INDICE




CUADRO VIII-1509

Alonso de Ojeda y Diego de Nicuesa



I

Habían pasado siete años desde aquel en que vimos por última vez á nuestro héroe arribar cautivo, triste y abandonado por la fortuna, á la isla Española.

Hacía cinco años que había muerto la protectora de los desgraciados indios: la Reina Isabel, - los cuales quedaron entregados al brazo de Fernando, quien los consideraba sólo como instrumentos propios de lograr riquezas y poderío. Bajo un régimen inhumano y bárbaro hasta la inverosimilitud, los naturales de las Antillas perecieron año por año á millares, - á pesar de que es preciso confesar que las comunidades de los religiosos franciscanos y dominicos trabajaban sin cesar para inspirar á los conquistadores caridad y conmiseración con los vencidos indígenas.

Muerto Cristóbal Colón, al fin su hijo D. Diego, merced á influencias cortesanas obtuvo el virreinato de las colonias descubiertas por su padre, empleo tan solemnemente prometido al descubridor por las Reyes Católicos, para él y para sus descendientes. Hacía apenas tres ó cuatro meses que el nuevo Virrey había tomado posesión de Santo Domingo cuando reanudámos nuestra intermitente historia.

Era por cierto extraordinario el progreso extraordinario el progreso que se encontraba en la Española, tanto en la capital como en las demás villas y aldeas fundadas por los españoles á costa de la sangre indígena. Como antes hemos dicho, la ciudad llamada por Colón Isabela fue á poco abandonada, por reconocerse que aquel clima no era propio para habitarse, y fundaron una ciudad en mejor paraje, que se llamó Santo Domingo, y más lejos de la costa levantaron otra población, que prospero rápidamente, llamada La Concepción.

Desengañados los españoles de la inutilidad de trabajar las minas de oro de la Española, que eran muy pobres y escasas de mineral, habíanse dedicado al cultivo de la caña de azúcar, cuyo provecho era mayor que el laboreo de las agotadas minas. La fama de la riqueza que se podía alcanzar en poco tiempo en el Nuevo Mundo, produjo en España, entre todas las clases de la sociedad, un deseo loco de pasar á las Indias, y era tan excesiva la emigración, que notábase ya en Sevilla y en otras poblaciones de la Andalucía, una gran diferencia en el número de sus habitantes. Vástagos de nobles familias como las de Mendoza, Manrique, Guzmán, Bazán, Agüero, Villoria, Lebrón, etc., abandonaron sus lares para formar en Haití una rica, culta y elegante sociedad. En ella veíanse letrados (como el cronista Oviedo, antiguo paje del príncipe de Asturias), poetas, hombres importantes y pensadores, claros talentos y ricos hombres que abandonaron con gusto su patria para establecerse en aquella tierra nueva y privilegiada por la naturaleza. Como estas gentes llevaban adondequiera sus hábitos de magnificencia y costumbres de lujo y boato, emigraron en su compañía los artesanos y artífices que fabricaban lo que ellos necesitaban; así con facilidad levantáronse ostentosos templos y hermosísimas mansiones, adornadas con primor por los escultores y pintores que llevaban en su séquito los nobles emigrados. Además, no pasaron el Océano solos, sino que con ellos iban sus familias, acompañadas por los lacayos, doncellas y sirvientas que tenían en sus moradas de España.

Por supuesto que no se componía la colonia solamente de gente de clara alcurnia y de artífices honrados y personas útiles á la sociedad, al contrario, éstos siempre formaban la minoría, y había natural mente mayor número de aventureros, vagamundos, gentes de mala ley y caballeros de industria que iban á buscar fortuna de cualquiera manera, ó á ocultar bajo un nombre supuesto los crímenes que habían cometido en Europa. De aquí resultó que se hacían cada día más comunes los pleitos, asesinatos y toda clase de delitos en aquella heterogénea población, compuesta de tántos elementos diferentes, que era imposible amalgamar y confundir, sin producir choques violentos y peligrosos para la gente tranquila y trabajadora.

Entre los que daban más que hacer al gobierno de la isla encontrábanse algunos aventureros que podrían en primera ocasión convertirse en campeones del bién ó del mal, pues sus buenas ó malas cualidades estaban en embrión. Muchos de éstos habían pasado al Nuevo Mundo en busca de aquella necesidad de agitación que se notaba en todo hombre de ánimo de ese siglo, en el cual se vivía en medio de los peligros y se buscaban siempre la más violentas impresiones: los unos habían pasado á Indias en pos del oro, las riquezas y la gloria; los otros, merced á la atracción del peligro y de las aventaras arriesgadas por mar y por tierra; en fin, todos eran hombres audaces, de propósitos inquebrantables, indiferentes al hambre y á la sed, á las hordas de indios salvajes, al veneno de las armas de éstos, á la picadura de los reptiles ponzoñosos y aun á la muerte; todos tenían opiniones exageradas y violentas, y en sus pasiones presentaban una extraña mezcla de crueldad, abnegación, insolencia, nobleza, superstición y tierna devoción, loco orgullo y humildad, mansedumbre é instintos sanguinarios, arranques de soberbia y de rendimiento, de profundo amor y de odios recónditos... en resumen, eran modelos de exaltación, capaces no solamente de la acción más grande y heroica sino también de la más pérfida é infame.

