Ficha bibliográfica
Titulo:
En el techo del mundo
Autor: Casro Caycedo German
Edición original: s. d.

 


En el techo del mundo
Germán Castro Caycedo

Ocho meses antes, uno de sus amigos me dijo en San Petesburgo: “¿Carlos Grisales? ¿El geólogo colombiano? Está viviendo en Siberia”.

            Ahora seguíamos sus pasos en Salijard, una ciudad siberiana a tres horas en jet al nororiente de Moscú, plantada sobre el Círculo Polar Ártico. Grisales vivió en Vorkutá, un campo de destierro al que se va desde aquel punto por un camino que atraviesa los Urales. Llegó allá con Natascha Stepánovna, su compañera.

El padre de Natascha era un desterrado y un día ella le dijo: “Carlos, tenemos qué separarnos. Mi padre está enfermo, me voy a morir a su lado”, y él le respondió: “Sasha, nos moriremos los tres: yo me voy contigo”.

El cerebro de Natascha estaba engarzado a la cultura del destierro. Desde hacia casi dos siglos algunas mujeres habían empezado a irse a Siberia  a acompañar a sus familiares. Tal vez la primera fue la princesa Yekaterina Trubetskáya que abandonó sus palacios y abandonó su fortuna y abandonó a sus hijos en San  Petesburgo, y una vez entre los refugiados, cambió el anillo de bodas por un aro hecho con acero de los grilletes del marido.

            Grisales y Natascha Stepánovna ya no estaban en Vorkutá. El viejo murió y ellos se vinieron hace cinco años a un punto, 420 kilómetros al norte del Circulo Polar Ártico, llamado Muiscámennii que no figura en los mapas convencionales de Rusia. Esa era nuestra ruta.

La mañana siguiente, en el aeropuerto de Salijard dijeron que para entrar en aquella zona era necesario presentar un permiso especial, pero Alejandro Mendoza, mi compañero de viaje, habló con la policía. “Efectivamente, la legislación cambió. Pueden volar”, dijo un capitán.

Muiscámennii es una base militar establecida por la Unión Soviética en el Asia, para controlar la presencia de buques y submarinos enemigos por un golfo estrecho que se interna en el continente.

            A las ocho de la mañana había lluvia y niebla espesa. “Por ahora el vuelo está cancelado. Esperen”.

Al medio día alguien dijo: “Puede haber vuelo más tarde” Como en los llanos que cubren la orinoquía colombiana: tal vez sí. A lo mejor, no.

--- Si cancelan este vuelo, ¿cuándo será el próximo?, preguntamos.

--- Dentro de ocho días.

A las dos de la tarde el piloto avisó que sí, pero había que esperar una hora más.

Afuera, en el aire congelado, se hallaba un pequeño avión Antónov 2 construido a finales de la década de los años cincuenta, con un motor enorme, cuatro hélices, dos alas, la superior más larga que la inferior conectadas por cables de acero, voz ronca, fuerza suficiente para elevarse en pocos metros. “Es el único que vuela a Muiscámennii” dijo la mujer que vendía los pasajes. Luego agregó: “No hay ningún otro medio para llegar allá”.

En él nos acomodamos solamente los dos. La mujer había dicho: “Le caben hasta doce pasajeros... O más, según se encuentre el ánimo del piloto”. Como en los Llanos Orientales.

El Antónov se metió en la niebla. Estábamos navegando sobre la tundra, una planicie con elevaciones imperceptibles. Lo demás son terrenos bajos y, desde luego, inundables. Como los Llanos. Y no partió a la hora que finalmente habían anotado en una tablilla, sino tan pronto se desperezaron los pilotos. Como en los Llanos.            

A los diez minutos el cielo estaba limpio y empezamos a ver la tundra cerca porque el avión volaba lento y bajo: la llanura inmensa estaba invadida por las aguas que corren sobre las tierras bajas y se abren en brazos y brazos en busca de un cauce único. Pero son ríos de aguas quietas en la superficie, porque se hallan congeladas: ríos y charcos y pantanos y lagunas. Lagos de colores con un sello de hielo blanco en los bordes y el resto azul claro, verde esmeralda, ámbar, algunas veces ocre. Según los suelos. Pero no son colores absolutos sino con vetas un tanto más claras, como el mármol. Placas separadas por aquella alfombra verde oliva del musgo de reno, una lama similar a la de nuestros bosques húmedos, apretada, formando remolinos. Donde la luz le pega mejor, se parece al asiento de un pisapapeles de cristal. Pero no brilla. Nada brilla allá abajo. Es una visión apagada entre el azul verdoso y el gris del techo de nubes que termina en el infinito porque la visibilidad ahora es ilimitada.

