V. LAS
SUPERSTICIONES POPULARES.
"Las veladas se iban
entre ejemplos y cuentos, estos últimos variadísimos, pues Bernabela los sabía así de
sustos, como de duendes, lo mismo de Tío Conejo que de
El Muhán, de La Madremonte y de El Pateperro; fuera de las décimas de las bestias,
los cuatro colores y otras muchas, aprendidas todas en Marmato, las cuales recitaba
la negra con muchísima prosopopeya". Así leemos en la página final de uno de los
más interesantes capítulos de "Frutos de mi tierra", novela acerca de la cual
nos dice el autor en su picante Autobiografía: "El manuscrito fue leído por gentes
competentes, que lo encontraron bien. De él se publicaron varios fragmentos. Constreñido
luego por amigos y parientes, resolví sacarlo a la calle, en la seguridad de que nadie lo
leería y de que echaba al río el valor de la edición. No resultó así: el libraco fue
leído, comentado, y se vendió muy pronto. No fue ni gracia! Encontré aquí padrinos muy
buenos e influyentes, que me lo ampararon antes y después de su salida. Entre ellos,
Diego y Rafael Uribe, José A. Silva, Laureano García Ortiz, Jorge Roa, Antonio José
Restrepo, Mariano y Pedro Nel Ospina y los redactores de la Revista Gris".
Con lo cual, el autor nos
revela que esa novela fue uno de los primeros frutos de su ingenio de narrador. Lo que
resulta excepcional, porque la juventud es propensa a crearse un mundo a su imagen y
semejanza, contrariando así el sabio consejo de Goethe, que amonestaba a los escritores
noveles de su época respecto a la necesidad de ver y escuchar y de mantenernos fieles a
la realidad, a fin de evitar los escabrosos senderos del subjetivismo.
Nace así Carrasquilla bajo
el signo de lo folclórico, ahondando en la entraña popular a través de las creencias y
supersticiones de las gentes humildes, de ese "vulgo" que elogiara luego con tan
fervorosos acentos.
De los fantasmas de
la montaña.
En "La Marquesa de Yolombó"
enumera y caracteriza Carrasquilla, circunstanciadamente, las malignas entidades que
pueblan las noches antioqueñas. "Noches de luna, cuando los copos de los árboles se
ven medio azules y sus troncos se perfilan casi albos. . .
Y a continuación, en aparte
magistral, que revela al sociólogo que se oculta tras el narrador: "Los terribles
genios del Africa no dejan en paz a los negros, arrancados de su suelo por los civilizados
cazadores de hombres. Con los barcos negreros han atravesado el Atlántico océano para
venir a colonizar estos montes intertropicales de los Andes, a oir sus nombres traducidos
al castellano,a mezclarse con las deidades indígenas. Aquí habita lo más ínclito de su
corte infernal y selvática".
Sigue la enumeración y
caracterización de esas deidades misteriosas, en las que los primitivos encarnan y
simbolizan sus propios temores, a par que las fuerzas de la naturaleza y el misterio de
sus vidas. Asi desfilan Las Ilusiones, "esos duendecillos incorpóreos? que se van a
las orejas de los inocentes y les revelan secretos feos y pecaminosos...." Y El
Patasola, espectro resonante y arrítmico, que "disparándose del monte, en tres
zancadas, desgaja los frutales, rompe cercos, hunde techos y cuanto topa, con su única
pezuña, hendida como la de un marrano babilónico".
El siniestro cortejo
continúa circulando por las páginas inolvidables: He aquí o La Madremonte "musgosa
y putrefacta, que al bañarse en las cabeceras de los ríos, envenena sus aguas y ocasiona
calenturas y tuntún, llagas y carate, ronchas y enconos". Y El Pateperro, gigante
que sólo tíene una pierna de carne y hueso y que para poder perpetrar sus fechorías
"se acomoda en el muslo mocho un trozo de guadua, un tarro de esos horadados en el
interior de sus divisiones, en que cargan agua algunos montañeses de nuestras
alturas".
