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EPISODIOS

(Revista de España, 1o de Enero de 1887)

 

Es un hecho doloroso, pero lógico y perfectamente explicable, que la América de procedencia española no ha conservado hacia su madre patria, hasta hace muy pocos años, las relaciones de benevolencia y cariño que son naturales entre individuos de una misma familia, entre pueblos de una misma raza, entre naciones unidas, tanto ó mas que por los vínculos de la sangre, por los lazos de idéntica civilización. Errores históricos de que no cabe pedir cuenta más que á las condiciones de los tiempos y á las fragilidades de la naturaleza humana, han mantenido apartadas por grandes, y hasta cierto punto justificadas prevenciones, las ramas de este inmenso árbol que, teniendo su tronchen la península ibérica, se extienden lozanas y vigorosas por el vasto Continente que se dilata entre los dos más vastos mares de nuestro globo.

Este mutuo apartamiento, iniciado en el espíritu desde varios siglos, y consumado por la emancipación completa que aquellos hermanos nuestros realizaron á principios del actual, ha hecho que ignorásemos casi en absoluto los que vivimos adscritos á la vieja Europa lo que pasaba en la otra parte del Atlántico, donde naciones jóvenes, sangre de nuestra sangre, pedazos de nuestro corazón, luchaban con la naturaleza y la barbarie para alcanzar un puesto honroso en el gran concierto de la civilización, desplegando las mismas ó superiores facultades que á sus antepasados han merecido un lugar preferente en la historia de la humanidad.

De estos esfuerzos, de estas conquistas en todos los ramos del progreso, poco ó nada conocíamos hasta que se han acortado las distancias, se han desvanecido las preocupaciones mutuas y, despejada la atmósfera del polvo y de las emanaciones que habían levantado allí deplorables acontecimientos, hemos aprendido á reconocernos, á estimarnos, á tendernos los brazos á través de las aguas del Océano, para formar otra vez un solo pueblo, unido por otros vínculos más dulces y más fuertes que los que conocieron nuestros antepasados.

Restablecido el comercio de las ideas y de los afectos después de tan larga intermitencia, quedamos los españoles agradablemente sorprendidos por el grado de cultura que alcanzan nuestros hermanos de allende los mares, merced al uso laudable que han sabido hacer del sagrado depósito que su madre patria les confiara en todos los géneros de cultura, acrecentándolo con el laboreo de su perspicaz inteligencia y el roce, que no han abandonado un solo momento, con todos los pueblos civilizados.

Así se explica que pueda encontrarse en aquellas remotas regiones una escritora de las excepcionales cualidades que distinguen á la que es objeto de esta breve reseña, D.ª Soledad Acosta de Samper.

Es siempre un fenómeno raro y sorprendente la facultad de escribir en la mujer. Llamada por la naturaleza á otras funciones, no menos dignas y trascendentales, pero que suponen una dirección completamente distinta á sus energías, apenas concebimos que un individuo del sexo débil pueda elevarse á las altas regiones del arte ó de la ciencia, que el hombre mismo sólo alcanza á fuerza de muchas vigilias y meditaciones. Se comprende que la mujer deslumbre con ráfagas y destellos de ingenio, como los que se desprenden de sus joyas ó de su mirada; pero es más difícil concebir que alcance á crear obras perfectas y complicadas, fruto laborioso de la aplicación y el estudio.

Pues bien; la América española, que ha producido poetisas como la Avellaneda, la Carolina Coronado y otras hijas de las Musas, que nada tienen que envidiar á las mujeres más distinguidas del viejo Continente, puede ostentar con orgullo en el mismo sexo un ejemplar, no ya de fantasía y sensibilidad exquisita, sino de austera penetración, de severo juicio, de grave y reposado análisis, como pocos ó ninguno puede ofrecer nuestra antigua civilización.

La Sra. D.ª Soledad Acosta de Samper es una historiadora en toda la extensión de la palabra, y de condiciones tales, que para encontrar algo semejante tendríamos tal vez que remontarnos á César, á Tito Livio ú otro de los grandes modelos de la antigüedad ó del Renacimiento. La sobriedad en la narración, la viveza de la frase, la majestad y naturalidad en la descripción de los hechos, la asemejan más bien á aquellos historiadores primitivos, que parecen en vez de testigos recopiladores de los hechos, y graban ó cincelan las figuras en sus cuadros inmortales con frase concisa y gráfica, donde quedan moldeados los tipos para pasar á la posteridad.

