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L A S C L A V E S S E C R
E T A S
P o e m a s
Eduardo
Gómez
Trilce Editores
Santafé de Bogotá, 1998
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Trilce Editores
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Eduardo Gómez
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Primera edición para Trilce
Editores, enero de 1988.
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ISBN: 958-9180-72-8
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Queda hecho el depósito de
propiedad intelectual
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Calle 60 No. 9-78 Local 109
Chapinero
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Apartado Aéreo 51691
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Teléfonos: 3 47 4307
255 5313 Fax: 255 5313
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Santafé de Bogotá, D.C.
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Impresión:
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Editorial Gente Nueva
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Tel.: 320 2188
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Santafé de Bogotá, D.C.
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Í N D I C E
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Sobre el autor
Sobre el libro
Alucinación de los procesos
Los mensajes del silencio
Invitación al Silencio
Poema solar
Tránsito
Los ámbitos del sueño
Naam
Desde afuera
Escuchando a Bach
Meditación en medio del camino
Orígenes
Recuperación de la infancia
Un día recomienza
El Poeta vagabundo
El parque
Un día más y un nuevo día
Trinchera en la soledad
Del diario de un desocupado
Retrato
Al caer la noche
Traspasando limites
Transición hacia la noche
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Contrapunto
El Fauno de las ciudades
Amor maldito
Desgaste irreversible
Amor en el recuerdo
Felicidad cotidiana
Despedida
Luna fugitiva
Visión
Conversión
A una megalópolis
Contrastes del trópico
Poema vegetal
Parábola del destierro
Las claves secretas
Balance final
Asombro y palabra perdurable
Enigma y tierra firme
Un árbol para mi tumba
La búsqueda insaciable
Conversión
Apoteosis
Lo antiguo en lo nuevo
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Tanto sus estudios de Derecho en Bogotá
como su intensa actividad política como líder estudiantil de la Federación de
Estudiantes Colombianos (FEC) constituyeron la prueba de fuego para la vocación
poética de Eduardo Gómez. Luego su especialización -durante seis años en Leipzig y
Berlin- en dramaturgia y literatura y su vivencia crítica y apasionada, del experimento
socialista en la República Democrática Alemana lo enriquecieron y maduraron como hombre
y como poeta. Con posterioridad al regreso de su segunda estadía en Europa (durante la
cual colaboró en programas culturales para América Latina en la Deutsche Belle de
Berlín) trabajó como director de publicaciones de Colcultura, fue crítico de
teatro de El Tiempo, jurado en diversos festivales de teatro, delegado de un
encuentro de teatro de las Américasen Nueva York y colaborador de la Radiodifusora
Nacional Colombiana.
A partir de 1976 ha trabajado como
profesor de literatura europea en la Universidad de Los Andes, en donde se
desempeña como director de la revista Texto y Contexto. Su labor docente también
se ha realizado en las universidades Javeriana, Nacional y Escuela Nacional de
Arte Dramático
(ENAD) así como en su programa radial La Poesía en el
Tiempo en la emisora HJUT (106.9) de la universidad Jorge Tadeo Lozano.
Este libro, Las claves secretas, es
el sexto de poesía que ha publicado el autor; los otros son: Restauración de a
palabra,
El continente de los muertos, Movimientos Sinfónicos, El Viajero
Innumerable, e Historia Baladesca
de un Poeta, y más de dos libros de
ensayos: Ensayo de crítica interpretativa -T. Mann, M. Proust, F Kafka y Reflexiones y
esbozos -teatro, poesía y crítica en Colombia-, lo mismo que algunas traducciones de
Brecht y Goethe.
