INDICE




CUADRO IX-1510

Los indios de Calamar



I

La bahía de Calamar (después Cartagena) era en 1510 un sitio enteramente agreste, circundado de selvas: veíanse manglares inmensos en la orilla y en el fondo bosques espesos de toda suerte de árboles, á cuya sombra vivían innumerables animales, y en su espesura se ocultaban tribus considerables de salvajes indígenas. Eran éstos muy apegados á su independencia y libertad, - como lo demostraron en la defensa de su tierra contra los españoles, con tánto ánimo y bizarría, que todos los que trataron de desembarcar en aquel punto habían tenido que abandonarle en breve.

Descubierto este litoral por Rodrigo de Bastidas en 1500, fue después visitado por otros navegantes, quienes encontraban que la hermosa y resguardada bahía tenía mucha semejanza con la de Cartagena en España, pero á la que era casi imposible abordar con motivo de la muchedumbre de naturales que usaban armas envenenadas, y eran, según decían, más bárbaros y tercos que otros del mismo litoral.

Bastóle á Ojeda saber aquella noticia para que se propusiese hacerse dueño de lugar tan propio para levantar una fortaleza, y en donde pensó lucir su valor y habilidad; de manera que apenas se vieron en alta mar cuando gobernó con dirección á la bahía de Calamar. Hizole Presente Juan de la Cosa lo difícil que sería reducir aquellas tribus con la poca gente que llevaban. Díjole que él podía hablar de ello con experiencia propia, puesto que había acompañado á Bastidas en el descubrimiento de aquellas costas y conocía la audacia de los naturales. Pero toda oposición afirmaba á Ojeda en sus determinaciones; desoyó los consejos de Juan de la Cosa, mofándose de la excesiva prudencia que manifestaba el piloto en circunstancias, según él, en que era preciso sobresalir como valientes y audaces, para dar á entender á Nicuesa, dijo, que no era por falta de ánimo y gallardía que había dejado de combatir con él, y que cuando se trataba de arriesgar la vida no había cosa alguna que le arredrase.

Así fue que una hermosa mañana de Diciembre llegó la flotilla de Ojeda frente á las puntas que hoy llaman de Canoas, á cuya espalda se veía una alta colina (llamada después Nuestra Señora de la Popa) cubierta de montaña espesa; y orillando una lengüeta de tierra baja, y pasando por un estrecho canal entre dos islillas, penetraron al magnifico puerto ó bahía que llamaron de Cartagena de Indias. Lucía un ardiente sol sobre el azul y despejado cielo que se retrataba en las aguas claras y mansas de la bahía, tan puras y cristalinas, que se percibían en el fondo las estrellas de mar de variados colores, las conchas, las algas y hasta los pintados peces que pasaban y repasaban por entre los bosques de vegetación marítima que guarnecía el lecho del tranquilo y solitario puerto.

Sin embargo, aquella soledad era aparente, por que no bien hubieron anclado los buques, cuando salieron nubes de guerreros indígenas de los vecinos bosques, en ademán de pelea. Llevaban todo el cuerpo embijado de negro y colorado, la cabeza orlada con una guirnalda de garras de tigre y de leopardo, llevando en las manos ciertas lanzas llamadas |azagay, y cargado á las espaldas el carcaj lleno de flechas, el aspecto feroz, el ademán horrible, y dando los gritos y alaridos más pavorosos que hubieran jamás escuchado oídos humanos.

Inmediatamente mandó el Capitán alistar lanchas, y acompañado por algunos soldados y oficiales, varios dominicanos de los que iban en la expedición, y un escribano, saltó á tierra, desembarcando en la isla de Codego, y desde allí mandó leer con toda solemnidad un requerimiento que habían mandado de España con ese objeto, - obra de un cronista célebre de la época, el llamado Cura de los Palacios Rubios.

Parece en realidad increíble que gentes en su sano juicio se prestasen á representar semejante farsa, para alardear de imparcialidad con los atónitos indígenas, que nada podían entender de la comedia. Pero esto sucedió no solamente entonces, sino que después siempre se leía un requerimiento por el mismo tenor á los salvajes á quienes los españoles iban á librar batalla, declarándoles tercos y fuera de la ley si persistían en pelear, á pesar de las órdenes de su supuesto legítimo Rey, el de Castilla.

En tanto que el escribano leía con voz no muy segura aquel largo discurso, los indígenas permanecieron quietos y silenciosos, como aguardando á que sucediera alguna otra cosa. Cuando finalizó su lectura el encargado de ella, Ojeda mandó que les mostrasen de lejos las joyuelas, campanillas y demás rescates que traían, manifestándoles al mismo tiempo, por boca de los intérpretes que llevaban, que no habían ido á aquella tierra sino en són de paz, y que si se acercaban á los forasteros serían ricamente obsequiados.

Los indígenas se miraron los unos á los otros, pero permanecieron en su puesto. Los indios son naturalmente desconfiados, y éstos con más razón, porque varias veces habían tenido que sufrir á manos de otros expedicionarios españoles, quienes, cogiéndoles descuidados, se habían llevado cautivos á cuantos podían atrapar. Así fue que en lugar de acercarse, todos ellos al són de sus instrumentos guerreros levantaron sus flechas y se prepararon á entrar en pelea con los invasores. Ojeda también hizo sus preparativos para resistir el ataque, pero antes de ello volvió á requerirles y amonestarles que guardasen la paz y prestasen obediencia.