Entre las personas de valer que pasaron á Indias, distinguíase mi licenciado llamado Bartolomé de Las Casas, sevillano, de origen francés, quien se estableció en la Española en 1502. En breve se fatigó de la vida de colono, contraria á sus instintos y estudios literarios; y habiéndole cobrado grandísimo cariño á los indios, quiso dedicarse á aliviar la suerte de aquellos desgraciados, para lo cual deseaba ordenarse de sacerdote. Pidió, pues, y obtuvo licencia de la curia romana para ordenarse en la Española sin tener que pasar á España, como otros lo habían hecho. Así, aquella ceremonia, la primera que tenía lugar en Indias, se anunció con gran solemnidad y pompa. El padrino de la consagración era nada menos que el nuevo Virrey, D. Diego Colón, quien dispuso con este motivo unas fiestas muy lucidas, á las que concurrió casi toda la población española de la isla, quedando á cargo del joven Virrey y de su esposa los festejos y banquetes usados en aquellos casos.

Era D. Diego Colón un mozo de noble porte, de elevarla estatura, de agradables modales y espíritu justo y sensato: prendas personales que le habrían dado suficiente brillo, si sobre su cabeza de veintiocho años no pesara la gloria de su padre que ofuscaba la suya propia. Su esposa, D.ª María de Toledo, era sobrina de D. Fadrique de Toledo, duque de Alba y favorito del Rey, y por consiguiente noble y elegante dama de la corte española.

Después de la ceremonia religiosa empezaron las suntuosas fiestas, días antes anunciadas, en las cuales se lucieron los caballeros en los torneos, sortijas, cañas, carreras de caballos y toros. Entre los que llamaron la atención por su noble apostura, despejo y destreza en todos aquellos juegos, notábanse particularmente  varios jóvenes que después se. hicieron célebres en la historia de América, como Hernán Cortés, Vasco Núñez de Balboa, nuestro Alonso de Ojeda, Diego de Nicuesa, etc. Todos ellos manejaban las armas con sorprendente destreza, y nadie les aventajaba en el arte de dirigir un caballo, hacerle el lance á un toro, ensartar al vuelo una sortija, tirar al blanco y ejecutar otros ejercicios de agilidad.

Sin embargo, entre todos, Diego de Nicuesa y Alonso de Ojeda se llevaban generalmente la palma; siempre rivales é igualmente diestros y triunfantes. Nicuesa era de hidalga cuna, y había pasado su niñez en la casa de D. Enrique Enríquez, tío del Rey. Era, como Ojeda, pequeño de cuerpo, elegante, cortesano, tocador de viola y trovador; montaba en aquellas fiestas, de preferencia, una yegua mora andaluza, que sabía bailar á las mil maravillas, llevando el compás de la guitarra que tocaba su amo. Era de verse la soltura y agilidad airosa de aquel animal que parecía comprender la admiración que causaba á cuantos la contemplaban, -aunque para decir verdad los ojos de las damas y las doncellas más se fijaban en la galanura y garbo del jinete, que en el donaire y gracia de la yegua.


II

Pero antes de continuar nuestra relación, preciso será que volvamos atrás para decir lo que le había sucedido á nuestro héroe en los pasados años.

Como vimos al fin del cuadro anterior, los confederados Vergara y Ocampo llegaron á la Española, y entregaron al Gobernador de la isla á su prisionero para que se le siguiera causa por los cargos que le hacían, presentando para ello las pruebas que se les antojó. Entre los confederados, dueños del oro que encerraba el arca de la disputa, y el hombre preso y abatido por la suerte, los jueces naturalmente se inclinaron á favor de los triunfantes. Ojeda, pues, se vio vencido, vejado y expropiado de cuanto poseía, mientras que sus enemigos se embarcaban en vía para España á dar cuenta á su gusto de los acontecimientos de Bahía Honda. Este contratiempo, que le dejaba en la miseria é impedía volver á su patria, no quitó el ánimo á nuestro héroe. Apenas se vio fuera de la cárcel entabló pleito contra sus acusadores, apeló á los soberanos y pidió protección á Fonseca. Al cabo de algún tiempo se recibió la orden en la Española de que le fueran devueltas sus ganancias en la anterior expedición, y que se declarase públicamente que su honor quedaba sin mancha.

Desgraciadamente cuando llegó aquella restitución, Ojeda había contraído tántas deudas que á pesar de lo que le fue devuelto, su bolsa, al cabo de tres años de litigio, estaba tan limpia como cuando llegó á la isla, - pero le quedaba el consuelo de que se había salvado su reputación.