Con cinco libros de poesía publicados:
Restauración de la palabra (1969), El continente de los muertos ( 1975), Movimientos
Sinfónicos 11980), El viajero innumerable (1985) e Historia baladesca de un poeta (
1989), Eduardo Gómez se destaca, entre los poetas colombianos que comienzan a
publicar a finales de la década de los sesentas, por un lirismo riguroso que no hace
concesiones a la emoción inmediata o a la experiencia puramente fenomenológica. Fiel
heredero del legado de autores como Baudelaire y Brecht, Nietzsche y Marx, ha logrado un
acertado equilibrio entre lo fïlosótïco y la expresión estética, un depurado y
acerado lenguaje en el que la ironía y la metáfora, la lucidez y lo nocturno,
continúan, desde el ámbito de nuestras urbes, la indagación sobre los conflictos
fundamentales del hombre moderno.
En este libro, Las Claves Secretas,
notamos sinembargo un tono más reflexivo y sereno. Los temas de la muerte corno asechanza
de lo infinito, el balance del pasado infantil, la presencia devoradora y caótica de la
ciudad, la meditación sobre la condición de soledad del poeta como única actitud ética
para sortear las tentaciones del facilísimo y la mediocridad de la sociedad
contemporánea, se perfilan aquí bajo una mirada vigilante que asume al elegido, al
hombre que ha alcanzado lo trascendente, como un destino prometeico y en plena aceptación
de su sentido terrenal. Es decir, en la obligación de elegir su propio camino, de
liberarse de todo aquello que lo sojuzgue, sea que provengan de los dioses o del poder
político de los hombres.
GUILLERMO MARTINEZ GONZÁLEZ, editor
Alucinación de los procesos
-
I.
Las voces lejanas de la noche eterna
-
se dejan oír en los grillos desolados
-
en el grito alucinante de los búhos
-
en el terror de muerte de su presa escondida
-
en las pesadillas de mi lecho afiebrado
-
en la nostalgia de otras vidas y otros
ámbitos.
-
Transeúntes del absurdo y el milagro
-
nos deslizamos sin remedio al acechante
abismo
-
donde rostros apagados y fugaces
-
parecen juguetear entre galaxias
-
y exaltar en coro las gracias de la luna.
-
Intangible y sutil la materia se renueva
-
con la evaporación incesante de los muertos
-
que se deshacen lentos en la nada
-
reorganizando su energía en nuevas formas
-
en los océanos de astros que giran
extasiados.
-
-
II.
-
La cigarra que ahora canta
-
viene de otra que cantaba hace mil años
-
y así de cántico en cántico retrocedemos
al Silencio.
Los mensajes del silencio
-
Calla y escucha, todo te habla en murmullos
-
pues vienes del Silencio y te perderás en
sus abismos.
-
En serenidad transmutados te hacen guiños
los muertos
-
desde las galaxias y en la penumbra de los
bosques.
-
En la luna se vislumbran sus pupilas veladas
-
y en los mares su tristeza y sus voces
acalladas.
-
Como desterrados vivimos con nostalgia de
infinito
-
resistiendo a cada instante el magnetismo
del Todo
-
escuchando embelesados al pájaro en la rama
-
y explorando senderos en las florestas del
mito.
Invitación
al silencio
-
Los bosques me llaman en el silencio lunar
-
y el mar que besa sumiso playas vírgenes
-
y la noche salvaje sólo turbada por
luciérnagas
-
y los árboles de la selva sagrada siempre
verdes.
-
Desde allí -en un susurro de frondas y de
aguas-
-
me llama la muerte con su canción de
paraíso
-
me solícita el silencio de los trinos y el
follaje
-
me canta la paz de las repeticiones y los
ciclos
-
y un vuelo de aves migratorias me hace
señas desde lejos
-
como pañuelos negros o confusos signos de
viajes imposibles.
-
Pero ¿cómo reposar sin la perspectiva de
un combate
-
cómo amar sin la amenaza del odio
-
y cómo soñar sin el desafío de las
calles?
-
¿De dónde entonces tanta fuerza de este
llamado arcano
-
de esta fascinación callada cuando miro las
montañas a lo lejos?
