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Los peces caen del cielo
Germán Castro Caycedo
Acababa de llover y en
plena sabana empezaron a saltar peces que se elevaban por encima de la yerba. Por allí no
había ríos, ni esteros. Solamente arena y pasto. Es que no se veía ni un simple
charco. Pero ahí estaban, brincando y revolcándose entre la yerba. La mayoría eran
plateados con visos azules y no más grandes que una sardina. Se veían centenares.
La víspera nadie
había bebido alcohol, ni ahora el sol era tan achicharrante como para decir, carajo, es
un espejismo. No. Era una tarde fresca de diciembre. Cuando pasó la lluvia, el viejo Pío
Lelio Cuniche, un caporal de sabana, dijo que saliéramos a cabalgar, pero mientras
ensillaron las bestias y alguien trajo un par de tazones con café, pasó el tiempo, de
manera que fuimos llegando al sitio, qué se yo, veinticinco minutos o media hora
después, cuando había desaparecido el arco iris.
Es que aquí los peces
caen con la lluvia y van desgranándose por la giba del arco iris. Estos son curitos,
bocachicos y guabinas... Pero óigame bien: el que se acerca al arco iris cuando los
pescados están bajando, escucha un ruido como el trueno y queda sordo para siempre.
Así concibe la
vida el hombre de Arauca y Casanare.
Diciembre es estación
de salidas de agua y ha vuelto el sol que debe calcinar hasta el año
entrante. Por tanto, se realiza algo llamado trabajo
de
llano en las ganaderías de cría
extensiva, donde aún la tierra está blanda y el ganado no se ha regado por éstas
inmensidades. La siguiente temporada, que es tal vez la más importante, se realiza en
mayo a entradas de agua, antes de que las tierras se pongan hondas por las
lluvias y se encuentren en edad para ser marcados con un hierro la mayoría de los
becerros, que nacen justamente en el verano.
Trabajo de llano es
cuando cuarenta jinetes repartidos en tres grupos se internan en la sabana antes de que
amanezca y van envolviendo los rodeos de ganado hasta encerrarlos en un punto, para luego
conducirlos al corral, cerca de la estancia. Allí, durante el resto del día apartan a
los toros gordos y a las vacas viejas para ser vendidas ---les dicen ganado de saca---, y a la vez yerran a los becerros
pequeños y castran a los más grandes. Labor que se cuenta
en pocas líneas, pero es el zumo de la ciencia llanera y,
para no ir muy lejos, la almendra de toda una cultura, tal vez lejana, pero de todas
maneras diferente a las del resto del país.
Y rodeo son ochocientas
cabezas de ganado que han escogido su propia querencia o territorio, en el cual duermen y
comen desde el momento de nacer, sin alejarse de él más allá de las mil quinientas o
dos mil hectáreas que lo componen.
Allí los caballos no
se amansan, se trochan unas cuantas veces antes
del trabajo, ensillándolos y dejándolos que brinquen y se revuelvan con un jinete
encima, y luego partan en carrera desaforada hasta agotarse. En ese momento, el hombre es
quien domina y sólo dos o tres temporadas más tarde se le considera como caballo manso. Mientras tanto, es un potrón que no quiere bridas ni estribos, ni
obedecer del todo, pero aún así es obligado a correr tras el ganado una madrugada y
otra.
Hoy es un martes
de comienzos de diciembre. A las tres y media de la mañana, cuando el rancho olía café
porque en la cocina estaban tostando granos, salieron los hombres destinados la víspera
por Pío Lelio para reunir las cabalgaduras del día, entre ciento veinte mochos seleccionados en sus atajos por él y los
caballiceros desde hace un mes.
El caballo prefiere el
retoño tierno y escoge los comederos a su antojo, y según él lo determine, es seguido
por el atajo de yeguas en el cual es el rey. Allí no permite la presencia de garañones sin castrar que traten de disputarle el
derecho a ser soberano en su harén, así se trate de sus propios hijos. Por eso los
expulsa cuando han crecido un tanto y entran en aquella edad en que comienzan a mirar con
deseo a las hembras. El idioma de amor de aquél sultán son las coces y los mordiscos, y
ellas lo aceptan.
A las cuatro de
la mañana ---había que partir temprano porque el rodeo de este martes estaba lejano---
se escucharon los gritos del caporal llamando ¡al café y a los caballos!.
Cada hombre contaba con
tres: dos mansos y un potrón que se turnan cada día, y a eso de las cuatro y media, el
viejo escogió a los vaqueros más facultos para asignarles sogas, que luego ataron a las
colas de los caballos. Esta vez, de los cuarenta, quince llevaban rejo. Repartidos los
rejos, apretaron las cinchas de las sillas y orinaron. Luego no habría tiempo para
hacerlo.
Aún en las sombras,
dividió la peonada en tres comisiones, intercalando los vaqueros entre expertos y
novatos, unos con caballo manso y otros con potrón, y ya a las cinco iban cortando la
sabana en torno a los comederos del ganado, guiados por los conocedores y abiertos uno del
otro, entre doscientos y mil metros, hasta desperdigarse por dos mil hectáreas que ocupa
este rodeo en torno a un punto llamado Mata Rala.
Cuando amaneció se veían desde lo lejos como barcos de vela, y un poco más tarde
empezó el paisaje a tomar más color, según se iba moviendo el ganado en busca del punto
en el cual acostumbra a reunirse.
Unos iban por el
oriente y otros por el occidente y fueron cerrando poco a poco el cerco. Más acá iban,
en un caballo castaño jobero, el blanco, que
aunque sea mestizo le dicen así porque es el dueño del hato, y el caporal encaramado en
un mocho cano rosao.