Después de mil calamidades y estrecheces, Ojeda logró adquirir una suma suficiente para poder regresar á España, y preparaba su viaje cuando recibió una carta de su madre, la cual le arrancó de raíz todas sus esperanzas y afligió sobremanera. Le decía D.ª Ana (por medio del Cura de su parroquia que escribía en su nombre) que pocos días antes había tenido la honra de ser invitada á Madrid por Maria, la niña que ella había criado, quien regresó de Inglaterra para tomar el velo, cuya ceremonia ella presenció. Aseguraba D.ª Ana que su antigua pupila había profesado con el mayor fervor y desprendimiento del mundo. Referíale que el acto resultó muy suntuoso, asistiendo á él el Rey D. Fernando y su nueva esposa D. Germana de Foix, quienes ofrendaron ricos presentes y obsequios valiosos al monasterio. Por último le decía que por especial favor la habían permitido entrar á la portería del convento y recibir un abrazo de la nueva profesa, que ésta llevándola aparte la dijo que deseaba le hiciera saber á su hijo Alonso, que profesaba con entera voluntad y creía firmemente que el estado que tomaba era el único que conducía á la dicha eterna; añadiendo que aunque era cierto que durante largos años había batallado á brazo partido con las tentaciones del mundo, al fin Nuestro Señor Jesucristo venció en su corazón y estaba tranquila y feliz á la sombra de la Cruz, único signo que salvaba de todas las desgracias y desengaños de esta vida miserable. Tan buena y sosegada le había parecido á D.ª Ana, vista de cerca la vida de los claustros, que se decidía ella también á seguir el ejemplo de María. Para ello había vendido lo que le tocaba de herencia para retirarse con su dote á un convento de Cuenca, en donde acabaría su existencia sin zozobras ni cuidados, ocupada en la salvación de su alma y en rezar por su hijo.

La lectura de aquella carta rasgó el corazón del duro aventurero y le hizo trizas, sufriendo tánto al ver por tierra todas las ilusiones de su vida que pensó seriamente en seguir el ejemplo de María y de su madre y hacerse fraile (en este siglo de incredulidad hubiera pensado darse un tiro). Resolvió repentinamente en aquel momento asilarse en el primer monasterio que hallase á su paso, pero antes de tomar esta resolución era preciso avisar al capitán del buque (en que tenía ajustado su pasaje á España) que desistía del viaje.

Momentos después caminaba Ojeda por la ardiente calle de Santo Domingo, con el sombrero calado hasta los ojos, y sufriendo indecibles torturas, tambaleaba como un ebrio sin saber casi la dirección que tomaba, cuando fue á golpearse contra otro hombre que iba en sentido inverso y que le devolvió el golpe con una sonora imprecación.

Volvió en sí nuestro héroe, y levantando los ojos al sonido de la voz del ofendido, reconoció á su antiguo amigo el piloto Juan de la Cosa. Este, viéndole tan desconcertado y triste le llevó á su posada, y con tierna solicitud le obligó á referirle su vida y trabajos desde que se habían separado años antes. Concluyó Ojeda su relación por confesarle la intención que tenía de hacerse fraile, y así acabar con una existencia tan repleta de  desengaños y contratiempos, siquiera alabando á Dios y rescatando sus pecados y faltas con una vida ejemplar.

- ¡Vive Dios que no será así, Alonso! exclamó el piloto y me habéis de acompañar en los viajes que pienso hacer por estos mares, y entre los dos nos hemos de hacer famosos por nuestros descubrimientos y aventuras.

- Dejadme, Juan de la Cosa, respondióle Ojeda con desaliento, dejadme buscar la paz en un claustro que Dios lo debe querer así, puesto que hasta ahora nunca me ha concedido uno solo de mis deseos, - veamos si yo nací para fraile.

- Para fraile vos, Ojeda! esa sería una profanación del hábito.

- De los arrepentidos se vale Dios.

- Pero vos nacisteis para soldado y no para monje.

- "Fraile que fue soldado, sale más acertado," - dice el refrán, repuso Ojeda... Además, añadió, yo no tengo con qué atender á ningún gasto, y mi ánimo está tan sin fuerzas que creo que ya no serviré para nada.

- Lo único que os pido, contestó Juan (que sabía que la oposición afirmada más las resoluciones de Ojeda), es que no toméis ninguna resolución sin consultarme primero, como á vuestro mejor amigo, quien tiene, y que os estima verdaderamente.

Despidióse Ojeda del piloto, si no más consolado, por lo menos no tan afligido, pues no hay en el mundo mayor alivio á las penas que encontrar alguien que simpatice con ellas; y la amistad verdadera y desinteresada del bueno de la Cosa le consoló más de lo que hubiera podido hacer el predicador más elocuente del universo. Además, el dolor de nuestro héroe no era irremediable, pues hacía mucho tiempo que guardaba en su corazón un amor sin esperanza de verle coronado jamás: así una barrera más ante aquello que miraba como perdido en realidad, no era suficiente causa para echarse á morir, abandonar la vida militante y entregarse á la contemplativa, la cual no le cuadraba. Resolvió, sin embargo, aplazar y no abandonar la idea de entrar á la vida monástica. Entretanto, puesto que su madre tampoco le necesitaba, y había muerto para el mundo, permanecería en las Indias aguardando alguna ocasión propicia para servir en los descubrimientos y conquistas de las tierras nuevas.

Estando en este estado de ánimo, sin saber qué partido tomar, llegó á Santo Domingo la voz de que el Rey D. Fernando deseaba que las conquistas de los españoles en Tierra Firme se hiciesen permanentes, planteando una ó más colonias en las costas en donde se habían manifestado los naturales más valerosos y guerreros, y dar así el ejemplo obligándoles á que se sometiesen. Para llevar á cabo esta empresa era preciso que se presentara un jefe denodado y audaz y además suficientemente conocedor para dar garantías á la empresa. Ocurriósele entonces á Ojeda que, uniendo los cortos recursos que había ganado Juan de la Cosa en sus anteriores viajes de descubrimiento, á la fama adquirida por él como valiente, sería fácil hacer un contrato ventajoso con el gobierno español.

