubiese resuelto cambiar de vida y seguir el ejemplo que le
diera años antes la finada monja María de los Angeles, de Madrigal,
la que había muerto, en olor de santidad, el día 15 de Agosto del
año anterior. ¡Era la fecha precisa de la madrugada en que él la
había visto en sueños muerta y en su atáud!
- Obedézcoos, ¡ángel de mi vida! exclamó Ojeda después de haber
leído la carta de su madre, y levantándose se dirigió al convento
de San Francisco; los frailes le recibieron con respeto y alegría y
le llevaron al noviciado, en donde vistió el hábito de fraile y
dejó para siempre la vida mundanal.
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1
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Allí es donde se cultiva hoy el afamado tabaco llamado de la
|Vuelta de Abajo.
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2
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Se lee en Humboldt:
|Viajes á las regiones equinoxiales
"los españoles llevaron de Europa al Nuevo Mundo los naranjos y
limoneros, sin embargo en Cuba existían y desde antes de la
conquista varias especies de naranjos y limoneros indígenas que aún
se hallan silvestres en las montañas de la isla."
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