-
Tal vez sea la infancia la que clama
-
y el retomo a la entraña primordial lo que
me embriaga
-
en esa canción de muerte con rumor de
paraíso.
Poema solar
-
Báñate en la luz negra de la noche
-
asómate -sereno- a los abismos hondos
-
considera con malicia la miseria y la
riqueza
-
porque toda máscara es solo aplazamiento
-
y al final sólo quedarán las obras puras
-
la tierra desnuda y sus gérmenes solares.
-
Asómate a la bella inmensidad terrena
-
y apacigua tu espíritu encogido por el
odio.
-
En el confín de las praderas rizadas por el
viento
-
galopan centauros de ancho pecho y sonoros
casco.
-
Los árboles sueñan en los lagos extasiados
-
y por los montes un corro juvenil se agita.
-
Prueba los frutos ya dorados entre hojas
-
y que tu boca se encienda con los suculentos
dones.
-
Festeja con vino el esplendor del día
-
y que tu cuerpo divinice el placer
-
cuando se abra en los ojos a los cielos
inmensos.
-
Nuestro destino es un presente perpetuo,
-
cada día una ofrenda única esconde
-
y en cada instante la eternidad fluye
-
para el viajero alerta, el caminante
-
que avanza valiente y mira en torno.
Tránsito
-
Hoy como hace mil años susurra el viento
-
trayendo otros anhelos y otras voces.
-
La montaña permanece pero sus duros mantos
-
se renuevan sin tregua en el secreto.
-
Todo es tiempo irreversible
-
que nos desboca hacia infinitas muertes
-
dejando un reguero de recuerdos
-
que se va perdiendo en los innumerables
nacimientos del pasado.
-
Nada podemos retener
-
y pronto nuestros labios quizás se abrirán
en una rosa
-
nuestras pupilas brillarán en las estrellas
-
y nuestras lágrimas se fundirán dulcemente
-
con las saladas olas del océano.
Los
ámbitos del sueño
-
Hay habitaciones oscuras donde solloza un
niño muerto
-
y la infancia se esconde en los enormes
armarios.
-
Hay pequeñas iglesias en pueblos olvidados
-
olorosas a sudor y abrillantadas por las
lágrimas.
-
Hay un bosque que guarece a los asesinos por
amor
-
y un río que cruza sin descanso un ahogado
en pena.
-
Hay una multitud en la plaza que se desnuda
en silencio
-
y un jadeo en los presidios cuando se oculta
la luna.
-
Hay jardines espléndidos que sueñan con un
crimen
-
y sórdidos camastros donde el amor es
paraíso.
Naam
-
Desde un castillo
-
desde una montaña
-
frente al océano y la noche
-
ausculto el silencio
-
los jirones de palabras perdidas
-
el jeroglífico de las galaxias
-
el dulce mensaje escrito por el agua en la
arena
-
las huellas petrificadas del mamut en los
páramos.
-
La soledad es ilusión
-
todo me habla.
-
Algo (¿alguien?) me acompaña
-
callado como el bosque
-
y los secretos del viento,
-
algún dios que retoza en las aguas
-
trenza hojas y yerbas
-
y se extasía bajo la luna de verano.
Desde afuera
-
Los días y las horas se consumen encantados
-
sin saber qué hacer con este paraíso
-
de nobles animales y cielos constelados.
-
Nunca será posible poseer la belleza:
-
estos suaves paisajes se difuman y alejan
-
dejándonos con la dulce quemadura de un sol
-
la lumbre azul de una estrella en las
pupilas
-
y la sensación de que estaremos siempre
afuera
-
como espectadores de un esplendor vedado
-
que quedan añorando moradas de perfume
-
donde la desnudez flexible de los cuerpos
morenos
-
se adivina entre las hojas de grandes
platanales
-
que medran en un mundo ensimismado y
secreto.
