INDICE




CUADRO X-1510

El golfo de Urabá



I

La grande ensenada de Urabá o del Darién era á principios del siglo XVI, poco más ó menos, lo que es todavía. La vegetación exuberante de los trópicos se derramaba entonces, como sucede ahora, hasta bañarse entre las aguas del golfo, dejando apenas en algunas partes y en las desembocaduras de los ríos una ligera zona de playa descubierta. Naturalmente aquellos bosques estaban poblados, no sólo por millares de animales enemigos del hombre, sino que mortíferos miasmas se cernían sobre los pantanos é insalubres manglares, teniendo al mismo tiempo los españoles que defenderse de las flechas envenenadas de los naturales, - que eran tan agudas, que penetraban sin dificultad por los más pequeños intersticios de las armaduras, así como de las enfermedades y de los animales feroces.

A pesar del renombre de comparativamente mansos que tenían los indios del Darién, los españoles habían cobrado tal miedo á las armas envenenadas que usaban, que los compañeros de Ojeda pidieron licencia de ponerle San Sebastián (el abogado de las armas envenenadas) á la primera población ó fortaleza que fundaran.

Después de haber visitado el contorno del golfo, - hallando en todas partes una tierra anegadiza, mal sana y poblada de caimanes y enormes serpientes, - al fin resolvieron edificar la proyectada fortaleza en la falda de una colina, cuyo terreno era más seco y ofrecía ventajas mayores. Tomó Ojeda posesión de aquel sitio en nombre de S. M. el Rey de España, con todas las ceremonias del caso, invocando al mismo tiempo la protección de San Sebastián.

Inmediatamente se procedió á levantar fuertes palizadas con gruesos troncos de árbol, para defenderse de los naturales, y señalaron calles, solares y sitio para edificar una iglesia, la que debería levantarse en primer lugar.

Pasábase sin embargo el tiempo, y en todo pensaban los españoles, menos en edificar cosa alguna en la proyectada población; el temor de los indígenas no les permitía salir fuera de las palizadas sino cuando, acosados por la necesidad, ocurrían á buscar víveres en los vecinos caseríos, robando y talando las sementeras de los naturales que moraban más cerca, de donde rara vez volvían sin haber visto morir algunos de los suyos, de resultas de las flechas envenenadas con que se defendían los indígenas.

Para dar idea de lo que era la colonia de San Sebastián dos meses después de fundada, veamos lo que se hacía y se decía en ella en una hermosísima tarde del mes de Marzo.

La fortaleza, toscamente labrada con madera verde, y rodeada de una fuerte palizada, se levantaba triste y solitaria en un campo abierto, teniendo por el lado de atrás un bosque de enmarañada maleza, y al frente las aguas del golfo, dentro de las cuales se veían las carabelas de la flota, menos una, que Ojeda había devuelto á Santo Domingo para dar aviso al bachiller Enciso del sitio á que había de llevar los víveres y municiones que la naciente colonia necesitaba con urgencia. La tarde estaba tranquila y serena, una suave brisa rizaba las aguas del golfo y refrescaba la frente de los dos centinelas que se paseaban pausadamente delante de la puerta exterior de la fortaleza.

De repente vieron desembocar en desagradable desorden un grupo de españoles que salían del monte y se dirigían á todo correr á la fortaleza; seguíales á alguna distancia una tropa de indios, gesticulando y dando sus acostumbrados alaridos. Los primeros cargaban el cadáver de uno de los suyos, muerto sin duda en la refriega, y llevaban casi arrastrando á dos heridos, los que, hinchados ya, desfigurados y temblorosos, gemían lamentando su segura muerte.

Lo indios permanecieron á alguna distancia de la fortaleza, pues bien conocían el alcance de las armas de fuego de los españoles, y no se atrevían á acercarse. En tanto que los expedicionarios penetraban apresuradamente á guarecerse detrás de las palizadas, los naturales danzaban con horribles contorsiones, y manifestaban su triunfo, amenazando y gritando desde lejos.

Una vez que hubieron enterrado el muerto en un sitio que habían señalado para el caso, detrás de la fortaleza y al abrigo de lo asaltos de los indios, y entregado los heridos á los frailes enfermeros (es decir, que les ayudaban á bien morir, pues el herido siempre moría), los expedicionarios fueron á reunirse con sus compañeros en una gran cocina que servía también de comedor y de salón á los soldados, y en donde pasaban la velada reunidos los que no estaban de guardia.