Juan de la Cosa, que estaba al lado del Capitán, le manifestó de nuevo que era mejor volverse a los navíos por entonces, pues las hordas indígenas eran numerosísimas y los españoles un puñado de hombres; además, añadió el piloto, ya veía que para establecerse allí sería necesario tener mucha gente y librar combates diarios á indios que parecían los más feroces de aquellas tierras.

- Yo no tema á hombres desnudos, contestó Ojeda; además, he venido á cumplir las ordenes del Rey que manda qué en primer lugar se trate de domar á los naturales que más audacia y bravura manifiesten.

- Pero...

- ¡No insistáis Juan de la Cosa! exclamó Ojeda, inspirado ya por el genio de los combates, al notar que los naturales se acercaban en falange, como para arrollarle. Volved á los navíos, añadió, y confío en la protección del cielo y en la Santísima Virgen, cuya imagen llevo sobre mi pecho.

- Alonso, por última vez os repito que es loca vuestra temeridad... No tentéis á Dios!

- Juan de la Cosa, ya no sois joven, estas escenas no son para vos, dejadme!

- Ah! loco y ciego mozo! - exclamó el piloto dolorosamente,- ¿pensáis que temo la muerte por mi?... Adelante, pues... ataquémosles antes de que nos rodeen!

Alonso de Ojeda dio la orden de arremeter sobre el enemigo, y con el piloto que le seguía los pasos, se arrojó como un león con espada en mano sobre la turba de indígenas, los cuales creyendo al principio que los españoles vacilaban, no habían tenido tiempo de ajustar la flecha en el arco, y así les recibieron apenas con sus lanzas enristradas. Pero en breve aquella débil resistencia no tuvo efecto contra el hierro de los europeos, y aturdidos y atónitos ante el arrojo de un pañuelo de valientes, se declararon en derrota, casi sin haber combatido, dejando sobre el campo á sus muertos, pero llevándose los heridos.

Los españoles alcanzaron á hacer muchos prisioneros, que enviaron á los buques, y en seguida empezaron á examinar los cadáveres, sobre los cuales encontraron, alborozados, muchas planchas de oro, el que, aunque de inferior calidad, encendió la codicia de aquellos aventureros, y por ese motivo pidieron licencia de perseguir á los prófugos. Ojeda no solamente lo permitió, si no que quiso acompañar á sus soldados; pero antes de emprender la persecución mandó atar á dos de los prisioneros, y por medio de los intérpretes les dijo que los guiasen al sitio en donde deberían hallarse los derrotados, so pena de la vida si los traicionaban.

- ¿Qué hacéis ahora? preguntó el piloto.

- Lo veis? contestó el Capitán. - Me preparo para ir á traer mayor cantidad de aquel oro que tan fácilmente hemos ganado aquí.

- Escuchadme, Alonso... Si era cosa arrojada acometer á los indígenas en campo raso, es una verdadera demencia perseguirles hasta sus guaridas. ¿Qué más queréis? Por ahora los hemos vencido, y después de esta derrota tal vez no vuelvan tan pronto á molestarnos; aprovechémonos de ella para hacernos fuertes aquí, pero no los busquemos en el fondo de aquestos cerrados bosques.

- Repítoos, respondió Ojeda, que vuestros consejos son perdidos para mí por ahora, y aseguro que no estoy dispuesto á escuchar ni á Cristo que me mandara echar pie atrás!

- ¡Decís sacrilegios también! exclamó el piloto. Mal empezamos esta expedición, - añadió al ver que Ojeda, sin volverle á mirar, echaba á correr para alcanzar á los que iban yá adelante por entre los arcabucos y las arboledas que cerraban el horizonte como una espesa muralla de verdura.


II

Los rayos del sol de medio día quemaban como fuego, pero se respiraba un fresco delicioso bajo la sombra de los árboles. Todo callaba en la naturaleza, salvo tal cual chillido de los animales que se perseguían y se acometían en la espesura de la selva. Los españoles, que habían pasado la mañana, primero batallando con los indios y después persiguiéndolos - calzados con fuertes y pesadas botas - al través de las breñas y malezas de la montaña, se sentían fatigados y hambrientos, pues no habían pasado alimento ninguno aquel día; Detuviéronse algunos momentos para respirar, pero Ojeda, que era infatigable, había pasado adelante con los dos indios cautivos.

- Arriba, muchachos! gritó repentinamente al llegar á una ligera eminencia, volviéndose á los que habían quedado atrás, adelante; aquí está el enemigo!

Al decir esto, volvió caras, y desenvainó la espada, gritando: ¡Santiago! ¡Santiago, á ellos! Y desapareció detrás de los árboles, seguido impetuosamente por sus compañeros.

Al frente de la vereda se levantaba una fuerte palizada, á estilo de fortaleza, sirviendo de defensa á un caserío que detrás se veía, rodeado de montaña, pero limpios algunos trechos para dar campo á las sementeras de maíz y de yuca.

En la parte delantera de la palizada se habían situado los guerreros de la tribu, armados todos ellos con macanas, arcos y flechas, lanzas arrojadizas, y defendidos por escudos de madera tan dura como piedra.

Los salvajes dieron todos juntos un grito estridente, y cada cual descargó su arma, pero sin hacer mayor mal á los españoles, quienes sin vacilar les cayeron encima con tánto arrojo, sobre todo Ojeda, que se multiplicaba en el combate, causando espanto á los naturales, los que no pudiendo resistir huyeron todos juntos, menos ocho valientes. Estos entraron á la palizada de troncos y empezaron á disparar flechazos contra los españoles, con tánto tino y rapidez en sus tiros, que aquéllos no osaron acercarse al fortezuelo, y se detuvieron en su ímpetu.