El secreto de escribir la historia ad narrandum, se ha perdido casi entre nosotros hace mucho tiempo. Hijos de una civilización amiga con exceso de abstracciones, conmovidos por el incesante oleaje de los acontecimientos y agitaciones sociales, no tenemos bastante serenidad para retratar los sucesos ni los hombres, como las tumultuosas aguas de un lago no reflejan fielmente el vecino paisaje, ó la cámara oscura en movimiento no traslada puntualmente las imágenes que pretende encadenar en los breves ámbitos de un clisé. La escritora en cuestión ha vencido estas dificultades y evitado estos escollos, dándonos una galería de figuras históricas, que tiene de las de Plutarco el color, la factura y la imparcialidad.

No queremos investigar si las condiciones en que escribe un moderno autor en ciertos puntos del nuevo Continente y las que rodearon á los antiguos historiadores son las mismas. Tal vez en la serenidad é inmovilidad de aquellas vastas cordilleras americanas, que dibujan en un cielo más azul sus espléndidas siluetas y marcan en el espacio sus abruptas líneas, inundadas de espléndida luz, encontraríamos la explicación de esotra luz intelectual que evoca los hechos dormidos en el fondo de los siglos y los presenta á las miradas atónitas de los contemporáneos con tal distinción y colorido histórico, que nos hacemos la ilusión de asistir al espectáculo y seguir á los héroes al través de inhospitalarias coitas, desconocidos ríos y salvajes comarcas, palpitando con su vida é identificándonos por un momento con un mundo desconocido y una lejana civilización.

Por esto nos atrevemos á decir que la historia, tal como la realiza aquella insigne escritora, merece los honores de poema. Ella misma lo confiesa cuando dice: "Desconfiando de mis facultades para escribir una historia verdadera de la vida de los conquistadores de mi patria, intentaba trazar una serie de cuadros histórico-novelescos que pusieran de manifiesto los hechos de aquellos héroes cuasi fabulosos, cuando toqué con una dificultad - ¿quién lo creyera!- la de que la vida, desnuda de toda trama novelesca, sin quitarle ni ponerle cosa alguna, sin tener que añadir ninguna aventura á la narración de cada uno de aquellos personajes, bastaba para interesar al lector y surtía todos los efectos de un cuadro histórico-novelesco."

Estas frases, llenas de profunda verdad, hacen por sí solas el elogio de la insigne escritora y ponen de relieve la importancia de los acontecimientos que se narran en sus obras. La historia que, sin dejar de serlo, reviste todos los caracteres de novela, alcanza el ideal del género narrativo y merece, como todos los grandes monumentos de su género, pasar á la posteridad.

La índole de esta ligera reseña bibliográfica no nos permite exponer detalladamente todas y cada una de las obras con que ha enriquecido á la literatura universal, más bien que á la de su patria, la eminente escritora colombiana; aparte que no todas han llegado á nuestro conocimiento. Las que tenemos á la vista ofrecen un verdadero mosaico de estudios morales, descripciones de viajes, cuadros de costumbres, trabajos de crítica, obras de imaginación, diseminados, en su mayor parte, en varias Revistas dirigidas por la eminente escritora, y desde las cuales ha difundido la ilustración y la moral más pura por aquellas vastas regiones del Continente americano. Lo que se destaca, sin embargo, lo que resalta con nítido esplendor entre los variados frutos de aquella privilegiada inteligencia, son los trabajos históricos.