La noche había cerrado enteramente, y una nube de mosquitos se levantó del cercano golfo é invadió todo el campo. Los soldados trataban de librarse de ellos, rodeando las hogueras, en medio de las cuales hervían las ollas con la cena.

- No he visto á Vicente hoy, - dijo uno de los recién llegados, - dirigiéndose á otro que había permanecido en la fortaleza.

- Cómo! ¿no supiste antes de irte que le encontramos muerto al pie de la palizada?

- Muerto! ... Voto á ... imposible!

- Por qué no?

- ¿De qué murió el vizcaíno?

- No se supo ... hacia días que se quejaba ...

- Así era ... Pero andaba por todas partes y cumplía con sus deberes.

- Sin embargo, la última vez que le pusieron de centinela, parece que dijo que sufría mucho, pero no le hicieron caso ...

- Válgame Dios!

- Y por la mañana estaba tieso!

- Qué injusticia!

- ¡Feliz de él que descansó de esta vida! exclamó otro soldado terciando en la conversación. De buena gana me cambiaría yo por Vicente ... añadió
con un suspiro.

- ¿Te cambiarías por el muerto?

- Tóma que sí! ¿No está ya tranquilo, en tanto que nosotros nos quedamos aquí padeciendo hambres, debilidades, sustos, afanes, enfermedades desconocidas; oyendo sin cesar los clamores pavorosos de los salvajes, el bramar de los tigres, los leones y las panteras, sufriendo las mordeduras de las serpientes, las picaduras de los alacranes, las arañas y cien especies más de asquerosos insectos, y, lo peor de todo, la amenaza continua de las flechas envenenadas que dan la muerte con tánto tormento?

- Tiene razón! exclamaron varias voces.

- ¿Os parece poco, - añadió el otro, - vivir aquí agonizando en un desierto tan sin halagos como es éste, y sin esperanza de mejorar de suerte?...  Oh! mal haya de mi choza, de mis ovejas, de mi trigal, allá en mi rincón de Extremadura, en que vivía tranquilo y contento con mis harapos y mi pobreza! ¿Por qué me dejaría embaucar para venir á este infierno?

Y al decir esto el mísero colono ocultó la cara entre los doblados brazos y se dejó llevar con la imaginación á la patria, á la pobre aldea que había abandonado para correr en pos del demonio del oro.

- Eso que decís es cierto, repuso el primero que había hablado, pero no hay peor compañero que el desaliento, ¿y si todos empezáramos á arrepentimos, qué sería de esta empresa? Ea, muchachos, que no se diga que la suerte es más fuerte que nuestro valor! La cobardía no puede tener asiento en pechos castellanos, y es tan cobarde el que se deja amedrentar por la mala fortuna como el que huye á la vista del enemigo ...

- Tanto más, repuso otro, cuanto que parte de estos sinsabores finarán cuando llegue el bachiller Enciso con víveres frescos, pertrechos, hombres nuevos y armamento.

- ¡Siempre nos engañan con las mismas esperanzas, continuamente fallidas! exclamó el extremeño levantando la cabeza.

- Podríais imitar al Capitán, dijo uno de ellos; él jamás se desalienta ni se abate, aunque con frecuencia sufre más que nosotros.

- Gran mérito, por cierto! ... cuando tiene la seguridad de no ser herido nunca, y hasta ahora no ha sufrido la más leve enfermedad!

- Seguridad ! no digáis sino la fortuna!

- Vive Dios, caballeros! exclamó el extremeño; a mi me han dicho, y lo creo, que en el Capitán debe de obrar algún hechizo.

- Ha mucho que lo he oído decir, repuso uno.

- Lo creo á, pie juntillas! añadió otro.

- Tanto más, repuso el primero, que de todos nosotros el Capitán ha sido el único que no ha tenido enfermedad, ni picadura de animal, ni el más leve contratiempo en su salud desde que en mala hora arribamos aquí.

- No son hechizos ni brujerías lo que le protege, dijo uno, sin su devoción a la Virgen y á aquella bendita imagen que carga siempre consigo.