Propúsole y aceptó Juan de la Cosa la misión de ir á España á arreglar el negocio en la Corte. Diole una carta para su antiguo protector el Obispo de Burgos, y carta blanca para hacer el tratado más ventajoso posible, seguro de ser bien aceptado por él, pues tenía en su amigo una confianza ilimitada. Efectivamente, Juan de la Cosa arregló en breves días el contrato con el Rey D. Fernando que recordaba lo que sabía de las proezas de Ojeda.

Pero sucedió que mientras se ponían en limpio los documentos para firmarlos, se presentó en Madrid otro pretendiente mucho más rico, más poderoso y bajo los auspicios de grandes protecciones cortesanas, - además ofrecía mayores ventajas pecuniarias, pues era hombre de recursos y buscaba en las Indias más bien gloria, que oro: era éste el elegante cortesano D. Diego Nicuesa, el rival en gallardía y agilidad de nuestro Alonso de Ojeda en aquellas fiestas que tuvieron lugar en honor de Las Casas. El Rey, que era tan astuto y mañoso, no vaciló entre los dos, aceptando no solamente al denodado Ojeda sino al cortesano Nicuesa, para lo cual dividió las tierras que había ofrecido al primero en dos partes: tocándole á éste desde el Cabo de la Vela hasta el Golfo de Urabá y al segundo desde allí hasta el Cabo de Gracias á Dios. Cada uno de los gobernadores debería comprometerse á fabricar dos fortalezas en sus tierras y gozar durante diez años de las ganancias que pudiesen producir sus dominios, dando á la corona una décima parte de ellas en el primer año, una novena en el segundo, una octava en el tercero, una séptima en el cuarto, y el quinto el resto del tiempo contratado.

Nicuesa tenía fletados ya seis hermosos navíos, bien tripulados y repletos de pertrechos y municiones, con los que partió para las Indias casi inmediatamente después de haber firmado los tratados con el Rey, - llegando á la Española pocos días antes de las fiestas que hemos mencionado y en donde se manifestó tan alegre, galante y cortesano.

Juan de la Cosa tardó algunos días más en Cádiz, y sólo alcanzó á fletar tres navíos no más, y éstos no muy bien provistos, llevando sólo 200 hombres de tropa. Con éstos llegó á Haití algunas semanas después de Nicuesa, como lo veremos más adelante.


III

Habíanse terminado las fiestas de que hemos hablado antes, pero aún quedaban rezagos de alegría y pereza para volver al trabajo y á los oficio. de la vida diaria, - como siempre sucede cuando se ha pasado algún tiempo en la ocupación de divertirse y en el olvido de los negocios serios. Así aún procuraban los jóvenes y los Ociosos reunirse cuando podían para bailar, jugar y beber, aunque la plata, ó más bien el oro, escaseaba yá porque 1o gananciosos trataban de ocultarse y gozar de la fortuna en secreto, temiendo que los desposesionasen de ella.

Una noche de aquéllas se habían reunido seis hombres de la clase de aventureros ostentosos, todos ellos gallardos, galantes y llenos de vida y esperanzas en lo porvenir. Veíanse reunidos en torno de una mesa en que á la luz de varios candiles jugaban con naipes y con dados, disputándose y chanceándose alegremente, perdiendo y ganando puñados de Oro, con aquella indiferencia por lo uno y por lo otro, que nace del espíritu aventurero del carácter español, igual en todas épocas.

- Mucho tarda el astrólogo! dijo uno de los jugadores, mirando hacia el patio interior de la casa, en el cual se veía pasar y repasar, á la luz de la luna, un bulto negro de anchos ropajes, que se paseaba lentamente mirando las estrellas.

- Juro á Dios! respondió otro, que si miser Codro me predice algo malo, yo me sabré vengar de la suerte con usura.

- No digáis despropósitos, Francisco Pizarro, repuso un joven de poco más de veinte años, natural de Extremadura, y pariente suyo, á quien llamaban Hernán Cortés.

- ¿Por qué han de ser despropósitos?

- Porque en medio de toda esa fachenda y afectación de incredulidad, los horóscopos de los brujos os hacen más impresión que á todos los demás.

- No tal, Hernán, gritó el otro con acento colérico, y os equivocáis medio á medio!... Daría mi alma al diablo si...

- ¿Por qué tan energúmeno, Francisco? respondió el mancebo con amable sonrisa, sin hacer caso de los ademanes descompuestos de su pariente.

- Bien sabéis, Hernán, repuso el otro calmándose repentinamente que no gusto de chanzas.

Dejaos de disputas inútiles, Pizarro, y vos también, Cortés, sed prudente con un hombre que pierde, - dijo Alonso de Ojeda, - pues bien veis que el mal humor del uno viene de su suerte adversa, como la mía, - y las amables chanzonetas de Hernán de que ha ganado.