Escuchando
a Bach
-
Como un crepúsculo de voces
-
de una tristeza poderosa e inmensa
-
como el revuelo de arcángeles bajo la luna
llena
-
o la queja de dioses destronados en un
otoño sombrío,
-
como cuando se cierne la noche de los
presagios
-
y el Abandonado solloza en el Huerto de los
Olivos
-
circuído por coros de amores exhaustos
-
olvidado por la cercana ciudad de pétreos
palacios
-
y confortado por visiones de los siglos
futuros,
-
así las escalas musicales que ascienden a
cielos abisales
-
recogiendo los ensueños frustrados
-
el llanto secreto de ciudades y ríos
-
y la compasión de las madres heridas por
sus hijos.
-
Entonces exaltado por un inefable amor
-
sueña galaxias el dulce Hijo del Hombre
-
reclinando su cabeza en la piedra afilada
-
mientras tiende en vano sus manos a la
altura vacía
-
abrumado por la cósmica soledad sin
término
-
abrasado por preguntas que disuelve el
Silencio del Padre
-
flotando en la angustia de los vientos sin
rumbo
-
sobre abismos devorantes de toda razón
orgullosa
-
que invitan a la humana oración del poema.
Meditación en medio del camino
-
Cada día es una gracia inmerecida
-
-¿gracia de quién y para qué y por qué?-
-
Cada día tiembla como una lágrima de
despedida
-
y como un diamante único de luz y de
alegría.
-
Cada día es un término más del breve
viaje
-
-¿o será viaje infinito en etapas que la
muerte reinicia?-
-
y su dulce cansancio en la noche que
acaricia
-
se abre a los abismos constelados del
misterio.
-
Viajeros somos sin reposo y sin término
-
cuya próxima estación es una tumba
inexplicable.
Orígenes
-
Vengo de una infancia aureolada de soles
-
y custodias de oro que hacían soñar
-
con algún cielo florecido de vírgenes y
ángeles
-
demasiado remoto para despertar deseos.
-
Vengo de montañas frescas y aurorales
-
que protegen en sus pliegues recónditos a
un río
-
-el que canta indescifrables viajes sin
regreso-
-
y nutren bosques donde quedó flotando
-
la voz de un niño perdido para siempre.
-
Vengo de casas conventuales y sombrías
-
donde castas mujeres alejadas del mundo
-
laborando rezaban y gorjeando esperaban
-
morir en paz y un cielo como premio
-
a sus menudas luchas y domésticas cuitas.
-
Sus voces sedantes todavía resuenan
-
suavizando pesadillas con humildes palabras.
-
Allí varones con dignidad se empobrecían
-
hablando mal del godo raso y de la Santa
Trinidad.
-
Soñé con la existencia remota de los
muertos
-
aferrado a la reja de un blanco cementerio
-
en noches de luna llena entre los pinos.
-
Creí en la relación entre dioses y
animales
-
y entre madres muertas y árboles
susurrantes.
-
Quise permanecer fiel a los juegos de
infancia
-
y burlar los deberes del adulto enjaulado
-
al explorar desnudo el laberinto del mundo
-
arriesgando el perderme para poder
encontrarme.
-
Porque la contradicción extrema fue mi sino
-
me tocó contemplar de lejos lo que amaba
-
y padecer por dentro lo que odiaba
-
volar muy alto para conocer el abismo
-
y sumergirme en el fango para vislumbrar las
alturas.
-
-
-
-
-
-
Recuperación
de la infancia
-
-
Escondida en valles donde la noche anida
-
velada por una niebla de involuntario olvido
-
la niñez agazapada y triste espera
-
una vuelta al pasado que otra vez recorra
-
su geografía sonriente nublada por las
lágrimas.
-
Entonces de pronto como en un cuadro vivo
-
se iluminan naranjales dorados por el alba
-
ocobos florecidos de suave esplendor lunar
-
y la silueta de un niño junto a un río
-
que sueña con viajes azules hasta el mar.