- Así será tal vez, contestó el extremeño; y el indio ladino | 1   que habla la lengua de estos bárbaros, me aseguraba el otro día que hasta los indios han caído en sospechas de lo invulnerable que es el Capitán, y ponen el mayor cuidado en atacarle á él con preferencia.

- Válgale el amparo del cielo!

- ¡Que le proteja la Santísima Madre de Dios!

- ¿Que haríamos aquí sin Ojeda?

- Es tan bueno!

- Tan equitativo, tan justo!

- Yo daría mi vida por él!

Exclamaron todos los soldados, pues cada cual amaba y veneraba á Ojeda como á un sér superior, y le profesaban una admiración sin límites. Tánto le amaban sus soldados que nunca tuvo que reprimir sublevación ninguna, y aunque es verdad que los oficiales le tenían envidia, con frecuencia ellos mismos confesaban que pocos aventureros poseían su espíritu.

En estas y otras conversaciones pasaron aquellos hombres la velada, hasta que se fueron retirando en busca de sus hamacas, tratando de olvidar en el sueño la triste suerte que les había tocado.


II

Pocos días después de aquel en que los soldados platicaban, como queda dicho, una mañana muy temprano entró Francisco Pizarro á la estancia que ocupaba nuestro héroe en la fortaleza, á pedir órdenes, sorprendiéndose muchísimo al encontrarle pálido, demudado, temblando y absorto.

- ¿Que os pasa, Capitán? exclamó. ¿Acaso os habrá atacado la fiebre perniciosa?

Ojeda le miró sin contestarle y hundió la cara entre las manos.

- Señor, continuó Pizarro, ¿qué os ha sucedido? ... Venía á preguntaros qué debemos hacer, pues acabo de saber que se prepara para hoy un ataque de los naturales contra la fortaleza, cosa que aún no se habían atrevido á intentar desde que estamos aquí ... Pero si estáis indispuesto, yo resolveré lo que mejor me parezca ...

- No, respondió al fin Ojeda, - haciendo un esfuerzo para serenarse, - aguardad un momento ... Explicadme de nuevo, añadió poniéndose de pie y dando algunos pasos por la estancia, y acercándose á Pizarro, repuso: cuando entrasteis, Francisco, acababa de tener un sueño que hizo honda impresión en mi alma, y me puso casi fuera de mi juicio. pero ya pasó, hablad.

Volvióle á decir Pizarro la nueva que traía, siendo él de opinión que aguardasen de pie firme la llegada de los indígenas, en la fortaleza, en lugar de salirles al encuentro como lo deseaba Ojeda, quien siempre escuchaba más la voz de su valor que la de la prudencia.

Estaban en esta discusión cuando repentinamente oyeron, casi al pie de las palizadas, la vocería salvaje de los naturales, que arrastrándose por el suelo habían logrado llegar muy cerca sin que los notasen, y atacaban con denuedo la fortaleza.

- ¡ Es preciso acudir á rechazarlos! gritó Ojeda. Volad vos, Pizarro, á prepararlo todo, yo os sigo!

Y recobrando instantáneamente su acostumbrada energía arrancó del muro su armadura, se la puso prontamente, asió con una mano la espada y con la otra la rodela, y llamando en torno de sí á los soldados más audaces, mandó abrir las puertas del fortezuelo y salió por ellas como un vendabal; cayendo sobre los indígenas los dispersó, y púsose á perseguirles sin echar de ver que aquello era lo que pretendían los bárbaros: alejarle de los suyos; y rodeándole, matarle ó averiguar si en realidad su vida estaba encantada y las flechas no tenían poder sobre el bravo Capitán.

Alejáronse, pues, á todo correr los indígenas, llevando tras sí á Ojeda, que, como de costumbre, iba adelante de los suyos. Pero sucedió que al llegar á la vera del monte seis de los más certeros cazadores indígenas se detuvieron formando semicírculo á cierta distancia, y todos dispararon sus flechas al mismo tiempo sobre Ojeda. Dos de éstas pasaron á su lado sin tocarle, tres dieron sobre la adarga y cayeron al suelo sin hacerle nada, pero la del más inmediato fue á dar en la juntura de dos piezas de la armadura que con tánto descuido se había atado, y penetrándole un muslo le pasó de parte á parte, arrojándole al suelo cubierto de sangre.