Y la abigarrada cohorte
remata con el más funesto y espantable de los enemigos del habitante de la Montaña, con
El Bracamonte, incógnito, protéico y misterioso: "Ningún ojo humano lo ha visto,
porque nunca sale de sus espesuras; mas desde ellas hace sus estragos; sus bramidos y
baladros son tan pavorosos que, en oyéndolos, se echan a temblar los ganados y perecen,
entre horribles convulsiones..."
Ahora bien: Cómo pueden
coexistir tales engendros con las creencias y dogmas de la religión de Cristo? El
novelista se encarga de explicarnos el aparente antagonismo: "No era un dogma la
existencia del diablo? Pues todos esos brujos malvados, del monte o de la ciudad, eran
agentes especiales de Satanás, para perturbar las almas y ver de perderlas por
completo....
Por lo demás, existen
"contras" para escapar de las acechanzas de estos seres malignos; filtros y
exorcismos que libran a los hombres de su diabólica presencia: "El diablo y el
Pateperro están ahuyentados: a la entrada de la casa se alza, en un morrillo, la Santa
Cruz de Mayo, muy destacada e imponente. Sobresaliendo del platanar, desde altísimo palo,
asoma, blanca, cachiabierta y asustadora, la eficaz calavera de vaco. Verdad que el
Bracamonte brama en altas horas de las noches negras: Pero a los animales de la mina les
ha alcanzado la ayuda, y ninguno ha enfermado. Verdad que la Madremonte mantiene
envenenadas las aguas del río, pero ahí están las yerbas y las magias de la ayudada
Sacramento".
Totems primitivos, que
amparan al habitante de los riscos solitarios contra los engendros de su propio desamparo,
en extraña dualidad parodógica. Bien lo comprendió Carrasquilla, cuando al comienzo del
cuarto capítulo de "Ligia Cruz" escribe, refiriéndose a los primeras
generaciones criollas de la colonia: "A la poesía católica de las leyendas
castellanas adunaron las supersticiones selváticas del Congo y Angola; y aquello fue la
yerba maléfica y embrujadora y el milagro de sangres sudadas por imágenes: Fue "la
uña de la gran bestia" y los escapularios de la Virgen. Revolviéronse las
idolatrías del Africa salvaje con la religión del Crucificado; y aquello fue el
monicongo venerable y el Cristo legendario de Zaragoza".
Una mulata en el
pasmo de su ancestro.
Citábamos a "Ligia
Cruz", silueta femenina que da nombre a una de las novelas cortas de Tomás
Carrasquilla. Se trata de una mulata imaginativa, cuya tembloroso sensibilidad es campo
propicio al concepto mágico de la vida: "Cuenta su madre que desde parvulilla la
aterraban luna y estrellas, el ruido de las aguas, el silbo del viento... . Cuenta que le
encantaban "las lolas" (las flores) y el sonido lejano de las campanas".
He aquí una de las
criaturas más sugestivas a que diera vida el novelista antioqueño. Ligia Cruz, por obra
y gracia de su ancestro y del medio racial y geográfico a que pertenece, vive una
dimensión existencial desconocida y extraña. Para ello, sólo lo fantástico y
legendario tiene realidad:
"El mohán y la
madremonte, el pateperro y la marimonda, y otros genios horribles de las selvas, fueron
muy pronto sus espantos máximos. No así los duendes, ni menos las brujas. Se le hacían
domésticos y hasta familiares. Pedro y Ligia jugaban con ellos. El era Katako, un duende
muy travieso; ella, Pollilina, una bruja enorme, astuta y voladora...."
Ligia Cruz, lejana
antecesora de aquella rapaza que evoca el escritor en uno de los capítulos de su lírica
monografía sobre Medellín; la rapaza andariega que en las gotas que se desprenden de los
rocas musgosas sabía captar las voces de gemebundas ocarinas: "Qué será? Será un
encanto? Será un ilusión? Será la Madre del Agua que la llama".... Sí: Es
ella!.... Y torna o su rancho desalada".