- ¡Qué me importa ganar ese miserable puñado de oro! exclamo el mancebo con altanería, tirando sobre la mesa con desdén sus ganancias, y retirándose.

En ese momento se presentó en la estancia el astrólogo, lo que cambio el giro del pensamiento de todos los jugadores, que suspendieron el juego para interpelarlo.

- Ea! miser Codro! - exclamó otro de los jóvenes, llamado Vasco Núñez de Balboa, - que se pasa la noche, y nos dejaís aguardando!

- Señor astrólogo, dijo otro, ¿ acabaréis vuestras cuentas antes de que se acabe nuestra paciencia?

- Hace tres horas que estamos aquí, exclamó Ojeda, y tres horas há que no dejo de perder... mi longanimidad y mi dinero.

- No os impacientéis, señores, - respondió el astrólogo, acercándose á una mesa retirada y haciendo unas rayas sobre una tabla negra con un pedazo de tiza, - no os impacientéis, que demasiado pronto conoceréis vuestra suerte.

Esto lo dijo el astrólogo italiano con voz tan hueca y solemne que causó la mayor hilaridad entre los aturdidos jóvenes, que tal vez procuraban de aquella manera ocultar la verdadera aprehensión supersticiosa, que era natural en los tiempos en que vivían. Dije que todos se rieron, pero me equivoqué, porque uno de ellos, que había guardado silencio durante la anterior escena, no sólo no se rio sino que miró á sus compañeros con marcado disgusto, y levantándose del banco, se apartó de los demás y púsose á pasear de un lado á otro de la estancia. Era éste el de más edad entre todos, y pasaba de los cuarenta años: llamábase Diego de Almagro, y era soldado aventurero, sin familia ni hogar, como Pizarro; aunque violento en sus pasiones era muy querido de cuantos le trataban, por su carácter naturalmente condescendiente y su buen corazón; sus inferiores y subalternos lo adoraban por su generosidad y buenas acciones para con ellos.

Al cabo de un rato el astrólogo se adelantó hacia el grupo de jugadores, y dijo con el acento suave de su idioma y con voz triste y grave:

- Ya estoy listo, caballeros, decidme cada uno de vosotros qué desea que le prediga.

- Esas tenemos! exclamó impetuosamente Hernán Cortés, lo que deseamos que nos predigáis ¡por Baco! (como decís vos), es nuestra futura suerte, la que ha de estar repleta de gloria, dinero y felicidad!

- Felicidad! repuso miser Codro,- vos, Hernán Cortés, la obtendréis algunas veces á los ojos del mundo... pero dudo que en vuestro corazón la halléis jamás.

- Eso va de mi cuenta... y obtendré riquezas?

- Muchas; inmensas!

- ¿Y gloria?

- Grande, estupenda, os inmortalizaréis, pero...

- Pero, qué?

- Pero esa gloria será manchada con sangre inocente y con perfidias... y sombreada por amargos desengaños.

- ¡Vive Dios! Con tal de que gane gloria y fama en el mundo, lo que venga después me importa poco... Decidme, añadió el futuro conquistador de Méjico, ¿viviré largos años?

- Moriréis no muy viejo; casi en la miseria - á pesar del esplendor de vuestra fortuna, calumniado, triste y colmado de sinsabores.

- Explicadme.

- Basta, respondió ásperamente el astrólogo,- no puedo deciros más.

Y volviéndose á Francisco Pizarro, repuso:

- Vuestra suerte, caballero, será también brillante, vuestro nombre hará eco en estas Indias, y en Europa obtendréis grandísima fama... pero también será señalada con sangre, con crímenes y grandes desgracias.

- ¿Tendré gloria y riquezas?

- Sí, ilimitadas...

- ¿Llegaré á avanzada edad?

- Moriréis asesinado por un pariente que vengará en vos la sangre de vuestro mejor amigo... pues ley es de la naturaleza que la crueldad se paga con crueldad, y la perfidia con la perfidia.

Conmovido, á pesar de su natural audacia, con las palabras del italiano, Pizarro no se atrevió á preguntar otra cosa, y dando un paso atrás se fue á unir á Almagro, que continuaba retirado en el rincón más oscuro de la estancia.

- Puesto que les habéis profetizado tánta gloria á Pizarro y á Cortés, que ahora no más empiezan su carrera de conquistadores, dijo Alonso de Ojeda, ¿qué diréis de mí que estoy hecho á conquistas y á guerras?

- A vos! exclamó el astrólogo mirándole con atención, vuestra suerte está embrolladla y no he podido leer claramente en ella... Así, sólo diré que la Virgen os protege... pero os advierto que os guardéis del veneno de las flechas de los indios y sobre todo del hambre.

- Vos también! exclamó Ojeda. Eso ya me lo han dicho antes, pero no temo la muerte; lo que quiero saber ahora es si obtendré gloria, y lo demás no me importa, ni me fijo en otra cosa. No espero tener dicha alguna en este mundo, - añadió con acento triste, - ni la quiero ni la busco; pero tengo sed de gloria y de fama.

- Pobre joven, pobre joven!... no he visto lo que deseáis en vuestro horóscopo, contestó el astrólogo.