- Que veo! exclamo Ojeda con la mirada ardiente, el cuello erguido, la espada elevada, y todo su aspecto tan animado y terrible, que más que hombre, parecía el ángel del exterminio. ¿Cómo, añadió, mirando á los soldados, por ventura temeríais y os arredrarían aquestos viles salvajes?

- Jamás! gritó un soldado castellano, joven que no alcanzaba á los veinte años, ¡jamás dirán que el hijo de mi padre tuvo miedo!

Y levantando la rodela en una mano, y llevando un sable en la otra, saltó por encima de los amontonados cadáveres de los indígenas que habían quedado muertos en el primer choque. Llegó al postigo de la palizada y empujó con tánta violencia los maderos, que cedieron los estantillos, y al caer éstos para adentro cayó el joven para atrás, atravesado el pecho con la flecha de uno de los indígenas, que le acechaba desde adentro.

- Maldición! gritó Ojeda al ver caer al valeroso joven, en tanto que los indígenas continuaban disparando sus flechas con grandísimo brío.

Viendo el capitán que todo el que se acercara á la palizada moriría, y aunque era fácil arrojarles y vencerles, como aquello no se podía hacer sin derramar la sangre de los suyos, resolvió triunfar de otra manera. Mientras que él fingía atacarlos por el frente, mandó que pasando calladamente por las malezas dos ó tres soldados se acercaran por la parte de atrás, prendiesen fuego á los estacones de madera y arrojaran paja ardiendo en medio de los combatientes. Así lo hicieron, y momentos después viéronse los denodados indígenas rodeados de llamas, que en breve rato consumieron completamente el edificio, junto con los heroicos guerreros, que prefirieron morir dentro más bien que rendirse á los odiados forasteros.

En tanto que Ojeda se empeñaba en vencer á los naturales de la palizada, sus compañeros habían tomado en el vecino caserío setenta indios cautivos, que atados á una collera fueron enviados á los navíos con un destacamento al mando de Francisco Pizarro.

Volvió entonces por tercera vez Juan de la Cosa á amonestar al Capitán aconsejándole que regresase, pues, llegaba la noche y no era prudente pernoctar en medio de las selvas repletas de indios bravos, y exasperados. Pero entonces menos caso le hizo Ojeda, - puesto que el botín en aquel caserío era abundante, - y tuvo noticia de que era todavía más rica otra aldea, residencia del cacique, situada en la tierra más adentro.

Al reflejo de los últimos rayos del sol llegaron los españoles á una pequeña eminencia desde donde descubrieron una población bastante grande, rodeada de anchos campos, esmeradamente cultivados, al lea que los naturales llamaban Yurbaco (hoy Turbaco), y que era la más importante de aquellos distritos. Aunque los españoles penetraron al pueblo con algún recelo, en breve conocieron que lo habían abandonado sus habitantes, llevándose sus mujeres, sus hijos y sus haberes, lo cual causo grande indignación á los compañeros de Ojeda.

Mientras que duró la luz del día el Capitán permitió que sus soldados se entretuviese en recorrer el pueblo, penetrar en las chozas y buscar en todas partes los restos de los tesoros de los indígenas. Aunque nada hallaron de particular, siempre alcanzaron á reunir suficientes provisiones para hacer de cenar, lo que necesitaban con urgencia, puesto que, como antes hemos dicho, poco ó nada habían comido en todo el día.

Sin embargo, al llegar la noche, el capitán mandó que su gente se reunirse en la plaza para pasarla allí, y hacerse fuertes en aquel sitio, por si acaso los indios se atrevieran á atacarlos. Pero los españoles no temían absolutamente el regreso de los indios con intenciones hostiles; los consideraban demasiado aterrorizados con los sucesos del día, ni suficientemente audaces para atacar á un enemigo que tántas muertes les había causado. Fiados en esto no obedecían voluntariamente á su jefe, y sin cesar se dispersaban de nuevo por la población. Ojeda permaneció vigilante y cuidadoso en la plaza: mandó que hicieran en ella grandes hogueras, y acababa de oírse el último toque de llamada, cuando, levantando los ojos, que tenía fijos en una hoguera, vio que la plaza estaba enteramente circundada de indígenas que habían llegado en silencio, arrastrándose por el suelo como culebras. Pero al verse ya en gran número, se habían puesto repentinamente en pie, y blandiendo sus armas amenazantes, sus feroces y diabólicas figuras parecían aún más fieras, iluminadas como estaban por las llamas de las hogueras.

Ojeda dio un grito de alarma, que aún no había acabado de resonar en el aire, cuando se levantó de entre las hordas indígenas un aullido tan terrible y pavoroso, que dejó fríos y de una pieza á todos los descuidados aventureros. Inmediatamente cada cual comprendió el peligro en que estaba, y trató de reunirse á los demás, pero estaban cercados por un muro humano de guerreros, que entablaron con ellos combates en que los míseros europeos, rodeados en la oscuridad por los salvajes, hicieron esfuerzos heroicos para atravesar por entre aquella nube de hombres desnudos. Inútiles eran las armas de hierro, ni podían hacer uso de las de fuego; con que hubieran atemorizado á los salvajes; vanas eran las rodelas, - puesto que estaban cercados completamente por todos lados, - lo único que podían hacer era descargar cuchillazos sobre los que tenían junto, y aunque mataban indios sin cesar, nada adelantaban, pues en el lugar de los que quedaban fuera de combate aparecían otros tántos á llenar el hueco de las filas.