            Cuando se abrió la vitrina, pudieron verse a trechos, comunidades de pinos, alerces y abedules. Árboles delgados y pequeños, chamuscados por la ventisca y plantados como grupos de alfileres en aquella inmensidad de musgo y  mármol. No se ven huellas de caminos. No hay líneas de ferrocarril.

            Alejandro Mendoza es un físico nuclear bogotano de 33 años que se vino a la Unión Soviética cuando tenía dieciocho, estudió y se quedó  sumergido en el mundo de la ciencia. Luego de graduarse, cuando finalizaba la maestría de su carrera, hizo prácticas en una central nuclear aquí en Siberia y esta vez quería regresar, para acompañarme y tomar fotografías. Es su pasatiempo.

Dormimos un rato estirados sobre las sillas de lona a lo largo de la cabina del avión y cuando despertamos, miramos nuevamente por la ventanilla: ahora no se veían árboles. No había nada diferente al mármol. A medida que se avanza hacia el norte desaparece la flora, y a ras del suelo únicamente se aprecia la moqueta de musgo.

Más adelante cambió la imagen de la tundra y empezamos a volar sobre blanco, en medio de vapores azulados: bruma. Y en medio del blanco y de la neblina, siluetas de casas grises. Las casas son cubos dispuestos con simetría y grandes espacios entre unos y otros. Arquitectura soviética.

            El avión se había detenido finalmente sobre un colchón de hielo por encima del cual empezamos a chapalear, y unos metros adelante dos soldados nos pidieron los pasaportes. Dijeron que los siguiéramos. Allí no había calles, no había autos, no había gente más allá de la valla que demarcaba la terminal. Cuidad solitaria.

Avanzamos primero sobre la nieve y luego por un camino de tablas a un metro y medio del piso, pero en los costados la nieve superaba su altura. En el pueblo no hay otras vías como esta.

--- Los soldados cuentan que la semana pasada una ventisca polar duró cuatro días y la nieve llegó hasta la mitad de las ventanas del primer piso de las casas. Los geólogos no pudieron salir de su vivienda: la puerta estaba bloqueada, dijo Alejandro cuando ellos callaron.

            La oficina del ejército estaba tibia. Cuando entramos allí, uno de los soldados le dijo al oficial:

            --- Capturamos a dos extranjeros en el aeropuerto. Hago entrega.

“Extranjero”. Lo había escuchado algunas veces antes con ese tono que alude a lo extraño, a lo insólito. En ruso se dice inostranetz, o sea, de un lugar ajeno. A su vez, el extranjero es el mundo más allá de las fronteras. Pero las fronteras se hallan siempre muy lejos, en un país inmensamente grande: cuando está saliendo el sol en Moscú, atardece en Vladivostok, a diez horas de vuelo en jet.

El oficial nos estudió con los ojos, dijo que nos sentáramos en dos pequeños asientos, miró los pasaportes, salió y cerró una puerta acolchada por dentro para aislar el ruido. Sin embargo, alguien entró y la dejó entreabierta. El oficial se comunicaba por radioteléfono y Alejandro escuchó que leía nuestros nombres lentamente. Luego los deletreaba. Volvieron a cerrar la puerta. El que se quedó adentro, dijo:

            --- Ustedes han violado la ley. Esta es una zona de frontera y aquí solo se puede llegar con permiso especial.

            --- ¿Para ustedes qué es zona de frontera?, preguntó Alejandro.

            --- No se lo puedo decir, respondió el soldado.

            --- ¿Aquí han capturado a algún extranjero antes?

            --- No se lo puedo decir.