- ¡Vive Dios! exclamó el impetuoso Ojeda. Sois en verdad, miser Codro, asaz injusto, ¿por qué preferís á los otros?

- Yo preferir!... Ah! mozo ignorante y vano, ¿acaso porque leo en las estrellas puedo influir en sus fallos?

Ojeda no contestó sino que se apartó harto mohino, en tanto que adelantándose Nicuesa dijo con cierta indiferencia, que sin duda no sentía:

- Ahora tócame á mí, miser Codro, conocer mi hado, y os advierto que perderéis vuestro tiempo si me lo señaláis adverso, pues os haré quedar mal.

- Ni indiaguéis ni queráis conocer vuestra suerte futura, señor D. Diego.

- ¿Por qué?

- Porque nada tiene de amable ni halagüeña.

- No me importa que me sonría la fortuna, si en cambio conquisto gloria.

El astrólogo no contestó.

- Hablad! Vive Dios!

- Os aconsejo, caballero, que no insistáis.

- Voto al diablo! repuso el otro con iracundo acento al notar la sonrisa con que le miraba Ojeda, su rival siempre hasta en la mala fortuna. ¿Conque distribuisteis toda la gloria de que disponíais entre Pizarro y Cortés, y nada ha quedado para mí?

Para nosotros, añadió Ojeda, pues bien habéis visto lo mal que he sido tratado por el señor astrólogo.

- Ea, miser Codro! exclamó Nicuesa, despachad! Y no os imaginéis que temo vuestras predicciones, pues hasta ahora no he conocido el miedo de las cosas de este mundo, ni de las del otro.

- Contentaos con saber, D. Diego de Nicuesa, que no debéis emprender ninguna expedición bajo la señal de la espada: si así lo hiciereis, vuestra suerte será más negra que la de todos los que están aquí presentes, y vuestro fin quedara en misterio para el mundo.

- Misterioso estáis: explicadme qué es eso del signo de la espada y en donde la veré.

- La veréis en el cielo.

- ¿Y qué debo hacer para evitar mi suerte?

- Quedaros en tierra.

- ¿Y si mi honor me lo impide?

- Yo no sé si no eso: que veréis en el cielo una espada suspendida sobre vuestra cabeza, así como Vasco Núñez de Balboa tiene su vida fincada en una estrella.

- ¿En una estrella? preguntó Balboa.

- Sí, venid acá; - repujo el astrólogo,- y os la señalaré, y al decir esto salió á la puerta del patio de donde se veía un rincón del cielo.

- ¿Veis aquella pequeña estrella, en medio de dos más grandes? le preguntó levantando la mano y mostrándosela.

- Sí, la veo.

- Bien... vedla menguar y desaparecer.

- Efectivamente! exclamó Balboa, se acaba de ocultar tras de una nube, según creo.

- Se ha ocultado, - repuso miser Codro,- marcad bien el punto del cielo en que la visteis, porque no volverá á presentarse á vuestros ojos sino cuando en el pináculo de los honores y las esperanzas de mayor gloria correréis un gran riesgo que estará en vuestra mano evitar.

- ¿Que riesgo será aquél? ¿Cómo evitarlo?

- Desconfiando de las palabras de falsos amigos lo evitaréis.

- ¿Qué me sucederá si olvido ese consejo?

- Moriréis como traidor.

- ¡Traidor yo! Vive Dios!

- No digo que lo serás, sino que lo dirán.

Todos callaron durante algunos momentos.

- ¿Por qué no pregunta nada D. Diego de Almagro? dijo el astrólogo, volviéndose á éste, que permanecía lejos de los demás.

- Aguardaba que acabarais con los más impacientes primero, respondió adelantándose el interpelado. Ahora declaradme mi horóscopo, si á bien lo tenéis, aunque preferiría que nada me dijerais, si ha de ser desagradable.

- Vuestra suerte, Diego de Almagro, será brillante, ganaréis caudales inmensos y gran fama y poderío.

- Me colmáis, señor astrólogo! respondió el soldado aventurero, mirando en torno suyo con aire triunfante, y por cierto que no esperaba tánto favor de la fortuna!

- Pero... repuso el italiano.

- Ahl siempre habíais de acabar con un pero! interrumpió Almagro, - continuad...

- Pero á pesar de todo no podréis evitar una muerte alevosa, y diré como á Pizarro: desconfiad del pariente más cercano del que sea vuestro mejor amigo, - quien os quitara la vida,- aunque no podrá borrar la gloria que adquiriréis.

A pesar de la fingida mofa con que aquellos aturdidos aventureros recibieron las predicciones de los hados invocados por el astrólogo, cada uno guardó el recuerdo de ellas, y añadiremos que lo más extraño es que todas se cumplieron con más ó menos exactitud en los subsiguientes años. Así |Hernán Cortés conquistó el imperio de Méjico, y después de una vida, al parecer brillante, murió en España olvidado por la corte y humillado por los favoritos del Emperador Carlos V. |Pizarro y |Almagro, quienes entonces apellas se conocian, después se unieron para hacerse dueños del Perú, y ambos murieron á manos de los partidarios y parientes del otro. |Balboa, el descubridor del mar del Sur, pereció por haberse confiado á un pérfido, envidioso de su gloria é hidalguía. |Nicuesa; después de pasar muchos trabajos, sin obtener fama ni gloria, desapareció en el mar con sus compañeros sin que jamás se volviese á saber de ellos. Ojeda... pero la suerte futura de nuestro héroe nos ocupará largamente, y si el curioso lector desea conocerla tendrá que seguirnos en el desarrollo de nuestra historia.