A las seis y media el
cerco era más estrecho pero el viejo Pío Lelio advirtió que el rodeo estaba dividido en
dos puntas de ganado, y los vaqueros fueron engolfándolas poco a poco hasta que luego de las
siete lograron reunirlas, y cerraron totalmente el cerco. Allí, blanco y caporal
identificaron y contaron. No faltaba ni una cabeza y a medida que daban órdenes, los
vaqueros dejaban espacios para que salieran las vacas recién paridas y regresaran al
comedero, buscando que sus becerros no se desgaritaran,
que es perderse de la madre. Luego dejaron escapar las vacas próximas para que luego no vayan a mal parir y un poco
después de las ocho, con un sol amarillo, llegó Calixto Cegua, el mismo Chulo Manso que tocaba el cuatro y contrapunteaba
la noche anterior en la caballeriza, trayendo en una mula algo de comer: una arroba y
media de tasajos de carne fresca y bien asada, queso y buenas cantidades de café hecho en
agua de panela.
A las nueve, la sabana
parecía flotar entre el vaho en que se iba convirtiendo la lluvia de la noche anterior, y
primero el blanco y después el caporal y después los cortadores y después el resto,
fueron llevando sus caballos a beber en el estero de Palma
Sola y una vez refrescados, apretaron nuevamente las cinchas. Estaban listos para
iniciar el arreo de la madrina --- que es la
manada de ganado ya seleccionado---, hasta los corrales, situados a algo más de dos
leguas ---unos once kilómetros--- hacia el poniente.
De regreso al paradero, Pío Lelio envió al frente a Silvestre
Cotinchara, Macálico, para que se colocara con
un caballo ruano, diga usted a unos doscientos metros adelante de la
madrina, y empezara a avanzar al ritmo normal del
ganado. A ese hombre se le dice cabrestero, así como suena, porque aquí no funcionan las
recomendaciones de la Academia de la Lengua, y el resto formó una U intercalándose entre
potrones y mochos mansos, y hombres con soga y sin ella. En las puntas se colocaron Ventarrón ---nunca pude aprender su nombre---- en
un caballo flor de caña, y Manuel Marao,
Cholagogue, en un bayo pataconiao que creo que se llamaba Pluma en el
aire.
A esos dos vaqueros les dicen punteros.
Detrás de ellos y a
poca distancia tomaron lugar los traspunteros que también controlan adelante la fuerza
del ganado, y atrás, en la culata y cerrando la partida, el blanco con el caporal y otras
gentes.
---- ¿Listos?
----- Listos, camarita.
---- Entonces, ¡dénle
cuerda cuerda a esa madrina!
Empezaron a andar con
sabiduría, que es no forzar la marcha para evitar que se canse el ganado y no llegue
hasta el corral. Algunos iban mascando tabaco para alejar la sed, otros sacando comiso del
pollero ---una bolsa que siempre los acompaña---, otros cantando coplas de vaquería, y
Pío Lelio gritando según las circunstancias: dénle
cuerda.
No le den cuerda. Cotincho: échese patrás.
Chaguaramo, adelántese. Como los hombres
avanzan en fila, no miran hacia atrás y por tanto no calculan cuándo quedan entre ellos
espacios que puedan ser aprovechados por algún toro que reviente en la madrina y salga barajustao buscando la sabana.
A mitad de
camino partió un novillo colorao, o araguato
como les dicen en Casanare, y detrás de él arrancaron un muchacho Pedro Pan, Peluso, y Plácido Unda, El Cachis, aunque inicialmente no se trataba de
amarrar sino de obligar al bicho a regresar a la madrina. Pero el novillo se emplazó y
ambos lanzaron su tiro de soga. Amarró primero El
Cachis y aseguró el rejo en la cabeza de la silla, y como Peluso fue segundo, tuvo que echar pie a tierra
para enredarle al novillo la cachera, (cuerda corta) en la frente y atar la soga en la
cachera para luego llevarlo con la fuerza de la cola del caballo. Le dicen arrebiatar.
Entre novillos que
trataban de escapar y aquella marcha lenta, fue corriendo el día, y un poco después de
la una se vio por debajo de los penachos de unas palmas de moriche el hato y a su lado el
paloapique de las cercas.
Una vez en el corral,
separaron las vacas y los novillos de saca, y los becerros para marcar y también aquellos
que estaban en edad de ser castrados. Sin reposar un segundo, Pío Lelio determinó quién
iba a calentar los yerros, quién a enlazar, quién a marcar y quién a colear, y allí,
entre el barro, comenzó una actividad permanente que finalizó un poco antes de
anochecer. Esa tarde pasaron por los cuchillos y la candela doscientos cincuenta bichos.
Luego los hombres se
fueron a comer y más tarde a descansar en la hilera de hamacas colgadas en la
caballeriza. A esa hora irrumpió el caporal con un atado de tabacos. ¡A los
tabacos!, gritó, y fue repartiéndolos entre los vaqueros.
--- ¿Los peces caen
del cielo? ----le pregunté allí mismo al blanco.
--- No,
---respondió----, pero eso no lo vaya a decir aquí. ¡Nunca! ¡Que no lo escuche
esta gente! En invierno los ríos se desbordan y cuando van secando, hay peces que no
pueden regresar a la corriente y se sepultan entre el barro de los charcos, y allí pasan
el verano. Pero cuando vuelve a llover, por la noche se deslizan entre el pasto y van
buscando el agua. Esos que vimos ayer no encontraron el estero... Y saltaban porque el sol
los estaba matando.
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