Entretanto Ojeda, viendo lo ineficaz que sería acudir á sus compañeros dispersos, levantó mentalmente una oración á la Virgen, y con unos pocos españoles que tenía cerca, se encerró en un rancho que le quedaba á sus espaldas, pensando no en salvarse, pues lo creía imposible, sino en vender cara la vida. Apenas estuvieron dentro de la casa, cuando notaron que los salvajes, cual monos, se encaramaron en las tapias en contorno, estando éstas separadas del techo en su parte superior, y desde allí empezaron á disparar sobre ellos una nube de flechas. ¿Qué hacer? ¿Cómo defenderse? Algunos empezaron á buscar objetos tras de los cuales guarecerse, pero no hallaron nada, y tenían que atenerse á la sombra que les daban las rodelas.

A poco rato Ojeda empezó á notar que sus compañeros habían muerto uno á uno, atravesados por las flechas enemigas, y que solo el permanecía vivo e ileso. La situación era horrible: de rodillas en el suelo se cubría trabajosamente el cuerpo con la rodela, que le protegía bastante, gracias á lo exiguo de su estatura; pero como brillara la rodela á la luz, de las llamas de las hogueras que entraba por las grietas de la pared y de la puerta, los indios al son de una horrible algazara, llovían sobre él flechas y flechas, que caían como aguacero en torno suyo sin tocarle el cuerpo.

- Virgen Santísima! exclamó Ojeda á media voz, pero con fervoroso acento, - amparadme, Señera, y proteged á vuestro sirvo en este amargo trance! Juro, Señora, por mi salvación eterna, que si salgo con vida de este lugar, y puedo algún día volver á tierra de cristianos, - juro tomar el hábito franciscano para poderme dedicar en cuerpo y alma a vuestro santísimo culto.

Apenas hubo exhalado esta sentida plegaria, cuando oyó la voz de Juan de la Cosa que gritaba desde afuera:

- Alonso! Alonso de Ojeda! ¿en donde estáis?

- Aquí! gritó el interpelado incorporándose á riesgo de ser atravesado por las flechas de los indios.

Pero éstos habían dejado de acometerle á él, y parecían empeñados en reñir con los que se acercaban, y bajando de las paredes trabaron con ellos un reñidísimo combate en torno de la casa.

Empeñó entonces Ojeda todas sus fuerzas para violentar la puerta con tánto ímpetu, que aunque asegurada por dentro por los españoles y por fuera por los salvajes, se vino abajo dejando la salida libre. Arrojóse por allí nuestro Capitán, y fue á caer como una bomba en medio de sus generosos compañeros que habían ido á buscarle, y con aquel brazo poderoso, el combate tomo un aspecto más terrible y sangriento, muriendo en él indios sin número; pero éstos eran inagotables, y por uno que caía se levantaban muchos á reemplazarle, y los españoles iban perdiendo terreno, arrollados por el enemigo. Juan de la Cosa combatía bravamente, pero varias veces había sido herido con armas envenenadas, en breve sintió que sus fuerzas disminuían y que se embargaba el uso de su brazo: logró entonces, escapando á las miradas de los enemigos, hacerse á un lado, y seguido de tres ó cuatro compañeros más, refugiarse en una choza aislada, en donde pensó podría morir tranquilamente.

Como los salvajes en su furia habían puesto fuego al caserío, por si hubiese algún español oculto entre las casas, y pereciera allí, - todo el espacio estaba iluminado por una luz roja é intermitente que aumentaba el horror de la escena. La choza en que se refugió el piloto estaba, pues, alumbrada por aquel cárdeno resplandor, y así, temerosos de ser vistos, sus compañeros dejaron el asilo de las paredes y le abandonaron, salvo un pobre fraile que iba en la expedición en unión de otros que se habían quedado en los navíos. Viendo fray Andrés que todos los que salían de la choza caían en manos de los salvajes, y recordando, además, su ministerio á vista del buen piloto moribundo, resolvió permanecer á su lado y ayudarle en aquel trance supremo.

- Ah! exclamó Juan de la Cosa estremeciéndose y retorciendo los brazos con el dolor que le causaban las heridas envenenadas y que le producían violentas convulsiones. ¡ Si pudiera al menos morir como cristiano!...

- Aquí estoy yo, indigno siervo de Dios, exclamó el fraile hincándose á su lado. Juan, ved, yo os ofrezco mis servicios y consuelos.

- Ah! bendito seáis, fray Andrés! respondió el piloto tratando de incorporarse, pero no pudo, sino que cayó nuevamente largo á largo en el suelo.

- ¿Queréis confesarme vuestros pecados?

- No alcanzo... pero oídme... me arrepiento, dijo con debilitada voz, y pido humildemente perdón á Dios, Nuestro Señor, de todos mis pecados, que son muchos, muchísimos...

Y el piloto se trataba de golpear el pecho sin poderlo lograr, y en su angustia gemía dolorosamente.

- ¡ La misericordia de Dios es superior á todo! - repuso el fraile, y alzando las manos con fervorosa oración lo absolvió en nombre del que perdona al arrepentido.

La escena era imponente: la luz del incendio iluminaba con rojos resplandores la noble y ya cárdena frente del piloto, que recibía los consuelos de la Religión con profundo reconocimiento y veneración: á su lado se inclinaba la cabeza tonsurada del fraile, y á lo lejos se oían los gritos rabiosos de los indios, los golpes de las armas, los ayes de los moribundos, las imprecaciones de los que aún vivían y el traquido del incendio que devoraba una parte de la población.