IV

A los pocos días de aquella escena con el astrólogo, llegó al puerto de Santo Domingo Juan de la Cosa con su flotilla, mal tripulada y peor aprovisionada. Grande fue la humillación y desagrado de Ojeda cuando notó la triste figura que hacían las tres carabelas pequeñas que había llevado Juan de la Cosa para la expedición, al lado de los seis soberbios navíos que su rival Nicuesa ostentaba en la bahía. Aquel sentimiento de envidia y emulación fue creciendo en el corazón de nuestro impresionable héroe hasta el punto de que la vista de Nicuesa le era insoportable; y cuando se veía en la necesidad de estar á su lado buscaba siempre algún pretexto para reñir con él, sin poderlo conseguir nunca, porque Nicuesa, educado en la corte, se manifestaba siempre tan ceremonioso y culto en sus modales y lenguaje, que era imposible disputar con él sin manifestar un propósito deliberado de ofenderle.

Juan de la Cosa, que notó aquella debilidad en el ánimo de su amigo y cofrade, se esforzaba en volverle á la razón y le arrancó la promesa de hacer todo esfuerzo para evitar molestias, mientras que concluía los preparativos necesarios antes de embarcarse definitivamente en busca de las tierras que habían de colonizar.

- Amigo Juan, - dijo Ojeda un día, entrando repentinamente á la posada del piloto, - vengo á pediros un servicio muy importante.

- Bien sabéis, Alonso, - contestó el otro tomándole la mano con cariño, - que cuanto tengo lo he puesto á vuestra disposición; no me ha quedado un maravedí que pueda llamar |mío sino |nuéstro. ¿Qué deseáis, pues, que haga yo?

Inmutóse un tanto Ojeda, y antes de responder dio una ó dos vueltas de extremo á extremo de la estancia.

- Necesito cinco mil castellanos, - contestó al fin.

- Cinco mil castellanos!... exclamó Juan de la Cosa, cinco mil castellanos! repitió; ¿estáis en vuestra razón, Ojeda?

- Pensáis, repuso éste, que el bachiller Enciso me los facilitaría? | 1

- Ni él, ni nadie en la Española,  contestó el piloto, prestaría tan crecida suma. Además, el bachiller tiene ya gastado todo su haber en el armamento y aun dudo que jamás haya reunido tamaña suma.

- ¿Será posible, exclamó Ojeda con ímpetu, que pase yo por la humillación de confesar que no soy capaz de reunir una suma como aquélla!

- No adivino, Capitán, - respondió Juan de la Cosa con seriedad,- para qué podréis necesitar una suma tan crecida de dinero, cuando ya tenernos hechos todos los gastos para la expedición, y en breves días nos daremos á la vela.

Y como Ojeda no contestara sino que continuaba como arrobado en una dolorosa meditación, el buen anciano repuso:

- ¿Por ventura, Alonso, faltasteis á vuestra palabra y habéis vuelto á jugar?

- Yo no falto jamás á mi palabra, Juan de la Cosa, exclamó el otro fijando su mirada con viveza en su compañero.

- Entonces ¿para qué necesitáis esa suma?

- He desafiado á Nicuesa á singular combate!

- Vos! Y por qué?

- Bien sabéis que no podemos avenirnos acerca de los límites de nuestras respectivas encomiendas, y como D. Diego es más parlanchín que yo, siempre me vence en parla, aunque dudo que suceda igual cosa con la espada en la mano.

- Repito, respondió de la Cosa, que yo consideraba todo eso concluido, y no atino para qué necesitáis esos cinco mil castellanos.

- Os lo diré. Esta mañana volví á mandarle desafiar, y él ha aceptado, pero con la condición de que uno y otro depositemos en manos del alcalde mayor de esta ciudad cinco mil castellanos de oro, con el objeto de que el vencedor saque alguna ventaja de la riña, que él califica de innecesaria.

- En lo que tiene razón Nicuesa, repuso el piloto. Además, será imposible realizar un proyecto tan descabellado como el de reunir esa gran suma. Sabiéndolo él y para evitar vuestra incurable manía de reñir, seguramente inventó tan singular tropiezo.

- Es decir, exclamó Ojeda, que por falta de unos puñados de oro me veré en la necesidad de no llevar á cabo el ardiente deseo de...

- De vengaros en el hidalgo Nicuesa de una ofensa imaginaria! - dijo el piloto interrumpiéndole. - No, querido Alonso, desconozco en este asunto vuestra caballerosidad, y hay más nobleza muchas veces en abstenerse de reñir que en acometer con denuedo. Además, os aseguro que estas disputas acerca de los límites se pueden zanjar sin dificultad...

- No, no! exclamó Ojeda, yo no puedo echar pie atrás! Mi reconciliación con Nicuesa es imposible

- ¿Creéis en mi amistad, Alonso?... en mi cariño, en mi deseo de que conquistéis fama y gloria?