Al verle tambalear y caer herido, los indígenas prorrumpieron en un prolongado grito de alegría y se alejaron cantando victoria, en tanto que los españoles llegaban al sitio en que yacía el Capitán, le levantaron, y cargándole le llevaron al fuerte. Pocos momentos después Ojeda empezó á experimentar los síntomas mortales del veneno de la flecha, y conoció que su vida contaba pocas horas.

- ¡No moriré dejándoos aquí abandonados! gritó Ojeda al sentir por sus venas el fuego de la ponzoña, y poniéndose en pie exclamó con energía: No moriré!

- Capitán, dijo entonces fray Andrés, que tenía el privilegio de ser escuchado con atención por Ojeda en toda emergencia. Capitán, en vez de revelaros contra los decretos del cielo, ¿no sería mejor que os prepararais á morir como cristiano?

- Repito que no moriré.

- Pero bien sabéis, repuso el fraile tristemente, que hasta ahora nadie se ha curado de semejante herida ...

- ¡No necesito de vuestras exhortaciones! dejadme, fray Andrés, y que me llamen al físico.

Este era otro fraile que tenía las atribuciones de médico, y pasaba por tál entre los expedicionarios.

- Héme aquí, señor Capitán, contestó acercándose.

- ¿Uno de los síntomas de envenenamiento con flecha, dijo Ojeda, no es el de sentir un frío penetrante que atraviesa la herida de parte á parte?

- Así es; pero si no sintierais eso probaría ...

- No solamente lo siento, repuso Ojeda, sino que al mismo tiempo que la sangre se me hiela, el calor me sube á la cabeza como fuego.

Tódos los circunstantes se miraron consternados.

- Bien, añadió Ojeda, puesto que ni vos ni nadie aquí conocen remedio á este mal, yo mismo me curaré. Y dirigiéndose á dos sirvientes, añadió: poned  dos planchas de hierro sobre el fuego, y cuando estén candentes traedlas.

En tanto que se ejecutaban estas órdenes, mandó que le lavasen la herida y diesen á beber agua, pues le devoraba una sed ardiente.

- Ya están las planchas, dijo un sirviente al cabo de algunos momentos.

- Candentes?

- Sí, enteramente rojas.

- Ahora, señor físico, aplicádmelas inmediatamente en las dos heridas.

- ¡Qué barbaridad! exclamó éste, no señor, no haré tal cosa.

- ¿Que no lo haréis?

- No, porque moriríais más presto.

- Esa es cuenta mía ... apurad, que se pasa el tiempo.

- ¡No haré tal!

- ¡Yo os lo mando!

- ¡No quiero ser el asesino de mi Capitán!

- ¡Juro á Dios! villano, mal nacido! que si no me obedeces, al punto te mando ahorcar como á un perro malandrín!

- Pero, señor Capitán ... exclamaron todos.

- ¡Todavía no he muerto, y quien manda aquí soy yo! gritó Ojeda colérico y fuera de sí.

- Señores, decía el pobre fraile temblando, si el Capitán no sobrevive al remedio, no me culpéis á mí.

- Por Dios, mi Capitán, decía fray Andrés arrodillándose á sus pies, oíd razón ...

- ¡Las planchas, las planchas! gritaba Ojeda furioso, y sacando la daga, añadía: ¡ó mato á cuantos se me pongan por delante! Y al decir esto trataba de arremeter á los que tenía cerca.

- ¡Dadle gusto, por todos los diablos! exclamó Pizarro que llegaba á la sazón, ¿no veis que si le exasperáis morirá más pronto?

- Obedezco, pues, respondió el físico suspirando, y acercándose á Ojeda, que había caído postrado y sin fuerzas en el suelo, añadió: pero es preciso que el Capitán se deje atar, porque la operación será dolorosísima, y el menor movimiento le causará mayores males.

- No necesito otras ligaduras que las de mi propia voluntad, contestó el Capitán resueltamente.

- Entonces que le tengan dos ó tres personas.

- Atrás! gritó Ojeda, descubriendo la herida y poniéndose en la posición requerida para la operación. ¡Que nadie se atreva á ponerme las manos ... Yo puedo y quiero estarme quieto, y me estaré!