            Una hora después regresó el oficial:

            --- Sí. Ustedes han violado los decretos tales y los artículos tales y las disposiciones tales ---dijo ---. Han cometido una infracción que acarrea multa, pero no se la vamos a cobrar porque si les vendieron el pasaje de avión en Salijard, la infracción no fue por su voluntad. Ahora: si vuelven a cometer una nueva, los capturo y los envío esposados a Vorkutá.

            --- ¿Infracción de qué índole?

            --- Por ejemplo, alejarse de este punto sin avisarnos.

Para ellos, el ser humano tiene que vivir controlado. Una herencia que prevalece.

Pero, ¿cómo íbamos a alejarnos? En ese momento creíamos imposible  caminar siquiera un par de kilómetros hasta el cementerio sobre aquella nieve que comenzaba a ablandarse. Un cementerio en el cual, durante el invierno de nueve meses deben perforar las tumbas con dinamita porque la tierra está congelada.

José María Restrepo, un historiador colombiano, nos había recomendado desde la Universidad Lomónosov de Moscú ante Sergei Andrévich, el amo del aeropuerto y, por lo visto, uno de los hombres más importantes del lugar. Alejandro pidió hablar con él y le permitieron comunicarse, pero cuando terminó, el oficial tomó el teléfono:

            --- Sergei Andrévich: estos hombres tienen que salir de aquí dentro de ocho días. Hoy es jueves. El próximo tiene que hacerlos desaparecer.

            Luego reunió una serie de papeles y empezó a llenarlos. A las dos horas   se le acabó la tinta del lapicero. No tenía otro. Le dimos uno y cuando preguntó por nuestra nacionalidad, Alejandro le dijo: “colombianos”.

            --- Colombianos no es una nacionalidad.

            --- Bueno, somos mestizos...

            --- Mestizo no es nacionalidad, irrumpió el oficial. Dígame a qué nación cultural pertenecen; a qué conglomerado étnico le deben su sangre y sus costumbres ¿Qué son ustedes?

            Se serenó cuando comenté que yo era un indio muisca... Como Muiscámennii. Entonces Alejandro me preguntó: ¿De donde vengo yo?

            --- Tú eres huitoto. Sobrino del cacique Mocorongo.

La única posada del lugar es un bloque de cemento prefabricado, gris, no hay comedor, no hay duchas, no hay huéspedes. El baño está abajo, atrás. Es una cabaña de madera con estopa embutida entre los troncos y un pequeño tanque de acero para depositar el agua caliente que también alimenta la calefacción. A su lado hay un arrume de piedras también hirviendo, sobre las cuales se derrama el agua hasta inundar el recinto con vapor. Más tarde uno sale en calzoncillos y se tira algunos minutos sobre la nieve.

---¿Baño turco?

--- No. Baño ruso, dijo Alejandro. 

Nos dieron una habitación limpia con cortinas de tela liviana, a través de las cuales se colaba la luz las veinticuatro horas. En mayo y junio no hay noche. A la una de la mañana la luz parece filtrada por un vidrio ahumado, similar a la del trópico a las cinco y media de la tarde. A esa hora cruzaron dos gatos grises por la calle del frente. A las tres regresó uno de ellos. En Muiscámennii hay algo más que silencio: hay vacío.

A las seis una vieja tiró frente a la puerta de su casa las tripas de unos pescados. A las ocho comenzó a subir la niebla. Las ventanas son dobles, selladas con gasa y engrudo para detener cualquier hilo de viento, que aquí  llega a soplar a noventa kilómetros por hora, según Nadieshda Borísovna, la meteorólga. Ella nos  recibió con dos tasas de te y una sonrisa:

--- ¿Qué vientos los arrastraron por aquí? preguntó.

Después, a cualquier hora, nos dijeron que Aleksei Akílovich, el plomero, andaba buscándonos. Con un reverbero y un taladro había abierto una tronera en la capa de nieve que cubre el agua y pescó una docena de coriushkas que arrastraba sobre un pequeño trineo: “Huelen  y saben a pepinos frescos”, dijo. Nos regaló dos.

Entonces, uno ha perdido la noción del tiempo y del espacio en una geografía gigantesca, con un paisaje que no cambia, con un clima que no parece variar: dos semanas de primavera, siete meses de noche. No hay prisa para vivir, porque, entre otras cosas, no es posible llegar pronto a ningún lado. Eso ha creado la cultura de manejar el tiempo en un espacio cósmico en el que no cuenta la velocidad.