- Sería un ingrato si no confiara en vos, Juan de la Cosa!

- Entonces entregadme vuestro honor, dadme permiso para arreglar, sin que sufra vuestra reputación en lo más mínimo, estos asuntos, pues temo que vuestros locos ímpetus nos pongan en ridículo en Santo Domingo, y sean al fin causantes de nuestra ruina.

Al principio Ojeda se manifestó rehacio, y no cedía de sus locas pretensiones, pero al fin, comprendiendo la verdad de las palabras de su veterano amigo, convino en que era fácil arreglar aquellas desavenencias. Juan de la Cosa fue para Ojeda no sólo un amigo abnegado y sincero, sino que se erigió en su consejero, y con frecuencia ejercía en el ánimo ardiente y violento de Alonso una influencia provechosa, moderando sus arranques é impidiéndole cometer actos peligrosos para él y para los demás.

Sin dificultad logró Juan de la Cosa que se cumpliese su deseo. Arreglóse que el límite de las mutuas gobernaciones sería el río Darién, y que la isla de Jamaica, que les había señalado el Rey como indivisa para sacar de ella las provisiones necesarias, se consideraría adjudicada en partes iguales para que no hubiese disputas.

Sin embargo, cuando el Virrey tuvo noticia de aquellos arreglos, reclamó la isla de Jamaica como perteneciente á su gobernación, y mandó en el acto al Capitán Juan de Esquibel que permaneciese en Jamaica con setenta hombres de armas, con orden de impedir á todo trance el desembarque de las gentes de Ojeda ó de Nicuesa.

Entretanto habíanse concluído los preparativos de viaje. El 1o de Noviembre de 1509, Ojeda se dio á la vela, yendo á la cabeza de dos bergantines y dos carabelas bien cargadas de pertrechos y tripuladas con 300 hombres de armas. Entre éstos había sentado plaza Francisco Pizarro, y debía haber partido también Hernán Cortés, pero quiso la suerte que una ligera indisposición se lo impidiese. Afortunado fue Cortés con este contratiempo, pues si acompaña á nuestro héroe en esta expedición, probablemente su vida no hubiera tornado el giro que le llevó á ser conquistador de Méjico.

Dejemos á Ojeda navegando hacia la Tierra Firme, y digamos en cuatro palabras lo que sucedió á Nicuesa en la Española antes de alejarse para siempre de aquella colonia.

Después de la partida de Alonso de Ojeda, Nicuesa permanecía inmóvil en Santo Domingo, tanto porque á su carácter cortesano repugnaba emprender la vida de trabajos, privaciones y desagradables aventuras, que era la misión de un colonizador, cuanto porque había gastado en lujo y boato todo el dinero sacado de España, y por consiguiente contraído deudas de consideración entre los prestamistas de la Española. De hecho sus acreedores le notificaron que de ninguna manera le permitirían embarcarse, si antes no satisfacía sus acreencias, cosa para él difícil, ó más bien imposible. Tuvo, pues, que acudir á mil mañas y estratagemas para lograr el embarque de su gente (700 hombres) con caballos y armamento, y que zarpara la flota, quedándose él en tierra en manos de los alguaciles, que cobraban por lo pronto 500 ducados en nombre del acreedor más apremiante.

Amenazábanle con meterle en la cárcel y hacer fracasar la expedición por entero, sin que Nicuesa tuviera á quién apelar, cuando se presentó en el juzgado un notario público, que habiendo oído hablar de la apretada situación de aquel interesante joven, á quien, es verdad, sólo conocía de vista, quiso pagar por él la suma que le pedían. Acto de compasión tan extraño y curioso, que prueba una vez más que si los hombres de aquella época amaban el oro con pasión, también sabían hacer uso de él sin pensar en el lucro.

Atónito y profundamente agradecido Nicuesa, abrazó á su salvador, y sin perder tiempo corrió al puerto, se embarcó en el primer bote que halló á mano (temeroso de que le dieran alcance sus demás acreedores), y en breve llegó á su flota, que le aguardaba á la salida de la bahía, dando alegremente su último adiós á unas playas que no había de volver á ver jamás.

Aquella misma noche, estando sobre cubierta, levantó Nicuesa los ojos al cielo y vio sobre su cabeza un magnífico cometa que lucía en el ciclo azul, y cuya cola tenía la forma de una espada. | 2

- Ved, dijo á los oficiales que tenía á su lado, ved aquel meteoro que parece una espada de fuego: si yo creyera en agüeros, esta señal me impediría seguir en la expedición, pues no há mucho me predijo un sabio astrólogo que si emprendía viaje bajo su influjo, sin remedio me perdería; pero yo confío más en Dios Nuestro Señor, que en las predicciones de sus criaturas y en el influjo bueno ó malo de lo que ÉL hizo.


 

1 Martín Fernández de Enciso abogado, había ganado en su profesión una corta suma que puso á la disposición de Ojeda, para comprar el armamento de un navío que adquirieron los expedicionarios en el que había de embarcarse después el bachiller, llevando á la naciente colonia mayores provisiones y armamento. Ojeda le ofreció, además de una parte en las ganancias, hacerle alcalde mayor en la proyectada colonia.
2 Véase |Viajes de los compañeros de Colón, por W. Irving.

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