Sucede en el comercio de las ideas, como en el de los productos materiales, que la riqueza y la gloria son el premio de los que aciertan á llenar una necesidad sentida, á descubrir un tesoro envuelto en los escombros de la ignorancia ó del olvido. El descubrimiento, conquista y colonización de América, forman uno de los períodos más vitales de historia de la humanidad, de interés general para la especie humana, pero muy particularmente para la raza que tuvo la honra de llevar á cabo tan gigantescas empresas; á pesar de lo cual, una parte considerable de aquellos heroicos hechos permanece escondida en las sombras del pasado, por falta de una mano paciente y hábil que los entresaque de las confusas monografías ó crónicas donde fueron depositados, y revistiéndoles con los caracteres de la vida, reintegrando el conjunto de su ser, sin quitarles nada de su verdad histórica ni de las condiciones de su tiempo, los presente á las miradas atónitas de nuestros contemporáneos como ejemplares de otra raza, prodigios de energía moral y material, verdaderos gigantes de una muerta civilización.

Este es el servicio que ha realizado D.ª Soledad Acosta de Samper en sus " |Biografías de hombres ilustres, relativas á la época del descubrimiento, conquista y colonización de la parte de América denominada actualmente Estados Unidos de Colombia." Comprende la obra unas trescientas biografías, que ofrecen en su conjunto un cuadro completo de aquel período histórico, mucho más vivo, gráfico y, digámoslo así, escultural, que ninguna de las historias escritas sobre el mismo asunto, y aun las que se pueden escribir con más pretensiones, pero con inferior método y menos excepcionales facultades.

Aunque esta es, en sentir nuéstro, la obra maestra de la ilustre escritora americana, tiene, en el género histórico, otros estimables trabajos sobre personajes ilustres que allí han florecido desde la época de la emancipación. Brillan en estos estudios las cualidades nativas de la ilustre escritora; pero falta, además del alto interés histórico, el entusiasmo, el amor, el legítimo culto que sólo pueden inspirar los héroes legendarios de la inmortal conquista, consagrados por el tiempo y por la gratitud de las generaciones que gozan el fruto de su temeraria osadía. "Los héroes de la Independencia, dice la autora, nos dieron la libertad; los otros nos conquistaron el suelo patrio; aquéllos pusieron á nuestro alcance la fruta del bien y del mal; éstos, á costa de una pujanza y valor incomprensibles, nos dotaron con territorio propio." Natural era que, juzgando á unos y á otros desde tan exacto punto de vista, haya guardado la distinguida escritora, no sólo las preferencias, sino las más ricas tintas de su paleta, para los que le han dado tan hermosa patria y rica civilización.

En el género novelesco no conocemos de D.ª Soledad Acosta de Samper más que algunos bocetos y breves cuadros, insuficiente para formular un juicio aproximada de sus condiciones como novelista. El sentido profundo de la historia de su patria que ha demostrado en otras obras, el poder de reflexión y análisis que en ellas desenvuelve y la tendencia moral que forma la nota distintiva de sus trabajos periodísticos, descubren en ella relevantes prendas para la novela histórica, psicológica y de costumbres, que ha cultivado, indudablemente, con brillante éxito. Algunos ensayos que esmaltan las páginas de sus revistas |La Familia y |La Mujer, nos permiten asegurar que, si en el campo de la historia ha cosechado lauros inmortales y uno de los puestos más eminentes entre las mujeres ilustres de todos los tiempos, posee condiciones para rivalizar con Mad. Cottin, Mad. Staël ó Jorge Sand, en el género novelesco, para el cual, sin duda, la naturaleza ha dotado á la mujer de más idóneas facultades.

Hemos cumplido nuestro propósito, que era el de dar á conocer entre nuestros compatriotas una escritora que habla de un modo ejemplar nuestro propio idioma y ha escrito sobre asuntos que afectan, tanto como á la suya, nuestra honra nacional. Cuando se hayan desvanecido lo últimos restos de las nubes que se interpusieron entre los hijos de una misma patria y formemos todos los hijos de España un mismo pueblo, el nombre de D.ª Soledad Acosta de Samper brillará como una de las más hermosas estrellas en el cielo de las letras españolas, y sus valiosos trabajos figurarán en la biblioteca de todos los hombres estudiosos, como un rico monumento de erudición, de talento y de lenguaje.

Sólo debemos hacer presente, antes de terminar, cuánto sentimos que no haya sido una pluma más experta, una inteligencia más culta, la que haya asumido la noble tarea de glorificar y extender el nombre de tan eminente escritora por el territorio de la vieja España.

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