Acercaron entonces las planchas de hierro candentes, y en tanto que casi todos aquellos duros y empedernidos aventureros volvían la cara para no ver tan horrible operación, el físico apoyó el hierro sobre la herida que chisporroteó, las carnes se encogieron y contrajeron ... Ojeda permaneció firme, quieto, y no exhaló un gemido ni una queja. Cuando apartaron las planchas el valiente Capitán había perdido el conocimiento, y momentos después se le declaró una fiebre tan ardiente que creyeron moriría aquella noche no más. No sabiendo cómo calmar la violencia de la inflamación que se le declaró, resolvió el médico envolverle sin cesar en lienzos empapados en vinagre, lo que hizo hasta agotar un barril de este líquido, con lo cual cedió la fiebre y produjo una benéfica reacción. No fue sino al cabo de tres días que Ojeda recobró la razón que había perdido completamente, y el médico aseguró que habían pasado los síntomas de envenenamiento, aunque no de la enfermedad, la que se convirtió en fiebres intermitentes, decaimiento de fuerzas y de ánimo, cosa nunca vista en él antes, pero bastábales á los tristes colonos saber que aún vivía su Capitán para no dejarse abatir por el desaliento.


III

Uno de los mayores martirios que sufría el mísero Ojeda en su larga convalecencia, era el insomnio; pasaba las noches de claro en claro, por lo cual se turnaban los oficiales de su confianza para hacerle compañía, pero la que él prefería era la de Francisco Pizarro, en quien tenía puesta su mayor amistad y en quien fiaba sobre todos los demás. Así era que pasaban los dos largas horas conversando agradablemente sin que echasen de ver que trascurría el tiempo.

- Francisco, díjole una noche repentinamente, há mucho tiempo que deseaba preguntaros qué pensasteis de mí aquella mañana en que fui herido, y me encontrasteis afligido por un sueño.

- Qué podía pensar, señor, sino que aquel sueño hubo de haberos hecho mucha impresión cuando tánto os preocupó ...

- ¡La impresión, Francisco, no me ha pasado aún! Y no creáis que mi salud sufre sólo de resultas de la herida, sufre también mi pensamiento un indecible martirio; os confieso que estos insomnios son á veces voluntarios, porque temo, como me ha sucedido á veces, volver á ver la misma visión que tánto me atormenta, y no me atrevo á dormir.

- Eso proviene, sin duda, de la debilidad en que estáis, contestó Pizarro, mirando con extrañeza al valiente Capitán, que á nada temía jamás, y temblaba ante una fantasía. Tal vez, añadió, si me confiarais lo que os atormenta, desvanecería la impresión desagradable.

Ojeda permaneció callado un rato, y al fin:

- Pizarro, dijo, ¿por Ventura alguna vez habéis amado á una mujer?

- Vaya que sí! á muchas ¡ vive Dios! ...

- Entonces no habéis amados á ninguna; hablo de aquel amor santo, grande, verdadero, que vive sin esperanza y que crece sin motivo, que hace parte de nuestro corazón, que no pide nada para sí, y que es como un culto, una adoración perpetua, una vida aparte de nuestra vida, una luz que ilumina nuestra alma, y nada tiene que hacer con el cuerpo.

- Señor, repuso Pizarro asombrado, ¡cáspita! habláis como uno de aquellos caballeros andantes de que rezan los libros de caballerías, que por ventura he oído leer en España en las veladas, pues yo no soy aficionado á la lectura ... ni Conozco siquiera las letras.

- ¿Es decir, amigo mío, que no sabéis amar?

- Así como decís, no por cierto, aunque no por eso las guapas chicas ...

- Ah! Pizarro, Pizarro, repuso Ojeda en voz baja, este amor de que yo os hablo es una brava cosa: es la dicha mayor en el mundo y es la pena más grande que existe! Os lo digo con experiencia: desde que me conozco encontré en mí este sentimiento, que me ha alentado en todas mis empresas y que me ha dado valor, fuerza, energía, voluntad á mi existencia. " ¿Qué diría María si supiera lo que hago? " esta pregunta me ha impedido cometer muchas malas acciones. Yo sabía que ella jamás podría saberlo, pero la sola idea de su existencia en este mundo me levantaba del fango y me hacía mejor. Pues bien, ella, pobre é ignorada monja, sumida en un convento de Castilla ...

- ¡Monja, decís! preguntó asombrado el otro.