Después de un síncope el piloto volvió en sí, y viendo todavía allí al fraile, le dijo balbuciendo:

- Salvaos, padre!... romped aquella pared é idos al monte que está cerca... Pero antes escuchad mi última súplica... Dios debe de haber salvado la vida de Ojeda; buscadle... y decidle... de mi parte... que he muerto, pero que hasta mi último suspiro su memoria...

Pero antes de concluir su frase se le agotaron enteramente las fuerzas, y dejando caer la cabeza exhaló el postrer suspiro.

Cerróle los ojos el buen fraile, y postrándose oró, encomendando á Dios el alma del piloto, é invocando para sí la protección divina. En seguida quiso obedecer el consejo de Juan de la Cosa. Fácilmente hizo un agujero en la débil tapia de la choza, y salió por él sin ser notado por sus enemigos; merced á la oscuridad que reinaba por aquel lado del pueblo, logró meterse al bosque y en breves instantes desapareció entre la maleza tomando instintivamente la vereda que conducía al mar.

Corría como un loco el mísero fraile por aquel camino, no porque le conociese sino como por inspiración, y el haber acertado con la vía lo tuvo después á milagro de su santo patrón, á quien no había cesado de invocar en aquella fuga. A cada momento esperaba encontrar otros españoles compañeros suyos que hubiesen podido salvarse como él y que tomaran el camino del mar. Pero cuando pasó la noche, llegó la aurora, lució la luz del sol y la senda que seguía al través de la montaña continuaba solitaria, el pobre fraile se convenció de que sólo él se había salvado. Más y más lleno de sobresalto y asombro al notar el silencio que prevalecía en todas partes, apuró el paso, traspuso el bosque, y por último, fatigado y medio muerto, llegó á la orilla del mar, sin haber encontrado la menor señal de sus compañeros de desgracia. Viéronle desde los navíos los que habían quedado en ellos, y recogiéndole exánime en un bote, le llevaron á bordo, en donde refirió lo que había sucedido.

A pesar de la lamentable historia que contaba el acongojado fraile, los compañeros de Ojeda no perdieron la esperanza de que otros más se hubiesen salvado de aquel desastre. Por lo menos, decían, el Capitán debe haber logrado salir de entre las manos de los indios, pues conocían su agilidad, su denuedo y grandísima resistencia. Esta idea la confirmó el derrotado al decir que estando con Juan de la Cosa en la choza en que éste murió, creyó notar que Ojeda se había desprendido de en medio de una turba de indios, y dando saltos había huído á lo lejos. Así, buscáronle en la senda que conducía al pueblo quemado, pero sin atreverse á intentar mucho, pues ya habían cobrado miedo á los indígenas, los que, probablemente, los acecharían en los alrededores. No solamente se afligían los españoles con motivo de la pérdida de los setenta soldados mejores de la expedición, sino que con ese motivo carecían de suficientes armas para atacar á los enemigos con provecho.

Pasóse el día y no volvía ninguno de los compañeros de Ojeda, ni éste daba señal de vida. Al otro día visitaron por tierra el contorno de la bahía, subieron al inmediato cerro (hoy de la Popa), que entonces estaba cubierto de monte espeso, y perdiendo la esperanza de hallarle en tierra se embarcaron en los botes y se pusieron á reconocer los manglares de las Orillas del mar, dando gritos, tiros, y tocando cornetas para orientar á los que acaso estuviesen perdidos en los bosques. Pero todo aquello fue en vano, y lo único que vieron al tercer día fue una turba de salvajes que parecían burlarse de ellos y manifestar su triunfo danzando y haciendo fantásticas muecas en la playa, y dando gritos y aullidos que más parecían obra de chacales y animales feroces que de hombres racionales.

Afligidos, consternados, careciendo de jefes, puesto que creían que Ojeda y el piloto habían perecido en la malhadada expedición, los españoles se decidieron á abandonar aquella costa de mal agüero, y volver á Santo Domingo á dar parte de la desgracia ocurrida. Dieron, pues, la orden de levar las anclas, iban á proceder á ello, cuando Francisco Pizarro pidió que le concediesen una hora de ausencia, durante la cual iría con tres ó cuatro compañeros á visitar un agrupado manglar, en un rincón de la bahía, que le parecía no habían examinado detenidamente, y en donde creyó ver un punto que parecía moverse sobre los troncos y raíces de los árboles sumergidos.


III

Inmediatamente se ofrecieron acompañarle varios soldados y oficiales y también fray Andrés, los que, tomando un bote, remaron hacia el sitio indicado, en donde, á medida que se acercaban, vieron un bulto vestido á la española, postrado entre los troncos y al parecer sin vida. " Llegaron, dice Bartolomé de Las Casas | 1 á donde había, junto al agua del mar, unos manglares, que son árboles que siempre nacen, crecen y permanecen dentro del agua de la mar, con grandes raíces, asidas y enmarañadas unas con otras, y allí metido y escondido hallaron á Alonso de Ojeda, con su espada en la mano y la rodela en las espalda y en ella sobre trescientas señales de flechazos. Estaba decaído de hambre y no podía echar de sí el habla y si no fuera tan robusto, aunque chico de cuerpo, fuera muerto."

Al grito de alegría que dieron sus compañeros al reconocerle, Ojeda trató de moverse y de hablar, pero no pudo. Viéndole en aquel estado, casi moribundo, con las ropas pegadas á las carnes, tiritando á pesar del calor de la temperatura, y yerto como un cadáver, envolviéronle en unas mantas que en el bote había y lleváronle á la tierra más cercana, en donde hicieron de prisa una hoguera para calentarle y después de haberle hecho tragar algunas gotas de licor, enviaron por alimentos al navío más inmediato, y con estos cuidados al fin lograron volverle enteramente á la vida. Cuando hubo recobrado el conocimiento y el habla, en lo primero que pensó fue en los compañeros que le habían seguido á Yurbaco, preguntando si se habían salvado algunos.