-
Un aire murmurante que trae lejanías
-
(música presentida de ciudades tumultuosas
-
ondas invisibles de infernales abismos
-
y un llamado secreto de genios y de magos)
-
acaricia sus sienes de futuro elegido
-
de solitario buscador por un hada ungido.
-
Las desesperaciones de bracitos clamantes
-
-que arrancan sonrisas a los adultos
curtidos-
-
las noches de pavor y pesadillas galopantes
-
después de la visita al cementerio alunado
-
la impaciencia y la duda en la tarea de
aritmética
-
y el regaño del cura por su actitud
herética
-
se diluyen fantasmales ante la invitación
del río
-
y las visiones precoces que le sugiere el
viento.
-
Desde su insignificancia se sospecha
indestructible
-
y en su pequeñez barrunta alguna grandeza.
-
Desde entonces nunca más temió la pureza
-
del silencio sagrado de los cielos inmensos.
Un
día recomienza
-
Diariamente reconstruye el mundo en torno
suyo
-
reasume su cuerpo y asciende desde el sueño
-
-océano profundo que amenaza el no retorno-
-
organiza sus huesos, resucita
-
emergiendo de la hondura peligrosa del lecho
-
y desafía una vez más a la ciudad que
infunde miedo
-
desde el laberinto de sus calles que le
gritan al cielo.
-
Apela a sus humanos dioses, reflexiona,
-
y se zambulle en la corriente fría del
tráfico asesino.
-
Aún lo habita la noche que agoniza lenta
-
pero él corre hacia la luz, busca e1 axioma
-
se resigna al deber diurno y al trotar
equino
-
mirando de reojo, sin embargo, los cielos
constelados
-
y vislumbrando en la utopía y la belleza
escarnecida
-
la imposible realización de todo lo amado.
El Poeta
vagabundo
-
Cuando las lámparas inician su lucha con la
noche
-
el padre fatigado regresa a su refugio
-
donde sonrisas y niños
-
o las disputas apasionadas de una mujer lo
esperan
-
mientras el poeta no tiene a dónde ir
después del canto
-
y sus jardines se cubren de hojas caídas y
mustias flores
-
bajo una luna medrosa que navega perdida.
-
Apartado del trabajo ciego y sordo de los
topos
-
Habita en las afueras de las ciudades
malditas
-
todavía entre árboles y bajo un cielo puro
-
donde aún se divisan las estrellas más
esquivas
-
y el estruendo de las calles no ha
silenciado los ríos.
-
No huye de los abismos en las noches
vertiginosas
-
se sumerge en su centro jubiloso y taciturno
-
y junto con los niños ama el día en sus
fugas.
-
Camina entre las gentes ocultando cicatrices
-
y disimulando su anhelo de un mundo más
humano
-
pues sus relatos perturban e incitan a
extraños viajes.
-
A menudo las sirenas lo extravían en sus
piélagos
-
y habla con caminantes a la sombra de
catedrales
-
o se aleja por los bosques escuchando la
hierba
-
ensimismado en galaxias de mariposas y
niños.
-
Entra a las ciudades por los suburbios más
pobres
-
para comprender la riqueza a través de la
miseria;
-
duerme entre las flores de los parques
umbríos
-
y se baña en las fuentes junto a estatuas
de mármol.
-
Ama la sonrisa triste de las mujeres maduras
-
el porte solapado de melancólicos efebos
-
y los ojos profundos de amor y sufrimiento.
-
Entre frondas y pájaros en parajes de musgo
-
presiente un gran silencio tras la risa y
los diálogos
-
de sus jóvenes discípulos cuando arde el
crepúsculo
-
mientras mira las nubes sagradas y radiantes
-
pasar en la lejanía y deshacerse en el
éter
-
con la solemne suavidad de un rostro
beatífico
-
o de un coloso alado que se funde en el
cosmos.
-
Como un aire intangible su soledad lo
envuelve
-
y vive despidiéndose de amores y paisajes.