- Sí, monja, entregada á sus devociones y con los ojos puestos en el cielo, sin acordarse nunca de mí tal vez, ella era el secreto norte de mis acciones, aunque yo mismo muchas veces no lo sabía; pero ya que comprendo que ella no es de este mundo, que ha muerto, el resorte de mi vida se ha quebrado, he perdido el ánimo, la fe en mí mismo y la esperanza ...

- ¿Y cuándo supisteis su muerte?

- La noche anterior á mi herida. Esa madrugada soñé que la veía en un ataúd, vestida con sus tocas monjiles, rodeada de luces y de religiosas arrodilladas que oraban por su alma. Imaginé que yo estaba en el lado opuesto, tras de una reja de hierro, y que la oía que me llamaba para que fuese á ella, y yo no podía romper la barrera que no separaba.

- Esa fue una pesadilla, un desvarío.

- Tres veces, Pizarro, he tenido la misma visión. Yo no dudo que María haya muerto, pues me afirmó, cuando me regaló aquella imagen de la Virgen que veis allí, que de seguro tendría un aviso si ella moría ó me olvidaba. Ella no me ha olvidado por otro, puesto que su vida era la virtud misma. Ya veis que ni extraño sueño fue seguido por aquella herida mortal, de la que me salvé por especial protección de la Santísima Virgen, pues de otro modo habría sucumbido.

Refirióle Ojeda á su Teniente en seguida muchos de los extraños sucesos de su vida, que ya el lector conoce, hasta llegar á convencer al futuro conquistador del Perú, que era supersticioso, como todo el que vivía en aquel siglo, que tenía razón de estar persuadido de la muerte de María, y que los raros acontecimientos que antes  referido no eran efecto de la casualidad, sino obras sobrenaturales y especial intercesión de la Virgen en el cielo para con él.

Largamente conversaron aquella noche los dos aventureros, y con efecto sus confidencias, y el haber dado voz á sus sentimientos y aprehensiones parecieron aliviar las dolencias de nuestro héroe, calmar su espíritu y dádole ánimo y vida, porque gradualmente fue recobrando su salud, fe en lo porvenir y vigor de espíritu, aquesta energía tan característica en él, que nada, ni nadie podía en realidad doblegar Jamás.


IV

A medida que el Capitán recobraba ánimo y fuerzas, sus compañeros perdían las suyas, y sólo merced á la influencia de Ojeda no se habían revelado contra la empresa que tan funesta se había presentado desde el principio.

Ya no sabía nuestro Capitán qué hacer con el hambre que amenazaba la colonia, cuando un día le anunciaron que se veía entrar al gran Golfo, y dirigirse hacia la incipiente población, un navío á toda vela.

Corrieron los hambrientos y necesitados españoles á recibirle con loca alegría, el cual en su concepto no podía ser otro que el del bachiller Enciso, que tánto había tardado. Grande fue, pues, su pesadumbre cuando descubrieron que no era el ansiado navío de su confederado, sino el de un aventurero llamado Bernardino de Talavera, hombre de mala nota en la Española, y la tripulación, además, parecía componerse de bandidos y hombres perdidos de toda especie.

El buque estaba repleto de provisiones y pertrechos de todas clases, como cerdos vivos, carne salada y gran cantidad de pan de |cazave. Todo esto lo vendió á gran precio á Ojeda, que tuvo que dar en la mayor parte del oro ganado en la expedición.

En breve se supo que tanto las provisiones como el navío eran robados á un italiano, dueño del bergantín, que arribó á la Española de paso. Talavera, acribillado de deudas, y en vísperas ser aprehendido, tuvo noticia de la situación en que se hallaban los colonos de San Sebastián (por el navío que envió tiempo antes Ojeda para apurar á Enciso que no se movía), ocurriósele al despierto aventurero hacerse á víveres y con ellos á fortuna. Así, en unión de cuanto bandido pudo recoger, una noche asaltaron el navío del genovés, pusieron á los marineros de él en tierra, y haciéndose á la vela se dirigieron al golfo de Urabá, adonde arribaron por casualidad en breve tiempo, á pesar de que no había en la embarcación casi ninguno que conociese el arte náutico.