- Solamente yo, Capitán, volví vivo, respondió fray Andrés.

- ¿Vos no más? exclamó Ojeda con dolor.

Refirióle en pocas palabras fray Andrés todo lo Sucedido y cómo había presenciado la muerte del buen piloto.

- Ah! dijo Ojeda tristemente, sin duda mi desgraciado amigo moriría maldiciéndome... Yo sabía que había muerto, pero me afligía sobre todo que en sus últimos momentos me hubiese odiado.

- No fue así, - contesto el fraile, - al contrario, murió como un santo, y en lugar de maldeciros pensó en vos con cariño.

- Sin embargo, yo no merecía ese cariño! exclamó Ojeda poniendo la cara entre las manos y derramando lágrimas de desesperación y arrepentimiento, al pensar que su loca temeridad había causado la muerte de tántos denodados españoles que confiaron en él.

Para distraerle y volverle en sí, Francisco Pizarro le pidió que le refiriera cómo logró salvarse y de qué manera había llegado hasta allí en tan triste Situación.

- El padre Andrés os habrá referido cómo fuimos arrollados, contestó dando un suspiro, y cómo los indios, que considerábamos vencidos y huyendo, nos atacaron cuando más descuidados estábamos...

- Sí, contestó Pizarro, y aun nos dijo que la última v que os vio fue en medio de un grupo de salvajes, del cual os separasteis repentinamente saltando por encima de montones de cadáveres.

- Así sucedió, - repuso Ojeda. Una vez que vi retirarse al buen piloto á la sombra de un rancho, herido y medio muerto, después de haberme salvado la vida, me encontré solo en medio de centenares de indígenas, los que parecían brotar de la tierra en torno mío, y hasta las mujeres me atacaban con mayor arrojo y valor que los hombres...

- Cierto, exclamó fray Andrés, - vi á una que, situada en la parte alta del pueblo, disparaba incesantemente flechazos que sacaba de su carcaj, matando ella sola á ocho españoles uno tras otro, sin perder flechazo | 2 ... Pero proseguid, Capitán, y perdonad que os interrumpiera.

- Como os decía, continuó Ojeda, después de haberme defendido con mi espada y rodela no sé cuánto tiempo, al fin los indios temían acometerme, pues habían visto que todo el que se me acercaba moría; así, tuve algunos momentos de respiro, los cuales aproveché para huír. Persiguiéronme; pero yo les llevaba la delantera, saltando como un loco por encima de los muertos y heridos, de las candeladas y los ranchos caídos, dirigiendo mi fuga si embargo hacia la parte más oscura del pueblo. Al fin me hallé al borde del bosque; oyendo que me seguían los indios, metíme entre los árboles y supe eludirlos á pesar de que llegaba á mis oídos el ruido de los gritos y aullidos de los salvajes... Aquí caía, allí levantaba, acullá me golpeaba contra el tronco de un árbol, más lejos me espinaba y hería, varias veces resbalé y caí entre los hoyos... Al fin fuéronse debilitando las voces de los indios y parece que perdieron enteramente la pista de mis pasos. Extenuado y medio muerto de fatiga, una vez que me convencí que estaba solo en medio de la selva, me dejé caer al suelo y respiré. Sentí entonces todo el peso de mi desesperación y remordimiento al pensar en el horrible éxito de mi malhadada expedición. Dolíame en el alma la muerte de mis valientes soldados, y entre todos lamentaba la pérdida de Juan de la Cosa, mi mejor amigo, mi consejero y protector... Y yo había sido la causa de todo esto, y tamaño desastre era culpa mía! ¿Cómo volver á los navíos dejando en manos de los salvajes á mis compañeros? Quise entonces volver al incendiado caserío para que aquellos bárbaros me inmolasen también, y levantándome empecé á retroceder á toda carrera. Volvía, pues, hacia el punto en donde oía los gritos lejanos de los indios que seguramente se vengaban en los cadáveres de los españoles las derrotas sufridas aquella mañana, y á medida que estos clamores se hacían más cercanos reflexionaba que con mi muerte la expedición se quedaba sin jefe, y además me acordé que aquella noche yo había hecho un solemne voto á la Virgen, que debería cumplir, y puesto que la Santísima Madre me había salvado la vida cuando yo juraba consagrarme á su servicio, era preciso no desmayar en mi empresa. Pero al mismo tiempo, aunque ya no pretendía entregarme á los indios, resolví ir á buscar á Juan de la Cosa, quien quizás no habría muerto y que era posible estuviese solo, abandonado y cubierto de heridas, en la choza á la que yo le vi retirarse en medio de la pelea. Dirigíme cautelosamente y entré en el pueblo sin ser visto. El incendio había cesado y los indios se ocupaban en buscar los muertos entre los escombros; otros danzaban en torno de las hogueras con diabólicas muecas, en tanto que las mujeres lloraban ruidosamente sobre los cadáveres de su parientes. Con facilidad hallé el rancho que buscaba, pues estaba apartado de los demás, entrándome á él por una brecha que había en la pared de atrás...

- Esa fue la que yo abrí para huír, dijo el fraile.