-
Sabe de la condena final que nos espera
-
y que como a las nubes nos deshace en la
nada.
-
Bajo la sombra funeraria de las grandes
montañas
-
el poeta vagabundo se pierde en el horizonte
-
pero queda su palabra inagotable y esquiva
-
frágil y encubierta en fúnebres
bibliotecas
-
esperando a un hombre que la haga suya en su
entraña.
El parque
-
Refugio de amantes y panidas
-
el bosque reposa en luz de luna
-
se atrinchera en muros de verdor
-
contra el asedio de la ciudad desenfrenada.
-
Espacio manso delimitado por los árboles
-
donde las fuentes y los pájaros juegan;
-
encaje entretejido de sol y blancos
mármoles
-
donde los niños al paraíso llegan
-
el parque establece un círculo encantado
-
un tiempo por la inocencia alucinado.
-
Miradas al acecho entre las frondas
-
paseantes solitarios presintiendo un
encuentro
-
sucesión de las horas como musicales ondas.
-
Para quien busca en el silencio afianzarse
en su centro
-
surge aquí la nostalgia de una edad dichosa
-
donde una pasión gratuita
-
restaure la juventud maravillosa.
-
-
-
-
-
-
Un
día más y un nuevo día
-
A1 regresar de la noche encuentro los restos
de la orgía:
-
el alba pálida y desmayada en los confines
de la sombra
-
el desorden de los lechos de olores
penetrantes y rosas deshojadas
-
la procesión gris de los obreros que inunda
sus túneles, sus ghettos
-
los mendigos caídos en la acera en un
sueño de plomo
-
el agrio aroma de los cafés de luces rojas
y meseras exhaustas.
-
¿Cuántos se deslizan -circuidos todavía
por fantasmas-
-
en otro día que se arrastra por la red
interminable de las calles?
-
La luz clava sus dardos y comienza el torneo
para ganarse el pan
-
el forcejeo con las máquinas, los papeles,
el enemigo embozado
-
la inventiva de fórmulas, de planes
indecisos como un laberinto
-
la lectura de periódicos saturados de
crímenes y proyectos disecados
-
o de libros tan frívolos que la muerte es
apenas un erótico abrazo.
-
Pero un nuevo día irradia en las pupilas
asombradas de los niños
-
en los ojos agrandados por ojeras de los
adolescentes ágiles
-
en los pechos -aún erguidos- de las
muchachas parlanchinas
-
en las cáusticas risas de un corrillo de
estudiantes en la Ciudad Blanca
-
en la página virgen del escritor que sueña
con grandes destinos
-
o en las manos impacientes de operarios que
escudriñan lejanías.
-
Tan sólo en sus miradas no han triunfado
las pesadillas de la noche.
-
Ellos -astronautas sin nave- son aún
nuestro futuro.
-
¿Alcanzarán las cálidas alturas de un
poderoso mediodía?
Trinchera
en la soledad
-
Sentado ante la tosca mesa
-
Que conoce mis desvelos
-
escucho caer la lluvia
-
-llanto desde tan lejos-
-
bien afianzado en mi centro
-
contra la noche que acecha
-
tras las ventanas cerradas.
-
Bajo la lámpara amiga
-
hay lápiz y papel
-
y ya se escuchan voces
-
de amigos resucitados
-
-y de desconocidos amados-
-
que me hablan difusos
-
como un alba espiritual
-
que se insinúa lentamente
-
y abre los horizontes
-
haciendo huir la oscuridad.
Del
diario de un desocupado
-
Cuando estoy deprimido meto la mano al
bolsillo
-
toco y recuerdo que aún me queda el sexo
hambriento
-
aún tengo juventud y el sol entre los
árboles del parque
-
cuerpos me esperan todavía lo sé por las
miradas
-
y en oscuros suburbios sobreviven los cielos
estrellados.
-
Todavía puedo viajar a las grandes ciudades
y perderme
-
y escoger entre varias muertes lentas.