            Después de ocho meses, en esta nieve habíamos terminado de desandar los   pasos de Carlos  Grisales, el geólogo colombiano y Natascha Stepánovna, su mujer.

Antes de regresar a Salijard y luego a Moscú, Aleksei Vorísovich,   piloto de uno de los  helicópteros de las compañías que extraen gas en Siberia, dijo que volando hacia el norte había visto a una familia de indios nienei acampando en un lugar y pensó en nosotros. Sus carpas estaban a unos 120 kilómetros al norte y como él debía repetir el recorrido, podría llevarnos allí.  

            Los nienei son los mismos esquimales. Como hace decenas de siglos, viven en un mundo esotérico. Son trashumantes, no se detienen en un sitio más de siete, ocho días, según se agote en cada paraje el musgo con que se alimenta la manada de renos, que son la razón de su existencia.

            Al comienzo del viaje, la información que obtuvimos de Andrey Golovnióv, uno de los pocos científicos que conocen su cultura, fue estupenda. Ahora se trataba de estar con ellos y convencernos de que realmente existía aquel mundo de espíritus y magia.

            El helicóptero se elevó alrededor de las siete de la tarde. Había niebla pero la luminosidad era como la del trópico en época de lluvias, y un tiempo después, ¿encantamiento? desapareció la bruma y comenzó a alumbrar un sol raquítico.

“Allá. Allá están”, dijo Aleksei, soltó una carcajada y descendió hasta el campamento, plantado sobre un terreno unos diez metros más alto que el resto de la tundra. Temperatura, un grado centígrado. Allí apenas iban a comenzar dos semanas de primavera,  cuando ya en Roma o Madrid, los días eran calurosos. Sin embargo, un grado de temperatura, la visión del sol, el hielo comenzando a derretirse... Para el mismo Aleksei parecían una situación inverosímil en el Ártico. En diciembre y enero habían vivido en sombra profunda y 57 grados bajo cero.

            En aquel sitio, 540 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico, encontramos tres carpas hechas con piel de reno. Un hombre, varios jóvenes, las mujeres y los niños llevaban trajes de piel de reno confeccionados por ellos mismos. Estaban sonrientes, levantaron las manos para saludar. Un poco después nos alcanzaron una estaca con trozos de carne de reno bien asada.  

            El jefe no paraba de sonreír. Tenía los dientes fuertes y verdosos como los de los indígenas amazónicos, escasos pelos en el mentón, algunas arrugas como grietas en la frente y botas de piel de reno.

            Nos presentamos. Alejandro le preguntó cómo se llamaba y no respondió. Sonrió y Alejandro le dijo:

            --- ¿Chilaviék Nizvíestnava Zvánia? Y él sonrió aún más. En ruso quiere decir, “El hombre del nombre desconocido”.    

            Hablamos del deshielo y él dijo:

--- La tundra está ahora llena de sonidos. Antes había silencio. Todo silencio: cuando cae la nieve, las palabras se congelan y no pueden sonar. Pero ahora se disuelven y comienzan a escucharse. En el invierno dijimos cosas y las mujeres no las pudieron oír. Ahora ellas sonríen: comienzan a escucharlas.

   A unos quinientos metros comía la manada de renos. “Ellos olfatean el musgo que está debajo del hielo y lo descubren con los cascos”, comentó el jefe que ahora sabíamos, se llama Oleg Jrimbóievich.

El reno, tema obligado. Él dijo que iba a contar un viejo cuento:

Un comerciante ruso le dice a un nienet:

--- Véndeme los renos, y el nienet responde:

--- No tengo renos para vender.

--- ¿Es que no quieres dinero? Comprarás vino con él.

--- Ya tengo vino.

--- Pero es que tienes tres mil renos ¿Dónde los vas a guardar?

--- Los renos caminan y yo los miro. En cambio, el dinero lo guardo y no lo veo

En este caso la magia es símplemente una lógica diferente frente a la vida. Se trataba de que Oleg hablara bastante, para lo cual no había que hacer ningún esfuerzo.