- En medio del rancho, continuó Ojeda, vi el yerto cadáver del generoso piloto, iluminado por los últimos fulgores de las hogueras que empezaban á apagarse... Sólo Dios puede medir, amigos míos, lo que sentí entonces... No ignoráis que soy poco blando de corazón, pero os aseguro que en aquel momento me convertí en débil mujer, y sentándome en el suelo junto al que fue mi mejor amigo, lloré como hembra miserable, ya que no había podido como hombre ampararle é impedir que le matasen...

Sumamente conmovido Ojeda guardó silencio algunos momentos, y tanto él como los que le escuchaban tenían los ojos húmedos, á pesar de su vida aventurera y endurecida, pues no hay ser humano que sea enteramente incapaz de enternecerse alguna vez.

- No sé cuánto duraría en ese lugar, repuso Alonso, pero en aquel momento oí el el ruido de pasos y voces que se acercaban. Instintivamente me incorporé, y casi sin saber lo que hacía, me deslicé por la misma brecha que me había dado entrada y me metí al monte con tánta precipitación que no pensé en orientarme.

Después de haber vagado algún tiempo por la selva, la fatiga me rindió de tal suerte que, á pesar de las escenas que había presenciados me dejé caer al pie de un árbol, sin poder dar un paso más, y me quedé profundamente dormido. Cuando desperté estaba el sol brillando sobre mí y me encontraba en un sitio enteramente silvestre, rodeado de rocas, precipicios, breñas y enmarañado bosque. Una sed ardiente me devoraba, lo cual me obligó á levantarme del sitio en que me había tendido, y púseme á buscar agua por todas partes, pero en vano esta maldita tierra no posee una fuente, ni el más pequeño torrente de agua potable. Eché á andar con dirección al mar, según pensaba, pero sufría horriblemente con las picaduras de los mosquitos y otros insectos ponzoñosos que se habían apoderado de mi cuerpo mientras dormía. Así pasé horas y horas, y no hallaba otra cosa que no fuera tal cual charco de agua corrompida, ni más alimento que el que me ofrecían algunas frutillas, de las que unas me hincharon la lengua y otras me producían ansias y fatigas, pues sin duda serían venenosas. No podía orientarme ni me acordaba de la dirección que debería de tomar para volver al mar, y así anduve errante el resto de aquel día, hasta que llegó la noche con sus sufrimientos, el peligro de los animales, la atormentadora sed y el hambre que me devoraba. Después de dos días con sus noches, cuyo loco martirio fácilmente comprenderéis, esta mañana al fin llegué á la vista del mar... Estaba tan desfallecido que sólo arrastrándome pude llegar á aquellos manglares, con intención de echarme á nado y pasar á los navíos. Pero contaba con fuerzas que ya no tenía, y al tratar de subir á las raíces de los árboles perdí el conocimiento durante largo rato sin duda. Cuando volví en mí, noté que se hacían en lo navíos preparativos de marcha traté de gritar y pedir socorro, pero no pude articular ningún sonido: mi angustia fue tál que volví á desmayarme y no recobré mis sentidos hasta no verme entre vosotros...


IV

Conversaba aún el Capitán y los otros le escuchaban con la mayor atención, cuando notaron todos que entraba á la bahía un hermoso navío seguido de otro y otro, era una flota entera; ésta, comprendieron que debería ser la de Nicuesa.

- Si Nicuesa descubre lo que ha sucedido, exclamó Ojeda palideciendo, no hay duda que se aprovechará de ello para quitarme los soldados que me restan y aun cautivarme, si se le antoja.

- ¿Qué debernos hacer, Capitán? preguntó Pizarro, á quien ya Ojeda había nombrado su teniente general, en reemplazo de Juan de la Cosa.

- Dejadme oculto en este lugar, respondió, en tanto que vos, con los que están aquí, iréis á conferenciar con Nicuesa, y después de referir algo de lo ocurrido, ocultaréis que me habéis hallado. Si acaso se puede, antes de que cierre la noche, venid á llevarme á una de nuestras carabelas, sin que lo noten los recién venidos, ó si no, dejadme aquí hasta mañana.

Obedecióle Pizarro, y pasó á saludar á Nicuesa. Refirióle la desgracia ocurrida y la desaparición del Capitán.

- ¿Qué me decís, Pizarro? exclamó Nicuesa interrumpiéndole. ¡Cómo! vosotros os estáis aquí parlando conmigo é inactivos en tanto que vuestro jefe ha desaparecido, y no me invitáis á que os ayude á buscarle hasta que parezca, vivo ó muerto?

- ¿Y si lo hallarais vos, D. Diego, respondió Pizarro, no os aprovecharíais de su triste situación para vengaros de las injurias recibidas por vos en Santo Domingo?

- ¡Vive Dios! contestó el caballeroso D. Diego, que en verdad sois bien atrevido al hacerme semejante pregunta, Pizarro! ¿Por quién me tomáis? Os aseguro, Francisco, que si no fuerais vos amigo mío y antiguo conocido, os haría saber con la punta de mi espada si soy bien nacido é hidalgo, ó pérfido y malsín como lo insinuáis.

- Decía esto, repuso Pizarro, porque si vuestras intenciones no hubieran sido buenas...

- Pese á tal! Pizarro, que me importunáis por cierto con vuestras dudas! interrumpióle Nicuesa, y según adivino por vuestras palabras, vos por lo menos conocéis el paradero de Ojeda... Hablad claro...

- Pero, señor...

- Escuchad, Pizarro: juro sobre mi honor que no solamente olvidaré los disgustos que hemos tenido Ojeda y yo, sino que desde hoy en adelante le ofreceré mi amistad, y aun más, quiero que encuentre en mí no solamente un amigo en estas circunstancias, sino un hermano de corazón.