Después de haber pasado tánto tiempo sin alimentos nutritivos, y que los que conseguían era distribuídos con parsimonia, al ver los almacenes repletos de víveres frescos y para ellos apetitosos, los miserables colonos pretendieron que se les entregasen á discreción, olvidando que no eran inagotables y que podían volver á escasear, si Enciso no llegaba pronto: además, la compañía de los recién venidos, y los hábitos desordenados que tenían aquellos bandidos, desmoralizó completamente la antes triste pero pacífica y obediente colonia. Los soldados empezaron á desobedecer á sus jefes, y producíanse riñas y disputas á cada paso, y como éstos quisiesen intervenir, murmuraban y se rebelaban continuamente. Azuzados por los piratas empezóse á decir entre las gentes de Ojeda, que aunque él les acortaba la ración, y no permitía distribuír sino lo necesario, en cambio había ocultado para su uso particular gran cantidad de víveres, siendo bien conocido en la colonia el terror supersticioso de su Capitán á la muerte por hambre, pues era fama que, varias veces le habían predicho que aquel sería su fin. A pesar de sus protestas y buenas razones, los amotinados se hicieron tan fuertes y sus reclamaciones tan audaces, que Ojeda, que no quería de ninguna manera abandonar la empresa y perder tánto trabajo, calmó los ánimos descompuesto: ofreciendo ir personalmente á la Española á traer los recursos que tánto necesitaban. Además, de aquella manera se llevaba consigo los peores sujetos que había en la colonia, así como á Talavera y á su ruin y dañosa tripulación, que tánto mal había causado con su mal ejemplo y peores consejos.

Nombró á Pizarro para que gobernase la colonia en su lugar, pero éste le dijo:

- Bien sabéis, Capitán, que me conformo con vuestras órdenes, pero pensad que puede suceder que algo os impida volver pronto. ¿Qué haré si se acaban los víveres y nos empezamos á morir de hambre?

- Me aguardaréis, Francisco, cincuenta días, y, si concluído el plazo, no he vuelto, os relevo de vuestra palabra: abandonaréis la colonia.

Dos días después Ojeda se despedía con tristeza de aquel punto en el que había soñado, por segunda vez, fundar una colonia en Tierra Firme sin poderlo lograr, pues la suerte jamás le fue propicia en ninguna cosa que emprendiera por cuenta propia.

Embarcóse con la tripulación de Talavera en su nave, imaginando éste que cubriría sus robos en la Española con el oro que llevaba: la humanidad siempre ha sido la misma, y en todas partes, y en todos tiempos, ha habido jueces blandos al oro. Además, Talavera confiaba en la influencia que ejercería Ojeda en Santo Domingo, manifestando la oportunidad de los socorros que le había llevado, sin los cuales la colonia indudablemente hubiera perecido de hambre.

Ojeda no llevaba consigo sino á fray Andrés, que no quiso abandonar á su Capitán, y le tenía tánto cariño que no estaba contento sino á su lado. Los demás colonos prefirieron quedarse en tierra, pues temían los malos procedimientos de Talavera y sus compañeros, á quienes juzgaban capaces de cualquier traición.

Apenas se encontró Ojeda en el navío de Talavera, cuando, naturalmente, quiso, según su costumbre, mandar en él como Capitán. Resistióse Talavera á entregársele, y surgió con este motivo una disputa entre los dos. Ojeda desafió al aventurero á singular combate, ofreciendo someterse si el otro vencía, pero Talavera sabía muy bien cuánto poder había en el brazo del Capitán, y llamó en su auxilio á los demás compañeros. Indignado Ojeda, ofreció entonces pelear con toda la tripulación de uno en uno y de dos en dos, hasta que le mataran ó matara él á todos.

Pero los piratas no quisieron hacer caso á aquel verdadero precursor de don Quijote, sino que, rodeándole, le desarmaron, no sin trabajo, y encadenándole le sumieron en el fondo del buque, en donde permitieron que le acompañase algunas veces fray Andrés, única persona que tenía de su parte entre aquellos malhechores.

Así, por segunda vez veíase el desgraciado Ojeda preso y desamparado en alta mar, y sin otro socorro que la imagen de la Virgen que, como tántas veces hemos dicho, jamás olvidaba, llevándola enrollada en un tubo de lata para preservarla en aquellos climas húmedos y ardientes.

 

1 Así llamaban los españoles á los indios intérpretes.

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