Los nienei se llaman a ellos mismos nienei nieneche, “gente de verdad”. No conocen la envidia, no son egoístas, (algo dificil de entender para un latinoamericano.) Y por otro lado, sus vidas están gobernadas por el sentido de libertad. Sí. La tundra sin límites es libertad.

            Como en la tundra el tiempo es otro, “de pronto uno despierta por el ruido de los cascos de los renos cuando el pastor nocturno trae en manada hasta el campamento. Entonces nadie dice buenos días como los rusos. ¿Qué sucede? Que los niños dicen ty to que significa, vienen los renos. Eso es, buenos días.

Entramos en la carpa cuando nos invitaron. Tiene unos cuatro metros de alta, seis de diámetro. Los hombres duermen en el centro que simboliza el árbol de la vida; las mujeres a la entrada.

Más que la casa, lo que les da calor es la ropa. La casa los protege  del viento y de la lluvia. “Hay noches en las que algunos dejan la carpa y salen a la tundra para dormir allí, porque adentro sienten calor”, continúa Oleg.

Afuera están los trineos, las herramientas, los enseres formando un círculo. Allí no vimos ninguna herramienta de metal aparte de un pequeño as de acero empotrado en una tabla para pulir los esquíes de los trineos. Lo demás era de hueso.

Oleg dice ahora muchas cosas. Dice algo como que la tundra es un camino infinito y la tranquilidad esta en el movimiento. El movimiento es libertad.

“Las personas que se quedan en un solo suelo deben vivir tristes”. La tundra es estéril, hay que caminar siempre en busca del alimento de los renos. Hay que cambiar. Por eso la vida solo se concibe en movimiento constante. “Los únicos que permanecen sin movimiento son los muertos”.

Cuando se mueve la caravana, la familia se estira como una cuerda. Pero se detiene y en ese momento se agrupa en círculo. La casa es circular, o sea, una línea que se agrupa. Cuando hay ceremonias los nienei se mueven en círculo.

Antes de comenzar a andar, el acoso para reunir las mandas de renos se hace en círculos hasta cuando se consigue que estén juntos. El reno es un puente con los espíritus.

“Si el líder de las manadas estornuda al comienzo del viaje, es mejor regresar inmediatamente. Si estornuda cuando cruza una corriente de agua, hay que buscar otro lugar; si resopla cuando se persigue al oso blanco, la fiera está adelante; si calla es porque está atrás”. Cuando hay ventisca, los nienei encuentran ciervos siguiendo las sacudidas de la cabeza del reno que los guía. Y en las noches claras ellos siguen las estrellas teniendo en cuenta su situación alrededor de los cuernos del reno guía.

Lo malo que puede suceder en la tundra, donde gobiernan los espíritus,  se decide en el campamento, donde gobierna la gente. “Si aquí una mujer traspasa la brida de los renos, en la tundra los lobos destrozarán al ciervo. Si un hombre traspasa la soga de acoso, se extraviará en el camino”.

 Las mujeres no deben tocar los enseres masculinos, ni los hombres los femeninos. Todas las cosas hacen su rotación como el día y la noche, el verano y el invierno. Esta rotación impone su ritmo al movimiento sin fin de los nienei.

Una tierra se considera colonizada, no cuando pasa por encima de ella la manada de renos sino cuando allí las mujeres levantan una carpa. Al levantarla, después de caminar mucho, la madre, la hermana o la mujer encienden el fuego.  “Fue una diosa y no un dios la que nos trajo hasta la orilla del mar...”.

 El fogón es el reino de la mujer. Ella alimenta el fuego con corteza de abedul enano y el fuego alimenta a las personas. El sol también es una mujer. “El calor es de la mujer; el frío del hombre”, dice Oleg.

Le tienen miedo a los difuntos. Los viejos a los nacimientos porque la llegada de otro ser representa una muerte para ellos. “Los brujos intentan  regresar a los que se van... Algunas veces lo consiguen”.

Tal vez estábamos en el día siguiente porque la luz era indefinible cuando apareció el helicóptero y Aleksei dijo que se acercaba un frente de bruma. Debíamos regresar. Cuando se elevó, nos arropó el mal tiempo y volamos entre la niebla.