-
Entretanto me ahorro con calma y con
perversidades
-
gozo de mis mujeres y de mis emboscadas
-
me refugio en ciertas islas donde a solas
estoy con mis fantasmas
-
huyo de moralistas y me pierdo entre las
pobres gentes
-
viajero de las tardes por los ríos del
crepúsculo.
Retrato
-
Ha vivido como secreto aventurero
-
avizorando lejanías en la noche
-
más allá de toda exigencia cotidiana
-
-donde el trabajo abrumador y la envidia
-
provocan odio, indiferencia y desidia-
-
caminando entre el vértigo del tráfico
-
o casi triste, desarraigado y buscando
-
la belleza en el deshonor y la llama
-
y fuerza vital en el prohibido amor.
-
Maldito y sereno entre asesinos
-
ladrones, negociantes y estafadores
-
logró cantar con pureza melancólica
-
guardar distancia no sin cierta vehemencia
-
y entregarse a la amistad con pasión.
-
Orgulloso y sencillo entre pavos
-
contrajo alianzas con el fracaso
-
y en su pobreza encontró su riqueza
-
ahondando en las duras experiencias
-
más allá de todas las falsas ciencias.
Al caer la
noche
-
Es la hora en que despiertan los búhos del
bosque
-
y las ánimas vagan por los campos sin
empañar el aire.
-
La muerte visita clínicas y viejos
hospitales
-
y en los hotelitos se inician las faenas del
amor.
-
Es la hora de salir tras la ilusión de los
cuerpos hermosos
-
-no importa el bien o el mal, el peligro o
la traición-
-
cuando nos desgasta el vacío de tanto afán
caduco
-
que no deja siquiera una herida o un dolor
de verdad.
-
Es la hora de soñar con una vida aventurera
-
cuando la luna navega sobre la alta montaña
-
y la ciudad iluminada es como un cielo
caído
-
con calles que se abren a deseos
innombrables.
-
La noche encubre heridas con su amoroso
manto
-
el futuro suicida se abisma en sus remansos
-
el solitario busca un asesino apasionado
-
y las doncellas difuntas sollozan por no
haber gozado.
-
Es preciso andar quedo para escuchar los
fantasmas
-
en las casonas abandonadas a la orilla de
las callejas
-
y perderse en los suburbios donde aúllan
los perros
-
para llegar a los caminos que corren hacia
el mar.
Traspasando
límites
-
Amo el canto desenfrenado de los trenes en
marcha
-
que dan alaridos lejanos como monstruos
enamorados
-
como bestias apasionadas perdidas en la
niebla
-
y la palabra que me embelesa es el susurro
del mar
-
o la sirena de los barcos esfumándose en la
tiniebla.
-
Más allá de la desesperación comienza el
amor vivo.
-
Para renacer es preciso haber muerto en la
entrega
-
y tener como consejero sólo al corazón
altivo.
Transición
hacia la noche
-
En el día, la noche reposa en los bosques
-
y acecha como niebla intangible
-
los incendios sombríos del crepúsculo.
-
La inmensidad del mundo se presiente a lo
lejos
-
al final de los ríos que agonizan en el
cielo
-
donde flotan ciudades luminosas y desiertas
-
lanzando llamadas que no podemos descifrar.
-
¿Porqué estamos aquí porqué el sollozo
-
detenido en la garganta como una presencia
-
que nos sojuzga invisible con su ardor de
paloma?
-
Apenas hay certeza de estar vivos
-
en esta hora indecisa y toda aroma
-
cuando el tumulto de los años se aleja en
vocerío
-
y fluye el abandono de esta hora suprema.
-
-
Esta primera edición de Las Claves
Secretas de
-
Eduardo Gómez, consta de 1000 ejemplares y
fue
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impresa para Trilce Editores, en Santafé de
Bogotá,
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Colombia, Suramérica, en el mes de enero de
1998,
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en los talleres de Editorial Gente Nueva.
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