- ¡Aguardad aquí un momento! exclamó Pizarro, lanzándose en su lancha, tengo de consultar estas cosas antes de haceros revelación alguna.

Dirigióse Pizarro al sitio en que había dejado á Ojeda, y le dio parte de los hidalgos ofrecimientos de su antiguo rival. Avergonzado Ojeda de la duda que tuvo acerca de la conducta de Nicuesa, se embarcó al momento con Pizarro y pasó al navío de Nicuesa, quien le recibió con las más sinceras manifestaciones de afecto. Concertaron entonces ambos la manera de castigar á los salvajes, y al día siguiente los dos gobernadores saltaron á tierra, á la cabeza de cuatrocientos hombres, perfectamente armados y equipados.

Además de la tropa de infantería, los expedicionarios llevaron algunos caballos, más para infundir temor á los indígenas (que tenían invencible horror á esos animales) que por lo que pudieran servir en aquellas veredas montañosas.

La playa estaba silenciosa y al parecer abandonada. Indudablemente los salvajes pensaron que habían causado suficiente terror á los españoles con la matanza de Yurbaco, y que jamás se atreverían á atacarlos en la tierra adentro.

Siguiendo esta vez los consejos de la experiencia, los españoles aguardaron á que oscureciera para ponerse en marcha en busca de los enemigos, de manera que no llegaron á las inmediaciones de Yurbaco sino á media noche.

El cielo estaba cubierto de estrellas y la tierra silenciosa: todos los indios se habían entregado al sueño aquella noche, después de haber pasado todas las anteriores en vela, aguardando á ser atacados por los enemigos, hasta que llegaron á persuadirse de que en realidad les habían cobrado miedo y los dejarían tranquilos.

Al acercarse al pueblo con la mayor cautela, los españoles oyeron que los loros que moraban en el vecino monte, así como los que tenían domesticados los indígenas por centenares, empezaron á dar gritos y manifestarse alarmados. Sin embargo, los salvajes no comprendieron su peligro hasta que no se vieron rodeados de llamas, sofocados por el humo y amenazados por hombres cubiertos de luciente acero, y llevando muchos de ellos bajo de sí esos animales que les causaban grandísimo pánico, porque los consideraban  más sanguinarios y terribles que sus amos: hablo de los caballos.

Los españoles rodearon completamente el caserío, y pusiéronle fuego á todas las casas que habían quedado en pie después del anterior incendio. Tenían orden de los jefes de no tomar ningún prisionero, dejar que se ardieran todos, y matar á cuanto hombre, mujer ó niño tratara de salvarse, pues querían vengar de una manera ejemplar y terrible la muerte del piloto y de sus compañeros.

La noche fue espantosa por cierto: pasáronla los españoles toda íntegra, hasta que amaneció, asesinando á aquellos desgraciados, cuyo delito había sido defender heroicamente su patria contra los feroces invasores. Así fue que los rayos del sol alumbraron una escena de ruina y desolación imposible de describir...

En medio de los calcinados cadáveres y los escombros, veíanse vagar como cuervos á los españoles en busca del botín, arrancando de los cuerpos de los indígenas las planchas de oro que llevaban, y removiendo las cenizas de las casas con gritos de feroz alegría y bárbaro contento.

Sin embargo, no todos se ocupa en esta obra de rapiña y entre otros Alonso de Ojeda y su nuevo amigo, el capitán Nicuesa, pensaban antes que todo en buscar los cuerpos de los españoles muertos días antes para darles decente sepultura. Pero en vano los buscaban: nunca se supo qué había sido de los cuerpos de los setenta españoles muertos en aquella jornada, sólo el de Juan de la Cosa fue hallado por su amigo Ojeda.

Recorría éste los alrededores del pueblo, cuando dio una voz de dolorosa sorpresa llamando á sus compañeros. Acorrieron los que estaban más cercanos y encontraron al Capitán hincado al pie de un árbol mirando con espanto el disfigurado cadáver del piloto que habían atado los indios á un tronco, no se sabe con qué intención: presentábase á la vista de los habían sido sus compañeros, desnudo, hinchado, corrompido ya y cubierto de asquerosos insectos... Fue tál la impresión que produjo aquel espectáculo en los soldados, que una vez que le hubieron enterrado lo mejor posible, y rezado sobre él las oraciones del caso, todos á una pidieron licencia para volverse prontamente á los navíos, pues esta tierra les horrorizaba, y aseguraban que preferirían morirse de hambre en otra parte, más bien que hacerse ricos entre aquellos salvajes.

Volvieron, pues, á la bahía con el botín, el cual había sido tan considerable que, después de apartar lo que le correspondía á la corona, tocó á los compañeros de Nicuesa nada menos que 7,000 castellanos de oro.

Una vez vengado Juan de la Cosa y demás compañeros, Nicuesa quiso continuar su viaje de descubrimiento á Nicaragua, en donde pensaba fundar su primera fortaleza, y despidiéndose amistosamente de Alonso de Ojeda, se hizo á la vela inmediatamente.

Nuestro héroe permaneció algunos días más en la funesta bahía de Cartagena, rehaciéndose y arreglando su tropa, y en seguida él también se alejo, en busca del golfo de Urabá, en donde Juan de la Cosa le había aconsejado que fundase su primera colonia, por ser aquella la sierra más rica y los indios al parecer menos feroces.

 

1 Citado por W. Irving, cuya narración hemos seguido en toda esta parte de la vida de Ojeda.
2 Ocáriz. |Genealogías de Nueva Granada.

 

 

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